lunes, 30 de marzo de 2009

La armonía de los mundos (enero de 2008)


Tempestuosos tiempos los de la Reforma. En astronomía la Iglesia Católica admitía el sistema geocéntrico de Tolomeo (los planetas y el sol giran alrededor de la tierra) y despreciaba el nuevo sistema heliocéntrico (los planetas y la tierra giran alrededor del sol), paradójicamente difundido por un monje polaco llamado Copérnico; el sistema heliocéntrico tenía más visos de realidad, pero la tradición cuesta desterrarla.

Hacia 1582 un niño llamado Johannes Kepler fue enviado al seminario protestante de Maulbronn, donde se preparaba a los jóvenes para combatir ideológicamente el catolicismo. Pero Kepler, niño introvertido y aislado, quería ir más allá: quería encontrar la armonía de los mundos; leer, en definitiva, la mente de Dios. Y en este camino las matemáticas, especialmente la geometría, ejercieron en su alma especial fascinación. Dejó escrito: "La Geometría existía antes de la Creación. Es co-eterna con la mente de Dios... La Geometría ofreció a Dios un modelo para la Creación... La Geometría es Dios mismo".

Los cuerpos celestes respondían en sus órbitas a la belleza de la Geometría. Si el sistema geocéntrico no lo había demostrado del todo, el sistema heliocéntrico lo haría, tal era la fe de Kepler. Pero para ello necesitaría datos de observaciones que llevarían toda una vida acopiar. Y mientras reunía esos datos, no podría dar libre curso a sus ideas con la rapidez que quería.

Necesitaba esos datos, y había alguien en el mundo que ya los tenía: el exiliado astrónomo danés Tycho Brahe, que hoy da nombre a uno de los cráteres de la Luna.

Tycho Brahe el libertino, que en una refriega estudiantil perdiera su apendice nasal y ahora ostentaba una nariz hecha de oro. Tycho Brahe, que quiso encontrar un punto de diálogo entre el geocentrismo y el heliocentrismo, propugnando que la tierra seguía ocupando el centro del universo, el sol giraba alrededor de ella y el resto de los planetas orbitaban en torno al sol en su movimiento alrededor de la tierra.


Tycho llamó a Kepler a su lado, y éste acudió con la esperanza de que le diera las piezas para montar su rompecabezas (sin piezas no hay rompecabezas). Tycho obligaba al ascético Kepler a acudir a sus juergas y bacanales, y entre borrachera y borrachera a lo mejor le soltaba, a modo de limosna científica, el dato del perigeo o apogeo de un planeta. Kepler sufrió de ansiedad lo que nadie sabe por causa del borrachín de la nariz de oro.

Las juergas condujeron a Tycho a la tumba, y a Kepler le fueron legados por fin las piezas del rompecabezas. Al final lo montó, en la forma de tres elegantes leyes, el diseño original de Dios para el movimiento de los cuerpos celestes.

La primera ley decía que los planetas describen una elipse en torno al sol, el cual se encontraba en uno de los focos de dicha elipse.

La segunda ley decía que si unimos con una recta el planeta y el sol, esa unión, en intervalos de tiempo iguales, cubrirá superficies iguales. En términos científicos, la velocidad areolar es constante.

La tercera ley decía que hay una relación entre el tiempo que tarda el planeta en girar en torno al sol y entre la distancia del sol a ese determinado planeta.

Ésta es la armonía de los mundos, el ensamblaje perfecto, las leyes que rigen vuelos interespaciales, la inspiración de Newton para formular su ley de la gravitación universal. Kepler logró al final su pretensión de niño: leer en la mente de Dios mediante la exactitud de las matemáticas.

Dios dijo: "Que haya lumbreras en la bóveda celeste para separar el día de la noche, y sirvan de señales para distinguir las estaciones, los días y los años; que luzcan en la bóveda del cielo para alumbrar la tierra" (Gn 1, 14). Y su diseño adquirió carácter matemático. Ya lo dijo Galileo: "Las matemáticas son el alfabeto con el cual Dios ha escrito el universo".

Hace un tiempo, amigo UNO MÁS, afirmaste, en respuesta al código matemático de la Biblia, que las matemáticas son acomodaticias. Aquí surge una cuestión aparente a la del huevo y la gallina... ¿Qué fueron antes: las acomodaticias matemáticas o el hombre capaz de acomodarlas? Yo, personalmente, dudo que el hombre hubiera podido acomodar la armonía de los cuerpos celestes.

