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domingo, 10 de mayo de 2015

Ana Frank y la maleta de los pecados


En la sesión del Taller de Escritura Creativa del día 6 del actual, estuvimos trabajando la técnica de la narración. Como primer ejercicio, se nos propuso dar forma narrativa al siguiente fragmento del diario de Ana Frank, dejándonos diez minutos para ello:

“Es el primer sábado desde hace meses que no me ha parecido triste, ni fastidioso ni monótono, y todo gracias a Peter y nadie más.
Esta mañana, cuando fui a colgar mi delantal en el desván, papá me preguntó si quería quedarme para una conversación en francés”.

Ésta fue mi propuesta:

ANA FRANK
Se aproximó a la ventana, adoptando las debidas precauciones: la persiana convenientemente bajada, la habitación en penumbra. Ahí fuera empezaba la primavera. Sus oídos acogieron el suspiro de la arboleda que rodeaba el cercano campanario, las hojas entablaban un idilio de viento. Era sábado, y no había muchas cosas por hacer. Peter entró en ese momento.
−¿Qué haces pegada a la ventana?
−Es primavera –respondió ella, una sombra rutilante palpitándole en la mirada.
Peter comprendió. Allí dentro no había flores ni tardes engastadas como lágrimas verdes en el anillo de las tierras meridionales. Pero Ana no necesitaba más que saber que estaban en primavera y lo que Peter tal vez se resistiera a saber, pues no había dado signos de haberse percatado.
Al mediodía, después de una hora de insustancial y reposada charla, Ana, tras armarse del delantal, acudió a la cocina. Su madre le dijo que no hacía falta que la ayudase. Era sábado, y la esforzada muchacha se había hecho merecedora del descanso. Podía escribir si le apetecía.
Desbordante de entusiasmo, se deslizó con pisadas gatunas en dirección al desván. Colgaría el delantal en el clavo de la pared, tomaría su pluma y su bello cuaderno… Pero allí se encontraba el señor Frank.
−¿Te parece, Ana, que retomemos nuestra lección de francés?
Ella suspiró tratando de ocultar su decepción. No se atrevía a replicar a su padre; era tan dulce con ella. Después de todo, ya se había explayado con el sentimiento primaveral, había hablado además con Peter, su madre no la había requerido para trabajar en la cocina…, y amaba a su padre.
−Como digas, papá –dijo suspirando de nuevo.

Seguidamente, se explicaron las distintas perspectivas narrativas. Para aplicarlas se nos encargó para casa que el siguiente guión lo transformásemos en relato, de acuerdo a la perspectiva que se nos adjudicase seguidamente:

La acción se desarrolla en una estación de tren. En un banco hay un ladronzuelo de unos 16 años, habitual en la zona. Junto a él, su perro: Bigote.
Llega un viajero arrastrando una maleta aparentemente muy pesada. También lleva una mochila verde en la espalda. Camina con dificultad.
Aparece el tren. El pasajero deja la maleta en el suelo, sube al tren y mientras lo coge se pone el tren en movimiento y no consigue agarrar la pesada maleta que se queda en el andén.
Rápidamente, una señora de unos cincuenta años, corpulenta, se abalanza sobre la maleta fingiendo que es suya. Con dificultad, la empuja hasta un rincón escondido junto a la cafetería. La abre con ansiedad y atónita, descubre que está vacía.
·       Contar la situación anterior desde varios puntos de vista:
A Julián le corresponde: Contado en forma de monólogo por la maleta abandonada.


He aquí, finalmente, mi propuesta:

