domingo, 22 de junio de 2014

El pobrecillo de Dios


Escribí este cuento hace ya la friolera de catorce años. Por aquel entonces atravesaba una especie de crisis vital que me llevó a abrazar la religión con inusitado fervor. Vivía en Aldea del Rey, y no me encontraba integrado entre la gente; mi noviazgo no marchaba bien, y era consciente de que se estaban consumiendo las últimas oportunidades de mi juventud. La lectura de la Biblia y el conocimiento de la figura de Francisco de Asís, me trajeron un extraño gozo y una especie de consuelo; fue la época más mística de mi vida.
El cuento, aun cuando producto de mi imaginación, está inspirado en un hecho real. Una mujer joven de Aldea del Rey falleció víctima de un cáncer, dejando a un marido desconsolado y a dos hijas pequeñas. Este suceso conmovió a todo el pueblo. A mí, particularmente, me removió las entrañas, y usé este relato para desahogar tal sentimiento. Fue publicado en el Programa de Ferias y Fiestas de Aldea del Rey, correspondiente al año 2000, que coincidió con un celebrado año jubilar en el mundo católico.
A mi madre le encantó este relato; las historias de santos eran sus preferidas. Quiero dedicárselo ahora con todo cariño y emocionado recuerdo. Acaso no valga mucho, pero a ella le conmovió profundamente, como ahora me conmueve el recuerdo de aquellos tiempos de juventud.