Para Reyes me han regalado la serie "Cosmos" de Carl Sagan. Recuerdo que siempre aguardaba con impaciencia el momento en que la emitían por televisión, allá por el verano de 1982. Me encantaba el contenido de la serie y su inconfundible suite musical ("Heaven and Hell", parte I, de Vangelis). Recuerdo que leí con especial agrado el libro inspirado en la serie; estoy por decir que es el mejor documento científico que jamás he leído. Me gusta el enfoque multidisciplinar que Carl Sagan, que en paz descanse, sabía darle a la divulgación científica, un enfoque netamente renacentista. Carl Sagan concebía la ciencia (y así la concibo yo) como un saber que se construye a partir de todos los demás, aun de aquéllos que tienen el marchamo del campo de las humanidades (filosofía, teología, literatura, arte, etcétera). La sabiduría es una sola. ¿Por qué nos empeñamos en marcarle fronteras? Anoche vi los tres primeros episodios de "Cosmos". Me encantó la recreación de la vida de Kepler.

¿Por qué pensamos que es mejor ser maestro que aprendiz?... ¡Que a mí siempre me llamen aprendiz!

El jardinero de las nubes.

jueves, 26 de marzo de 2009

Mi opinión sobre el aborto


Quiero dejar claro que nunca impuse (ni siquiera a mis seres más cercanos) mis ideas y mis sentimientos. Y también diré con voz muy alta que mis sentimientos cristianos no se han acrisolado en el seno del catolicismo, sino en medio de la mayor soledad. No diré que la soledad me haya sido nociva, pues como decía el artista florentino Miguel Ángel Buonarroti: “Jamás estoy menos solo que cuando estoy solo”… Todo esto es sacado a colación para dejar claro que lo que voy a declarar ha surgido de mis reflexiones personales y no me ha venido impuesto por nadie.

Siempre creeré que mis padres cometieron un error al traerme al mundo. Hubo un tiempo en que mis oraciones nocturnas terminaban con el deseo de que Dios me librara de la agonía de vivir. Mi vida fue un fracaso y una frustración; mi vida se desmoronó por la ausencia de una vida ajena y una serie de circunstancias tristes. A pesar del sufrimiento que la vida me deparó, jamás se me pasó por las mientes formular el menor reproche a mis padres por haberme concedido la oportunidad de vivir. Sentía entonces que se hacían míos los clamores de Job: “Perezca el día en que yo nací, y la noche en que se dijo: Ha sido concebido un hombre” (Job 3, 3); “¿Por qué no morí yo en la matriz, o expiré al salir del vientre? ¿Por qué me acogió un regazo y unos pechos me dieron de mamar? Pues ahora estaría yo muerto, y reposaría; dormiría, y entonces tendría descanso, con los reyes y con los consejeros de la tierra, que reedifican para sí ruinas; o con los príncipes que poseían el oro, que llenaban de plata sus casas. O no existiría como un aborto ignorado, como los pequeñitos que nunca vieron la luz. Allí los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas” (Job 3, 11-17).

Yo no sabía cómo seguir viviendo, y me acogí a Dios, pues está escrito: “Me enseñarás la senda de la vida” (Sal 16, 11). Y precisamente aprendí que no hay vida que no sea preciosa a los ojos de Dios, incluida la mía propia.

El instinto de conservación nos conduce a amar y a velar por nuestra propia vida. Está escrito que el Espíritu de Dios da la vida, pues la carne en sí no vale para nada (Jn 6, 63). Es decir, si en toda vida alienta el Espíritu de Dios, el llamado soplo divino, y yo amo realmente a Dios, ¿no entra dentro de mi sentimiento cristiano intentar amar y respetar las vidas ajenas a la mía?

Los científicos afirman que el germen de la vida se establece cuando el gameto masculino se une al gameto femenino y forman el huevo o cigoto. Vida es tanto al principio como al final. Si he de sentir amor por esa vida, lo he de sentir tanto al principio como al final de la misma, independientemente de las circunstancias que la rodeen.

A un ser que se está gestando se le ha de presuponer toda inocencia, y Dios dejó dicho: “No quites la vida al inocente” (Éx 23, 7). ¿Qué delito ha cometido un ser inocente, si bien inconsciente, para que se le niegue la vida y la consciencia? Toda vida tiene derecho a prosperar y a beneficiarse de ser amada. Dios define la presencia de los hijos como una bendición: “Una herencia de Dios son los hijos, una recompensa el fruto de las entrañas” (Sal 127, 3). También está escrito: “Dichoso el hombre que llenó su aljaba de hijos” (Sal 127, 5).

