sábado, 3 de enero de 2015

El refugiado


Para empezar el 2015, y antes de publicar un Cuento Urbano que probablemente modifique el concepto que mis lectores puedan tener de mi moralidad, deseo rescatar del pasado esta historia que, según me dijeron, despertó muchas emociones en quienes la leyeron en el Programa de Festejos de Aldea del Rey, correspondiente al año 1999. Está basada en dos hechos reales: el martirio del padre Maximilian Kolbe (1894-1941), declarado santo por la Iglesia Católica desde el 10 de octubre de 1982, y la existencia de un refugiado nazi que mi padre tuvo ocasión de conocer en sus años de servicio como guardia civil. Mi imaginación estableció el nexo de unión entre los dos hechos.

Por el cuadrado de la ventana penetraba el grave e incesante estridular de los grillos y el río de plata proveniente de la luna en todo su apogeo. En la pared de enfrente, en un rincón en sombraluz, se distinguía un almanaque con la fecha en curso: 26 de agosto de 1952. Era una apacible noche estival allá en los Baños de Fuensanta, pertenecientes por aquel entonces al Auxilio Social del régimen franquista.

Durante los casi siete años que Herbert Fritsch llevaba refugiado allí, no se puede decir que hubiera pasado una noche en un solo sueño: dormía tres o cuatro horas a lo sumo, y luego oía el canto del gallo y los primeros gruñidos de la piara de cerdos cuyo cuidado tenía asignado. Y por último asistía al fastuoso despliegue del amanecer sobre los cerros orientales. Era una vida tranquila y monótona la que allí llevaba, pero siempre sería mejor que ser condenado como criminal de guerra.

Cuando el sueño huía definitivamente de sus párpados, tomaba de un escondrijo en la pared una vacía caja de habanos y sacaba de la misma el objeto que era para él un auténtico artículo de devoción: la Cruz de Hierro[1] de segunda clase que le fuera concedida en marzo de 1942 por su antisemitismo declarado. Ahora, aun en la distancia de los años, seguía manifestando para su fuero íntimo orgullo por tal distinción. Apoyaba sus dos pulgares sobre los lados horizontales de la Cruz, y los presionaba con todas sus fuerzas; así encontraba un alivio peregrino a sus tensiones internas. Y, mientras se entregaba a esta especie de ritual nocturno, su mente divagaba lejos en la distancia y en el tiempo: el campo de exterminio de Auschwitz, donde desempeñara con eficacia su cargo de Obersturmführer[2] y donde fueron masacrados nada menos que tres millones de los hijos de Israel. Pensaba, con evidente complacencia, que en ningún momento de esos años de genocidio su Lugger[3] había permanecido ociosa. Por su imaginación desfilaban los miles de rostros que le miraron con temor, rostros cuya luz fue borrada merced a no despreciable cantidad de cajas de munición para su Lugger. Recordaba los hombres que había descuartizado con sus propias manos, las jóvenes que había violado y las ancianas que había arrastrado sin miramientos por el fango sangriento de Auschwitz. Y, mientras pensaba en todo esto, sus pulgares seguían ejerciendo presión sobre los lados horizontales de la Cruz de Hierro. 

Después de la orgía antisemita vino el declive, la huida y el socorro en España. El Caudillo no había olvidado la ayuda que Alemania le prestara durante los años de la Contienda Civil. A Herbert Fritsch le fue concedido el asilo político en la península, y los de Auxilio Social le destinaron a los Baños de Fuensanta, en la provincia de Ciudad Real, para que cuidara de una piara de cerdos y mantuviera vigilado el austero caserón. El arrogante oficial de otro tiempo quedó automáticamente degradado a la categoría de porquerizo. Pero tenía que conformarse con su suerte: siempre sería preferible a comparecer ante los tribunales de Nuremberg y ser condenado por crímenes contra la humanidad... Tenía la firme intención de negarles a los indignados judíos semejante satisfacción. Aquí, en los Baños de Fuensanta, llevando una existencia gris y anodina, nadie podría reconocer al exaltado criminal de otra época.

Sus pulgares apenas si albergaban riego sanguíneo después de un buen rato de oprimir con ellos los lados horizontales de su condecoración. A través de la abierta ventana llegaba a su olfato ese olor telúrico y melifluo que es heraldo de los amaneceres de verano. Su mente no cesaba de retroceder en el tiempo; y por mediación de la misma volvió a revivir los días de finales de julio de 1941, en el campo de concentración de Auschwitz. 