Amanecía. El cielo se poblaba de alas blancas y azules, de nubes de gloria y de rayos dorados. La tierra se sacudía las sombras en un gozo primaveral. Las flores comenzaban a desplegar sus lindos gallardetes. Las alondras y golondrinas llenaban el espacio de gorjeos melodiosos. En la distancia se divisaban las torres y los campanarios de la ciudad de Asís, desdibujados por la bruma matinal.
Doménico Frabrici encaminaba sus pasos hacia allá. Era un hombre alto y fornido, de cabellera leonina y ojos de un azul avispado. Iba vestido con un sayo del color de la tierra húmeda de lluvia. Llevaba una cuerda de esparto ceñida a la cintura. Sus pies no calzaban sandalias; por eso los tenía cubiertos del polvo de los caminos y de ampollas sangrantes.
Nada más entrar en la ciudad, preguntó dónde podría hallar al “hermano Francisco de Asís”. Le respondieron que en el convento de San Damiano, habitado ahora por la hermana Clara y su congregación de monjas. Preguntó, en consecuencia, cuál era el camino más corto hacia San Damiano, se lo indicaron y enseguida se puso en marcha. La gente observaba su paso apresurado con ojos de mirada harto suspicaz.
Al poco rato arribaba a las puertas de San Damiano. Le recibió la misma hermana Clara, un ángel rubio de cara pálida y hábito gris como la ceniza de leña.
–Quisiera ver al hermano Francisco –pidió Doménico, con toda humildad.
Dos lágrimas peregrinas asomaron a los bellos ojos de la religiosa.
–El padre Francisco se nos va –explicó compungida–. Su espíritu ha vencido a la carne, y pronto volará junto a Dios.
–Necesito verle –suplicó Doménico.
La hermana Clara le condujo hasta una choza de ramas de acacia, fuera del convento. Allí el hermano Francisco, el pobrecillo de Dios, aguardaba impaciente su última hora. Estaba tendido en el suelo; por toda almohada tenía una dura piedra. Su hábito desprendía un hedor nauseabundo, el genuino olor de santidad. De su cuerpo no quedaba más que pellejo y huesos quebradizos. Sus ojos, supurantes de sangre, ardían cual dos carbones encendidos.
–Padre Francisco –le requirió la hermana Clara–, aquí hay un hombre que desea que le escuches.
–¿Qué pueden valer mis oídos? –replicó el moribundo, con una voz tan leve como el susurro de la hierba al crecer–. Es el Señor quien ha de escucharle, no el más miserable de sus siervos.
–Padre Francisco, abre no obstante tus oídos a mis palabras –dijo Doménico, poniéndose de hinojos junto al enfermo–. Me llamo Doménico Fabrici. Soy, o mejor dicho era, un rico mercader de Génova. Tengo mujer y dos hijas, tan hermosas como un jardín en mayo. Mi mujer se llama Rosalía; mis hijas, Josefina y Leonor. Verás: hasta Génova llegaron los ecos de tus andanzas prodigiosas. Mi esposa se conmovió ante la sola mención del amor que profesas a los leprosos, y quiso imitarte a la sazón. Marchaba a los montes cercanos a Génova donde habitan esos desgraciados enfermos, llevándoles de comer y atendiéndoles según tu ejemplo. Tanto empeño mostró en esta tarea mi Rosalía, mi adorada florecilla de oro, que acabó contrayendo la lepra...
Una sonrisa de felicidad se insinuó en los marchitos labios de Francisco.
–Dichosa tu esposa –comentó acto seguido–, que se ha ganado el Paraíso con el martirio de su enfermedad.
–¿No lo entiendes, padre Francisco? –prosiguió Doménico, al borde de su exasperación–. ¡Si está enferma es por querer seguir tus huellas! Me han hablado de que algunos enfermos se han curado por tu sola voluntad. No cabe duda de que Dios escucha tus plegarias. Tienes que rogar por mi Rosalía; sólo así recuperará la salud.
–Si es voluntad del Señor que tu esposa sane, no será como resultado de mis oraciones. Yo soy un hombre..., solamente un hombre –recalcó Francisco.
Doménico comenzó a retorcerse las manos de desesperación e impotencia. La hermana Clara observaba silenciosa la escena.
–Escúchame, padre Francisco. Mis hijas no deben quedar huérfanas de madre. He renunciado a las riquezas y demás vanidades de este mundo, llevo puesto el sayo de tu Orden y camino descalzo, sin cayado y sin sandalias, según se aconseja en el Evangelio[1]. Mira mis pies, tan sucios y lastimados como los tuyos. Por favor, corderillo de Dios, pídele al Señor que cure a mi Rosalía.
Las lágrimas, mezcladas con sangre, brotaron a raudales de los ojos de Francisco.
–¡Ten piedad de él, hermano! –le reprendió la hermana Clara a Doménico–. ¿No te das cuenta de que con tu persistencia no vas a hacer sino acelerar su fin?
–Sólo quiero que ruegue al Señor para que cure a mi Rosalía, la tierna paloma de mi hogar –respondió el interpelado.
En ese preciso momento se deslizaba dentro de la choza la hermana Pica, la madre de Francisco. Era una anciana de rostro ajado como una hoja de otoño. Vivía en San Damiano desde que su marido, Pedro de Bernadone, abandonara la vida terrenal y dejara de este modo de sufrir por las extravagancias de Francisco.
–Corazón mío –cuchicheó la hermana Pica, reclinándose sobre su hijo.
Francisco, pese a que ya estaba prácticamente ciego, distinguía el fulgor de los ojos de su madre. Y fue entonces cuando una fuerte luz nació en la profundidad de su alma; por un instante lo vio todo claro y diáfano.
–Hermana Clara...
–¿Sí, padre Francisco? –se apresuró a contestar la aludida.
–Corre a Santa María de los Ángeles, la Porciúncula, donde habitan mis otros hermanos, y haz que se presenten aquí el padre Silvestre y el hermano Bernardo de Quintavalle. Diles que necesito que me lleven a cierto sitio... He comprendido que no puedo descargar sobre mi conciencia el dolor de unas hijas que tienen la posibilidad de quedarse sin su madre.
A Doménico se le atravesó un nudo en la garganta por la rotunda emoción que le sobrevino. La hermana Clara se dio prisa en obedecer el mandato de Francisco.
Al cabo de una hora hicieron su aparición el hermano Bernardo y el padre Silvestre, dos monjes de aspecto francamente zarrapastroso.
–Cogedme en vuestros brazos y ayudadme a subir hasta la cúspide del monte Subasio –les rogó Francisco.
–Hermano Francisco, estás muy débil –replicó el padre Silvestre–, y además es peligroso que vayamos allá, pues por los caminos merodean los bandidos de Perugia, que quieren raptarte para que fallezcas en su ciudad, cubriéndola de honor por albergar la sepultura de un santo.
–No importa. Hemos de ir de todas maneras a lo alto del monte Subasio.
–¿No es allí donde viven los leprosos? –intervino Doménico, a cada momento más admirado por el valor de que hacía gala Francisco.
–Justamente. Allí viven casi todos nuestros hermanos... Yo también cuando las fuerzas me lo permitían.
Se pusieron en camino. Detrás de Francisco, sostenido de los brazos por los dos monjes, iban Doménico, la hermana Clara y la hermana Pica. Hacía un luminoso y templado día de primavera. La rapada coronilla de Francisco brillaba como ungida con esencia de nardo.
En cuanto alcanzaron la ladera del monte Subasio, empezaron a escuchar el característico tintineo de las esquilas de los leprosos, que era la manera que éstos tenían de alertar a las personas sanas para que se alejaran del lugar y así evitaran el peligroso contagio. Doménico se estremeció de espanto. Los leprosos semejaban cadáveres vivientes con sudarios andrajosos. Tan pronto reconocieron a Francisco, se pusieron de rodillas con devoción.
–¡No, hermanos míos! –objetaba Francisco, entreviendo las figuras de los enfermos–. Es sólo ante Dios, nuestro Padre, ante quien debéis arrodillaros[2].
Tras una penosa ascensión por sendas de lobos, la comitiva alcanzó por fin la cumbre del monte Subasio. Sacando fuerzas de flaqueza, Francisco se encaramó a la roca que se le antojó más elevada. Enseguida comenzaron a acudir las golondrinas a millares; ensordecían los aires con sus cantos desatados y su frenético batir de alas.
Francisco extendió sus brazos, y las heridas de los clavos de Cristo se abrieron en sus manos, como ya aconteciera tiempo atrás en la cima del monte Alverna; también vertían regueros de sangre su costado y los empeines de sus pies.
–Hermanitas golondrinas, entibiad vuestros cantos y dejad que os hable; no seáis tan escandalosas –profirió todo lo fuerte que su debilidad le permitía–. A vosotras, que voláis más alto que el gavilán, os envío a que le formuléis una petición a nuestro Padre común. Vosotras sois las mensajeras de Dios. Desde que era muy niño he observado que no tenéis competidor en el cielo. ¡Qué grande es Dios, digno de toda alabanza, pues el firmamento entero no lo puede contener pero sí puede anidar en el corazón de un solo ser vivo! Hermanitas golondrinas, que el hermano viento os auxilie con sus veloces alas e id y suplicadle al Padre que devuelva la salud a todos los leprosos de esta tierra... Pero si no quiere complacerme en esta ambiciosa petición, decidle que cure por lo menos a la esposa del hermano Doménico. Ella es buena y piadosa, y tiene dos hermosas hijas a quienes sacar adelante... Que el hermano sol ilumine vuestro camino, que la hermana agua de las nubes calme vuestra sed. Id a trasmitirle a Dios mi deseo, y de paso le diréis esto: Padre, si te amo porque anhelo las delicias del Paraíso, envía al ángel de la espada para que me impida traspasar sus umbrales; si te amo porque temo el infierno, arrójame de cabeza a sus llamas; pero si te amo sólo por Ti mismo..., entonces tiéndeme tus brazos y estréchame contra tu corazón...
Entretanto, un prodigio sin igual se estaba verificando en los bosques del monte Subasio... La práctica totalidad de los animales, las criaturas de Dios, atendía al discurso de Francisco: las aves del cielo, los rebaños de ovejas, las manadas de caballos, las jaurías de lobos, los conejillos del campo, las vacas y los bueyes de los apriscos, los ciervos de los bosques, los perros y los gatos de las ciudades, las abejas y las mariposas de los prados, los peces de los arroyos y lagunas... En definitiva, todas las naciones del reino animal se encontraban allí representadas. También los leprosos y los proscritos prestaban atención a Francisco; hasta acudieron el resto de los monjes de la Porciúncula y las demás hermanas de San Damiano. La Creación entera escuchaba al moribundo, derramando lágrimas de profunda emoción.
Después de tan desmedido esfuerzo, las energías le fallaron a Francisco y acabó transpuesto en el suelo. Sus acompañantes fueron en su ayuda. Se encontraba muy débil; había perdido una cantidad importante de la poca sangre que le quedaba. Cuando por último consiguieron reanimarle, miró fijamente a Doménico y le dijo con un hilo de voz:
–Regresa a Génova. Ahora todo queda en las manos del Señor.
Mientras tanto, la milagrosa asamblea de las criaturas de Dios se había ido disolviendo. El monte Subasio recobró su apariencia ordinaria. Doménico, al colmo de su emoción, se despidió de todos sus nuevos amigos.
«¡Qué grandeza de hombre ese Francisco!», pensaba en tanto que acometía el descenso por la ladera del monte. El sol ya calentaba en todo su vigor. Las flores repartían su alegría a lo largo y ancho de la campiña.
A su regreso a Génova, Doménico encontró a su mujer curada de la lepra y a sus hijas contentas y jubilosas. El milagro se había producido finalmente. A partir de entonces, la alegría de los justos reinó en la casa de Doménico Fabrici.
Pocos meses después de los hechos referidos, Francisco, el pobrecillo de Asís, hizo ofrenda a Dios de la única posesión que le quedaba: su alma imperecedera.
La Naturaleza entera guardó luto durante mucho tiempo.