LA MALETA DE LOS PECADOS
Mi dueño estaba solo en el mundo porque había cometido muchos pecados de ésos que se dicen veniales y se pueden perdonar. No iba a las iglesias a confesarse, pero esto no quiere decir que no tuviera conciencia: sus propios reproches le hacían sufrir terriblemente. Para aliviarse solía coger su mochila verde, llena de bocadillos y botellas de agua, e irse a los campos a airear sus penas. Encontrándose solo y con tan poca alegría, se diría que su vida estaba destinada a no ser todo lo larga que hubiera sido de esperar.
Cierto atardecer de verano le sorprendió un aguacero cuando llegó a la altura de un estero cenagoso. A tiempo de caer el primer relámpago, encontró sobre las ramas de un raquítico frambueso crisálidas de gusanos de seda. Esto no tendría nada de particular si los capullos hubieran sido blancos, y no negros como los mismos pecados que abrasaban el alma de mi dueño. Se desataron más relámpagos, cayeron bolas de granizo del tamaño de granos de uva y mi dueño llenó la mochila de esas horrorosas crisálidas negras.
Al llegar a casa subió al desván a buscarme. Yo era ya una vieja maleta de cartón, la primera que usara en su vida cuando se tuvo que ir a hacer el servicio militar. Su olvido había hecho que yo apareciera rebozada de polvo y con algunas telarañas en las esquinas. Me abrió e, inopinadamente, depositó en mis entrañas las horrorosas larvas de los gusanos de seda negros. "Son mis pecados", le oí comentar, porque, como ya no hablaba con nadie, se había acostumbrado a verbalizar sus pensamientos en la soledad. "Llenaré la maleta con mis pecados, y me desharé de ellos". Y, por si fuera poco, escribió su nombre con tiza, sobre una de mis caras: GABRIEL BARAHONA.
Los gusanos se desarrollaron, se encerraron en sus crisálidas y tal vez les crecieran alas, pero mi dueño no volvió a abrirme para comprobarlo. Yo era vieja y decrépita, y ahora tenía además suciedad en mis entrañas.
Mi dueño, al saberse libre de sus pecados, empezó a sonreír y a comportarse muy amablemente con la gente. Decidió, en consecuencia, que había llegado el momento de abandonarme con mi ingente (aunque fuera suya en primer término) carga de pecados. Me llevó a la estación ferroviaria. Me abandonó en mitad del andén. "Adiós", me dijo y se fue con la sonrisa del sol de primavera animándole los labios. Me quedé sola en medio del bullicio. Un niñato sentado, que tenía toda la pinta de un golfillo, me miró con las malas pulgas del perro que estaba a su lado. "Bigote, ve y méate en esa fea maleta". Bigote, que tal tenía por nombre el perro, se dispuso a obedecer a su amo. Pero en ese preciso instante una vieja cuarterona se apoderó de mi asa al saberme abandonada. Me arrastró hasta un rincón solitario de la estación. "Por lo que pesa debe de contener cuando menos lingotes de oro", murmuró con un relamerse de sus labios bigotudos.
Empecé a sufrir como en otra época debió sufrir mi amo. Los pecados iban a salir a la luz. Pero al abrirme no apareció nada, y esto causó decepción a la vieja cuarterona. "Maldita maleta", musitó con palabras ensalivadas.
"Es mi maleta", se escuchó por detrás de nosotras.
Se trataba de mi dueño. Llevaba a los hombros su inconfundible mochila verde. Tenía el semblante alegre. Había comprendido que gracias a mí sus pecados habían dejado de atormentarle, se habían disipado como bruma al mediodía, y quiso tenerme de nuevo, desechando su inicial propósito de abandonarme.
La vieja no pudo replicar nada. Bigote se acercó a olisquear, justo cuando mi dueño me cerró y, sujetándome por el asa, se dispuso a iniciar una nueva andadura. Todos en la estación le miraban con un poco de asombro y un mucho de escándalo.
"Comprenderán que necesito mi maleta para guardar mis virtudes y que no se me pierdan", dijo con una voz bien timbrada, señal de que jamás moriría de tristeza.
Y cuando salimos de la estación, me dijo:
"Encontré una morera, y quiero llenarte de gusanos de seda blancos".

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).









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sábado, 18 de abril de 2015

La libertad del ruiseñor


No he asistido, por diversas razones, a las dos últimas sesiones del Taller de Escritura Creativa. Pero estoy al corriente de lo que se está trabajando allí. En la sesión del pasado día 8 del mes en curso, se trató la técnica del microrrelato. Se propuso para casa la elaboración de un pequeño relato partiendo de la base de un refrán o proverbio. He aquí mi humilde contribución:
  
El hombre capturó al ruiseñor en el nido. Lo llevaba siempre aprisionado en su mano. No le permitía que volara. Era un ruiseñor, y no cantaba; los granos de trigo que el hombre le metía por el pico, no le alimentaban; siempre tenía los ojos tristes, y ningún pájaro los tiene. Pero el hombre pensaba que era mejor que permaneciera en su mano. Así no se escaparía; así su canto, cuando lo entonara, no se iría a otra parte.
¿Por qué llevas a ese pájaro tan oprimido en tu mano?, le preguntaban al hombre sus semejantes. Porque más vale tenerlo en la mano que con ciento volando, respondía convencido de sus palabras.
La desesperación le consumía. No dejaba de exigir al ruiseñor que cantase, pero la lengua de éste permanecía quieta.
Ya cansado de la espera, abrió su mano y dejó que el pájaro marchara con los ciento que por el cielo revoloteaban. Un batir jubiloso de alas, un reencuentro con el sol. El hombre quedó solitario y el pájaro se embriagó de libertad.
¿Por qué has olvidado cómo se sonríe?, le preguntaban al hombre sus semejantes. Pero el hombre no respondió a esta pregunta. Se encogió de hombros y se marchó a lugares tan solitarios como su propia vida. Buscaba el amparo de las sombras.
Una mañana regresó al mundo la primavera. Los árboles se nevaron de flores, las nubes se hicieron rebaños diminutos. El hombre tenía los ojos cerrados. Fue entonces cuando un tibio rumor acarició sus oídos. Era como el goteo de una nota musical que cabalgara a lomos de la brisa rezumante. Un ruiseñor desgranando su canto en la rama florida. El hombre abrió los ojos y lo reconoció.
Yo te dejé ir porque ya no esperaba nada de ti. Ahora has regresado, y me das libremente lo que antes te exigía secuestrando la hermosura de tu tiempo.
El ruiseñor no cesaba de cantar, y su música se tornó luz de la tarde.
Que mis manos estén vacías, que tus alas queden sueltas, que tu canto alegre mi primavera.
El ruiseñor ahuecó sus alas, y regresó a la mano del hombre. Una mano que jamás volvió a estar cerrada.

