lunes, 29 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XXI): El ángel vengador


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

A todo esto, se presentó el mes de febrero de 1987. El calor del verano se revelaba sofocante; el pavimento de la calle irradiaba un vapor invisible y asaz ardiente. Una bandada de palomas emprendía el vuelo desde los tejados de la Catedral Metropolitana. Eran muy solicitados los caños de las fuentes. Teobaldo Oesterheld notaba que le apretaba la sed, y quiso amorrarse a uno de los caños. Pero había un hombre tocado con un sombrero panameño que estaba bebiendo del caño, y se vio en la necesidad de esperar a que terminara de hacerlo. Miró sus espaldas y, sin explicárselo y sin poderlo remediar, el vello de los brazos se le erizó como el de un gato ante una amenaza. El hombre dejó de beber, se secó los labios con el dorso de la mano, dio la vuelta y encaró a un cada vez más nervioso Teobaldo Oesterheld.

-¡”Indio”!

La adrenalina ascendía por las piernas de Teobaldo Oesterheld. Aunque el hombre que tenía delante se tocara con un sombrero panameño y se cubriera la mirada con anteojos oscuros, sus rasgos denunciaban al que fuera el más sanguinario de los carceleros del Pozo de Banfield. En el hueco del brazo portaba un libro. Delante de Teobaldo Oesterheld se quedó paralizado como el mármol estatuario.

-¡”Indio”, hijo de puta! –barbotó Teobaldo Oesterheld, mostrando los dientes de pura rabia-. ¿Vergüenza no tenés de asomar la jeta por aquí?

El aludido seguía sin moverse, como fulminado por un rayo de hielo. La gente de los alrededores empezaba a congregarse, atraída por el tumulto que estaba promoviendo Teobaldo Oesterheld. Hacía un sol de justicia, y el calor inflamaba los ánimos.

Teobaldo Oesterheld se vio cegado por la ira, y se lanzó sobre su oponente. Ya no conservaba las energías de años atrás, pero, a fuerza de puñadas, logró hacer que el “Indio” midiera el suelo con sus espaldas. Despojado de sus anteojos, su verdadera identidad resultaba del todo patente. Los curiosos se arremolinaban alrededor de la reyerta. El “Indio” no tenía margen ni dignidad para defenderse.

-¡Criminal del Pozo de Banfield! –chillaba Teobaldo Oesterheld, con la boca hirviendo de espumarajos de cólera-. ¿Qué hiciste de “ellos”? ¡Decimelo, facho de mierda!

El “Indio” se revolvía, trataba de protegerse el rostro… Pero todo era en vano: estaba a merced del furor de su antiguo compañero. Sus ojos, puestos ya a la funerala por tantos golpes recibidos, reflejaban el terror de saberse descubierto. ¿Qué pasaría si permanecía en este lugar, con la gente mirándole espantada y la policía tal vez avisada?

-¡Te gustaba aplastar contra las paredes, follón inhumano! –proseguía Teobaldo Oesterheld sus dicterios-. ¡Pues toma, aquí tengo un trozo de tus paredes!

Y dicho esto, se sacó del bolsillo el trozo de hormigón y se lo encajó al “Indio” en la boca. La sangre manó entre los ya maltrechos dientes. El “Indio” se estremecía como si le estuvieran aplicando sacudidas eléctricas con la picana. Teobaldo Oesterheld giraba el trozo de hormigón en la boca del “Indio”, con la misma saña que éste mostrara en sus anteriores oficios de torturador.

-¿Qué, basura? No te lo comás porque tu castigo acabaría muy pronto.

Apelando a todo el dominio de sus fuerzas, el “Indio” describió un giro súbito con sus caderas, que le quitó de encima a su agresor. Casi al instante se incorporó, se abrió hueco entre la masa de espectadores y, poniendo pies en polvorosa, se alejó del lugar, perdiéndose por las aceras de la
Avenida Roque Saénz Peña. Su sombrero panameño, sus anteojos destrozados y su libro quedaron abandonados junto a un tembloroso Teobaldo Oesterheld. El trozo de hormigón había desaparecido junto con el criminal; no podría volver a ser rascado, y semejante certeza sumía en el desconcierto a Teobaldo Oesterheld.

-¡Miren, un libro de
Cortázar! –advirtió uno de los curiosos.

Teobaldo Oesterheld lo tomó con mano trémula y miró la portada. “
Queremos tanto a Glenda”, rezaba por título. Uno de los últimos trabajos del gran escritor argentino, fallecido hacía justo tres años. ¿Qué haría semejante libro en manos del “Indio”? Teobaldo Oesterheld hojeó sus páginas, y en la tercera parte, al comienzo del maravilloso cuento titulado “Graffiti”, vio escritas estas palabras con rotulador rojo:


BAZOFIA
MUERTE A TODOS


CONTINUARÁ…

Ilustración: "Con la ira desatada", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.

El jardinero de las nubes.

sábado, 27 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XX): Vivir para recordar


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

-Pues sí, me tiraron a la fosa –seguía explicando Teobaldo Oesterheld a sus oyentes-. Tuve la suerte de caer en un sitio al que aún no habían alcanzado las llamas ni el queroseno. Cuando desperté, estaba en una cama de hospital. Me habían extraído la bala y curado la herida. Parece ser que me había rescatado la policía. El incendio en el cementerio había causado alerta en los alrededores, y enseguida se presentaron tres patrullas en el sitio. Detuvieron a los milicos, sofocaron las llamas y avisaron a una ambulancia. Cuando desperté en el hospital, creyendo que iba a morirme, di mi verdadero nombre a la enfermera y en pocas palabras le referí toda mi historia. La enfermera me estrechó la mano derecha, y me dijo que ya habían terminado para la Argentina los tiempos de andar escondido… Así recuperé mi nombre pero no mi vida. Estuve mucho tiempo enfermo, hube de ingresar en varios hospitales, pero al final sané, y, tras ser redimido y dar muchos tumbos por Buenos Aires, me instalé definitivamente aquí, en Plaza de Mayo.

-Bendito sea tu nombre –dijo una de las Madres, persignándose con unción.

-¿Y no sabe, Teobaldo, si los chicos de La Noche de los Lápices estaban en la fosa común? –le preguntó un hombre cargado de años y tristezas.

-Perdí el crucifijo de madera, que para mi sayo quise atribuir a María Clara –respondió Teobaldo Oesterheld-. Era un crucifijo como muchos de los que se pueden ver en los cuellos de las estudiantes argentinas; yo en aquel entonces pensé que pertenecía a María Clara, pero con los años crece la duda. ¿Y si fuera el crucifijo de otra piba? Después de todo, jamás reconocí un solo cadáver en la fosa… No puedo estar seguro, aunque entonces el corazón me decía otra cosa… Entonces yo plantaba flores y pensaba que eran para honrar la memoria de todos ellos.

-¿Y por qué rasca usted siempre esa especie de piedra que le hace sangre? –le preguntó una chiquilla de rubios aladares, muy guapa ella, ataviada con un vestido con muchos volantes, como de época.

Teobaldo Oesterheld apretó los labios. ¿Qué respuesta darle? ¿Tiene la locura una explicación coherente? Sólo sabía de cierto una cosa, y sobre la misma giró su respuesta:

-Rasco ese trozo porque así puedo evocar con fuerza los rostros de “mis chicos”… Y también me parece oír con toda veracidad sus voces cuando coreaban precisamente la canción “Rasguña las Piedras”.

Acto seguido, bajó la cabeza y guardó profundo silencio. Sacó de su bolsillo el trozo de hormigón, y esta vez no lo rascó pronunciando los nombres de “sus chicos”. Únicamente lo acarició. La gente se fue retirando, y pronto quedó solo. Su vida era la soledad, y su alma una canción inacabada.

Su historia cundió por todos los corrillos de Plaza de Mayo. Las Madres lo miraran cual lo harían ante un santo viviente. Los niños, henchidos de sentimientos de respeto, interrumpían sus juegos cuando le veían pasar por su cercanía. Su prestigio crecía de día en día, sin que el mismo apenas significase nada para él, habida cuenta de su silencio y soledad. Sencillamente estaba allí, rascaba el trozo de hormigón y recordaba… Toda su vida se limitaba a un solo recuerdo.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

miércoles, 24 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XIX): El fuego de los asesinos


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

El año que marcaría el final del Proceso de Reorganización Nacional, ocurrió algo que terminó de aniquilar los sentimientos de Jean Cornbutte. Corría la madrugada del 27 de octubre de 1983, que a la sazón era jueves (ese mismo domingo iban a celebrarse elecciones, que pondrían punto y final al gobierno de las juntas militares). A eso de las cuatro, Jean Corbutte se despertó sobresaltado y se levantó del catre como un muelle al descomprimirse. A través de la ventana divisó una pavorosa luminosidad que provenía del calvero de la fosa común. Para dar mayor entidad a la alarmante impresión que se iba apoderando de su alma, su olfato percibió asimismo un olor espeso y turbador… ¡Fuego, combustible, materia ardiendo!

