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miércoles, 25 de agosto de 2010

Mi padre (y XXIII): Cicatrización


Era una apagada tarde de domingo, entoldada de nubes que presagiaban tormenta. Había transcurrido casi año y medio desde la muerte de mi padre. Las hojas del laurel ya tenían el lustre del verano. Aldea dormía la pesada siesta de junio. No se veía un alma por las calles.

Me hacía falta una remachadora para unir dos pedazos de chapa. Recordaba haberle visto una a mi padre, pero no daba con ella. Entonces pensé en el cobertizo del huerto; era posible que anduviera por allí. Me encaminé, pues, hacia el viejo y olvidado lugar. Se respiraba el bochorno en el aire, y comenzaba a percibirse el ozono de la inminente tormenta. La cerradura de la puerta del huerto estaba dura, y tuve que darle unos cuantos empellones hasta que conseguí que cediera. Un trueno solitario restalló en la lejanía.

Las salamanquesas, alertadas por mi presencia, se deslizaron por las paredes del cobertizo, abocándose hacia sus escondites junto a los huecos de las tejas de uralita. La ventana tenía los postigos entrecerrados y el vidrio se había tornado traslúcido a causa de la acumulación de polvo. Busqué entre los trastos, y di por fin con la remachadora. Estupendo; así podría marcharme antes de que se desencadenase la borrasca.

Antes de salir, quise pasear la mirada por el recinto, a modo de despedida, y me fijé en un objeto que colgaba de un gancho en la pared inmediata… La vieja zamarra de mi padre, aquella que solía usar cuando le daba por trajinar en el huerto durante las escarchadas mañanas de invierno. Me quedé como petrificado, fascinado por la vista de la prenda abandonada. Deposité la remachadora sobre la carcomida mesa de faena, y me aproximé a la zamarra.

La tomé en mis manos. Tenía mucho polvo acumulado pero, inspirando profundamente, conseguí rescatarle alguna remota fragancia ligada al recuerdo de mi padre. Humo seco de ramas de olivo, tabaco negro, aceite lubricante, aroma a hinojo y menta poleo, incluso a cebolla de pretéritas matanzas. Deslicé mi mano por uno de los bolsillos y topé con un caramelo de eucalipto, ya fosilizado. Un caramelo como los que mi padre solía tomar para calmar su tos pertinaz.

El tiempo había pasado, las heridas ya sólo eran cicatrices, pero aquí había un testimonio de lo vivido: un simple caramelo balsámico de eucalipto. Todo había existido, las alegrías lo mismo que las tristezas. El corazón había latido de amor y ahora era como la lava endurecida de una antigua erupción volcánica; retornaba el calor del recuerdo, y la lava podría adquirir de nuevo su consistencia fluida. Pero no sería para contaminar el amor sentido con una costra de dolor. Padre querido, exististe en aquella gran parcela de mi vida y seguirás estando donde siempre has estado, aunque yo tardara tanto tiempo en apercibirme de ello. Si ya no podemos hacer el camino juntos, el camino que anduvimos jamás será borrado mientras que a mí me quede un paso por emprender hacia adelante.

Oí que llamaban a la puerta con jovial alharaca. La tormenta estaba a punto de estallar. Acudí a abrir, y tuve que mirar hacia abajo para ver el rostro de la niña, animado por la felicidad de sus verdes años.

El primer relámpago eclipsó los colores del entorno con un enérgico fogonazo de luz blanca. La niña se abrazó asustada a mi cintura, y yo la cubrí con mis brazos.

Aunque el cielo rugiera de espanto, me sentía inopinadamente feliz. La niña a la que tanto quería mi padre, había acudido a buscarme.

FIN

El jardinero de las nubes.

martes, 17 de agosto de 2010

Mi padre (XXII): Paternidad


La casa estaba fría después de los días pasados en el hospital. Hubo que encender el brasero eléctrico y poner en marcha la calefacción. La noche se presentó con inusitada rapidez. Los familiares se marcharon a sus casas, y allí quedamos mi madre y yo solos. La casa seguía estando fría. Yo también tenía que irme, para reanudar mi vida y mis ocupaciones. En todo el tumulto de la muerte y el entierro, no se me había pasado por la cabeza el hecho de que mi madre se iba a quedar sola; más de medio siglo al lado de mi padre, con sus más y sus menos, y ahora ella se enfrentaba a una nueva vida. Aunque la veía tranquila y resignada, noté que una pena inesperada se removía en mi interior. Nuevas lágrimas, más fluidas y premiosas, hincharon mis párpados.

-¿Qué te pasa, hijo? –me preguntó ella.

-¿Qué va a ser de ti, mamá? –dije sollozando-. ¿Cómo vas a poder quedarte sola en esta casa?

-Es mi casa, ha sido mi casa siempre. Si tu padre hubiera muerto aquí, me daría apuro. Pero yo quiero quedarme aquí, en el pueblo que me vio nacer.

-Mi vida no está en el pueblo.

-Y yo lo entiendo, hijo. Tienes que atender a lo tuyo.

-Nunca te abandonaré.

-Eso ya lo sé. Vete tranquilo.

Nos fundimos en un emocionado abrazo. Todo lo que había sentido, todo lo que había callado, se desbordó ante el abrazo de mi madre. Ella salió a la puerta para verme ir, como tantas veces ha hecho siempre que he ido al pueblo tras la muerte de mi padre. ¡Cuánto ha sufrido desde entonces! Las enfermedades han venido unas detrás de otras (algunas leves, otras peligrosas), pero ella continúa en su casa, llevando una vida apacible y reposada. Ya no es mi madre; ahora es mi hija y yo soy su padre. Ahora hacemos juntos las cosas que antes ella hacía con mi padre. Vamos juntos a hacerle la compra; vamos también al hospital a consultas e ingresos; me observa trajinar en la cocina, mientras le preparo alguna comida que tomará durante los días de entre semana; ha conseguido hacer de mí un experto en bricolaje para arreglarle cosas en la casa del pueblo, cuando antes yo apenas si sabía manejar un destornillador; me habla de los libros que lee, de los programas de televisión que ve, de los cotilleos del pueblo que llegan a sus oídos… Está viva, y ahora es como si fuera mi hija. Aunque ya no pueda salir a dar largos paseos por los campos, sabe que mis brazos la llevarán a ver las flores del cementerio el día de Todos los Santos; que juntos contemplaremos las fotografías de mi padre y de ella en la lápida y rezaremos bien conjuntados una oración por el descanso de sus almas. Luego que me pida lo que quiera: que la acompañe al podólogo, que le traiga agua del manantial del Chorrillo, que le compre queso tierno de Almodóvar del Campo… Lo que quieras, mamá. No volveré a equivocarme de nuevo.

CONTINUARÁ… (último capítulo).

El jardinero de las nubes.

viernes, 30 de julio de 2010

Mi padre (XXI): Sepelio


La tarde del entierro comenzó mal. Los de pompas fúnebres propiciaron un retraso que me hizo temer anticipadamente las iras del entonces cura-párroco de Aldea. Yo no quería agrios cruces de palabras ni enfrentamientos en la misa por el sufragio del alma de mi padre. Me mostré humilde y contrito con el cura, él aparentemente aceptó mis disculpas, pero las cosas siguieron por malos derroteros. Dio una misa de papagayo, ausente de todo sentimiento, a una velocidad de vértigo. Me arrodillé en el banco y me olvidé del oficio religioso. Detrás de mí escuchaba las respiraciones de mis parientes espurios. Los reflejos de la hermosa tarde de cielo despejado se tamizaban a través de los vitrales, y fue lo más alentador del oficio fúnebre, el guiño de Dios más allá de los muros de la vieja parroquia. Yo ya lo tenía aprendido a lo largo de los años: una parroquia que expulsaba a sus hijos y dejaba impasible que Dios se le colara por entre las rodillas; una parroquia del mucho aparentar y destacar y del poco sentir. Una vez creí que podría encontrar allí mi sitio, pero ahora, estando mi padre de cuerpo presente, me di cuenta de que yo no podría volver allí ni esperar ser bien recibido. También recordé el entierro de ella, en una tarde no tan hermosa como la presente, una tarde en la que los cielos se deshacían en lluvias copiosas y nubarrones prietos.

El oficio terminó. El cura tomó las de Villadiego sin tener la atención de despedirse de nosotros. Los escasos familiares (excepción hecha de los espurios) nos pusimos delante del ara del altar para recibir el pésame de los asistentes a la misa, lo que vulgarmente se conoce allí como “dar la cabezá”. A mí, y estoy seguro de que mi padre opinaría lo mismo, me sobrada toda esa ceremonia en la que la sinceridad brillaba por su ausencia.

El cortejo que acompañó al cementerio fue muy escaso. Una de mis primas me tomó del brazo y tal gesto fue un regalo tan hermoso, que algunas de mis lágrimas ausentes me distorsionaron la vista del sol poniente. Se puede decir que hasta hacía un poquito de calor, pese al mes de enero, y creo recordar el zumbido de un moscardón por entre las flores que adornaban el coche fúnebre.

Ya estaba abierta la tumba. Los albañiles tenían preparadas las maromas para bajar el féretro. Entonces volví a acordarme de ella, ahora que estaba a punto de dejar de ser la única moradora de la sepultura familiar. Y es cierto, en ninguno de esos miles de días sin su presencia había dejado yo de pensar en ella; ahora venía mi padre a buscar su acomodo en este recordar incesante. Ya no estaban, ya se habían ido. Hasta mis familiares espurios se fueron por las sendas del cementerio, una vez cumplido el absurdo protocolo social que las costumbres exigen, sin gastar palabras que no se les antojaba que merecieran la pena. Mi madre me esperaba en casa; no le gustaban los entierros; ni siquiera pudo asistir a la inhumación de ella, hacía ya tanto tiempo.

