sábado, 18 de octubre de 2014

Cuentos urbanos: La leyenda del pastor en el mar


Durante mis vacaciones estivales de este año, experimenté la querencia de escribir un relato en la proximidad del mar. En las playas Primera y Segunda del Sardinero, en Santander, di forma a este deseo.
El último día amaneció lluvioso, y, estando escribiendo en los jardines de Piquío, me cayó un buen temporal. La tinta se me corrió en la página de la libreta en la que estaba empleado, y tuve que terminar el cuento bajo la protección de la marquesina de una parada de autobuses urbanos. Así de imprevisible es el mar Cantábrico... Pero lo importante es que pude acabar el cuento que ahora someto a la consideración de los lectores.

Su madre se lo había dejado muy claro:
—¿Qué falta te hace a ti querer conocer el mar? Has cumplido los cincuenta y no te has casado, que es lo mejor que podrías haber hecho. Nada de parecerte a los señoritos. Tu vida es el rebaño y mirar por tu madre anciana. No pierdas el tiempo en memeces y céntrate en tus obligaciones.
Ricard atisbó por la ventana. En el páramo ya se asentaban las nieblas del Norte. Al día siguiente tendría que emprender la marcha trashumante para que las ovejas pasaran el invierno en un clima más benigno. Sólo tenía a su madre; lo demás pertenecía a los señoritos de la casa grande, que todos los veranos iban a bañarse al mar y hablaban maravillas de éste. El mar era fresco y profundo, los aires de la costa curaban todos los resfriados y mujeres muy guapas paseaban por los arenales calentados por el sol. Ricard quería ser como los señoritos de la casa grande, pero sólo en lo que a disfrutar del mar concernía.
—No te olvides traerme un regalo cuando vuelvas en primavera.
Su madre estaba muy a gusto, sentada junto al fuego. En el techo de bardas había una pequeña gotera, de la que descendía un lento hilván de la lluvia que había descargado durante la tarde. Ni siquiera la casa era de ellos. Se la habían cedido los señoritos a cambio de consagrar su vida al cuidado de las ovejas, a cambio de trabajar hasta deslomarse y disfrutar lo menos posible de la vida, a cambio de madrugar en la hora de la escarcha, pasar el día en los páramos y volver de la majada al sepultarse el sol tras el horizonte. A cambio de perderlo todo por la ilusión de tener algo. Ricard prefería no pensar en esas cosas, pero no podía contener el deseo de conocer el mar. Los señoritos contaban con todo lo bello de la vida: otros trabajaban para ellos, iban de cacería y organizaban fiestas en la casa grande, conducían unos coches que eran más confortables que la cabaña donde vivían su madre y él; hasta tenían familia numerosa y se apoyaban unos a otros… Y asomaban por el mar cuando les iba en gana.
—Aféitate, que tienes la cara toda rasposa.
—Vale, madre.
Tomó la navaja, la brocha y la pella de jabón, e hizo espuma con el agua de la desconchada palangana. El trozo de espejo adosado a la pared le devolvió todo un retrato de la amargura existencial. Las personas sólo tienen una vida, y él había malgastado la suya. Por nacer donde nació, por hacer demasiado caso a todo lo que le decía su madre, por apacentar las ovejas de los señoritos.
Ya tenía la cara toda enjabonada, a punto de pasarse el filo de la navaja. Por medio de la imagen del espejo, apreció un nudo en sus ojos. Acaso una lágrima abortada. Y más en el fondo de aquéllos, había un mensaje que tal vez debiera tomar en consideración.
—Madre, he decidido dejarme barba.
—¡Serás Sisebuto! Bonito ibas a estar tú con barba. Aféitate, que si no vas a parecer un adefesio.
—Da igual, nunca tendré una mujer.
—Porque tú lo has querido.
—¿Cuándo? Como no me case con alguna de las ovejas…
Se limpió con cierta pena el jabón de la cara. La dureza de su mirada se había dulcificado. Había tomado una decisión y la había cumplido. Un paso no conduce a ninguna parte, pero siempre es el primero que se debe dar para llegar a alguna parte.
—Buenas noches, madre.
Se acostó en su poco mullido lecho. ¿Qué más daba, si él estaba acostumbrado a dormir al sereno, teniendo por jergón la tierra y por almohadas las rocas pulidas por la lluvia? Durmió contento esa noche, la última que tal vez pasaría en la cabaña por mucho tiempo.
Sonaban en sus sueños las olas del mar, aunque jamás las hubiera escuchado. Un señoritingo listo dijo una vez, estando cerca Ricard, que la vida comenzó en los océanos. Empezar la vida es el milagro absoluto. El mar, las olas furibundas, esos pájaros blancos que al graznar ensordecían los aires. Ricard durmió contento esa noche, pero de todos los sueños se acaba despertando.
—Buenos días, madre.
Las gachas tropezadas con torreznos, su habitual desayuno, le esperaban en el perol que colgaba del fuego. Le aguardaban muchas jornadas por cañadas inhóspitas hasta llegar a los pastos de invierno. Sentía que el copioso desayuno cargaba su cuerpo de vigor y optimismo.
—Madre, ya tengo que irme.
—Hasta que vuelvas en primavera, hijo. Buen viaje lleves.
—Gracias, madre.
—Y no se te olvide traerme el regalo.
—Descuide, madre.
Sobre las ondulaciones del páramo, las nubes amenazaban con soltar la melancolía del otoño. Ricard dio un silbido. Enseguida “Tizón”, su fiel pastor belga, le acudió al encuentro.
—Vamos, amigo, nos aguarda un largo camino.
Se colgó el zurrón a los hombros, enarboló su cayado y siguió el camino de la majada. Trescientas cabezas de ganado lanar, de las que preveía se murieran una quinta parte antes de su regreso por primavera. Veinte días hasta llegar sin tropiezos a los pastos de invierno.
Pronto Tizón reunió el rebaño. El camino a la cañada no quedaba apartado. Ricard echó una mirada poco deseosa al embudo de tesos y montañas que confinaban el horizonte. No le apetecía meterse entre puertos y valles encajonados. Estaba harto de tener siempre a la vista bosques y roquedales; los breves lagos que iban a bordear, apenas si satisfacían sus deseos de inmensidades de agua. La vida comenzó en los océanos, y él quería vivir. El rebaño abrumaba con sus balidos el sosiego de los rincones campestres que atravesaban. Tizón era de una fidelidad angelical, que con su diligencia canina suplía los descuidos que Ricard estaba cometiendo en su labor de pastor por engolfarse en unos pensamientos que cada vez en mayor grado le agriaban la existencia.