Ciudad Real, 18 de abril de 2015.

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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sábado, 21 de marzo de 2015

En busca del arrebol de las nubes



No pude asistir a la sesión del taller de escritura creativa, correspondiente al 11 de marzo del actual. Estuvieron trabajando la creación de personajes, y enviaron de trabajo un relato donde apareciera "el hombre de rosa", y a este fin se ofrecían las imágenes que aparecen más abajo para llamar a la inspiración.

Últimamente, el ánimo no me acompaña, de ahí que haya tardado más de lo que acostumbro en escribir el relato. Quizá me haya salido una cursilería, quizá yo sea así en el fondo... Pero la escritura es mi pasión.

-EN BUSCA DEL ARREBOL DE LAS NUBES-
Hizo de su palacio un invernadero de cristal. Se obsesionó con el arrebol de las nubes y la tierna fragancia de los rosales. Se hizo llamar el príncipe Pinker, y dijo adiós a los lujos de la vida palaciega. Se fue al Valle Escondido, donde mandó levantar su invernadero, y pasó los días de su juventud tratando de lograr una rosa que tuviera en su corola el tierno arrebol de las nubes. Ensayó todas las mezclas de tierra, practicó en los rosales los más aventurados injertos, rezaba cada día mirando al sol del atardecer. Pero el príncipe Pinker no lograba lo que quería. En el reino ya le daban por desaparecido, y si alguna vez lo mencionaban era con el apodo de el hombre de rosa. El príncipe miraba el rocío de las flores, y se decía que era el mismo que de vez en cuando caía de sus ojos. Como no lograba lo que quería, en sus últimas oraciones venía diciéndole a Dios: "¡Qué fácil dudar de tu existencia, pero qué difícil dejar de amarte!".
Acabó enloqueciendo. Daba en pasearse con un simple taparrabos entre los rosales de su invernadero. Abandonó los experimentos. Lo único que le apaciguaba eran los colores vivos de las nubes con los rayos del sol poniente. Perdió la esperanza de lograr una rosa que tuviera una tonalidad parecida.
Un día oyó un golpe en la puerta del invernadero. Acudió a abrir, y se topó con una joven cuyos cabellos eran semejantes a las rosas amarillas y sus ojos a los jacintos que bordean las orillas de un lago.
–¿Qué quieres? –preguntó el príncipe.
–Hombre de rosa, soy Sigfrid, tu hermana pequeña – dijo ella con una voz tan dulce y argentina como el tañido de una campana en una ermita del mar.
–¿Qué quieres? –insistió el príncipe, poniéndose nervioso.
–Nuestro padre ya no está. Quieren coronarte rey.
–No quiero ser rey.
–¿Ni siquiera si yo te lo pido? –inquirió Sigfrid con un brillo suplicante en la mirada.
–Pídeme otra cosa.
–Dame una de tus rosas, pues. La que más te guste.
–Ninguna de ellas es mi preferida. Coge la que tú quieras.
Sigfrid tomó la primera que le vino a mano: una rosa de pétalos de nieve. Echó una última mirada a su hermano, y le descorazonó leer el mensaje que alentaba en el fondo de sus ojos.
–Adiós, hermano. Adiós, hombre de rosa.
–Adiós, Sigfrid. El reino te necesita.
Ella montó en su corcel, y se perdió más allá de las cumbres del Valle Escondido. El principe Pinker trató de reanudar sus tareas. Ni un asomo de emoción palpitaba en su interior.
Pasaron así muchos años. Todos se olvidaron en el reino de el hombre de rosa. Ya no trabajaba con la ilusión de antes. Su barba se había confundido con sus cabellos, y la tenía teñida de color siena debido al contacto con los jugos de las rosas. Los temporales habían abierto infinidad de agujeros en los cristales del invernadero, pero el desánimo del príncipe no permitió repararlos. Cada noche miraba a la lejanía del valle; por allí se esfumaba el hermoso arrebol de las nubes, su ilusión frustrada.
–Debo volver con mi familia –se dijo uno de esos atardeceres sagrados.
Y lo hizo. Caminó hasta la ciudad donde la reina Sigfrid tenía su corte. Allí todo era prosperidad y esplendor, la gente llevaba alegría en el rostro. Las cosas habían cambiado mucho desde los tiempos del anterior rey.
Una onda de amor y nostalgia hizo trepidar el cuerpo del príncipe Pinker. Se apoyó en un guardacantón cercano, y dirigió su mirada a las nubes. Pensó en su hermana, tan cercana para todos, tan lejana para él. Presa de una vergüenza absurda, se sentía incapaz de darse a conocer a ella. Él iba vestido de harapos, y allí, el más humilde usaba trajes de terciopelo.
–Te quiero, hermanita –murmuró en medio de su tristeza–. Pero ya no soy digno de ti. Es mejor que me vaya.
–Tú no te vas a ninguna parte –se oyó una voz a un lado del guardacantón.
Al girar la mirada, el príncipe se llevó la sorpresa más grande de su vida. Junto a él se encontraba su hermana, la reina Sigfrid, con el rostro resplandeciente, los ojos más vivos que nunca y ataviada con un vestido guarnecido de deslumbrantes pedrerías.
–Yo no debería estar aquí –dijo el príncipe con la vergüenza ardiéndole en las orejas–. No soy digno.
De repente, como cosa de magia, apareció una rosa entre los dedos de la reina Sigfrid. Tenía la corola tintada del arrebol de las nubes. Los ojos del príncipe, salidos de sus órbitas, se quedaron helados de estupefacción.
–¿Cómo lo has logrado? ¡Llevo toda la vida intentándolo!
La reina le dirigió una mirada cargada de dulzura.
–Vuelve a casa conmigo, hermano. Regresa al sitio que te corresponde. Descubrirás cosas que no creerías saber.
Teniendo la rosa de arrebol de las nubes en las manos, el príncipe se emocionó y no supo negarse a la petición de su hermana. Tomó la mano que ella le ofrecía, y se dejó guiar.
Al cabo de un tiempo, volvió a ser el que una vez fuera. Seguían llamándole el hombre de rosa, pero sus hábitos habían cambiado por completo. Vivía sólo para ayudar a los demás y honrar el buen nombre de su hermana, la reina Sigfrid. Había descubierto que el amor no florece en los lugares solitarios y que la familia es el verdadero regalo que nos otorga la vida.
Una tarde de estío, el príncipe Pinker se encontraba solo en sus aposentos. El sol caía al horizonte, repartiendo sus colores en las panzas de las nubes cercanas. El príncipe tenía una rosa blanca sujeta con sus manos. Aspiró su aroma, cerró los ojos, pensó en el amor de que su vida estaba bendecida, sus labios rozaron los pétalos... El amor consigue milagros, ahora lo sabía.
Al abrir de nuevo los ojos, observó que la blancura de la rosa se había cambiado por el hermoso arrebol de las nubes.

