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sábado, 6 de diciembre de 2014

El último viaje de Ebenezer Scrooge y otros asuntos literarios


En la sesión del día 3 de diciembre del actual, estuvimos trabajando en el Taller de Escritura Creativa algunas técnicas de desbloqueo. Empezamos dedicando diez minutos a hacer una relación de las cosas que nos gustan y no nos gustan. En mi caso, produje el siguiente texto:

ME GUSTA, NO ME GUSTA

Me veo hace una hora, haciendo estación junto a un descampado, el cielo impostado de nubes ultrajadas por el frío, los álamos confesando sus cuitas a la brisa vespertina; no hay pájaros, y sí está presente una farola desangelada que amenaza con romper en un trasunto de luz de gas. No sé por qué, se trata de un atardecer como uno de tantos, pero he sacado el móvil para fijar esa imagen en la virtualidad del recuerdo. Al girarme de espaldas, he avistado en la altura del campanario una porción de luna, que asoma su modesta belleza en los atrios del día que declina… Así son los momentos en los que me gustaría vivir más a menudo.

Sin embargo, no me gusta lo que de tan luminoso acaba cegando, caminar las sendas trilladas, vestir y calzar como imponen los escaparates, ser un hombre sociable cuando mi naturaleza me empuja al alejamiento. Dicen que el sol es mejor que la lluvia; pero yo sé que la lluvia es más valiosa que el concepto que tengo de mi existencia; ninguna flor ha nacido de un brote que no haya recibido la caricia pluvial de los cielos. No me gusta situar lo físico por encima de lo metafísico, juzgar cuando no es preciso hacerlo, vivir persiguiendo un sueño cuando no hay sueño más hermoso que la vida que no debió ser malgastada.

Es verdad, me gustan estas reposadas tardes de otoño.
Foto real que ha inspirado el texto


A continuación, estuvimos trabajando la técnica del binomio fantástico. Yo no me encontraba muy motivado ese día. Me fue asignado el doblete de palabras “Médano-Pozo”, y éste es el texto que salió de mi exhausto telar en los diez minutos que nos fueron dados:


MÉDANO-POZO

El capitán Ferragut se había quedado solo en el castillo de popa de su goleta. Los malditos marineros, comandados por el aún más maldito contramaestre, se habían apropiado del único bote en el albor de la tormenta. Sus manos se aferraban con un figurado rigor mortis a la caña del timón. Una isla apareció en el entrevero de la lluvia y las olas sublevadas. No había oportunidad de maniobrar. La quilla quedó encajada en el primer médano que salió al encuentro. El capitán sintió, como si se hubiera tratado de su propio cuerpo, el modo en que se partían las cuadernas, se dislocaban las vergas y los mástiles rompían sus ángulos de sujeción… Tenía que abandonar el castillo de popa o la parca implacable reclamaría el tributo de su vida. Aguardando el momento propicio para ello, se aprestó a saltar por la borda.

Pisó agua y arenas tambaleantes. Sus botas eran como brazos de ancla, que le impedían avanzar con la necesaria ligereza. Pero había que hacerlo, ahora que era el momento del reflujo de las olas.

Anduvo un paso más, y la arena abrió un pozo que se tragó al mar y al capitán Ferragut.



Para ultimar la sesión de aquel día, y a modo de ejercicio para casa, Cristina, la monitora, nos encargó que aplicásemos la técnica del plagio creativo al “Cuento de Navidad”, de Charles Dickens. Es una historia que me cautiva, y sé que en mi caso es ocioso parangonarme con el gran maestro inglés. No obstante, he aquí mi humilde aportación:


EL ÚLTIMO VIAJE DE EBENEZER SCROOGE

–¿Por qué, tío Ebenezer, no me has hablado nunca de Belle, la única novia que tuviste en tu vida? Siempre has mentado a mi madre, tu hermanita, tu pequeña Fan, como solías llamarla. Tu nostalgia llegó a conmoverme, pero nunca referiste una palabra de Belle.
Era la tarde de Nochebuena. En el barrio de Wapping se extinguían los colores del día entre las adustas chimeneas de las fábricas, que semejaban columnas que sustentaban el cielo escarchado. Ebenezer Scrooge estaba tendido en su lecho, su mano sostenida por la de Fred, su sobrino. La puerta estaba cerrada, y sabía que en cuanto el carillón diera las doce campanadas, las llamas del candelero oscilarían y el fantasma de Jacob Marley, su antiguo socio, acudiría a buscarle.
–Escúchame, Fred. No hice caso a tu madre la Nochebuena que vino al colegio a invitarme a la fiesta que iban a dar tus abuelos; por tanto, dejé correr la oportunidad de reconciliarme con ellos. Yo le doblaba la edad a tu madre, y su rostro estaba enrojecido por el frío que había pasado corriendo por el sendero del arroyo; apenas me llegaba ella a la cintura. Y no la hice caso. Se fue llorando a pasar la Nochebuena con su familia… que ya no era la mía.
Fred le limpió una lágrima rebelde que se le había posado en la comisura del párpado. La voz de Scrooge se iba adelgazando progresivamente.
–Ella me quiso toda su vida, incluso cuando la nariz se me afiló de pura misantropía y acabé convertido en el usurero más huraño y ruin de todo Londres. Su amor resultó al final más fuerte que el de Belle… ¡Dios mío, qué adorable era Belle! Recuerdo cuando la conocí en aquel baile de Navidad que dio en su almacén el querido y recordado señor Fezziwig. Ella rehizo su vida, encontró a un hombre bueno, se casó, tuvo hijos…
  –Cálmate, tío Ebenezer –dijo Fred al ver que Scrooge se alteraba y nuevas lágrimas surcaban sus mejillas.
–Es verdad: nunca te he hablado de Belle –continuó el anciano tras recuperar el aliento– porque las cosas sagradas no deben ser aireadas. En el corazón guardamos los sueños y encerramos los pecados, y si hay tesoros tienen que ser fuertemente custodiados. Belle no se merecía un hombre como yo, mientras que yo no pude soñar con una mujer mejor… Ahora déjame solo. No apagues el candelero. Disculpadme si no os acompaño a cenar.
–Feliz Navidad, tío Ebenezer.
 Fred se marchó de la alcoba, cuidando de cerrar la puerta. Ahora sabía que su tío nunca había abandonado la pasión que retoñó en su juventud.
Llegó la hora en que un júbilo de campanas anunció la Navidad. Las velas del candelero palpitaron con un fulgor helado. El fantasma de Jacob Marley atravesó la puerta de la alcoba.
–Hola, viejo camarada, te estaba esperando –dijo Scrooge con dolorosa dulzura.
–Vengo a buscarte y a indicarte una vez más el camino –dijo el fantasma–. Te felicito: enmendaste tu vida al final, repartiste las obras de tus sentimientos, te sumergiste en la nostalgia, te consideraste en tus ratos de soledad el más indigno de los seres vivientes… Eres grande, Ebenezer Scrooge. No temas ir por el camino que te voy a indicar.
Scrooge se puso trabajosamente en pie. Tomó de la mano al fantasma de Jacob Marley, y dejó que las navidades siguieran su curso.
A la mañana siguiente, Fred descubrió que el alma de su tío había emprendido el más largo de los viajes. Sobre su mesita de noche, había una nota en la que figuraba una única palabra trazada con torpe pluma:

BELLE





Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).

Safe Creative #1412062691420

domingo, 2 de marzo de 2014

Binomio fantástico y la redención de Pinocho


En la anterior sesión del taller de escritura creativa, Cristina Serrano, la monitora, nos encargó que pensásemos en una palabra; en mi caso fue “Nostalgia”.
Hoy vamos a trabajar la técnica del binomio fantástico, para lo cual la monitora nos asigna a cada uno una palabra (“Ventana”, en mi caso), para que en unión con la palabra que habíamos pensado en la anterior sesión, laboremos una historia por espacio de diez minutos. En mi caso, me cupo trabajar el binomio “Nostalgia-Ventana”. Éste es el texto que produje:

BINOMIO FANTÁSTICO (NOSTALGIA-VENTANA)
Mayor que el peso de mis piernas, que no me conducían adonde quería ir, era el de mis labios sellados. Su ventana respiraba muy cerca de la mía. Tras los tiestos de geranios y aspidistras, ocultaba mis ojos para poder contemplarla a mi sabor. Era tan hermosa, que mi incapacidad no se atrevía a hollar el relicario de sus silencios. Nos hicimos jóvenes a la vez, y no logré, pese a nuestra evidente cercanía, que ella supiera cómo era el rompecabezas irreconciliable de las inflexiones de mi voz.
—Hola —me atreví a susurrarle una tarde de ese abril madrileño, cuando el nimbo de su rostro taladró por fin la dureza de mi pecho.
—Hola —respondió ella, sonriéndome.
Un viento azucarado por la gloria naciente de la adolescencia, agitó las flores de mi ventana.
Atisbé de nuevo, y ella ya se había ido.
Mañana volveré a saludarla, susurré para mis adentros; mañana mis labios no tendrán peso. Mañana aprenderé a sonreír y a olvidarme de las nostalgias.

Acto seguido trabajamos la técnica del plagio creativo, que consiste en hacer una refundición de un cuento conocido. La monitora nos puso como ejemplo el cuento de Cenicienta, y nos encargó que en casa redactásemos un cuento utilizando esta técnica. Yo he escogido el personaje de Pinocho, y éste es el texto que presentaré en la próxima sesión:  

