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domingo, 10 de agosto de 2008

Los diez números de Dios (X): 499 = Tzevaot (esto es, "Dios de los ejércitos"; también "ejércitos de letras")



"Si no disfrutáis de vuestra juventud, lo lamentaréis el resto de vuestra vida".

Tú le conociste: uno de los peores maestros que tuve en la escuela, fue quien pronunció estas palabras. Cometí el error de creérmelas, y sufrí lo indecible por el hecho de que mi juventud tomara cauces melancólicos. Mi camino se separó del camino del resto de los jóvenes que conocí. Recuerdo aquellos sábados con olor a colada. Miraba por la ventana, y veía sombras de jóvenes que iban en busca del divertimento del fin de semana... Yo me quedaba tras la ventana, y el fresco perfume de la colada me impulsaba al recogimiento de los libros. Así fui viviendo mis imaginarias historias de amor. Algunas veces, al atardecer, oía voces juveniles en el exterior; entonces apagaba la luz del flexo y me abocaba a la ventana para atisbar la presencia de alguna bella muchacha que me permitiera poner rostro a las heroínas de los libros... Así ocurrió, que al final mi horroroso maestro de la infancia acabó teniendo razón.

Y mi vida pasó, leyendo de claro en claro y de turbio en turbio. Había ocasiones en que el consuelo de Dios no me era bastante, y albergaba en mi alma el deseo de que se anticipara la hora de reunirme contigo. Durante muchos años, mis oraciones nocturnas concluían con el anhelo de que Dios me rescatara de esta vida y me llevara consigo... Pero Dios nunca me hizo caso en este sentido, y en no pocas ocasiones se lo reproché. No entendía por qué torcía tanto los renglones en lo tocante a mí... No fue muy agradable la vida más allá de las páginas impresas.

Buscando una huida utópica, hallé también refugio en la escritura. No fue poco lo que escribí, expresando lo que en la vida real me estaba vedado expresar. Mis cajones se llenaron de manuscritos, y, aparte de consumir mi juventud, no hice por ir en busca de lectores. Con todo y con eso, me presenté infructuosamente a algunos concursos y a algunas convocatorias de publicación de escritos, y dejé pronto de hacerme ilusiones, asumiendo la evidencia de que mi literatura no convencía a los entendidos en estas cuestiones. Entonces llegó un momento en que me cuestioné la razón de seguir edificando castillos en el aire, y sentí que menguaba mi entusiasmo de otrora. Dejé de escribir con regularidad, y fue peor que una enfermedad; era como si a un árbol le impidieran crecer de repente, como si a las olas del mar se las forzara a no romper en las mansas arenas de la playa. No me importaba tanto recuperar los momentos perdidos de mi juventud como el don literario que Dios me había dado a costa de tanto sacrificio (¿o acaso placer?). Mirándome al espejo, descubría un nudo de sombras extendiéndose por toda mi frente.

Entonces, sin yo esperarlo, las cenizas se removieron cierta madrugada de agosto de 2006. Navegando por Internet, encontré un foro de Aldea del Rey. Leí atentamente los comentarios, y me asaltaron oleadas de recuerdo... y de resentimiento. Yo amaba el paisaje de Aldea, pero el paisanaje ya era harina de otro costal. Entonces decidí probar a escribir algo yo también, con total libertad, desahogando mi alma y sin temor por quedar mal de cara a la galería. Firmé con el título de una de mis primeras novelas de juventud ("El jardinero de las nubes"), de marcado carácter autobiográfico.

Pues bien, las reacciones no se hicieron esperar. Me respondieron dando la razón a mi visión de Aldea y, además, alabando muy especialmente mi forma de escribir. A raíz de esto, me introduje en la dinámica del foro, y escribí todo lo que se me antojaba en el momento (sin medir en ocasiones el alcance de mi sinceridad). Hubo textos políticos, satíricos, de remembranza del pasado de Aldea, de contenido poético, religioso, panegíricos de héroes anónimos..., incluso me vi metido de lleno en la campaña electoral de las elecciones de mayo de 2007, apoyando de lleno al candidato que hubiera rescatado a Aldea del deterioro en que está sumida. Me sorprendí de la grata acogida que tuvieron mis escritos por gentes de muy diversa índole. Pero lo más importante de todo es que hice amigos entre mis paisanos y gentes de lejanos lugares. Pronto amplié el círculo, y tuve triunfal acogida en diversas páginas literarias en que participé.

Se podría decir, asimismo, que el magnífico pintor aldeano Feliciano Moya y yo nos dimos de la mano para caminar por los mundos de Internet, y, a través de nosotros, Aldea del Rey se hizo conocida en muchas partes del mundo físico. Aunque suene a vanidad, sería atentar contra la realidad negar que Feliciano y yo hemos sido sin pretenderlo (él con su pintura y yo con mi literatura) los abanderados de Aldea de Rey en el mundo. No buscamos reconocimiento municipal a esta certeza, pero certeza es al fin y a la postre. Hacemos lo que nos gusta y lo hacemos en completa libertad... y nada logrará hacernos cambiar en nuestros planteamientos.

Así es cómo me encuentras ahora, siendo el que siempre fui. Antes despreciado, y ahora ensalzado... Pero no por ello mis calcetines dejarán de tener agujeros; no por ello olvidaré lo que aprendí de Dios en la soledad; no por ello me iré dando ínfulas, permitiendo que el orgullo hunda sus nocivas raíces en mi interior; no por ello renunciaré a aquel muchacho que sufrió tu ausencia y que creció como quien camina por un campo de minas.

¡Soy el jardinero de las nubes! Ya me conoces mejor que cuando te tenía a la vista, ¿verdad? Y ya sabes que te quiero más de lo que nunca fui capaz de expresar.

¡Oh, Dios amado, Dios de los ejércitos! No me falles ahora, y asegúrame que todo mereció la pena y que algún día me conducirás a su presencia.

El jardinero de las nubes.

sábado, 9 de agosto de 2008

Los diez números de Dios (IX): 345 = El Shaddai (armonía encontrada)






"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras vivirán para siempre" (Mt 24, 35).

Acaso algún día pueda tenerte en mi mirada para siempre. Ya te dije que la casa, en otro tiempo tan animada, se volvió silenciosa en la más alta expresión de la palabra. Los visitantes se batieron en retirada, y ya no fue necesario subir demasiado las persianas. Cuando era todavía un jovencito, pude apreciar la indiferencia de las gentes que te querían; me hice mayor, y esa indiferencia se tornó desprecio. Antes que paladear estos frutos de hiel, preferí replegarme más aún en la soledad. Y, como te digo, yo ya era entonces un hombre. Un hombre con las mejores oportunidades de la vida echadas a perder; un hombre extraño que muchos esperarían ver en un psiquiátrico. Pero allá donde falló el calor humano, un libro sostuvo mi esperanza.