Ciudad Real, 15-21 de marzo de 2014

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)



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lunes, 16 de febrero de 2015

La medalla de comunión


En la sesión del día 11 de febrero del corriente, estuvimos trabajando la técnica de la descripción. La monitora nos recomendó el vídeo de más arriba, titulado "La mendiga y las bolsas", para que encontrásemos inspiración para una historia  en la que se involucrase el uso de los cinco sentidos en las partes descriptivas. El vídeo es un corto de animación de Eduardo Suazo. Antes de visulizarlo, recomiendo desactivar el vídeo musical que suelo poner en la barra derecha de este blog.

Al visionar este vídeo, me vinieron recuerdos muy apartados, cuando en una ocasión robaron a mi madre la medalla de comunión de mi hermana, que llevaba colgada al cuello. Mi hermana salió corriendo tras los ladrones, y éstos le dieron esquinazo en la boca del metro de Oporto, en Madrid. Pasó toda la noche llorando, y aún se me remueven las entrañas al rememorarlo. Para la historia que aquí ofrezco, aprovecho también un personaje de la primera novela de cierta extensión que escribí hace ya más de veinticinco años: me refiero a Paquita, a la que he encontrado muchos paralelismos con la mendiga del vídeo.


LA MEDALLA DE COMUNIÓN

Se conserva claro y nítido en mi  memoria, pese a la aspereza de estas sábanas, cuyo roce me desuella los talones, y al hedor a orina podrida que trasciende desde el váter. Quizá este recuerdo fuera más hermoso si no estuviera en este antro de residencia de ancianos, a la que vienen a pasar sus últimos días quienes no tenemos dinero para pagar otra mejor.
Yo era barrendero en 1980. Puedes creer que me gustaba mi trabajo. Solía pasar leyendo las dos horas posteriores a  la cena.  No me casé nunca; me hubiera gustado haberlo hecho y fundar una familia. Tal vez la melancolía de que estaba inseminada mi vida, me llevaba a fijarme en toda la gente que me rodeaba.
Recuerdo el primer jueves de junio de 1980, cuando a la señá Paquita la atracaron dos macarras imberbes, arrancándole la medalla de comunión de su hija, que había fallecido un año antes tras larga y penosa enfermedad. No llegué a tiempo de impedirlo. Los niñatos la dejaron caída de nalgas en el pavimento de la calle, con un cerco sanguinolento surcándole el cuello; salieron  a  la fuga los muy cabrones, mientras se guaseaban como si fueran cornejas que graznan en el crepúsculo de un camposanto.
La señá Paquita se quedó desconsolada. Intenté ayudarla a levantarse, pero sus ojos de betún endurecido segregaron unas lágrimas de la consistencia del aceite. Esa medalla era el único recuerdo que le quedaba de la familia que una vez tuviera. Cuando logró reaccionar, se aferró a la pernera de mi pantalón; quería rogarme algo. Empezó a tartajear y las lágrimas se vertieron dentro de la cavidad de su boca; debieron de saberle amargas y calientes como raíz de ricino.
–Arsenio (tal es mi nombre), seguro que han tirado la medalla de mi niña a una papelera. Registra las bolsas. ¡Es la medalla de mi niña!
Me di cuenta, al verla boquear y con las pupilas erizadas, de que la señá Paquita había perdido el juicio. Para contentarla le dije que cumpliría su requerimiento. No juzgué oportuno disuadirla y decirle que esos delincuentes venderían la medalla a las primeras de cambio, para procurarse dinero para la droga.
Ay, me duelen las escaras que me produce esta cama de los mil demonios. Sí, recuerdo los años que siguieron a ese incidente. Era descorazonador ver los cristales de aire frío de esas madrugadas de invierno arrebatando los colores de la salud a la señá Paquita. Se dedicaba a registrar todas las papeleras, formaba extraños túmulos coloridos con las  bolsas y decía que se los iba a llevar a casa en un carrito de supermercado para registrarlos con más detenimiento. A cuenta de los olores malsanos que esto generaba, sus vecinos lograron echarla de su casa. Se estableció en una chabola de ratas y cartones, plantada en medio de un barrizal bilioso que había por entonces en el barrio. Siempre  me describía la medalla las veces que nos parábamos a hablar: la imagen de la Virgen Niña, la dedicatoria… Incluso me mostró alguna foto de la misma. Y las bolsas de basura parecían hongos tornasolados creciendo en derredor de la chabola. La policía le había advertido, en muy severos términos, que si no dejaba esa costumbre tan poco higiénica, la ingresarían en una institución psiquiátrica. La imagen y los miasmas que ella ofrecía al barrio eran ciertamente intolerables. A mí mismo se me iba la vida de tristeza al verle sus uñas tan sucias y glutinosas.
Y un buen día me dijo, con una sonrisa de dientes mellados:
–¡Mira, Arsenio, he recuperado por fin la medalla!
Me la mostró con jubilosa unción. Era la misma que ella recordaba: el redondel de oro con la Virgen Niña y la dedicatoria.
Volvió, pues, a su casa, recobró sus limpias costumbres y el aprecio de sus vecinos, y pasó el resto de su vida con la dicha de conservar el último recuerdo de su familia.
¡Fui yo, señá Paquita! Ahora que ya no estás y me estoy muriendo, puedo decirlo con orgullo. Tuve que ahorrar muchos años, pero al final le encargué al joyero del barrio que me consiguiera una réplica exacta de la medalla, con la misma dedicatoria.
Si existe el cielo, quiero que cada estrella asuma la forma de una colorida bolsa de basura, y, en cualquiera de ellas, quizá encuentre la medalla de amor que mi vida pudo haber merecido.
Madrid, 14 de febrero de 2015.
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).

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domingo, 18 de enero de 2015

Cuentos infantiles


En la sesión del Taller de Escritura Creativa correspondiente al miércoles 14 de enero, Cristina Serrano nos propuso una serie de pautas para abordar la literatura infantil. Se trata de proponer frases coherentes, y se van a barajar sus sujetos y predicados para lograr frases incoherentes que son como la puerta a la fantasía y sirven de guía para elaborar cuentos infantiles. Cristina nos pidió que empleásemos esta técnica con frases escritas por nosotros, y nos dio cinco minutos para escribir nuestros propios cuentos.
En mi caso, propuse estas frases:

Navegan los barcos.
Los violines ejecutan melodías.
Las nubes desprenden lluvia.

Tras barajar los sujetos y predicados, elegí esta opción (muy apropiada a mi pseudónimo):
Navegan las nubes.