Aldea del Rey, 3 de junio de 2000
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)




[1] Cf.  Mat. 10, 5-10; Mc. 6, 7-9; Lc. 9, 1-3. En estos pasajes bíblicos se inspiraba el modelo de vida franciscano.
[2] Cf.  Hch. 10, 25-26; Ap. 19,10. Es a Dios a quien únicamente se debe rendir culto.



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domingo, 8 de junio de 2014

Final del taller de escritura creativa


Una vez transcurrido el período de duelo por el fallecimiento de mi madre, vuelvo a retomar la actividad en el blog. Constituye mi consuelo y asimismo una vía de escape.
Durante la sesión del taller de escritura creativa correspondiente al 7 de mayo, trabajamos la técnica de la descripción, aplicada concretamente a la creación de personajes. En mi caso, recurrí a un sueño que tuve hace casi dos décadas para dar las pinceladas de Nicolaso, un niño maléfico. He aquí el texto que produje tras los minutos que nos dio Cristina Serrano, la monitora:

Digo niño porque eso parecía mirándole detenidamente: ojos de color cucaracha, flequillo y guedejas rubios, tez morena, evidenciando miles de horas transcurridas al sereno. Nicolaso, así le decían en las callejas olvidadas de la judería de Praga. Nadie osaba enfrentarse a la mirada de sus ojos: tras el color cucaracha palpitaban las sombras del infierno. La maldad imbricada en un rostro hermoso, cuyos cabellos lucían el oro de la corona de Febo. Siempre lo veían inmóvil en las rinconadas, como la culebra a punto de lanzarse sobre su presa. ¡Nicolaso! Ese nombre materializaba en los labios el terror de las tinieblas. Contaban que había arrojado a su hermana recién nacida al pozo que hay a la entrada del cementerio judío de Praga. Los ángeles huían de ese niño maldito, que tras sus ojos escondía vicios, blasfemias y terribles maquinaciones. Cabellos rubios con piel tan bronceada como la de un guerrero nubio; de semejante combinación podía aguardarse todo lo malo.

El taller finalizaba el día 21 de mayo, tristemente la fecha del fallecimiento de mi madre. Cristina nos mandó para casa, como ejercicio final, un texto inspirado en el poema “Desayuno”, de Jacques Prévert, que ya mencionamos en su día y que vuelvo a reproducir en estas líneas para refrescar la memoria:

DESAYUNO
Él puso el café
En la taza
Puso la leche
En la taza de café
Puso azúcar
En el café con leche
Con la cucharilla
Lo revolvió
Bebió el café con leche
Y reposó la taza
Sin hablarme
Encendió
Un cigarrillo
Hizo círculos
Con el humo
Posó las cenizas
En el cenicero
Sin hablarme
Sin mirarme
Se puso de pie
Se puso
La gabardina
Porque llovía
Y partió
Bajo la lluvia
Sin una palabra
Sin mirarme
Y yo, yo tomé
Mi cabeza con las manos
Y lloré.

Los textos debían figurar sin nombre, pues iban a participar en un certamen para elegir por votación el mejor. Cristina Serrano se encargaría de leerlos. Por el motivo ya sabido, yo no podría ir personalmente al certamen, así que la misma madrugada que mi madre expiró, le cursé un correo electrónico a Cristina, adjuntándole mi relato. He aquí el texto en cuestión:

Es verdad que yo te superaba en casi dos décadas, que la flor de mi juventud ya se había agostado tras los recuerdos cercanos, que acaso yo te hubiera exigido más por el irracional temor de perderte, por celarte para conservar los momentos que jamás volverían a repetirse en mi vida. Te veo ahora en el jardín de invernadero de tu casa, tan apropiado a tus vuelos de poeta. Cae la lluvia y el sol de junio aparece enfundado en celajes de otoño. Tan profunda es la herida de tu desilusión, que no te ves capaz de mirarme. Te entretienes atendiendo al ritual de un desayuno anodino: las volutas de café, el azúcar cucharilleando en la taza, las nubes de leche disolviéndose en la oscuridad del brebaje, mientras alumbra un color de tierra de geranios. Sientes una piedra en el corazón, no puedes hablarme ni tan siquiera levantar la mirada. Apuras la taza, acaso a la espera de que el café retire las telarañas que entorpecen tus ojos. Tu garganta se mueve forzadamente, tal vez tragando las lágrimas que te resistes a verter.

Ya casi te vas. Enciendes un cigarrillo, y lanzas aros azules al cielo lluvioso de más allá de los vidrios de la claraboya. Dos círculos consecutivos, como así fueron tu boca y la mía en esos instantes ya apartados. El corazón es una piedra, y el fuego de la desdicha no puede ya calcinarla, acaso para constituirse en yeso sobre la pared donde ambos dibujamos nuestros nombres en espirales de un amor deseosamente prolongado. Todos los años de nuestros momentos en común, las penumbras jadeando de rabiosa pasión, los bosques de la sonrisa ecuatorial, el tiempo confundido con el amor que yo debí cuidar y mantener. Viento de granizo arremetiendo contra la llama que no creía que fuera a extinguirse. Perdóname, si aún puedes hacerlo. ¿Cómo puedo saber que me escuchas si tu rostro está tallado en la misma piedra que encierra tu corazón? Sólo escucho a tu alrededor el sordo baqueteo de la lluvia en los vidrios de la claraboya.