El coche alquilado por la funeraria nos conducía a casa por el camino del cementerio, teñido por los dorados arreboles del atardecer. Mis familiares espurios quedaron en la cuneta, talmente la cuneta de la vida. No hubo saludos ni gestos de reconocimiento por entrambas partes. A causa de mi madre fueron al entierro, porque las vecinas no dijeran, porque en el pueblo aún se recitaba el refrán que sostiene que es preferible la enfermedad antes que la deshonra. No pude por menos de afirmarme en la convicción de que jamás compraría la buena reputación a trueque de la mentira y la hipocresía. Si por esto se consigue el desprecio, sea bienvenido entonces, antes que consentir que el alma acabe languideciendo entre los negros tentáculos de la mentira.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

domingo, 25 de julio de 2010

Mi padre (XX): Velatorio


La mañana se presentó espléndida y apacible: el sol brillaba con resabios de primavera, y el tono azulenco de la bóveda celeste aparecía liso y diáfano, excepción hecha de las arruguitas de humo que creaban los lejanos aviones. La gente empezó a acudir con cuentagotas, obligándome a realizar esfuerzos sociales para los que mi ánimo no tenía la menor disposición. Un familiar me trajo una corbata negra para suplir la estampada que hasta ahora había llevado puesta. A lo largo de la mañana, hube de repetir varias veces los pormenores de la triste enfermedad que había consumido a mi padre. Mi mente volaba, y hubo un momento en que casi no me acordaba de aquél. Mi madre departía con los visitantes; a ella no le costaba hablar a diestra y siniestra.

Agobiado por la presión social, me puse el abrigo y salí a dar un paseo por la calle Santo Tomás de Aquino. Era la hora del recreo de los alumnos del Instituto de Enseñanza Secundaria “Hernán Pérez del Pulgar”. Se les veía felices ante el derroche de luz de la mañana. Al otro lado de la calle humeaban los hierbajos que rodeaban el helipuerto. Los viejos edificios de la Diputación Provincial y del primigenio hospital se cubrían con un aura de recuerdo. Alguna vez mi padre acudió a curarse alguna herida a este ya abandonado hospital; alguna vez vio nevar sobre estos mismos árboles. El sol que ahora refulgía sobre las viejas construcciones de antaño, debía de ser el mismo que derramara su luz cuarenta o cincuenta años atrás, cuando Ciudad Real aún tenía poco de urbe y mucho de pueblo. Tiempos de boinas de La Encartada, corrales en los patios y carros de mulas por las calles de adoquín. ¿Tanta variedad de costumbres y exteriores podía caber en el espacio de la vida de una persona? Sin duda, hay mudanzas imperceptibles en lo que nos rodea y parece cotidiano, aunque la luz del sol se nos siga antojando la misma.

Regresé al velatorio hasta la hora de comer. Nos fuimos y volvimos a primeras horas de la tarde. Aparecieron los parientes que nunca nos tuvieron aprecio ni a mi padre ni a mí, los familiares espurios, como yo les designaba para mis adentros. Habían venido por la opinión de la gente. Percibí sonrisas vulpinas, y escuché desde lejos esa voz que atribuía la muerte de mi padre a sus “muchos vicios”. Me salí fuera de la sala por no reventar de rabia. La maldad es el triste acompañamiento de la vida. No sé si por la maldad yo hubiera sido capaz de vejar la memoria de un difunto, pero la vergüenza ante el hecho de promover un escándalo estando mi padre de cuerpo presente, me tenía inmovilizado, ardiendo de furor e indignación. A veces los protocolos sociales aconsejan no entrar en pugna con los oponentes, sucumbir, en una palabra, al juego hipócrita en que se desarrollan las relaciones sociales. “El que calló venció e hizo lo que quiso”, era la frase que solía invocar mi madre en parecidas circunstancias. Y por no herirla a ella guardé las formas; si de mí hubiera dependido, habría recurrido a mis instintos más básicos y gregarios y habría mandado al demonio a esos familiares que en su fuero íntimo se regodeaban visiblemente con la muerte de mi padre… Pero si la humillación semeja una derrota, la templanza representa la victoria para aquel que teniendo motivos para enfurecerse opta por desviar la vista hacia otro lado.

A última hora de la tarde vino aquel hombre campechano que yo recordaba de una de las visitas que le hicieran a mi padre en el hospital. Aquel hombre que tras su costra de rudeza ocultaba unos descomunales sentimientos de bondad. Lo acompañaba su mujer como en la anterior ocasión. Le dio el pésame a mi madre visiblemente compungido, y acto seguido se abocó a la cristalera de la capilla ardiente, junto a la cual yo me hallaba situado en ese preciso instante. Sus ojos eran sendas esferas de lágrimas. Apoyó sus gruesas manos sobre la cristalera. Un mechón de cabello gris le rubricó la frente, salpicada de arrugas de tristeza.

-¡Te has ido ya, viejo! –murmuraba con la voz troquelada por los sollozos-. ¡Te has ido!... ¡Pobrecito viejo!

Alguna de sus lágrimas se me contagió, y sentía que en lo profundo de mi ser se deshacía un nudo de emoción. No supe cómo reaccionar. Afirmé mi espalda contra la pared. Nos estaban observando mis parientes espurios.

El hombre se acercó a mi lado, y me tomó de los hombros.

-Tu padre te tuvo viejo, y era mi amigo antes de que tú nacieras. Ahora tienes en mí un amigo.

No es fácil que esto suceda, pero en aquella ocasión una lágrima caliente y viscosa, de tan retenida, surcó mi rostro. Yo sabía que las palabras de ese hombre eran sinceras, pero, por causa de mi carácter y de mi vida entera, no sacaría provecho de las mismas. A cuenta de tantos fracasos, el sonido de la palabra “amistad” había llegado a ser para mí como campana que suena o címbalo que retiñe, empleando el poético símil del apóstol San Pablo (1 Cor 13, 1). El amigo de mi padre me había cogido en una etapa de mi vida en que ya me había hecho a ser una persona solitaria y no me inquietaba un futuro en soledad. Pero yo no era refractario a las emociones, y pocas veces he sentido una emoción tan profunda. No sé qué habrá sido de ese hombre; sé lo que ha sido de mí, y toda mi vida le agradeceré ese gesto de cariño hacia mi padre… y hacia mí de rechazo.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

sábado, 17 de julio de 2010

Mi padre (XIX): Evocación


Aún no había clareado el día cuando ya nos encontrábamos en el espacioso salón que nos asignaron en el tanatorio de Ciudad Real. Estábamos solos; la gente todavía no había empezado a venir. Mi madre se recostó en uno de los sofás. Tomé una de las sillas tapizadas en terciopelo granate, y me acomodé frente al vidrio que confinaba la capilla ardiente. Lucían los cirios y las flores parecían empapadas de relente mañanero. Había un nudo en mi mente, que pugnaba por poner obstáculo a mis pensamientos; la vista del ataúd cerrado no me ocasionaba la turbación que hubiera sido de esperar. Pero me obligué a agilizar mis sentimientos… Recordé una apagada tarde de mayo de hacía casi veinte años. Mi padre y yo habíamos ido al Manantial de la Higuera, sito a unos dos kilómetros de Aldea, en un extenuado y matraqueante ciclomotor. Yo pilotaba. Había en las bajas nubes presagios de tormenta. Nos apeamos junto al caño de la fuente. Bebimos agua y nos dirigimos al cerro; mi padre quería coger tomillo. Las nubes empezaron a mugir con incandescente aparato eléctrico, y unas flámulas grises se desgajaron de sus panzas roturadas. “Vámonos, papá. Va a romper a llover”, le dije mientras le veía agachado al pie de una retama en flor. “Mamá quiere tomillo para los guisos”, me respondió impertérrito. Por la dirección de Puertollano, los nubarrones repartían los primeros fustazos de luz sobre los cordales de la distante sierra. El aire tenía un picante regusto a ozono, que activaba la deleitosa fragancia de la tierra húmeda. “¡Vámonos, papá! Va a empezar a tronar”, insistí. Mi padre se incorporó, y sus ojos me flecharon a través de un abanico de tomillo; en su otra mano portaba la navaja. “¿Tienes miedo?”, me preguntó. Mi mirada estaba fija en la hoja de la navaja. “Tengo miedo a lo desconocido”, respondí con pavor manifiesto. Mi padre anudó el manojo de tomillo con una tomiza y cerró la navaja; me hizo una seña para que bajáramos por la ladera del cerro. Los ronquidos de las nubes se trocaron en el inconfundible bramido del trueno. “Miedo a lo desconocido -dijo mi padre-. La vida es una gran desconocida; si tienes miedo a esto, se lo tienes a la vida. Lo importante es no perder de vista el camino”. Se abrieron las compuertas del cielo. Nos cayó agua a manta mientras íbamos en el ciclomotor. Los charcos ahogaron el barro del camino, ese camino que, al decir de mi padre, era tan importante no perder de vista. Un rayo murió en la punta del campanario de la iglesia de San Jorge Mártir. Ya estábamos en las calles del pueblo, cuando aún se veían pavimentadas con adoquines de basalto. Abrimos la puerta cochera de casa, nos miramos y nos pusimos a reír a mandíbula batiente… Habíamos encontrado otra vez el camino.

Mis manos se apretaron contra el frío vidrio de la capilla ardiente. ¿Dónde estás, padre mío? ¡Regresa pronto, que he perdido el camino! Sigo teniendo miedo a lo desconocido, sigo teniendo miedo a la vida.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

jueves, 8 de julio de 2010

Mi padre (XVIII): Consumación


Se presentó la fría madrugada de enero. Yo no sé qué sueños o pesadillas hicieron que mi descanso me agotase las energías más todavía. El dormitorio estaba encostrado de las frías tinieblas del mes de enero. El teléfono inalámbrico reposaba sobre el tablero de mi mesita. Mis convicciones religiosas me impiden creer en las apariciones marianas, pero en la agitada somnolencia vi una peña entre nubes inflamadas de tormenta. Allí estaba una dama de los tiempos de la antigua Galilea, cubierta por vaporosos velos. Me miraba. Las nubes sangraban con los relámpagos. La mujer se recubrió el rostro con su velo. La intensidad de la mirada que me dirigía carbonizaba las órbitas de sus ojos. De repente, me desperté del sueño y fui consciente de las tinieblas del dormitorio. Me encontraba lúcido y despierto. Aún no sé explicarme porqué oí una voz lejana si ya no estaba soñando. Una voz femenina que pronunciaba mi nombre con la cadencia de un fatal llamamiento, una sola vez… Yo no creía en presencias fantasmales, pero esa voz no me resultó desconocida. ¿No se parecía a la voz que yo recordaba de ella cuando aún vivía en el mundo?

