domingo, 6 de abril de 2014

La mirada del niño y del turista


En la sesión del 26 de marzo, empezamos el Taller de Escritura Creativa con la lectura de un poema de Jacques Prévert, que a continuación se transcribe:

DESAYUNO
Él puso el café
En la taza
Puso la leche
En la taza de café
Puso azúcar
En el café con leche
Con la cucharilla
Lo revolvió
Bebió el café con leche
Y reposó la taza
Sin hablarme
Encendió
Un cigarrillo
Hizo círculos
Con el humo
Posó las cenizas
En el cenicero
Sin hablarme
Sin mirarme
Se puso de pie
Se puso
La gabardina
Porque llovía
Y partió
Bajo la lluvia
Sin una palabra
Sin mirarme
Y yo, yo tomé
Mi cabeza con las manos
Y lloré

Este poema servirá de base para el ejercicio final del taller, pero en la inmediata se nos pidió que elaborásemos el guión de un relato, respetando los elementos fundamentales del poema, y dando respuesta a una serie de preguntas básicas sobre las circunstancias del relato. En mi caso, ésta es la propuesta que hice:

APUNTE PARA UN RELATO
¿Cuándo y dónde?
En Bilbao, comienzo de los años 80 del pasado siglo. Una mañana de lluvia torrencial, en la terraza acristalada de un ático con vistas a la ría del Nervión.
¿Quiénes?
Un hombre frisando los 40, y una mujer que rebasa los 55. Han sido amantes durante 5 años.
¿Qué sucede?
Ella ha dejado de ser atractiva para él. Él no se lo dice, pero esa mañana no rompe su silencio; desayuna y fuma su cigarrillo. Ella, que lo conoce bien, intuye lo que pasa; sabe que va a tomar una decisión crucial. Él termina de desayunar, aplasta su cigarrillo contra el cenicero, se coloca su gabardina y sale a enfrentarse con el rigor de la lluvia. Ella sabe que no va a volver, y las lágrimas revientan en sus ojos.

Seguidamente, estuvimos trabajando la técnica de la mirada del niño y del turista en literatura. En definitiva, se trata de ver hechos cotidianos como si fueran maravillosos y nunca vistos. Inspirándonos en la lectura de dos textos de Cortázar, la monitora nos pidió que relatásemos cómo explicaríamos a un extraterrestre algunas acciones cotidianas (bailar, abrir un grifo, estornudar, silbar o pintarse los labios). Teníamos que escoger dos acciones y se nos dieron cinco minutos para acometer la redacción. En mi caso, produje estos dos textos:

ESTORNUDAR
Sé que me estás mirando a través del espejo. Sientes tanto miedo de mí como yo de ti. No puedo moverme de mi rincón en el sofá. Tienes cabeza pero no ojos, cabellos pero no rizos, me das mucho miedo. Sí, tu gesto se desplaza de un lado a otro del espejo, mientras yo estoy aquí inmóvil, leyendo el libro que tenía entre mis manos antes de que aparecieras. Éstas me sudan, noto el aire cargado de polvo pesado e irritante, las aletas de la nariz me oscilan, la tráquea se me pone rígida, las cuerdas vocales se desafinan… Me asfixio, tengo que hacerlo… Se libera de mis labios un bronco y húmedo sonido, que a ti te parece eclosión de supernova, cañonazo de amenaza, el terror de lo que temes que te ocurra.
Desapareces por un momento del rectángulo del espejo. Pasa el rato y nada ha cambiado. Te atreves a mirarme de nuevo. Ya nuestro miedo compartido se ha disipado. La bruma se vuelve transparente entre nuestros rostros.

ABRIR UN GRIFO
En el espejo del baño vuelve a aparecer tu rostro. Ya miras sin recelo cómo abro el grifo. Se te figura agujero de gusano, criadero de estrellas, cielo de lluvia. Te gusta. ¿Es así como sonríes?

Para casa, la monitora nos pidió que siguiésemos el ejercicio con otras dos acciones, a las que podríamos añadir alguna más de las propuestas. A este fin, he preparado estos dos textos que presentaré en la próxima sesión:

AFEITARSE CON NAVAJA
Sabes de antes, porque me has visto prepararme un emparedado, que un cuchillo puede ser un arma terrible. Por eso creo apreciar tu turbación cuando observas cómo me llevo esta especie de cuchillo al cuello. Se llama navaja barbera, y te advierto que está mucho más afilada que el cuchillo que antes has visto. Hace falta un trozo largo de cuero sin curtir para asentar el filo de la navaja, porque si el mismo es deficiente, corro peligro de rebanarme la yugular; fíjate en los movimientos oscilantes sobre el pedazo de cuero: se diría una barca corriendo bordadas en un mar en resaca.
Después hay que preparar la nieve de jabón. Uso para ello esta brocha, adecuadamente humedecida, que es como pólipo oceánico y del color de las canas de una cabeza ultrajada por el tiempo, si bien con mayor carga de densidad. Aprieto la pella de jabón sobre los pelos remojados de la brocha, y la nieve se materializa con un murmullo placentero. Ahora la extiendo por mi rostro, que por un momento pierde todo semeje de rastrojo en la consumación del verano.
Viene ahora la parte más arriesgada del afeitado, que no por ser operación trivial requiere menos esmero y vigilancia. Noto que  te estremeces mientras practico estos espantables movimientos. La navaja arrastra consigo nieve y rastrojo diezmado. Mi rostro queda terso y brillante, como salón de baile en el preámbulo de una fiesta. Si mi pericia no es la adecuada, surgen breves veneros de sangre; nada que no se pueda solventar con la pasada de la piedra de alumbre, cuya cerúlea tonalidad te despierta recuerdos de la luna, el último astro en que se fijó tu mirada antes de dar por concluido tu viaje a la Tierra.
No lo olvides, el afeitado es labor netamente humana, es vanidad necesaria e higiene forzada, es necesidad de pronunciamiento núbil, ritual de relajación y combate contra el tiempo que todo lo desfigura. Ser terrestre tiene sus tristezas… pero también sus excelencias.