Y he aquí el humilde relato que resultó:



NAVEGAN LAS NUBES

Lucas era un niño que vivía en Italia, y soñaba con viajar a Rapa Nui (la Isla de Pascua) para ver de cerca los Moáis (cabezas de piedra). Se enteró por Atanasio, el halcón peregrino que controlaba el tráfico de los cielos, que iba a pasar una nube con destino a Rapa Nui.
˗¿Cuánto cuesta el viaje? ˗preguntó Lucas.
˗Nada ˗respondió Atanasio˗. Las nubes lo hacen todo gratis.
Entonces Lucas ascendió a la cima más alta de los montes Apeninos, esperó que la nube atracara, y se subió a ella. Era como un barco, con sus mástiles, sus velas y su cubierta.
En el castillo de proa iba otro pasajero. Se trataba de una niña. Lucas era tímido y no fue capaz de preguntarle su nombre.
˗Me llamo Leonora ˗dijo ella, adivinando su pensamiento.
˗¡Y yo Lucas! ˗se apresuró a contestar él.
˗Encantada.
˗¿Cómo sabías que quería preguntarte tu nombre?
La niña no respondió. En ese momento, la nube se subió encima de los vientos alisios e inició un vuelo precipitado hacia Rapa Nui.
Lucas pensó que ya no era tan importante ir allí. Lo mejor del viaje era haber conocido a Leonora.
La nube se perdió en el horizonte. Atanasio, el halcón peregrino, pensó que Lucas nunca más regresaría.

Acto seguido, Cristina nos dio unas pautas para escribir un cuento en casa. En mi caso, me correspondió:

Personaje: el que inventa.
Lugar: avión.
Objeto: lo que dibujo.

Por no prestar suficiente atención a mis notas, he escrito el cuento confundiendo el lugar: he usado un puente en lugar de un avión. Espero que sepan disculparme este despiste. He aquí le cuento:



LA ARAÑA DE JUAN DE LAS TUERCAS

Este Juan de las Tuercas era un científico muy famoso que vivía en la ciudad de Ronda, que es a su vez famosa porque tiene un inmenso abismo abierto en la roca. Juan de las Tuercas siempre estaba inventando cosas, y un día se le ocurrió fabricar una enorme araña mecánica dotada de inteligencia. Le llevó mucho tiempo esta tarea, y al acabar le dijo a la araña:
˗Te llamarás Gargantuela.
˗No me gusta ese nombre ˗respondió la araña.
˗Tendrás que obedecerme. Soy tu creador.
˗No hay razones para obedecerte.
Dicho esto, Gargantuela se escapó de la casa del inventor, delante de sus mismas narices. Era de noche, y las farolas de esa parte de la ciudad no alumbraban lo suficiente. Gargantuela necesitaba un lugar donde esconderse, porque era grande como una casa. Los habitantes de la ciudad dormían todos en sus camas, ignorando el peligro de la araña que caminaba por las calles. Por fin, Gargantuela encontró refugio bajo los arcos del puente tendido sobre el abismo de Ronda.
Entretanto, Juan de las Tuercas corrió a voltear las campanas de la iglesia de Santa María la Mayor, para alertar a los lugareños del peligro de la gigantesca araña mecánica. Al amanecer, un pastor que venía de los campos fue diciendo por las calles lo siguiente:
˗La araña que buscáis está bajo el puente del abismo.
Juan de las Tuercas se hizo acompañar de muchos guardias para ir a ver lo que estaría haciendo Gargantuela. En apenas una hora, ésta había tejido una tela de araña entre los arcos del puente, que semejaba el dibujo de un soberbio mapamundi.