-Los sentimientos se me trastocaban –contaba Teobaldo Oesterheld en Plaza de Mayo, cada vez a mayor número de oyentes-. Salté de la cama como si me hubiese picado la víbora de las Pampas. Sólo llevaba la remera y los calzoncillos que usaba para dormir; ni siquiera reparé en que no llevaba calzado. Los diablos tiraban de mí, y me planté en el reducto en menos de lo que tardo en parpadear… Eran los milicos, que habían venido sin avisar. La bicoca se les estaba acabando, y querían borrar las huellas de lo que hicieron… Habían destrozado las flores al retirar los tablones. Estaban echando a la fosa varios tanques de queroseno de aviación, alimentando un fuego a cada momento más vigoroso…

Las llamas arrojaban chispas incesantes que comenzaban a inflamar las ramas bajas de los árboles, amenazando con propagar el incendio a toda la espesura de en derredor. El olor a queroseno era de todas veras insoportable.

-¿Qué carajo están haciendo? –gritó Jean Cornbutte con un volumen de voz tal que sus cuerdas vocales se resintieron después de tantos años de hacer poco uso de las mismas-. ¡Apártense de mi jardín, che!

Los milicos interrumpieron brevemente su cometido, le echaron una mirada de desinterés y siguieron escanciando el queroseno dentro de la fosa.

Jean Cornbutte hervía de ira, y, sin pararse en meditaciones, se lanzó sobre el milico que le pillaba más cercano. Lo inmovilizó en el suelo y le repartió en el rostro toda una andanada de puñetazos, sin darle margen a reaccionar. La rabia contenida a lo largo de esos años afloró en su alma de manera rotunda, confiriendo a sus golpes una brutalidad desproporcionada. La cara del milico nadaba en sangre, los dientes volaban y Jean Cornbutte tenía los nudillos desollados. Siguió asestando golpes, aun cuando ya resultara patente la inmovilidad absoluta y definitiva de su agredido.

De repente, el estampido de un disparo sobrepujó el crepitar de las llamas. Jean Cornbutte notó un dolor indescriptible a la altura del hombro izquierdo (una herida como la que le hicieron al difunto Requejo, mártir del Pozo de Banfield). La consciencia se le iba yendo aceleradamente, mientras la sangre manaba de su cuerpo como un surtidor. No pudo oponer resistencia cuando los otros milicos le agarraron y lo arrojaron al interior de la fosa ardiente… Antes de que pudiera llegar al fondo, ya había caído, afortunadamente para él, presa del más riguroso desmayo.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

lunes, 22 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XVIII): El jardín del cielo



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

El furgón de los milicos no volvió a asomar por el cementerio. Llegó un tiempo tan hermoso que las flores se escapaban de las ramas de los árboles. Cayeron sobre los tablones de la fosa, y, al descomponerse, los mancharon de colores indelebles. Del cielo se desprendieron gotas de lluvia marina, y el viento furioso arrastró hasta allí hojas secas y polvo ardiente del verano. Jean Cornbutte no asomó por allí en mucho tiempo. Acaso dejó que transcurrieran dos o tres años. Aunque no era un anciano, su aspecto y sus movimientos denotaban una carencia total de vitalidad. Sólo salía del cementerio para efectuar las cuatro compras necesarias, y la gente cada vez se escandalizaba más al apreciar su desaliño, su larga cabellera cana y la expresión atorada de su semblante. Procuraba pasar el menor tiempo posible teniendo cerca alguna persona. Su corazón no olvidaba ni tampoco quería olvidar. Seguía vivo, pero nadie hubiera podido imaginar una vida más melancólica.

Ya había principiado la década de 1980 el día que notó la querencia de aproximarse de nuevo al lugar donde “ellos” debían reposar. La hierba crecía inculta en todo el paraje, y las ramas de los árboles extendían sus más tupidos cortinajes. La Naturaleza había enmascarado como por ensalmo la presencia de los tablones con una consistente cubierta de hierba y mantillo, en medio de la cual llevaban tiempo retoñando flores de escaramujo, cuyas rosadas corolas con irradiaciones blanquecinas semejaban corazones atravesados por caminos de lágrimas. Jean Cornbutte cayó de rodillas, casi involuntariamente. Donde antes la muerte estableciera su lúgubre reinado, ahora alentaba una primavera escondida. Flores, bellas flores de escaramujo, ¿podría haber imaginado algo mejor para lo irremediable? ¿Podrían colaborar sus manos en aquello que el abandono iniciara?

El tiempo se volvió de veras hermoso. Los jardineros del Parque Los Andes observaron un buen día que alguien estaba practicando rapiña en los arriates florales… Alguien se estaba llevando esquejes de capuchinas, dalias, natas caseras, hortensias, pensamientos, azaleas, crisantemos, bromelias, gerberas, clavellinas y girasoles ornamentales, por no enumerar la gran variedad de rosales que fueron hurtados. Jean Cornbutte quiso, mediante el auxilio de las flores, dar salida a los sentimientos que se removían en su corazón aletargado. Convirtió el calvero de la fosa común en un paraíso de flores, donde los pájaros cantaban himnos de paz y donde los rayos de sol se perfumaban con delicados efluvios vegetales. Jean Corbutte no permitía que ningún visitante se adentrara en ese rincón secreto.

En verdad, tras algunos años de ausencias forzadas, la gente comenzaba a hacerse notar en los senderos del Cementerio de la Chacarita; las tumbas abandonadas volvían a ser visitadas. La normalidad pugnaba por reinstaurarse. El fiasco de la Guerra de las Malvinas dejó muy maltrecho al gobierno de las juntas militares. Parecía que los horrores estaban tocando a su fin. Jean Cornbutte, ocupado en los cuidados florales, vivía al margen de un mundo que, de cualquiera de las maneras, le era completamente ajeno. Sus aspiraciones giraban en torno a la creación de belleza en el lugar donde la muerte tuviera el más terrible de los asientos. El tiempo ya no corría para él; sabía sobradamente lo único que la vida podía depararle.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.


viernes, 19 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XVII): La fosa común



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

El furgón militar aparecía siempre con insólita puntualidad a las tres y diez minutos de la madrugada. Circulaba con las luces cortas y se perfilaba envuelto en un perenne halo de sombras. Tras franquear la entrada, aumentaba la potencia de sus faros y giraba a la izquierda, hacia una frondosa arboleda plantada de plátanos de sombra, ailantos, jacarandas, olmos y acacias blancas. En un calvero de dimensiones por demás regulares se hallaba practicada una fosa de ocho por dos metros de superficie, toscamente cubierta por una serie de tablones sin cepillar; a su arrimo detenía el furgón su marcha. En el entretanto, Jean Cornbutte iba retirando a un lado los tablones. Agradecía al cielo que la oscuridad de la noche encubriera la horrorizada expresión de su rostro. Los milicos abrían las puertas traseras del furgón, y comenzaba la “descarga”... Jean Cornbutte experimentaba una desagradable repercusión en su corazón cada vez que un peso muerto colisionaba con el fondo de la fosa, cuya profundidad no acertaba a imaginar ni tampoco deseaba indagar. No quería presenciar semejante tarea, y aún agradecía a Dios que él no tuviera que participar en la misma; los milicos se sobraban y se bastaban ellos solos. Era invierno, hacía frío y por eso tampoco se alzaba fácilmente el hedor de la carne en descomposición. Cuando el furgón se había vaciado de su trágica carga, los milicos montaban en él y se marchaban sin intercambiar con el sepulturero la menor palabra. Pronto la oscuridad se hacía de nuevo, y Jean Corbutte sólo contaba con el débil fulgor de una linterna de campaña para volver a colocar los tablones en su sitio. Después tenía que retomar sus pasos para cerrar la entrada oeste del camposanto. Cuando volvía a su galpón, temblando de frío y espanto, no lograba conciliar el sueño… Triste labor la suya, pero acaso era la forma más eficaz de mantener el incógnito; teniendo sus obligaciones tan cerca de los milicos, a nadie le preocuparía indagar en su pasado.

No importaba la fecha de que se tratara, ni las condiciones atmosféricas reinantes: todas las madrugadas debía tener abierta, indefectiblemente, la puerta del acceso Oeste al cementerio. El furgón siempre aparecía con marcada puntualidad al punto de las tres y diez de la madrugada. Al comienzo de los días de Jean Cornbutte en el Cementerio de la Chacarita, rara era la madrugada en que tan lúgubre vehículo no hiciera acto de presencia; luego el tiempo fue avanzando, y sus apariciones se hicieron más esporádicas: primero en días alternos, después dos veces en semana, a continuación cada tres o cuatro semanas y finalmente se perdió cualquier asomo de regularidad. Sin embargo, Jean Cornbutte no estaba excusado de ir cada madrugada a abrir la puerta por si se diera el caso; ya lo hacía por ademán instintivo, y nunca dejaba de ejercer una atenta vigilancia de los alrededores de la entrada al camposanto, hasta que por último se cercioraba de que el furgón no iba a acudir a la cita.