Entonces arrancó la melodía del teléfono inalámbrico. Una especie de antífona electrónica que pretendía remedar la belleza de “El lago de los cisnes” de Tchaikovsky. No hacía falta responder a la llamada para saberlo. No obstante, lo hice.

-Acaba de morir –La voz de mi madre sonaba desgarrada por el llanto.

-Enseguida estoy allí –dije con la calma que nunca hubiera imaginado poseer en semejante trance.

Me vestí en un abrir y cerrar de ojos. Mi mente estaba como amordazada. Tomé el coche y conduje con movimientos sorprendentemente certeros. Las luces de la madrugada, las siluetas de los edificios a medio levantar que había antes de llegar al hospital, todo surgía en medio de la neblina de una apacible ensoñación. No queriendo profundizar en mis pensamientos, me puse a tararear la melodía de “El lago de los cisnes”… Nunca más volvería a ponerla en mi teléfono, pues siempre me recordaría la voz de la oscuridad y el anuncio de la muerte de mi padre.

Mi alma drenaba por los vacíos pasillos del hospital. Las luces estaban disminuidas a consecuencia de la madrugada. Encontré a mi madre llorando en el umbral de la habitación. Buscó fundirse en mis brazos tan pronto me detectó a su lado. Había presenciado el estertor de mi padre mientras yo escuchaba en el dormitorio aquella intrigante voz femenina.

-Intentó incorporarse con los ojos muy abiertos –me explicó-. Echó todo el aire fuera y al tocar el colchón ya estaba muerto.

-Ya está avisado el médico de guardia para certificar la defunción –nos dijo el enfermero, un hombre de cabeza rapada y mirada amable.

-Este chico me he abrazado cuando ha muerto tu padre. Se ha portado muy bien el pobre.

-Muchas gracias –le dije, sobreponiéndome a mi timidez.

-No las merece –respondió él, dándome en la espalda una amistosa palmada.

Mientras esperábamos al médico de guardia, y, aprovechando que mi madre había ido a sentarse a la sala de estar de pacientes, fui a ver a mi padre. Tenía el rostro seco y macilento. Le despuntaban los blancos cañones de su barba. La boca entreabierta dejaba ver sus carencias dentales. Pero, en resumidas cuentas, un aura de serenidad circuía su rostro desfigurado por la muerte y la enfermedad. Le toqué la frente, y acto seguido se la besé. El camino que juntos recorrimos había tocado a su fin. Apreté mis párpados con las yemas de los dedos de mi mano izquierda, y dejé que mis piernas me condujeran fuera de la habitación.

“Adiós”, fue la única palabra que sonó en mi interior. ¿Dónde estaba el llanto que hubiera sido de esperar que derramara en esa hora fatídica?

Entre las sombras del pasillo surgió la doctora de guardia. Traía la cara somnolienta. Me dio sus condolencias de un modo maquinal y rutinario. Ordenó que se le hiciera a mi padre el electroencefalograma de rigor. Cuando la muerte del paciente resultó evidente, se puso a extender el certificado de defunción, al tiempo que me pedía que viniera a recogerlo pasada media hora.

Un celador actuó de guía para conducirnos a la sala del tanatorio en medio de ese laberinto de pasillos escasamente iluminados. Una vez allí, avisé por teléfono a los de pompas fúnebres y a los familiares más cercanos, desde un punto de vista sentimental. Luego me interné solo en los pasillos del hospital para ir en busca del certificado de defunción. Me extravié. El eco de mis pisadas se ampliaba hasta los rincones más oscuros y distantes. Di varias vueltas hasta que por fin llegué a una oficina iluminada donde había tres guardias de seguridad. Les expliqué mi problema, y uno de ellos se ofreció muy amablemente a guiarme hacia el área de cuidados paliativos y posteriormente hacia la sala de tanatorio.

A mi regreso, ya me estaba esperando el empleado de pompas fúnebres. Me tomó los datos y me preguntó cómo queríamos que mi padre apareciera en el féretro: con el rostro descubierto o con la tapa colocada. Mi madre y yo fuimos unánimes: mi padre tenía el rostro muy desfigurado y no era agradable que tal fuera la última imagen que nos quedara de él, por lo que optamos por colocar la tapa al ataúd.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

domingo, 27 de junio de 2010

Mi padre (XVII): Despedida


No era agradable pensar en la despedida, pero de algún modo había que afrontarla. Si le abrazara, si le dijera cuánto le quería, él sentiría sin duda la opresión del pánico. Eran momentos para un contacto más estrecho pero sin perder las apariencias. ¡El afeitado! Ahí estaba la solución. Posiblemente sería la última ocasión que tendría de adecentar su aspecto, toda vez que en cuanto se iniciara la sedación, ya no podría ayudarme en tal operación.

La espuma cubrió su demacrado rostro como si la nieve se hubiera posado sobre un páramo durmiente. Los cañones de su en otro tiempo suave barba habían asumido la dureza del alambre. La maquinilla se deslizaba dificultosamente. El óvalo azul de sus niñas crecía, recreando la mirada clara de quien fuera mi abuelo y a quien nunca, ni aun mi padre, pudimos conocer. En algún lugar de la Guerra Civil, en alguna tumba sin nombre reposaría el hombre que fue nuestro origen; la hierba crecería y aparecerían flores por primavera; habría árboles por encima, donde los pájaros se contestarían de una rama a otra… Sentí que mi padre me daba una especie de pellizco. Le acababa de hacer un corte en el mentón.

-Perdona, tenía la cabeza en otra parte.

La sangre refluía, como si no quisiera abandonar el cuerpo de mi padre. Su mirada atravesaba mi propia vida. Le sequé con la toalla, le apliqué bálsamo rico en esencia de eucalipto. Ya estaba aseado para emprender el viaje definitivo. Había un asomo de felicidad en el rictus de sus labios descoloridos. Me sentí poseído por un sentimiento tanto más extraño cuanto que ni en mi adolescencia hubiera imaginado que en el corazón del hombre pudiera existir algo semejante.

-Dame un beso –le pedí a mi padre, acercando mi rostro al suyo, terso y perfumado por el afeitado.

Y sí, no porque me lo hubiera dado un enfermo resultaba ser un beso menos verídico. He aquí nuestro momento de despedida. Ahora ya no podía quedar arrepentimiento en mi vida en lo que a mi padre concernía. Ambos sabíamos lo mucho que nos queríamos, y, por tanto, ésta o cualquier otra despedida ya no se revelaban tan cruciales.

Mi madre entró en la habitación, una vez calmada de la congoja que los médicos le transmitieran con su veredicto. Me miró y, según me dijo después, creyó ver mi semblanza de niño en un cuerpo de hombre fornido. Y también me diría después que recordó esos tiempos tan lejanos en los que mi padre me llevaba de la mano a todos sitios. Pensé que aquél era un buen momento para verter lágrimas de emoción. Pero no, yo era como prieto nubarrón que se resiste a liberar las fuentes de la lluvia.

Después de comer (por decir algo, porque allí no hubo quien comiera), vinieron a colocarle a mi padre los parches que supuestamente habrían de sumirle en el beatífico sueño de la sedación.

-¿Vendrá hoy la niña a verme? –me preguntó cuando nos quedamos solos en la habitación.

-Sabes que no es conveniente que los niños vengan a los hospitales –respondí con la garganta entorpecida por la mentira.

Mi padre estaba en su sano juicio, y guardaba el anhelo de ver a la niña en cualquier momento. Era la alegría de los últimos tiempos de su vida. Siempre se ama lo que ocasiona alegría. Toda la esperanza que él tenía yo ya la daba por perdida. Dentro de mí, en lo más recóndito de mis sentimientos, empezaba a aflorar un manantial de agua que refulgía al sol de mis ensoñaciones; y de ahí nacía un río que corría desenfrenado al estuario de mis lagrimales. Cuando me quise dar cuenta, tenía las corneas bañadas en ardiente humedad. Busqué el rincón que reputé más sombrío, para que mi padre no pudiera percatarse de este detalle.

Esa tarde vinieron algunas visitas del pueblo. Mi padre las miraba con ojos turbios, sin que su lengua pudiera articular la menor palabra. El efecto de los parches sedantes comenzaba a hacerse notar, pero no era como yo lo hubiera esperado... Mi padre tenía desazón, se le ponían los ojos en punta, se contoneaba de un lado a otro; las manos, incontroladas, arrancaron el pañal varias veces, difundiendo en consecuencia un nauseabundo hedor a orina y excrementos por toda la habitación. Las visitas se fueron. Yo pedí ayuda en el control de enfermería; lo que estaba presenciando no casaba con mi concepto de un paciente sedado.

-Los parches tardan en hacer efecto –me dijeron con impasible encogimiento de hombros.

Mi padre alzaba las enflaquecidas piernas por encima de las barras protectoras. De seguir así, se acabaría planteando la necesidad de amarrarle. De tanto quitársela con febril contundencia, acabó por romper la cinta de la mascarilla de oxígeno. Yo intenté apaciguarle, con palabras dulces y deshaciendo el revoltijo que había formado con la ropa de cama.

-No te quites el pañal, mi vida –le decía en el entretanto-. ¿No ves que si no olerás a miseria? Cálmate e intenta dormir un poco. Así harás por curarte.

Yo no sé por qué cauces se arrastraría su mente. ¿Se habría dado cuenta por fin de la farsa que le rodeaba? El amor en ocasiones emplea ropajes de embustero. Y la mentira ya me dolía como si me hubieran aplicado en el corazón un hierro candente. Sentí deseos de desmayarme, de caer en el olvido hacia tan triste situación y despertarme en algún momento y descubrir que todo no había sido más que un mal sueño.

La noche sobrevino y, por fin, mi padre cayó presa de un benéfico letargo. Los parches habían tardado en obrar su efecto, pero ahora él podría descansar. ¿Hasta cuándo?

-Vete a casa a asearte y a dormir un poco –me interpeló mi madre-. Esta noche me quedo yo.