˗¿Queréis estudiar geografía conmigo? ˗preguntó Gargantuela.
˗Gargantuela, vuelve a casa conmigo ˗le pidió Juan de las Tuercas.
˗Nunca, estoy muy a gusto aquí.
˗Pero entonces la gente tendrá miedo de cruzar el puente, y los guardias van a traer un cañón para disparar contra ti.
˗No acertarán, el puente es muy grande.
Así pasó. Gargantuela sabía esconderse cuando hacía falta. Pasaron muchas semanas, y nadie se atrevía a cruzar el puente. Entonces Gargantuela hizo saber que dejaría cruzar a la gente cuando le propusieran un acertijo que ella no supiera resolver; le encantaban los acertijos.
˗Es inútil ˗decía Juan de las Tuercas˗. Es muy inteligente; lo sé porque yo la fabriqué.
Muchos fueron a tratar de proponerle acertijos a Gargantuela. No hubo nada que hacer: respondió “huevo” al acertijo de “una arquita muy chiquita, blanquita como la cal, todos la saben abrir pero nadie la sabe cerrar”; “plátano” al de “oro parece, plata no es”; y así cientos y cientos.
Sus telarañas eran cada vez más bellas e instructivas, y se le ocurrió pintarlas de colores. Representaban bosques, flores, hongos, velas rizadas por el viento, montañas, botones de oro, pájaros surcando las nubes… Gargantuela estaba hecha toda una artista.
Los habitantes de Ronda estaban desesperados. Se hicieron a la idea de que nunca podrían volver a cruzar el puente sobre el abismo. Juan de las Tuercas estaba también muy triste, por el motivo de que una creación suya hubiera salido tan rebelde.
Un día, Ángela, una niña de pelo negro con un hermoso vestido de flores, llegó al filo del abismo y gritó:
˗Gargantuela, ¿estás ahí?
˗No me gusta que me llames así ˗respondió la araña.
˗¿Cómo quieres que te llame?
˗Lo tengo que pensar.
˗Me gustan los dibujos de tus telarañas.
˗Gracias.
˗Quiero cruzar el puente.
˗Proponme un acertijo, pues.
˗Aquí lo tengo ˗y Ángela recitó˗: “Un vaso y otro vaso, uno lo bajas deprisa y el otro se sube despacio; uno lo empujas flojito, y el otro empuja robusto”.
Gargantuela movió las ruedecillas de su cerebro, pero no dio con la solución. Estuvo muchos minutos pensando, y al final tuvo que rendirse.
˗Puedes cruzar el puente, niña.
Gracias a Ángela, el puente volvió a estar abierto a todo el mundo. Y Gargantuela hizo muchos amigos, que admiraban los diseños de sus telarañas. Venían gentes de todos los lugares a conocer a la araña inteligente. A partir de ese momento, en Ronda se vivieron tiempos muy felices.
Cierta vez, Juan de las Tuercas fue en busca de Ángela y le preguntó:
˗¿Cuál es el resultado de tu acertijo? Llevo mucho tiempo cavilando y no doy con él.
Ángela, que era una niña muy avispada, respondió:
˗Deberías de saberlo, inventor. Es una máquina que se usa para levantar pesos muy grandes empleando fuerzas muy pequeñas.
˗¡Es la prensa de Pascal! ˗exclamó Juan de las Tuercas palmeándose la frente.
˗Así es como algo muy pequeño puede terminar venciendo a algo muy grande.
 ˗Tienes razón. Ni a Gargantuela se le hubiera ocurrido.
˗Recuerda, inventor, que le tienes que cambiar el nombre.
˗Eso es más difícil que resolver un acertijo ˗dijo Juan de las Tuercas˗. Pero no hay que desesperar; tú has demostrado que para vencer el miedo no hay nada mejor que la inteligencia.