Los días en el Cementerio de la Chacarita se los llevaba el viento en sus alas de olvido. La mente de Jean Cornbutte no podía apartarse del lugar escondido entre los árboles. Sentía en su alma, que iba languideciendo implacablemente, el sonido de voces extrañas que lo convocaban con magnética fascinación al lugar que los tablones tapaban a las vistas del mundo exterior. Ya podía estar dando un garbeo por entre las columnas de orden dórico de la Galería de Nichos; ya podía asistir con ojos impávidos al espectáculo de las lluvias primaverales prestando un tono ocre a las estatuas y monumentos fúnebres; ya podía barrer todas las hojas que el viento desperdigaba por los senderos; ya podía mostrar algún interés en descifrar los significados de las decoraciones arquitectónicas que encontraba por doquier en forma de lábaros, crismones, clepsidras aladas, caduceos, coronas, bastones de Esculapio, antorchas coronadas, hojas de palma, etcétera; ya podía perder la costumbre de comunicarse con la gente: en su pensamiento no había sitio más que para la extensa huesa escondida entre los árboles.

Una calurosa madrugada de diciembre 1977, se presentó el furgón, ya casi de improviso, con su proverbial apariencia tenebrosa. Sin poder reprimirlo, Jean Cornbutte notó cómo se establecía en su alma una sensación que presagiaba resultados inquietantes. Después de tanto tiempo, la fosa iba a ser abierta de nuevo.

-Igual que las otras ocasiones –refería Teobaldo Oesterheld en Plaza de Mayo, a un auditorio cada vez más numeroso-. El furgón se arrimó a la fosa abierta, y los milicos empezaron a descargar cadáveres…

-¿Vos decís que ya los traían muertos? –le interrumpió un pibe cenceño, con trazas incuestionables de universitario.

-Efectivamente. Durante los años que permanecí allí, nunca observé que arrojaran a la fosa nadie que todavía estuviera vivo.

-¡Qué atrocidad! –exclamaron algunos de los concurrentes.

-Pues bien, como decía, todo marchó igual que las restantes veces –prosiguió Teobaldo Oesterheld pinzándose la frente con los dedos, como quien quiere suavizar un pensamiento doloroso-. Los milicos terminaron de vaciar el furgón, y se fueron sin decir esta boca es mía. Ya no volvieron a traer más cadáveres, de eso no me cabe la menor duda. Era abril de 1978, y ya el frío del otoño se dejaba sentir en la madrugada. Yo compuse los tablones como otras veces, y me fui a mi galpón para entrar en calor. A la mañana siguiente, volví para refinar lo que con la oscuridad nocturna era del todo imposible… ¿Y qué vi?... ¿Qué vi a mi lado, entre las hojas caídas?

Se llevó las manos al corazón, y empezó a boquear como si le faltara el resuello. A sus oyentes les asaltó el temor de que le diera un infarto ahí mismo. Mantuvo el silencio durante unos segundos que a todos se les antojaron eternos. Después dijo:

-¡Un crucifijo!... ¡Un simple crucifijo de madera!... El cordón estaba roto… Yo ya lo tenía visto, lo había visto muchas veces en el Pozo de Banfield… ¡Que me asparan si ése no era el crucifijo que siempre llevaba al cuello María Clara Ciocchini!... Dios mío, la impresión me hizo caer de bruces al suelo…

Ahora la duda que se le planteaba a Jean Cornbutte era si Maria Clara y los demás de “sus recordados chicos” del Pozo de Banfield estaban allí, apartados de la luz del sol por aquellos tablones carcomidos. Tomó el crucifijo entre sus manos, tumbado como estaba, y la difusa luz matinal abrió hueco en sus recuerdos. María Clara Ciocchini, María Clara Ciocchini…, la dulce jovencita que lo miraba como a un salvador. ¿Tanto tiempo había pasado? ¿Acaso los ojos de ella tenían ya el velo de la oscuridad perpetua? Forzoso era averiguarlo. Jean Cornbutte miró los tablones que tapaban la fosa clandestina, y sintió la irresistible avidez de deshacer todo su trabajo de la pasada madrugada.

-¿Es que vos miraste al interior de la fosa? –volvió a dirigirle una pregunta el estudiante universitario.

-Me levanté –respondió Teobaldo Oesterheld-, guardé el crucifijo en mi bolsillo, retiré los tablones, y miré… Miré, aunque tenía los ojos inundados de lágrimas.

Le costó volver a recuperar la nitidez de su mirada; tuvo que secarse los ojos varias veces con la bocamanga de su chaqueta de enterrador. Después dejó en suspenso la respiración, y atisbó el interior de la fosa. El tiempo era caluroso y se escuchaba el monocorde zumbido de las abejas. Un olor a podredumbre invadió sus fosas nasales, hasta el punto de casi hacerle retroceder. Empero, la expectación era aún más poderosa que la repulsión, y se mantuvo en el sitio. Aunque la mañana estuviera en todo su apogeo, la sombra reinaba en el calvero, pues los rayos del sol únicamente destacaban como una fina cinceladura de oro en los espejos follajes de los arboles de en derredor. La fosa se resistía a revelar sus secretos a la vista de Jean Cornbutte. Aparecía atravesada por las quebradas raíces de los árboles, a modo de espantosas lianas de tierra. En el fondo se apreciaba muy indistintamente la heterogeneidad de los cuerpos amontonados, de los cuales emanaban continuas vaharadas de gases pestilentes. Aquí en la sombra se adivinaban algunos semblantes convulsos por la impronta de la muerte; allá aparecían manos y pies dominados por la suciedad y la rigidez mortuoria; acullá se apreciaban los anillos de una repugnante culebra, desenvolviéndose entre lo que antaño fuera una bella cabellera de mujer. Ojos vidriosos, labios ya sin carne, dientes ausentes, narices menguantes, frentes agujereadas… ¡el reino de la muerte! Por más que aguzó la mirada, Jean Cornbutte no logró encontrar la menor semejanza con el rostro (o los rostros) que recordaba de antaño.

Se dio por vencido, se alejó de la fosa sin volver a colocar los tablones, salió fuera de la pantalla de árboles, afrontó la vista de los cercanos monumentos funerarios… y se puso a llorar a alaridos. Alguien podría estar escuchándole pero ¿la vida era tan importante para impedir que el corazón buscara sus propios caminos y desahogos? El Parque los Andes estaba a tiro de piedra, y por allí estarían paseando personas que no podrían por menos de sobresaltarse al oír los alaridos que profería el sepulturero. Acaso hubiera alguien que llamara a la policía. Aun así, poco cuidado le traía a Jean Cornbutte continuar observando todas las precauciones posibles. Lloraba por su vida entera, por el cariño que una vez profesara a los jóvenes del Pozo de Banfield, por una tierra que no quería abrazar a sus hijos… Jean Cornbutte se sentía solo del todo, y había perdido toda esperanza en la vida.

CONTINUARÁ...

Ilustración: "Fosa común", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.


El jardinero de las nubes.


lunes, 15 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XVI): El cementerio de la Chacarita


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Todos los que se acercaban a Plaza de Mayo y lo veían por vez primera, se quedaban atónitos al observarle rascar un simple trozo de hormigón, mientras musitaba los nombres y las edades de unos chicos desaparecidos hacía años. Rascaba y rascaba con demencial insistencia, sin preocuparle que la sangre aflorara entre sus uñas. La admiración trajo aparejada la curiosidad por conocer detalles de su vida.

-Es Teobaldo Oesterheld, aunque durante mucho tiempo se hizo llamar Jean Cornbutte –informaba una de las Madres a un nutrido auditorio-. Lo conocemos bien, pues lleva mucho tiempo deambulando por la plaza. Varias de nosotras nos solemos acercar a preguntarle, y él nos cuenta. Yo he hablado con él. Fue carcelero en el Pozo de Banfield; pero usó de misericordia con los detenidos, Dios le bendiga. Al final lo descubrieron y lo detuvieron. Se salvó milagrosamente de uno de la “vuelos de la muerte”. Le cambiaron la identidad, y le buscaron un trabajo de sepulturero en el Cementerio de La Chacarita. Nunca salía de allí, ya que le recomendaron dejarse ver lo menos posible por las calles de Buenos Aires. Habitaba en el mismo camposanto, dentro de un mísero galpón. Sólo salía a comprar alimentos en un colmado de las inmediaciones. Llevaba ropas muy usadas, empleaba anteojos y gastaba una barba muy poblada y descuidada… Pero ustedes no se lo imaginan, no se imaginan lo que presenció allí… en el Cementerio de La Chacarita.

