domingo, 21 de agosto de 2016

Entrevista realizada por "Creatividad Internacional"


Adjunto el enlace y el texto completo de la entrevista que me ha realizado la prestigiosa plataforma literaria "Creatividad Internacional", la cual radica en Nueva York. Para leer la entrevista en dicha plataforma pulsar AQUÍ.

Entrevista al ‘Jardinero de las Nubes’,  Julián Esteban Maestre Zapata.

—  Jardinero de las Nubes, un pseudónimo muy poético para un magnífico poeta y narrador. ¿Cómo y por qué surgió?
Primero de todo, gracias por el piropo. El pseudónimo que utilizo le encanta a mucha gente, empezando por mí mismo; de ahí que lo haya registrado en la Oficina Española de Marcas y Patentes para hacer exclusivo su uso por mi parte.
¿De dónde surgió? Tendríamos que remontarnos al verano de 1989, cuando yo contaba con 17 abriles y pasaba mis vacaciones en Aldea del Rey, el pueblo natal de mi madre. Tuve la oportunidad de ocuparme yo solito del cuidado de un jardín, y fue una labor que me cautivó, que me relajaba de tantos estudios y lecturas y que me permitía abrir los ojos al entorno y a mi propio interior. Muchas veces, regando los rosales del jardín a últimas horas de la tarde, proyectaba mi mirada a las alturas y me topaba con la vista de las hermosas nubes del cielo de La Mancha. Ahí empezó mi trance. Me pasó un poco como al escritor alemán Goethe, que fue otro ilustre admirador de nubes; las nubes son catalizadores de pensamientos profundos, y esto, en la vida de un joven solitario, suponía todo un hallazgo.
Ese mismo otoño, ya iniciados mis estudios universitarios e influido por las lecturas de las novelas y cuentos de James Joyce, empecé una novela experimental, de corte autobiográfico, a la que en un principio no fui capaz de encontrarle título. Cuando la terminé en el verano del 92, tal vez influido por las experiencias que acabo de mencionar, decidí titularla El jardinero de las nubes.
Hace diez años empecé a participar en foros de Internet, y, viéndome en la necesidad de utilizar un nick para salvaguardar mi identidad, usé el jardinero de las nubes, y tanto arraigo causó, que muchos me conocen simplemente como el jardinero.
  