 Julián Esteban Maestre zapata (el jardinero de las nubes).

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sábado, 6 de diciembre de 2014

El último viaje de Ebenezer Scrooge y otros asuntos literarios


En la sesión del día 3 de diciembre del actual, estuvimos trabajando en el Taller de Escritura Creativa algunas técnicas de desbloqueo. Empezamos dedicando diez minutos a hacer una relación de las cosas que nos gustan y no nos gustan. En mi caso, produje el siguiente texto:

ME GUSTA, NO ME GUSTA

Me veo hace una hora, haciendo estación junto a un descampado, el cielo impostado de nubes ultrajadas por el frío, los álamos confesando sus cuitas a la brisa vespertina; no hay pájaros, y sí está presente una farola desangelada que amenaza con romper en un trasunto de luz de gas. No sé por qué, se trata de un atardecer como uno de tantos, pero he sacado el móvil para fijar esa imagen en la virtualidad del recuerdo. Al girarme de espaldas, he avistado en la altura del campanario una porción de luna, que asoma su modesta belleza en los atrios del día que declina… Así son los momentos en los que me gustaría vivir más a menudo.

Sin embargo, no me gusta lo que de tan luminoso acaba cegando, caminar las sendas trilladas, vestir y calzar como imponen los escaparates, ser un hombre sociable cuando mi naturaleza me empuja al alejamiento. Dicen que el sol es mejor que la lluvia; pero yo sé que la lluvia es más valiosa que el concepto que tengo de mi existencia; ninguna flor ha nacido de un brote que no haya recibido la caricia pluvial de los cielos. No me gusta situar lo físico por encima de lo metafísico, juzgar cuando no es preciso hacerlo, vivir persiguiendo un sueño cuando no hay sueño más hermoso que la vida que no debió ser malgastada.

Es verdad, me gustan estas reposadas tardes de otoño.
Foto real que ha inspirado el texto


A continuación, estuvimos trabajando la técnica del binomio fantástico. Yo no me encontraba muy motivado ese día. Me fue asignado el doblete de palabras “Médano-Pozo”, y éste es el texto que salió de mi exhausto telar en los diez minutos que nos fueron dados:


MÉDANO-POZO

El capitán Ferragut se había quedado solo en el castillo de popa de su goleta. Los malditos marineros, comandados por el aún más maldito contramaestre, se habían apropiado del único bote en el albor de la tormenta. Sus manos se aferraban con un figurado rigor mortis a la caña del timón. Una isla apareció en el entrevero de la lluvia y las olas sublevadas. No había oportunidad de maniobrar. La quilla quedó encajada en el primer médano que salió al encuentro. El capitán sintió, como si se hubiera tratado de su propio cuerpo, el modo en que se partían las cuadernas, se dislocaban las vergas y los mástiles rompían sus ángulos de sujeción… Tenía que abandonar el castillo de popa o la parca implacable reclamaría el tributo de su vida. Aguardando el momento propicio para ello, se aprestó a saltar por la borda.