Ya te pones en pie. Abandonas la mesa de tu desayuno y esparces las cenizas de tu cigarrillo girando con diferida lentitud la colilla en el cenicero. ¿Aún no te vas? Te pones la gabardina. Es el mes de junio que se ha puesto máscara de noviembre nostálgico. ¿No te vas todavía? Perdona tanto mal como te hice, atrévete a mirarme. La lluvia te está llamando y te abre brazos de madre para aplacar esa tristeza que no consigues entender. Aún no me has aniquilado. ¡Sigues aquí!

Pero no, ya me has dado la espalda y te encaminas hacia la puerta del recinto acristalado. Mis ojos comienzan a empañarse, y es tal vez por eso que veo los tallos de las plantas inclinándose a tu paso. ¡No te vayas, date la vuelta! Nunca más volverás a sufrir por mi causa. Has abierto la puerta, quizá has vuelto a pensarlo y te has marchado. Las primeras gotas de lluvia posándose en tu gabardina.

Queda la escena paralizada de tu principio: los restos del desayuno, el cenicero liberando un desmayo de humo. El sonido de la lluvia que no me regaló tus palabras. Aprieto la tecla, y se oscurece la pantalla del ordenador.

Y aquí, en la soledad de mi escritorio, donde reina un verano invernal, atrapo mi cabeza entre las manos… y lloro.

Nuestras culpas se han intercambiado. Ahora soy inocente y tú culpable.

En los correos que Cristina habitualmente nos enviaba, resumiéndonos las sesiones, me enteré de que mi relato fue el favorito. Reproduzco el párrafo en cuestión:

Los relatos que surgieron del poema "Desayuno" fueron muy buenos. Los comentamos y un poco "los destripamos" sacando lo que más nos gustaba y lo que menos de cada uno.  El relato favorito fue el de Julián, al que le mando un abrazo ya que no pudo asistir. 

Quiero dejar manifiesta mi gratitud hacia Cristina y todos mis compañeros del taller. Lamento no haber podido asistir para haber escuchado sus relatos. Desde estas humildes líneas, les expreso todo mi reconocimiento.


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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miércoles, 21 de mayo de 2014

Mi madre ha fallecido


A consecuencia de un infarto al corazón, mi madre, doña Felicidad Zapata Benítez, ha fallecido hace escasamente tres horas.
.

 Ruego una oración por el descanso de su alma.



domingo, 11 de mayo de 2014

Virginia



Inauguro hoy una nueva sección, que lleva por título “Cuaderno de juventud (primeros escritos)”. Está integrada por escritos ya muy añejos, cuando aún podía considerarme una persona joven.


“Virginia” fue publicado en septiembre de 1998, en el programa de festejos de Aldea del Rey. Al copiarlo a ordenador, me he resistido a efectuar las correcciones que mi ya mayor experiencia  me hubiera requerido. Lo ofrezco tal cual se publicó. Me inspiré en un hecho real, y de ahí mi imaginación le dio más vuelo. Hacía muchos años que no leía este cuento, y, al rescatarlo del olvido, he sentido hondos estremecimientos en mi interior. ¿Ocurren estas cosas?, me he preguntado en ocasiones. Espero que no sea así...