Recordaba que una de esas trágicas mañanas, cuando despertó de su sueño nocturno, su ordenanza le trajo al dormitorio una noticia que hizo que la sangre le hirviera de furor: al efectuar el recuento de los prisioneros se había echado a faltar uno del barracón nº 14..., barracón del cual Fritsch era responsable.

–¡Que formen inmediatamente en la explanada! –ordenó refiriéndose a los prisioneros. 

Y allí los vio a todos congregados, al término de su meticuloso aseo matinal: rostros demacrados, convulsionados por un terror pánico que no es para descrito; cabellos rapados al cero; andrajosos uniformes de prisionero, que sólo encontraban pellejo y huesos en los que asentarse; y silencio..., un silencio lleno de pesadumbre y desamparo. Todos sabían de las crueldades del oficial Fritsch, y ninguno tenía la imaginación lo suficientemente negra como para prever los derroteros por los cuales podían materializarse sus impulsos de violencia antisemita. 

–Nadie me toma el pelo, piojosos kikes[4] –dijo con la voz convertida en trueno–. Si para la noche no encontramos al que se ha fugado, en su lugar, diez de vosotros morirán de hambre en el calabozo.

Sobrevino un sordo murmullo de consternación entre las desordenadas filas de prisioneros. Sin más añadir, Fritsch les dio las espaldas, y concentró sus empeños en tratar de olvidar el nauseabundo olor que arrojaban a la atmósfera las altas chimeneas de los hornos crematorios, donde se consumían los cuerpos de los indefensos judíos, una vez asesinados en las cámaras de gas. 

Se presentó la mañana del día siguiente sin noticias del evadido. Aún no había terminado de despuntar el sol veraniego. Fritsch, fiel a sus amenazas, hizo formar nuevamente a los presos del barracón nº 14 en la explanada, y les dijo con tono lapidario:

–Que el número diez de cada fila dé un paso al frente.

El murmullo de espanto que la víspera pusiera corolario a la locución de Fritsch, adquirió calidad de grito colectivo en las bocas de los condenados a muerte. Uno de ellos, un judío alemán llamado Moses Klineberg, sólo podía pensar en su mujer y en sus numerosos hijos pequeños, diseminados por los otros barracones: ¿Qué sería de ellos si él les faltaba?... Tan horrible perspectiva hizo que los gritos menudearan de su boca con más vehemencia si cabe que los de sus otros compañeros de infortunio.

–¡Mi mujer, mis hijos! –profería con quejumbroso diapasón–. ¿Quién va a cuidar de ellos? ¡Oh, Dios mío!... ¿Por qué tanto sufrimiento, por qué tanta injusticia?... ¿Por qué nos has abandonado?

Se  diría que su voz pasaba desapercibida entre tanto clamor de angustia. Pero, por motivo de ella, unos pasos tardos e inseguros rompieron la uniformidad de la alborotada formación: de las últimas filas se destacó la figura de un preso, escuálido como el que más, que llevaba unos polvorientos quevedos[5] delante de sus ojos almendrados y una de cuyas piernas había de ser arrastrada en la operación del movimiento... Antes de que sus guardianes pudieran advertir su maniobra, ya contemplaba desde su baja estatura la cara de luna de Herbert Fritsch.

–Quiero morir en lugar de uno de esos condenados –pronunció sin las menores muestras de alteración.

El corpulento oficial le dirigió una mirada atónita. 

–¿En lugar de quién quieres morir, kike? 

El prisionero señaló a Moses Klineberg con un cansino movimiento de su brazo izquierdo. 

  –En lugar de aquél, que tiene mujer e hijos. 

  Fritsch aún no había salido de su asombro. 

  –¿Y quién eres tú?

El prisionero respondió con su característica indolencia: 

  –Soy un sacerdote católico... Soy el padre Kolbe.

¿Qué hacía un católico entre tanto judío? Simplemente seguir los dictados de su conciencia... El padre Kolbe había sido párroco en una pedanía pobre de Cracovia. Cuando las tropas nazis empezaron a perseguir a los judíos, él escondía en su iglesia a muchas atemorizadas familias de los mismos, hasta tanto se les presentara la ocasión propicia para emprender la huida a otras regiones de Polonia menos peligrosas. Pero a los alemanes les llegó el husmillo de lo que estaba haciendo el padre Kolbe, y una tarde entraron en tromba dentro del recinto de la iglesia para efectuar un registro minucioso. En el confesionario se halló a un matrimonio de ancianos judíos. Esto le valió al padre Kolbe el compartir el destino de los que no creían en Cristo, al decir  hipócrita de los nazis... Y ahora estaba allí, en Auschwitz, encarando el semblante burlón de Herbert Fritsch.