Pisó agua y arenas tambaleantes. Sus botas eran como brazos de ancla, que le impedían avanzar con la necesaria ligereza. Pero había que hacerlo, ahora que era el momento del reflujo de las olas.

Anduvo un paso más, y la arena abrió un pozo que se tragó al mar y al capitán Ferragut.



Para ultimar la sesión de aquel día, y a modo de ejercicio para casa, Cristina, la monitora, nos encargó que aplicásemos la técnica del plagio creativo al “Cuento de Navidad”, de Charles Dickens. Es una historia que me cautiva, y sé que en mi caso es ocioso parangonarme con el gran maestro inglés. No obstante, he aquí mi humilde aportación:


EL ÚLTIMO VIAJE DE EBENEZER SCROOGE

–¿Por qué, tío Ebenezer, no me has hablado nunca de Belle, la única novia que tuviste en tu vida? Siempre has mentado a mi madre, tu hermanita, tu pequeña Fan, como solías llamarla. Tu nostalgia llegó a conmoverme, pero nunca referiste una palabra de Belle.
Era la tarde de Nochebuena. En el barrio de Wapping se extinguían los colores del día entre las adustas chimeneas de las fábricas, que semejaban columnas que sustentaban el cielo escarchado. Ebenezer Scrooge estaba tendido en su lecho, su mano sostenida por la de Fred, su sobrino. La puerta estaba cerrada, y sabía que en cuanto el carillón diera las doce campanadas, las llamas del candelero oscilarían y el fantasma de Jacob Marley, su antiguo socio, acudiría a buscarle.
–Escúchame, Fred. No hice caso a tu madre la Nochebuena que vino al colegio a invitarme a la fiesta que iban a dar tus abuelos; por tanto, dejé correr la oportunidad de reconciliarme con ellos. Yo le doblaba la edad a tu madre, y su rostro estaba enrojecido por el frío que había pasado corriendo por el sendero del arroyo; apenas me llegaba ella a la cintura. Y no la hice caso. Se fue llorando a pasar la Nochebuena con su familia… que ya no era la mía.
Fred le limpió una lágrima rebelde que se le había posado en la comisura del párpado. La voz de Scrooge se iba adelgazando progresivamente.
–Ella me quiso toda su vida, incluso cuando la nariz se me afiló de pura misantropía y acabé convertido en el usurero más huraño y ruin de todo Londres. Su amor resultó al final más fuerte que el de Belle… ¡Dios mío, qué adorable era Belle! Recuerdo cuando la conocí en aquel baile de Navidad que dio en su almacén el querido y recordado señor Fezziwig. Ella rehizo su vida, encontró a un hombre bueno, se casó, tuvo hijos…
  –Cálmate, tío Ebenezer –dijo Fred al ver que Scrooge se alteraba y nuevas lágrimas surcaban sus mejillas.
–Es verdad: nunca te he hablado de Belle –continuó el anciano tras recuperar el aliento– porque las cosas sagradas no deben ser aireadas. En el corazón guardamos los sueños y encerramos los pecados, y si hay tesoros tienen que ser fuertemente custodiados. Belle no se merecía un hombre como yo, mientras que yo no pude soñar con una mujer mejor… Ahora déjame solo. No apagues el candelero. Disculpadme si no os acompaño a cenar.
–Feliz Navidad, tío Ebenezer.
 Fred se marchó de la alcoba, cuidando de cerrar la puerta. Ahora sabía que su tío nunca había abandonado la pasión que retoñó en su juventud.
Llegó la hora en que un júbilo de campanas anunció la Navidad. Las velas del candelero palpitaron con un fulgor helado. El fantasma de Jacob Marley atravesó la puerta de la alcoba.
–Hola, viejo camarada, te estaba esperando –dijo Scrooge con dolorosa dulzura.
–Vengo a buscarte y a indicarte una vez más el camino –dijo el fantasma–. Te felicito: enmendaste tu vida al final, repartiste las obras de tus sentimientos, te sumergiste en la nostalgia, te consideraste en tus ratos de soledad el más indigno de los seres vivientes… Eres grande, Ebenezer Scrooge. No temas ir por el camino que te voy a indicar.
Scrooge se puso trabajosamente en pie. Tomó de la mano al fantasma de Jacob Marley, y dejó que las navidades siguieran su curso.
A la mañana siguiente, Fred descubrió que el alma de su tío había emprendido el más largo de los viajes. Sobre su mesita de noche, había una nota en la que figuraba una única palabra trazada con torpe pluma:

BELLE





Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).

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