En la Biblia se compara el aborto como una ocasión de gran tristeza. Por ejemplo, cuando el profeta Oseas denuncia con amargura la infidelidad de Israel para con Dios, recurre a esta terrible maldición: “Dales, Dios… ¿qué les darás? ¡Dales seno que aborte y pechos secos!” (Os 9, 14). Yo no he oído jamás de nadie que se haya sentido alegre por haber abortado voluntaria o involuntariamente. También sé que no hay dolor peor para una madre que afrontar la muerte de un hijo. La Virgen María nos dio un ejemplo elocuente al ver expirar a su Hijo en la Cruz, en quizás el pasaje bíblico que más me ha conmovido de todos: Jn 19, 25-27. Asimismo conozco casos de madres con hijos enfermos que se aferran con devoción a las vidas de éstos…, madres a las que en algunos momentos han cuestionado el mantenimiento de las vidas de sus hijos como la mejor opción a seguir…, madres que han apostado por la vida de sus hijos en contraposición al sufrimiento de ellas mismas.

Seamos drásticos y vayamos al peor de los casos: una joven objeto de violación que queda encinta a consecuencia de esto. ¿No le asiste el derecho de abortar? Puedo entender que no ame al fruto de su violación, pero también puedo entender que hay padres que no logran concebir hijos y verían el bebé de la joven violada como una bendición de los cielos. Como quiera que en las dos posibles alternativas (aborto o parto), la joven violada se ha de enfrentar al paso por el quirófano, ¿qué perdería con entregar en adopción el fruto de sus entrañas? Jesús también usó la comparación de los perrillos que se alimentan de las migajas que caen de la mesa de los hijos (Mc 7, 24-30).

A veces concebir un hijo no deseado puede ser una vergüenza de cara a la sociedad. Muchas veces presumimos de liberales y progresistas. Un liberal se caracteriza, entre otras cosas, por no temer los juicios de la sociedad. Si no se desea la responsabilidad de criar un hijo no deseado, ¿por qué no transferir dicha responsabilidad a unos padres adoptivos que sí deseen criarlo? ¿Acaso es más importante el juicio de la sociedad que el respeto por la vida ajena?

Luego se da el caso de que muchos de los que defienden el aborto tienen hijos, y los aman. Esgrimiendo la noción del respeto por la vida, ¿vale acaso más lo que se tiene que lo que se puede tener y que subyace en el vientre de una madre?

Tales son mis pensamientos referentes a este tan traído y llevado asunto del aborto. Nacen de mis sentimientos cristianos, y yo a nadie le impongo que los compartan. Que nadie me imponga, pues, faltar a mi respeto por las vidas de seres inocentes.

El jardinero de las nubes.

martes, 24 de marzo de 2009

Francisco de Asís


Yo te busqué, Francisco de Asís. Quería preguntarte, quería que me indicaras el camino. Una joven lloraba porque para ti había terminado el amor mundano y proyectabas tu mirada a las alturas, buscando el amor celestial.

Escuché tu canto en la pradera, Francisco de Asís, y vi correr la sangre del martirio por tus pies descalzos. ¿Qué tenía esa flor de abril para que tu mirada arrojara chispas como el sol? Era la primera vez que tu corazón puro la contemplaba, y le hallaste parecido con los cabellos de esa joven que por ti lloraba.

Quise abrazarte, Francisco de Asís, y huiste de mis brazos blancos para anegarte en los brazos manchados de ese leproso. Apartaste toda comodidad de tu camino, y te metiste por donde los guijarros eran más curvos y afilados, deseosos de bañarse en la sangre de tus pies. La joven que por ti lloraba iba recogiendo tu sangre heroica en pañuelos perfumados.

Y un día te vi ciego y sin fuerzas para levantarte. Dentro de ti ardía el amor de Dios, y esa joven que una vez por ti llorara amó al Cielo para que tú pudieras amarla...Y ya no hubo más lágrimas en sus ojos.

Yo te vi, Francisco de Asís, pasearte por las praderas de las nubes, buscando el amor de esa joven que una vez por ti llorara.