N
i  el dolor, ni la compasión, ni la flor de nieve y juventud iban a durar eternamente. Atisbaba a través de los cristales de la ventana, orlados de vaho azul, del mismo azul virginal que aquellas nubes de lo alto, preñadas de nieve. No veía nevar desde que sus cabellos lucían trenzas de infancia y su cuerpecillo se protegía del frío con una trenca color pistacho. Dejar atrás los recuerdos; ésa era su consigna durante aquellos interminables ocho años. Ahora no estábamos en primavera, y las plantas que colgaban del saledizo de su ventana no ensombrecían la estancia y no la protegían de las avizorantes gentes del exterior. Hoy nevaba, y la nieve, que tan poco se prodiga en las comarcas del Mediodía, era un espectáculo que merecía la pena contemplar… Dentro de los cajones del armario ropero, la mantelería que terminó de bordar ocho años atrás, cuando el sol entraba a manos llenas en la estancia y hacía brillar la tela en el bastidor. Dibujos de flores y pájaros, confinados para siempre entre plásticos y bolas de naftalina. El piso de arriba habilitado para que hubieran vivido ahí. La alcoba nupcial, que no conoció estreno; la prisión donde su juventud se agostaba. Ocho años…, que se dice pronto.
«Tienes que hacer por que me gustes. Sabes coser, eso sí. Pero ¿nada más? Hoy día no todo lo hace una cara bonita. Hay que tener cerebro, hay que demostrar que no se es tonto. No te pavonees de que sabes bordar; hoy eso lo hacen las máquinas, y cien veces mejor que tú. Haz como yo: sacrifícate y estudia. Cuando menos, sácate el carné de conducir. Demuestra que tienes células grises…»
Oíanse de lejos los gritos de la jovial chiquillería, que invadía las calles para recabar el tradicional aguinaldo y, por supuesto, para jugar con la nieve. El pueblo parecía una sábana recién acabada de lavar. Chupones de hielo, aguzados como lanzas, colgaban de los aleros y los canalones. La tierra sumida en un sueño de pureza, en una dulce ilusión de inocencia… No, lágrimas; quedaos en vuestro sitio. El dolor añejo no merece vuestra presencia… que ya va para ocho años.
«Decías que yo te gustaba mucho cuando me pediste salir. Yo te ofrecí desde el principio mi corazón. Y tú aceptaste no hacer cierta cosa hasta que pasáramos por el altar. ¿Qué quieres que le haga? Así soy, así me educaron… Y ahora tú me dejas tirada como un trapo, cuando ya estábamos a punto de unir nuestras vidas… ¿En qué te he desagradado? ¿Es que me he vuelto más fea?»
«Te he dicho hasta la saciedad que la belleza física no lo es todo. Mírate a los ojos; no hay nada en el fondo de ellos; son ojos bonitos pero bobalicones. Yo, siendo culto, ¿qué iba a hacer contigo? Aunque te pese, hay una barrera que nos separa…»
Barrera era ese cristal frío como el hielo. Barrera que no había de volver a ser traspasada por ninguna ilusión de afuera.
Su madre se hacía cruces desde que vivía confinada en la alcoba nupcial; se quejaba de que apenas la ayudaba en las faenas de casa.
«Hija mía, me ves echando la lengua y ni te inmutas. Te quedas encerrada en la habitación como una reclusa. La gente no habla bien de ti, ¿lo sabías?... De seguir así, más te valdría hacerte monja. Cuando aquello, tus amigas quisieron ayudarte a superar el bache. Tú las despachaste con cajas destempladas. Ahora ya ni me preguntan por ti cuando me las encuentro en la calle…»
Es costoso tomarle afición al silencio; mas cuando se le toma, más costoso es prescindir de él. Las campanas tocando a rebato, anunciando la víspera de la Navidad. El cielo despuntado de todos los matices del blanco y del azul. Afuera haría un frío de apretarse los dientes. En la acera de enfrente acababa de resbalar un niño con la nieve, en el mismo sitio en que vio a la flor marchita de su amor tres veces después de todo aquello. Tres veces que llenaron su vida de dulces cadencias, haciendo más soportable su enclaustramiento voluntario. La tercera vez se le vio pasar llevando a otra del brazo; y en ningún momento dirigió su vista a la ventana guarnecida de flores de geranio.
«Ésa ha sabido engatusarle —le comentaba su madre tiempo atrás—. Tiene la carrera de magisterio, ¿lo sabías? Dicen que es una superdotada, y guapa por añadidura. ¡Qué vergüenza! ¡Qué desfachatez! Pasearse por aquí. Como llevar la soga a casa del ahorcado…»
Pobre mantelería, que nunca vería la luz como ella quiso. Pobres reformas al piso de arriba; ni matrimonio ni frutos del matrimonio lo habitarían. Una rosa arrancada del rosal; en cuanto se marchitara nada quedaría. ¡Oh, la nieve cayendo ahora! Nieve vertical, volviendo la blancura a la calzada. Las campanas se silenciaron, pero sus vibraciones aún poblaban el aire. ¿Acaso la incultura no siente?
La voz de padre siete años atrás: «¡Tonta! ¿Por qué te encierras? ¡Vamos y plántale cara a la situación! Sal a las discotecas, y busca un hombre que te convenga. Ese quiquilicuatre de maestro de música no te venía al pelo. ¿Qué se habrá creído? Hija, sólo se vive una vez. No acabes tu juventud entre estas cuatro paredes. Sal al mundo de afuera y con valor. Por un fracaso sentimental la vida no se termina…»
El pájaro cautivo llega un momento en que pierde la facultad y el deseo de remontar el vuelo. La vida le parece más hermosa e idílica tras los barrotes de su prisión; arrebatadle de ésta y el pánico ante lo desconocido se apoderará de él. Ella no deseaba más cosa que esa ventana al mundo y esa alcoba donde su dicha estuvo tan a pique de hallar consumación. Un rectángulo de celaje siempre mudable; unas maceteras ostentando lujuriantes florecillas, adonde las abejas acudían a libar por primavera; escuadrones de vencejos y golondrinas en los atardeceres caniculares; las brumas doradas del otoño y el melancólico redoble de las campanas cuando alguien pasaba a mejor existencia. ¿Qué más necesitaba? Desde esa florecida ventana el mundo caía bajo sus dominios. Un mundo que no admitía novedad. Una tarde consagrada a contemplar las ramificaciones que la lluvia trazaba en el cristal de la ventana. No había mayor felicidad que ver una alba mariposa rondar las flores de los geranios, un luminoso y fragante mediodía del mes de abril.
«Lo damos todo por imposible, vecina. Su padre y yo lo hemos intentado todo por que salga a flote. Apenas si habla. Al mirar por la ventana pone los ojos como las lechuzas. Una hija que estuvo compuesta y sin novio, ¿quién podrá volverla como antes? Hasta ha perdido el talento de la aguja, y ya ni tan siquiera habla como las personas. ¡Bien contento podrá estar ese maestrucho! Él, mal que bien, ha rehecho su vida, ha tenido un hijo de esa… En fin, Dios dirá.»
Una mañana de verano, hacía como seis meses de ello, las campanas doblaron con desusado estridor. Ella se puso sobre alerta; algo intuía. Y esa misma tarde lo vio encabezando el cortejo fúnebre, todo él de riguroso luto y llevando de la mano a una criatura que hacía poco que había empezado a dar sus primeros pasos. Fue una visión fugaz como un relámpago; al primer golpe de vista no quiso mirar más. Los días y las noches ya no volvieron a ser los mismos. Como ahorcado al que aprieta el dogal, como buque en dique seco. ¿De dónde provenía tanto daño?
«Su mujer tuvo un accidente de coche —se comentaba poco después en la vecindad—, cuando regresaba del pueblo donde había conseguido plaza como maestra. Apañados quedan él y la criatura. ¿No le notáis más demacrado? Me ha dicho su madre que apenas si prueba bocado y que ha perdido el sueño. Ahora se ha volcado por completo en su hijo; quiere sacarlo adelante…»
Piedad. No existe piedad para quien no la prodiga. A él poco le importó dejarla en el más completo ostracismo. No sintió el menor remordimiento al saber que él era el ladrón de su juventud; que por su causa los ríos transportaron caudales de lágrimas y la felicidad huyó para siempre de esa solitaria alcoba. Mejores pensamientos merecían las nieves de ese día que él. Nunca nevaba, y hoy lo había hecho. La novedad. Un nuevo colorido, un rebrote de esperanza. Llegará la lluvia y el blanco inmaculado se esfumará; la rutina sentará sus reales de nuevo. La pureza del exterior confortaba su alma, que nunca tuvo ocasión de impurificarse, que nunca pudo zambullirse en la vida que tanto esperó. No hay luna sin estrellas, no hay sol sin juventud.
Esa misma tarde. La nieve había cuajado en los tejados y en las aceras. En las alturas se perfilaba una oscuridad lechosa. Su madre, cual tifón de los mares del Sur, irrumpió en el santuario de su soledad.
—Vete apañando. Esta noche vamos a ir a la misa del gallo.
Un atentado contra su soledad. Ya no había calendario que marcara el tiempo que llevaba sin ausentarse de esas paredes protectoras. La naturaleza había roto con la rutina mediante esa nevada inesperada. La soledad imita a la naturaleza. No le dijo que no a su padre.
El frío recrudeció para medianoche. No se estaba mal en el templo, con la calefacción a toda mecha. Se sentía atravesada por cientos de miradas; le daba la sensación de encontrarse de visita en un hospital de leprosos. La multitud tendía su cerco en torno a ella, y ella conoció el arrepentimiento de haber roto con su particular clausura.
Finalizado el oficio religioso, la banda municipal de música atacó una pieza navideña. Él la dirigía. Sus brazos describían ágiles movimientos frente a la partitura del “Adeste fideles”. Al lado las figuritas del Nacimiento, rodeadas de miríadas de lucecitas parpadeantes.
Terminada la ejecución, volvióse de cara al público para recibir la consabida ovación. Y fue que sus ojos se congelaron y el semblante se le demudó. ¡Ella aquí!, con su madre, en un rincón de las atestadas ringleras. La salve de aplausos le sorprendió presa de un total desconcierto, sin atreverse a realizar el menor movimiento.
Uno de los músicos le tuvo que regresar a la realidad.
—Maestro, agradece los vítores.
Él saludó a la concurrencia de un modo maquinal y desganado. Sus ojos la fueron siguiendo mientras salía del templo acompañada de su madre. Luego, cuando la perdió de vista, encontrados sentimientos de confusión se apoderaron de su ser. Después de tantos años…, la flor del invernadero, la sonrisa que él aniquiló de sus labios.
El tiempo, a partir de entonces, no volvió a ser el mismo. Un rostro lívido de joven traspasando el umbral de la madurez, clavado como a fuego en su mente. Los arzollos florecieron en una nube de pétalos de color de rosa, y continuaba igual de perplejo. Su hijo extrañaba a su madre; él no podía asumir ese papel. Las vigilias le sorprendían con un nombre en los labios, un nombre humilde que entrañaba nociones de inocencia. Unos ojos distintos después de ocho años de separación… Y llegó la añoranza, como el estallido de una tormenta. La vida suya perdió lo poco que le quedaba de amable, y a partir de entonces todo se tornó ansiedad, una querencia de volver a retomar el viejo camino abandonado… Después de ocho largos años.
Tuvo lugar aquella azul mañana dominical, en que las resedas y los romeros aparecían por los montes en plena gemación. Tomó de la mano a su hijo, le compró un huevo de chocolate en el quiosco de la plaza del Ayuntamiento, y se encaminó con él tan campante hacia allá, hacia la soleada ventana florida. De este modo, pensaba, lograría conmoverla y hacer que volviera con él. Oh, madrecita en sueños; te traía un hijo para satisfacer tus ansias de femineidad, para que lo criaras del modo que mejor estimaras. Estuvieron los dos un rato frente a su ventana, festoneada por las próvidas maceteras. En los ojos de él había un ruego implícito, un deseo de rescatar las pretéritas ilusiones del olvido. Esperó y esperó. Las brasas de la tarde se fueron avivando, y el niño expresaba con lloriqueos su impaciencia por marcharse de allí.
Un último rayo de sol brilló en su ventana, antes de quedar sumida en la sombra, para cuando él percibió que la abrían. No surgió ningún rostro en el marco. Sólo se precipitó desde ahí el legado de ella, esto es, la mantelería terminada de bordar tanto tiempo atrás; al colisionar contra el suelo produjo un seco ruido de plástico viejo.
Aquello era el último adiós de ella. El maestro de música, siempre llevando de la mano a su hijo, se acercó donde la mantelería, la tomó del suelo y se la colocó por debajo de la axila. Había comprendido… Y ya no volvió a vérsele por aquella parte del pueblo. Afortunadamente, el mundo estaba lleno de mujeres sin remilgos.
Mientras hubo flores en el saledizo de su ventana, supimos que ella seguía allí dentro. Después, al cabo de muchos años, las flores comenzaron a marchitarse por falta de riego. Así nos enteramos que ella había encontrado otro lugar donde habitar, sin necesidad de que las campanas nos lo confirmaran.