Entre las cosas que dejaste en tu legado, había una Biblia en rústica. Tenía las pastas verdes y las páginas amarillas, y era la bonita versión de Nácar-Colunga. Estaba nuevecita, señal de que no la habías usado demasiado. Pero, yo de ti, no me haría el menor reproche: la Biblia es el libro más publicado y uno de los menos leídos en su conjunto. Tampoco es necesario leérsela al completo para gozar de los beneficios de Dios. Yo, siendo niño, empecé a leerla muchas veces y otras tantas veces abandoné su lectura, desanimado por las enormes dimensiones del libro.

Ahora era un hombre, un hombre sumido en la tristeza y en tu recuerdo. Comencé a leer la Biblia, y me enganché... Al margen de las historias que ahí se contaban, lo que más atrajo mi atención es que veía reflejados en esas páginas todos mis estados de ánimo: encontraba alegría cuando me sentía jubiloso; melancolía cuando me sentía abatido; poesía cuando necesitaba saborear la belleza; una senda a seguir cuando me encontraba en una encrucijada de caminos; el amor cuando mi alma ansiaba amar; el valor cuando la vida me asustaba... Lo encontré todo en la palabra de Dios.

Bien es verdad que anduve preocupado la primera vez que leí el Pentateuco. Yo pensaba que si había que considerar la palabra de Dios en su sentido literal, me iba a hacer falta todo un rebaño de ovejas, algunos becerros y no poca cantidad de palomas para realizar las correspondientes ofrendas expiatorias en el Tabernáculo de la Reunión; de verdad, me causó pánico saber todo lo que era necesario llevar a cabo para el perdón de los pecados. Por fortuna, luego leí en el Nuevo Testamento que Jesús, como cordero de Dios, se sacrificó de una vez para siempre, al objeto de la expiación de los pecados de la humanidad.

Pero lo que de verdad me valió del mensaje bíblico fue ver reflejados por escrito los anhelos de mi corazón. Y me di cuenta de que, pese a que el afecto escaseara en mi entorno inmediato, podía contar con el enorme amor de Dios. Si algo no tenía solución, siempre existía un motivo para empezar de nuevo.

De este modo, la Biblia se convirtió en mi mejor libro de cabecera. Me la leí completa varias veces, y me la seguiré leyendo varias veces. Y esto ha sido causa de que posea un conocimiento muy profundo de la palabra de Dios. No es que yo esté más cerca de Dios que el resto de la gente, pero este conocimiento me ha ayudado a tirar adelante. El saberse la Biblia no es requisito imprescindible para que Dios nos ame.

Quiero decirte también que en la universidad tuve un amigo poco común. Su padre era teólogo, aunque alejado de la ortodoxia católica. Al ver mi predisposición a los textos bíblicos y mi visión tolerante de la religión, me facilitó muchos materiales que enriquecieron mi formación bíblica. Aunque al principio buscaba atraerme a su congregación, pronto descubrió mi propensión a la soledad y acabó respetando el que yo andara mi camino en soledad. No soy enemigo ni de la fe católica ni de la fe protestante. Yo creo en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo y venero el recuerdo de María... María, que aunque no forme parte de la Trinidad, amó a su Hijo y fue amada por su Hijo; lloró al pie de la Cruz, y su Hijo se la encomendó a su discípulo amado. Muchas veces me he conmovido hasta lo máximo imaginando esta escena, y es por eso que mi corazón ama a María.

Ya lo ves: cuando yo me sentía perdido, un libro me encontró. Muchos lo considerarán un ladrillo, un soberano aburrimiento, una esclavitud ideológica, una pérdida de tiempo... Sólo les diré, atendiendo a mi experiencia personal y solitaria (lejos de toda influencia externa y demás lavados de cerebro), que si desean encontrar algo, es posible que sean encontrados leyendo las páginas de ese libro mágico.

Y ese libro fue tuyo antes que mío.

El jardinero de las nubes.


Los diez números de Dios (VIII): 314 = Shaddai (equilibrio entre el desorden y la organización)







"El estilo es como las uñas: es más fácil tenerlo brillante que limpio".

Este aserto se puede aplicar al mundo del Ejército, habida cuenta de que en los desfiles y paradas militares siempre queda patente el lado más amable de la institución castrense, pero, como en todo, siempre hay distintos matices.

Tenía yo veinticuatro años cuando fui llamado a filas, tras agotar mis prórrogas por estudios. Con mis sentimientos cristianos a cuestas, hubo cosas que me chocaron realmente, mientras que otras me valieron de mucho. Permíteme que te refiera algunas.

Yo cumplí el servicio militar en un cuartel pequeño de Madrid, cuyos efectivos apenas si sumaban las cien personas. Dicho cuartel había sido azotado por el horror de los atentados de ETA, y la primera cosa que vi allí al entrar fue una enorme corona de laurel en homenaje a las víctimas caídas. Daba miedo verdadero.

Había una discreta plantilla de suboficiales chusqueros, algunos de los cuales empinaban bien el codo en horas de servicio, jugaban a los dados y en algún caso se llegó al extremo de ver una película pornográfica. Los oficiales, por su parte, no estaban más que en simplezas y en luchas intestinas e inútiles. El páter castrense obligaba a todos los soldados, fueran o no creyentes, a escuchar sus absurdos y aburridos sermones, porque de lo contrario ya lo tenías amenazando con arrestos y demás sanciones; una vez le hice un comentario bíblico y me mandó callar, aduciendo que él sabía de lo que hablaba porque estaba más cerca de Dios que yo (talmente era de esos hombres que cuela un mosquito y se traga un camello). Los responsables de la cocina cometían latrocinio, y encima tenían la desfachatez de admitirlo con soberbia delante de los soldados. En las guardias nocturnas y de fin de semana, hubo un suboficial que hacía entrar a su amante en el cuartel sin el menor recato.

Quiero hablarte de la única vez que sufrí arresto... Pese a la mala fama que tenía la mili en el aspecto de la alimentación, te puedo asegurar que en mi vida he comido mejor y con tanta abundancia. El problema era que se desaprovechaba mucho e iban a parar a la basura ingentes cantidades de alimentos. Los alimentos son sagrados, y no deberían desperdiciarse de esa forma en un mundo donde se pasa hambre. Sin ir más lejos, había pobres pidiendo en las calles que rodeaban el cuartel, y se me ocurrió llevarles a hurtadillas algunos de los alimentos que nos sobraban. ¡Qué contentos se pusieron, qué bien me sentí! Durante varios días repetí esta operación, hasta que uno de los oficiales me sorprendió con las manos en la masa (nunca mejor dicho). No atendió a los razonables argumentos que le expuse, y me arrestó cuatro días por hacer uso inapropiado del uniforme. Un compañero me dijo que los indigentes, entretanto, me andaban buscando afanosamente. Cuando me levantaron el arresto, utilicé la ventana del edificio de la lavandería para seguir con la distribución de los alimentos; allí nos encontrábamos a salvo de toda mirada indiscreta, pues la lavandería daba a un callejón angosto y solitario.