-No tenemos a nadie que nos ayude –medité en voz alta, con el amargor de toda una vida en soledad.

-Por eso debemos reservar nuestras fuerzas. Tu padre no va a despertar en toda la noche. Vete a casa y mañana acude temprano.

Me dejé convencer. Realmente me sentía sudoroso y cansado. Algo de cena, una buena ducha y unas cuantas horas de sueño entre sábanas frescas y limpias me atraían como cantos de sirenas. Miré a mi padre respirando ruidosamente tras el rumor de la mascarilla de oxígeno. Dejaba traslucir la tranquilidad del paciente sedado. Las conversaciones entre nosotros se habían terminado. Mañana seguiría aquí y nuevos parches mantendrían su inconsciencia…, y su ausencia de dolor por ende. Yo estaría de vuelta mañana, antes de la hora del desayuno, y relevaría a mi madre para que ella pudiera descansar a su vez.

Mientras enfilaba el largo y solitario pasillo del hospital recién estrenado, conservaba en mi retina la impresión de la figura de mi padre abocado a un sueño artificial e imprevisible. No quería pensar en el mañana, el cual ya pasaría a medirse en términos de horas y no de días. Lo que no tiene remedio no merece un instante de reflexión, y menos de lamentación.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

domingo, 30 de mayo de 2010

Mi padre (XVI): Ultimátum


El día de Reyes mi padre recuperó la voz. La alegría por este hecho me dominó de tal modo, que noté que en mi pecho se abrían nuevas expectativas. ¿Un milagro tal vez? ¿Era posible que mis rezos volvieran a rendir el mismo fruto que hacía nueve años? Era una voz chirriante, menguada, fatigada, pero lo importante era que mi padre volvía a tener capacidad directa de comunicación. Y, según podíamos apreciar, conservaba la rectitud de su juicio.

-Ponme crema en los talones –me pidió clavándome una mirada cada vez más azul.

Me apresuré a complacerle.

-¿Cómo te sientes? –le pregunté mientras combatía con recios masajes las asperezas de sus talones.

-Estoy harto de tanta cama.

-Pronto te pondrás bueno.

El silencio cayó sobre nosotros como martillo sobre un yunque. Vi cómo giraba su cabeza en sentido a la ventana. Pesadas nubes negras colgaban del cielo invernal; el sol se abría paso entre harapientas rendijas grises. Yo no sabía si mi padre afrontaba su destino con el optimismo que cada vez más dificultosamente tratábamos de infundirle. Su cuerpo era como un templo en ruinas, su mirada un peregrino entre las nubes. El cielo, la esperanza, el miedo incluso, empezaban a posarse en su alma con el mismo ímpetu con que la salud escapaba de sus órganos vitales. Su rostro necesitaba un afeitado; ya no podía ayudarme a estirar la piel de su bigote. La máquina le metía a la fuerza el aire en los pulmones, pues parecía como si él ya no quisiera insuflarlo. ¿Tenía miedo a lo que se le avecinaba o temía tal vez más nuestras mentiras de una esperanza que no podía tener cumplimiento?

Los médicos vinieron al día siguiente. Le tomaron el pulso, le auscultaron, le tentaron la barriga con rítmicos golpecitos, como si fuera la piel de un tambor… Le sonrieron, le preguntaron dónde había nacido, le pidieron que descansara. Luego nos indicaron a mi madre y a mí que les acompañáramos un momento. Nos llevaron a una de las flamantes salas de estar para pacientes. Nos pidieron que tomáramos asiento. El más viejo de ellos se erigió en portavoz.

-Se encuentra muy mal, no le queda más que una semana. Se presentan dos opciones: alargarle el tiempo de vida a costa de su sufrimiento, o sedarle y de esta forma no sufriría. Pero esto le acortaría el tiempo de vida en dos o tres días. La decisión es de ustedes.

Mi madre y yo nos miramos. Lo teníamos claro; no queríamos que mi padre sufriera.

-¿Cuándo empezaría la sedación? –le pregunté al portavoz.

-Mañana o pasado. Así tendrían tiempo de despedirse de él. Cuando se encuentre sedado perderá por completo el conocimiento.

No sabría definir el estado en que salí de aquella conversación con los médicos. No fui capaz de mirar los ojos de mi madre, por miedo de ver reflejada en los mismos la sombra de mi propio pesar. ¿Tenían que terminar así las cosas? ¿Toda una vida de cariño más o menos encubierto se consumaría en un puñado de horas? Ya no podría hablar más con mi padre ni ir con él a los sitios. Ahora comenzaría a ser todo distinto y no forzosamente mejor. Se venían abajo de forma definitiva las murallas de la protección paterna. Estaba a punto de pasar a la historia el apoyo de las horas difíciles y la alegría de los momentos importantes. Me quedaba mi madre, sí, pero hay terrenos del corazón que una vez desolados ya no se puede volver a sembrar en ellos nada nuevo.

Mi padre me esperaba en la habitación. La mirada le comía la expresión de su rostro.

-¿Qué han dicho? –me preguntó con una voz que parecía salida de una sima profunda.

-La dichosa pulmonía, que como es invierno sigue dando la lata.

Mi padre conservaba la inteligencia, y mis palabras ya no le suscitaban ninguna credibilidad.

-No es una pulmonía –manifestó orientando la mirada hacia la invernal ventana.

-¿Cómo dices?

-No es pulmonía… No se parece a la que pasé hace años. Tú lo sabes, ¿verdad?

El pánico se apoderaba de mí. De alguna manera debía evitar que mi padre cayera en el desaliento.

-No pienses en tonterías, papá. Los médicos dicen que necesitas más antibióticos.

Ya no me respondió. Se sentía fatigado por causa del lúgubre pensamiento que se agitaba en su cerebro. Yo no quería que mi rostro le diera vehementes indicios de fatalidad; deseaba abandonar la habitación y dejar que esa extraña sensación se exteriorizase de alguna manera. Mi madre aún estaría llorando en la sala de estar, y no volvería hasta que se hubiese desahogado lo suficiente. Las palabras se me habían terminado. Me encaminé a la ventana. El horizonte estaba desdibujado con azuladas fajas de niebla. Por un momento, dejé de pensar en nada. El comienzo empieza en lo vacío, en lo ausente, y el final, el final… ¿en qué para el final?

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.


lunes, 17 de mayo de 2010

Mi padre (XV): Estrellas


Los días de las fiestas navideñas fueron transcurriendo como una dolorosa secuencia de escenas oníricas esfumadas en tonalidades grises, como breves paseos por los nueve círculos infernales de “La Divina Comedia” de Dante. Mi padre no pudo volver a levantarse de la cama. Tenía la voz perdida, pero con gestos ampulosos trataba de indicarme lo mucho que echaba de menos el canapé de la salita de estar. Este mueble estaba apoyado justo debajo del marco de la amplia ventana. Desde el vidrio goteaban las lágrimas del invierno y se podía ver a los pájaros cantando en los aleros cuando brillaba el sol de primavera. Una sola ventana podía aportar tanta vida, y ahora mi padre se veía obligado a permanecer en las sombras de su alcoba. Su voz ya no se escuchaba, pero, a través de su mirada, sus palabras llenaban el silencio.

La víspera del día de Reyes hubo que llamar a la ambulancia. Las toses arreciaban en el frágil pecho de mi padre. No respiraba bien, y sus convulsiones no hacían presagiar nada bueno. Desde Urgencias nos remitieron a la Unidad de Cuidados Paliativos del recién creado Hospital General de Ciudad Real. Tuvimos que aguardar al celador en la explanada de la entrada de hospitalizaciones. Yo me sentía impaciente, y di en pasearme por el exterior de la ambulancia. Mi padre estaba tumbado en la camilla. Su mirada parecía querer atrapar las frías estrellas del invierno. Llevaba puesta la mascarilla de oxígeno. Era nuevamente mi elefantito, la entidad bancaria donde yo tenía depositada desde el inicio de mi vida una crecida cantidad de amor. Pronto esa cuenta corriente se hallaría en números rojos. Me quedaría sin el firme pilar en el que se apoyaba mi existencia; me aguardaba un largo camino en soledad. Golpeé con los nudillos su ventanilla, y le hice varios saludos con la mano. Él me miraba y veía mi sonrisa un tanto histriónica. Yo daba en mostrarme guasón hasta las últimas consecuencias, porque seguía pensando que mi padre aún podía sentirse alegre por mi conducto. Estoy seguro de que, en esos instantes postreros, no creería que me estaba burlando de él; me conocía lo bastante para saber que mis payasadas eran un elocuente testimonio de amor hacia su persona… Me pasé saludándole a través de la ventanilla todo el tiempo que medió hasta la venida del celador.

La habitación era ancha, pulcra y olía a desinfectante y a pintura fresca. Había una pequeña nevera para comodidad de los acompañantes. Y el sofá se podía transformar en una cama relativamente confortable. El control de enfermería quedaba justo enfrente de la puerta. Mi madre reconoció a una de las enfermeras. Era una muchacha del pueblo, y cuando supo que éramos paisanos y por ende familia lejana, extremó sus atenciones con nosotros. Dios la bendiga. Aunque nunca más la he vuelto a ver, es muy grande la deuda de gratitud que tengo contraída con ella.

Desde la ventana se avistaban las constelaciones que servían de palio a esa noche de Reyes. El hospital estaba casi vacío, y por eso los exteriores no se encontraban lo bastante iluminados. Pero, gracias a eso, pudimos gozar del distante esplendor de las estrellas, que contribuía a desmaterializar las sombras de la habitación. La mirada de mi padre se proyectaba a través de la ventana. Era como si para él no existiera la sonda intravenosa o la mascarilla de oxígeno. ¿Acaso cavilaba que su inminente hogar se encontraba confundido entre el brillo de esas estrellas?

Cerca de la medianoche, vino la enfermera a ofrecerme un zumo de frutas.

-No, muchas gracias –rehusé al colmo de mi cortedad.

¿Acaso si ella no hubiera sido del pueblo, acaso si no se hubiera mostrado tan dulce y atenta, yo hubiera podido comportarme como una persona adulta y no como un niño asustado en medio de los peligros de la vida?