Transcurrió la primera noche y la segunda. Los pasos entre desfiladeros, con sus frecuentes conciertos de tempestades, empezaban a anunciar la venida del mal tiempo. Las ovejas sufrían y se las veía deseosas de alcanzar cuanto antes los pastizales de invernada.
Ricard sabía que no tardarían en llegar a una encrucijada de caminos, que los últimos años no había dejado de perturbarle. Un ramal conducía a su destino, los pastos de invierno, mientras que el otro ramal prometía al cabo de pocas jornadas el encuentro con el mar. Ricard temía el momento de tener que tomar una decisión, porque sabía que su deber y su deseo entrarían en pugna. ¿De qué vale la vida si el deseo agoniza en tierra árida? ¿Y qué será de las ovejas, de Tizón, de su madre en la alejada cabaña? ¿Qué será de él mismo?
Llegado a la temida confluencia, mandó a Tizón que hiciera parar al rebaño, cosa que a éste le vino bien para pacer la preciada hierba que crecía a los bordes de la cañada. Por un lado el deber, por otro el deseo. El mar sirviendo de cuna al sol de la juventud. La vida como realmente debió ser planteada. Ricard sintió que se le aligeraba el pecho. Le hubiera gustado tener el trozo de espejo para comprobar lo que estaba sucediendo en el fondo de sus ojos.
—¡Tizón, para el otro lado!
El perro alzó las orejas, como amoscado por la orden de su amo. Ése no era el camino que habían tomado en años anteriores.
—¡Me has oído, Tizón! ¡Nos vamos al mar!
Entonces ya no quedó duda. Una nueva alegría se aposentó en los balidos del ganado. Ricard miró al cielo, por el que iban al galope unas nubes huérfanas de lluvia. ¿Qué dirían los señoritos de la casa grande? ¿Su madre se moriría del disgusto? Pero ya era hora de que él decidiera sobre su propia vida. Se había cansado de ser demasiado complaciente y prestar oídos a todo lo que le decían los demás. Aunque estuviera en el fondo equivocado, quería que fuera una decisión adoptada por él mismo.
Los bosques en los valles cercanos al mar eran de una belleza embriagadora. Hayas, álamos de viento, fresnos, castaños, serbales, pinares que frenaban el paso de los rayos de sol. Olmedas y prados constelados de tréboles y florecillas que desafiaban abiertamente al otoño. Y en el cielo de la lontananza, una promesa de luz que simbolizaba su sueño que, ahora sí, forzosamente habría de verse realizado.
Encontró a lo largo de su ruta pueblos de paredes blanqueadas, metidos en un baño de luz cálida, donde pudo renovar las provisiones de su zurrón. Muchos lugareños le observaban con los ojos desencajados de estupor. ¿Adónde iría con un rebaño tan numeroso, lejos de las habituales rutas trashumantes? Él decía que iba camino de la costa y que sus ovejas y su perro pastor irían adonde él fuera. Al mirarse los ojos en las corrientes de los arroyos que le salían al paso, pudo comprobar que se iba desamarrando el nudo de tristeza que se había establecido en el fondo de sus pupilas.
Los días pasaban, y en los valles que se abrían al mar, el viento portaba un inconfundible aroma a sal. Las ovejas pastaban hierba jugosa por sitios donde no ponían ningún impedimento a su paso. Un atardecer el sol tardó en ponerse más de lo ordinario. Ricard sintió que se le ensanchaba el pecho. Estaba a punto de cumplir su sueño más preciado.
—Tenemos que arrodillarnos en el verdor de la tierra, mientras lo tengamos presente —le dijo a su perro, dominado por un dulce éxtasis—, porque a partir de ahora todo lo veremos de color azul, un azul más cálido y profundo que el del cielo.
A la mañana siguiente partieron temprano. Los balidos del rebaño se esparcían por la escotadura de un valle que los condujo a una caleta solitaria, confinada por elevados promontorios de roca. A la vista del mar, difuminado por los restos de bruma de la alborada, Ricard se olvidó de que tenía un rebaño a su cargo. ¿A su cargo o, tal vez, por devoción, ya que el cariño que le inspiraban los animales había hecho traspasar las fronteras del deber? Se olvidó, pues, de todo, hasta de su propia identidad. Aunque las aguas estuvieran frías como las de un lago de montaña, no pudo sustraerse al deseo de darse un baño. Se despojó de sus ropas, y, sin dar margen a pensarlo, se zambulló en medio de las olas.
Las gaviotas concertaban sus gargantas con las de las ovejas, y Tizón introducía a su vez un sonoro contrapunto. Ricard percibía un frío culebreo por todo su cuerpo, pero eso no era otra cosa que la sensación de la despuntante felicidad que le embargaba. Nunca se había sentido igual; es indescriptiblemente hermoso el cumplimiento de un sueño tan largamente acariciado. Las ovejas se emplearon con la hierba un punto salada que brotaba entre los caballetes de los peñascos.
En todos los años de su vida, Ricard no había tenido ocasión de aprender a nadar, y tuvo que agradecer que en ese sitio el mar no fuera excesivamente profundo. Posando los pies en el fondo de arena, lograba que su cuerpo sobrenadara por encima de las aguas. Estaba decidido: quería quedarse allí para siempre.
Después de la euforia del principio, tomó las disposiciones para instalarse lo más cómodamente posible en la caleta. Encontró una espaciosa cavidad en los acantilados, que le serviría para recoger al ganado y procurarse refugio durante los temporales. La hierba abundaba por las inmediaciones, así que había que desechar el temor de que las ovejas se murieran de hambre; y en cuanto a Tizón, comería de lo mismo que él. A estos efectos, dio con un islote muy cerca de la playa, donde las palomas marinas depositaban sus huevos en la bajamar, y el agua dulce se la proporcionó un riachuelo que desembocaba no muy lejos de allí.
Una nueva vida se perfilaba ante los ojos de Ricard.
Por las noches dormía feliz y despreocupado en la cueva de los acantilados, ante una vigorosa fogata de leña y rodeado por sus queridos animales. Hacía por no pensar en nada desagradable y mucho menos padecer los reproches que le perseguían desde el pasado.