Quiero hablarte también de Harinero, un muchacho de El Toboso, apasionado por la horticultura y la ganadería. Muchos de los soldados de su promoción le gastaban bromas pesadas, y él no se arredraba; antes al contrario, hacía lo posible por zaherirles (por ejemplo, les toreaba con una manta). Por lo demás, era una persona magnífica que siempre que podía se daba un buen atracón de lectura con sus libros de horticultura.

¿Y el amigo "Vallecas"? Le aburría soberanamente hacer guardias de puerta, y siempre estaba soltando comentarios chuscos a los viandantes y piropeando a las chicas de buen ver. Había un salón de mormones cerca del cuartel, y una tarde me consultó sobre algo que pudiera decirle a los mormones, pues sabía que yo estaba muy puesto en la Biblia. "Diles que somos ovejas sin pastor", le respondí. Dicho y hecho: cuando pasaban los mormones les enjaretaba con su habla medio gangosa: "¡Somos ovejas sin pastor!". Al principio los mormones se lo creyeron, e incluso llegaron a invitarnos a pegarnos un chapuzón en su piscina; pero enseguida se dieron cuenta de la guasa del amigo Vallecas, y, cuando les venía con la cantinela, le contestaban con acento humorístico: "¡Ay, la pobre ovejita sin pastor!".

Por último, te hablaré de Alberto, el cantinero mañico. Tenía una pinta de niño que no podía con ella, aunque ya debería de haber cumplido los diecinueve años; no le hacía falta afeitarse siquiera. A mí me cogió mucho cariño, y siempre me andaba buscando para soltar una parrafada. Como tenía acceso al almacén de la cantina, en cuanto podía me invitaba a tomar un refresco y unas patatas fritas. Y me contaba que a los oficiales y suboficiales que peor nos trataban, les echaba un escupitajo en el café. Le encantaban las golosinas, y un domingo de verano esta afición le costó cara. Me lo encontré llorando en su litera, contoneándose de un lado para otro, aquejado de un terrible dolor de muelas. Llamaba a su madre en medio de su sufrimiento, pero su madre estaba a unos buenos centenares de kilómetros del cuartel. Entonces le dije que había que avisar al suboficial de guardia para que ordenara el traslado del enfermo a la policlínica. Pero Alberto se negó en redondo, pues, argumentaba, ese día el suboficial estaba en su camareta con la querida de turno, y temía que se enfadara con él por interrumpirle en mitad de sus "quehaceres". Y el dolor de muelas recrudeciéndole a cada tanto...

Tomé por mi cuenta y riesgo la decisión de advertir al suboficial sobre el estado de Alberto. Se trataba de un hombre que era conocido por sus gestos de sadismo, y nadie podía quitarme el canguelo que llevaba mientras me dirigía a la camareta de guardia. Antes de llegar allí, ya me era dable oír una serie de gemidos pasionales. Golpeé con los nudillos el marco de la puerta, los gemidos cesaron y medio minuto después me encaraba con el furioso suboficial. Sin pararme en preámbulos, le expliqué el problema de Alberto. La faz se le demudó y los ojos se le pusieron tiernos. De inmediato, me pidió que le llevara adonde estaba Alberto. Se portó dulcemente con él, y, desde luego, dispuso su traslado a la policlínica.

Yo me sentía atónito: la bondad había despuntado en un alma que se nos antojaba perversa. Pero el suboficial no hizo comentarios: regresó a paso quedo a la camareta, y poco después se reanudaba el concierto de gemidos.

Bueno, ya sabes que aun en un entorno tan hostil como un cuartel del Ejército, era posible dar salida a los sentimientos cristianos. Extraña época: me era muy fácil odiar a los que nos trataban sin respeto, pero aprendí también a ayudar y a ser ayudado... Pude encontrar orden en el caos.

Después de todo, la mili no fue una pérdida de tiempo.

El jardinero de las nubes.


Los diez números de Dios (VII): 21 = Ehyeh (seré; "ehyéh asher ehyéh", es decir, soy el que soy)







"No de de callar en tanto que no esculpa mis poesías,

encima de las tablas del corazón del mundo

para que no se borren" (Selomó ibn Gabirol).

Nueve siglos cuentan ya estos versos escritos por un autor judío de Zaragoza, y encierran por cierto una gran verdad: tal es el anhelo del poeta. Has de saber que, pese a lo que digan por ahí de mí, yo no me considero poeta, por cuanto no reconozco en mí la facultad de elaborar versos... Seré lo que sea que Dios quiera que sea.

Me di cuenta de que había crecido cuando me llegó el momento de atender a mi formación universitaria. Ya hasta me afeitaba el bozo, que crecía duro e hirsuto. Tuve que dejar la tierra donde reposabas, para explorar las innumerables calles de la urbe madrileña. Mudé los atardeceres de la Higuera por las puestas de sol en el parque del Templo de Debot. Y sí, desde las primeras veces, me declaré enamorado de las bellezas del Madrid de los Austrias. Empecé a leer como nunca antes lo había hecho, y de la lectura surgió la escritura. No frecuentaba las fiestas universitarias; prefería dedicar mis ratos libres a patear el Madrid castizo y literario. El entusiasmo que me embargaba hacia la literatura, crecía sin parar. Una vez mi desatino me llevó a la plaza de Pontejos, al lado de la famosa mercería del mismo nombre; miré todas las fachadas de en derredor, tratando de adivinar cúal sería el balcón de Juanito Santa Cruz, uno de los protagonistas de "Fortunata y Jacinta", la celebérrima novela de Benito Pérez Galdos. Yo andaba siempre al olor de los libros viejos, y frecuentaba los lugares donde sabía que los encontraría... Y no era el único que lo hacía, como te paso a contar inmediatamente.