Empezaban a contarlo como si de una historia de antaño se tratara:

Érase una vez un hombre que vivía en el cementerio más famoso de Buenos Aires: el Cementerio del Oeste, también aludido como “Cementerio de la Chacarita”. Este lugar estaba emplazado en unos terrenos fiscales de las afueras de la urbe bonaerense, los cuales eran conocidos antiguamente como “La Chacarita de los Colegiales”, pues allí tenían sus viviendas los estudiantes internos del Real Colegio de San Carlos. Cuentan las viejas crónicas que en 1871 la ciudad se vio azotada por una epidemia de fiebre amarilla, y como el ancestral Cementerio de la Recoleta no pudiera dar cabida a las decenas de cadáveres que cada día se agolpaban en la morgue, se hizo necesario habilitar un nuevo camposanto en los citados terrenos. Se trataba de un lugar rodeado de un incontestable halo de misterio. Los mentideros de la ciudad referían todo género de sucesos extraños acaecidos en las tenebrosas noches del ya célebre “Cementerio de la Chacarita”; se rumoreaba, a modo de ejemplo, que el fantasma de Carlos Gardel, el idolatrado cantante de tangos, se paseaba como una sombra etérea por las inmediaciones de su monumental sepulcro… e incluso había quien decía que se le podía oír entonar con voz espectral “Mi noche triste”, una de sus más conocidas canciones.

Hasta este lugar vino el hombre solitario con el que dio comienzo esta historia. Se le veía siempre barbudo y con los ojos refugiados tras unos grotescos anteojos de concha de tortuga; nunca miraba a los ojos de quien le dirigía la palabra. Cumplía sus funciones de sepulturero con una más que recatada sumisión. Pocos, de los pocos que durante esos días acudían al Cementerio de la Chacarita, le habían oído pronunciar algo más que los monosílabos usuales. Habitaba y dormía en un retirado galpón del camposanto, y pasaba sus días vegetando en la soledad de su alma. Su mirada estaba perdida, anclada en el pasado; no solía elevarla por encima de los bardales del cementerio, porque para él la vida era cosa terminada. Su nombre no era sabido ni preguntado, pero aquél que se lo inquiriera con un poco más de contundencia de la habitual, se hubiera topado con su Libreta de Enrolamiento, donde figuraba este nombre, escrito con caracteres apretados: Jean Carlos Cornbutte Arteaga, natural de Cafayate, provincia de Salta.

En julio de 1977, cuando los vendavales del invierno se ensañaban con los árboles desnudos del camposanto, Jean Cornbutte apenas si tenía trabajo durante el día. Desde que trasladaran al Cementerio de La Chacarita los restos del general Juan Domingo Perón, puede decirse que habían vedado el acceso al público. Triste ironía la que sufría el mundialmente famoso general una vez fallecido, al verse separado de su alabada esposa…, la inolvidable María Eva Duarte de Perón, “Evita Perón” para sus amadas clases humildes. “Volveré y seré millones”, rezaba en el epitafio de su tumba del Cementerio de La Recoleta, lugar del que fue arrebatado el cadáver de su esposo después del golpe militar de marzo de 1976. Precisamente, la última esposa del general Perón, María Estela Martínez de Perón (también llamada Isabelita Perón), ocupaba en esta fecha la presidencia de la República Argentina tras la muerte de su esposo el 1 de julio de 1974, quien hasta entonces desempeñara el cargo de Presidente electo, siendo ella su Vicepresidenta. Excusado es decir que Isabelita Perón fue depuesta de este cargo el 24 de marzo de 1976 por la junta militar golpista… De esta forma, casi como quien no quiere la cosa, Jean Cornbutte pasaba gran parte de las horas del día por las cercanías de la tumba del 41.er presidente de la República Argentina.

Por el día Jean Cornbutte no tenía prácticamente trabajo, pero en lo profundo de la madrugada se veía obligado a desplegar una actividad frenética. Al punto de las tres, debía tener abiertas las puertas enrejadas de la entrada oeste del cementerio, situada en la esquina de la Avenida de Guzmán con la Calle Jorge Newbery, frente al emblemático Parque los Andes. Encima de la portada figuraba la leyenda: “Cementerio del Oeste”; desde los primeros meses que sucedieron al golpe de estado, nadie tenía permitido utilizar esta entrada para acceder a la necrópolis.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.


jueves, 11 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XV): De cómo Teobaldo Oesterheld pasó a ser Jean Cornbutte



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

No obstante, justo cuando sus padecimientos alcanzaban su punto álgido, se sintió herido por el estrecho haz de luz de una linterna… Una silenciosa lancha neumática bogaba a medio cable escaso de su posición. Si bien no le quedaban energías para lanzar el menor grito de alerta, fue detectado al momento por los tripulantes de la lancha, que enseguida le fueron al encuentro maniobrando los remos a la sordina, como temerosos de que su presencia fuera descubierta en toda la anchura y soledad del estuario.

Lo subieron a la lancha, le despojaron de sus empapadas ropas y lo embutieron en una manta de mucho abrigo. Apenas si acertaba a moverse, y necesitó invertir no pocos esfuerzos para tragarse el agua dulce adicionada con algunas gotas de ron que le ofrecieron para que entrara más rápidamente en calor. Acto seguido, cayó presa de un sopor que no le fue dable reprimir.

Cuando volvió a abrir los ojos, vio que se encontraba tumbado en la cubierta de un barco de pesca. Junto a él había otras personas rescatadas de las aguas, envueltas también en mantas. Se puso en pie, y absorbió una buena cantidad de la fortificante brisa del mar. El cielo, ya con las nubes fragmentadas, comenzaba a transfigurarse bajo los auspicios de la alborada, si bien los rayos del sol eran interceptados por las murallas del horizonte de tierra adentro. Los restantes barcos de la flota enfilaban un mismo rumbo hacia un pretendido lugar de la costa, donde los rescatados serían puestos definitivamente a salvo.

Se le acercó un marinero y le dijo:

-Señor, entre sus ropas encontramos este pedazo de… parece hormigón.

-¡Démelo, por favor!

Enseguida pudo contemplarlo a su sabor, sobre la palma de su mano. El efecto de la humedad lo había ennegrecido apreciablemente… Era el único recuerdo que podía conservar de los días que compartiera con “sus chicos de la Noche de los Lápices”. Se puso a acariciarlo con la yema del dedo índice, toda arrugada y blanquecina por efecto de la humedad. Era un trozo duro como la misma vida en los calabozos, en esos antros de degeneración humana. La uña luchaba por desmenuzarlo, pero la sangre empezaba a brotar… No podía conquistarse la libertad sin derramamiento de sangre.

-¿Adónde te llevaron, lo sabés de cierto? –le preguntó la Madre, al colmo de su interés.

-Nos llevaron a una espesura de pinares que bordeaba el litoral –respondió con la mirada hecha puro recuerdo-. Había un furgón del Ejército, oculto entre unos pinos que sudaban resina en abundancia. Nos dijeron que no nos preocupáramos de quiénes eran y adónde nos llevaban. Viajamos durante tres horas por carreteras solitarias y caminos bacheados. Llegamos a un lugar perdido entre los montes, una quinta destartalada. Nos dieron ropas secas y también de beber y de comer. Observaron con nosotros un trato exquisito. Allí tenían medios para falsear documentos, allí cambiaban la identidad a los perseguidos y les proporcionaban un modo de pasar desapercibidos en ese mundo de locura.

Después de unas horas, le llamaron la atención y le condujeron a una estancia de paredes roídas por la humedad. Le entregaron una barba postiza y unos anteojos, le pidieron que se los pusiera y le tomaron de esta guisa varias fotografías. Luego le condujeron a una mesa, a la cual estaba sentado un hombre, calvo y con anteojos de gruesos vidrios, que manipulaba varios documentos. Le pidió que se sentara y que le explicara quién era. Él habló de un modo premioso, no carente de desconfianza. El hombre replegó los labios, y acto seguido dijo:

-Necesitamos saber quién es usted en realidad, y la razón por la que le detuvieron. Sólo así podremos colocarle en un lugar seguro hasta que se restablezca el orden constitucional.

-¿Quiénes son ustedes? –inquirió Teobaldo Oesterheld, sin dejar de fruncir el ceño.

-Es mejor que ustedes no sepan quiénes somos ni cuáles son nuestras actividades. No podemos incurrir en el menor riesgo para nuestra organización… Por favor, ayúdenos permitiendo que le ayudemos a usted.

Su ceño se suavizó por fin. Contó todo lo referente a él y a las circunstancias que habían provocado su detención. Al cabo, el hombre de los anteojos dijo:

-Por lo que veo el origen de su apellido es alemán.