El jardinero de las nubes.

domingo, 22 de marzo de 2009

Vencido por la primavera


Si es verdad, Dios amado, que no soy capaz de resistir los encantos de la primavera, que tanto alimenta mi melancolía, entonces es cierto que mi vida es un cautiverio. Si no puedo reír cuando los demás ríen, ni llorar cuando los demás lloran, déjame ser la flor que crezca en el muro de mi prisión. Deja que la alondra me tribute una nota de su arpada lengua en medio de mi desazón y que una hebra de amada cabellera se enrede en mis pétalos manchados de polvo.

En el cielo planean golondrinas. Mis ojos las contemplan, y me dan cuenta de que es inútil zafarme de los encantos de la primavera. Tendré que quitarme las telas que me sobran y destapar el dolor que ocultan. Asimismo, mi alma profunda me vencerá algún día y pugnará por derribar los muros de las sombras que la ocultan. Y no es bueno que la mucha luz y el aire fresco busquen su sitio en mi morada neblinosa. El corazón estallará en miríadas de fragmentos, y los labios hablarán de las lamentaciones acopiadas a lo largo de una vida gris y ausente. Y la polvorienta flor que crece solitaria en el muro, será transplantada en fresco arriate, entre perfumes de rosas y jazmines.

Un corazón solitario no puede derrotar a la primavera; hasta la dormida agua del otoño coadyuva a que se yergan las amapolas de mayo, heridas sangrantes de los campos de cereal.

Si es verdad, Dios amado, que no puedo vencer a la primavera, que mi melancolía reviente como las nubes en el cielo de mayo.

Si el amor encuentra su abono en la tristeza, que su florecimiento acontezca en praderas de alegría.

El jardinero de las nubes.

viernes, 20 de marzo de 2009

Balada a la primavera


En aquel entonces no fui capaz de proferir el grito que atraería tu atención. La voz se me quedó ligada a la garganta. Yo desesperaba por que pudieras reparar en el débil destello de mi alma sumida en el silencio de mi pequeña vida melancólica. Pasabas a mi lado, brisa y flor de primavera, y tus ojos buscaban la alegría de tu nombre. Me pasabas de largo, y el silencio de mis labios no era quebrado en tu requerimiento.

Yo gastaba mis horas junto a las ventanas en sombra, suspirando por capturar una mirada oblicua de tus ojos. Bordabas los campos de amapolas y posabas las perlas del rocío sobre las encendidas rosas del camposanto. Hacías que las calandrias te rindieran al amanecer el tributo de sus vibrantes gargantas cargadas de canciones. Te arrullabas en sábanas de heno fresco, mientras la luna te vertía sus cuencos repletos de plata húmeda. Le pedías sal a los mares y nieve a las altas cumbres, nieve que tu aliento convertía en lágrimas que las nubes no derramaron en el atardecer otoñal. Eran tus cabellos neblinosos rayos de sol y tus espejos los charcos que esmaltaban los caminos pedregosos tras los chubascos de abril... Todo lo podías, en todo estabas, y aun así me ignorabas.

Entre las sombras de las hojas del ailanto, yo contemplaba el resplandor de los cielos que te cobijaban, y tú te colocabas en la cabeza caprichosos sombreros de nubes y tu sonrisa tenía la curva del arco iris en postura inversa. Aun cuando tú vieras el brillo de mis lágrimas en las alas de la libélula, ponías a funcionar tu rueca de abejas y vilanos, sembrando florecillas azules en las grietas de la muralla.

El cordón de tus perlas se partió, y quedaron esparcidas en el lóbrego capuz de la noche, marcando las rutas de los navegantes. Y en la noche también me ignorabas, mientras llevaba la cuenta de cada una de tus perlas nacaradas; no tenías ojos más que para la risueña luna, que a la voz de tus requiebros se le pintaba el rubor en sus níveos riscos y en sus mares de tranquilidad. Las golondrinas te traían en el sable de sus alas las fragancias de la Arabia lejana, la suavidad de los filamentos de los nenúfares del lago Tchad. Y el limonero ponía sus flores en el troquel para llenar sus bandejas de soles amarillos con los que obsequiarte... Mi corazón era una pobre ofrenda en medio de tanta largueza como la Madre Naturaleza tenía contigo.

Y te gustaba el trémolo de las risas que el invierno había amordazado. De mis labios sólo salía el silencio; eras demasiado hermosa para que te fijaras en mí.

Y entonces quise ponerte en el olvido; quise hacer del otoño la estación de mi consuelo. Me replegué en las sombras, allá donde tu mirada no me alcanzara. Sepulté el amor que me inspiraste en los más recónditos surcos de mi corazón. Abrí mi boca en un triste suspiro, y esperé a que el invierno disolviera mi vida entre su polvo de nieve.

