jueves, 21 de julio de 2011

Cuentos urbanos: La increíble aventura de los Fisgones (I) - De cómo el presidente del Gobierno acabó en...



Bueno, tras la euforia de los pasados días, retomemos la tarea.


Este cuento lo concluí hace casi tres meses. Empecé a escribirlo en un plan un poco “chorra”. ¿Una casita de muñecas ambulante, el presidente del Gobierno? ¡Vamos, hombre! Tentado estuve de abandonarlo a los primeros renglones. Pero me gusta terminar lo que comienzo, y en este caso fue una decisión que juzgo acertada; estoy por afirmar que es mi preferido de los “cuentos urbanos”, habida cuenta de la vigorosa acción que encierran sus líneas.


Es un cuento de corte apocalíptico. No lo escribí con finalidad satírica hacia el presidente del Gobierno. Simplemente, es un experimento literario: ¿qué sentiría un político al vivir las consecuencias de algo similar a lo que su ineptitud ha causado en la vida de los ciudadanos? Por tanto, es algo que se puede extrapolar a toda la clase política en general, que, a tenor de las encuestas, representan la mayor causa de preocupación en la población española, precedida tan sólo por la natural angustia que genera el desempleo.


Asimismo, deseo hacer notar que es una historia fruto de mi imaginación, si bien el padre Peter Wheelan y el capitán Henry Wirtz son personajes que tuvieron existencia en la realidad.


Espero que les guste.


De la noche a la mañana apareció la casa, en un solar de la Gran Vía madrileña. Era de un claro estilo tirolés; no parecía sino una casita de muñecas, con escaso número de habitaciones y un tejadillo decorado con hermosas contraventanas pintadas de verde.


Ese día el presidente del Gobierno pasaba por la Gran Vía en su ostentoso coche oficial. Y su atención se vio en consecuencia capturada por la presencia de la casita en mitad de ese solar recientemente despejado.


-¿Quién ha plantado esa casa ahí? –preguntó a su inmediato guardaespaldas.


El guardaespaldas tenía la mandíbula cuadrada y la fisonomía inmune a sonrisas.


-No sé qué hace ahí, señor –dijo con voz cascada-, pero trataré de averiguarlo.


El país se hundía en la ruina, y el presidente desviaba la mirada por otros derroteros. ¿Una casita de cuento de hadas? ¡Lo que en esta vida no pudiera verse!


Al cabo de unas horas, fueron dos inspectores de policía a averiguar lo que hacía esa casita en mitad de un solar de la Gran Vía. Testigos oculares afirmaron que los vieron entrar por esa puerta de trazados liliputienses, pero no hubo nadie que pudiera decir que los vio salir. Y para más sorpresa, pasó una noche y al alba ya no quedaba vestigio de la casa.


El presidente leyó el informe que le presentaron a este respecto, y el arco de las cejas se le transfiguró por completo. Cuando se llevó los dedos a los orificios nasales, apreció que éstos olían a podrido.


La casita fue apareciendo los siguientes tiempos por sucesivos lugares de España visitados por el presidente. En León, en Marbella, en el Maestrazgo de Teruel, en las campas de Santander… Siempre había un solar urbano, un rincón campestre donde los ojos que mentían se enfrentaban a la imagen de la casita de muñecas. Y todo policía que acudía a indagar, desaparecía sin remedio al franquear esa puerta diminuta.


Viendo que la situación del país no tenía remedio, el presidente decidió tomarse unas largas vacaciones y desaparecer de la escena pública, donde tan escarnecido resultaba.


Buscó una aldea perdida en el Pirineo, se vistió con ropas que le camuflaran y dio en realizar largos paseos por trochas y orillas de riachuelos turbulentos. Se encontraba solo porque el mundo no pedía cuentas a su mujer y a sus hijas, y éstas no le habían acompañado en su retiro. El país le detestaba, y él hacía tiempo que detestaba el país. Después de tantas presiones, de tantos abucheos, apetecía refugiarse en la soledad de las montañas.


Amaneció una perfumada y musical mañana de primavera. Ni una nube empañaba el firmamento, de un azul de pavo real. El presidente dio orden a sus guardaespaldas de no escoltarle en el paseo que estaba a punto de emprender.