— ¿Cómo te sientes mejor, en tu faceta de poeta o de narrador?
Mi andadura literaria, iniciada a la tierna edad de nueve años, fue por los senderos de la prosa. Con dieciséis años conocí un hermoso poema de Federico García Lorca (Pequeño vals vienés) a través de una no menos bella canción de Leonard Cohen, y ahí me surgió el prurito de emborronar papeles con versos. Escribí muchos poemas, pero la poesía no me llenaba; no me agradaba tener que estar encorsetado por la para mí incómoda estructura de los versos y las reglas de la métrica, independientemente de la posibilidad de cultivar versos libres. La prosa (Cervantes, Víctor Hugo, Oscar Wilde, Marcel Proust y James Joyce lo demostraron; y antes Bernadin de Saint-Pierre en Pablo y Virginia) tiene un poder lírico que abruma. La prosa es el factor literario que mejor ejemplifica la grandeza y la libertad, y puede alcanzar, a mi juicio, unas cimas que están vedadas al arte poético como habitualmente se le concibe. Los versos son una apariencia; el fondo, la musicalidad de las palabras, no necesitan del seguimiento de las rígidas pautas que en ocasiones exige la composición de un poema. La palabra es en sí hermosa, pero más hermosos son los sentimientos que puede sugerir, y, que yo sepa, no hay reglas por las que se rijan los sentimientos.
Habiendo sido un ferviente cultivador de la prosa, me han aplicado en muchas ocasiones el sobrenombre de poeta, lo cual viene a apoyar la tesis de la potencialidad expresiva de la prosa. Si ser poeta supone escribir versos según las leyes de la métrica, o simplemente escribir versos, yo no soy poeta… Es bueno que cada escritor escoja su cauce de expresión, sea con la poesía, la narrativa, el teatro o el ensayo, pero tiene que ser consciente de que la literatura, en términos generales, constituye un perfecto ejercicio de libertad.  No merece la pena escribir si pende un yugo de esclavitud sobre la pluma del escritor. En cierto modo, me horroriza que ya hasta existan aplicaciones de Smartphone para componer poemas e incluso textos en prosa. La literatura, al menos como yo la concibo, se asemeja al viento: rotundo, imprevisible, hermoso… La literatura que merezca la pena sólo puede surgir de la matriz de una pluma manchada en tinta y de un corazón que desea expresar algo… Lo que venga después es capricho del viento, el mismo viento que altera las formas de las nubes.
Últimamente, he vuelto a cultivar lo que más se podría aproximar a la poesía convencional. Pero aun así se diría que cometo una especie de fraude: simplemente escribo un texto todo de corrido, y después cerceno las frases dándoles la apariencia de versos. Podrían calificarse de poemas en verso libre, pero en el fondo son textos en prosa disfrazados de poemas. Estos textos son muy útiles para plasmar las impresiones y sentimientos del momento, y ahora, en mi ya franqueada madurez y mi oficio de soledad, me viene muy bien para seguir manteniendo la locura de escribir.
En resumen, no me considero ni poeta ni narrador. Soy un hombre solitario, acrisolado en las pruebas de la vida, que huye de lo monótono y que está muy lejos de ser perfecto. Me encanta escribir en las calles, bajo la bóveda del cielo (a poder ser, decorado con hermosos macizos de nubes), con mis plumas estilográficas, que crean un roce especial al deslizarse sobre el papel. Soy un hombre que escribe… Quizá esto es todo lo que sé de mí mismo.

—¿Cuáles son tus escritores preferidos?
¡Uf, una pregunta con enjundia! He leído obras de muchos autores clásicos y modernos. Cuando entro en una librería, literalmente salgo despechado y muerto de aburrimiento, debido al predominio de la literatura elaborada según los dictados de la fórmula bestseller, algo que pertenece al momento pero, salvo honrosas excepciones, no está llamado a prevalecer. Para mí la literatura es un arte antes que un negocio, y me gusta lo que da alimento a mi alma y no lo que, en aras de un abuso de tramas absorbentes y efímeras, descuida otros aspectos importantes del arte literario: la belleza de las construcciones sintácticas, los valores imperecederos de la especie humana, la profundización en el detalle psicológico de los personajes, la libertad de no depender de las variables del mercado editorial. Sólo en las librerías de viejo me siento como pez en el agua.
En base a esto, y si me tuviera que llevar dos libros a una isla desierta, serían éstos sin lugar a dudas: Los miserables, de Víctor Hugo y El doctor Zhivago, de Boris Pasternak.
Víctor Hugo creó en mi interior una conmoción inexplicable la primera vez que leí su obra Los miserables. ¡Ojalá pudiera volver a leerla sin saber nada de ella! No voy a entrar en un análisis pormenorizado de la novela, pero quiero destacar un rasgo de Víctor Hugo que admiro y que hoy no sería aceptado en el mundo editorial: la libertad de componer un relato según las apetencias y dictados de la conciencia del autor. Libertad para ascender a los cielos de la belleza o a las tinieblas del fraude; libertad para romper el hilo narrativo intercalando reflexiones y ensayos; libertad para sustentar una opinión en contra de las conveniencias; libertad para ser uno mismo por encima de la cortesía debida al lector.
En cuanto a Boris Pasternak, poeta que (sin dejar de serlo) en El doctor Zhivago navegó por los océanos de la narrativa, me ha seducido siempre el acierto con que tejió su gran epopeya: la historia de un hombre triste que estaba rodeado de felicidad sin ser apenas consciente de ello y que gozó de lo bello de la vida sin poder librarse del sufrimiento. Destaco asimismo las bellas descripciones de la Naturaleza y de los escenarios moscovitas. Merece la pena adentrarse en la biografía de tan insigne autor.
No quiero extenderme más, pero asimismo hay una extensa nómina de escritores con los que me considero en deuda: Cervantes, Balzac, Kazantzakis, Cortázar, Unamuno, Homero, Tagore, Verne, Dante, Dostoievsky, etcétera. 