Entonces te diste cuenta de mi ausencia, y mandaste a las golondrinas que golpearan los vidrios de mi sombría ventana. Te ignoré y sentí tus lágrimas golpeando mi tejado. Querías encontrarme...

Sentí que mi cuerpo se retorcía por el dolor del amor escondido que quería volver a germinar en la oscuridad de mi corazón. ¿No era lo bastante tarde para ti? ¿Querías que te franqueara la puerta de mi balcón?

Es cierto que lo hice y que llamaste luna plateada a las canas de mi cabeza, surco de labrador a las arrugas de mi frente y agua dormida a mis ojos apagados. Y yo entonces, entonces... volví a amarte con la fuerza del diluvio y rendí mi vida ante tus brazos.

¡No me abandones nunca, primavera querida!

El jardinero de las nubes.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Hombre de paz en Reinosa (reeditado)


UNO DE MIS FAVORITOS: ME FASCINA, ME SUBYUGA, NO PUEDO QUITÁRMELO DE LA CABEZA. HAY ALGO EN ESTAS PALABRAS QUE REMUEVE MI ALMA Y COLMA MI SENSIBILIDAD LITERARIA.

Iba maldiciendo por los caminos de barro porque las fábricas del Alto Campoo habían cerrado sus puertas para él. Y en los caminos no había quien le escuchara. Decían en Reinosa que era de natural pacífico. Vivía en una casa roída por la humedad. Allí tenía unos brazos que fregaban escaleras y unos ojos infantiles cuyo verdor derrotaba con su impronta a la niebla de la época del tiempo desapacible.

Aún no asomaba por el horizonte la fría raya del sol de invierno, cuando cada mañana salía de su casa hacia las fábricas del Alto Campoo. La bufanda tricotada en casa, la nariz enrojecida y goteante. El río Ebro atravesaba los ojos del puente, arrastrando cristales de escarcha e inquietas hilachas de bruma. Había polvo de nieve en el aire turbio de la madrugada. Se encendían las luces de las tabernas cuando aún resplandecían las farolas en la niebla del alba. ¡A las fábricas había que ir..., por esas manos que fregaban escaleras y esos ojos verdes de infancia! Sus labios no se despegaban, pero las montañas cántabras se hacían eco de su descontento. Y en Reinosa y en las fábricas del Alto Campoo siempre hacían referencia a él, diciendo: ahí lo tienes, va por el camino... ¡Es el hombre de paz en Reinosa!

Hombre de paz en Reinosa. Con la bata azul y fresando todo lo que le permitiera conjurar la amenaza de la miseria. La luz se sentía ultrajada al traspasar los vidrios de polvo de la fábrica. Prescindiendo del café de media mañana, él ahorraba para sufragar la Primera Comunión de la mirada verde que le era tan amada. Y nadie que lo viera dejaba de decirlo: ¡Hombre de paz en Reinosa!

Cincuenta años y bigotes lacios y canosos. Él fue el primero en ser sometido en la fábrica a un expediente de regulación de empleo. La Vírgen en Fontibre soltó las lágrimas que engrosaban el caudal del Ebro. Ya habían brotado las hojas, con el mismo verde apacible de su mirada amada.

Y el hombre oyó la gaita en el valle. La gaita sonaba y su trémolo arrastraba el murmullo del arroyo y del viento de los cipreses. La voz que habla el lenguaje de los bosques y desnuda el corazón de los hombres que sienten que no quieren perder sus últimos atisbos de esperanza.

Los aires de la gaita le condujeron hasta el lugar de la Vírgen en Fontibre. Se metió en el nacimiento del Ebro y abrazó la columna también presente en la basílica del Pilar de Zaragoza. El viento de la montaña y la misma gaita lo afirmaban: ¡Hombre de paz en Reinosa!

Y el daño vino... Reinosa no te quiere. No encontrarás ocupación cerca de tu casa. Eres viejo y no eres nada. Mejor te encontrarías muerto que ser quien eres, tener tanta edad y no encontrar otro sitio en la sociedad. Vete más allá de las montañas del Alto Campoo, y repararás en que nadie te solicita en este mundo de fatigas sin cuento.