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes

domingo, 9 de mayo de 2010

Mi padre (XIV): Arrepentimiento


En el pueblo se corrió la voz de que mi padre se moría. Llegaron visitas a mansalva, que rápidamente, a tenor de los ímprobos esfuerzos sociales que mi padre intentaba realizar, se revelaron un auténtico estorbo. Mi padre se alteraba y acababa exhausto. No parecía querer que le vieran en semejante postración, y, lo peor de todo, empezaba a olerse la tostada. Mi madre y yo tampoco teníamos ganas de visitas ni de sostener conversaciones baldías sobre los males propios y ajenos. Algunos venían sinceramente compungidos, pero los más se presentaban acuciados por la curiosidad morbosa de asistir a la consunción de un moribundo. El timbre sonaba en ocasiones a cuál más intempestiva: cuando estábamos intentando que mi padre ingiriera algún alimento, durante el enjabonado previo al afeitado, en los momentos en que literalmente yo había de arrastrar a mi padre cuando me pedía que le llevara al cuarto de baño para aliviar la opresión de su vientre…

-Me revientan tantas visitas que sólo consiguen alterarle y agotarle aún más de lo que está –le confiaba a mi madre, al colmo de mi indignación.

-El pueblo es así –respondía ella-. Aquí son muy dados a cumplir con enfermos y difuntos.

-Pero ¡ya está bien!... A veces se altera tanto que no hay quien consiga hacerle comer.

-Tu padre se está muriendo…

-Pero eso no quita que intentemos facilitarle la mejor calidad de vida posible.

Entonces tomé la decisión de poner veto a tanta visita inoportuna. Yo me encontraba particularmente irritable, hasta el punto de dejar a un lado todo convencional gesto de afabilidad.

Esa misma tarde el timbre volvió a sonar. Aproximé el ojo a la mirilla de la puerta, mientras notaba que el ceño se me ponía torvo en exceso. Vi el rostro de un anciano con boina, boca entreabierta y ojos difuminados por unas arcaicas gafas de vidrios gruesos y estriados. Le abrí la puerta por simple inercia, aunque el alma me pedía correr el cerrojo.

-¿Qué quiere? –le pregunté con un tono de voz situado en la frontera entre la educación y la aspereza.

-Vengo a ver a tu padre –me dijo fatigadamente; se notaba que había andado un largo paseo desde su casa.

Antes de que yo pudiera oponer algún tipo de reparo, mi madre salió a recibir al visitante y lo condujo a la alcoba de mi padre... Era triste la situación, y más cuando ya ni siquiera encontraba mi padre descanso en el canapé de la sala de estar; en su cama era donde únicamente podía sentirse un tanto aliviado.

El visitante le llamó por su nombre, con una voz extrañamente ronca. Mi padre entornaba los párpados y abría la boca soltando una vaharada fétida, revelando los pocos dientes que conservaba.

-¿No me conoces, so jodío? ¿A que te alegra verme aquí?

Hacía poco que mi padre ya no articulaba palabras. Sólo soltaba gemidos que parecían salir de un fuelle lleno de agujeros. Mi padre se fatigaba, sus manos estaban crispadas y no conseguía abrir del todo los ojos. Agarró de una manga a su visitante.

-¡Amos, que nos tenemos que echar una partida en el Hogar!

Le faltaba el resuello. Arrancó a toser y su palidez se tiñó de púrpura. Por la comisura de la boca le manaron mocos coloreados con algunas motas sanguinolentas. La escena me estaba crispando los nervios.

-¡Caballero, le pido que salga de aquí! –le dije imperioso al visitante-. Mi padre no está para recibir visitas.

-De eso nada –me contradijo mi madre, alarmada por mi insospechada grosería, y luego le dijo al visitante-: Quédese el tiempo que quiera.

-¡Ni hablar! –me empeciné-. Ya estoy harto de que esto se haya convertido en un circo. Desde ahora ya no se reciben más visitas. Caballero, por favor…

El visitante se deshizo de la mano de mi padre con extrema delicadeza. Le miró con tristeza y acto seguido me miró con estupefacción. Se colocó la boina con senil torpeza, y abandonó la alcoba. Cuando le abría la puerta para que saliera, me dijo con la voz aún más ronca:

-Yo era amigo de tu padre. Sabía que le alegraría verme.

Y se fue con paso tardo entre los vapores de niebla que empezaban a acumularse a la caída de la tarde. Sus hombros iban abatidos y su boina ladeada… En ese mismo momento me di cuenta de que había cometido una injusticia. Me sentí muy mal. Ese hombre se iba, y de ahí a algunos meses también marcharía por la ruta de mi padre. Yo entonces no podía ni imaginarlo. Me hubiera gustado haber tenido ánimo para hacer que regresara y pedirle perdón. Los malditos nervios me habían traicionado, faltando a mis principios de educación y hospitalidad. Quiero que sepas que allá donde estés, te pido perdón, viejecillo que visitaste a mi padre.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

domingo, 25 de abril de 2010

Mi padre (XIII): Amor


Encendieron luces en los escarchados árboles que había en el exterior del hospital, porque ya estaba llegando Navidad. El neumólogo me dijo que mi padre ya no tenía curación posible y había que considerar enviarle a casa. Yo lo prefería francamente, ya que una vez tuve que pasar una Navidad en el hospital y no es plato de buen gusto. Le prescribieron a mi padre oxigenoterapia a domicilio, y, como estaba muy desganado, le sustituyeron las comidas por un sinfín de batidos energéticos. También tuve que rellenar el formulario de la Asociación Española contra el Cáncer, para que un equipo médico especializado lo visitara regularmente en casa y le aplicara los parches de morfina en caso de que se le despertaran los temidos dolores (hasta el momento sólo se había quejado de una escara en el talón derecho).

La situación se presentaba triste mientras tenía lugar el traslado en ambulancia. Los ojos de mi padre, aguanosos y carentes de vitalidad, se abstraían en la contemplación de las estrellas que se perfilaban a través de la ventanilla del vehículo. Yo compartía el objeto de su mirada, y en mi interior agradecía a Dios que mi padre no sufriera con terribles dolores y convulsiones… pero no podía agradecerle que le estuviera llamando a su lado. Me había equivocado demasiado con mi padre, y todas las oportunidades de expresarle mi amor de hijo, que en un tiempo llegué a creer que eran prorrogables, se me estaban terminando.

La casa del pueblo abrió sus muros, nos engulló en las sombras y su silencio se disipó con el molesto bordoneo de la bomba portátil que dispensaba oxígeno a los exhaustos pulmones de mi padre. Otra vez la mascarilla de elefantito; pero ahora ya no simbolizaba una esperanza, sino un asidero fatal a una vida que, más deprisa que despacio, se iba precipitando en la lobreguez de la tumba. Mi padre no quería acostarse en su dormitorio; quería tener cerca el sonido de la televisión, quería estar rodeado de sus extrañados objetos de vida doméstica. El canapé de la salita de estar, con su más de medio siglo de historia, era decididamente incómodo. Se multiplicaron las escaras del cuerpo de mi padre, y sus talones se despellejaban a ojos vistas. No obstante, él alimentaba la ilusión de hacer algo de ejercicio con el simple hecho de columpiar las manos. Intenté convencerle de que en la cama se encontraría más cómodo, pero su obstinación era inconmovible.

Pasaban las horas y el mundo se disponía a celebrar la Nochebuena. La niña entró en casa como una ruidosa bandada de pájaros. Su entendimiento aún no podía procesar el alcance del drama que sus ojos hechos de alegría estaban presenciando. Le dio un beso a mi padre y se puso a corretear por los sombríos ámbitos de la casa. El rostro de mi padre estaba macilento, si bien el aro azul de su mirada cobró vitalidad ante la emoción que le ocasionó la presencia de la niña. No se quejaba de dolores físicos, pero me espanta imaginar el dolor que su alma debió rumiar ante la certeza de no poder acompañar a la niña en sus juegos. Y yo sentía (y siento aún) el dolor de saber que aquella era la última vez en esta vida que iba a poder tener cerca a su querida niña.

Poco a poco se convertía en un peso muerto. Cuando pedía ir al baño, yo tenía que poner mis brazos debajo de sus axilas y arrastrarlo como si fuera un soldado herido en una trinchera. Mi madre se quejaba de que él no retenía esfínteres por las noches y al amanecer aparecían mojadas las sábanas de su cama. Hubo que poner una funda impermeable al colchón y el uso de pañales y compresas absorbentes se hizo totalmente imprescindible.

El problema que nos traía de cabeza a mi madre y a mí era que mi padre se desajustaba inconscientemente el pañal durante la noche, y por eso aparecían las sábanas empapadas de orina maloliente. La situación comenzaba a volverse desesperante. Mi madre era una maniática de la limpieza y sufría ante el temor de que mi padre empezara a criar miseria. Cada vez eran más limitados los movimientos del enfermo, y tareas cotidianas, como lavarle o darle de comer, se presentaban agotadoras tanto desde el punto de vista físico como del emocional.

-Dios mío, hijo, ¿cómo podríamos conseguir que no se meara por las noches?

Yo no sabía qué responder a mi madre. Hasta que una vecina nos dio la solución. Existían unos pijamas que tenían una cremallera por la espalda y que servían para retener el pañal en su sitio, sin que los movimientos del enfermo pudieran acertar a abrir aquélla. Me enteré de que esos pijamas los vendían en una tienda de artículos ortopédicos en Ciudad Real. No hubo ni que pensarlo: eché mano del coche y me encaminé hacia la capital de provincia.

Al regreso me sentía extrañamente jubiloso. Mi padre no mojaría más la cama. Esta compra representaría para él confort, dignidad e higiene. No pude evitar enseñarle los dos pijamas con palpable entusiasmo.

-Mira, papá: ya no te despertarás empapado.

Él se quedó mirando con embelesada curiosidad las dos prendas; sus ojos bizqueaban un tanto. Quise percibir el trazo de una sonrisa en sus labios de ceniza, cuando me respondió:

-Estás como una puñetera cabra, hijo mío.