–No debes andar muy cuerdo cuando estimas menos tu vida que la de uno de estos podridos kikes.

–Jesucristo murió por todos nosotros –repuso calmoso el padre Kolbe–. ¿Dónde quedaría mi dignidad si no estuviera dispuesto a dar mi vida por salvar la de otro ser humano?

–De acuerdo, será como tú quieres... ¡Eh! –gritó el oficial a sus subordinados–. ¡Éste va a morir por el reo de la quinta fila!

Mientras conducían al padre Kolbe al calabozo, su mirada se cruzó con la de Moses Klineberg. Respondió con una leve sonrisa a la expresión de inmensa gratitud que dejaban entrever los ojos del judío. «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos», musitó el sacerdote, evocando un pasaje del Evangelio[6]. No podía darse cuenta de que uno de sus guardianes, con el oído muy fino, había escuchado estas palabras de su boca, que le consolaban anticipadamente de las desdichas de su inminente y particular calvario.

Junto al enorme portón que daba acceso a los calabozos, crecía un roble que, por ser verano, estaba en la plenitud de las hojas. El padre Kolbe lo contempló a sabiendas de que ésta iba a ser la última visión hermosa de su vida. Antes de penetrar definitivamente en la lobreguez de los calabozos, dejó sus quevedos prendidos entre las frondosas ramas del árbol.... Luego una apestosa oscuridad engulló su frágil cuerpo y su alma gigantesca. Las puertas del calabozo se cerraron con estrépito a sus espaldas. La vida y la muerte serían desde ahora una misma cosa.

Fritsch, que en ningún momento perdiera de vista al padre Kolbe, se acercó al roble y rescató de entre sus ramas los quevedos del sacerdote. No pudo evitar echarse a reír..., fuerte, escandalosamente. Luego dejó caer los quevedos al suelo, y los machacó con la pisada de su bien lustrada bota militar, hasta hacer de ellos un heterogéneo revoltijo de vidrio pulverizado y fragmentos de concha de tortuga.

Sin agua y sin comida, no hubo que esperar demasiado a que el calabozo de los presos del barracón nº 14 quedara vacante. Los cadáveres fueron sacados de allí y llevados a los hornos crematorios... Moses Klineberg, al conocer esta última circunstancia, pensó que las cenizas del padre Kolbe volarían libremente lejos de Auschwitz..., y de allí a la eternidad tan duramente ganada.

Las nubes del recuerdo se disiparon en la imaginación de Herbet Fritsch. Se encontraba de nuevo en el momento presente, en los Baños de Fuensanta. La Cruz de Hierro había terminado por ceder bajo la presión continuada de sus pulgares. Con ella había burlado todos sus insomnios durante esos años de exilio, y, presionándola, se había congratulado reviviendo todas sus atrocidades pasadas, dando pábulo a sus delirios de grandeza. Necesitaba de la Cruz de Hierro..., y ahora estaba rota, del mismo modo que los quevedos del padre Kolbe, que él, Herbert Fritsch, aplastara tan alegremente bajo la suela de su bota.

Sin la Cruz de Hierro, sólo le quedaba noche y pesadillas interminables. Era muy malo para él que aquélla se hubiera roto. Tan dramática era su situación, que para enfrentarse a la misma se vio forzado a soltar el trapo a reír de forma histérica.

Después, cuando ya estaba amaneciendo fuera de la ventana, la risa se le transformó en llanto. *

Aldea del Rey, 11-12 de abril de 1999

Por Julián EstebaZapatan Maestre (el jardinero de las nubes)


[1] Máxima condecoración concedida por el ejército alemán.
[2] Grado militar equivalente a teniente.
[3] Arma reglamentaria de las SS.
[4] Apelativo despectivo que los nazis aplicaban a los judíos.
[5] Gafas redondas y de gruesos lentes, con la montura negra.
[6] San Juan 15:13, en la traducción de la Biblia de Jerusalén.