—¿Cuál es el último  libro que has leído?
Me confieso un lector voraz, compulsivo. Siempre tengo en danza varios libros, compaginando el ensayo con lo propiamente literario. No le hago ascos a nada de la literatura, mientras que a lo que al ensayo se refiere, me fascinan los textos referentes a temas de ciencia, historia y filosofía.
Deduzco que el sentido de tu pregunta va encaminado a mi última lectura desde el punto de vista literario. Se trata de Los hijos del Arbat, de Anatoli Ribakov. Este autor tuvo cierto renombre en mi país a finales de los 80, coincidiendo con la llamada Perestroika. A fecha de hoy, sus libros están descatalogados en España y sólo se pueden encontrar rebuscando en mercadillos y librerías de viejo, que es lo que yo tuve que hacer en el caso de Los hijos del Arbat. Cuando quise leer la novela en su momento, estaba un poco alejada de mis economías de estudiante y no la adquirí entonces. A modo de reseña, independientemente de la trama, es toda una crítica al estalinismo; una novela de mérito pero que en mi humilde opinión no alcanza las cimas gloriosas de El doctor Zhivago. Con todo y con eso, constituye una sabrosa lectura veraniega.

—Eres profesor de materias de ciencia, ¿no es una profesión un poco alejada de la literatura?
Desde mi punto de vista, todo está alejado y todo está cerca de la literatura. Una especialidad en humanidades no garantiza un mejor estro literario, y, asimismo, tener una profesión científica no implica una ausencia de destreza literaria. Disponemos de muchos ejemplos en la historia de la literatura: Leonardo da Vinci era inventor, Dostoievsky ingeniero (lo mismo que Ludwig Wittgenstein), Conan Doyle médico, Bernard Shaw matemático y filósofo…
Tengo unos planteamientos un tanto renacentistas en lo que al conocimiento se refiere. Desde joven me apasiona la Física y siempre he tenido latente el gusanillo de la enseñanza, por lo que me siento muy cómodo en mi profesión. Impartir una clase de Física y Química no es muy diferente a contar una buena historia, es necesario tener capacidad de abstracción y poner en palabras sencillas alambicados conceptos científicos. Aunque hay momentos y momentos, mis alumnos no suelen quejarse de aburrimiento. Si las historias están bien contadas, surge el placer y la diversión. Pero el camino del aprendizaje suele estar constelado de escollos y decepciones. La Física es una ciencia que admite muy mal las infidelidades, aunque al final reporte muchas satisfacciones.
Me considero desposado con la ciencia pero siendo en todo momento un amante apasionado de las humanidades. Siento la misma emoción ante una lectura de filosofía que una de ciencia. Es placentero tener una base de todo, aunque a veces eso conduce a la vertiginosa sensación de saber muy poco en relación a la bastedad del conocimiento. Aprendiz de todo, maestro de nada, que dirían por ahí…, o tal vez no.