Fue una de las épocas mágicas de mi solitaria juventud. "Violeta", así la bauticé para mi fuero íntimo. Ella no lo sabía, pero andaba mis mismos pasos: las mismas horas, los mismos lugares..., y eso en una ciudad tan enorme como el Madrid otoñal. No recuerdo si empezó a atraer mi atención en la plaza de la Cebada o en los tinglados de la Cuesta del Moyano. Se la veía tan sola como yo, pero no pareció darse cuenta de mi presencia las muchas veces que me topé con ella; llevaba los ojos como metidos para dentro. Las hojas caían de los castaños de indias del Paseo del Prado, y ella llevaba una boina parisina de color rojo y un echarpe de cachemir naranja; su falda era marrón, y calzaba botas de media caña. Me encantaban sus gafas de concha, que encerraban el azul de sus ojos. Las pecas se asentaban caprichosamente por todo su rostro, a fuer de pelirroja, y sus labios revelaban una belleza que no necesitaba realzarse con el carmín. Calculo que tendría unos tres años más que yo.

Una vez la descubrí en los jardines de Sabatini, escribiendo en un cuaderno de tapas azules. La expresión de su rostro dejaba entrever elevaciones poéticas. Estaba sola, y yo me moría por decirle que yo también estaba solo. ¡Qué envidia de los gorriones, que se acercaban a menos de un paso de ella! Creo que siguiendo de cerca a Violeta, descubrí muchas bellezas y rincones ocultos del Madrid de los Austrias. Por ella supe de la existencia de la Casa del Libro, en la Gran Vía, donde, con mis magras economías, adquirí auténticos tesoros literarios en el sótano de las ofertas. Por las noches, yo leía incansablemente, a efectos de adquirir el oportuno barniz cultural para que Violeta no me considerase un mentecato si alguno de esos días formaba conversación con ella.

Un día la vi meterse en el Ateneo de la calle Prado, y me dio vergüenza seguirla, porque se veía que aquél era un sitio principesco y nunca me sentí muy seguro con las ropas humildes que llevaba; realmente, nunca me ha abandonado la sensación de vestir ropas viejas y miserables.

Estuve un rato frente a la portada del Ateneo, esperando a que Violeta saliera, pero el aburrimiento me venció y me fui a hacer una visita a la cercana iglesia de Jesús de Medinaceli... Con el asunto de Violeta, tenía a Dios un poquito descuidado.

Durante el siguiente mes me fue imposible encontrarme con Violeta. Yo atribuía semejante circunstancia al mal tiempo, porque llovía de lo lindo. De esta suerte, me fijaba en todos los rostros que se cruzaban en mi camino, buscando ansiosamente las facciones de Violeta. Frecuentaba todos los lugares que le eran gratos. Avistaba los rostros de las personas que navegaban a bordo de las barcas del estanque del Retiro. Hasta recorrí las espesuras del jardín botánico a la espera de toparme con su grata figura tras uno de los floridos arriates. Subí en otra ocasión por la calle Génova hasta el barrio de Chamberí, donde descubrí la belleza de la iglesia de la Milagrosa. ¿Dónde estaba Violeta? No podía haber desaparecido de mi vida sin haber tenido la oportunidad de hablar con ella... Perdí la esperanza del reencuentro. Seguí mi exploración sin rumbo de los rincones del Madrid añejo. Y seguí leyendo y escribiendo sin descanso... Violeta...

Un año después, mis pasos me condujeron a la plaza de Santa Ana, con sus entrañables comercios ambulantes. Yo volvía de la calle de los Libreros, donde había comprado un texto universitario que me había costado un riñón y medio en el sitio más barato, esto es, la librería de la Felipa, y eso que la amable señora repartía caramelos para endulzar tan rotundos desembolsos. Empecé a dar paseos al acaso por los tinglados de la plaza de Santa Ana. Era una dorada tarde de otoño. Hubo un instante en que la respiración se me cortó. ¡Violeta! Su boina parisina y su echarpe inconfundibles. Más hermosa que nunca. Pero ya no iba sola: iba abrazada a un joven del que sólo recuerdo su tupé engominado. Me quedé quieto en el sitio, con el corazón encogido. Pasaron por mi lado, y Violeta ni siquiera me miró. Otra oportunidad de la vida que desaproveché. Se fueron, y no volví a verlos nunca más...

Me fui a contarles mis cuitas a los patos del estanque del Palacio de Cristal. Era otoño, y se veían ardillas correteando por las ramas de los olmos. Cogí el libro que había comprado y me puse a leer. Yo era el que era: si la vida real no me favorecía con sus placeres, yo sabría disfrutar de los placeres de la vida interior. ¡A leer todo lo que se pusiera delante de mis ojos! ¡A pasear y a no forjarme ilusiones con respecto a mis relaciones con el prójimo! Leer, leer, leer... Yo era el que era... Leer, leer, leer.

Así fue cómo se formaron las raíces literarias de mi alma. Sin ti y sin nadie más, sólo me quedaba leer como si la vida me fuera en ello. Vértigo me produce el imaginarme todo lo que habré leído en esta vida: en los años en los que aún estabas con nosotros y en tu ausencia.

Y si me preguntaran por qué fue así, yo respondería de un modo similar a como Dios respondió a Moisés en la zarza ardiente: "Porque yo era el que era".

El jardinero de las nubes.



Los diez números de Dios (VI): 86 = Elohim (Dios de la creación, manifestación de las fuerzas de la Naturaleza)







"En la casa de mi Padre hay muchas moradas" (Jn 14, 2).

¡Cuánta razón tenía Jesús cuando pronunció estas palabras! Habrá quien vea Aldea como un pedacito insignificante del ancho mundo, pero has de saber que sus paisajes me satisficieron por completo. Me hice caminante solitario, ya fuera a pie o en bicicleta. Me encontraba a muy poca gente en mis paseos, porque siempre escogía las horas en que los campos estaban solitarios y perezosos. Pateé trochas y senderos arcillosos; escuché el arpa plateada de los eucaliptos de la Higuera; me recosté en los esmaltados prados del Cortijillo; subí a los redondeados collados del Berrocal; vi el sangrar del cielo vespertino en los roquedales de la Cueva del Alguacil; me metí en las aguas gélidas de los Baños del Barranco; exploré las soledades de la cueva de la Minilla, donde brota en silencio una charca de agua agria; escuché el canto de la codorniz en los olivares del Bosque de las Aceitunas; calmé mi sed en la fuente del Diejo; visité las tierras feraces de Buenvecino y de Corral Moreno; subí al cerro del Convento y vi el mundo del tamaño de una hormiga; atravesé los cordales de los Cerros de Poniente; y me escondí tras los baluartes rocosos de la cima del Castillejo.