LA REDENCIÓN DE PINOCHO
Gepetto se sentía solo. Ya era viejo y la carcoma comenzaba a afligir sus articulaciones de madera. Tenía miedo de morir en soledad. Y ya era tarde para pedir licencia al emperador para cortar un cerezo y labrarse un hijo de madera. La tristeza de la soledad era más corrosiva que la carcoma.
Un día abrió la puerta de su cabaña y se encontró en el umbral un enorme pedazo de arcilla de amasar. Él no lo sabía pero era un regalo del hada de cabello azul: se trataba de arcilla del jardín de Edén, la misma que usara Dios para dar forma a Adán.
Gepetto se consoló, y con la arcilla modeló la figura de un niño. Desde los cielos, el viento transportó un soplo vital que hizo que la figura se transformase en carne y hueso. Gepetto se sintió emocionado, y dijo: 
—Te trataré como si fueras mi hijo, aunque no seas de madera como todos los seres que nos rodean. Te llamaré Pinocho, y serás la alegría de los últimos años de mi vida.
Gepetto amó a Pinocho, un niño de carne y hueso en un mundo de madera. A copia de grandes esfuerzos, consiguió matricular a su hijo en el grado elemental de la escuela de carpintería. Todos los compañeros de clase de Pinocho eran de madera, y él se dolía de ser tan diferente. Ni siquiera los consejos de su amigo Pepito Grillo le disuadían de sus empeños por hacerse un niño de madera.
—¿Quién me formó así? —le preguntó una tarde al regreso de la escuela de carpintería.
—Fue la hermosa hada de cabello azul —respondió Pepito Grillo—. Es de carne y hueso como tú.
—¿Dónde podré encontrarla?
—El mundo es demasiado extenso.
—Iré en su busca. Ella sabrá cómo convertirme en un niño de madera.
Pinocho marchó errante por el mundo sin decirle nada a su padre. Corrió muchas aventuras: la serpiente de cola humeante, los músicos de Génova, la hostería misteriosa, la ballena vacía… Pero la hermosa hada de cabello azul no aparecía por ninguna parte. Decidió, pues, regresar al lado de su padre.
Habían pasado muchas cosas desde su ida. La ciudad estaba sometida a la tiranía del gigante Comefuego; todo aquel que trataba de resistírsele, acababa sirviendo de pasto a su descomunal hoguera. Cada semana se convocaba a cien habitantes en la plaza del Ayuntamiento, para pasarlos por el fuego y evitar de esta forma que la hoguera se consumiera.
Cuando Pinocho arribó a casa, descubrió que Gepetto no estaba.
—Lo han capturado para alimentar la hoguera de Comefuego —le explicó tristemente Pepito Grillo.
Presa de una desesperación irreprimible, Pinocho se encaminó a la plaza del Ayuntamiento, donde la hoguera levantaba sus llamas a gran altura. Reconoció a Gepetto tras los barrotes de la jaula de los cautivos.
 —Libera a mi padre —le exigió a Comefuego, que acababa de darse un gran festín con las viandas que asaba en la hoguera.
Este último se le quedó mirando con unos ojos como los badajos de la campana de la Catedral. Su larga barba estaba constituida por llamas serpenteantes.
—¿Quién eres tú? No estás hecho de madera.
—¡Mentira! ¡Yo soy un muñeco de madera como todos los habitantes de esta ciudad!
Comefuego prorrumpió en risas demoníacas. Pinocho, enfurecido, se acercó a la cercana fuente y llenó un balde de agua. Acto seguido se encaminó hacia la hoguera.
—Arderás como todos los que lo han intentado —le espetó Comefuego.
Gracias a que Pinocho no estaba hecho de madera, pudo acercarse, no sin grandes esfuerzos y dolores, a la hoguera y arrojar sobre las brasas el contenido del balde. Las llamas emitieron un silbido agónico.
—¡Maldito! —chilló Comefuego, que tan ahíto de comida estaba, que le fue imposible ponerse en pie.
Balde a balde, Pinocho logró sofocar la hoguera. Los prisioneros fueron puestos en libertad. Gepetto y Pinocho se fundieron en un abrazo emocionado.
—Eres mi hijo, y te quiero tal como eres.
—Eres mi padre, y quiero ser como tú me quieras.
Pinocho acabó aceptándose y vivió dichoso entre los muñecos de madera. Permaneció en la ciudad hasta que la carcoma acabó con los días de Gepetto. Entonces partió para recorrer el mundo, esta vez sin un propósito definido. Su amigo Pepito Grillo lo acompañaba, posado sobre el ala de su sombrero.
Un día llegaron junto a un palacio de torres de cristal, cuyas almenas se perdían en las nubes. En los jardines se encontraron con una hermosa joven de cabello azul.
—¿Quién eres tú? —le preguntó ella a Pinocho, luciendo las perlas de su sonrisa.
—Yo soy Pinocho, un muñeco de madera.
—Siempre deseaste ser eso, ¿verdad?
—Siempre lo he sido.
De repente, Pinocho sintió que algo le estaba ocurriendo. Pepito Grillo, sobrecogido de espanto, saltó a la hierba. Se fijó en las manos y la nariz de su amigo y descubrió que eran… ¡de madera!
Pinocho, cuya nariz había crecido desmesuradamente, miró con unción a la joven, y con una sonrisa le dijo:
—De madera o de carne y hueso, yo soy Pinocho.


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).



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