Desde entonces fueron desapareciendo poco a poco los instantes de suave humor que salpimentaban nuestra existencia. Cuando el descaecimiento alcanza su punto álgido, ya no hay espacio para las risas. Los calmantes sumían a mi padre en imprevisibles duermevelas. La luz de la bombilla de la sala de estar, el fresco efluvio de su cara tras el afeitado, el eco de la televisión, la lluvia que ocasionalmente azotaba los vidrios de la ventana…, todo esto le inducía al adormecimiento, inquietante preludio del sueño que nos dejaría huérfanos de su presencia. Empezaba a vislumbrar un nuevo camino más allá de su consciencia, un camino del cual no existen mapas trazados y que no hay quien se sienta capaz de afrontar por muy amarga que haya sido su vida. A veces había una expresión de despedida en las niñas de sus ojos, ya prácticamente invadidas por la extensión del óvalo azul.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.


lunes, 12 de abril de 2010

Mi padre (XII): Burocracia


Bien sabe Dios que siempre he detestado el papeleo y los trámites burocráticos con que los humanos nos hacemos recíprocamente la vida imposible. Acertado estuvo el autor, cuyo nombre no me viene a la memoria, que afirmó que la burocracia era el quinto jinete del Apocalipsis. Mi padre iba a fallecer, era una evidencia, y la máquina burocrática exigiría que todos sus asuntos estuvieran en orden. Pero el orden jamás fue una de las virtudes de mi padre. Localizar los papeles importantes se me antojaba una tarea que no dejaría de parecerme un suplicio. Entre mis visitas al hospital crecía en mi interior un dolor, una rabia y una impotencia por causa de una sociedad que no entendía lo horrible que era perder a un ser querido como para hacerlo aún más horrible con una selva de enmarañada vegetación burocrática. Testamento, escrituras, certificados, recibos del banco, libro de familia, fotocopias de esto, fotocopias de aquello… Y para más infortunio, yo no podía contar con pedirle ayuda directa a mi padre, pues su inteligencia enseguida le hubiera advertido de la gravedad de su estado, a él, que tanto amaba la vida. No obstante, era preciso encontrar una manera de sonsacarle información, pues había papeles importantes que yo, en medio del desorden reinante, no acertaba a localizar en sus carpetas.

La luz de la tarde desaparecía de las ventanas del hospital en medio de conversaciones ingenuas, en las que salían a relucir sucesos de antaño y opiniones de la situación presente. Mi padre me habló de cierto nido de calandrias en lo alto de un alcornoque. Eran los tiempos de la Guerra Civil, y una rama traicionera desgarró su blusón mientras trepaba por las asperezas del tronco. Mi abuela le dio una buena tunda, pues no estaban las circunstancias para exponer las ropas con absurdos juegos infantiles.

-¿En aquella época se pagaban impuestos? –preguntaba yo, aprovechando la coyuntura para entrar furtivamente en terreno delicado.

-Muchos –respondía mi padre.

-¿Por las herencias también?

-Sí, eso que llamaban “derechos reales”.

-¿Y hoy también se pagan?

-Sí, yo tengo los derechos reales pagados.

Él, que tan claro lo veía, no podía saber que para mi entendimiento, acostumbrado a escapar de los asuntos terrenales, era una cuestión totalmente encubierta por espeso manto de tinieblas.

Me contaba que de joven fue un consumado nadador. Se desplazaba con la agilidad de un delfín por los cursos de agua de su pueblo, y, a veces, cruzaba la frontera fluvial del país vecino para traer a su casa legumbres que le daban sus parientes del otro lado, los cuales no conocían las carestías de la guerra. Asimismo, recordaba que un día tuvo que irse de casa a un colegio donde sólo le daban de merendar un alvarillo y una minúscula porción de chocolate; cuando le tocaba servicio en la cocina, le parecía una bendición poder atracarse con las mondas de patata. Transcurrían los tiempos del hambre de la Posguerra. Ya era mocito cuando en un tren desvencijado y traqueteante un hombre fornido le fue a los alcances y le llamó la atención, preguntándole su nombre y apellidos; en cuanto los supo, le dijo que eran hermanos, y lloraron en medio de un abrazo emocionado. Compadecía a su madre y abuela mía: tuvo muchos hijos, quedó pronto viuda y no tenía con qué darles de comer; por eso se desperdigaron por todos los puntos cardinales, sin que muchos de ellos llegaran a conocerse… Los recuerdos de toda una vida se agolpaban lánguidamente en sus labios resecos, en aquellos pausados atardeceres de hospital.

Me hubiera encantado dedicar todo el potencial de mi mente a disfrutar de sus últimas y mejores palabras, pero el miedo al papeleo me inducía a inventar mil ardides para obtener información sobre tal o cual documento. A veces mis preguntas le llegaban como una cuña dolorosa, permaneciendo sumido en silencios efímeros cuyo significado yo no me atrevía a dilucidar. Incluso, como quiera que no me constaba que hubiera hecho testamento abierto, tuve que improvisar una pantomima para justificar la presencia de un notario en el hospital; yo también hice testamento al mismo tiempo, a fin de que mi padre comprendiera que no podíamos dejarle a la Administración resquicio alguno para que metieran mano en los bienes que con tanto esfuerzo habíamos conseguido reunir. Me sentí un miserable; bien sabe Dios que por mí hubiera mandado al cuerno todas esas minucias legales, pero tenía la obligación de mirar por los intereses de nuestra descendencia. Mi padre quería vivir, y yo sólo podía ofrecerle mentiras piadosas.

-Casi no puedo levantarme, hijo –me abordaba con su voz cada vez más menguante-. ¿Tan mala es la pulmonía que he cogido?

-Ya sabes cómo son estas cosas en invierno –trataba de contemporizar yo, con mi forzada expresión sonriente-. La otra pulmonía la tuviste en primavera y aun así necesitaste varias semanas para recuperarte. Son jodidas las pulmonías en invierno porque curan muy despacio.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

sábado, 27 de marzo de 2010

Mi padre (XI): Emoción


Al término de las pruebas que le hicieron, los médicos fueron taxativos: sería una suerte si llegaba a vivir seis meses. No había operación posible y era de todo punto inútil someterle a ningún tratamiento de radio o quimioterapia. El cáncer se había extendido por casi todo el cuerpo. Mi padre se moría irremediablemente.

¿Y qué hacer ahora?, me preguntaba yo caminando por los sombríos tránsitos del hospital. ¿Se va con ella? Conocer la vida a través del amor de un padre, y ahora perderlo. Quedarme sin mi único amigo. Sentirme extraviado en un mundo que nunca he comprendido y que sin su presencia se me volverá más absurdo y hostil todavía. Pero él no debe saberlo; encontrará sonrisas donde sólo mora la tristeza, verá flores donde sólo hay escarcha, se convencerá de que le quiero con todo mi corazón…

Cuando me preguntó sobre lo que me habían comentado los médicos, no se me ocurrió decirle otra cosa sino que había pillado una nueva pulmonía. No me gusta mentir, pero el amor y la compasión me impulsaron a hacerlo.

Yo no conocía al hombre que fue a visitarle, acompañado de su esposa. Eran una década más jóvenes que mi padre, y no habían tenido hijos. Nunca me habló mi padre de ese hombre, pero en la rudeza del acento de éste alentaba un gran sentimiento de cariño.

-¿Qué haces ahí tumbado, so desgraciao? ¡Levántate de esa cama y vámonos a tomar un café al Casino!

-Cerraron el Casino –dijo mi padre con frase pausada, esbozando una mueca que quería ser sonrisa.

-¿Es éste tu hijo?

-Es mi hijo.

-Pues, muchacho, te coges a tu padre y te lo llevas a la Aldea y ya verás qué pronto se pone bueno, que aquí en los hospitales ponen enfermo al más pintado.

-Si fuera posible, no dude que lo haría –respondí sonriente, y para dar mayor entidad al embuste añadí-: El pobre ha cogido una pulmonía y necesita que lo cuiden bien.

-Y como de aquí a la semana que viene este amojamado no salga andando, vengo y lo saco a patá limpia de esta cama.

Acto seguido, el hombre agarró la mano derecha de mi padre y se la estrechó como si quisiera darle algo más valioso que sus palabras de fingida aspereza. Sus miradas se cruzaron y pude ser testigo de algo más grande que la misma amistad.

En mi siguiente paseo en soledad por el pasillo de la planta, estuve alentando una emoción que me llevó a agradecer la humanidad de aquel hombre. Una emoción que buscaba ser resuelta en forma de lágrimas, la cual no encontró más que un manantial seco para este tipo de consuelo.

El deterioro era imparable. Mi padre iba dejando de apetecer levantarse de la cama. Como estábamos a las puertas del invierno, yo no tenía dificultad para encontrar delante de él argumentos con que respaldar la gravedad de su “pulmonía”. Tan acusado era su temor a perder la vida, que tuve que transfigurar mi rostro en una máscara de piadosa hipocresía. Entonces eché mano del humor, y, de esta forma, logré confortar a mi padre al tiempo que en mi interior se abrían las llagas del sufrimiento de la vida.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

jueves, 18 de marzo de 2010

Mi padre (X): Desesperación



-No va a salir de ésta, doctor –dije haciendo una afirmación de la consabida pregunta que hubiera sido de esperar.

-Le queda muy poco tiempo de vida –repuso el médico, en vista de mi resignación-. Ahora no hay camas libres en el hospital, pero voy a ordenar su ingreso inmediato.

Salí fuera del claustrofóbico recinto de urgencias, y llamé a mi madre con el móvil.

-Son sus últimos días, mamá. Hemos de ser fuertes y hacer que los pasé lo más dignamente posible. No hay que asustarle diciéndole lo que tiene.

Mi madre lloraba al otro lado de la línea telefónica, sin ser capaz de articular la menor palabra.

La noche en urgencias fue de todo punto dantesca. No había camas libres en el recinto hospitalario, y los enfermos habían de hacinarse en sillones y camillas de mugriento escay. Más de uno se acordó muy malamente del presidente de Castilla-La Mancha, quien a buen seguro jamás se vería envuelto en las situaciones calamitosas que puntualmente habían de sufrir los ciudadanos de a pie. Mi padre se desesperaba en la incómoda camilla que le habían asignado, la barba en rastrojo le picaba y el sudor le estaba provocando la pestilencia aunada del desaseo y la enfermedad.