En mi mente pervive el recuerdo de las veces en que paseábamos por las inmediaciones de la fuente del Chorrillo. Tú sabes que siempre nos ha gustado la vista del agua, y no es que en nuestra tierra abunden precisamente los humedales. Muchas veces te vi contemplando el curso del río Jabalón en un rapto de fascinación: nunca olvidaré la expresión de tus ojos cuando miraban cómo el agua corriente se desgranaba en las piedras. Eran los tiempos en los que aún no existía el embalse de la Vega del Jabalón; eran los tiempos en los que tu sonrisa destellaba bajo la luz vernal de nuestra tierra. Tú me enseñaste un remanso oculto del río, confinado en una especie de graderío de piedra caliza, donde las aguas no exhibían la menor arruga y compartían la misma tonalidad con el cielo de la primavera. En el aire flotaba el jovial rumor de las alas y la dulce tibieza de los nidos en todo su mayor bullicio. El sol perforaba las nubes de gloria, y al reverberar en la superficie de nuestro remanso daba cuenta de la mirada de Dios. ¡Qué bonito fue! Estábamos lejos de saber que sería nuestro último paseo juntos por los parajes de la fuente del Chorrillo.

Desde entonces, siempre me acompañó el deseo de buscar el misterio de la mirada de Dios en la superficie de las aguas; aunque soy animal de secano, mi imaginación está poblada de horizontes marinos y de espejos de lagos profundos y azules, costeados por bosques apiñados en los que reina una penumbra nocturna y los pájaros emiten sus embriagadores arpegios. Cuando veo grandes extensiones de agua, siento el poder del Dios de la creación. Con razón Jesús dijo a Nicodemo que nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu.

Ya habían pasado dos años desde tu ida, y regresé a los parajes de la fuente del Chorrillo. Era una suave tarde de invierno. En una esquina del cielo había unos restos de nubes con los que el sol encendía su brasero. Me puse a caminar por una lengua de tierra que dividía en dos ramales el cauce del río Jabalón. Una de las orillas aparecía festoneada por masiegas, juncales y otras plantas de ribera; por la otra orilla discurría el camino en cornisa que conduce a la fuente. Ya se presentía la primavera por los alrededores, y con los rayos del sol se atrevían a asomar algunas cercetas y zampullines. En la lengua de tierra se alzaban unos cuantos álamos temblones de altura más bien baja, cuyas ramas, todavía ausentes de hojas, rutilaban con una aureola de polvo solar. El agua soltaba variado registro de murmullos entre los verdes juncos... Estoy convencido de que te hubiera gustado acompañarme en ese paseo.

"Al otro lado del río y entre los árboles, al otro lado del río y entre los árboles", iba yo salmodiando mientras caminaba sobre el barro y la hierba menuda de ese paraje ribereño. Sí, con razón te suena: es el título de una maravillosa novela de Ernest Hemingway. Yo no la había leído todavía; desconocía los detalles de la triste historia de amor del moribundo coronel Cantwell y de la bella y joven Renata. Acaso yo invocara al amor cuando, flanqueado por los dos ramales del río Jabalón, iba murmurando el título del libro: "Al otro lado del río y entre los árboles, al otro lado del río y entre los árboles". Es posible que supieras lo necesitada de amor que andaba mi juventud. Un joven que se perdía por las sendas de los ríos y que no frecuentaba los lugares que frecuentaban otros jóvenes.

Llegué al sitio de un tocón, muy cerca de nuestro remanso. Miré al Este, y me topé con la vista de los cerros perfumados de tomillo y labiérnago; también se columbraban las hendiduras rojas que dejó la explotación de las minas de plata y manganeso en tiempos de los romanos; asimismo, en un término más cercano, descollaba la imagen de la construcción en forma de domo que protege el manantial del Chorrillo, cuya agua agria es de las de sabor más punzante que he probado. Luego la mirada de mis ojos revirtió al espejo del remanso; el sol poniente lo había convertido en una lámina de oro candente. Y sentí de nuevo la ausencia de amor que presidía mi juventud. Soñaba que entre los juncos surgiría una náyade de los ríos y con sus encantos me haría explorar otros cielos desconocidos. En un olivar cercano una becada dejaba oír su tímida melodía. Cogí una piedra de la orilla, cubierta de musgo, apoyé la frente en su rugosa superficie, cerré los ojos y lentamente la noche fue avanzando. ¿Cuál era el deseo que formulé? ¿No lo sabrás tú por ventura, porque lo cierto es que se borró de mi memoria?

Abrí mis ojos, y el sol ya empezaba a morder la raya del horizonte. Los sonidos menguaron, y sólo quedó el rumor de la corriente del río. Me puse en pie, premioso, y retorné a casa.

¿Cuántos son los caminos de la vida? ¿En qué lugar apartado no se percibirá la presencia de Dios? ¿Y cuál es el camino que me llevará a ti después de tantos años?

El jardinero de las nubes.


Los diez números de Dios (V): 42 = Eloha (refugio)




"Sabio es aquél que, lejos de despreciar a un individuo, lo examina con mirada penetrante y busca el fondo de su ser" (Nikolái Gógol, "Almas muertas").

Primeras navidades sin ti. Las gentes que antaño frecuentaban la casa, terminaron por batirse en retirada. Era normal: ninguno de los que quedábamos allí contaba con tu encanto y carisma para atraer a la gente. Sonaban llantos muy frecuentemente. No había ánimos para celebraciones. Yo pasaba las horas muertas en los desvanes de arriba, rodeado de cosas que te pertenecieron, estrechando vínculos con la soledad. Empezaron a pensar raro de mí; me aconsejaban que saliera de casa en busca de amigos. Como si esto fuera tan sencillo. ¿Qué debía de hacer? ¿Acaso marchar solitario por las calles de Aldea, allegarme al primer grupo de gente de mi edad y preguntarle si querían ser mis amigos? ¡Vamos! Sólo de pensarlo se me comía la vergüenza por dentro. Yo no podía ir por el mundo dando palos de ciego, carente de tu apoyo y orientación... Debía de haber otras formas de vivir, y no me quedaba más solución que explorarlas.

Hizo mucho frío aquellas navidades. Muy de mañana, la escarcha azuleaba en los tejados de Aldea. Yo subía a los desvanes bien abrigado, con triples calcetines y un grueso jersey de lana. Empecé a investigar en tus cosas. Había cartas de muy distintas partes de España y del extranjero; cartas de caligrafía juvenil; postales llenas de sol y colorido; confidencias que a buen seguro te sonrojarían si yo las fuera divulgando por ahí... En muchas de esas cartas aparecían estas siglas: "SDQ" (Si Dios Quiere). Y Dios había querido que te conociera como nunca antes te había conocido nadie, introduciéndome de forma casi clandestina en los vericuetos de tu intimidad. Y fue que mi dolor se enconó más todavía, apercibiéndome de lo mucho que había perdido. Aparecieron fotografías tuyas entre viejos rimeros de papel, y mis ojos se volvieron tan turbios como el cielo del invierno.