No pudo ser. Le cobijaron las manchas de sus paredes roídas por la humedad. Sólo las escaleras fregadas por su amor de siempre sostenían la dignidad de su morada. Esas manos que antaño fueran suaves como flores de las cumbres del valle de Valderredible y que ahora estaban ásperas por los líquidos caústicos de limpieza. Y los ojos de verde montaña empezaron a angustiarse ante lo incierto de su futuro. Abandonado por el reconocimiento de sus convecinos, ya nadie le asociaba con el hombre de paz en Reinosa. Sólo el aire lejano de la gaita seguía alentando algún deseo en su corazón desengañado.

Como ya nadie se hacía lenguas de su bondad, como ya su vida era ignorada como por acuerdo tácito, tomó su viejo punzón de fresador y regresó de incógnito a las fábricas del Alto Campoo. Allí el punzón buscó la carne del director gerente, y al hundirse en la misma no reparó en que dejaba huérfanos varios ojos del mismo color de hierba. La sangre vertida provocó que nadie jamás volviera a decirle: ¡Hombre de paz en Reinosa!

Y vio la llegada del día en que su ventana se hizo lejana y con el rectángulo dominado por sombras de barrotes. Y de más lejos venía a su encuentro el olvidado aire de la gaita y la Vírgen en Fontibre le tendía los brazos, buscando su abrazo de tiempo atrás. A través de los barrotes de la ventana no vio los pasos por el mundo de sus amados ojos de hierba.

El hombre bajó la persiana, se acurrucó en el rincón más apartado de su celda y dio curso a sus lágrimas, tan abundantes que bien podrían correr sobre el lecho del río Ebro.

Y al cabo de los años, cuando su piel volvió a recibir la caricia del sol y el frescor de las montañas del Alto Campoo y la mirada de los ojos que le amaron, volvieron a decirle: ¡Hombre de paz en Reinosa!

El jardinero de las nubes.

lunes, 16 de marzo de 2009

Ya florecen los almendros (febrero de 2008)


Nuestro buen amigo Feliciano Moya, poeta de los pinceles, me ha informado en su último mail que ya están floreciendo los almendros en Aldea. ¡Y que no esté yo allí para que mis ojos se recreen en semejante milagro de la Madre Naturaleza!

Una vez, en los días de mi triste adolescencia, mientras me paseaba por entre las ramas en cierne de los almendros del camino de la Cueva del Alguacil, presencié algo maravilloso, a lo que la Naturaleza no nos tiene muy habituados:

Deambulaba yo por entre las piedras sobre las que se yerguen los troncos de los almendros. Había vestigios de humedad, que ayudaban a rememorar las copiosas lluvias de los días anteriores; las piedras estaban rebozadas de barro. Sólo una única nube, muy ligera y transparente, osaba semejar divieso en el rostro de un cielo con vocación de primavera. De muy lejos llegaban a mis oídos los balidos de un rebaño de ovejas. El sol picaba con resabios de resistidero veraniego. Mi mente estaba imbuida de los melancólicos pensamientos de un adolescente solitario. Mi corazón suspiraba a causa de una muchacha cantante, que solía salir en televisión por aquel entonces, y yo imaginaba lo que no podría ser y lo que jamás ha sido.

De repente, desde el Norte azotó mi rostro una violenta ráfaga de viento. Mis pies trepidaron tratando de guardar el equilibrio sobre las piedras, y las ramas de los almendros se estremecieron con impresionante sonoridad. Entonces comenzó el milagro...

Una cortina de pétalos blancos se extendió por todo aquel sector del cielo. El vendaval formó un tirabuzón y los pétalos ascendieron una altura inusual. Mis ojos vieron lo que deseaban ver: los pétalos conformaron el rostro de mi cantante suspirada; sus ojos propiamente almendrados; los adorables arcos de sus cejas de trigal; sus labios del color de las pasas de Corinto; su nariz como el promontorio de una isla de los mares del Sur; y su cabellera de oro tibio, cuyas ondulaciones parecían los acordes de un arpa de hierba. Yo estaba extasiado, rescatando colores de la blancura de los pétalos. Poco faltó para que mi trasero midiera las piedras del suelo.

De súbito, el aire se apaciguó y cayeron los pétalos en nívea lluvia, describiendo ágiles molinetes en su apacible descenso. Cayeron en mis cabellos y en mis hombros, y aquello me supo a beso onírico. La nubecilla de poco antes había sido asimilada por el vasto azul del cielo.

Y yo seguí caminado entre los almendros desflorados, rumiando el sueño que la Naturaleza me había ayudado a ilustrar.

Sí, querido amigo mío; ya están floreciendo los almendros.

Ilustración: “Almendros en el Berrocal” de Feliciano Moya.

El jardinero de las nubes.