SILBAR
Oyes el viento de frente, o lo oyes tan tenue como una vigilia entre el rocío de las flores. Si tuvieras labios, podrías hacer lo que yo: los contraerías, pulsarías el diapasón de tus pulmones, dejarías que el viento se canalizara entre tus dientes y ya lo tendrías: vulgo silbido, melodía de pájaro, piropo de senectud, asombro como el tuyo, prosodia de aburrimiento, trabajo rutinario realizado con acierto y primor… Silbar no es algo que se aprenda, es algo que puede enseñarse. ¿No lo entiendes?


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).



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miércoles, 26 de marzo de 2014

Microrrelatos

En la sesión del día 12 de marzo, trabajamos en el Taller de Escritura Creativa la técnica del microrrelato. La monitora nos puso en la pizarra cuatro ilustraciones y nos dio un tiempo relativamente breve para confeccionar los microrrelatos que aquéllas nos sugirieran. A mí sólo me dio tiempo a escribir tres, y a continuación presento los textos acompañados de las respectivas imágenes:




PRESENTACIÓN
Llegó por fin el día de la presentación de su libro. Los invitados hablaron maravillas, extendiéndose en temas y detalles que jamás hubiera imaginado. Sonrisas y asentimientos por doquier.
Cuando le llegó el turno de hablar, subió a la tarima, miró al techo y dijo con rápido pensamiento:
―Yo no conozco al autor que ha escrito este libro.




VOYEUR
―¿Qué estás mirando, enanito? ¿Te gusta mi chumino?
―Para nada, es que tengo sed y tu chuminito me tapa la máquina de agua.




CUESTIÓN DE TAMAÑO… Y DE PRIORIDADES
Su memoria era como la de un elefante, y tan grande parecía, que cuando le llegó el turno de pagar sintió que le entraban ganas de evacuar.


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).
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domingo, 23 de marzo de 2014

Por el artífice de la libertad en España


Por Adolfo Suárez González, primer presidente del gobierno de la democracia de España.

La gente de mi generación se acostumbró a la palabra LIBERTAD, y el hombre que hoy ha fallecido abrió el camino a la misma en medio de grandes dificultades.

Estemos o no de acuerdo con su ideario, no se le puede escatimar el mérito de ser el artífice de un país nuevo y libre. Por desgracia, poco queda de aquel país que con tanto trabajo consiguió levantar. Hoy el consenso en las fuerzas políticas, que era su buque insignia, brilla por su ausencia. Hoy la democracia, independientemente del gobierno de turno, es una dictadura encubierta.

Hay y ha habido muchas dificultades en este país, pero reconocer el mérito de los grandes hombres es de justicia y necesidad.

Descanse en paz, PRESIDENTE...



Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


domingo, 16 de marzo de 2014

Cuentos urbanos: El inventor (XXIX) - El último milagro


Muy pocos de los allí congregados sabían quién era el autor del espectáculo de los cielos el día de Navidad. Diego Barrientos lo sabía, y también le asaltó la intriga de por qué el extraño orador reclamaba la presencia de aquél sobre el estrado.
—Aquí estoy —dijo Guzmán de Arteaga, con voz inusualmente sonora, abriéndose un hueco entre la multitud.
—Aproxímese acá, si es tan amable —dijo el orador—. Dentro de este estrado tengo un objeto que le pertenece.
La misma intriga que experimentaba Guzmán de Arteaga, se hizo extensiva al resto de la concurrencia. El orador hacía señas al interpelado para que apresurase su paso. Por un instante, sólo pareció escucharse el canto de ausentes gorriones. Guzmán de Arteaga se encaramó a lo alto del estrado.
—Aquí estoy —repitió fijándose con asombro en la multitud desde esa posición.
El orador abrió una trampilla, oculta en el centro del estrado. Haciendo un relativo esfuerzo, sacó a la luz un objeto que no le resultaba desconocido a Guzmán de Arteaga.
—¿Lo reconoces?
—Empleé muchas horas de mi soledad en esta invención —dijo Guzmán de Arteaga—. Pero se destrozó y desarticuló por completo al caer por los acantilados.
El diálogo lo mantenían en voz baja. La multitud no se enteraba de lo que estaban hablando.
—La máquina se cayó, pero yo la volví a montar.
Guzmán de Arteaga extendió al máximo el arco de sus cejas.
—Nadie más que yo sabía cómo armarla.
—Tu conocimiento, aunque no lo creas, dimana de una fuente poderosa que queda más allá de las palabras escritas en todos los libros que han sido publicados y en los que no lo han sido.
—Habla como si todo aquello que aprendí me hubiera sido revelado por causas no naturales.
—Muchas causas naturales permanecen tras el velo del desconocimiento.
—No soy un hombre tan complicado.
—Eres simplemente un hombre especial, aunque de aquí a no mucho tiempo estarás alegre de ser un hombre sin más.
—Ya tengo edad para sentarme y descansar de mi camino, gozando de los frutos que haya podido cosechar.
—Pero antes de que eso ocurra, se espera que hagas una última cosa.
—No entiendo.
—Tu máquina está preparada para un último servicio. Una vez concluido éste, volverá a ser tan inútil como cuando se descompuso en los acantilados.
 —¿Un solo uso más?
—Eso te he dicho. Y sólo tú puedes elegir el uso que has de darle.
—¿Y tengo que saberlo, así sin más?
—¡Cuántas cosas sabes de las que no te das ni cuenta!
—Entonces, después de este uso, la máquina no volverá a funcionar más —meditó Guzmán de Arteaga.
—A menos que construyas otra igual.
—Me llevó años fabricar la máquina, reunir las piezas, hacer pruebas innumerables, privarme de muchos momentos hermosos… Ahora quisiera pasar el resto de mi vida disfrutando de lo que antes no disfruté.
 —Estás en tu derecho.
—Lo que no deja de sorprenderme, es que usted haya recompuesto la máquina en unas horas escasas, cuando a mí me llevó años montarla.
El anciano dejó entrever una sonrisa caballuna, que formaba grotesco contraste con su seriedad de poco antes.
—Amigo Guzmán, aunque tu mente sea portentosa, hay dominios que aún no ha tanteado, porque nadie le ha facilitado los medios y el camino. Tú mismo has perfilado cuál habrá de ser el resto de tu vida. Podrías haber sido un buen candidato para andar el camino que no está marcado en ninguna parte del mundo creado por la humanidad. Tienes, no obstante, una oportunidad de ser feliz, y la sabiduría no puede mostrarse egoísta. Vive en paz, y hazlo intensamente. Te queda mucho tiempo por recuperar.
—No entiendo todo lo que me dice, pero le quedo muy agradecido.
—No puedes caminar por la vida queriendo entenderlo todo. La Creación es un rompecabezas muy complejo, y una sola persona no puede tener la vana pretensión de encajar todas las piezas… Ahora procede.
—¿Sin saber aún qué uso darle a la máquina?
—Tampoco lo sabías la mañana de Navidad, cuando desplegaste el milagro en los cielos. No lo sabías, y, sin embargo, todo lo que ahora está sucediendo en esta plaza es por causa del milagro de los cielos. El no saber lo que se puede hacer, no implica que no se puedan lograr cosas importantes.
—De acuerdo —dijo Guzmán de Arteaga, con una mirada arrebatada por la emoción—. Daré un último uso a la máquina.
—Estamos esperando —repuso el anciano, señalando a la multitud que se agolpaba en la plaza.
La máquina emitió un siniestro zumbido cuando Guzmán de Arteaga pulsó la tecla de puesta en función. Un raro pánico se adueño de todos los que contemplaban la operación, excepción hecha del anciano, que parecía estar bastante acostumbrado a los prodigios.
La imaginación de Guzmán de Arteaga se canalizó por medio de la máquina. Los habitantes de la ciudad costera de Gijón contemplaron una nueva nevada. Pero esta vez la nieve se atrevió a desafiar la ley de la gravedad, y ascendía en vez de precipitarse. Nadie fue capaz de localizar el inicio de la nevada; era como si la tierra y el mar se hubieran fundido en nubes, aunque sin mostrar la consabida apariencia vaporosa. Las pocas nubes que había en el cielo estaban desparramadas, por lo que la luz del sol repartía libremente sus brillos. Un hermoso arco iris tendió su curvatura por la ciudad, teniendo su origen en el monumento de Chillida y tocando su otro extremo la cúspide de la Torre del Reloj de la Universidad Laboral. Diego Barrientos, a la vista de este último fenómeno, acertó a adivinar los derroteros por los cuales se movía la imaginación del hombre que viera por primera vez en el interior de la descomunal burbuja transparente.
Al cabo de unos instantes, la nieve dejó de ser tal, y mudó su apariencia en una infinidad de pompas de jabón de todos los colores imaginables. Murmullos de crecido asombro se elevaban de las bocas de los asistentes al prodigio. Y el resto del mundo, por mediación de las ondas televisivas, también se estremecía ante la maravilla de las imágenes que poblaban los cielos de Gijón, y del mar Cantábrico por añadidura.
Fue entonces cuando Guzmán de Arteaga pensó que debían ser oídas las palabras que bullían en su cerebro. Aunque no se tratara de un sonido agudo e hiriente, todos los oídos habrían de escucharlo, tanto los presentes como los ausentes.
—No quiero extenderme demasiado. Sólo podré utilizar la máquina una última vez. Luego quedará el silencio de la vida. Diré lo que siempre quise decir estando tan solo en los años que me han sido concedidos sobre la Tierra… Una palabra para desear que desaparezcan las tristezas en el mundo… Una palabra para lograr que el hambre deje de existir en la especie humana… Una palabra para que terminen todas las guerras… Y finalmente una palabra para decirte que te amo… Irene.
En ese momento, las burbujas desaparecieron en un triunfo de estallidos de colores irisados. La visión del mundo desapareció por unos instantes de las retinas de los asistentes al prodigio. Aquello marcaba el fin… o tal vez el principio.
—La máquina de los milagros no volverá a ser utilizada —sentenció el anciano, con un asomo de compunción en su acento.
—Ya lo sé, señor —asintió Guzmán de Arteaga, triste pero en el fondo alegre—. Sólo resta esperar que fructifique la semilla que ha sido sembrada.
Inopinadamente, alzó por encima de sus hombros la máquina de los milagros, y, como hiciera Moisés con las Tablas de la Ley, la arrojó con determinación al suelo, donde se descompuso en mil pedazos inidentificables.
Acto seguido, el anciano dijo con voz de trueno:
—Desde ahora se opera un cambio. No olviden las palabras que el inventor de la máquina prodigiosa ha pronunciado. La humanidad, en su conjunto, dispone de los medios necesarios para decir adiós a las tristezas, al hambre y a las guerras. Para esto es necesario perdonar y partir de cero. Que los poderosos olviden la desesperación de los humildes y sus actos dictados por la misma, y que los humildes sepan que, aunque no puedan olvidar el dolor, la gloria del perdón les hará ser sublimes. Desde este momento, y en virtud de las condiciones acordadas con el estado español, son todos libres. Pueden ir en paz.
Apenas se había disipado el eco de la última palabra del anciano, Guzmán de Arteaga ya bajaba premioso los escalones del estrado. Sólo tenía una vida para aprovecharla de la mejor manera posible. Su corazón albergaba el deseo dolorosamente diferido de amar, y el objeto de su amor aguardaba a pocos pasos de allí. Irene ya corría a su encuentro, con los brazos extendidos en una adorable pose de bailarina.
El amor los había unido, y no querían que ninguna circunstancia de la vida los separase. Su abrazo constituyó un ejemplo para la multitud. Realmente, sobraban motivos para perdonar y conceder un amplio margen a los buenos sentimientos.
Los padres y la hermana de Irene se quedaron atónitos al enterarse del sentimiento que mediaba entre ella y el peculiar profesor. Tendrían que asumirlo. Ese hombre le sacaba demasiados años a ella. Resultaba cuando menos incómodo imaginarlo, pero nadie dijo jamás que los caminos de la dicha y el amor fueran sencillos de recorrer. Como quiera, Irene estaba aquí, sana y salva… y feliz por añadidura.
El anciano, consciente de que su misión ya estaba cumplida, tomó la opción de retirarse discretamente, de desaparecer como un barco en la niebla, sin vaticinar un próximo regreso. El estrado vacío quedaría como única huella de su paso por tan trascendente episodio de la historia de la ciudad portuaria de Gijón.
Un júbilo inexplicable se apoderó de la multitud. A muchos les entraban ganas de bailar y gritar de alegría. Casi nadie entendía todas las implicaciones de lo que había ocurrido, pero ¿por qué había que dar margen a la tristeza cuando, según se presumía, había amplias razones para alimentar la esperanza? La gaita, que antes entonara cánticos guerreros, ahora se desgañitaba en joviales tonadas. El mundo que había al otro lado de las cámaras de televisión, se hizo eco de la grandeza que estaba contemplando. En todos los países hubo sonrisas y gestos triunfales. Eran tiempos navideños, y el barrio de Cimavilla refulgía como una gema cercada por el mar.
Diego Barrientos observó que alguien le venía al encuentro, entre medias del jolgorio de la multitud. Se trataba del coronel Bertin. Le acompañaba un contrito comandante Serrano, que a todas luces intuía los desafueros de su superior al mando. Barrientos hubiera dado cualquier cosa por evitar semejante encuentro.
Había algo diferente en la fisonomía del coronel; se diría que se había borrado todo rastro de crueldad y petulancia. Pero Barrientos se puso a la defensiva, por cuanto no podía evitar el recuerdo de todo lo malo de su relación con el coronel Bertin. Su cuerpo, aún magullado, experimentó una alerta de prevención.
—Diego, vengo a pedirte perdón… Con todo lo más sincero que hay en mí.
Una isla de silencio emergió en medio de la alharaca circundante. La incomodidad de Barrientos resultaba casi insoportable. Pero en cuanto tuvo delante los ojos de su antagonista, sus facciones se relajaron y cobró arrestos para declarar:
—Si yo he sido perdonado, no tengo razón para no perdonar a mi vez. Por mí queda todo olvidado, mi coronel.
—Déjame darte un abrazo.
Sin poder reprimirse, Barrientos se vio abocado a un abrazo con el que hasta hace poco fuera su encarnizado enemigo. No quería pararse a considerar si el arrepentimiento del coronel Bertin era verdadero o fingido, movido tal vez por el temor de que salieran a la luz los malos tratos que había infligido al hombre que ahora estrechaba entre sus brazos. Barrientos no sucumbió demasiado a esa efusión, pero se dejó hacer. Tras tanta vida de sufrimientos, necesitaba dar un nuevo rumbo a su existencia… Emoción por parte del culpable, ratificada por derramamiento de lágrimas, misericordiosa indolencia por la del inocente. Las lágrimas no borran el pasado, pero contribuyen a aliviar los dolores del mismo. El abrazo duró más tiempo del que Barrientos hubiera deseado.
—Gracias, Diego.
—No hay de qué —pronunció con acento glacial.
—Me tendrás siempre para lo que necesites.
—Gracias.
Entonces, Barrientos se apercibió de que otro rostro se destacaba en medio de la muchedumbre allí apiñada. Una mujer que le contemplaba con maternal cariño. Una mujer cuya cabellera la brisa del cielo alborotaba en plateados mechones.
—¡María de la Encina!
Esta vez el nuevo abrazo se adaptó a los deseos de Barrientos, hasta el punto de que se le acabaron saltando las lágrimas.
—Querido Diego.
—¡Qué bueno tenerte aquí, María de la Encina!
La doctora Canales no quería deshacer el abrazo del amigo fiel, al que hacía tiempo consideraba su hijo querido.
—Tomé el coche y vine desde Madrid sin concederme un respiro. ¡Cuánto me alegra ver que estás bien!
—Fracasamos.
—¡De eso nada! Nuestro triunfo ha sido clamoroso.
La gaita seguía templando los aires de la fiesta, ahora apoyada por los risueños tientos de un acordeón. La alcaldesa, tras mantener un breve parlamento con el delegado del gobierno, buscó la presencia de Sebastián, su vigilante en las horas de la rebelión. Puso su mano en la de él, y un calor muy vivo se traspasó de unas venas a otras. Se miraron. Ella sonrió sinceramente, y él dejó aparcada su habitual expresión de melancolía; tenía todos los motivos para sonreír a su vez.
El padre Leandro y el macarrilla de Borja también estaban en los mejores términos.
—¡Ey, páter, qué dabuten que todo haya terminado así!
—No digas palabrotas ni blasfemes, hijo mío, o me veré obligado a negarte la absolución.
—Me la ibas a dar de todas formas.
—No estés tan seguro.
Se dieron un abrazo entre risas.
Jerónimo Ortega, tras estar tantos meses al frente del movimiento del 15-M en Gijón, se sentía como un reloj sin maquinaria. Las cosas habían terminado aparentemente bien. El tiempo diría si era necesario proseguir la lucha o empeñar otras nuevas. De momento, los del 15-M parecían bien integrados en el jolgorio general. Jerónimo presentía que sería difícil volver a convocar a sus camaradas. La soledad ya formaba un halo invisible en torno a él. El acordeón sonó muy cerca de sus oídos. Agachó la cabeza y entornó los ojos.
Irene había presentado a Guzmán de Arteaga a su familia. Los padres de ella le miraron con cierta suspicacia y prevención, no obstante la importancia y el protagonismo que toda la multitud le había adjudicado. Irene aseguró que él era el hombre de su vida y que jamás buscaría en otros jóvenes de su edad lo que había encontrado en la persona de Guzmán de Arteaga. El padre de ella no pudo por menos de preguntar:
—¿Estáis seguros de lo que estáis haciendo?
—Totalmente, papá —repuso Irene convencida.
Guzmán de Arteaga ladeó la cabeza con marcado gesto de melancolía. Era consciente del tesoro de juventud y bondad que había conquistado y de lo poco merecedor que se consideraba del mismo.
—Señor profesor, cuide de mi niña —le dijo la madre de ella.
Los lagrimales de Guzmán de Arteaga casi acabaron segregando fluido de emoción.
—Si valiera cambiar mi vida por la de Irene, no duden que lo haría con toda felicidad.
—No dudamos que así sería —dijo el padre.
—¡Amor mío!
Irene lo apretó entre sus brazos, lo cual dio mayor énfasis a la celebración que les rodeaba. Aunque por pudor Guzmán de Arteaga se había privado de besar a su amada, ésta tomó la iniciativa. La felicidad que ambos experimentaban, aventaja todo intento de descripción.
CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).