El viento gemía fuera de casa, y hacía vibrar los vidrios de las ventanas del desván. Hacía tanto frío que ni el polvo tenía ánimos para flotar en el aire. Entre tus recuerdos había libros, muchos de ellos de religión, y mis dedos los acariciaban, como si quisieran rescatar el añejo contacto de tus propios dedos.

En Aldea celebraron la Nochebuena y la Nochevieja con el jolgorio que le era propio a nuestras calles de adoquín en tan señaladas fechas. Reparé en cómo era ahora mi vida y en cómo sería a lo largo de los próximos años, y recuerdo que sentí con especial intensidad el olor a polvo del desván. Las historias de amor quedaban limitadas a los libros que me rodeaban. Si en Aldea era difícil para mí encontrar amigos, ¡cuánto más el amor!... Bueno, siempre quedaría el opio de los sueños para consolarme.

El sol se despabiló en el transcurso de aquellos primeros días de enero. Incluso acertó a oírse el zumbido de algún moscardón inoportuno. La gente que iba a recoger la aceituna ya no se quejaba de tener que agarrar el fruto encostrado en hielo. Y en el aire pervivía una agradable fragancia a fuego de leña, a cebolla pelada y a embutidos recién hechos y colgados en las cámaras para orearse. En alguna cocina cercana estaban guisando un "tiznao" (típico plato manchego a base de bacalao desmenuzado, pimiento seco, ajo, cebolla, aceite de oliva y agua).

El sol prometía tanto que después de comer subí al terrado, y, ni corto ni perezoso, me planté en el tejado. Me sentí renacido, después de tantos días de enclaustramiento voluntario. Me tumbé sobre las tejas, y me di un atracón de cielo y aire salutífero. Después, tras un rato prudencial, me puse en pie para contemplar los lugares de alrededor. Había como leves brochazos de leche en el horizonte de los Cerros de Poniente. Abajo, en la calle, brillaba un charco de lluvia como un redondel de cobre. Era bonito el mundo a vista de tejado; ofrecía variadas posibilidades de exploración, y mi curiosidad era imperiosa.

Fíjate: si alguien me hubiera visto recorrer los tejados de las inmediaciones los días siguientes, a no dudar hubiera acabado pensando que yo era un ratero; pero, como quiera que escogí las horas apropiadas para hacerlo (después de las comidas), nadie me detectó. Sentía una emoción desconocida caminando por los tejados. ¡Qué hermoso se veía todo! Entonces me di cuenta de que, si no me quedaba más opción que estar apartado del trato de las gentes, mi soledad habría de tener tanto de enclaustramiento como de aire libre.

Y ahora, ¡explícame si no vi alguna vez tu sonrisa dibujada en alguna de las nubes que admiré desde los tejados! ¿Acaso te alegrabas de verme salir de las sombras de mi melancolía?

¡Qué grande era el refugio de soledad que Dios me había preparado!

El jardinero de las nubes.

Los diez números de Dios (IV): 31 = El ("hacia, Dios es grande"; bet-El, "casa de Dios")




"No me vengas con fantasías: al menos en esta vida, óyeme bien, en esta vida no volverás a tener noticias suyas".

Esto me espetaron cierto atardecer de primavera, caminando por una vereda flanqueada de árboles torcidos. Y yo respondí: "Eso está por verse; tengo derecho a tener mis propias ideas". Y la sonrisa condescendiente de mi interlocutor me respondió finalmente: "Tú mismo... Ya lo acabarás descubriendo... Tus sueños no son más que humo al viento".

Yo necesitaba creer y creía firmemente en el poder de la fe. Si la fe era capaz de desplazar montañas, según se contaba por ahí, también podría devolverte a nuestro lado. Nadie confiaba en tu resurrección, y para mí era la vía más factible: pensaba que era más sencillo hacer que resucitaras antes que seguir viviendo ausente de tu presencia.

Había que hacer algo, porque también decían que la fe sin obras estaba muerta. Entonces, convencido del poder de la oración, concebí el proyecto de los 10000 padrenuestros. Y fue así porque una noche de mediados de junio soñé que los rezaba delante de tu tumba y como premio a tan grandioso esfuerzo te encontraría de nuevo con vida. Tal cosa debería de ocurrir en el mes de agosto. Yo cogería mi bicicleta a comienzos de la tarde, y, en el calor de la siesta, acudiría a la tapia oriental del cementerio de Aldea... Allí me estarías esperando. Te montarías en el asiento trasero de la bicicleta, y te llevaría a casa como si tal cosa. En el entretanto, iría voceando el milagro por las calles del pueblo, alabando a Dios con toda mi mayor elocuencia... Bonito sueño, al que yo atribuí carácter de revelación.

Había que empezar con los padrenuestros, y una hermosa mañana de julio, antes de ir a la piscina, me pasé por el cementerio. Me puse a la tarea, y en una hora y media desgrané cerca de 400 padrenuestros. Valeriano, el sepulturero de aquellos entonces (a quien Dios tenga en la gloria), me miró como algo extraño. Y más todavía en los días siguientes. En cierta ocasión llegó a preguntarme: "¿Cuántos llevas rezados?" "Creo que unos tres mil", respondí dominado por la vergüenza. Empezó a correrse la voz de lo que yo estaba haciendo entre las personas que visitaban habitualmente el cementerio. Incluso alguien me dedicó unos versos. ¡Era toda una hazaña!

Pero algo extraño germinaba en mi corazón mientras soltaba como un papagayo esas ristras de padrenuestros. No me sentía satisfecho de esta forma de oración. Cuantos más padrenuestros recitaba, tanto más sentía el establecimiento de una lejanía entre Dios y yo. Mi corazón, agotado por tanta repetición, ya no estaba en la oración; sólo mis cuerdas vocales alababan a Dios. Y cada día salía más triste del cementerio. Empezaba a dudar de la existencia de un Dios que exigiera de sus criaturas rezos de papagayo; y si ese Dios existía realmente, yo prefería ignorarlo. "¿Cuántos van, muchacho?" "Casi 9000". Entonces empezó a darme el husmillo de que el Dios de mi soledad se alejaba ostensiblemente del modelo de Dios que me habían dado en el seno de la Iglesia.

Amaneció el día en el que debería de completar los 10000 padrenuestros. Valeriano rondaba tu tumba e incluso se veía más concurrencia de la habitual: se rumoreaba que ese día cumpliría por fin mi promesa. Cuando vi tu imagen en la urnilla de la lápida, el corazón se me volvió a despertar y puso como una mordaza en mis labios. ¡No más padresnuestros, por favor! Sólo 300 y la promesa estaría cumplida. Miré los cielos tan azules, las hilachas de nubes, el polvo verde en las ramas de los cipreses... y escuché el monótono estridular de las cigarras y el zureo de las palomas... y entonces fue cuando empecé a rezar de verdad, silenciosamente, con mis palabras, con mi tristeza, mis inquietudes, mi corazón a pleno funcionamiento, mi vida entera... Y fui feliz: sabía que había sido escuchado. Y el sol brilló en el mármol de tu lápida como en un espejo. "9700 y ya no voy a recitar más", le dije a Valeriano en cuanto me preguntó. Y sí, mi promesa no fue cumplida..., pero aprendí a rezar.