Atravesó un bosque de hayas y avellanos, llegó al sitio de un embalse, ascendió por una ladera esmaltada de verdor y alcanzó la linde de un nuevo bosque, esta vez de araucarias. Pasó por un recodo sombrío en el que repercutía el canto de una disparidad de aves. El relente de la montaña le calaba hasta los huesos. Un fortuito escalofrío le recorrió las articulaciones. Accedió a un espacioso calvero punteado por un caleidoscopio de flores montaraces. Y allí, a no mucho espacio de la pantalla de árboles, se alzaba la inconfundible mole de la casita de muñecas, con la engañosa pasividad de un guerrero ávido de sangre.


El presidente exhaló un suspiro involuntario. Su curiosidad se vio abonada por el asombro ante lo insólito de la aparición. ¿Por qué le acosaba esta imagen, incluso en este lugar recóndito, lejos de los sonidos mundanales?


-Debo averiguar qué es –se dijo con insensata determinación.


Desplegó una gran cautela al aproximarse junto al extraño inmueble. Puso su mano en el picaporte, que tenía forma de cabeza de león, lo giró y la cerradura emitió el chasquido de apertura.


En el interior se le agudizó la sensación de hallarse en una casita de muñecas. Había una mesita de té y cortinas de terciopelo rojo ticiano. Colgados en los tabiques, había una rica variedad de relojes de cuco, de péndulo y de pesas. También se veía un sillón de primorosos estampados, que recreaba los de los tapices venecianos. Y en el rincón más apartado, junto a una ventana de vidrios esmerilados, destacaba un perchero de sastrería.


Del mismo pendía un uniforme militar, que al presidente, habida cuenta de su mucha sapiencia en estos temas, no le costó identificar como perteneciente a un sargento de infantería de la Unión, en la Guerra de Secesión norteamericana.


Le encantaba la apostura de la prenda y la buena calidad del paño. La admiración le hizo olvidarse de las circunstancias que rodeaban aquella aventura. Sintió unos irrefrenables deseos de vestirse el uniforme. Y no los reprimió, por cierto: al momento se despojó de sus prendas deportivas y se puso el uniforme con afectada parsimonia. En el instante en que se encasquetaba el quepis, los relojes que poblaban los tabiques iniciaron su natural funcionamiento. Los tic-tacs se apoderaron de la silenciosa atmósfera del recinto.


En otro de los rincones había un enorme espejo de tocador, medio oculto tras unos cortinajes de brocado. El presidente se acercó a contemplarse. Le impresionó gratamente el reflejo que le ofrecía el espejo. Había de reconocer que el uniforme le sentaba muy bien.


De súbito experimentó las ganas de salir al exterior vestido de esa guisa, máxime cuando no había mucho más que ver dentro de la casita. Se encaminó hacia la puerta, la abrió y…


-¿Qué es esto?


CONTINUARÁ...


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


sábado, 16 de julio de 2011

¿Quién es el jardinero de las nubes?



El reglamento de una de las comunidades literarias en que participo (La Revista de Marcela) estipula en uno de sus artículos que no se puede participar de manera anónima en la publicación de escritos. Fui invitado en dos ocasiones por la autora Marcela Vanmak a registrarme, y cuando por fin acepté, empezaron las polémicas con la citada regla de la comunidad.



En vista de que me exigían mi identidad, dije que si no se me permitía mantenerla en el incógnito me iría de la comunidad, hoy 16 de julio (curiosamente la festividad de los marineros). Entonces ha habido una serie de testimonios muy emotivos que me han inducido a dejar esta vida de anacoreta literario.



He aquí el escrito que inserté en esa comunidad:



De acuerdo, el ser tímido y apocado no es sinónimo de criminal. Durante siete años he guardado celosamente mi identidad, creyendo que no era tan importante en relación a mis letras.





Algo se ha removido en mi interior con el problema del reglamento de esta página, y he comprendido que entre tanta gente querida no tiene sentido prolongar más tiempo mi vida de ermitaño literario.





He aquí los datos identificativos (espero no arrepentirme):




Nací en Madrid el 29 de noviembre de 1971.




Me llamo Julián Esteban Maestre Zapata.




Soy profesor de Física y Química.




Mi cariño se centra en mi madre, mi mujer y mis dos hijas. Tuve un padre y una hermana que ya no están aquí.




