martes, 23 de febrero de 2016

Cuentos urbanos: El lado pornográfico de la vida (XXII) - Rescate en el océano


El océano se cubrió de rizos de espumas turbulentas, al tiempo que a Arthur Seygfried la frente se le perlaba de sudor. Una deriva imprevisible de los vientos había apartado la embarcación de la proximidad de la isla de Santa Catalina, y, frente a la proa, se cernía el peligro de mar abierto. Los niños empezaban a mostrar signos de inquietud. ¿De dónde había surgido ese cielo tan amenazadoramente bajo, en que las nubes humosas arrojaban las primeras gotas que casi se podían considerar granizo?
Cerca del párroco estaba Melody. Ella mantenía la serenidad; de algo le tenía que valer lo mucho que había navegado con su padre por esas mismas aguas. Pese a su corta edad, intuía que se habían metido de lleno en un buen lío.
Intentando que el timón le obedeciera, el párroco no le había metido rizos a la vela mayor, por lo que el viento inflaba la misma, al tiempo que impulsaba la embarcación con una rapidez casi de susto. De nada le valía dar giros incesantes a la rueda del timón, en el intento de enmendar el rumbo en sentido al continente o, cuando menos, a la costa de la cada vez más alejada isla de Santa Catalina. En sus tiempos de convivencia con el mar se había centrado más en los asuntos de la capellanía castrense y apenas nada en los eminentemente marineros, e ignoraba que en los casos de tempestad el furor de las olas se impone a las órdenes del timón, y lo más prudente, de poder hacerse algo, es meter rizos a la vela si no se puede orientar en sentido contrario al viento; en este caso, como el viento soplaba del Nordeste, arrastrando desde el continente nubes de maleficio, la situación era preocupante, y el párroco carecía de los conocimientos necesarios para poner al pairo la embarcación. Ésta se alejaba, se alejaba, amenazando con meterse a cada nuevo embate de las olas en las honduras del océano. Y llovía, cada vez con más fuerza.
El sudor empapaba la frente del párroco. Los niños ya se quejaban, y sabía que toda palabra de consuelo que pudiera brindarles tendría un significado vacío. La embarcación se encaminaba hacia alta mar dando pantocazos. Las agujas de lluvia impactaban en las mejillas de los niños, ya de por sí mojadas por las lágrimas que empezaban a aflorar. Era forzoso admitirlo de nuevo: Arthur Seygfried estaba falto de los conocimientos para gobernar una embarcación en situación de tempestad.
Las nubes se oscurecían, el viento refrescaba, las aguas se agitaban buscando sus corrientes en las lejanías del océano.
Melody, la hija de padres desnaturalizados en opinión del párroco, extendió su brazo en dirección al Este. Sus ojos luminosos de infancia habían distinguido un punto borroso en las aguas, definido por los escasos rayos de sol que la matriz de las nubes permitía escapar. Un punto que creció en tamaño y adoptó la forma de una barca pesquera, que llevaba la vela principal desplegada, no sin cierta temeridad, volando sobre las crestas de las olas hacia el lugar donde ellos se encontraban.
Entretanto, con el fin de no asustar a los niños, el párroco ahogó una exclamación de pánico… A sus pies había un charco de agua. ¡Se había abierto una vía en el casco de la embarcación! ¡Lo que faltaba en las presentes circunstancias! Las nubes rugiendo, el viento y las olas ejecutando la danza del caos. Echó mano de su teléfono celular para marcar algún número de emergencia, a efectos de que les mandaran a la patrulla guardacostas para que acudieran a rescatarles. Pero entonces se acabó de poner pálido del todo. No sólo era la vía de agua; a esto había que sumar que a su celular se le había agotado la batería de un modo inexplicable; era una fatalidad teniendo en cuenta que antes de zarpar se había asegurado de tenerla totalmente cargada.
–¿Se está hundiendo el barco? –preguntó uno de los niños al reparar en el charco cada vez más expansivo que formaba la vía de agua.
–No es nada –trató de excusar el párroco, la frente anegada en un sudor más frío que la lluvia que estaba cayendo.
–¡Es verdad, nos hundimos! –reiteraron otros niños.
–No nos asustemos –terció Melody con voz jubilosa–. Mi padre viene a rescatarnos.
Entonces todos los de la embarcación aguzaron la mirada. La vela inflada que avanzaba hacia ellos era el símbolo de la salvación, de la esperanza que se resistía a perderse. Los ojos del párroco alternaban entre esta última visión y la del charco de agua que iba creciendo a sus pies. Y sí, aquélla era la barca de Jem el solitario, el padre de Melody, el único que sabía encontrar rutas en el mar en medio de las tempestades.
Los niños vitorearon a la barca que, en contra de todo sentido de prudencia, se debatía entre los caprichos del viento y las aguas erizadas. Cada vez más próxima, cada vez más determinada a acudir en salvamento de quienes sólo podían mostrar desesperación ante tamaño peligro.