El otoño comenzó a mostrar su peor catadura en aquel ignoto rincón de la costa. De vez en cuando, el horizonte marino era cortado por la sugerente silueta de un velero. Y había noches en que las nubes recorrían el cielo como si de una estampida de bisontes se tratase. Llovía con mucha frecuencia, y el mar se vestía sus galas de plata envejecida. El mal tiempo iba ganando terreno día a día. Aun así Ricard no sentía su ánimo decaer. El mar era un atinado reflejo de la propia vida: unas veces daba en mostrarse calmo y risueño, otras colmaba la medida de su furia e incluso hacía desaires a los que, como Ricard, le testimoniaban un amor incondicional. La vida es alegría y sufrimiento, reflexionaba Ricard, no le pidamos más al mar.
Tras los primeros temporales del otoño, siguieron unas jornadas que recuperaron brevemente la suavidad del estío. Ricard y su rebaño pasaban más tiempo al aire libre. El agua del mar estaba fría, pero el aire de la costa gastaba tal tibieza, que brotaron grupos de presuntuosas florecillas en los recortes de verdura comprendidos entre los roquedales. Ricard advirtió que tendría que almacenar heno para pasar el invierno y poder, de esta forma, garantizar el sustento del rebaño. Se dio, por tanto, a semejante labor, para lo cual tuvo que auparse a las mayores alturas de los riscos. Desde esas atalayas se dominaba una amplia panorámica de los valles del interior. Los pueblos distantes, esparcidos por las faldas de las montañas costeras, los caminos que se vaporizaban en el azul de la distancia, penachos de nubes grises que testimoniaban que el mal tiempo ya se había asentado en los puertos de la cordillera. A buen seguro, los ganados trashumantes ya se encontrarían en sus praderías de invierno.
La tregua del tiempo atmosférico finalizó. No tardaron en hacer su presencia las primeras nubes del invierno rozando el filo de la costa. Ricard tenía que apresurarse para completar las provisiones del rebaño. Por tanto, subió al promontorio más elevado, y se puso a segar con su navaja la hierba que allí crecía. Caían algunas gotas de lluvia que portaban toda la frialdad de la nieve.
  —Madre, qué cansado me encuentro —murmuraba para sí mismo—. Cuesta tanto abonar el precio de la felicidad. Ahora debo luchar contra el invierno. Tengo que cuidar de mi rebaño, y hacerme a la idea de que nunca te volveré a ver. Aunque te mostraras muy cargante conmigo, no puedo quitarme las gotas de nostalgia que empañan mi felicidad.
Después de pasar toda una vida en el oficio de pastor, tenía la vista muy aguzada. Podía reconocer detalles a distancias que para otros quedarían vedadas. Ahora, al escudriñar la evolución de las nubes, para lo cual miraba en sentido al continente, se percató de algo que lo dejó sumido en una extraña incomodidad. Una fila de autos serpenteaba por el camino costanero que conducía a su caleta. Era la primera irrupción del mundo civilizado en varias semanas. Ricard abandonó el haz de hierba que había segado, y, poniendo en juego la agilidad de una cabra montés, descendió hasta la base de los acantilados.
Las ovejas ramoneaban entre los recortes verdes. Tizón estaba con las orejas tiesas, oliéndose el inminente atentado a la intimidad de los seres vivos que habitaban en la caleta. Ricard se puso a mirar con amarga expectación a la cima de los promontorios; por allí, a buen seguro, asomarían la cabeza las primeras personas que vería tras tantas semanas de soledad.
Tizón ladró de un modo jubiloso, carente de agresividad. Sabía quiénes eran los visitantes.
Las malezas que bordeaban las alturas se agitaron. Ricard se restregó los ojos para cerciorarse de que éstos no le engañaban. Al igual que Tizón, conocía a los que se estaban asomando sobre la caleta. Eran los señoritos, los propietarios del rebaño, aquéllos por los que Ricard se deslomara a trabajar desde los albores de su juventud. Y para hacer más insólita la circunstancia, ¡la madre de Ricard iba con ellos! No se trataba de una fantasía ocular. El pastor fugitivo había sido buscado y encontrado en consecuencia.
—¡Ricard, bandido, no fuiste a los pastos de invierno! —gritó uno de los señoritos haciendo bocina con las manos—. ¡El rebaño nos pertenece!
Ricard se sentía corrido de vergüenza. No tenía palabras para expresar su bochorno y hacerles comprender a los señoritos que si se había llevado consigo las ovejas, era para no abandonarlas a su suerte. Notaba cómo los miopes ojos de su madre hacían esfuerzos por distinguirle en el fondo de la caleta. Las olas empezaban a recogerse con el reflujo. No estaba rota la cadena que su madre le amarrara al corazón. Hacer todo lo que ella le decía había sido su credo hasta hacía poco.
—¡Tú haz lo que quieras, pero devuélvenos lo que es nuestro! —gritó otro de los señoritos.
Hacer lo que quisiera, ¡qué bien sonaba esta aseveración! Pero que la jaula esté abierta no implica necesariamente que se haya de abandonar.
—¡Ricard, vuelve a casa!
Ahora su madre era la que se desgañitaba para recordarle el vínculo que a ella lo ataba. La vergüenza que Ricard experimentara al principio, acabó mudada en angustia.
Aunque hiciera lo que le estaban exigiendo, aunque volviera a casa, sabía que no se iba a ir de rositas. El rebaño estaba bien cuidado, sin faltar una sola de las ovejas; por esa parte, había cumplido su cometido. Su gran crimen había sido variar el camino asignado y no haber dado señales de vida. Por ello habría de pagar un precio si recobraba su docilidad de antaño. Ser un mandado, un hombre a la sombra de otros, un chantajeado por los sentimientos, un condenado a amaneceres y ocasos siempre invariables, una existencia monótona en suma. Ricard dejaba de tener su vida para asumir la de los demás.
—¡¡¡No!!!
Su grito taladró el cielo y reverberó sobre las paredes de los acantilados. Había decidido ser libre, y ahora nadie podría detenerle. En la tierra ya no le quedaba refugio; pensó encontrarlo, pues, en el mar.
—¡Tizón, cuida del rebaño!
Echó una última mirada a su madre. ¿Acaso le quedaban motivos para volver atrás y no dejar de sufrir? Madre, que el cielo te cuide puesto que el mar no es tu destino. Y en cuanto a vosotros, señoritingos estirados: ¡que os den pomada!
—¡Ricard! —chilló su madre con lágrimas en la voz al tiempo que en los ojos.
El mar le aguardaba. Ni siquiera se quitó la ropa; tal vez así le pareciera menor el frío al que tenía que hacer frente. Las aguas le engulleron. No prestaba atención a las voces a su espalda. Sus ojos se hicieron niebla antes de que el agua salada los anegara.