En cuanto a la fotos que se me solicitan, pondré 4 que reflejan mi evolución dentro de un caracter tímido y acaso insociable:




Cuando tenía 3 años (febrero de 1975):












Con mi hermana María Rosa en 1979 (ella falleció en 1986, me sacaba 15 años):








Durante mi juventud solitaria en Aldea del Rey, haciendo oficio de jardinero de las nubes en plena naturaleza, fechada en 1998:








Y éste soy yo finalmente: un dechado de defectos, que encuentra en Dios y la literatura el principal sentido de su vida, junto con el amor y apoyo de las "cuatro" grandes de su familia:








Les ruego me disculpen y pido asimismo perdón a todos aquellos a los que he podido dañar o decepcionar con mi anonimato. Así soy, así he sido siempre y así habré de ser en lo que me reste de vida.




Gracias de corazón. Me quedo con ustedes.





Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).



Soy consciente de que habrá quien se pavonee de ser conocedor de mi identidad desde una época ya rancia, gracias a los "buenos" oficios de una persona celosa de identidades ajenas y ansiosa de mal merecido prestigio, a quien no le juzgo poseedor del menor asomo de decencia a tenor de sus actos infames hacia mi persona. Sólo yo tengo derecho a revelar mi identidad, en el momento que yo quiera y del modo que mejor me parezca. Y ese momento acaba de llegar.



Ya en la mitad de mi vida, me he dado cuenta de cuáles son mis prioridades y he llegado a concluir que ya debo dejar de infligirme este trato de menosprecio propio, tanto por mí como por quienes han llegado a cogerme algún aprecio.



¿Y qué espero con todo esto? Realmente no lo sé. Pero estoy seguro de que seguiré siendo el mismo en mi entorno familiar y laboral, bien que guarecido de igual modo en el retiro de mis libros, mis cuadernos y mis estilográficas.



En fin, he pensado tanto en esta vida que ya no quiero pensar más en esta cuestión de mi anonimato y sus posibles consecuencias. Confío en que Dios no me abandone en estos momentos cruciales, y me dé firmeza de ánimo para seguir mi camino. Soy tímido, apenas me salen bien hiladas las palabras, he malgastado mucha vida haciendo cosas que me recomendaban no hacer porque no me conducirían a nada, y a eso hay que añadir que no he hecho casi amigos en mi vida real... ¿Y qué? A cambio de todo esto, soy el jardinero de las nubes; no es mucho decir, pero es lo mejor que mi intelecto y mis ya relajados esfuerzos sociales me han permitido.



No me abandones, amado Dios. Sólo Tú me conoces en realidad.




martes, 12 de julio de 2011

Cuentos urbanos: Cecilia y el mundo (y III) - El principio y el final


A todo esto, se presentó el mes de mayo de 2011. Las elecciones autonómicas y municipales se iban a celebrar el día 22. Y cuando nadie lo imaginaba, coincidiendo con que el país estaba sumido en la desesperación causada por la crisis económica, hubo cuarenta personas que se manifestaron en la Puerta del Sol de Madrid; al poco decidieron quedarse a dormir allí, y enseguida reunieron cientos de seguidores, en la misma plaza y en otras de la geografía española. Era como si Daniel Cohn-Bendit (en otro tiempo Daniel el Rojo) volviera a arengar a las multitudes desde los tejados del París del legendario mayo del 68. Algo se había sacudido en las conciencias de un país con las esperanzas aniquiladas.


Espoleado por la curiosidad, me acerqué a la Plaza Mayor de Ciudad Real y leí las proclamas que exponían los allí acampados.


Una jovencita me pidió una firma para apoyar el llamado “Movimiento 15 de mayo”, y no titubeé; desde ese instante me adherí a la causa de devolver a una nación la dignidad perdida por los tejemanejes de las clases políticas. ¡La Spanish Revolution anunciada por los diarios extranjeros, la paz y la concordia como moneda de cambio!


Todas las horas que me permitía el trabajo, las pasaba en las asambleas callejeras o en las convivencias que el paso de los días iba intensificando. Me hice muy amigo de Raquel, la bella jovencita que me pidiera la firma el primer día. Me contó que hasta el año pasado había cursado estudios en el IES Maestro Juan de Ávila. Recordé que allí había sido destinada Cecilia cuando se vino a la capital, y pregunté a Raquel si tenía noticias de ella.


-Se refería el caso de una profesora que estaba delicada de salud, y que le habían dado un trabajo cómodo en el hospital.