Me hizo una seña para que me aproximara, y deslizó en mi oído las siguientes palabras:

-Pregunta si nos podemos ir a casa y volver cuando haya camas libres.

La sugerencia de mi padre no dejaba de tener su lógica. Sin embargo, la burocracia en que se fundaba el sistema hospitalario se anteponía al bienestar de los enfermos. Si mi padre abandonaba la sala de urgencias, perdería todo su derecho a ser hospitalizado. Al pobre no le quedaba otro remedio que pasar las de Caín en esa dura, sucia e incómoda camilla de escay, que le provocaba un sudor malsano en la zona de contacto con la espalda. Y para empeorar aún más las cosas, no me dejaban acompañarle lo que hubiera deseado; sólo tenía permitido entrar a verle en los momentos establecidos, que coincidían intencionadamente con las horas de las comidas. En el entretanto, las atenciones a los enfermos por parte del personal sanitario dejaban mucho que desear. Si grande era la agonía que mi padre padecía en la atestada sala de urgencias, no menos era mi propia agonía en la aún más atestada sala de espera, de dimensiones francamente minúsculas. No era por cierto mala idea que al presidente de Castilla-La Mancha le fuera dado conocer y disfrutar de las excelencias del sistema sanitario de que tan pagado se mostraba en los medios de comunicación, si bien jamás caería la breva de que tan alto dignatario llegara a experimentar la angustia que estaba flagelándonos a enfermos y acompañantes en aquel malhadado recinto de urgencias.

Tras casi cuarenta horas de calvario en urgencias, por fin le asignaron cama a mi padre en el servicio de neumología. Su autonomía de movimientos se redujo ostensiblemente. Las auxiliares de enfermería lo lavaron y le facilitaron un pijama nuevo; a mí me dejaron el cuidado de afeitarle.

Si hubiera sido hoy, a cuenta de mi reciente afición al afeitado clásico, hubiera empleado con mi padre el agua a la temperatura adecuada, la brocha de cerda más densa y acariciadora de las que poseo, el jabón más cremoso y aromático, la cuchilla más suave y afilada, la piedra de alumbre y el bálsamo más apaciguante de los que conozco. Pero entonces me faltaban los conocimientos y los útiles necesarios. Hube de emplear, pues, un vaso de plástico, un bote de espuma a presión, una maquinilla desechable y una loción con demasiado contenido en alcohol. Aun así, el resultado fue aceptable y creo que mi padre agradeció y disfrutó del afeitado que le hice. Su rostro se veía tan terso y brillante que nadie hubiera podido suponer a lo primero lo enfermo que se encontraba.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

domingo, 7 de marzo de 2010

Mi padre (IX): Descaecimiento


Ese año el otoño se presentó temprano. Los pasos de mi padre se tornaban a cada momento más torpes e indecisos, la carne de las mejillas se le fue hundiendo y la esclerótica de los ojos asumió el tono de la mantequilla rancia. El óvalo azul que le circuía las niñas se intensificó, impregnando de sufrimiento la expresión de su mirada. Perdió las ganas de hablar, cuando no las de comer, y apetecía con mayor frecuencia el reposo. Mi madre le animaba a que se moviera lo que le fuera posible. Algunas mañanas nubladas lograba reunir las suficientes fuerzas para salir a por el pan. La gente del pueblo lo veía trepidar en ese corto trayecto como un sarmiento ante el empuje de la tempestad. Viendo que las piernas se le mostraban reacias a obedecerle, intentó tomar la bicicleta, y no tuvo mejor fortuna: al primer intento acabó midiendo el suelo con su trémula osamenta. Este incidente nos lo silenció a la familia y sólo lo supimos mucho después, cuando nos lo refirió el piadoso hombre que tuvo a bien ayudarle a levantarse del suelo. Una ventosa tarde de octubre se armó de un viejo bastón para sostenerse, y, trabajosamente, deambuló por todos los bares y cafeterías que solía frecuentar en el pueblo; quería saldar las pequeñas deudas que había ido dejando aquí y allá; a todos los camareros les iba diciendo que ya no iba a volver a sus locales… El reposo era lo único que ansiaba en sus actuales circunstancias.

Por entonces, yo ya no vivía en el pueblo, y mi madre se esforzaba en ocultarme el raudo deterioro que venía padeciendo mi padre. Ella no quería alarmarme, pero llegó el momento en que tuvo que contármelo todo. Fue el día que mi padre tropezó en el tramo final de las escaleras mecánicas de la estación del AVE de Madrid; el pobre enfermo se aterrorizó al no encontrar asidero seguro en la bajada de las escaleras, y acabó derrumbándose henchido de tristeza e incapacidad.

-A tu padre le sucede algo –me advirtió mi madre esa misma noche al teléfono-. Pasa todo el día amorrado, hemos corrido peligro en el coche manejando él el volante, se ha caído varias veces, con la suerte de no haberse roto ningún hueso… Algo le pasa.

-Mañana lo llevo al hospital –dije fustigado por la angustia-. Que descanse esta noche todo lo que pueda. Iré a buscaros muy temprano.

Tan pronto colgué el teléfono, sentí que me derrumbaba en el sofá. Intenté rezar, pero en lo profundo de mi alma ya sabía que ningún hecho milagroso mitigaría la triste situación en que nos hallábamos. Le pedí a Dios que me consolara, agradeciéndole los nueve años de vida que le había concedido a mi padre desde la pulmonía de marras.

La mañana se presentó tintada de sombríos auspicios. Fue espantoso el tiempo que mi padre hubo de permanecer en urgencias, en el antiguo Hospital de Alarcos de Ciudad Real. Mi madre estaba agotada de tanta espera y le pedí que se marchara a descansar. Al cabo de un rato infinitamente prolongado, el médico que atendía a mi padre me llamó. Yo ya presentía lo que me iba a decir:

-Está muy enfermo. Tiene una masa enorme en el pulmón izquierdo y el derecho está lleno de ramificaciones.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

viernes, 26 de febrero de 2010

Mi padre (VIII): Ilusión


No era hombre de risa fácil, pero le vi reír a mandíbula batiente cuando la niña apareció en su mundo de días otoñales. La miraba durante horas, la comparaba con ella, celebraba cada uno de sus llantos y berridos. Hubiera deseado acelerar su crecimiento para cogerla de la mano y llevarla a dar un paseo por la plaza del ayuntamiento de Aldea. “¡Tirititi!”, le decía para arrancar sonrisas a su boquita sonrosada, donde apuntaban los dientes de leche. Cuando ya pudo andar, le enseñó que tocando el ombligo sonaba como un silbato mágico. Le llamaba la atención con apelativos extraños que él inventaba para ella: de “Tirititi” pasó a “Los Tirrintintintis”. Las risas de ellos dos se acordaban a la perfección, y a veces yo no sabía distinguir la una de la otra.

-¡Mi niña es mi niña! –repetía mi padre frecuentemente, cual si fuera el estribillo de una canción de felicidad.

La niña aprendió a andar y a hablar casi a un mismo tiempo. Ya tenía los dientes crecidos cuando mi padre se aprestó a cumplir su ilusión tan largamente postergada: llevarla a dar un paseo a la plaza. Se fueron cogidos de la mano entre el resplandor veraniego de las farolas. No habría otra oportunidad para repetirlo, pero esa noche mi padre fue el ser más feliz sobre la faz de la tierra.

En otra ocasión, mi padre descubrió que la niña tenía un lunar precioso en el confín de la nalga derecha; su alegría y su conmoción por esto eran ciertamente arrebatadoras. Empezó a bromearla sobre esta cuestión, amenazándola chistosamente con quitarle el lunar. La niña se preocupó de veras, hasta el extremo de evitar la presencia de mi padre a las primeras de cambio. Todas estas bromas alcanzaban mayor notoriedad estando ambos al teléfono.

-¡Tirititi, que te lo quito! –decía mi padre al otro lado de la línea telefónica, con una alegría que era difícil ponderar.

-¡No me quites el lunar! –respondía la niña con su lengüecilla de trapo, y si lloraba o reía mi padre lo aplaudía igual; todo le parecía adorable en ella.

A veces la niña oficiaba de recadera de mi padre, pidiendo una “chervecha” para él. El muy tunante no era capaz de pedirme la cerveza directamente, temiendo que le sermoneara sobre su estado de salud. Cuando terminaba de trasegar la botella de cerveza, la niña solía hacerle cosquillas en la barriga, y él se reía mostrando una falsa mueca de compunción en el rostro. La vida se volvía hermosa en las postrimerías de su vejez. Y sí, la presencia de la niña rejuveneció su alma, llegando a creerse que esta vitalidad se haría extensible a su propio cuerpo. Se sentía tan bien, que no vio necesario acudir a las revisiones médicas. Yo le preguntaba y siempre me decía que se encontraba en la gloria teniendo a la niña cerca. La quería con locura.

Era una tarde de agosto cuando ambos compartíamos sofá, atentos a los juegos de la niña. En los intervalos de quietud, acerté a escuchar un silbido extraño cada vez que mi padre respiraba, como si el aire hubiera de vencer innúmeras dificultades al entrar o salir de sus pulmones. Un chirrido viscoso, un burbujear de mal agüero, que despertaba alarma cuando no pavor.

-¿Qué te pasa, papá? –tuve que preguntarle al final.

-¿Que qué me pasa? –dijo manifestando escaso deseo de abordar el tema.

-¿Por qué respiras así?

-Me habré constipado –respondió evasivamente.

-¿Sigues tosiendo tanto como antes?

-¿No te acuerdas de que el doctor me dijo que la tos la iba a tener siempre? Pero no hay que apurarse, pues sabes que con un caramelillo se soluciona rápido.

-Papá, ¿desde hace cuánto que no vas a las revisiones del pulmón?

-Déjate de rollos, que estoy hecho un chaval.