—Háblanos de tus obras y de los nos piensas brindar para el futuro.
Es muy difícil hablar de mis obras por dos razones: primera, son hijas de mi entendimiento y por lo mismo no puedo ser objetivo; segunda, no han salido del cajón y no han tenido trascendencia en el mundo editorial. Existen, sin embargo, y ha sido un largo camino el que ha conducido a su existencia. Podría hacer una lista exhaustiva, pero no lo veo procedente. En mi primera juventud escribí mucho, sin duda como modo de evasión de otras realidades. A comienzos del presente siglo, dejé atrás una dilatada adolescencia y tuve una crisis literaria. Finalmente, volví a remontar el camino hará cosa de diez años y surgieron nuevas producciones.
De mi primera etapa destacaría dos novelas: El jardinero de las nubes, ambientada en un Madrid otoñal, levemente autobiográfica, un canto a la vida y al sufrimiento del adolescente, ensayo de distintas técnicas narrativas y la primera obra cuyo final me dejó la dulce sensación de haber acabado una novela; y La sombra azul, más convencional pero fiel reflejo de mis pensamientos de juventud, una encendida declaración de amor al mar y sus trabajadores, un testimonio de admiración a la isla de Mallorca, un adentramiento en temas audaces y una disección de la sociedad española de la década de los años 80. Creo que esta novela es mi testamento literario, la justificación de mi paso por el mundo; la miro y la recuerdo con cariño; más de mil páginas escritas por un joven que al terminarla sólo contaba veinticuatro años.
Antes de abordar la crisis de principios de siglo, dejé escrito Gratitud, un cuento sobre las andanzas de un perro vagabundo, y La balada de los últimos días, que trata sobre las peripecias de un enfermo de SIDA que regresa a su pueblo natal para morir, novela corta que particularmente me encanta y que está inspirada en Manuel Piña, un famoso diseñador de moda ya difunto.
De mi segunda etapa, muy fecunda, destacaría Rasguña las piedras, que es un homenaje a los desaparecidos de la dictadura argentina y que me acarreó no pocos sinsabores. Hice también un remake del primer relato que escribí, del cual aproveché los dibujos que entonces realicé y quedó de esta manera configurado como un libro infantil; me refiero a Viaje a Polonia. También abordé la redacción de Cuentos urbanos, que se trata de relatos escritos en la calle y de los cuales gozan de mi preferencia: El resucitador, La increíble aventura de los fisgones, Lautaro vivía en las cuevas, El inventor, El lado pornográfico de la vida, Las desavenencias literarias de Sebastián Argote y Cencibel…
Actualmente, me encuentro en una etapa de producción poética y estoy a punto de terminar un nuevo relato sobre la amistad entre un perro y un humano… Y ya, en un plano más confidencial, llevo unos seis años redactando una novela de ciencia ficción, muy compleja, en la cual se toca el tema de la soledad como fuerza salvadora. De momento, es todo lo que puedo decir. 

—Si no fueras el Jardinero de las Nubes, ¿quién te gustaría ser?
Me enfrento a esta última pregunta con un cierto poso de melancolía. Llegar a ser un jardinero de las nubes ha supuesto seguir una senda plagada de errores, desprecios, desencuentros y no pocos sufrimientos, pero no debo dejar de anotar algunos acontecimientos favorables que ayudaron a equilibrar mi personalidad en unos tiempos en los que confesar las penas propias era tachado de cobardía. Agradezco al destino haber tenido una familia, unos pocos amigos, haber hecho de mi soledad una ocasión para levantar el endeble edificio de la personalidad; la soledad me ha dado lectura, escritura, conocimiento de la moralidad, anhelos de poeta y humildad. De hecho pienso, y a Sócrates me remito, que la humildad es la más poderosa herramienta de quien ama la sabiduría. Muchos piensan que la humildad no es el camino de los audaces y que de los audaces es el mundo. Pero yo pienso que el mundo sólo puede ser construido con el trabajo de los humildes, de ahí que tenga la humildad como principal enseña; la humildad me ha ayudado a corregir los desajustes de mi conciencia.
Ya que he superado la edad en que la vida deja de darte cosas y empieza a quitártelas, no cometeré el error de los tiempos de mi juventud al haberme menospreciado tanto a mí mismo. Me conformo con lo que la vida me ha dado, con tener salud y quiero pasar el tiempo que me quede siendo bueno. Si acaso, me hubiera gustado ser un poco más sociable y no haberme replegado tanto en mí mismo como defensa hacia las pesadumbres de la vida. Sigue latente mi sueño de ser reconocido como escritor, pero estimo que en mi mundo hay otros asuntos de mayor importancia, y todos ellos se concretan en mi familia. Me considero dichoso por tener una familia… La vida es eso y un poquito más.