-Era Cecilia –medité casi para mis adentros.


-Pues el año pasado nos sacaron a todos los alumnos al patio y guardamos un minuto de silencio por la profesora. Había muerto de un cáncer en el cerebro… ¿Te encuentras bien?


Raquel vio cómo se me mudaba el color del rostro. Cecilia ya no estaba en el mundo. De algún modo, yo ya lo había imaginado antes, como una fatal premonición, pero siempre había negado tal eventualidad, tildándola de absurda. En mitad de la plaza, en los tiempos de la revolución pacífica, sentí que la vida se me derramaba en el pavimento. Cecilia había muerto, y yo no quería creerlo.


Mi alma se enfrentó a un amargo inmovilismo. Perdí la conciencia del tiempo y el deseo de saber o implicarme en toda cuestión humana. Al final apegarse a los afectos deviene en un dramatismo tal que hace renegar de la posesión de sensibilidad.


Dejé de acudir a mi trabajo, me quedé en los soportales del ayuntamiento, no quería escuchar ni mucho menos responder las preguntas de Raquel, comía por inercia, mi falta de higiene comenzaba a hacerse notar.


-Ya no crees en nuestra causa –me reprochó Raquel.


Yo veía el rostro de Cecilia perdido entre las nubes. E intentaba rechazar semejante visión. Quería hacer tabla rasa de todas las impresiones dolorosas de mi alma. No quería conocer más detalles de la vida de Cecilia.


-Eres un vegetal –proseguía Raquel su filípica-. Peor todavía: eres una piedra.


No le faltaba razón. Yo no podía evitarlo, pero tampoco deseaba evitarlo. Cecilia, no es mi derecho recriminarte nada, pero ¿por qué me has hecho esto?


De este modo, se presentó el viernes 27 de mayo. Había convocada una asamblea a las nueve de la noche en la Plaza Mayor. Esa misma tarde, a eso de las siete, se realizó una cacerolada como queja por la denegación por parte del ayuntamiento del permiso para conectarse los acampados al suministro eléctrico municipal; para la asamblea de las nueve, el dueño del inmediato kiosco de prensa cedió durante una hora su instalación para el funcionamiento del micrófono y del equipo informático.


Se congregaron unas doscientas personas. Se estableció un lenguaje de signos para apoyar o rechazar las mociones propuestas, se constituyeron comisiones y grupos de trabajo, se cedió la palabra a quien quisiera manifestar algo; se habló de las tiendas de campaña, de la mesa de información, del blog de Internet, de la biblioteca ambulante, de las cocinas solares. Y vinieron yonkis y gente de dudosa ralea, atraídos por el ambiente revolucionario, que, en contra de lo que pudieran pensar, se desarrolló de un modo civilizado y respetuoso.


A eso de las 21:45 restallaron algunos truenos, y acto seguido se liberó un temporal de lluvia. La asamblea buscó cobijo bajo los soportales. Yo me quedé donde estaba.


El agua me empapó por completo. Lo que era desagradable para los demás, para mí resultaba benéfico. Mi mente y mi vida estaban ineludiblemente perdidas. Por un momento, la gente desvió la mirada hacia mí, ignorando las proclamas de la asamblea.


-¡Tío, que te estás mojando!


-¿Qué hierba has fumado?


-¡Mírale, con la que está cayendo!


Raquel se abocó a mi persona, me tomó de un brazo y trató de arrastrarme al amparo de los soportales. Me resistí de un modo demencial.


-¿Es que quieres pescar una pulmonía?


No respondí. Las voces de la asamblea se silenciaron. Todos tenían la mirada clavada en mí.


-Estás haciendo el ridículo –señaló Raquel-. Compórtate como un ser humano y vuelve con nosotros.


Denegué con la cabeza, mi pecho se estremeció como si el aire le faltara. Raquel alucinaba. Con voz desencajada, me dijo:


-¿Qué te pasa? ¡Di algo!


Y dije, a manera de grito, la única palabra que mis labios podían pronunciar y cuyo eco venció el estridor de la lluvia.


-¡CECILIAAA!


Después caí sobre los charcos de la plaza, y desde entonces lo que quedó atrás no se diferenció de lo que quedaría delante.