Estás aquí. Toda la vida esperándote.

La mujer más bella que jamás había visto, lo contemplaba entre los festones de burbujas del fondo. Su vestido era un encaje de coral, sus ojos esmeraldas de los trópicos, sus labios el fuego de los volcanes. Ricard dio un paso más, el mar se metió en su interior y luego se verificó el abrazo esperado. Fue como un estallido de luz y frío. La esperanza de toda su vida.
Entretanto, en la orilla, Tizón había reunido al rebaño. Los señoritos bajaban por las sendas de los cantiles todo lo rápido que podían. Tizón era un perro fiel, y, de igual forma que Ricard no les había abandonado, sus animales ahora no le abandonarían a él. Tizón logró sin mucho esfuerzo y sin mucha alharaca de ladridos que las ovejas se metieran en el mar, dejando atrás el refugio de los médanos. Los señoritos rechinaban los dientes de rabia; aún les quedaba un buen trecho para llegar a la playa. La madre de Ricard lloraba porque sabía que su hijo no volvería con ella a la cabaña; el destino lo había llamado adonde él siempre había deseado.
Cuando los señoritos alcanzaron por fin el arenal, las olas habían terminado su trabajo. Los seres de las lejanas parameras no se habían ahogado por el pánico, sino por el amor.
—Duerme tranquilo, hijo mío —dijo la madre secándose las lágrimas.
Ella vio desde las alturas que las espumas del mar dibujaban con el brillo del sol la forma de una inmensa boca sonriente.
Santander
 2-14 de agosto de 2014
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)






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domingo, 28 de septiembre de 2014

Cuentos Urbanos: El rapto de la luna (y IV) - El último aquelarre


Un rumor extraño empezó a hacer zumbar sus tímpanos. La vista se le puso a hacer los juegos de perspectivas cambiantes que suele traer aparejados el consumo de estupefacientes. Sintió que las rodillas se le debilitaban, no porque en realidad se encontrase mareado, sino porque era plenamente consciente de que el entorno que le rodeaba estaba sujeto a caprichosas transformaciones.
El óvalo de luz iba creciendo a cada paso que daba, cuando unos segundos antes la sensación era justo la contraria. Un fuerte azote de aire le arrebató el sombrero, que no se cuidó de recuperar. Empezaba a notar una sensación dolorosa en los oídos, por cuanto el rumor extraño iba acrecentando su intensidad. Sus piernas sólo se movían merced a agotadores esfuerzos.
 —¡Alphonsine, Alphonsine! —clamaba con una voz que apenas si podía trepar por el conducto de su garganta.
 Llegó, por fin, al punto en que la penumbra de la caverna se infiltró de una claridad nacarada. El rumor amenguó de repente. Olía a hojas verdes y a viento de llovizna. Tenía los ojos anegados en lágrimas.
—Alphonsine…
En medio de la bruma luminosa, comenzaron a definirse los perfiles del lugar en que se hallaba. Muchas ramas entrelazadas, cuyas hojas brillaban como aplicadas de un barniz de clorofila. Y al frente, al fondo de una ancha oquedad en la vegetación, la visión que terminó de encogerle el corazón.
El rumor que tanto había martirizado sus oídos, se resolvió en una especie de cántico tenebroso. Era como si a las piedras y a la masa vegetal de en derredor les hubiesen nacido pulmones y cuerdas vocales. El dolor más grande de la vida de Barbin, más dañino que todos los que hubiera experimentado hasta entonces, fue descubrir a su hija en medio de una siniestra reunión. Había humanoides con andrajos de telarañas y cráneos con cuencas vaciadas de ojos, cuyo repulsivo aspecto ya les hacía ganar la semejanza de cadáveres en avanzado estado de descomposición. Sátiros del infierno se ladeaban las borlas de sus gastados gorros frigios; sus bocazas emitían grotescas carcajadas en sonrisas carentes de piezas dentales. Serpientes, estriges, lobos de apariencia antropomórfica, desechos humanos cubiertos de cuernos y escamas coriáceas. Para completar tan horrendo cuadro, había un grupo de diez mujeres de diversas edades, vestidas del modo en que salieron del vientre de sus madres. Entre ellas estaban, también desnudas, madame Grinard… ¡y la pequeña Alphonsine!
Barbin sintió que el terror le estaba arrebatando la cordura. Lo terrible no era que su hija estuviera en cueros y en medio de esa espeluznante congregación; lo terrible era que la desnudez de la niña estaba siendo profanada por un sinnúmero de gallipatos, esos híbridos de reptil y anfibio, con unas colas de lagarto que movían a repulsión. La niña parecía obnubilada, privada de la consciencia de lo que le estaba sucediendo.
—¡Alphonsine, ven a mi lado!
Los brazos de Barbin traspasaron las ramas suficientes para hacerse visible a su hija. Pero los otros ojos también le captaron.
—¡Alphonsine!
La niña estaba como dominada por una extraña clase de sonambulismo. Sus oídos percibían el llamado de su padre, y por ello balanceaba la cabeza a uno y otro lado. Tras un instante de no saber cómo reaccionar, rompió a carcajadas, que inmediatamente se contagiaron al resto de los integrantes de la lúgubre asamblea.
Barbin rozaba los bordes de la mayor de las desesperaciones. Hizo ademán de precipitarse al encuentro de su hija. Pero en cuanto accionó las piernas, se sintió frenado al punto; era como si una miríada de serpientes le estuvieran amarrando para procurar su completa inmovilidad.
—¡Dios mío! ¿Qué es esto?
Las ramas de la misteriosa mandrágora habían cobrado la suficiente inteligencia para retener al padre que quería ir en salvamento de su hija. Por mucho que Barbin empeñara todas sus fuerzas para liberarse, su inmovilidad iba siendo cada vez mayor.
La rememoración de las palabras del libro de Jacques Bourdain golpeaba sus neuronas:

Desconfiad, pues, de las mandrágoras que os encontréis en los bosques solitarios de Bretaña. Podrían raptar la luna, pueden robaros el alma…

—¡Bruja! ¿Qué le has hecho a mi hija?
Madame Grinard se destacó del grupo, y, haciendo ostentación de su impertinente desnudez, se encaminó al encuentro de Barbin. La expresión de su rostro sólo era comparable al terror de las tinieblas.
—Tu hija pertenece a las sombras del bosque —dijo con una voz de irreconocibles inflexiones—. Tú no nos sirves para nada. Lo que podías hacer, ya lo hiciste en su momento.
La dominación de la mandrágora asfixiaba a Barbin. La sangre empezaba a aflorar por las heridas que se le estaban abriendo por la presión de agarre de las ramas.
—¡Tú mataste al viejo marinero, condenada arpía, y quién sabe a cuántos más!
—¿Y crees que los que son como tú no matan?
—Yo te maldigo.
—Yo ya estoy maldita, pobre iluso. Todas las maldiciones del infierno están de mi mano.
La locura de Barbin había llegado a un grado tal, que le hacía desistir de toda esperanza de salir con bien de esa aventura. La sangre inyectó las partes blancas de sus ojos, que al instante se tornaron fuentes desbordadas.
—¡Hija mía, ven aquí…, que me estoy muriendo!
La niña, como despertando de su inexplicable trance de sonambulismo, pareció reaccionar al llamamiento perentorio de su padre. Se destacó de tan abigarrado aquelarre, sacudiéndose los gallipatos con movimientos desesperados de sus delgados bracitos.
Al distinguirla más de cerca, Barbin fue consciente de una realidad que le hizo el efecto de un mazazo en mitad de la frente: su hija había sido arrebatada de la infancia y daba evidencias de una transformación que de haberse verificado por curso natural, no hubiera sido tan horrible. Alphonsine era ahora como la miniatura de una mujer famélica, una rosa de abril que había brotado ajada, antes de poder exhibir la gloria de su esplendor.
La mandrágora continuaba envolviendo en su abrazo vegetal el impotente cuerpo de Barbin. La vida huía por sus ojos ensangrentados, tanto más rápidamente cuanto que apreciaba que la niña que tenía delante no se correspondía con el retrato de su hija.

Desconfiad, pues, de las mandrágoras que os encontréis en los bosques solitarios de Bretaña. Podrían raptar la luna, pueden robaros el alma…

—¡Alpho… si… ne!
Todo había concluido. La mandrágora y el que en vida fuera Charles Barbin constituyeron una simbiosis perfecta. Los sonidos del aquelarre cesaron por un instante. Y, de repente, en la garganta de madame Grinard, la auténtica bruja del bosque de la Sandraie, rompió un discordante concierto de carcajadas.
—Ya eres sólo para mí, pequeña niña —le dijo a Alphonsine con los ojos húmedos de las lágrimas de la risa—. Ya nada te ata a otro mundo que no sea el nuestro.
La niña, con la mirada esfumada más allá del infinito, se puso a temblar como una azogada. Férreos calambres asediaban sus miembros. Temblaba sin saber a qué obedecía semejante síntoma. La lucidez había huido por completo de su mirada, su cuerpo mostraba una apariencia totalmente valetudinaria.
—Pequeña niña, tú serás ahora mi hija —dijo tenebrosamente la bruja—. Te iniciaré en todos mis secretos. Recorreremos los tejados a medianoche. Pernoctaremos en los cementerios. Adoraremos y yaceremos junto a nuestro dueño y señor, Satán, que me ha hecho vivir por toda la eternidad. Tu padre te hubiera corrompido con esa falsa cantinela de la bondad y la pureza de corazón.
Los espasmos epilépticos no cesaban en Alphonsine. La cabeza le oscilaba de un lado a otro. Estaba poseída, a no dudar, por alguna de las presencias invisibles que concurrían al aquelarre. La bruja de la Sandraie, en otro tiempo condesa de Clermont-Berency, no podía explicarse lo que le estaba pasando a su pupila. ¿Acaso era una reacción motivada por la horrible muerte de su padre?
—Pequeña niña, ahora tú eres mi hija. Recobra la serenidad.
Pero la crisis de Alphonsine iba en aumento. Su columna vertebral se entregaba a unas contorsiones que hubieran sido inverosímiles en circunstancias normales. Las otras mujeres del aquelarre hacían visajes de espanto a los seres siniestros que tenían al lado. La mandrágora, una vez cobrado su tributo de sangre, agitaba sus ramas como dotada de voluntad y entendimiento; de Charles Barbin ya no quedaba el más mísero resto. La bruja de la Sandraie se apercibió de que el terrible vegetal remedaba con sus ramas principales los movimientos de la niña; se estremecía como ella, y asimismo amenazaba con partirse por la mitad del tronco.
—¡Alphonsine! —exclamó la bruja, sintiendo que su inicial sentimiento de alarma se tornaba desesperación.
La niña dio un salto impresionante al frente, posándose acto seguido en medio de las ramas de la mandrágora. Empezó a moverse con la agilidad de un primate; sus cabriolas denotaban el más inexplicable de los trances.
—¡¿¡Qué estás haciendo!?!
La mandrágora había obedecido en un principio la voluntad de la bruja, pero ahora ésta había perdido el control. Resultaba indiscutible el mayor poder de la niña, a quien la misma bruja había llegado a considerar su heredera. Intentó, pues, recobrar el ascendiente que ejerciera con sus antiguos sortilegios, pero todo esfuerzo que hizo en este sentido resultó en vano.
—¡¿¡Qué has hecho, Alphonsine!?!
La niña ocultaba su rostro entre los abanicos de hojas bituminosas. Acaso un brillo sutil se desarrollara tras ese tumulto de fronda subterránea.
Entretanto, el aquelarre se había disuelto. No era posible averiguar por qué hendiduras, pasos montuosos, severos peñascales, se habían esfumado los asistentes a tan espeluznante reunión. Tan sólo en el cielo cabrilleaban los rayos de una luna afligida.
—¡¿¡Qué haces, niña de los infiernos?!?
Por un espacio próximo a los cinco segundos, se estableció un silencio más acusado que el reinante en el interior de una tumba. La luna era como un rostro contraído por el dolor en lo alto de la bóveda celeste. La bruja de la Sandraie había tratado de raptar la luna, arrebatando a una niña el amor de su padre. Y nadie que lo haya intentado ha logrado hacerse con el imperio de la luna.
Un rayo de una blancura nacarada iluminó los ojos escondidos entre el follaje de la mandrágora. La bruja de la Sandraie soltó un alarido que perforó su garganta.
De los costados del vegetal se extendieron dos ramas puntiagudas, y dieron a parar en las cavidades de los ojos de la bruja. Ella quedó colgando con los pies por encima del suelo, a semejanza de lo que le ocurriera al desdichado Absalón.
El fulgor de la luna viró a una inquietante tonalidad siena, parecida a la de la sangre de un crimen olvidado.
***
Muchos años después, cuando ya se había borrado la memoria de aquellos sucesos extraños en los bosques de Bretaña, alguien llevó a la abadía del monte Saint-Michel un libro que llevaba decenios descatalogado; había aparecido entre las ruinas de una casa solariega enriscada en la cima de un promontorio marino. Llevaba por título “Las brujas de Bretaña”, el autor era Jacques Bourdain y estaba en avanzado estado de deterioro. En las guardas traseras del libro había un añadido escrito a mano, con tinta de color almagre. Aún era legible, y esto era lo que ponía:

