
Encendieron luces en los escarchados árboles que había en el exterior del hospital, porque ya estaba llegando Navidad. El neumólogo me dijo que mi padre ya no tenía curación posible y había que considerar enviarle a casa. Yo lo prefería francamente, ya que una vez tuve que pasar una Navidad en el hospital y no es plato de buen gusto. Le prescribieron a mi padre oxigenoterapia a domicilio, y, como estaba muy desganado, le sustituyeron las comidas por un sinfín de batidos energéticos. También tuve que rellenar el formulario de la Asociación Española contra el Cáncer, para que un equipo médico especializado lo visitara regularmente en casa y le aplicara los parches de morfina en caso de que se le despertaran los temidos dolores (hasta el momento sólo se había quejado de una escara en el talón derecho).
La situación se presentaba triste mientras tenía lugar el traslado en ambulancia. Los ojos de mi padre, aguanosos y carentes de vitalidad, se abstraían en la contemplación de las estrellas que se perfilaban a través de la ventanilla del vehículo. Yo compartía el objeto de su mirada, y en mi interior agradecía a Dios que mi padre no sufriera con terribles dolores y convulsiones… pero no podía agradecerle que le estuviera llamando a su lado. Me había equivocado demasiado con mi padre, y todas las oportunidades de expresarle mi amor de hijo, que en un tiempo llegué a creer que eran prorrogables, se me estaban terminando.
La casa del pueblo abrió sus muros, nos engulló en las sombras y su silencio se disipó con el molesto bordoneo de la bomba portátil que dispensaba oxígeno a los exhaustos pulmones de mi padre. Otra vez la mascarilla de elefantito; pero ahora ya no simbolizaba una esperanza, sino un asidero fatal a una vida que, más deprisa que despacio, se iba precipitando en la lobreguez de la tumba. Mi padre no quería acostarse en su dormitorio; quería tener cerca el sonido de la televisión, quería estar rodeado de sus extrañados objetos de vida doméstica. El canapé de la salita de estar, con su más de medio siglo de historia, era decididamente incómodo. Se multiplicaron las escaras del cuerpo de mi padre, y sus talones se despellejaban a ojos vistas. No obstante, él alimentaba la ilusión de hacer algo de ejercicio con el simple hecho de columpiar las manos. Intenté convencerle de que en la cama se encontraría más cómodo, pero su obstinación era inconmovible.
Pasaban las horas y el mundo se disponía a celebrar la Nochebuena. La niña entró en casa como una ruidosa bandada de pájaros. Su entendimiento aún no podía procesar el alcance del drama que sus ojos hechos de alegría estaban presenciando. Le dio un beso a mi padre y se puso a corretear por los sombríos ámbitos de la casa. El rostro de mi padre estaba macilento, si bien el aro azul de su mirada cobró vitalidad ante la emoción que le ocasionó la presencia de la niña. No se quejaba de dolores físicos, pero me espanta imaginar el dolor que su alma debió rumiar ante la certeza de no poder acompañar a la niña en sus juegos. Y yo sentía (y siento aún) el dolor de saber que aquella era la última vez en esta vida que iba a poder tener cerca a su querida niña.
Poco a poco se convertía en un peso muerto. Cuando pedía ir al baño, yo tenía que poner mis brazos debajo de sus axilas y arrastrarlo como si fuera un soldado herido en una trinchera. Mi madre se quejaba de que él no retenía esfínteres por las noches y al amanecer aparecían mojadas las sábanas de su cama. Hubo que poner una funda impermeable al colchón y el uso de pañales y compresas absorbentes se hizo totalmente imprescindible.
El problema que nos traía de cabeza a mi madre y a mí era que mi padre se desajustaba inconscientemente el pañal durante la noche, y por eso aparecían las sábanas empapadas de orina maloliente. La situación comenzaba a volverse desesperante. Mi madre era una maniática de la limpieza y sufría ante el temor de que mi padre empezara a criar miseria. Cada vez eran más limitados los movimientos del enfermo, y tareas cotidianas, como lavarle o darle de comer, se presentaban agotadoras tanto desde el punto de vista físico como del emocional.
-Dios mío, hijo, ¿cómo podríamos conseguir que no se meara por las noches?
Yo no sabía qué responder a mi madre. Hasta que una vecina nos dio la solución. Existían unos pijamas que tenían una cremallera por la espalda y que servían para retener el pañal en su sitio, sin que los movimientos del enfermo pudieran acertar a abrir aquélla. Me enteré de que esos pijamas los vendían en una tienda de artículos ortopédicos en Ciudad Real. No hubo ni que pensarlo: eché mano del coche y me encaminé hacia la capital de provincia.
Al regreso me sentía extrañamente jubiloso. Mi padre no mojaría más la cama. Esta compra representaría para él confort, dignidad e higiene. No pude evitar enseñarle los dos pijamas con palpable entusiasmo.
-Mira, papá: ya no te despertarás empapado.
Él se quedó mirando con embelesada curiosidad las dos prendas; sus ojos bizqueaban un tanto. Quise percibir el trazo de una sonrisa en sus labios de ceniza, cuando me respondió:
-Estás como una puñetera cabra, hijo mío.
Desde entonces fueron desapareciendo poco a poco los instantes de suave humor que salpimentaban nuestra existencia. Cuando el descaecimiento alcanza su punto álgido, ya no hay espacio para las risas. Los calmantes sumían a mi padre en imprevisibles duermevelas. La luz de la bombilla de la sala de estar, el fresco efluvio de su cara tras el afeitado, el eco de la televisión, la lluvia que ocasionalmente azotaba los vidrios de la ventana…, todo esto le inducía al adormecimiento, inquietante preludio del sueño que nos dejaría huérfanos de su presencia. Empezaba a vislumbrar un nuevo camino más allá de su consciencia, un camino del cual no existen mapas trazados y que no hay quien se sienta capaz de afrontar por muy amarga que haya sido su vida. A veces había una expresión de despedida en las niñas de sus ojos, ya prácticamente invadidas por la extensión del óvalo azul.
CONTINUARÁ…
El jardinero de las nubes.