-Efectivamente, mi padre era de Gelsenkirchen, una ciudad de la Renania del Norte –corroboró Teobaldo Oesterheld-. Participó en la Segunda Guerra Mundial, y en el transcurso de la misma hubo de refugiarse en España. Conoció a mi madre en Aldea del Rey, un pueblo de La Mancha, y de ella recibí mi segundo apellido: Barba… Mi nombre completo es Teobaldo Marcial Oesterheld Barba.

-Tenemos una colocación para usted –dijo el hombre de los anteojos-, pero necesitará dejarse crecer la barba y usar anteojos. Deberá llevar la barba postiza hasta que la suya le crezca la longitud adecuada. Vamos a cambiarle la identidad mediante una nueva Libreta de Enrolamiento. ¿Algún nombre que se le ocurra?

-No sé…

-¿Algún nombre que haya leído en un libro?

Se quedó pensativo. Nunca había tenido costumbre de leer libros. No obstante, recordaba que de adolescente había leído un libro que le había gustado mucho, aunque el argumento casi lo había olvidado con el paso de los años. Se titulaba, eso sí, “Una invernada entre los hielos” y el autor era Julio Verne. Realmente se trataba de una de las historias menos conocidas del famoso escritor galo. A Teobaldo Oesterheld no se le había olvidado el nombre del protagonista: Jean Cornbutte. Pues bien, si era menester renunciar a su propio nombre, adoptaría el nombre del intrépido capitán del bergantín “Jeune-Hardie” (“La joven atrevida”). Desde ahora ya no sería más Teobaldo Oesterheld; pasaría a llamarse Jean Cornbutte en su nueva Libreta de Enrolamiento.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.


martes, 9 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XIV): Salto al vacío



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Hordas de nubes espesas y negras como la pez desfilaban en los reinos que pertenecían a la muerte. Los pobres detenidos se replegaron unos contra otros cuando vieron que se les aproximaban los milicos. Fácilmente se podían adivinar las intenciones que traían…

-¡No se asusten! –se destacó de súbito un capitán de la Fuerza Aérea, apareciendo desde la carlinga-. Sólo les van a desatar, y quiero que me escuchen con calma, pues no disponemos de mucho tiempo.

Ninguno de los detenidos pasaba a creerse lo que sus ojos estaban presenciando. ¿Tantas ceremonias se gastaban los milicos para acabar arrojándoles por la compuerta?

-Nadie va a morir, estén tranquilos –aseguró el capitán-. Pertenecemos a una facción clandestina del Ejército, que no está conforme con el Proceso de Reorganización Nacional ni con la represión practicada. Por su propia seguridad, es mejor que no sepan nuestros nombres ni cuáles son nuestras actividades. Simplemente les vamos a ayudar. Tienen que saltar en paracaídas, y no puede ser de otro modo, puesto que los radares del aeródromo de donde hemos despegado vigilan nuestro rumbo. Deben de atender con mucha atención y con rapidez a las explicaciones que les va a dar el suboficial sobre el uso del paracaídas –Señaló a uno de los hombres que estaban desatando a los detenidos-. No tienen más remedio que saltar, así que no se dejen llevar por el pánico. Y estén tranquilos: abajo ya están destacados, en un amplio radio, varios barcos de la flota pesquera “Mar del Plata” para recogerles y con instrucciones de conducirles a un lugar seguro. Ahora es el momento oportuno, pues sabemos que casi todos los guardacostas faenan muy lejos, en la embocadura del estuario, pues hemos hecho correr el rumor de un desembarco clandestino de armas en la zona de Punta Piedras. Así que ¡serénense, por Dios!, y escuchen con mucha atención las instrucciones del suboficial… ¡Sólo disponemos de cinco minutos antes de que el radar empiece a sospechar!

De esta forma, los detenidos recibieron una instrucción apresurada sobre el manejo del sistema de anillas del paracaídas. El suboficial les enfatizó que no pensaran en el vértigo, que hicieran todo lo posible por mantener la postura vertical y que tiraran de la anilla tras haber contado hasta cuarenta (el tiempo que aproximadamente dura la caída libre). Primero se pusieron un chaleco salvavidas, y acto seguido, por encima de éste, se colocaron el paracaídas. Ya estaban en aptitud de precaverse contra las consecuencias de tan terrible salto. Además, el tiempo les apremiaba, pues el avión debía regresar de inmediato al aeródromo.

Sin más dilaciones, comenzó la procesión de paracaidistas a través de la abertura de la compuerta, a intervalos de unos diez segundos por cada salto. Cuando le llegó el turno a Teobaldo Oesterheld, en su alma se alzó el terror a las mismas nubes. Necesitaron empujarle para que diera por últimas el salto. La masa de aire le dio un golpe recio, que lo mantuvo suspendido casi todo el tiempo que duró su atropellada y poco atinada cuenta hasta cuarenta. Tuvo que sobreponerse al pánico y luchar contra los bandazos que pugnaban por arrebatarle la posición vertical. Su corazón amenazaba con abandonar la caja torácica ante tal despliegue de latidos. Las nubes quedaron atrás, y, al apreciar que aumentaba el impulso de la gravedad, se apercibió que el período de caída libre había expirado. Tiró de la anilla, y la masa del paracaídas al desplegarse le dio un violento tirón hacia arriba. Estaba a salvo de momento.

Con la costra de nubes, la oscuridad de la noche se había incrementado en grado sumo, y apenas podía distinguir las siluetas de los otros paracaídas. El viento comenzaba a entablarse del nordeste, lo que le hacía temer que lo desplazara fuera del perímetro de las aguas barrido por la flota pesquera. Ni siquiera tenía garantías de que lo fueran a encontrar. Y si así fuera, ¿qué iba a ser de él en lo sucesivo? ¿Y si después de todo lo capturaba una patrulla de guardacostas? Con semejante tropel de pensamientos, le causó no poco sobresalto entrar en contacto con las frías aguas del estuario.

Tras una serie de costosos forcejeos, logró soltar las hebillas del paracaídas. El chaleco salvavidas cumplía perfectamente sus funciones, y Teobaldo Oesterheld pudo conjurar el peligro de perecer ahogado. Sin embargo, el agua estaba tan fría, que no se las prometía muy felices a menos que vinieran a rescatarlo de ahí a no mucho rato. Las tinieblas que lo circundaban eran harto espesas, lo que hacía suponer que los barcos de la flota pesquera no habían encendido las luces de posición por extremar precauciones; tan sólo se apreciaban los pálidos resplandores que esparcían los núcleos habitados a lo largo del distante cordón litoral de la Argentina. El frío tenía entumecidos todos sus miembros, y empezaba a ocasionarle una especie de pesadumbre que afectaba al correcto funcionamiento de su corazón. Ya tenía que prevalerse de la boca para ingresar en sus pulmones la cantidad necesaria de aire. Sus ojos comenzaron a velarse de lágrimas aún más gélidas que las aguas en las que sobrenadaba como un peso inerte. El aire ya no era suficiente para mantenerle la respiración; la sangre se le estaba cuajando literalmente en las venas… Llegado era el momento de desterrar toda esperanza de salvamento.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.


lunes, 8 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XIII): ¡Atrapado!


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

-¡Miserable!

Este último grito lo profirió Teobaldo Oesterheld, quien entró en el calabozo en el instante preciso para impedir tamaña barbarie. Sacando fuerzas de flaqueza, consiguió separar al violador de su víctima, y, temiendo que aquél se le revolviera, le propinó una tremenda patada en plenas costillas.

Entretanto, con motivo del intento de violación, se había formado una descomunal barahúnda en los calabozos, lo cual alertó inevitablemente a los milicos que se encontraban en los pisos de arriba. Enseguida se presentaron en el calabozo de Rosana Cabral, a tiempo para sorprender a Teobaldo Oesterheld asestando una nueva patada al gordo Piedra. Los milicos no se anduvieron con contemplaciones: uno de ellos inmovilizó a Teobaldo Oesterheld pasándole su porra por el cuello, en tanto que otro milico utilizaba la suya para atizarle un golpe brutal a la altura del plexo solar. Teobaldo Oesterheld se retorció a consecuencia de un dolor insufrible, y sintió que la vista se le nublaba.

-¡Me ha atacado! –balbuceó el gordo Piedra, en medio de su estertor-. ¡Traición!... Quería soltar a los presos… Me atacó en cuanto le pillé abriendo la puerta a esta putita.

-¡Eso es mentira!

Teobaldo Oesterheld no pudo pronunciar otras palabras. Un nuevo golpe de porra, esta vez en plena frente, lo abocó a la más negra inconsciencia.

Los muchachos de los calabozos gritaban con desconsuelo manifiesto, pues sabían que toda esperanza había perecido para ellos.