Tenía que serme devuelto mi padre, y no podía esperar el tiempo de otra vida para que esto ocurriera. Tenía que seguir el camino que me enseñó esa horrible mujer, que por mi intervención acabó en brazos de la última de las muertes. Mi padre fue asumido por la mandrágora, como otros tantos desde que se conocía el culto a la mujer y el toro. Yo era la nueva mujer, y los ojos de las tinieblas se fijaron en mí para suceder a la que había muerto por mis medios. La llave del infierno es el placer, y yo tendría que ser poseída para toda la eternidad. Y me fue dicho que todos los que acuden a los aquelarres fueron asumidos en alguna ocasión por la mandrágora. Mi señor me dijo: “Si quieres ver a tu padre, tendrás que hacerlo en las noches de plenilunio. Esas huellas que aparecen en el bosque, que nadie sabe de quién son, pertenecen a las figuras errantes que fueron almas puras en un principio. Sólo de esta manera, después de yacer conmigo, podrás ver a tu padre”.
Y fue así cómo el tiempo hizo de mí una mujer de hermosura imponderable. Tuve que darlo todo de mí para ser la nueva reina del bosque de la Sandraie y poder estar con la sombra de mi padre las noches en que la luna ejerce todo su señorío.
Padre querido, en el mundo del que viniste todos te han olvidado, pero por tu causa subsisten los sucesos extraños de esta tierra azotada por las iras de un mar de tristeza. Yo buscaré siempre tu sombra, como tú me buscabas en mi encarnación cuando era la niña de tu vida.
¡Temblad todos! Acabasteis con lo que fue mi padre. Dejasteis que la luna fuera raptada… La bruja de la Sandraie siempre estará en vuestro acecho…

Las injurias del tiempo habían terminado por borrar lo que quedaba del texto. No obstante, mejor era ignorarlo.

FIN

Ciudad Real, Madrid
 26 de septiembre de 2013- 22 de julio de 2014
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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viernes, 5 de septiembre de 2014

Cuentos Urbanos: El rapto de la luna (III) - La bruja de la Sandraie


Ese verano transcurrió de un modo muy irregular desde el punto de vista climático. El mes de julio estuvo deslucido con continuos chubascos que desbordaron torrentes y arroyos. En la casa solariega aparecieron numerosas goteras, y Barbin tuvo que disponer varios cambios de dormitorios, considerando especialmente el delicado estado de salud que mostraba su hija desde el percance en el mar.
En contraposición, el mes de agosto vino acompañado de temperaturas tórridas y cielos incandescentes. El aire, en las zonas centrales del día, semejaba la boca de un horno; era imposible aguantar tanto calor y humedad. Por consiguiente, Barbin dio su autorización a madame Grinard para que acompañara a su hija, que había mejorado ostensiblemente, a dar frecuentes y largos paseos por el bosque, donde la hierba crecía verde y las sombras de las hojas eran frescas y abundantes.
—Esta noche habrá luna llena —dijo Alphonsine cierta mañana, con la alegría reflejada en la mirada—. La luna se verá más grande que en ningún otro mes del calendario. Madame Grinard me lo ha dicho.
A Barbin le alegraba la vida ver a su hija tan jovial y con las mejillas impregnadas de un sano rosicler. Ante esto, no podía haber lugar para malos pensamientos o funestos augurios. Incluso, vista desde otro ángulo, madame Grinard era una mujer tentadora, muy atractiva en diversos aspectos.
—Monsieur, hará una tarde muy dulce para un paseo —lo interpeló ella—. ¿Nos permitirá salir a Alphonsine y a mí hasta la hilera de árboles que confina los acantilados?
Barbin frunció los labios y apartó a un lado el periódico que estaba leyendo.
—Me gustaría acompañarlas.
Madame Grinard torció el gesto por una fracción de segundo. Parecía como si las palabras no pudieran auxiliarla.
—Quizá se aburra con nuestros juegos y ocurrencias infantiles —dijo por último, en tanto que una transparencia extraña oscilaba en sus pupilas.
—Aun así, nada me agradaría más —insistió Barbin, poniéndose en pie.
La mañana aún no había terminado. Se acordó emprender el paseo justo después de comer. Barbin se puso a ojear los libros que había en el armario de la biblioteca. Había muchos volúmenes que resultaban desconocidos para él. En concreto, le atrajo la atención uno encuadernado en tafilete, titulado “Las brujas de Bretaña”, de Jacques Bourdain. Su publicación era relativamente reciente, apenas si se remontaba a medio siglo atrás. Sin duda, debió adquirirlo su madre, que era una mujer muy dada a las lecturas exóticas. Estaba ilustrado con grabados inquietantes, como extraídos de un grimorio del siglo XIV. Aquelarres, posesiones de íncubos y súcubos, cabezas de machos cabríos con cuerpos de mujer, estriges, serpientes bicéfalas, vespertilios. Barbin experimentaba escalofríos a la vista de tan horripilantes imágenes. Le parecía inverosímil que semejante bestiario se refiriese a las mismas tierras en las que se asentaba la casa solariega. Sus ojos se detuvieron en un capítulo en particular, cuyo encabezamiento rezaba lo siguiente:

EL EXTRAÑO CASO DE LA BRUJA DEL BOSQUE DE LA SANDRAIE
En el año de Redención de 1614 se tuvo noticia de que la condesa de Clermont-Berency, insatisfecha de la vida que le hacía llevar su marido, un amante a ultranza de la caza y las francachelas, vendió su alma a Satanás. La posesión infernal se verificó en el bosque de la Sandraie, que siempre había tenido fama de lugar lúgubre y plagado de misterios. La condesa no regresó al lado de su marido, y Satanás hizo de ella la favorita de su harén de brujas. La tradición sostiene que se vale de la mandrágora para acechar a las gentes del lugar… Desconfiad, pues, de las mandrágoras que os encontréis en los bosques solitarios de Bretaña. Podrían raptar la luna, pueden robaros el alma…

A Barbin se le cayó el libro de las manos. Su mente acababa de hacer una alarmante cadena de asociaciones. La mandrágora, la cueva, las sospechas del marinero muerto. Madame Grinard y sus reservas.
—¡Ella!
Abandonó la biblioteca como si de un bólido se tratara. Necesitaba apretar a Alphonsine contra su pecho, protegerla, alejarla de nefastas influencias.
—¡Madame Grinard!
Presa de un sobresalto insoportable, recorrió todas las estancias de la casa. Ellas no estaban allí. ¿Cómo había podido ser tan ingenuo, por Dios? ¡El maleficio de la mandrágora!
—¡La cueva!
¿Dónde si no podrían haber ido? Barbin empezaba a calibrar en su justa proporción el peligro a que su hija se veía expuesta. ¡Demonios! ¿Cómo pudieron habérsele escapado tantos detalles?
El bosque aparecía radiante con sus más ostentosas galas veraniegas. Barbin esperaba dar con la boca de la cueva, pero la memoria le estaba jugando una mala pasada. Los bosques de Bretaña eran lugares a propósito para extraviarse.
Erraba de un lado para otro. Diez veces creyó reconocer la entrada de la caverna por entre las espesuras de los árboles. Gritó de desesperación al comprobar que sus pesquisas no estaban dando el resultado esperado. Lo dominó la angustia inexplicable de haber perdido a su hija. Sentía que una niebla de locura enturbiaba sus pensamientos. Imploró a Dios como último recurso. Aunque nunca hubiese destacado por ser un fervoroso creyente, quería aferrarse a la esperanza de que una oración expresada con sinceridad de corazón, llegaría a alguna parte.
En el último paroxismo de la desesperación, dio por fin con el lugar al que sus ansias le empujaban. No podía envanecerse de poseer unos óptimos conocimientos de botánica, pero el corazón se le aligeró al reconocer la barrera de matorral que tapaba la entrada de la cueva. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no prorrumpir en voces que pudieran delatarle al reclamar la presencia de su hija, y de esta manera se obligó a hacer uso del mayor sigilo y astucia.
Enseguida le envolvió la penumbra de los lugares escondidos en el interior de la Tierra. Su respiración se tornó acezante. Un olor pútrido, malsano, como a savia mezclada con humus cenagoso, asaltó sus fosas nasales. El miedo era una evidencia en su espíritu, pero al mismo sobrepujó el deseo de reencontrarse con su hija.
Le dio la impresión de que la cueva resultaba más extensa que la última vez que la visitara. Además había giros y revueltas en las galerías que hubiera asegurado que antes no estaban, uniendo a todo ello el hecho de que enfilaba un trayecto en marcado descenso. Ya empezaba a dudar de que se encontrara en la cueva de la anterior vez.
El olor a podredumbre y humedad vegetal se volvía cada vez más acusado, como si se estuviera adentrando en un invernadero en el interior de la Tierra. No le resultaba desconocido ese olor, y, sin explicarse el motivo, le estaba poniendo el vello de punta.
De repente, sus ojos distinguieron un halo luminoso al final de un largo corredor.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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viernes, 22 de agosto de 2014