La tarde de agosto se presentó, y no fui a buscarte. Mi fe no facilitaría tu resurrección, pero te hizo vivir para siempre en mi corazón. Una voz me decía: "Ve a la tapia del cementerio a buscarme"; otra voz me decía: "Ve a cualquier lugar del mundo y allí me encontrarás". La casa de Dios está en cualquier parte.

Te habías ido, y yo no podía acompañarte más que en sueños. Por eso nacieron palabras de los sueños, y los sueños se tornaron nubes que yo, cual inusitado alfarero, modelaría a mi antojo. Tú sabes que fue así y asimismo no se te esconde el modo en que mi alma buscaba el alejamiento de las gentes y de la realidad. Y Dios me dio una morada en las nubes, lo más cerca que he podido estar de ti después de tu marcha.

Dos noches después, tras ver cómo se burlaban de mis sueños frustrados, hice caso de las palabras de Jesús: busqué la soledad de la habitación más apartada de casa, cerré la puerta y hablé con el Padre de los cielos y la tierra, que al orarle no gusta de repeticiones y vana palabrería y oye y ve en lo secreto y sabe nuestros requerimientos antes de que se los formulemos. Le hablé de tu ausencia. Las lágrimas no brotaron de mis ojos porque estaban agotadas, pero en la oración se hicieron torrentes que formaron meandros plateados entre los juncos de la irrealidad. Durante cuatro horas hubo un lugar en Aldea del cual dijeron que salían alaridos. Ese lugar fue tu casa... Me despedí de ti, y al mismo tiempo te di la bienvenida. Luego me quedé dormido y descansé; había aprendido mucho ese día.

Sin embargo, se me olvidaron todas las oraciones del catecismo que tuviste la paciencia de enseñarme.

El jardinero de las nubes.

Los diez números de Dios (III): 15 = Yah (de "halleluyáh", alabad a Dios)






"Ojalá tuviera la fe de Cristo para decirle: ¡Levántate y anda! Pero sólo soy un hombre, y Cristo era otro hombre".

Estas palabras oímos en la parroquia de San Jorge Mártir de Aldea del Rey, estando tú de cuerpo presente. ¿Sabes que llovía mucho? Pero más llovía de mis ojos, hasta el punto de agotar para siempre el caudal de mis lágrimas. Imperaba una suave penumbra de tarde lluviosa de invierno. Había mucha gente en las filas de bancos, y yo quería pasar desapercibido. Contigo se había apagado la luz de la estrella de tu particular sistema planetario. Yo no era más que un simple trozo de roca que orbitaba a tu alrededor, primero por obligación y después por devoción. Tú impartías luz a planetas y cuerpos celestes más hermosos e importantes que mi pobre roca; pero fuiste tú quién me eligió, y tu luz se pegó a mí cual una epidermis indeleble. ¿Qué hice, mísera roca de polvo, para merecer tu amor y tus homenajes? Nada de lo que estoy haciendo ahora y querría hacer si tuviera una fe tan poderosa como la de Jesús.

Óyeme: me empezó a cautivar el color de la lluvia que se adivinaba tras las vidrieras de la iglesia. Sin el calor de tu luz que disipara las brumas, sin la brújula que me guiara en mi camino, no me quedaba más remedio que vivir en un mundo de sombras y nubes. Me hice a la idea de que la prometedora primavera de mi vida había concluido, y así, yema que todavía no había echado flor en el árbol, rendí pleitesía a un otoño prematuro. Y esas nubes con las que construí mi nuevo mundo me harían ser ignorado y hasta despreciado por muchos de mis semejantes.

Tú sabías de mi temprana afición a la escritura; fuiste la primera persona que leyó mis embriones literarios. Y vi en aquellos entonces una sonrisa que en la inmediata creí que era fingida. Un arco iris sonriente que conjuraba las tormentas de mi interior. Un destello de admiración, pero sobre todo de amor. Amor que no supe corresponder y que ahora sangra por mil heridas de mi corazón.

Las exequias fúnebres tocaron a su término. Yo no quería ser protagonista. Seguía lloviendo cuando te sacaron de la iglesia, camino del cementerio. Y yo alabé a Dios, porque Él lloraba conmigo y sus lágrimas tomaban la forma de la lluvia. Sus lágrimas burbujeaban en las bocas de alcantarilla; caían de los aleros cual carámbanos de hielo; hacían resaltar las manchas de óxido de los tractores aparcados junto a las aceras empedradas; se volvían sudor gélido en las frentes entristecidas; hacían relucir con reflejos húmedos el camino del cementerio; y levantaron un olor dulzón en la tierra fresca de tu sepultura.

Las flores que te llevaron se quedaron contigo, cubiertas tras las losetas que colocaron los albañiles. Y la última loseta representó nuestra despedida. Mis tripas se sublevaron hasta el punto de ocasionarme un violento dolor; pero no alerté a nadie. Allí terminó mi vida terrestre, y desde ese instante mi barca iría a la deriva por los amplios océanos de la vida interior.

Y mira: ocurrió algo insólito... No te imaginas cómo estaba lloviendo; los paraguas parecían tambores. Levanté mi mirada al cielo, y avisté un trío de palomas de plumaje azul, mi color favorito, volando entre dos cipreses. Llovía torrencialmente, y las aves se recogen en estos casos; buscan la seguridad de sus nidos. Mi nido había quedado devastado como el de las tres palomas. Si a ellas Dios les concedía la capacidad de volar en medio de tales inclemencias, conmigo haría lo mismo: Dios quería que me quedara claro este mensaje. El Señor me lo ha dado, el Señor me lo ha quitado, ¡alabado sea su nombre!

Y,de rechazo, ese mismo día nació en mí una gran pasión por el mundo de las aves, las criaturas que mejor saben alabar al Dios que las ha creado y las sustenta.

El jardinero de las nubes.


Los diez números de Dios (II): 65 = Adny (pronunciado "Adonai", el Señor, el que no puede ser pronunciado en vano)





"Piensa que aunque llegaras a perder a todos tus seres queridos, Dios estaría siempre contigo".