Pronto se distinguió la figura de Jem poniendo toda su destreza en el manejo del timón. Sus ojos vigilaban tanto la vela hinchada como la proximidad de la embarcación damnificada; y también reconocieron el rostro de Melody entre los niños, y el rapto de emoción subsiguiente se tradujo en una pérdida de estabilidad en el equilibrio que trataba de imponer a su barca.
–¡Papá! –dijo Melody, sólo eso, pero de un modo que hizo que hasta la misma tempestad se serenase por una fracción de segundo.
–¡Hija! –exclamó Jem, pero al momento orientó de nuevo sus pensamientos a la lucha contra el temporal.
Arthur Seygfried respiró con alivio momentáneo, por cuanto a partir de ahora las decisiones tan comprometidas no recaerían en él. Vio cómo Jem aflojaba las drizas que mantenían tensa la vela principal de su barca y cómo con una inteligente maniobra de timón emparejaba su borda con la de la embarcación que se iba a pique. Los relámpagos se hicieron más frecuentes, despertando el terror de los niños.
–¡Hay que transbordar! –le dijo Jem al párroco, gritando para imponerse a la voz de los elementos–. ¡Vaya pasándome los niños de uno en uno! ¡Deprisa!
Arthur Seygfried obedeció, aunque no tuviera por costumbre hacerlo y menos si el que le mandaba era un hombre con fama de miserable. Fue tomando a los niños en brazos y resollante se los pasaba a Jem, quien rápida y delicadamente los depositaba en el piso de la barca. Llovía ahora con una crudeza inusitada, aunados el mar y el cielo. Jem tomó a Melody cuando a ésta le llegó el turno. Quiso estrecharla largamente entre sus brazos, los ojos de ella animados por un nuevo e inmenso sentimiento, pero lo urgente de la situación no permitía lugar a demoras.
La tempestad había sido ocasionada, como ya intuyera Jem, por un tornado del desierto que se había extendido hasta la franja litoral, removiendo las aguas y acumulando y exprimiendo lluvia de las masas nubosas suspendidas a una altura de trescientos metros. Jem sabía que ante esta situación la mejor maniobra consistía en adentrarse en el océano, antes que intentar la aproximación a la costa, con el más que asegurado riesgo de que la barca zozobrase con todos los niños a bordo.
–¿Adónde vamos? –le preguntó el párroco, en tanto que hacía equilibrios vacilantes en aras de sostenerse en pie.                                      
–Es peligroso volver a tierra –especificó Jem–. Se trata de una tormenta del desierto. Por eso esta mañana no parecía que el mar iba a acabar de esta manera. Vamos adonde las aguas nos lleven, y afortunadamente nos conducen al islote Anunciación, a pocas millas manteniendo esta deriva.
–¿Tiene usted teléfono celular? ¿No sería prudente avisar a los guardacostas?
–Tengo celular, pero de poco nos sirve porque en esta zona no hay cobertura. De todas formas, los guardacostas no pueden hacer nada por nosotros en este momento. La tormenta irá remitiendo cuanto más nos internemos en el mar. El islote Anunciación es un buen sitio para esperar que llegue la calma.
–Confiamos en usted, Jeremías Sandoval.
Combinando acertadamente vela y motor, la proa de la barca fue abriéndose paso entre las ondulaciones del mar, que, conforme a lo que Jem vaticinara, se iban suavizando paulatinamente. Los niños se apaciguaban. Melody tenía un brillo indescifrable en la mirada. En el entrevero de la lluvia acertaron a distinguirse los perfiles dentados del islote Anunciación.
–Estamos a salvo –anunció Jem, reparando en el menguante fragor de los truenos.
Con la proximidad del islote, la electricidad ambiental fue disminuyendo, hubo un sosiego del oleaje y el viento se tornó una sinfonía de perfumes salados. Las nubes entablaron la paz con los cielos, dispersando los últimos espasmos de la tormenta, que aún se aferraba a la marca del litoral californiano.
Jem detuvo el motor, arrió la vela y, accionando el timón, hizo que la barca se metiera en el apartadero del islote. Había petreles y gaviotas encaramados a los pináculos y farallones de en derredor, aguardando para regresar al continente a que la ya apartada tempestad abortara sus furores postreros. La barca fondeó en el resguardado ancón, y fue entonces cuando los niños se consideraron a salvo. Arthur Seygfried notaba que se había quedado sin la capacidad del habla. Miraba a Jem, y Jem lo miraba a él, aunque la mayor parte de las miradas de aquél fuera para su hija. Así y todo, Jem halló ocasión de decir:
–Pronto oscurecerá. Pasaremos la noche al abrigo de una cueva que hay aquí. Mañana podremos regresar a casa.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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martes, 16 de febrero de 2016