* Esta historia es una amalgama entre lo ficticio y lo real. Es cierto que hubo un ex oficial nazi refugiado en los Baños de Fuensanta, por la época que se indica en el relato; estaba al cuidado de una piara de cerdos. También es cierto que existió el padre Kolbe y que dio su vida en Auschwitz por salvar la de un compañero, en los mismos términos que se refieren en el relato. El padre Kolbe ha sido canonizado bajo el pontificado de su compatriota Juan Pablo II.


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jueves, 18 de diciembre de 2014

Mensaje navideño 2014


Parece que con el transcurrir de los años la Navidad adquiere un cariz comercial y consumista. Las tiendas y grandes superficies cada vez adelantan más sus calendarios navideños. Se encienden luces, se decoran árboles, se arman belenes, para que la Navidad sea un espectáculo atractivo, para que las celebraciones sean lo más onerosas posible, para que las reuniones de familiares y amigos lleven implícitas una razón de consumo.

A mí particularmente me gusta la estética navideña, y el consumo dentro de unos límites moderados. La Navidad es una celebración, y es importante recordar lo que se celebra: una familia con escasos posibles moviéndose en medio del frío de la noche, una jovencita a punto de dar a luz, todas las posadas del pueblo ocupadas, sólo un establo disponible y un sencillo pesebre para acoger a la esperanza del mundo. Nada más humilde y alejado de las tendencias consumistas, pero que hizo que los cielos prorrumpieran en gozo. Ésta es la historia que nos han contado; cada cual en su corazón debe decidir si fue verdadera o no. En mi caso, quiero creerlo.

La Navidad para mí es sinónimo de familia. Ya fallecieron mis padres y mi hermana (mi madre, este año). La casa del pueblo, escenario de mis navidades infantiles, ahora sólo tiene el silencio de mis emociones y recuerdos. Cada vez que abro la puerta, alzo una persiana, me siento en una silla, se me representan los ojos luminosos y la sonrisa de mi hermana, la bondad de mi padre, la laboriosidad de mi madre… Os habéis ido de mi vida, y allá donde estéis (si es que estáis en alguna parte, como yo así espero), quiero deciros que os recuerdo y que celebraré en vuestra memoria las navidades que me queden hasta reunirme con vosotros, siempre con la alegría del nacimiento de la esperanza para el mundo. El amor silencioso puede llenar una casa vacía. Hay objetos vuestros, ropas que os pertenecieron. Todavía, mamá, hay una bata que conserva tu fragancia. Perdonadme si no conseguí ser mejor hijo y hermano, si no os dije con palabras lo mucho que os quería; a pesar de eso, mi conciencia descansa porque mi sentimiento fue verdadero.

Deseo a todos los que pasen por este blog una Navidad feliz y todo lo que venga después. No se les ocurra dar margen a la tristeza, alégrense mucho; aunque los problemas permanezcan, la Navidad es tiempo de milagros, y no hay mayor milagro que la alegría del corazón. Siempre habrá motivos para la melancolía, pero para la alegría puede quedarnos uno de los mayores motivos… la Navidad… el amor... Dios, en una palabra.


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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domingo, 14 de diciembre de 2014

Proverbios: ¿Qué hacer en caso de persecuciones?


Hay más sensatez en los pies del cobarde que en los puños del valiente.

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).
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sábado, 6 de diciembre de 2014

El último viaje de Ebenezer Scrooge y otros asuntos literarios


En la sesión del día 3 de diciembre del actual, estuvimos trabajando en el Taller de Escritura Creativa algunas técnicas de desbloqueo. Empezamos dedicando diez minutos a hacer una relación de las cosas que nos gustan y no nos gustan. En mi caso, produje el siguiente texto:

ME GUSTA, NO ME GUSTA

Me veo hace una hora, haciendo estación junto a un descampado, el cielo impostado de nubes ultrajadas por el frío, los álamos confesando sus cuitas a la brisa vespertina; no hay pájaros, y sí está presente una farola desangelada que amenaza con romper en un trasunto de luz de gas. No sé por qué, se trata de un atardecer como uno de tantos, pero he sacado el móvil para fijar esa imagen en la virtualidad del recuerdo. Al girarme de espaldas, he avistado en la altura del campanario una porción de luna, que asoma su modesta belleza en los atrios del día que declina… Así son los momentos en los que me gustaría vivir más a menudo.