-Me encerraron en un cuartucho aún más sórdido que vuestros calabozos –rememoraba Teobaldo Oesterheld muchos años después, deambulando como un alma en pena por los contornos de Plaza de Mayo-. Estuve tres días sin que me dieran de comer ni de beber, haciendo mis necesidades en un balde roñoso… Encima de mí brillaba una bombilla sucísima de polvo y mosquitos… Allí encontré este trozo de hormigón que desde entonces me sirve para recordaros… -La gente de la plaza lo miraba con escandalizada sorpresa, como si al hablar solo hiciera visajes de demente-. Vinieron a buscarme al final, y me dieron una terrible golpiza el “Indio” y el gordo Piedra, ¡hijos de puta siempre!… Me llamaron sucio traidor, y dijeron que iban a hacerme una petición de pasaje en uno de los primeros vuelos en que los pasajeros saltaban al estuario… ¡sin paracaídas!… Y era cierto: el comisario Gabriel Etchecolatz me lo avisó: “Te llevan al ‘Campito’, o tal vez directamente al aeródromo de Campo de Mayo. Te van a narcotizar y arrojar al mar desde cuatro kilómetros de altura, lo que hacen con los grandes traidores”… Y yo le dije que me dejara despedirme de los chicos, y le hizo una seña al milico para que me sacudiera un puñetazo bestial… Ya no pude veros más, mis queridos chicos… Ya me faltan las fuerzas para seguir viviendo.

Se sintió presa de un mareo inoportuno, y midió con su cuerpo las baldosas de Plaza de Mayo. Una de las Madres acudió a su lado, y lo obligó a ingerir de un termo un generoso trago de café vigorizado con unas cuantas gotas de mistela. Sus ojos obnubilados escudriñaron la fisonomía de su bienhechora... Otra pobre mujer que andaba por el lugar buscando noticias de sus hijos. Un rostro arrugado y unos cabellos salpicados por la nieve de la vida, convenientemente recogidos en el distintivo pañuelo blanco.

-¿No he de contárselo, señora? –dijo Teobaldo Oesterheld, con una voz como proveniente del pasado-. Tengo 44 años y mi historia es tan cierta como que estamos en esta plaza. ¿No se lo he contado, no lo ha oído todavía?... Esa misma noche me tabicaron los ojos, me maniataron y me arrojaron dentro de un auto. El viaje se me hizo muy largo y había muchos baches en el camino… Llegamos, abrieron una verja (tal cosa me pareció escuchar), circulamos un rato, nos paramos, y, agarrándome de los pelos, me sacaron del auto… Me metieron en un sitio metálico. Cuando por últimas me quitaron la venda, distinguí a mi alrededor a mucha gente atada y asustada, hombres y mujeres, todos ellos tumbados en el piso de esa especie de habitáculo. Se escuchó el fuerte sonido de unas hélices que empezaban a revolucionar. Nos encontrábamos en el compartimento de carga de un avión que estaba a punto de iniciar el despegue.

-¡Hijo mío, vos te encontrás ido de la cabeza! –se compadeció la buena mujer-. ¿Acaso me estás diciendo que estuviste en uno de esos “vuelos de la muerte”? ¿Estás seguro? Mira que recién acabo de conocerte y vos estás aquí conmigo.

-Estuve allí –respondió él, buceando por enésima vez en el pasado-. Y escuché decir a uno de los milicos que ya estábamos a 4000 metros de altura… Entonces abrieron la compuerta de carga… y nos pusimos a gritar.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

sábado, 6 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XII): La violación de Rosana Cabral


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Pasaba con los detenidos muchos ratos de soledad. No les obligaba a estar tabicados en su presencia. Los llevaba a las duchas para que los otros carceleros no tuvieran que hacerlo y someterlos a sus brutalidades. A María Clara le regaló una estampa de la Virgen de Chiquinquirá. Panchito pasaba casi todas las horas tirado en el suelo, sumido en una profunda depresión, por lo cual Teobaldo Oesterheld había de prodigarle muchas palabras de ánimo y consuelo. Con Claudio, Horacio y Daniel invertía ratos clandestinos jugando a los naipes y hablando de la vida que llevarían afuera, cuando todo ese calvario finalizase. Y él mismo, Teobaldo Oesterheld, dejó que Claudia Falcone, con sus palabras elevadas y valerosas, le fuera atenuando la tristeza de saberse solo en el mundo con cerca de 35 años, sin nadie que le esperara en ningún sitio. De esta forma, se ganó el lugar de un hermano en el corazón de esos grandes muchachos.

-¡No nos dejés, Teobaldo! –le suplicaban con voces teñidas de miedo-. Si vos te vas, vendrán los otros… ¡No nos dejés!

Tuvo que luchar denodadamente contra su propio agotamiento, para no defraudar a “sus chicos”. Las ojeras desfiguraban sus ojos. De cuando en cuando echaba una cabezada, con la ayuda de los prisioneros, que le avisaban de forma oportuna en cuanto detectaban pasos en los escalones. Se estaba dejando la vida en su cometido, porque del mismo dependía la vida de esos inocentes jóvenes. Y éstos recompensaban sus gestos con una moneda de cariño que hasta esos momentos de tristeza jamás le había sido dado conocer.

Sin embargo, el grano de arena no puede aspirar a desplazar por sí solo la mole inmensa de una montaña. El país estaba convulsionado, en el Pozo de Banfield la maldad había sentado sus reales, y él, Teobaldo Oesterheld, no podía esperar que su lucha clandestina rindiera los frutos apetecidos. Las fuerzas comenzaban a revelársele escasas, los rasgos de su triste fisonomía respiraban un desaliento desacorde con su vigor físico de otrora. Y esto no pudo por menos de causar extrañeza a los otros carceleros y a los oficiales del Pozo de Banfield.

De esta guisa, se presentaron los días de marzo de 1977, cuando en el aire fétido de los calabozos ya se anunciaba el frescor del otoño. Por más que lo intentó, Teobaldo Oesterheld no logró que el gordo Piedra (uno de los hombres con el alma más negra que jamás había conocido) le dejara cubrirle el turno.

-¿Vos estás loco? –le recriminaba con una voz que más bien parecía un ladrido-. Los milicos ya están moscas con eso de que nos cojas todos los turnos… ¡Sospechan! Y lo que es a mí, por tus locuras no me van a apiolar.

-Entonces haré con vos el turno –repuso Teobaldo Oesterheld, en tanto que una inmensa contrariedad le desbordaba del semblante.

El gordo Piedra tenía unos bigotes de morsa, que contribuían a taparle un labio leporino. No hacía mucho que ejercía sus funciones en el Pozo de Banfield. Antes había estado en el CCD Club Atlético, donde había sentado plaza de violador compulsivo. Teobaldo Oesterheld tenía observado que las detenidas del Pozo de Banfield no le eran indiferentes, y hasta ahora se había valido de mil triquiñuelas y subterfugios para privarle del contacto con las pobres muchachas.

Sin embargo, ese día el gordo Piedra no estaba dispuesto a cejar ni un tanto así en sus perversos empeños. En un momento dado, se dispuso a hacer una visita a Rosana Cabral, una bella muchacha que había sido detenida hacía apenas una semana, bajo la absurda acusación de vivir en un bloque de departamentos donde se habían practicado muchas detenciones; de ahí que la Cana pensara que, al vivir rodeada de subversivos, ella también sería partícipe de actividades ilícitas. La joven era realmente muy bella, y constituía todo un señuelo para los instintos lúbricos de sus aprehensores. Tan pronto entró en el Pozo de Banfield, el gordo Piedra la destinó en su fuero interno para satisfacer sus sucios apetitos… y la ocasión se había presentado. Con suma cautela, quitó el candado y descorrió el cerrojo de la puerta del calabozo. Rosana, con los ojos tabicados y las manos atadas a la espalda, se puso a temblar como el pájaro ante la proximidad de la serpiente. A sus oídos llegaba, con terrible nitidez, la respiración acezante del gordo Piedra y el sonido de una cremallera al ser bajada. Los dientes le entrechocaban por el terror que se expandía por los rincones de su alma. Del fondo de su garganta brotó un grito que perforó todos los tímpanos.

-¿Vas a gritar, perra sarnosa? –le espetó el gordo Piedra, asestándole tal bofetada que provocó el estallido de la sangre.

-¡Déjeme en paz! –suplicaba la pobre muchacha.

-¡Vas a chillar de placer, putita! –decía el violador, en tanto que despojaba de las bragas a su víctima, ya que la tuvo oportunamente inmovilizada.

-¡Dios mío, no me lo haga!

-¡Claro que te lo voy a hacer! ¡No estás para ser desperdiciada!

El gordo Piedra, con su verga preparada, se echó encima de Rosana.

-¡Noooooooooo!

CONTINUARÁ…

Ilustración: "Abandonada I", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.