Una hora en Aldea del Rey (poema)



Me has abierto tus brazos hogareños,
patria en la que no tuve cuna
pero donde se armaron
los andamios de mi alma.

Temía andar por tus calles
aun amándote tanto.
Intentaba olvidar que las personas
existían, y me empapaba
de tus atardeceres de nubes
de oro y caminos rurales
recorridos por sombras de pájaros.

Alenté esperanzas, y procuré
el cariño entre tus gentes.
Fueron llamas fatuas
de una juventud descarrilada.

Me marché, pero siempre
con el ansia de un pronto regreso.
Ahora yo soy esa sombra
que se adhiere a los caminos
al atardecer.

Ya todo ha pasado.
Me miro en tu espejo,
y, aunque la sonrisa no alumbre,
mi mirada llora de paz.
Me equivoqué,
y he sido redimido.



Aldea del Rey, domingo 31 de enero de 2016

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)

Las imágenes pertenecen a cuadros de mi gran amigo el pintor español Feliciano Moya.


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martes, 9 de febrero de 2016

Cuentos urbanos: El lado pornográfico de la vida (XXI) - Casa de acogida


Cruzaron la cancela de entrada. Caminaron a través de un jardín en el que los espacios arenosos aventajaban a los mantos vegetales; era lógico teniendo en cuenta la inmediatez de las dunas costeras y la verticalidad con que el sol se derramaba en esa parte del litoral.
La fachada de la casa exhibía tres adustas filas de ventanas, cubiertas de persianas de estera. Sobre el dintel de la puerta, de poco acordes resonancias neoclásicas, campaba un enorme azulejo en el que aparecía una Virgen de manto azulado sosteniendo en su regazo a un mofletudo Niño Jesús. Y, por encima de este azulejo, describiendo un perfecto semicírculo, aparecía, en letras castellanas, la siguiente inscripción: “Asilo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”.
Ellos se extrañaron de que no se oyeran voces y no hubiera niños jugando en los columpios y toboganes del jardín. Mediaba la mañana, y habían venido derechos desde el galpón. Aunque estuviesen agotados del viaje desde Los Ángeles, no querían descuidar lo que estimaban su obligación.
El calor de la mañana de junio se imponía con las reverberaciones de la arena. Rebeca pulsó el timbre de la institución; un sonido como de campanas amordazadas cundió por el interior. Pasó un rato y nadie acudía a abrir. Rebeca repitió la llamada. Entretanto, Jem miraba con desconfianza la calma de espejo del océano y las calinas del horizonte de tierra, de una gualda y amenazadora transparencia.
–Parece que va a haber movimiento en el desierto –musitó–. El mar se pondrá bravo en menos de dos horas.
Tras un tercer intento de llamada, acertaron a escuchar un malhumorado “ya voy” y el sonido de unos pasos propagándose por un corredor. Al cabo se oyó un cerrojo al ser descorrido, la puerta se abrió crujiendo sobre sus goznes y en el vano de la misma se perfiló el rostro de una mujer que aparentaba ancianidad sin haber llegado a la edad apropiada. Fijándose más en él, se trataba de un rostro delgado y cadavérico, sembrado de arrugas, pálido como si lo hubieran lavado con lejía. El color de los ojos era similar al de las hojas podridas en un charco de lluvia. Pese al calor de esa hora próxima al mediodía, vestía una chaqueta de puntilla marrón y una falda plisada de igual color, que le cubría por debajo de las pantorrillas y sólo dejaba vista a los talones antes de embutirse éstos en unos adustos zapatos conventuales.
–¿Qué quieren? –preguntó con una voz tan adusta como su propia fisonomía.
–Quiero a mi hija –se apresuró a responder Rebeca, y, reparando en la presencia de Jem, inmediatamente rectificó–: Queremos a nuestra hija.
A la mujer se le avinagró el gesto a ojos vistas, que si antes era adusto ahora se mostraba del todo hostil.
–Los niños que hay aquí –dijo con palabras atropelladas– se distinguen por no tener padres.
–No es el caso de nuestra hija –repuso Rebeca imprimiendo cierta nota de desafío a su tono de voz–. Quiero verla ahora mismo.
–No es el modo de proceder. Primero habrá que ver si su hija está aquí y si en verdad es su hija.
Rebeca sacó un documento hecho dobleces del interior de su bolso de mano.
–Aquí tengo la partida de nacimiento de mi hija, Melody Sandoval. Nosotros somos en verdad sus padres, y recientemente nos hemos casado por la Iglesia. Puedo demostrarlo con más documentos. Así que no nos haga perder el tiempo, y llévenos a presencia de nuestra hija.
–No está aquí –dijo la mujer tras examinar la partida de nacimiento con mirada turbia.
–¿Dónde, pues? –se impacientó Rebeca.
–De excursión en el mar.
–¡En el mar! –terció Jem alterándose–. ¿En un día como éste?
–El párroco alquiló una embarcación y ha sacado a los niños al mar. Las previsiones meteorológicas daban bueno y eso se aprecia.
–¡Maldición! El mar se burla de las previsiones meteorológicas. De aquí a un rato se va a armar una borrasca tremenda. Ese cielo se va a poner amarillo de yema de huevo, las nubes que se formen se van a cargar de rayos, los vientos se levantarán y las olas se desatarán… Sólo un necio saldría a navegar en estas condiciones.
–¿Y cómo lo sabe usted?
–Sé cuándo no debo jugar a marinerito. ¿Quién gobierna la embarcación?
–Mister Seygfried mismamente. Él sirvió en la Marina cuando era joven.
–Me lo puedo figurar: en la cocina pelando patatas.
–De eso nada. Desempeñó la labor de capellán militar.
–¡Cielo santo! ¿Qué rumbo tomó la embarcación?
–No sé –se azaró la mujer–. Me parece que iban a Santa Catalina.
–¡Tengo que irme! Quédate tú aquí, Rebeca, resolviendo lo demás.
–¿Adónde vas? –preguntó ella.
Mientras Jem se ponía correr, se dio un instante la vuelta, hizo un signo de incertidumbre ladeando los hombros y, antes de proseguir su marcha, dijo casi gritando:
–¡No lo sé todavía!