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domingo, 2 de marzo de 2014

Binomio fantástico y la redención de Pinocho


En la anterior sesión del taller de escritura creativa, Cristina Serrano, la monitora, nos encargó que pensásemos en una palabra; en mi caso fue “Nostalgia”.
Hoy vamos a trabajar la técnica del binomio fantástico, para lo cual la monitora nos asigna a cada uno una palabra (“Ventana”, en mi caso), para que en unión con la palabra que habíamos pensado en la anterior sesión, laboremos una historia por espacio de diez minutos. En mi caso, me cupo trabajar el binomio “Nostalgia-Ventana”. Éste es el texto que produje:

BINOMIO FANTÁSTICO (NOSTALGIA-VENTANA)
Mayor que el peso de mis piernas, que no me conducían adonde quería ir, era el de mis labios sellados. Su ventana respiraba muy cerca de la mía. Tras los tiestos de geranios y aspidistras, ocultaba mis ojos para poder contemplarla a mi sabor. Era tan hermosa, que mi incapacidad no se atrevía a hollar el relicario de sus silencios. Nos hicimos jóvenes a la vez, y no logré, pese a nuestra evidente cercanía, que ella supiera cómo era el rompecabezas irreconciliable de las inflexiones de mi voz.
—Hola —me atreví a susurrarle una tarde de ese abril madrileño, cuando el nimbo de su rostro taladró por fin la dureza de mi pecho.
—Hola —respondió ella, sonriéndome.
Un viento azucarado por la gloria naciente de la adolescencia, agitó las flores de mi ventana.
Atisbé de nuevo, y ella ya se había ido.
Mañana volveré a saludarla, susurré para mis adentros; mañana mis labios no tendrán peso. Mañana aprenderé a sonreír y a olvidarme de las nostalgias.

Acto seguido trabajamos la técnica del plagio creativo, que consiste en hacer una refundición de un cuento conocido. La monitora nos puso como ejemplo el cuento de Cenicienta, y nos encargó que en casa redactásemos un cuento utilizando esta técnica. Yo he escogido el personaje de Pinocho, y éste es el texto que presentaré en la próxima sesión:  