Aldea del Rey, Ciudad Real
5, 6 y 7 de marzo de 1998
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)
 


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jueves, 1 de mayo de 2014

Descripciones


En la sesión del 9 de abril, estuvimos trabajando en el Taller de Escritura Creativa la técnica de la descripción. Cristina Serrano, la monitora, nos propuso una serie de temas para describir, tanto en positivo como en negativo. Escogí la cerveza para cantar sus virtudes, mientras que el tabaco fue el foco de mis desprecios desatados. He aquí lo textos que produje en un espacio de tiempo no superior a los quince minutos:

CERVEZA
Inciden los rayos de sol en el pichel, y delatan refracciones de hidromiel, perdóneseme la rima. Fría aventaja al agua trasudada de glaciar, y a temperatura tibia semeja el peor de los jarabes: tripas de bacalao, orines desamonizados, algo que tu paladar no admite. Es hermosa a la luz como junco entre girasoles; las aguas de las nubes forman su cortejo, las espumas del mar le tienden amorosa mantilla. Despréciala la primera vez que la cates, que luego la subirás al altar de tus deseos veraniegos. Su aliento es pradera perlada de rocío, lúpulos escondidos en la tierra arañada por la azada. Aguas de diamantes escondidos en un cofre sumergido... La verdad en su abundancia, el ansia en su escasez.



TABACO
Una lengua embebida en invisible basura. Las cejas fruncidas como si en el gañote atravesado se hubiera un estilete de pescado putrefacto. El azufre de los volcanes, la concomitancia de piezas dentales cariadas, la lluvia estancada en un alcorque rebosante de inmundicias. No me beses ni conmigo te emparentes si usas esta picadura infernal. No aplastes las colillas en los radiantes céspedes de los lagos y en las tostadas arenas de las playas. Mefítico, hidrópico, tóxico, dañino…, asqueroso, ¡la miseria!, que es cuanto decirse puede de esa hierba malhadada.