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).



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sábado, 30 de enero de 2016

Uno solo (poema)


No dejes,
golondrina,
de planear entre las nubes.
Vuela lejos y busca
del sol su nacimiento.

No te trataron bien en las tierras
que quedan más atrás.
Pero serénate;
el dolor desapareció,
y la sombra de tu esperanza
es inagotable.

Habrá quienes no te busquen
cuando ya no estés,
transcurrirán años enteros
sin que inspires
un solo pensamiento,
tal vez te miren
con desprecio y sarcasmo.

Pero no te aflijas:
uno solo, por lo menos,
habrá que te recuerde con emoción.

Remonta las alturas
de la felicidad,
y ten en consideración
tu inocencia desaparecida.
Desecha las falsas añoranzas,
y busca levantar tu nido
en el nacimiento del sol.

Y no lo olvides:
uno solo (¿para qué quieres más?)
habrá que con emoción
te recuerde.



Parque de Gasset, Ciudad Real, domingo 24 de enero de 2016
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)



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domingo, 17 de enero de 2016

Cuentos urbanos: El lado pornográfico de la vida (XX) - Casados


Los de seguridad atendieron a Rebeca y Jem con todos los miramientos debidos a su calidad de víctimas, en tanto que el político de alma corrompida pasó a manos de la policía por su situación de agresor de Rebeca. Ella ya se encontraba mejor, y un brillo especial en su mirada traicionaba la emoción que le provocaba el reencuentro con Jem.
–¿Por qué nos dejaste? –preguntó Jem al despertar la siguiente mañana, teniendo a Rebeca abrazada en una cómoda cama.
Ella rehusó contestar a esta pregunta, y en cambio dijo:
–Dime con quién dejaste a Melody.
Notó que parecía disminuir la presión de los brazos de Jem.
–Ella no quería estar conmigo.
–¿Qué disparate estás diciendo?
–Quisieron quitármela, pero fue ella quien quiso irse de mi lado. Entonces consentí que se fuera con ellos.
Rebeca endureció ostensiblemente su tono de voz.
–¿Sabes, por lo menos, adónde la llevaron?
–Sí, está en el mismo San Juan, en una casa que asoma a la costa. Muchas veces la veo jugar en el jardín desde mi barca. Parece feliz.
–¿Cómo puedes pensar eso si no tiene a sus padres?
–Me tuvo a mí, y no era feliz –respondió Jem, con una extraordinaria carga de melancolía en su acento.
En ese instante apuntó un asomo de remordimiento en el alma de Rebeca. ¿Qué acusación cabía formularle a Jem si ella misma los había abandonado hacía ya tanto tiempo? Reflexionó que ahora era momento de dejar atrás los errores del pasado y unir fuerzas para buscar una solución.
–¿Esa casa a quién pertenece? –preguntó.
–Me parece que está a cargo de la parroquia –respondió Jem–. Allí llevaron a la niña los de Asuntos Sociales.
–¡Tenemos que ir a por ella!
–Contigo iré adonde haga falta.
Jem se atrevió a besarla en los labios.
***
Se casaron, en la iglesia católica de la Placita Olvera. No había nada que pudiera impedírselo. Además Rebeca conocía a Orestes Molina, el párroco, un hombre ya cercano a la edad de retiro, alto, delgado sin ser escuálido, con abundante cabellera blanca y la tez oscura característica de las regiones desérticas de la Baja California. Él conocía a Rebeca de verla cada día al frente de su tienda, y habían simpatizado bastante, aunque ella, por el tiempo que le requería su negocio, no fuese una feligresa que acudiera a misa con relativa frecuencia. Sin embargo, pese a la mala experiencia que había tenido con el estamento católico en San Juan Capistrano, quiso dejar en Placita Olvera las cosas bien sentadas desde un principio. Orestes Molina le inspiró la suficiente confianza para confiarle los secretos que ocultaba su pasado. Y el cura lamentó y sintió verdadera indignación por la actuación de su homólogo en San Juan Capistrano. No obstante, no logró convencer a Rebeca para que regresase al lado de Jem y su hija. Ella, Rebeca, seguía obstinada en la idea de que era una mala influencia para aquéllos; y, en principio, continuó sumida en la apatía que su nueva situación de soledad había traído consigo.