El jardinero de las nubes.

jueves, 4 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XI): Fracaso en la vida conyugal


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

En un tiempo supo lo que era amar y tener un hogar y una esposa (que se llamaba Adriana). Pero su matrimonio no se vio bendecido con hijos, por causa de unas paperas que él padeciera de niño y que le dejaron como secuela una atrofia testicular irreversible. Tenían una casita humilde en Villa Soldati, uno de los barrios pobres del sur de Buenos Aires. Adriana efectuaba en casa trabajos de costura para las más afamadas boutiques del barrio de Palermo Viejo. Él no era más que un cerrajero gris y anodino que prestaba sus servicios en la Policía Federal Argentina; siempre estaba a las órdenes de todos, mero subordinado, y no ejercía autoridad sobre nadie. No aparentaba ser muy feliz, y su mujer, siempre agobiada por los encargos de las boutiques, empezó a sentir que le perdía el respeto a marchas forzadas. Adriana se volvió exigente y de trato áspero y grosero; para Teobaldo Oesterheld era un auténtico martirio la hora del retorno a casa, pues al concluir la jornada no le aguardaban más que reproches que a cada nada devenían en discusiones de brutal cariz. Y así él fue perdiendo la sensación de tener un hogar en que refugiarse de las fatigas de la vida cotidiana.

Durante los tristes días del Proceso de Reorganización Nacional, le asignaron un cometido que le causaba aún más horror que la certeza de su vida malograda: carcelero en el Pozo de Banfield, ubicado en la localidad del mismo nombre, perteneciente al partido judicial de Lomas de Zamora. El trabajo, los turnos irregulares, los viajes de desplazamiento de más de trece kilómetros de ida y de vuelta, no le permitían pasar mucho tiempo en casa, y su convivencia con Adriana adoptó tintes dantescos; tanto es así, que hasta las horas en el Pozo de Banfield se le antojaban un refugio a una vida que le era cada vez más ajena… Y un día, poco después de la ida de Pablo Díaz, ocurrió lo inevitable: al regresar a casa se enteró de que Adriana lo había abandonado por irse con el dueño de una de las boutiques para las que trabajaba; así de simple se lo dejó explicado ella en una nota que encontró al pronto sobre la mesa del comedor. En cierto modo era una liberación, pero para Teobaldo Oesterheld amoldarse a nuevas rutinas operaba un efecto demoledor en su alma.

No se podía dar por sentado que su vida hubiera perdido el sentido que jamás tuviera. En el Pozo de Banfield había motivos para encontrar una dirección en medio del caos. Donde había sufrimiento, él podía procurar alivio; donde había hambre, podía traer saciedad; donde las lágrimas se derramaban cuantiosas, sus palabras de consuelo tenían la virtud de enjugarlas. Empezó a verlo tan claro como a los prisioneros ya les era dado verlo: su misión en la vida aguardaba en lo profundo de esas sombras henchidas de gemidos. Lentamente, fue logrando que sus compañeros se fueran aprovechando de lo que creían una locura por su parte, a cuenta del abandono de su mujer.

-¿Vos estás chocheando? –le espetó una de esas veces el “Indio”-. ¿Cómo te vas a chupar tres turnos vos solito?

-No me esperan en casa –explicó, destacando la tristeza en su acento como un clavel verde-, y, para comerme allí los nudillos, prefiero quedarme aquí.

-No consigo entenderlo.

-Si no tenés nada que entender –enfatizó con sonrisa forzada-. Nada, vos te vas tranquilo y me dejás aquí cubriéndote el turno.

Tuvo que realizar verdaderas maniobras dialécticas para conseguir que los carceleros más feroces accedieran a que se hiciera cargo de los turnos de ellos. Aparte de lo loco que pudieran pensar que se había vuelto tras el fiasco de su matrimonio, no era muy sensato que se les ocurriera rechazar por últimas tan generoso ofrecimiento. A su vez, los oficiales cada vez le miraban con más admiración.

-¿Pero otra vez aquí? –le preguntó cierta vez el teniente coronel Pedro José Svencionis-. ¿Es que vos no dormís?

-Mi casa es un infierno, señor –respondió con audacia encubierta-. Al menos aquí, en el servicio, no me da tiempo a pensar en asuntos personales de muy triste memoria.

-Pues de seguir así, te propondremos para una medalla al celo por el servicio.

-Lo que usted ordene, mi teniente coronel.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

miércoles, 3 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (X): Remembranzas


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Agradeciendo al doctor López Torrijos las atenciones sanitarias prestadas, Teobaldo Oesterheld se despidió y se encaminó al lugar de Plaza de Mayo donde se acumulaban las fotografías de los desaparecidos. El cielo se oscurecía con nubes de cementerio. Una idea pareció pasar por sus ojos, y enseguida la vio materializada en una serie de rostros… ¡Oesterheld, Héctor Germán Oesterheld! Escritor y guionista de ascendencia vasca y alemana, autor de la famosa historieta “El Eternauta”, desaparecido el 24 de abril de 1977 a la edad de 57 años, enfrentado al dolor de las desapariciones previas de sus hijas Beatriz Marta (19 años), Marina (20 años), Diana Irene (23 años), a las que posteriormente se sumaría su hija Estela Inés (25 años), cuando ya habían transcurrido más de seis meses desde la desaparición de su padre. Compartían el mismo apellido que Teobaldo, pero a éste no le constaba que les uniera ningún parentesco cercano. Localizó una fotografía donde aparecían sonrientes las cuatro hijas del famoso guionista, que desaparecieron como aniquiladas por la nieve fosforescente que diezmó el mundo salido de la imaginación de su padre, reflejado en los comics de “El Eternauta”. Había también una fotografía que se remontaba a 1952, en la que el prometedor guionista aparecía sosteniendo en su rodilla a su hija Estela Inés cuando era una bebita lindísima. Un padre que amaba, y una hija que crecía feliz bajo un sol de ilusiones… Y ahora no eran más que un manojo de imágenes estáticas, en medio de un trágico recuerdo.

Teobaldo Oesterheld, pese a tantos males como sus ojos habían presenciado, seguía creyendo en Dios. Se puso de rodillas, cruzó sus manos maltratadas y dejó que el silencio se volviera oración. Rezó por Héctor Germán Oesterheld y sus cuatro hijas; le pidió a Dios que se le llevara al lugar donde ellos estaban, a cambio de que esas sonrisas de las fotografías volvieran a iluminar el mundo del que se encontraban ausentes. Luego su mirada derivó a otra fotografía de una bella joven sentada en una mecedora, con las piernas cruzadas, al lado de unas flores gigantescas. En la leyenda que había por debajo figuraba:


Irene Bruschtein Bonaparte de Ginzberg

Desaparecida el 11 de Mayo de 1977 junto a su esposo Mario Ginzberg

Tenía 21 años

Fue secuestrada de su casa frente a sus dos hijos


Lágrimas de lluvia refrescaron el cielo de Buenos Aires. Todo el consuelo que a la tierra le es negado, el cielo lo brinda con harta generosidad. Las nubes son como efímeros clichés que prefiguran lo que una vez fue y ya está perdido…, lo que acabará siendo encontrado según las promesas de tiempos antiguos. Teobaldo Oesterheld, por más que interrogaba a los cielos, no le encontraba explicación. Quería dejar a un lado las oraciones prediseñadas y permitir que su corazón se explayara… ¿Por qué, Señor de los cielos (ya que no de la tierra), la hermosa juventud argentina hubo de ser barrida cual flor de un solo día? Otra vez la matanza de los inocentes, con unos Herodes aún más feroces. Y te lo digo yo, Teobaldo Oesterheld, despreciado por mí mismo y justificado por los que pasaron a mi lado: ¿Qué daño pudo obrar esta niña preciosa y todas las que la siguieron en su triste destino? Una madrecita tan joven como la que dio a luz al Niño Jesús. Dios de los cielos, el mal ha manchado las flores con gotas de sangre. Y los ojos de ella siguen mirándome, desde un lugar lejano de su esplendorosa juventud… No encuentro explicación y por ello me arrodillo ante vos, jovencita de la butaca y las flores del jardín de los gigantes.

Ahora sus ojos tropezaron con los ojos huidizos de un muchacho de larga melena y barba de apóstol. Jorge Manuel Díez Díaz, 26 años, ¡asesinado!, asesinado por la Policía de Córdoba junto a sus amigos Ana María Villanueva (23 años) y Carlos Delfín Oliva (20 años) el 2 de junio de 1976. Pobres jóvenes que no habían cometido más delito que el de pensar, tener ideas y militar en la JUP (Juventud Universitaria Peronista). La lluvia cayendo sobre sus fotografías plastificadas. El sentimental Jorge, la sonriente Ana y el inteligente Carlos. Ni el tiempo ni la lluvia conseguirían borrar tantas manchas de sangre.