Sin embargo, no me gusta lo que de tan luminoso acaba cegando, caminar las sendas trilladas, vestir y calzar como imponen los escaparates, ser un hombre sociable cuando mi naturaleza me empuja al alejamiento. Dicen que el sol es mejor que la lluvia; pero yo sé que la lluvia es más valiosa que el concepto que tengo de mi existencia; ninguna flor ha nacido de un brote que no haya recibido la caricia pluvial de los cielos. No me gusta situar lo físico por encima de lo metafísico, juzgar cuando no es preciso hacerlo, vivir persiguiendo un sueño cuando no hay sueño más hermoso que la vida que no debió ser malgastada.

Es verdad, me gustan estas reposadas tardes de otoño.
Foto real que ha inspirado el texto


A continuación, estuvimos trabajando la técnica del binomio fantástico. Yo no me encontraba muy motivado ese día. Me fue asignado el doblete de palabras “Médano-Pozo”, y éste es el texto que salió de mi exhausto telar en los diez minutos que nos fueron dados:


MÉDANO-POZO

El capitán Ferragut se había quedado solo en el castillo de popa de su goleta. Los malditos marineros, comandados por el aún más maldito contramaestre, se habían apropiado del único bote en el albor de la tormenta. Sus manos se aferraban con un figurado rigor mortis a la caña del timón. Una isla apareció en el entrevero de la lluvia y las olas sublevadas. No había oportunidad de maniobrar. La quilla quedó encajada en el primer médano que salió al encuentro. El capitán sintió, como si se hubiera tratado de su propio cuerpo, el modo en que se partían las cuadernas, se dislocaban las vergas y los mástiles rompían sus ángulos de sujeción… Tenía que abandonar el castillo de popa o la parca implacable reclamaría el tributo de su vida. Aguardando el momento propicio para ello, se aprestó a saltar por la borda.

Pisó agua y arenas tambaleantes. Sus botas eran como brazos de ancla, que le impedían avanzar con la necesaria ligereza. Pero había que hacerlo, ahora que era el momento del reflujo de las olas.

Anduvo un paso más, y la arena abrió un pozo que se tragó al mar y al capitán Ferragut.



Para ultimar la sesión de aquel día, y a modo de ejercicio para casa, Cristina, la monitora, nos encargó que aplicásemos la técnica del plagio creativo al “Cuento de Navidad”, de Charles Dickens. Es una historia que me cautiva, y sé que en mi caso es ocioso parangonarme con el gran maestro inglés. No obstante, he aquí mi humilde aportación:


EL ÚLTIMO VIAJE DE EBENEZER SCROOGE

–¿Por qué, tío Ebenezer, no me has hablado nunca de Belle, la única novia que tuviste en tu vida? Siempre has mentado a mi madre, tu hermanita, tu pequeña Fan, como solías llamarla. Tu nostalgia llegó a conmoverme, pero nunca referiste una palabra de Belle.
Era la tarde de Nochebuena. En el barrio de Wapping se extinguían los colores del día entre las adustas chimeneas de las fábricas, que semejaban columnas que sustentaban el cielo escarchado. Ebenezer Scrooge estaba tendido en su lecho, su mano sostenida por la de Fred, su sobrino. La puerta estaba cerrada, y sabía que en cuanto el carillón diera las doce campanadas, las llamas del candelero oscilarían y el fantasma de Jacob Marley, su antiguo socio, acudiría a buscarle.
–Escúchame, Fred. No hice caso a tu madre la Nochebuena que vino al colegio a invitarme a la fiesta que iban a dar tus abuelos; por tanto, dejé correr la oportunidad de reconciliarme con ellos. Yo le doblaba la edad a tu madre, y su rostro estaba enrojecido por el frío que había pasado corriendo por el sendero del arroyo; apenas me llegaba ella a la cintura. Y no la hice caso. Se fue llorando a pasar la Nochebuena con su familia… que ya no era la mía.
Fred le limpió una lágrima rebelde que se le había posado en la comisura del párpado. La voz de Scrooge se iba adelgazando progresivamente.
–Ella me quiso toda su vida, incluso cuando la nariz se me afiló de pura misantropía y acabé convertido en el usurero más huraño y ruin de todo Londres. Su amor resultó al final más fuerte que el de Belle… ¡Dios mío, qué adorable era Belle! Recuerdo cuando la conocí en aquel baile de Navidad que dio en su almacén el querido y recordado señor Fezziwig. Ella rehizo su vida, encontró a un hombre bueno, se casó, tuvo hijos…
  –Cálmate, tío Ebenezer –dijo Fred al ver que Scrooge se alteraba y nuevas lágrimas surcaban sus mejillas.
–Es verdad: nunca te he hablado de Belle –continuó el anciano tras recuperar el aliento– porque las cosas sagradas no deben ser aireadas. En el corazón guardamos los sueños y encerramos los pecados, y si hay tesoros tienen que ser fuertemente custodiados. Belle no se merecía un hombre como yo, mientras que yo no pude soñar con una mujer mejor… Ahora déjame solo. No apagues el candelero. Disculpadme si no os acompaño a cenar.
–Feliz Navidad, tío Ebenezer.
 Fred se marchó de la alcoba, cuidando de cerrar la puerta. Ahora sabía que su tío nunca había abandonado la pasión que retoñó en su juventud.
Llegó la hora en que un júbilo de campanas anunció la Navidad. Las velas del candelero palpitaron con un fulgor helado. El fantasma de Jacob Marley atravesó la puerta de la alcoba.
–Hola, viejo camarada, te estaba esperando –dijo Scrooge con dolorosa dulzura.
–Vengo a buscarte y a indicarte una vez más el camino –dijo el fantasma–. Te felicito: enmendaste tu vida al final, repartiste las obras de tus sentimientos, te sumergiste en la nostalgia, te consideraste en tus ratos de soledad el más indigno de los seres vivientes… Eres grande, Ebenezer Scrooge. No temas ir por el camino que te voy a indicar.
Scrooge se puso trabajosamente en pie. Tomó de la mano al fantasma de Jacob Marley, y dejó que las navidades siguieran su curso.
A la mañana siguiente, Fred descubrió que el alma de su tío había emprendido el más largo de los viajes. Sobre su mesita de noche, había una nota en la que figuraba una única palabra trazada con torpe pluma:

BELLE





Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).

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martes, 25 de noviembre de 2014

Proverbios: lo más valioso y el origen de la esperanza


Inauguro una nueva sección: “Proverbios”. Son frases que se me ocurren al acaso y que tengo la prevención de anotar antes de que se me olviden. He aquí las dos primeras:

Las cosas más valiosas son aquéllas que puedes llevar sin necesidad de transportarlas.

El universo al formarse tenía el tamaño de una lágrima.


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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domingo, 16 de noviembre de 2014

Continuación de "El guardagujas"


El ejercicio que Cristina Serrano nos propuso en la primera sesión del Taller de Escritura Creativa, consistía en dar un final a este fragmento de relato, extraído del cuento "El guardagujas" de Juan José Arreola:

-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, sólo soy guardagujas. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento. 

No es un cuento que me guste demasiado, después de haberlo leído en su totalidad. No obstante, éste es el final que yo propongo para la próxima sesión del taller, el día 19 del actual:

CONTINUACIÓN DE “EL GUARDAGUJAS”

La promesa de viajar aún latía en su interior. X era el nombre que le había dado al impertinente guardagujas, y, antes de que el tren parase en la estación, debía dejar algún testimonio de quién era en realidad. Apresuradamente, arrancó una hoja a su libreta, y a vuelapluma, cuidando que las palabras crecieran en tamaño, dejó escrito: “Yo soy Joseph Conrad”. Luego abandonó la hoja en el hueco de una ventana, adosada al cristal turbio de polvo añejo.

La locomotora frenó en seco, y mientras lo hacía soltaba serpientes de vapor. Joseph se aupó al estribo del vagón, y entró al compartimento. No se veía un alma allí, estaba enteramente solo. Se dejó caer en un frío asiento de cuero ultrajado por tantos años y viajeros. La locomotora silbó de forma perentoria, el andén de la estación desfiló hacia atrás, el bosque sumó profundidad en tanto que la última niebla del alba se fugaba en el vértice de la montaña.

Joseph sacó de nuevo su libreta, y dejó escrito: “Estoy dispuesto a sucumbir a lo que me depare el destino. Amo la humanidad, pero no espero nada bueno de ella. ‘Una muchachita’, dijo ese condenado guardagujas. ¿Qué sabrás lo que ando buscando, desgraciado pelanas?”.