El tiempo pasó, ocurrieron las cosas que han quedado consignadas más arriba, y Rebeca conoció la felicidad de volver a estar al lado de Jem. Era como una señal del cielo. Él la amaba verdaderamente, había dejado todo por ir en busca de ella, la niña inclusive. Orestes Molina tenía razón: el pasado no importaba, siempre había oportunidades para quienes albergaban el sincero deseo de enmendarse.
Rebeca se casó con Jem con un sencillo vestido blanco. Era el color de la pureza, y aunque Rebeca hubiera hecho de una parte de su vida un desenfreno, ahora se consideraba limpia de toda mácula; en caso contrario, un hombre como Jem no hubiera movido cielo e infierno para dar con ella. Orestes Molina los bendijo y les deseó toda la dicha y fortuna posible en su nueva situación de casados.
–Tenemos que ir a por Melody –planteó Rebeca apenas salieron por el umbral de la iglesia.
–Se hará así –dijo Jem con la determinación que le infundía la seguridad de saberse casado con Rebeca.
–No debemos perder tiempo.
–De inmediato.
Rebeca volvió a sentir un leve apunte de remordimiento. ¡Cuánto tiempo había estado separada de su hija, y ahora le abordaban deseos de recuperarla lo antes posible! Intuía que la lucha crucial estaba a punto de iniciarse. Melody en el seno de la Iglesia que había segregado a su padre y a su madre. Su madre, exponente de cobardía, tanto tiempo alejada de ella.
Pero en cuanto Rebeca miró a Jem a los ojos, sintió que sus dudas se disipaban.
–La vida nos espera.
–Claro que sí, Rebeca.
De cierto, el color blanco jamás sentó tan bien a una recién casada.
***
 «No todos tienen por qué pensar igual», se iba diciendo Rebeca mientras el autobús de línea acometía las últimas curvas hasta San Juan Capistrano. Jem llevaba el gesto sombrío pero tenía alegría y valor en la mirada. Rebeca se sentía extraña después de todo lo que había sucedido. «Mi hija está en este lugar, y aquí llegan sus padres».
Era una alegre mañana de junio. Había tiestos en flor en los balcones de las primeras casas que el autobús dejó atrás. Rebeca fue asaltada por el recuerdo de las flores de la Placita Olvera. Interpretó la presencia de las nuevas flores como una señal favorable a sus propósitos. «Dios será tan bondadoso que nos permita recuperar a nuestra hija», dijo en un momento dado. Jem arrugó el ceño. Sus sentimientos religiosos, a lo que comprendía, no estaban tan asentados como los de su mujer, pero no quiso expresar sus dudas; ahora, con la presencia de Rebeca, tenía arrojo de sobra para enfrentarse a todas las dificultades que se les pudieran presentar.
El autobús rindió viaje cerca del mar, a no demasiada distancia del galpón de Jem. Éste apreció que su barca continuaba amarrada en el muelle, y se sintió gozoso, aunque no por completo, pues le faltaba tener con él a Melody. Estaba seguro de que los primeros pasos que daba en su nueva vida eran los certeros.
–Iremos a la casa donde se encuentra Melody –determinó Rebeca, tan pronto soltaron su equipaje dentro del galpón.
–No va a ser tan fácil –repuso Jem–. Firmé un papel, y ahora lamento haberlo hecho.
–Todos nos equivocamos –contemporizó Rebeca, mientras una sombra de compunción empañaba el verdor de su mirada–. Yo la primera.
–Pero tu error ya ha sido reparado. Ahora corresponde reparar el mío.
–Te amo, Jeremías Sandoval.
El pescador vaciló, y tuvo que apoyar su mano derecha en la silla que tenía al lado.
–¿Por qué dices eso? Ha sonado muy extraño.
–Te ha soñado extraño porque es enormemente verdadero –dijo ella abrazándolo.
–Tú sabes que mi lengua es torpe.
–Pero tus sentimientos son menos torpes que los míos. Siempre tuviste claro que me querías.
–La vida no me parece clara. Pero en la vida destella mi familia, mi barca, el cielo y el mar.