A continuación, se le vino a los ojos el rostro de una joven bellísima, de nacionalidad francesa. Marianne Erize Tisseau, 22 años, desaparecida en San Juan el 15 de octubre de 1976. Nunca se destacó por pertenecer a ninguna asociación considerada subversiva; sólo estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Era tan bella y angelical que el teniente Jorge Antonio Olivera, comandante del Regimiento de Infantería de Montaña nº 22 con sede en San Juan, la tomó como objeto de sus caprichos y la sometió a tortura y la violó antes de matarla, barbarie de la que fue alardeando delante de sus subordinados. El matiz oscuro de la nube que espantaba la luz, dejó la mirada y el alma de Teobaldo Oesterheld abocadas a un profundo dolor regado por la indignación… Esa joven que merecía ser amada, esa estrella que no alcanzó a iluminar el firmamento. Consérvala en tu seno, Dios mío, ya que pasaron los años en que debiste haberme escuchado.

Ya llovía demasiado, y se vio obligado a ir en busca de refugio. Los últimos rostros que sus ojos verían por el momento: Oscar Luis Hodola (27 años) y Sirena Acuña (26 años), desaparecidos el 12 de mayo de 1977. Ambos casados y protagonistas de una bonita historia de amor. Él aparecía en la fotografía vestido de sotana, pues llegó a profesar como sacerdote. Pero al poco colgó los hábitos y se embarcó en arriesgadas luchas obreras. Se casó con una jovencita que conocía de siempre, la dulce y bella Sirena. Tuvieron un hijo, Pablo Marcelo, que con apenas dos años supo de la angustia de verse separado de sus padres la noche que varios encapuchados vinieron a por ellos. El niño lloraba al ver que golpeaban a sus padres con estudiada brutalidad. Uno de los encapuchados lo confió a una vecina cuando se llevaban a los detenidos. El crimen: el sueño que Oscar Luis alentaba sobre un mundo diferente y feliz para los sufridos obreros. El niño se quedó llorando, y aún seguía llorando con el paso de las horas… Llovía, llovía sobre Plaza de Mayo, y el sabor de la lluvia era el sabor de las lágrimas. Teobaldo Oesterheld dejó estallar su pesadumbre como el fragor de un trueno. Corrió a guarecerse de las aguas pluviales.


CONTINUARÁ...


El jardinero de las nubes.


martes, 2 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (IX): La misión de Teobaldo Oesterheld


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Salieron de la zona de los calabozos. Una pálida luz de procedencia casi desconocida iluminaba los escalones que conducían a la esperanza, lejos de ese antro de miseria y tormentos sin cuento. La tristeza que se había adueñado del alma de Teobaldo Oesterheld prendió una idea en su cerebro… Hizo que Pablo se detuviera, le despojó de la venda que cubría sus ojos a la verdad, se encaró con él y le dijo:

-¡Mirame, che! No dejés que se te olvide mi rostro… Jamás os traté mal, jamás quise participar en las torturas… Soy yo, no me olvidés.

Pablo se restregó los ojos, y forzó la mirada en la penumbra. Distinguió la fisonomía de un hombre que no era feliz pero que quería ser bueno. Le tomó la mano derecha con unción, y se la llevó a los labios.


-¡Nuestro bienhechor! Cuidá a mi Claudia y a todos los que quedan aquí… No los dejés solos con esos asesinos… ¡Salvalos!

-¡Callate, perejil, nos pueden oír arriba! –le instó Teobaldo Oesterheld, pronunciando con el borde de los labios-. ¿Vos no comprendés, che? Yo estoy solo en mitad de esos chacales.

-¡Salvalos! –insistió Pablo, con la mirada inflamada por las lágrimas.

Teobaldo Oesterheld notaba que el fluido lacrimal se contagiaba a sus propios ojos. Arriba estaban esperando y debía llevarles al prisionero sin más demora.

-Mi mujer me quiere ver en casa cada vez menos… Si hago lo que me pidés, no querrá verme más… Pero lo haré de todos modos –consintió al final.

Sin saber cómo, acabaron fundidos en un emotivo abrazo. Se escuchó el sonido de una gota al impactar sobre un charco de agua sucia.

-¿Vos cómo te llamás?

El interpelado respiró profundo, y dijo:

-Me llamo Teobaldo… Teobaldo Oesterheld.

-Nunca lo olvidaré –aseguró Pablo-. Oesterheld…, ¿no se apellida así el guionista del “Eternauta”?

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

lunes, 1 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (VIII): Enamorados


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

-Te vas a desollar los dedos si persistes en tu manía de rascar ese hormigón –le dijo a Teobaldo Oesterheld un médico que fue represaliado en la ESMA (por el mismísimo Pittana) y que milagrosamente vivió para contarlo; su nombre era Mauricio Alejandro López Torrijos.

Teobaldo Oesterheld emitió una sonrisa de circunstancias. Habían transcurrido diez años y el dolor del alma, más acerbo que el de sus dedos tumefactos, no había remitido en absoluto. El doctor López Torrijos le hizo una cura, sin confiar en que el antiguo carcelero dejara de practicar su vesánica costumbre.

-¿Cómo saliste de la ESMA? –le preguntó Teobaldo Oesterheld.

-No pudieron demostrar que mis servicios en las barriadas pobres de Buenos Aires tuvieran carácter subversivo… Tras hacerme pasar incontables calamidades, tras presenciar en la ESMA cosas más allá de lo que se dice inhumano, finalmente me pasaron al PEN.

El “pasar al PEN (Poder Ejecutivo Nacional)” era en aquellos tiempos de tragedia como un pasaporte a la vida, la única forma de que los detenidos por el Proceso de Reorganización Nacional adquirieran entidad legal para, al cabo de cierto período burocrático, acabar siendo puestos en libertad.

Teobaldo Oesterheld nunca podría olvidar el día en que se decidió que Pablo Díaz pasara al PEN. Era la Nochevieja de 1976. Se hizo la alegría unánime en las dos galerías de calabozos del Pozo de Banfield. Nació la esperanza de que todos los detenidos pasaran al PEN al final de semejante Via Crucis. Llovieron las despedidas emocionadas sobre Pablo Díaz. Y Pablo Díaz repartió esperanzas para todos. Fue un día hermoso en mitad de ese infierno, signado por el hecho de que Teobaldo Oesterheld era el único carcelero de guardia.

-Por favor, buen amigo, no puedo irme sin ver a Claudia –le suplicó Pablo Díaz.

-Es que si me cogen me van a escabechar, ¿comprendés?

-Ella es toda mi vida… La amo… ¿Vos no comprendés?

Perplejo y conmovido, Teobaldo Oesterheld se saltó una vez más las reglas. Introdujo a Pablo en el calabozo de la dulce jovencita. Su corazón se hizo pura emoción al escuchar al otro lado de la puerta las últimas confidencias de los dos enamorados.

-No puedo darte nada, Pablo… Me destrozaron por dentro en la tortura, me forzaron esos cerdos por delante y por detrás… ¿Qué podés esperar de mí? –balbuceaba Claudia, con la voz impregnada de llanto.

-¡No pensés así, che!... Podés dármelo todo… Sólo estar con vos representa mi mayor felicidad –decía Pablo, feliz y dominado por la esperanza-. Todos van a salir… Volveremos a estar juntos… Le diremos a Panchito que nos prepare otro de sus sabrosos panchos… Seremos novios… Volveremos a ser libres… Claudia, mi flaquita linda, te amo.

-¡Oh, Pablo! ¿Con quién voy a hablar ahora?

Durante unos segundos, el silencio se adueñó hasta del mismo aire respirado. Teobaldo Oesterheld se retorcía las manos. Recordaba el día de Navidad, cuando le pidió a los detenidos que tuvieran un recuerdo para sus familias en tan señalada fecha; pero en el Pozo de Banfield no había apenas lugar para celebraciones y buenos deseos. Le conmovía apreciar que, cuando menos, la lobreguez circundante no había podido aniquilar el germen del amor que se profesaban los dos jóvenes. Le dio como un vahído, y tuvo que buscar el apoyo de la pared inmediata para no caer al suelo.

-Pablo, nosotros no vamos a salir –manifestó Claudia en mitad de su dolor y su sentimiento amoroso-. ¡Estamos muertos!

-¡No digás eso, che! –la atajó Pablo-. No debemos perder la esperanza.

-Pablo, todos los finales de año levantá la copa por nosotros.

En ese instante, entraba en el calabozo Teobaldo Oesterheld. En sus ojos brillaban lágrimas.

-Vamos, pibe, tenés que irte ya.

La despedida se hizo un estallido de dolor. Fue en extremo difícil separar las manos de los dos enamorados. El grito de Claudia barrió todo ese antro de mugre y oscuridad.

-¡Pabloooooooooo!

Y las voces de los demás chicos fueron convocadas a unirse a la despedida a su querido amigo.

-¡Chau, Pablo!

-¡No nos olvidés!

-Pablo… -musitó una voz en el silencio de las sombras.

-¡Cuídense todos mucho! –dijo Pablo con un nudo en la garganta-. ¡Todos van a salir de aquí! ¡Muy pronto, muy pronto!

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.