FIN


El jardinero de las nubes.


viernes, 1 de julio de 2011

Cuentos urbanos: Cecilia y el mundo (II) - El reencuentro



Durante los años siguientes la vi alguna vez caminando por las calles de Ciudad Real, y siempre me mostré prevenido para cambiarme de acera o hacerme el despistado. Una vez sentí que me llamaba la atención, pero, respaldándome en el hecho de llevar pinganillos, hice como si no la hubiera escuchado. Lo más íntimo de mi ser hubiera deseado decirle algo, acaso haberle dado un abrazo, pero tuvieron en mí más peso mis costumbres solitarias y mi carácter huraño y apocado. A veces perpetramos las acciones sin querer apercibirnos de que algún día pueden terminar pasándonos factura.


Creo que fue por el 2008 o el 2009, muchos años después de los hechos que he mencionado. Tuvieron que operarme de apendicitis y compartí en el Hospital General de Ciudad Real la habitación con un niño en edad escolar. Yo no tenía amigos ni familia que me cuidaran y llegué a envidiar las atenciones que prodigaban a mi joven vecino.


Siempre me había creído autosuficiente, y ahora sentí que todos mis esquemas vitales se derrumbaban; el amor que gozaba el niño me ocasionó un extraño desasosiego, y como no quería exteriorizarlo di en parapetarme tras una barrera de áspera indiferencia. Cuando comprendieron que yo no tenía ganas de entablar relaciones sociales, me ignoraron con la mayor delicadeza posible.


A los dos días ya habían cicatrizado las heridas de nuestras respectivas intervenciones quirúrgicas. Y fue cuando apareció quien menos me esperaba encontrar en lo que me restara de vida.


-¡Hola, soy Cecilia!


Si hubiera tenido tiempo de eclipsarme tras el embozo de la sábana, lo hubiera hecho sin pestañear. Pero su golpe de vista ya me había detectado.


-Vengo a daros clase, soy vuestra profesora de atención hospitalaria –dijo-. Realmente, vengo por Ángel, alumno de quinto de primaria en el Colegio Ferroviario. Nadie me avisó que iba a tener un alumno tan mayor –añadió refiriéndose a mí.


Yo no quería hablar con ella ni con nadie. Me hubiera gustado hallarme en medio de la soledad de un desierto. El cariño y la simpatía resultan dolorosos a las almas insociables. Creo que en ese momento enrojecí hasta la raíz del cabello.


-¿Y tú de qué curso eres alumno? –me preguntó, haciéndome obsequio de la más linda de sus sonrisas.


Apoyé el rostro en la almohada y ahogué un sollozo. El cariño de su voz me embriagaba, poniendo de relieve el mal uso que había hecho de mi vida alejándome de la cercanía de las personas. Una mano tan fina como la brisa que sopla en un prado se puso a acariciarme los pocos cabellos que me quedaban en la cabeza.


-¿Por qué estás tan solo, Jesús? Al Jesús del que hablan los Evangelios le gustaba estar rodeado de gente, y sobre todo de niños.


Me atreví a mirarla. Vi la claridad del cielo en sus ojos rebosantes de amor.


-Ya ves, Cecilia, un filósofo puede llegar a creerse autosuficiente.


-Pero necesitas ayuda, y yo también quiero que me ayudes.


-Cecilia, tú lo tienes todo. El mundo te adora.


Una bruma imperceptible recorrió la transparencia de su mirada. Su mano abandonó mis cabellos.


-¡Qué mala profesora soy! Ángel tiene que retomar sus trabajos del cole.


Viendo cómo ella le repasaba las matemáticas al niño, llegué a olvidarme del picor de mi herida apenas cicatrizada. Y soñé con que ella no estaba casada y su presencia en la habitación obedecía a mi solo deleite. Quise sentir que la amaba de todo corazón, pero el amor es un sentimiento fugaz en la mente de alguien avezado a filosofar sobre las más remotas sensaciones del alma humana.


Cuando la enfermera vino a curarme, no le ofrecí mi peor mirada como hiciera la primera vez. El encuentro con Cecilia me había apaciguado bastante. Y entonces me acució la curiosidad de saber qué habría sido de su trayectoria en la política y cuál era la causa de que ella, siempre tan activa y diligente, hubiera escogido ese tranquilo destino de atención hospitalaria.


A la mañana siguiente, ya pude levantarme y me topé de pies a boca con Cecilia, justo cuando me disponía a dar una vuelta por el pasillo.


-¡Vaya, Jesús, pronto volverás a casa!