Sólo dirigiendo la mirada a lo alto, más allá del marco de la ventana, pudo encontrar cabida el sentimiento que se apoderó de Rebeca. Un rayo de sol alumbró las constelaciones de polvo que gravitaban en el aire del galpón, se dieron destellos de oro que duraban menos de un parpadeo. Rebeca se sepultó aún más en el pecho de Jem. No necesitaba más pruebas de que los milagros existían. El polvo que alumbraba el rayo de sol era francamente hermoso.

CONTINUARÁ...
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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domingo, 10 de enero de 2016

Recuerdo

Hoy hace diez años que murió mi padre. No lo voy a publicitar, ni siquiera lo he participado a mis familiares cercanos. Lo recuerdo como mi gran amigo. Tuve que aprender a combatir la vida sin su experiencia y protección. Aunque he salido al frente de innumerables problemas, añoro su cariño y comprensión. Era un buen hombre, y como tal lo recordaré lo que me reste de vida.

Se llamaba Julián..., Julián Maestre Correa.

jueves, 7 de enero de 2016

Un nuevo comienzo (poema)


Hemos vuelto a la tarea con el inicio del nuevo año. Los ojos ya se fijan en la vida de alrededor tras haber buscado refugio en la vida interior. Se quedarán en dulce recuerdo estas tardes de enero en que León, mi perro, y yo hemos compartido paseos de hojas caídas y vientos que acarreaban nubes de frío. Y en el parque de Gasset, mientras León se purgaba con las hierbecitas, la pluma ha seguido con la historia del "lado pornográfico". Hoy, sin embargo, el corazón se ha derramado en un nuevo poema. Nadie lo entenderá salvo yo. Pero lo hermoso de este arte es que cada lector, con el vibrar de las palabras, puede tomar posesión de cada poema y aplicarlo a sus propias experiencias. Mucha salud y fortuna a quienes tengan la bondad de leer estas palabras.

Tarde es para seguir consejos,
tiempo es de empezar a darlos.

Una nueva vida no se inicia
en un mañana nebuloso,
comienza con una decisión dolorosa.

No se llenaron los teatros
con públicos imaginarios,
sólo quedan
voces hechas de silencio,
el tronco de un árbol robusto
y el cielo pintado
de azules nubes de invierno.

El abrazo dado en una vida hipotética,
el sueño que torturó la voluntad.
Las cuatro paredes del mundo
dieron paso a los vientos
que marcan la incertidumbre.

Habrá noches de estrellas de hielo,
la vida transformada
por la vida recordada.

No se encontró hacha
para abatir el árbol
que sombreó el pasado;
nadie pudo derrumbarlo,
pero quedó atrás…
en lo lejano.


Parque de Gasset, Ciudad Real, jueves 7 de enero de 2016
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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