lunes, 15 de agosto de 2016

Las desavenencias literarias de Sebastián Argote y Cencibel (V) - MISERABLE Y COMPASIVO



Malos tiempos. La mendicidad ilegal (no sabía que existía una legal) se hizo tan común en los vagones de Metro, que los directivos de la empresa dieron en perseguirla con una saña nunca antes conocida. Yo me vi muy afectado, y fue como si me hubieran dado el tiro de gracia; en la calle (ya lo tenía comprobado desde mis días en Toledo) no tenía el menor asomo de suerte.
Fatalidad. Calle. Escasez de guita para hacer frente al alquiler de mi vivienda. Expulsión. Desalojamiento. Falta de higiene. Calle. Humedad del invierno. Todas mis posesiones en un carrito de supermercado: los libros impresos jamás vendidos ni aceptados como regalo, y pocas cosas más. Calle. Lobreguez creciente. Odio hacia el mundo, hacia las circunstancias de mi vida y a los que en mi mocedad no quisieron encarrilarme a tiempo. Litronas de cerveza para olvidar. Peleas con otros transeúntes por la mísera posesión de un cajero automático para pasar una noche al abrigo de las inclemencias temporales. Calle… Hambre…
Era lo que estabais esperando escuchar, ¿verdad, chavalotes? Adivinadlo sin que os lo tenga que contar… Hay ocasiones en que la derrota es completa.
***
Si fuera otro, me daría corte referir lo que vino a continuación. A estos efectos, me importa un huevo que haya quien arrugue las cejas porque yo ahora emplee la tercera persona. Jejeje, para esto no me da corte ninguno… No entiendo lo que acabo de decir… Bueno, sigamos…
Argote ya no tenía una casa a la que volver, por eso dio en deambular, empujando su carrito de la compra, por las calles de Madrid. Era invierno, y aún quedaba lejano el tiempo de los brotes de abril. Argote tenía la ropa hecha jiras y pasaba hambre las más de las veces, cuando nadie le daba nada y no encontraba qué comer hurgando en los contenedores de basura.
Un día que llovía, debió de ser por mediados de marzo, le pilló el aguacero yendo por las avenidas del parque de la Emperatriz María de Austria, en la vertiente que miraba a la autovía de Toledo. Argote ya no escribía en papel, pero, mientras la lluvia le empapaba la espalda, apenas protegida por un infame chubasquero, iba susurrando un poema de dolorosa composición.
Llegado junto a una tapia, bajo un goteante macizo de madreselva se encontró un perro pequeñito de raza inidentificable, que buscaba refugio del temporal y que tenía los ojuelos con la misma expresión que Argote debía de tener en los suyos tras las gafas tintadas.
Aunque el perrito no dejaba de gañir, Argote lo acomodó en su carrito, bajo una tela impermeable, y siguió caminando.
El carrito no avanzó demasiado. Estaba situado justo debajo de un claro en las nubes, y por eso parecía que la lluvia concedía una tregua. El perrito gañía, hipaba y a intervalos su vagido se asemejaba al de un niño de pecho. Argote lo examinó con mayor detenimiento, y comprobó que se trataba de un cachorro de pocos meses, tal vez una cría bastarda de Yorkshire Terrier. No hacía falta ser un veterinario ducho para observar que estaba muy enfermo y su pronóstico de vida se limitaba a unos pocos minutos.
Argote lo tomó entre sus brazos, y, olvidándose de sus otras posesiones, siguió caminando de esta guisa. Justo en ese instante, la lluvia se reanudaba.
No anduvo demasiado. Encontró refugio bajo la marquesina de la terminal de autobuses de Plaza Elíptica. El animalito se quejaba cada vez más, estaba en sus últimos estertores. Argote no sabía qué hacer; sus ojos turbios se clavaban en la mirada que se iba apagando.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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lunes, 25 de julio de 2016