-La casa siempre me está esperando –glosé con empaque filosófico-, más de lo que yo la espero.


-Eres incorregible –me riñó cariñosamente-. Siempre sacándole punta a todo.


Me acometió una especie de mareo. Mi cuerpo aún no estaba preparado para fuertes emociones, y Cecilia me las producía en grado sumo. Volví dentro de la habitación y me dejé caer en el sillón de escay. Cecilia, Ángel y su familia me miraban con ojos preocupados.


-¿Te sientes bien? –me preguntó ella.


-Pocas veces me he sentido mejor, aunque me fallen las fuerzas y me aprieten los dolores.


Tomé algo de cena porque ella me insistió. Sus atenciones me abrumaban; sabía que por estar conmigo estaba quitándose una buena parte del tiempo que dedicaba a sus hijos. Deseaba quedarme a solas para poner en claro todas las impresiones que estaban asaltando mi mente. Al final hubo de irse, y yo me replegué en las confusiones de mi pensamiento.


Los puntos me habían cicatrizado. El doctor que me visitó por la mañana, me aseguró que en un par de días estaría listo para firmarme el alta. Ángel, mi joven compañero de habitación, tenía para más tiempo porque uno de los puntos se le había infectado.


Cecilia se presentó al filo del mediodía. Me pareció comprobar que su rostro estaba un poco más marchito que la víspera.


-¿No has dormido bien? –no pude por menos de preguntarle.


-Ya dormiré mejor –respondió con un extraño centelleo en sus pupilas.


-Mañana o pasado me darán el alta.


-¡Cuánto me alegro, Jesús! ¿Te reincorporarás al instituto enseguida?


-Eso haré. Pero no creo que me echen en falta allí.


-Yo te he echado mucho de menos todo este tiempo.


-Tú eres de lo que no hay, una especie en vías de extinción.


El brillo de sus pupilas se resolvió finalmente en lágrimas lentas y apacibles.



Solitario charco en la arena,

nube de pájaros,

mi vida derramada en la soledad de la tierra.



No permitió que yo fuera testigo de sus emociones, y, sin decirme palabra, abandonó la habitación.


Me di cuenta de lo poco que había podido averiguar de su vida durante los años que había dejado de tener noticias suyas. Decidí, en consecuencia, preguntarle directamente sobre este particular.


Pero ese día ya no apareció por la habitación, y el siguiente me dieron el alta y seguía sin verla. Tuve que dejar la habitación; le pedí a Ángel que se despidiese de ella de mi parte.


Regresé a mi trabajo, y no podía retirar su imagen de mis mientes. Y alguna vez soñaba con sus lágrimas empapando la tierra.


Un día no pude resistir más la incertidumbre y me personé en el hospital, al objeto de entrevistarme con ella. Acudí al Servicio de Atención al Paciente con mi petición.


-Ya no está aquí –dijo la señorita que me atendió.


-¿Dónde ha ido? –pregunté con irreprimible ansiedad.


-Esa información cae dentro de la protección de datos.


-¡Necesito saber de ella! –me alteré-. ¿No lo entiende?


-Lo siento, tendrá que averiguarlo por sus propios medios. Nosotros tenemos prohibido revelar información clasificada.


Abandoné la oficina hecho una furia.


Me sentí tan frustrado que diputé mi interés por simple nadería. El apego a los semejantes no está exento de ciertas frustraciones. Mi vida solitaria, si bien privada de emociones, quedaba muy a trasmano del sufrimiento nacido de las relaciones humanas.


Dejé, pues, que el tiempo transcurriera y que el olvido actuase como anestésico de mis sentimientos.


CONTINUARÁ...


El jardinero de las nubes.


lunes, 20 de junio de 2011

Cuentos urbanos: Cecilia y el mundo (I) - La despedida


Este cuento, pese a tener completo carácter de ficción, deseo dedicarlo a la memoria de Cecilia García Alcázar, profesora de matemáticas del IES Hernán Pérez del Pulgar de Ciudad Real, fallecida por enfermedad el 17 de marzo de 2011 y cuya amistad tuve la dicha de cultivar. Descanse en paz.