Para casa, la monitora nos pidió que realizásemos una descripción de nuestro armario ropero, involucrando al mayor número de nuestros cinco sentidos. Éste es el texto que presentaré en la próxima sesión del taller:

ARMARIO ROPERO
Aunque es posible que no se encuentre el desorden reinante en el campo de Agramante, recomendaría con desesperado encarecimiento no deslizar los panales de mi armario ropero. Si aun así es firme la decisión de hacer lo contrario, trataré de explicar el sentido de su distribución, que yo comparo con las cuatro edades del mundo antiguo.
Empezamos con la edad de piedra. Hay dos cajas de cartón ubicadas a la fuerza en el hueco destinado a zapatero; los bordes aparecen muy desgastados y los lados con las deformidades de un muro pandeado. Allí se contienen blusas y jerséis esperando el relevo de la estación. Predominan las prendas de colores opacos, en sintonía con el alma que las porta, amén de otros cachivaches que no tendrían cabida en otro lugar de la casa. Se hace necesaria la sustitución de las cajas, habida cuenta del deterioro que el cartón ha experimentado con el discurrir de los años.
Seguimos con la edad de cobre, que implica el intento de clasificación de la ropa deportiva. Chándales arcaicos, sudaderas con los codos brillantes por tantos lavados, camisetas y blusas de colores desvaídos, formando un revoltijo que se diría pirámide disforme de balas de cañón. Es paradójico: la ropa que más utilizo y la que más padece los efectos de mi desidia organizativa. Me doy con un canto en los dientes porque al menos no se perciba el gobierno de los malos olores.  
La edad de bronce está ejemplificada por cajoneras de plásticos adquiridas en tiendas de chinos. Aquí la vana pretensión de búsqueda de orden desaparece ante la simbiosis espacial de los retales más nuevos con los andrajos más castigados. Calzoncillos de mili caducada, slips con los fondos desventrados, calcetines blancos con las sajaduras al aire, finos cendales de la marca Punto Blanco, cinturones deformados por las apreturas de espacio y con las hebillas dadas del barniz de los almanaques.
Concluimos con la edad de hierro. Las ropas pendientes de perchas de largueros destrozados. Los pantalones cruzados con las camisas y chaquetas en imposible horquilla. La zona poco hollada de la ropa de vestir, la más ignorada, ya abandonada por las modas, corbatas que perderán su ocasión con el paso de los años, camisas con mangas de gemelos embutidas en plásticos pelúcidos, abrigos que no se deshicieron del aroma a naftalina. Y, por encima de todo, las cajas vírgenes de la dote varonil, apenas abiertas en tres ocasiones tras una docena de años de matrimonio.
He aquí mi armario, puro reflejo de las edades de mi vida. Los sueños incumplidos, las ganas desnutridas, la existencia que no ha sido y la que predominará. Lo viejo pontificando en detrimento de lo nuevo. Mi alma mirándose en un espejo.



Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).
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domingo, 20 de abril de 2014

Cuentos urbanos: El inventor (XXX) - Final


Final
La tarde acababa de caer. El mar tanteaba rabiosamente la escollera. La aspereza del invierno se hacía patente en el aire. Diego Barrientos tenía los ojos perdidos en la distancia, allá en el mirador del monumento de Chillida, en la cumbre del cerro de Santa Catalina. La celebración en las calles de Cimavilla había ido languideciendo.
Sus pensamientos estaban como amordazados. Le parecía mentira que todo hubiera concluido de un modo que si no por completo satisfactorio a las pretensiones de sus ideales iniciales, al menos había sido beneficioso para todas las partes.
—Buenas noches.
El saludo que sonó a sus espaldas, le causó un incómodo sobresalto. Pero enseguida se tranquilizó al ver a su lado a Guzmán de Arteaga.
—Buenas noches, amigo.
Durante un buen rato ambos permanecieron en silencio, absortos en las evoluciones del mar. Las estrellas conferían a las aguas un tono cerúleo. El viento se desgajaba en sus reyertas con las aristas de las rocas.
—Es un lugar hermoso —dijo Barrientos al cabo.
—Siempre lo pensé desde la primera vez que lo contemplé —dijo Guzmán de Arteaga.
El mar, levemente tocado con las brasas del crepúsculo agonizante, ejecutaba un susurro de melancolía.
—El director del colegio —dijo Guzmán de Arteaga— me ha dicho que puedo regresar a mi puesto después de las vacaciones.
—¿Le sentó mal que una alumna del colegio y tú os améis? —preguntó Barrientos.
—El que le siente mal o no me es indiferente. No volveré al colegio tras las vacaciones.
—¿Eso a qué se debe, Guzmán? Yo sí que volveré a mi puesto tras las vacaciones. Es lo único que me queda por hacer en esta vida.
—Tengo que irme. Y lo haré por ella, la muchacha que amo.
Las olas de la base del acantilado iniciaron un estertor lúgubre.
—¿Quieres decir, Guzmán, que vas a dejar de ver a la muchacha?
—La amo con todo mi ser —dijo él con tono desgarrado, apoyándose de espaldas contra el monumento—. Si no la amara tanto, no me importaría que siguiera a mi lado.
—No comprendo.
—Ella es joven, y tiene todo por hacer y vivir. Yo ya tengo mi vida hecha. Siento que no me quedan metas por alcanzar. Mi egoísmo podría imponerse y aprovecharme de los goces de su juventud. Volvería a vivir, gracias a ella, lo que en mis verdes años perdí. Cuando me enfrento a la soledad de mi alma, me siento lleno de amargura. Todo ha sido un sueño, cada cosa que imaginábamos. No se presentará otro horizonte más hermoso. He conocido la dicha del amor, y no hay invención que la supere. Debo irme para que Irene sea feliz.
—Te vi dentro de una burbuja, mi amigo —dijo Barrientos contagiado por la emoción de su compañero—. Supe enseguida que eras alguien muy especial. Ahora que te escucho, no consigo concebir la razón por la que rechazas la felicidad a que tienes derecho en esta vida… No te vayas de tu hogar, de la presencia de esa muchacha sencilla, que te ama más que a su propia vida; pude comprenderlo bien cuando vi cómo te miraba.
—Yo soy un lastre en su vida. Si permanece conmigo, sus alas no podrán levantar el vuelo.
—Tal vez se las cortes si te vas de su presencia.
—¡Oh fatalidad!
Todo lo que pudiera decirse en esa ocasión, causaba notoria aflicción al alma de Guzmán de Arteaga. Se imponía la despedida. La noche ya ondulaba sobre el mar.
—Guzmán, tengo que irme. En una hora parto a Madrid.
—No te olvidaré, amigo mío.
—Yo tampoco a ti.
—Y hazme caso. No huyas de la felicidad; llevas toda la vida haciéndolo.
Sellaron la despedida con un abrazo fraterno. Barrientos se fue por donde había venido, sabiendo cuál era su camino. Guzmán de Arteaga aún debía encontrar el suyo. Su mirada traspasaba el horizonte. En todas partes veía el rostro de Irene.
 —Te echaré de menos, amor de mi vida. Mi sangre derramaría si con ello asegurase tu felicidad. Tienes derecho a rodearte de una vida joven y pasional, no de la vieja y caduca mía.
El viento de la noche se enredó en la oquedad del monumento de Chillida. En muchas decenas de metros a la redonda, Guzmán de Arteaga era la única persona presente en esos pagos.
Su soledad era manifiesta.

