lunes, 29 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XXI): El ángel vengador


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

A todo esto, se presentó el mes de febrero de 1987. El calor del verano se revelaba sofocante; el pavimento de la calle irradiaba un vapor invisible y asaz ardiente. Una bandada de palomas emprendía el vuelo desde los tejados de la Catedral Metropolitana. Eran muy solicitados los caños de las fuentes. Teobaldo Oesterheld notaba que le apretaba la sed, y quiso amorrarse a uno de los caños. Pero había un hombre tocado con un sombrero panameño que estaba bebiendo del caño, y se vio en la necesidad de esperar a que terminara de hacerlo. Miró sus espaldas y, sin explicárselo y sin poderlo remediar, el vello de los brazos se le erizó como el de un gato ante una amenaza. El hombre dejó de beber, se secó los labios con el dorso de la mano, dio la vuelta y encaró a un cada vez más nervioso Teobaldo Oesterheld.

-¡”Indio”!

La adrenalina ascendía por las piernas de Teobaldo Oesterheld. Aunque el hombre que tenía delante se tocara con un sombrero panameño y se cubriera la mirada con anteojos oscuros, sus rasgos denunciaban al que fuera el más sanguinario de los carceleros del Pozo de Banfield. En el hueco del brazo portaba un libro. Delante de Teobaldo Oesterheld se quedó paralizado como el mármol estatuario.

-¡”Indio”, hijo de puta! –barbotó Teobaldo Oesterheld, mostrando los dientes de pura rabia-. ¿Vergüenza no tenés de asomar la jeta por aquí?

El aludido seguía sin moverse, como fulminado por un rayo de hielo. La gente de los alrededores empezaba a congregarse, atraída por el tumulto que estaba promoviendo Teobaldo Oesterheld. Hacía un sol de justicia, y el calor inflamaba los ánimos.

Teobaldo Oesterheld se vio cegado por la ira, y se lanzó sobre su oponente. Ya no conservaba las energías de años atrás, pero, a fuerza de puñadas, logró hacer que el “Indio” midiera el suelo con sus espaldas. Despojado de sus anteojos, su verdadera identidad resultaba del todo patente. Los curiosos se arremolinaban alrededor de la reyerta. El “Indio” no tenía margen ni dignidad para defenderse.

-¡Criminal del Pozo de Banfield! –chillaba Teobaldo Oesterheld, con la boca hirviendo de espumarajos de cólera-. ¿Qué hiciste de “ellos”? ¡Decimelo, facho de mierda!

El “Indio” se revolvía, trataba de protegerse el rostro… Pero todo era en vano: estaba a merced del furor de su antiguo compañero. Sus ojos, puestos ya a la funerala por tantos golpes recibidos, reflejaban el terror de saberse descubierto. ¿Qué pasaría si permanecía en este lugar, con la gente mirándole espantada y la policía tal vez avisada?

-¡Te gustaba aplastar contra las paredes, follón inhumano! –proseguía Teobaldo Oesterheld sus dicterios-. ¡Pues toma, aquí tengo un trozo de tus paredes!

Y dicho esto, se sacó del bolsillo el trozo de hormigón y se lo encajó al “Indio” en la boca. La sangre manó entre los ya maltrechos dientes. El “Indio” se estremecía como si le estuvieran aplicando sacudidas eléctricas con la picana. Teobaldo Oesterheld giraba el trozo de hormigón en la boca del “Indio”, con la misma saña que éste mostrara en sus anteriores oficios de torturador.

-¿Qué, basura? No te lo comás porque tu castigo acabaría muy pronto.

Apelando a todo el dominio de sus fuerzas, el “Indio” describió un giro súbito con sus caderas, que le quitó de encima a su agresor. Casi al instante se incorporó, se abrió hueco entre la masa de espectadores y, poniendo pies en polvorosa, se alejó del lugar, perdiéndose por las aceras de la
Avenida Roque Saénz Peña. Su sombrero panameño, sus anteojos destrozados y su libro quedaron abandonados junto a un tembloroso Teobaldo Oesterheld. El trozo de hormigón había desaparecido junto con el criminal; no podría volver a ser rascado, y semejante certeza sumía en el desconcierto a Teobaldo Oesterheld.

-¡Miren, un libro de
Cortázar! –advirtió uno de los curiosos.

Teobaldo Oesterheld lo tomó con mano trémula y miró la portada. “
Queremos tanto a Glenda”, rezaba por título. Uno de los últimos trabajos del gran escritor argentino, fallecido hacía justo tres años. ¿Qué haría semejante libro en manos del “Indio”? Teobaldo Oesterheld hojeó sus páginas, y en la tercera parte, al comienzo del maravilloso cuento titulado “Graffiti”, vio escritas estas palabras con rotulador rojo:


BAZOFIA
MUERTE A TODOS


CONTINUARÁ…

Ilustración: "Con la ira desatada", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.

El jardinero de las nubes.

2 comentarios:

sonrisa dijo...

Qué contrariedad de sentimientos. Cuando leo y siento lo que estoy sintiendo, lloro y se me revuelven las tripas (permíteme la expresión), y descubro escritos tan bellos como graffiti, a la vez que descubro la belleza de los escritos, desearía que éstos no existiesen, si con ello se hubiese podido evitar el sufrimiento humano.
Enhorabuena. Esperamos tus siguientes entregas.

judith dijo...

bueno. que te puedo decir. muy buena toda tu historia pero al mismo muy impactante. solo dios puede entender tantas atrocidades