LA REDENCIÓN DE PINOCHO
Gepetto se sentía solo. Ya era viejo y la carcoma comenzaba a afligir sus articulaciones de madera. Tenía miedo de morir en soledad. Y ya era tarde para pedir licencia al emperador para cortar un cerezo y labrarse un hijo de madera. La tristeza de la soledad era más corrosiva que la carcoma.
Un día abrió la puerta de su cabaña y se encontró en el umbral un enorme pedazo de arcilla de amasar. Él no lo sabía pero era un regalo del hada de cabello azul: se trataba de arcilla del jardín de Edén, la misma que usara Dios para dar forma a Adán.
Gepetto se consoló, y con la arcilla modeló la figura de un niño. Desde los cielos, el viento transportó un soplo vital que hizo que la figura se transformase en carne y hueso. Gepetto se sintió emocionado, y dijo: 
—Te trataré como si fueras mi hijo, aunque no seas de madera como todos los seres que nos rodean. Te llamaré Pinocho, y serás la alegría de los últimos años de mi vida.
Gepetto amó a Pinocho, un niño de carne y hueso en un mundo de madera. A copia de grandes esfuerzos, consiguió matricular a su hijo en el grado elemental de la escuela de carpintería. Todos los compañeros de clase de Pinocho eran de madera, y él se dolía de ser tan diferente. Ni siquiera los consejos de su amigo Pepito Grillo le disuadían de sus empeños por hacerse un niño de madera.
—¿Quién me formó así? —le preguntó una tarde al regreso de la escuela de carpintería.
—Fue la hermosa hada de cabello azul —respondió Pepito Grillo—. Es de carne y hueso como tú.
—¿Dónde podré encontrarla?
—El mundo es demasiado extenso.
—Iré en su busca. Ella sabrá cómo convertirme en un niño de madera.
Pinocho marchó errante por el mundo sin decirle nada a su padre. Corrió muchas aventuras: la serpiente de cola humeante, los músicos de Génova, la hostería misteriosa, la ballena vacía… Pero la hermosa hada de cabello azul no aparecía por ninguna parte. Decidió, pues, regresar al lado de su padre.
Habían pasado muchas cosas desde su ida. La ciudad estaba sometida a la tiranía del gigante Comefuego; todo aquel que trataba de resistírsele, acababa sirviendo de pasto a su descomunal hoguera. Cada semana se convocaba a cien habitantes en la plaza del Ayuntamiento, para pasarlos por el fuego y evitar de esta forma que la hoguera se consumiera.
Cuando Pinocho arribó a casa, descubrió que Gepetto no estaba.
—Lo han capturado para alimentar la hoguera de Comefuego —le explicó tristemente Pepito Grillo.
Presa de una desesperación irreprimible, Pinocho se encaminó a la plaza del Ayuntamiento, donde la hoguera levantaba sus llamas a gran altura. Reconoció a Gepetto tras los barrotes de la jaula de los cautivos.
 —Libera a mi padre —le exigió a Comefuego, que acababa de darse un gran festín con las viandas que asaba en la hoguera.
Este último se le quedó mirando con unos ojos como los badajos de la campana de la Catedral. Su larga barba estaba constituida por llamas serpenteantes.
—¿Quién eres tú? No estás hecho de madera.
—¡Mentira! ¡Yo soy un muñeco de madera como todos los habitantes de esta ciudad!
Comefuego prorrumpió en risas demoníacas. Pinocho, enfurecido, se acercó a la cercana fuente y llenó un balde de agua. Acto seguido se encaminó hacia la hoguera.
—Arderás como todos los que lo han intentado —le espetó Comefuego.
Gracias a que Pinocho no estaba hecho de madera, pudo acercarse, no sin grandes esfuerzos y dolores, a la hoguera y arrojar sobre las brasas el contenido del balde. Las llamas emitieron un silbido agónico.
—¡Maldito! —chilló Comefuego, que tan ahíto de comida estaba, que le fue imposible ponerse en pie.
Balde a balde, Pinocho logró sofocar la hoguera. Los prisioneros fueron puestos en libertad. Gepetto y Pinocho se fundieron en un abrazo emocionado.
—Eres mi hijo, y te quiero tal como eres.
—Eres mi padre, y quiero ser como tú me quieras.
Pinocho acabó aceptándose y vivió dichoso entre los muñecos de madera. Permaneció en la ciudad hasta que la carcoma acabó con los días de Gepetto. Entonces partió para recorrer el mundo, esta vez sin un propósito definido. Su amigo Pepito Grillo lo acompañaba, posado sobre el ala de su sombrero.
Un día llegaron junto a un palacio de torres de cristal, cuyas almenas se perdían en las nubes. En los jardines se encontraron con una hermosa joven de cabello azul.
—¿Quién eres tú? —le preguntó ella a Pinocho, luciendo las perlas de su sonrisa.
—Yo soy Pinocho, un muñeco de madera.
—Siempre deseaste ser eso, ¿verdad?
—Siempre lo he sido.
De repente, Pinocho sintió que algo le estaba ocurriendo. Pepito Grillo, sobrecogido de espanto, saltó a la hierba. Se fijó en las manos y la nariz de su amigo y descubrió que eran… ¡de madera!
Pinocho, cuya nariz había crecido desmesuradamente, miró con unción a la joven, y con una sonrisa le dijo:
—De madera o de carne y hueso, yo soy Pinocho.


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).



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sábado, 22 de febrero de 2014

¿Por qué escribo?


En fechas pasadas, me he apuntado a un taller de escritura creativa en la BPE de Ciudad Real, dirigido por Cristina Serrano. Tengo intención de ir colgando los textos que me sean propuestos como ejercicios de dicho taller.
En esta primera sesión, la monitora nos propuso la redacción de un texto en el que reflejásemos las cosas que nos gustan y las que no nos gustan. Negándome a hacer un simple listado, rompí el tópico y produje el siguiente texto, para lo cual se dispuso de un tiempo de doce minutos: 

CUESTIÓN DE GUSTOS
Las palabras, engranajes de pensamientos e hilos rectores de experiencias sensoriales. Todo acaba contradiciendo las palabras, pero son perseguidas, buscadas como refugio, como crisol de lágrimas y sufrimientos. Cada paso se anda a causa de las palabras, grabadas en mármoles más resistentes que la propia vida. Las personas concebidas como palabras, después como ideas y acaso, finalmente, como realidades. Egos desatados, traiciones previsibles, sentimientos reprimidos y, en raros casos, las palabras eclosionando la vida en una ilusión largamente acariciada. No es posible valer más que la palabra empeñada, la lucha puede pretenderlo, pero quien se enfrenta a las palabras acaba saboreando la derrota de forma ineluctable.
No es lo mejor, tal vez, pero sí lo más sublime. No entender no implica no coronar las cumbres de la grandeza. Aunque todo falte, una palabra hiere y otra palabra sana. Lo perdurable es lo que aún no se ha encontrado en el caótico laberinto de las palabras. Yo lo hallaré, porque aunque no crea en mí mismo, me considero un pastor de palabras, un jardinero de nubes, un solitario convencido, un incapaz talentoso, un malvado redimido… Yo soy un hijo de las palabras.

Con posterioridad, nos fue propuesta para casa la redacción de un texto que respondiera al título "¿Por qué escribo?". He aquí mi contribución, que será presentada en la siguiente sesión del taller:


¿POR QUÉ ESCRIBO?
Esa noche cayó en el pueblo una copiosa nevada de hielo e impiedad. Transcurría el último fin de semana de febrero de 1983. Habían cortado el suministro eléctrico y fue necesario recurrir a las velas. Se hicieron largas y tediosas las horas de oscuridad, agravadas por la sensación de frío que cundía por toda la casa. El único refugio se concretaba en el cuarto de la estufa de hierro colado, en cuya panza ardían troncos de olivo añejo. Mis padres no hablaban; estaban como sumidos en un estado hipnagógico, recogiendo sus pupilas los inciertos destellos de las velas. Yo me aburría soberanamente, pero no quería irme a dormir antes de tiempo. Era temible imaginar el helado contacto de las sábanas de hilo y la lana del colchón, que no adquirirían la temperatura idónea hasta pasado cierto rato. 
No me explico cómo, pero entre los redondeles luminosos de las velas apareció mi cuaderno de música. Se me ocurrió pedirle a mi padre que me prestara su pluma estilográfica, una Sheaffer de cuerpo de resina negra, sin gavilanes y con plumín de oro de 14 kilates. “Ten cuidado, no me la vayas a estropear”, me advirtió tras tendérmela a regañadientes.
Abrí el cuaderno con las pautas musicales y me fui a una de las páginas del final. Luz de velas, el chisporroteo de troncos incandescentes en la estufa, las sombras anudadas contra los silentes frisos de madera antigua, el cuaderno abierto, el silencio de la nieve acumulada, la pluma a punto de prodigar su linfa creativa. Algo era necesario que fuera contado. Sin apenas percatarme, advertí el sonoro rasgueo de la pluma sobre las pautas musicales. La luz de las velas se rompía en esquirlas irisadas al incidir sobre las facetas del plumín de oro. Surgieron las primeras palabras de tinta negra. Una frase convocó a otra y, cuando me quise dar cuenta, ya había completado el espacio de dos páginas.
Era la historia de un pueblo sepultado en la nieve, a cuyas calles acudían los lobos en hambrienta jauría. La campana de la iglesia doblaba a difuntos. Las estrellas, ensartadas en el firmamento, sólo auguraban promesas de más frío y desamparo. La tahona del pueblo, escasa de harina y trabajadores, empezaba a cocer las primeras cochuras. El sabor del trigo tostado impregnó mi paladar. Los lobos aullaban en calles y plazoletas, el hielo crujía en las tumbas del cementerio…
—Es hora de ir a dormir —avisó mi madre—. Vamos a apagar las velas.
Me sentí incómodo. La historia debía continuar, hacerse tan larga como el lecho de un río, aspirar de nuevo el olor del papel, la tinta fresca y las velas acabadas de despabilar. Yo quería que las palabras cobraran sentido cada noche de mi vida, cada claro atardecer de primavera, cada momento de dulzura espiritual. El placer tenía que materializarse en cada una de las historias que salieran del telar de mis sueños.
Aún las velas despabiladas me alumbran cuando escribo, aún la pluma de mi padre me extasía con su crujir sobre el papel pautado. Es necesario que así sea; la vida me va en ello. Con palabras frescas de tinta no hay noche de invierno exenta de belleza. Arden los sentimientos, cual recios troncos de olivo, en la estufa de la mente creadora.

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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domingo, 2 de febrero de 2014

Cuentos urbanos: El inventor (XXVIII) - El discurso definitivo


—Me ha sido dado el poder para decidir lo más acorde a efectos de resolver el dilema —prosiguió el orador—. Por mi mediación ha desaparecido la situación apurada que padece el país desde el punto de vista económico. He pagado generosamente el derecho a estar sobre este estrado dirigiéndome a ustedes. A estas horas, la bolsa de Nueva York ha de estar haciéndose eco de la inyección de liquidez que ha sido administrada a las arcas españolas. Yo conozco la causa y los medios utilizados, pero no se me antoja más que poner de relieve los efectos que han derivado de todo esto.

—¡Corta el rollo, tío! —terció un pintilla de los que se habían alzado en Cimavilla.

—El rollo está cortado. Ya nada hay que temer.

—¿Y quién eres tú? —preguntó otro de los que estaban al pie del estrado.

—No tengo por qué decirlo pero lo diré. Mi nombre es Ilya Karpovitch… Represento a alguien que desde hace poco habita en el recinto de un castillo roquedo. Pagó su derecho a la soledad, y en el contrato firmado con el estado español dejó previsto un margen de maniobrabilidad para intervenir cuando se le antojase, en cualquier cuestión que su criterio considerara. Yo soy amigo de ese hombre, y yo fui quien le pidió que interviniera en esta ocasión.

—¿Quién es ese hombre?  —hubo un tercero que preguntó.

—Hace tiempo que renunció a su verdadero nombre… pero hoy se hace llamar el ojo de la abadía. Pero, cambiemos de tema, vayamos a lo sustantivo. Es cosa de que nos preguntemos todos por qué han ocurrido tantos acontecimientos increíbles en esta apacible ciudad costera del norte de España. La misma sociedad, o sus responsables, han sido los principales desencadenantes. Siempre que sucede algo que se sale de lo ordinario, se tiende a buscar unos culpables. El país se debate en la miseria y la desesperación. ¿Quiénes son los culpables, pues? Todos los señalan, pero muy pocos son los que se atrevan a imputarles. Las autoridades civilmente constituidas buscan unos reos, bajo la recurrente acusación de haber trastornado el orden constitucional… El orden que en su día los representantes del pueblo plasmaron en una carta magna, jurando no vulnerar ninguno de sus principios. Y en estos tiempos se han vulnerado tantos de estos principios, que la Constitución Española de 1978 corre peligro de transformarse en papel mojado. ¡Qué curiosa paradoja! Los mayores imputados buscan a todo trance que se condene a los menores imputados.

Algunos, sobre todo los miembros de la clase política, soltaban bufidos intencionados, para intentar que no se dignificaran las palabras del orador, que tanta incomodidad les causaban. Quizá los menos versados en cultura eran los que mejor asimilaban el discurso del hombre misterioso.

—En teoría, ya no tendría sentido nada de lo que estoy exponiendo. Había un problema, y ya se han sentado las bases para solucionarlo. Pero el que lo ha solucionado ha fijado un precio, y en su momento, no hace mucho, se firmó que ese precio sería satisfecho cuando a aquél le conviniese. En muchas épocas de la Historia, se han concedido indultos que en varios casos beneficiaron a quienes no los merecían, en detrimento de los que en verdad los merecían. Barrabás fue indultado, y Jesús de Nazareth condenado. Hoy la fuerza más poderosa de este mundo (esto es, el dinero) evitará que suceda algo parecido.

Pese a que muchos notaban oscuridad y ambigüedad en las palabras del hombre misterioso, algunos, sobre todo los que más tenían que perder, vislumbraban un albor de esperanza en lo que estaban escuchando.