Cuentos Urbanos: El rapto de la luna (II) - Una aventura en el mar


Los días siguientes se volvió más notorio el esplendor de la primavera. Barbin hizo esfuerzos por deshacerse de su coraza de misantropía. Era consciente de que tenía que ofrecer su mejor rostro por la felicidad de la niña; el amor que sentía por ésta, actuaba de guía en sus decisiones.
Una fresca tarde de mayo tomó la decisión de llevar a su hija a dar un paseo por mar, para ver si de esta manera recobraban color sus mejillas, que de un tiempo a esa parte mostraban una palidez preocupante. Ya lo tenía todo dispuesto con un pescador de Saint-Malo, pero madame Grinard opuso ciertos reparos.
—Monsieur, el aire del mar puede hacer que se le agarre a Alphonsine una pulmonía al pecho.
—Fíjese, madame Grinard, que soy de pensamiento contrario —dijo Barbin con la sequedad suficiente para apartarse de los usos de cortesía.
—Como usted diga, monsieur —manifestó la comadre con velada contrariedad.
Conforme a lo planeado por Barbin, esa misma tarde se llegaron en calesa al puerto pesquero de Saint-Malo, prestos a emprender la excursión marina. El patrón de la barca era un anciano cuyo rostro estaba bronceado por el sol y corroído por la sal de las olas. Su nombre era François Chabot, y se sabía de corrido toda la historia de la ciudad, sobre todo la de medio siglo a aquella parte. Se sentía visiblemente incómodo por la presencia de madame Grinard a bordo de su cascarón. Tal era así, que en un aparte le dijo a Barbin:
—Yo vi a esta mujer, tal como está ahora, hace casi cuarenta años.
—¡¿Cómo puede ser así, monsieur Chabot?! Ella es una mujer todavía joven.
—Tengo buena memoria, es la mejor de mis cualidades. No olvido un rostro fácilmente.
—Puede ser que se parezca a la mujer que usted vio.
—Tengo muy buena memoria —insistió el pescador—. Esa mujer es la misma que vi entonces.
—Es muy curioso.
Barbin no tuvo ocasión de encerrarse en sus pensamientos. La barca soltó amarra, y, ya que abandonó el refugio de la rada, se encontró a merced de los vientos y las corrientes del océano. El patrón enfiló la proa rumbo a la isla de Jersey. No le quitaba la mirada de encima a madame Grinard, quien a su vez lo miraba torcidamente. Alphonsine permanecía a proa, deleitándose con los recios juegos de agua y espuma de las olas. Mostraba un inusitado valor para una niña de su edad; se encaramaba sobre la borda, sujetándose a la driza de la vela de foque. Sus rubios cabellos eran simple juguete del viento. Se sentía sumida en una fantasía de los mares del Sur, comandante de una nave mítica guarnecida de un bosque de mástiles, vergas, botalones, cordajes y velas de cegadora blancura. Llena de felicidad y emoción, prorrumpió en jubilosos alaridos para convocar a los elementos de esa salvaje Naturaleza. Barbin no pudo por menos de recomendarle moderación; era muy peligrosa la posición que mantenía en las amuras de la barca. El mar, aun mostrándose plácido y lleno de reflejos solares, nunca se sabía cómo podía actuar.
—Alphonsine, ten cuidado.
—No hay peligro, papá.
Madame Grinard permanecía silenciosa en la regala de la barca. Sostenía un duelo de miradas con el pescador, quien manejaba diestramente la caña del timón. Chabot seguía hilvanando sus recuerdos. Esa mujer fue muy conocida en Saint-Malo la friolera de cuarenta años atrás, no podía por menos de obstinarse en este pensamiento. Ella causó la perdición al vizconde de Chanteleine. Lo subyugó, lo sedujo, le dio falsas esperanzas, lo llevó por sendas de perdición. Y finalmente lo abocó al suicidio. Ella era una mujer perversa, lo sabían todos los que la vieron actuar en aquellos entonces. Referían que le había sacado mucho dinero al ingenuo vizconde. Se fue de Saint-Malo antes de que se desencadenasen las primeras reacciones, sin esperar a que el cuerpo de su amante se enfriara en la tumba. Y ésta era la mujer que Chabot estaba convencido de tener delante de él. Sin duda, había firmado un pacto con las tinieblas; de otra forma no se explicaba que ella aún se mantuviera joven y radiante a pesar de los años. No había más que fijarse en el veneno con que respondía a las miradas del viejo pescador. Ella maquinaba un nuevo plan, reflexionaba Chabot, y en el mismo estaba implicada, a no dudar, la ruina de monsieur Barbin y su encantadora hija.
De repente, el hilo de sus pensamientos se vio cortado por un suceso fortuito. Un golpe de viento inesperado, un misterioso azote de mar, hizo que la barca se escorara peligrosamente hacia el costado de babor. Alphonsine, privada por una fracción de segundo de todo apoyo y sujeción, acabó precipitándose en las rutilantes aguas.   
—¡Alphonsine! —exclamó Barbin con el espanto pintado en la mirada.
La niña no sabía nadar, y verse entre las olas era como firmar su sentencia de muerte. Madame Grinard extendió las manos hacia ella, al tiempo que en su desvaído rostro se esbozaba una expresión indescifrable.
En los tiempos de su mocedad, Barbin había sido oficial de marina y no dudó cuál habría de ser su reacción inmediata. Se deshizo de las piezas de ropa que juzgó necesarias, y se arrojó a las aguas en salvamento de su hija. El frío del Canal de la Mancha cercó sus músculos. Pero el peligro que corría su hija le impulsaba a salvar todas las barreras. Antes de que transcurriese un minuto, ya había llegado adonde ella estaba. La niña había tragado mucha agua y soltaba bocanadas espasmódicas. Barbin le pasó el brazo por debajo de la nuca, e inició una natación pausada hacia la barca. Asombrosamente, el mar seguía en calma.
—¡Monsieur Barbin! —gritó madame Grinard, mostrando por encima de la borda una expresión desencajada.
—¡Dígale a Chabot que venga a ayudarnos! —requirió Barbin con tono perentorio.
—Monsieur… Creo que ha muerto.
—¡Ayúdeme a izar a Alphonsine!
Con no pocos esfuerzos, lograron ambos sacar a la niña de la amenaza del mar. Madame Grinard la envolvió en una manta para hacerla entrar en calor.
Entretanto, Barbin se encaminaba hacia la proa para indagar qué le había ocurrido al anciano marinero.
Efectivamente, Chabot estaba muerto. Tenía en su cara un gesto aterrador, como si se hubiese enfrentado a un espanto indescriptible en el momento de espirar. No estaba caído entre los tablones del fondo de la barca porque sus brazos se habían aferrado instintivamente a la caña del timón. Sin ningún género de dudas, el corazón se le había parado a consecuencia de un terrible sobresalto.
—Tenemos que llegar a puerto —dijo Barbin, apartando con piadosa suavidad el cadáver del marinero de la caña del timón y depositándolo sobre los tablones.
Apelando a su experiencia como oficial de marina, no le fue complicado enfilar la proa en sentido a Saint-Malo para poder abordar en el puerto. Madame Grinard estaba en todo momento pendiente del bienestar de la trémula Alphonsine.
La inesperada muerte de François Chabot no levantó muchos ecos entre la población de Saint-Malo. Había sido un hombre solitario, de escasas palabras y modos huraños. Muy pocos acudieron a su sepelio, entre ellos Barbin, que tenía el alma en vilo debido a que su hija se había puesto enferma del pulmón a raíz de su caída en el mar. A nadie se le hubiese ocurrido pensar que estos infaustos sucesos obedecieran a otra cosa que no fuera un desgraciado accidente. El cuerpo de Chabot reposó en la fosa común del cementerio de Rocabey, en Saint-Malo, llevándose acaso un terrible secreto a la otra vida.
Barbin no reparó en gastos para procurar los mejores cuidados médicos a su hija. Alphonsine pasaba unas noches muy malas, acometida por continuas toses y sintiendo que las flemas le interrumpían a cada momento la respiración. Madame Grinard no se separaba de la cabecera de su cama. No tenía recato de traer con frecuencia a la memoria de Barbin que si la niña estaba así, se debía a que se había ignorado su consejo de no exponerla a una travesía por mar. Y Barbin tuvo que reconocer que la comadre tenía razón. Claramente, ella buscaba el bien de Alphonsine, y en el futuro se tendrían muy en cuenta sus recomendaciones.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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