***
Pasaron seis meses desde los últimos acontecimientos. Ya era verano. Guzmán de Arteaga se había ido a vivir a la isla de Menorca, en una pequeña masía situada en un enclave idílico, perfumada por un lujuriante jardín, casi en los aledaños de Citadella.
La tristeza presidía su existencia. Por más que lo había intentado, no había conseguido acallar los requerimientos de su corazón. El recuerdo de Irene era un tópico imborrable en sus pensamientos.
Ese mismo día se iniciaban las fiestas de San Juan en Citadella. Por eso Guzmán de Arteaga había optado por encastillarse en la masía los próximos días. El jolgorio, las apretadas multitudes, los recuerdos de otro tiempo, le traían antojos de aislamiento, de desaparecer por un tiempo del escenario del mundo.
No sabiendo en qué emplear la ociosidad de sus horas, dio en hacer un escrutinio de los libros y revistas que había en la masía cuando la tomó en alquiler hacía ya algunos meses. Le agradó sobremanera descubrir una colección de viejos números del National Geographic.
Sus ojos se pasearon por un reportaje fotográfico que desvelaba las maravillas de la Rusia soviética. Se demoró especialmente en una imagen del ballet del teatro Bolshoi… Irene, tú también bailabas como los cisnes del lago… Sintió la ya familiar punzada de nostalgia en medio de su pecho. En todo este tiempo no había hecho por saber del amor de su vida, con la vana pretensión de poder olvidar. Se cruzó algunos correos electrónicos con Barrientos, tal era el leve cordón umbilical que le sujetaba a las jornadas gloriosas de Gijón. Procuraba deshacerse de todos los vínculos del pasado. Ya sabía que Barrientos estaba bien en su nueva vida tras los sucesos de la Universidad Laboral de Gijón. Para su fuero íntimo lo bendijo, y decidió orientar su mente por otros derroteros. Pero esa imagen del teatro Bolshoi le significó lo vano de sus intentos.
Durante muchos años había ahorrado dinero, y podía permitirse el lujo de refugiarse en la soledad por un tiempo casi indefinido. Sólo la soledad podría reportarle el olvido. Olvidar como había olvidado a su otrora reverenciada Ederita.
Siguió pasando las páginas de la revista, y se topó con una imagen de fulgurante belleza. ¡El lago Esmeralda, en la Columbia Británica! Sus ojos descansaron viendo esa extensión de agua verde y montañas boscosas. Se dijo que ése tal vez fuera el único lugar del globo donde no le importaría morir. Después de todo, ¿qué nuevas metas le quedaban a su vida? Morir en el agua como héroe de novela, arropado por el reflejo azul del cielo y las montañas. No veía otra alternativa.   
—Hola.
Levantó la mirada presa de un impactante sobresalto. Nunca había tenido costumbre, desde que habitaba en este lugar, de cerrar las puertas de la masía. La visión estaba a contraluz, le costaba precisar los detalles; pero el oído dio una información capital a su corazón, lo suficiente para que éste redundase en latidos. Irene estaba delante de él.
—¿Qué haces aquí? —preguntó abruptamente.
—No puedo vivir sin ti —dijo ella, abandonada a sus sentimientos.
—¿Cómo sabías mi paradero?
—Me lo dijo el señor Karpovitch. ¿Recuerdas? Aquel hombre que pronunció un discurso en Cimavilla y te pidió que usaras tu máquina por última vez.
Guzmán de Arteaga se llevó las manos a las sienes. ¿Karpovitch sabía dónde paraba él?
—Lo he intentado; debes creerme, Irene. Quise olvidarte por tu felicidad y la paz de mi espíritu… Pero no he podido.
—Me amas.
—¡Más que a mi propia vida! —exclamó con pasión arrebatada.
—Yo no podré amar a nadie más que a ti, querido profesor. No te vayas de mi vida.
El sol inundó la estancia con las doradas exaltaciones del verano. Guzmán de Arteaga se puso en pie. Su corazón desistía de presentar más resistencias. Ni ella ni él alcanzarían la felicidad si no pasaban el tiempo juntos. Puso los brazos en cruz para recibir al amor de su vida.
—Decidas lo que decidas —dijo ella, refugiándose en el pecho de su amado—, yo quiero estar a tu lado. Nos quedaremos aquí o nos trasladaremos a otro lugar…, pero siempre contigo.
Estuvieron mucho rato abrazados, recreándose en el candor musical de sus silencios. A sus oídos llegaba el murmullo entusiástico de las multitudes en la cercana Citadella.
La revista que leyera poco antes Guzmán de Arteaga, yacía en el suelo. Estaba abierta en la página del ballet del teatro Bolshoi.
***
Karpovitch guardó en una caja de aluminio la túnica verde que Guzmán de Arteaga hubiera vestido, de no haber sido más importantes para él los deseos de su corazón. Las cosas debían hacerse bien, y las piezas incompatibles no deben forzarse a que encajen unas en otras. Karpovitch no podía decir que no lo lamentase, pero tampoco le suponía motivo de aflicción. Guzmán de Arteaga estaba en el lugar que le correspondía.
El mundo había perdido un gran inventor, pero el mundo también necesita grandes amantes.
En cualquier otro momento, cuando menos se esperara, aparecería otro que podría vestir la túnica verde.

FIN

Ciudad Real, 2 de octubre de 2011- 25 de junio de 2013
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


He aquí el cuento que acabó convertido en pequeño libro, escrito íntegramente en la calle, conforme al espíritu que subyace a los Cuentos Urbanos. Casi tres años han pasado desde que vi aquella casa en ruinas en Gijón, que me inspiró la historia que acaba de concluir. Yo sabía que no iba a contar con seguimiento, pero mi necesidad de escribir y expresar las borrascas de mi interior se impuso a cualquier otro interés social. Quiero expresar mi gratitud a quienes, a pesar de lo evidente, me animaron a seguir adelante con esta historia. Los caminos inciertos son los que la esperanza impulsa a emprender, y este camino ya lo he recorrido.


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