En La Alhambra nocturna (poema)



Noche almenada en las murallas
de Granada, los baluartes
que defendieron el imperio
de las rosas y las estrellas
del estío. Sobre la fuente
de Lindaraja, en el casi
inapreciable discurso de las aguas
manchadas de luna,
se contaban los suspiros
de los ojos nublados
de velos de mar, de manos
guerreras que labraron la paz
en arboledas escondidas.
Labios sarracenos, cipreses
regados en melancolía de arrayanes
y pedrerías solares. La noche
saluda en los miradores
y derrama la última púrpura
de las horas de insectos
y canciones calurosas.
En la alberca del patio
encantado, bajo arabescos de astros,
los peces ocultos repiten
antiguas elegías que el amor
perdió entre acequias y brisas
de antaño. Ha nacido la noche…,
ha nacido en La Alhambra.

Granada, visita nocturna a La Alhambra, viernes 22 de julio de 2016
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)



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miércoles, 13 de julio de 2016

Las desavenencias literarias de Sebastián Argote y Cencibel (IV) - EMIGRADO, SIN MÁS REMEDIO

   

Después de un tiempo, me hice demasiado conocido en Toledo. Ya no había quien quisiera leer mis libros. Bueno, de peras a higos algún incauto se atrevía a comprarme alguno de mis polvorientos tomos, lo hojeaba, atendía con pocas ganas a mi discurso y se iba como la luz del atardecer, privándome de la opinión y la posible alabanza… Dejé la lengua quieta y la pluma seca.
Un sábado en que azotaba un ventarrón cargado de fúnebres presagios, coloqué un nuevo cartel junto al montón de mis libros. Así decía:

Si te gusta la lectura y no tienes posibles, llévate un libro gratis.