Abajo era el llanto y el crujir de dientes, mientras preparaban tu capilla ardiente. Yo no podía canalizar la sorpresa que luego se transformaría en dolor perecedero y después en sufrimiento imperecedero. Busqué, pues, los altos de la casa. Los cielos del invierno semejaban un lago oscuro y profundo sembrado de diamantes, estrellas tan frías como el frío que me oprimía el corazón como entre tenazas.

Sabía que en cuanto te depositaran en la capilla ardiente, los mares se llenarían con mis lágrimas y las de todos los demás. ¿En qué estrella estaría tu nueva morada? Era vital para mí que me escucharas. Nunca supe si oíste mi voz, pidiéndote que volvieras; la vida se me antojaba demasiado áspera para vivirla apartado de ti.

También le supliqué a Dios..., y no oí la respuesta que yo deseaba. Un insulto hacia Él pugnaba por salir de mis labios temblorosos. Me sentía como Jesús en el alero del templo: seguir a Dios o apartarme de Él para siempre; convertirme en el mejor o en el peor de los hombres... ¿Qué hacer cuando el sol que alumbraba mi vida se había apagado, supuestamente para siempre?

No sé si llegaste a verme desde tu nueva morada o llegaste a saber que mis piernas flaquearon. Caí de hinojos ante el resplandor de las estrellas, y mis labios no alumbraron ninguna promesa; la promesa salió escondida entre las lágrimas que acerté a derramar... Aunque entonces yo no podía saberlo, ya estaba todo decidido.

Abajo me esperaba añadir mi dolor al de los demás, y sabes que nunca me gustó trabajar en equipo. Pero al fin y a la postre tendría que hacerlo, y acaso encontrara consuelo y yo pudiera darlo a mi vez... Y fue irte tú y empezar a conocer la mentira y el fingimiento de las gentes cercanas.

No sería la última vez que subiría a dibujar con mis dedos caminos entre las estrellas. Y también le cogería el gusto a bañarme con los tibios rayos de luna. Y tras muchos años de noches bajo los cielos de Aldea, adquirí la certidumbre de haber ganado más que lo que había perdido... Perdí tu voz y la luz de tu mirada, pero gané tu presencia y la presencia de Dios, a quien tanto tú querías. A día de hoy, continúan los baños de luna y los dibujos sobre el fondo de las estrellas. Tan distinto entonces, tan igual ahora.

Sin ti mi vida estaba condenada (bien lo sabías), y por ello, antes de bajar a la capilla ardiente, le propuse a Dios un trueque: mi alma a cambio de la tuya, mi vida a cambio de la tuya. Y fue placentero pensar que mientras tu alma volvía y la mía iba, se cruzarían en un punto del camino de los cielos y me sería permitido decirte con mi propia voz lo que mi cortedad nunca me permitió decirte en nuestra vida terrena, las palabras que nunca se deberían pronunciar en vano:

"¡Te quiero y siempre te he querido!".

El jardinero de las nubes.




Los diez números de Dios (I): 26 = Yhuv (compasión)







"Todo el mundo tiene derecho a que al menos una vez en la vida le ocurra algo extraordinario".

Esta frase ha aparecido recientemente en mi camino, y ha hecho que se echen a un lado las cortinas que encubren la sala del recuerdo. Sé que estoy jugando con fuego, pero ninguna amenaza de este mundo evitará que te mencione, aunque sea de un modo ambiguo y solapado. Tengo capturada delante de mis ojos tu sonrisa de hace varias décadas y ahora escribiré con tinta lo que antes escribí con lágrimas.

Tú conociste la época en que Dios no era para mí ni chicha ni limoná. Más de una vez me viste dormido durante las misas, y te desesperabas cuando no era capaz de recordar lo que me habían enseñado en clase de catequesis. A ti te lo dije en confianza: ¡me aburro soberanamente, me duermo! Había, no obstante, algo bueno: una de las catequistas tenía un canario enjaulado y se lo traía de vez en cuando a las aulas parroquiales. Una tarde del mes de María el muy pícaro tenía la garganta llena de canciones y por su culpa no presté atención a la lectura de la parábola del hijo pródigo.

A mí me gustaba ir a catequesis en las tardes de otoño e invierno, no por las lecciones en sí, sino porque al final me esperabas a la salida para acompañarme a casa. Y entonces me preguntabas sobre Dios, y yo no sabía darte respuesta. Sólo inferí que Dios debía de ser alguien muy importante para que me preguntaras tanto por Él. Y me preguntabas tú, que eras para mí el único dios que en la inmediata aprendí a adorar.

Cuando llegó el tiempo de hacer la Primera Comunión, en las confesiones generales, yo hablé de mi tendencia a quedarme dormido en los templos (era el pecado más horrendo que se me ocurría al pronto), y el sacerdote se rió y me dijo que sin duda se debería a que estaría muy cansado; no me impuso penitencia alguna. Cuando te lo conté casi te me enfadas; me enfatizaste la necesidad de confesarme de verdad, y yo te respondí que la próxima vez que fuera al confesionario me inventaría un pecado extraordinario.

Te recuerdo bajo un manzano de la Sierra de Madrid, el día que me llevaste a conocer la nieve. Las ramas estaban cubiertas de flores blancas, pues ya era llegada la primavera, y aun así se podían ver en las vaguadas parches de una nieve esponjosa que soñaba con volverse arroyo. El frío viento que bajaba del pico del Peñalara trajo brasas a la blancura de tus mejillas. Y los guantes de lana se me empaparon por hacer tantas bolas de nieve.

Siempre me sacabas punta a los lápices porque las minas se iban al garete en cuanto lo intentaba yo. Una vez abrí tu cajón, y descubrí una pequeña colección de monedas; ganas me dieron de ir a comprarme un yo-yo con las mismas.

Y sí, yo te inspiraba compasión, porque pensabas que me iba a volver malo por no atender a mis rezos al acabar el día y por no ser demasiado aplicado en las cuestiones de Dios. ¿Y qué importaba? Dios no es como una cucharada de aceite de ricino que se haya de ingerir a la fuerza. Eran otros tiempos, y así te lo hicieron comprender y así me lo querías hacer comprender a mí también.

Acaso Dios se hubiera vuelto por un momento nieve esponjosa de primavera, cuando me empapó los guantes de lana. Acaso Dios estuviera más cerca de ti de lo que tú me querías hacer imaginar. Acaso me hubieses catequizado más hablándome de ti que repitiéndome incansable e infructuosamente lo que según el catecismo un jovencito de bien debía conocer.

Y así fue cómo olvidé toda esa palabrería vana... Pero nunca olvidé ese corazón que latía detrás de tu pecho, ese amor que sin razón alguna me dispensabas.

Nadie me quería demasiado, y de tu compasión floreció un sentimiento impresionante.

El jardinero de las nubes.