El poseer determinados nombres parece que predispone a abandonar la vida antes de tiempo. Yo ya cuento 50 años, y es como si algo me mantuviera aquí, por una razón que se escapa a mi entendimiento. Podría hablar de mi caso en particular, pero quiero referir que a lo largo de mi vida he conocido el caso de tres mujeres que tenían por nombre Cecilia y que abandonaron la vida con pasmosa celeridad: la primera fue una cantante, en 1976; la segunda una religiosa, en 1992; la tercera una profesora de matemáticas, amiga querida, cuyo óbito ha acontecido este mismo año de 2011.


Aún recuerdo aquel septiembre de 1996, en el instituto de aquella luminosa localidad manchega. Allí conocí a mi Cecilia. Era delgada y bonita, y llevaba su cabello negro recogido en una trenza de muchacha adolescente. Sonreía, sonreía mucho, siempre estaba sonriendo. Alguna vez hasta me contagió su sonrisa, a mí, que sentaba plaza como el más murrio de los profesores de filosofía que han ejercido en la enseñanza pública.


-Déjame que te invite a un café –me decía ella, Cecilia, cuando nos encontrábamos por los pasillos, y yo sólo la respondía con monosílabos y algún que otro gruñido.


No sé cómo se las arreglaba, pero los alumnos la querían un montón y aprendían muy bien las matemáticas bajo su tutela. Después de todos estos años, se me adivinan algunos de sus métodos: el cariño, la dedicación, la ilusión por cultivar las mentes más duras.


A Cecilia la recuerdo especialmente con el vientre abultado. Fue una madre venturosa, ansiosa de sembrar el mundo con su descendencia. ¿Realmente merece la pena traer hijos a este mundo?, solía preguntarla al objeto de arremeter contra su jovialidad. Y ella se reía a mandíbula batiente, argumentándome el error que había cometido dejando pasar mi juventud sin conocer la dicha de fundar una familia. “No tienes razón, Cecilia. Ninguna cadena me sujetará, y mucho menos la de los sentimientos”, le replicaba yo.


Sus anhelos de filantropía la llevaron a querer ponerse el mundo por montera. Quería repartir el inmenso amor que atesoraba su persona entre todos los seres vivientes. Decidió, pues, meterse en política.


La tierra manchega es por lo ordinario conservadora; aún están presentes los fantasmas de la Guerra Civil. Cecilia optó por ingresar en las filas contrarias al partido por entonces gobernante. Quiso convencerme de que yo hiciera lo mismo.


-No me gustan las miserias de la política –trataba de razonarle.


Pero ella era porfiada, y me respondía:


-Lo que te pasa es que tienes miedo de batallar, de tratar con la gente. Te encuentras muy cómodo en la burbuja de cristal que te has creado, pero en el fondo eres un infeliz.


Ella tenía razón. La vida me ha hecho comprobar la veracidad de su argumento. Ahora estoy escribiendo porque esta acción cómoda me permite cuando menos recrear la cercanía que una vez compartiéramos.


La campaña electoral en la que participó se vio coronada por el éxito. Cecilia sabía cómo llegar al corazón de las personas. Su sonrisa dimanaba amor, optimismo, entendimiento. Las urnas le dieron acceso a un cargo de responsabilidad en la administración regional. Pidió excedencia en su puesto de profesora.


Intenté no verla cuando vino al Centro a despedirse de sus compañeros. Me enclaustré en el departamento, baje las persianas y me dispuse al paso de las horas.


Pero Cecilia abrió la puerta sin llamar. Me dio un abrazo y un beso, a los que mi conmoción no me permitió corresponder.


-Me voy, Jesús. No sé cuándo volveremos a vernos. Cuídate mucho y no te conviertas en un profesor gruñón y amargado.


Se marchó con pies ligeros, sin recibir ninguna palabra mía. Alcé la persiana y la vi montar en su coche. Era primavera, pero para mí aquella marcha se asemejaba al alejamiento de un tren en una estación batida por las ráfagas del otoño.


-Cecilia, amor mío –musité en lo más doloroso de mi soledad.


E inmediatamente creí cometer una debilidad al pronunciar estas últimas palabras. No deseaba tener ninguna implicación sentimental en este mundo de miserias, pero Cecilia pulsó una de las destempladas cuerdas de mi corazón en agonía.


Intenté olvidar y centrarme en mis asuntos, y así fue por mucho tiempo. Estaba seguro de que Cecilia me recordaría más a mí de lo que yo la recordaba a ella.


CONTINUARÁ...


El jardinero de las nubes.