-Papá…

Se aferró nuevamente a las monerías de la niña para dejarme con la palabra en la boca. En medio de la más absoluta felicidad, cuesta abrir paso a pensamientos tristes. Mi padre no quería escucharme en aquella ocasión. En lugar de eso, le enseñó a la niña a decirle que estaba de él hasta el coco, haciendo el gesto oportuno de palmearse la coronilla. Yo tampoco quería enturbiar ese cuadro de dicha estival. No quería que ni él ni la niña sufrieran. La vida nos había dado una compensación y era menester apurarla hasta las heces. Empero, se estableció en mi alma un desasosiego que juzgué oportuno silenciar. Era mejor olvidarlo (¿o vivir ignorándolo?). No, Dios mío, se me hacía muy dramático dar pábulo a tal pensamiento.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

jueves, 18 de febrero de 2010

Mi padre (VII): Coalición


Ocurrió, no obstante. Yo ya no vivía en el pueblo. El intruso atrapó a mis padres en casa, al anochecer de cierto día de Todos los Santos. El intruso, haciendo gala de gritos y sus peores modales, empezó a cubrirme de reproches delante de mis padres, estando yo ausente. Mi padre dejó a un lado su habitual mansedumbre, y le respondió con un tono cortante como una lezna:

-Tú no das a mi hijo explicaciones de nada. Entonces, ¿cómo quieres que él te las dé a ti?

Me contaron que el intruso se acaloró, se puso a bizquear de pura cólera y soltó todos los improperios que se le vinieron a la boca. Hubo un cruce de acusaciones muy duro, e incluso mi padre hizo la pantomima de arrodillarse para implorar el perdón de una persona cuya conciencia bien podría soportar el peso de una cordillera. Un intruso cuya relación no busqué y de la cual no dejo de pensar que me hubiera ido mejor evitarla como la peste negra.

Y se dio la casualidad de que el intruso aún seguía en casa cuando hice mi cotidiana llamada telefónica a mis padres. Mi madre, muy alterada, me puso en antecedentes. Yo oía los gritos a través del auricular. Sentí que la indignación me dominaba, y le pedí a mi madre que me pasara el intruso al teléfono.

-Buenas noches, ¿cómo estás? –le dije, aun consciente de que enseguida se iban a romper las hostilidades.

-Bien, ¿y tú? –me respondió con la voz falsamente apaciguada.

-Yo muy bien.

-Pues muy bien.

Y ahora llegaba el momento de entrar en pormenores:

-Me sorprende el griterío que he oído hace un momento.

Y se armó Troya. El intruso tornó a sus gritos.

-¡Vengo a saber de ti por tus padres, porque si no, no hay manera!

-Yo tampoco sé nada de ti, por lo que la falta es mutua –repuse con firmeza-. Por otro lado, no es necesario que me vocees.

-Te voceo porque lo hago con la gente de confianza.

-Pues prefiero que no me tengas confianza.

Se puso a rabiar. Yo no conseguía entender nada de su jerigonza, por lo que me sulfuré a mi vez, y, elevando aún más que él el diapasón de mi voz, le dije:

-Escúchame, yo también sé gritar. Lo que tengas que decirme, me lo dices a la cara. Yo a ti no te debo nada, y no pienso consentir que vayas a gritar a mis padres, dos pobres ancianos al fin y al cabo. ¡A mis padres no les grites!

-Vale, no tengo más que decir –repuso con el tono vuelto a sus cauces normales.

Le dio el auricular a mi madre, y, apenas despidiéndose, salió de casa. Se fue barriendo la calle con los faros de su coche. Si yo hubiera estado presente, a lo mejor hasta me habría despedido con tonos cordiales, a lo mejor hasta lo hubiera echado de menos. Pero nadie añora lo que es causa de dolor. Dolor por su parte, dolor por la nuestra. Desde aquel incidente, me convencí de cuánto más vale andar en soledad que en compañía poco adecuada. Como contrapartida, se tejió otro eslabón en la cadena de cariño que me unía a mi padre… Salió en mi defensa, cuando años atrás pudo llegar a pensar que yo era indefendible.

A raíz de esta eventualidad, se operó un cambio extraño en mi alma. Acaso fue el fin de una adolescencia deliberadamente prolongada. Casi sin darme cuenta, salí de la esfera de protección de mis padres y me erigí en defensor de ellos. Aunque hubieran fracasado (por impotencia, por desconocimiento) en el empeño de labrar mi felicidad durante mis años mozos, yo estaba dispuesto a conseguir la suya en lo que les restara de vida. Ya no necesitaban las opiniones de gentes extrañas para juzgarme. Ahora yo estaba en ellos como ellos estaban en mí.

A mi padre se le nublaron los ojos de emoción el día que le invité a tomar algo en una terraza de Almagro. Quizá se bebe mucho cuando se bebe en soledad. Ahora pudo hablarme de sus recuerdos de esa tierra amada, de su infancia marcada por las privaciones y la ausencia de su propio padre, de ella y de lo que la vida pudo haber sido si el destino se hubiera mostrado más benévolo con cada uno de nosotros… Nuestro primer trago juntos en una radiante mañana de verano. Pudiera parecer un gesto tardío el de nuestra renovada amistad, pero había esquirlas de luz en las hojas del árbol que nos cobijaba… Mi padre pasó a ser mi amigo, mi mejor amigo, mi único amigo.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

martes, 9 de febrero de 2010

Mi padre (VI): Incomprensión


Tenía un humor un tanto cáustico, que no llegó a ser realmente entendido en Aldea del Rey y que le valió el desprecio de las gentes con las que ella emparentara. Una vez fue a la casa de uno de ellos llevando un regalo. Tan contento iba que, sin medir el alcance de su broma, le enjaretó a la madre de la familia las siguientes palabras:

-¿Dónde está el “mariconazo” de tu hijo? Le traigo una cosita.

Nos contaron al día siguiente que estuvo en un tris de que le echaran con cajas destempladas de la casa en cuestión. Eso sí: el regalo fue aceptado, pero, lejos de agradecérselo, le fueron cubriendo de oprobio en toda comidilla familiar. Y ese oprobio nos alcanzó a nosotros también; hubo quienes nos retiraron la palabra, así de buenas a primeras. A mí no me causó especial aflicción, pues ya tenía el suficiente conocimiento del mundo como para saber que el cariño cuando es postizo acaba muriendo como una flor privada de luz.

La nueva relación que manteníamos mi padre y yo desde su pulmonía, me hizo aceptarle y ser objeto de sus peculiares bromas; incluso las acogía con bastante alegría. Sin embargo, muchos empezaron a mirar a mi padre con ojos torcidos. Fue bajando en la escala de las relaciones sociales en el pueblo, hasta que sentó fama de bufón. Dejó atrás todo hábito morigerado, se desentendió de acudir a las revisiones del pulmón e incrementó sustanciosamente su consumo de vino en las comidas.

-No me explico cómo te puedes beber todo un litro de una sentada sin embriagarte –le dije en cierta ocasión-. Si yo lo hiciera, acabaría echando las cabras.

-Pues en la tele dicen que el vino es sanísimo y muy digestivo –me retrucó-, y que hasta cura enfermedades como el cáncer. Si me quitas el agua de la cooperativa, me lo quitas todo.

Eso era cierto, porque para hidratarse, agua, lo que se dice agua, bebía muy poca. En verano, antes de irse a dormir, se solía comer un melocotón fresquito que le ayudaba a apagar la sed.

A nuestro conducto llegó que tanto en el Casino como en el Centro Social le daba buenos tientos a las copas de coñac. Una noche llegó a casa con los ojos en punta, los reflejos le fallaron y hube de ayudarle a meterse en la cama. Yo no fui capaz de reprocharle nada, pues igualmente me había pillado a lo largo de mi vida cuatro buenas curdas. Resultaba claro que mi padre necesitaba un estimulante para matar el tiempo y en Aldea no encontraba un adecuado caldo de cultivo para desarrollar sus aptitudes sociales. También se aprovechaban de que no sabía negarse a todo favor que se le pidiera…, y bien que le dieron el pago.

Acaso lo supe mucho antes que él: Aldea no era sitio para mi padre. Necesitaba ampliar horizontes, relacionarse con otras gentes, conocer mundo… Se puede decir que obligué a mis padres a apuntarse a los viajes para jubilados, y siempre trajeron de los mismos acopio de buenas experiencias. Me hablaban de los lugares que visitaban, de la gastronomía, de toda anécdota que les pareciera graciosa. En mi interior crecía el agrado de sentir a mis padres felices e ilusionados en esa nueva vida de viajes que habían iniciado. Era emocionante recibir sus llamadas a primera hora de la noche, en las que con frase rápida mi madre me relataba todos los pormenores de la jornada. Podía imaginarme a mi padre metiendo la nariz en las lonjas de pescadores de las Rías Gallegas, en la cueva de Lourdes; paseando bajo el sol por los arenales de Roquetas del Mar y Matalascañas; atendiendo al eco levantado por sus pisadas en los recintos sombríos de la Mezquita de Córdoba y de los Palacios Nazaríes de la Alhambra de Granada. Levante, las cuevas de Mallorca, los comercios de Andorra y las Ramblas de Barcelona. Los viajes le hicieron sabio y más alegre, resaltando el imperceptible óvalo azul que circuía las niñas de sus ojos. ¡En buena hora logré que mis padres fueran al primer viaje!

Después de los tiempos de sufrimientos, subsistía entre nosotros un buen clima de convivencia. Antes, en tanto que fui niño, mis padres me quitaban la razón para dársela a otros que al final demostraron no importarles lo más mínimo. Ahora todo era distinto, sabíamos valorarnos, formábamos una compacta piña de cariño y nos defendíamos unos a otros siempre que los intrusos venían con intención de buscarnos las cosquillas. En tiempos antiguos murmuraban y hacían con nosotros lo que les venía en gana; pero yo ya sabía defenderme, tenía claro lo que era la vida para mí y conseguí ganarme el apoyo de mis padres tanto en mi ideario como en mis pautas de conducta. El pasado quedaba enterrado, pero no estaba dispuesto a consentir que nadie volviera a aprovecharse de nuevo del esfuerzo y la buena fe de mis padres. Yo, siendo de natural pacífico, no quería andar a la greña con nadie, aun así… ¡ay de aquél que se extralimitara con mis padres o conmigo!

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.