—No obstante, me causa un dolor y una repugnancia instintiva admitir lo evidente: no existen fronteras establecidas para el poder del dinero. Ni siquiera la dignidad tiene un precio que el dinero no pueda alcanzar. Dulzuras, zalemas, sonrisas, diligencias, adulaciones, e incluso falsedades perfectamente camufladas de virtud, encuentra a su paso el dinero. El fiel de la balanza de la justicia se inclina abruptamente del lado del dinero… Tal es la razón de que no a pocos nos dé asco vivir en un mundo así constituido… El mundo en que ahora nos encontramos.

Ya la concurrencia empezaba a avistar con claridad meridiana el punto al que el orador quería llegar. No todos estaban de acuerdo con sus opiniones, porque hasta los más depauperados soñaban con las prebendas del dinero. Barrientos y Guzmán de Arteaga compartían un mismo pensamiento: a ellos les había preocupado siempre muy poco la posesión del dinero; teniendo lo bastante para subvenir a sus modestas necesidades, ¿qué más podían ambicionar?; de ahí que confraternizaran al ciento por ciento con la reflexión que el hombre de sobre el estrado estaba planteando.

—Aunque algunos de los aquí presentes se nieguen a someterse a las condiciones que aquí expreso, un poder que queda por encima de ellos, un poder claramente temporal, sabrá obligarles, como ellos obligaron a las instancias que quedaban por debajo de las suyas. El indulto se impone, y aun así el precio pagado aún supera ventajosamente a lo que fue prometido por parte del gobierno de la nación. La promesa debía cumplirse, porque de lo contrario lo aportado podría ser retirado pese a todos los impedimentos que intentaran ponerse. El mismo delegado del gobierno, aquí presente, les podrá certificar las enérgicas instrucciones que ha recibido para que yo pueda ser escuchado en esta tribuna del pueblo.

La autoridad mencionada sólo pudo agachar los hombros, como si un peso considerable gravitara sobre los mismos. No tenía ninguna objeción que formular a las palabras del orador misterioso.

—Si alguna autoridad subordinada —matizó éste, haciendo un gesto disuasorio con los puños apretados— tuviera la genial idea de invalidar el acuerdo suscrito por el estado español y por quien he mencionado, sería motivo suficiente para que este último mandara retirar el inmenso caudal que ha depositado en las arcas nacionales.

—¡Yo me niego a esta componenda! —sonó una voz, áspera como el esparto, en medio de la multitud.

El orador localizó al punto el rostro de quien había hablado.

—El coordinador de los Servicios Periféricos de Educación de la provincia de Ciudad Real —dijo con irónica entonación—. ¿Qué tiene usted que decir?

—Yo condeno toda posibilidad de indulto. Mis compañeros y yo hemos sido retenidos en contra de nuestra voluntad y sometidos a un trato vejatorio.

Algunos murmullos se alzaron del lado de los que mencionaba el coordinador. Barrientos sintió cómo la indignación hervía en su interior.

    —¡Exijo justicia, las leyes me amparan!

El orador dijo de un modo flemático:

—¿Justicia de puertas para afuera o de puertas para adentro?

Al coordinador se le puso el rostro como la grana. Sentía clavada en la suya la penetrante mirada del orador, aunque hubiese de por medio unas gafas de sol.

—No hay nadie que no tenga pecadillos que encubrir, ¿verdad, señor coordinador?

—No serán tan cuantiosos como los suyos —tuvo el atrevimiento de replicar el interpelado.

En ese instante, se destacó de entre la multitud la figura del delegado del gobierno en el Principado de Asturias, y, yendo al encuentro del coordinador, acabó diciéndole por lo bajo:

—Haga el favor de regresar a su sitio en la fila… y cállese.

Al coordinador no le quedó más remedio que obedecer, todo pálido de humillación. Poco faltó para que arrancaran a abuchearle.

Tras este desagradable lapso, el orador carraspeó para aclararse la garganta y prosiguió con su plática:

—Mi palabra es definitiva. Tengo autoridad para imponerme a las instancias más elevadas de este gobierno. El indulto es un hecho firme. Todo está olvidado, todo está corregido… Todo queda perdonado.

Muchos tenían miedo de romper el opresivo silencio por si las palabras del orador resultaban ser un bulo. Era muy importante lo que éste acababa de anunciar, tanto que algunos exteriorizaron el impulso de romper en muestras de júbilo.

Dos miradas, entretanto, se adoraban en medio de la muchedumbre. Guzmán de Arteaga estaba ansioso de que todo aquello terminara, de que las cosas retomaran su pulso normal, de que pudiera gritar al mundo el inmenso amor que sentía por Irene. Le constaba que los padres de ella andaban cerca, y eso le reprimía de acudir al encuentro de su amada; él comprendía que el derecho de los padres era prioritario al suyo. Se recreaba en la sensación de  anticipada felicidad por lo que el futuro pudiera depararle.

—Aún tengo algo que añadir —dijo el orador con voz de trueno.

Los centenares de rostros derivaron hacia el estrado. El boquete en las nubes era más anchuroso, y el sol caía a raudales por todos los rincones del barrio de Cimavilla.

—Sin duda, recuerdan lo que ocurrió en los cielos la mañana de Navidad.

Un murmullo de asentimiento cundió entre el gentío; lo que entonces había ocurrido, no dejó indiferente a nadie. Guzmán de Arteaga experimentó una ruda impresión, similar a la de quien cae en un estanque helado.

—Quiero que suba a este estrado el responsable de aquella acción... Quiero que suba Guzmán de Arteaga —manifestó el orador, buscando a aquél con los ojos camuflados tras las gafas de sol.

Irene echó a su amado una mirada de aprensión. ¿Qué querrían de él? Era evidente que un hombre tan extraordinario no podía pasar desapercibido; pero no logró reprimir el temor de que acabaran alejándolo de ella.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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