El tren se zambulló en las sombras verdes de una cúpula de árboles. Redujo su velocidad porque la vía se acababa. En cuanto se parase del todo, Joseph tendría que improvisar un nuevo comienzo, y tenía claro cuál iba a ser: bajaría del vagón, buscaría un calvero en la frondosidad del bosque, echaría un tiento a la petaca de ginebra que llevaba en su maleta, y se pondría a escribir; entonces necesitaría otro trago, y seguiría escribiendo. No quería fundar ciudades: sabía que el tiempo termina sepultando la memoria de las ciudades, pero las palabras escritas con pasión sobreviven al olvido, cada día se renuevan, no desaparecen como las voluntades caídas.

Joseph encontró el calvero adecuado. Sentó sus posaderas sobre un tocón macerado de musgo, enarboló su pluma como pintor de palabras, echó un trago de ginebra, abrió por enésima vez la libreta. El tiempo callaba. Tras expulsar el aire de sus pulmones, se puso a escribir… y ya no paró de hacerlo.


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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domingo, 9 de noviembre de 2014

Comienzos y descripción

Hemos iniciado un nuevo curso en el Taller de Escritura Creativa, en la Biblioteca Pública del Estado de Ciudad Real, a cargo nuevamente de Cristina Serrano. Se ha incorporado mucha gente nueva. En la primera sesión, correspondiente al 5 de noviembre, trabajamos los comienzos de los relatos, que se pueden abordar desde varias perspectivas: Sentidos, Reflexión y Deseos Ocultos. Cristina nos dio unos diez minutos para hacer nuestros propios comienzos. En mi caso, éstos son los textos que produje:

SENTIDOS
¡No puedo! Se me forma arena en la boca, el bolo no quiere bajar por la garganta, hay martirio en las papilas gustativas y la sangre huye de la lengua. ¡No puedo, no me obligues! Crueldad de ajos y cebollas que se han soltado de la rienda, líquido infame que sabe como la cicuta cocida, gránulos atravesados como hormigas asesinas. ¡Por favor, no me hagas comerme tus lentejas!





REFLEXIÓN
Era el mismo lugar, la misma puerta, la entrada comunicando con la salida. La temía al principio, ahora la venero, buscando su espejismo de reposo y consuelo. No recuerdo el temor del principio, pero el tan temido final me ha encontrado, y nada ha cambiado. Está aquí, ya ha venido, la palabra “fin” ha sido escrita.






DESEO OCULTO
Llegué a la mitad del ferial. La noche se vistió de lentejuelas y fuegos que nacían en el cielo sin arder. El gentío estaba en todo su apogeo. El abrigo me sobraba. Un policía se quedó absorto mirándome, como si supiera lo que yo iba a hacer. Era el mes de agosto y ya estaban avanzadas las cabañuelas. ¡Lo hice! Me arrebaté el abrigo, y los ojos del gentío se sumaron a las miradas del policía. Mi única prenda era el abrigo… y la había perdido.



Acto seguido, abordamos la cuestión de las descripciones. Cristina nos leyó este microrrelato titulado “La coleccionista”, de Isabel González:

La niña coleccionaba arena. Aislaba cada granito aislado, lo cogía con una pinza y los guardaba en un vaso de vidrio. Había miles de átomos de coral, cientos de pizcas de nácar y quién sabe cuántas partículas de cuarzo geminado albergaban sus recipientes. La gente venía de lejos a contemplar su exposición. Ella les asignaba un número y ellos transitaban los pasillos hasta que de repente, pegaban la nariz a tal o cual vaso y acariciaban extasiados la superficie del cristal. “¿Qué les ha parecido?” – les preguntaba al salir - “Son unas vasijas preciosas”, contestaban los visitantes.
La niña apuntaba en su cuaderno “trescientos cuarenta y un mil… “ Era magnífica su colección de idiotas.

Nos pidió que reformulásemos este relato descriptivo en forma de diálogo, en un espacio no superior a cinco minutos. En mi caso, mi contribución fue la siguiente:


LA COLECCIONISTA
–Sí, yo lo veo aquí. Arenisca de luz, cuarzo de cuchillo, pizarra de nube preñada de tormenta, esquistos de ladera incendiada. Tu colección es interesante.
–Sí señor –respondió la niña tragándose la sonrisa.
–Ahora, prueba a vaciar las vasijas.
–¿Por qué, señor? –la niña se quedó pálida de asombro.
–Hazlo, por favor.
Al final accedió a ello. Los distintos fragmentos de arena se dispersaron por el suelo.
–Bien –dijo el hombre suspirando de alivio–. Me encantan las vasijas. ¿Son de cristal de Murano?
La niña escribió en su cuaderno: “el primero que me hace parecer una idiota”.




Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).
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