Y ni por ésas. Ni regalados querían mis libros. No volví a cargar de tinta el depósito de mi pluma. Me fui de la plaza de la Catedral con la amarga sensación de que había gastado mi vida en quimeras irreverentes. Más me hubiera valido seguir de pincha y no haberme creído más especial o iluminado que el resto de mis congéneres.
Arrinconé mis libros en el trastero de mi casa, y llevé mi carrito a un punto limpio. Me sentí libre y aliviado de pasadas pesadumbres. Me miré otra vez al espejo, y acepté lo que vi… Esa noche prescindí de las birras.
***
 Lo malo de vivir en capitales pequeñas es que como te destaques un poco, te acaban poniendo el sambenito y en la mayoría de los casos pasan de ti como de comer mierda.
Me fui de Toledo, no sin algún sentimiento, pues había sido mi ciudad por espacio de diez años. Tiré hacia el norte, tan sólo unos setenta kilómetros, ya que Madrid reunía todo lo que en aquel momento apetecía.
Alquilé un bajo lleno de humedades cerca de la barriada de Pan Bendito, y di en buscar un medio para reponer las pelas que aceleradamente se me iban agotando.
A mi edad es casi imposible que te den trabajo, por lo que se me ocurrió bajar a los vagones del Metro, a semejanza de como otros hacían. Me inventé un melodrama con que aderezar mi vida y desperté no pocas conmociones entre los pasajeros. Total, que me llovieron los euros suficientes para comer y cenar en El Brillante, con el debido acompañamiento de birras fresquitas. Pero no, esta vez fui prudente y todo lo que conseguía lo invertía de la manera que me dictaba mi inteligencia. Al final, haber escrito tantas historias me había tenido que servir para algo… Bueno, en uno de mis monólogos metropolitanos, un pibe inválido me encajó un garrotazo en las corvas, aduciendo que mi desenfrenada verborrea le ocasionaba migrañas… Pero, entre claros y nublados, eché adelante en mi vida.
***
Tras dos meses de una primavera lluviosa en Madrid y un pasar razonable, sentí el anhelo de que mis palabras dieran testimonio de lo tío guay que era. En definitiva, me entraron las ganas de empezar a escribir en la prensa.
Los rotativos de mayor tirada no me hicieron ni puto caso; si acaso, una minúscula parrafada en la sección de “Cartas al Director”. Pero nada, yo buscaba un reconocimiento más directo y satisfactorio.
Tras una inconstante búsqueda, hallé lo que se acomodaba a mis capacidades en una plataforma digital de escaso calado, en la que sin embargo se formaban interesantes foros de comentarios. No la busquéis, ya está desaparecida, y se llamaba “Al día de Madrid”. Allí empecé a hacer críticas de libros que había leído, de otros que nunca leería, a atizar mis furores en contra de los beselers (como yo digo) y a verter alguna que otra opinión referente al panorama político y social.
He de decir que los foreros y comentaristas se cebaron en mí. Me llamaban vago, rancio, fachuzo, ignorante y cuantos términos contiene el más voluminoso diccionario de agravios. Y he de confesar que entré en su juego, para lo cual extremaba mis modos irónicos e insolentes… Total, que al final me cansé y mandé a tomar por culo el mundo de la llamada prensa seria y digital, por añadidura.
Con lo bueno que es no cortar árboles para fabricar papel, y muchos tontarras afirman que sin publicar en papel un escritor no existe. Y me lo dicen a mí, que tengo libros impresos que me costaron mis buenos cuartos y que ahora sólo sirven para estudiar el proceso de cómo el papel pasa de blanco a amarillo.
¡Cuántas ganas de reír me entran! Con el tiempo he descubierto que el primer mandato del escritor es deberse a sí mismo. Arriado vas como confíes en los gustos y la opinión de los lectores… Más vale pasar hambre con la pluma que escribir toda la vida de rodillas.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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domingo, 3 de julio de 2016

Las desavenencias literarias de Sebastián Argote y Cencibel (III) - MISÓGINO, XENÓFOBO, HOMÓFOBO, AGRESOR... Y BEODO



LECTURA NO RECOMENDADA PARA MENORES DE 18 AÑOS.

Si tuviera que hacer una lista de todos los insultos que en esta vida me han aplicado, nos estábamos hasta mañana. “Loco”, por supuesto; pero los que sin ninguna duda me han hecho más gracia son “maricón”, “misógino” y “racista”.
Maricón. Será porque en mis horas cerveceras frecuento garitos donde muchos le tiran más a esto que a aquello; o tal vez porque mis cuerdas vocales no emiten tonos tan varoniles como sería de desear; o, ¡espera!, tal vez por llevar el agujero del pendiente en el lóbulo de la oreja derecha.
Sí, es cierto que quien me quiera ver en horas de gatos maullando ha de presentarse en los sitios donde los maricones de toda la vida y las bolleras de estos tiempos suelen ir en busca de remedios para su soledad. Estas tendencias son, en gran variedad de casos, inherentes al temperamento artístico, porque de artistas estas personas lo tienen todo; hay que serlo para hacer profesión de gay en esta sociedad de tanto acero en la mollera. Me gusta la compañía de estas gentes, pero que no se les ocurra llevarme a un sitio reservado. Tan guapo soy, que más de uno se me insinúa por medio de los vapores de cerveza, y la jodida voz que me gasto no ayuda demasiado, y a ver cómo les explico que si llevo el pendiente en el lado derecho es porque me gusta tenerlo ahí y punto. Si una bollera se me insinuase, ahí sí que haría una excepción, porque las mujeres me gustan más que el masticar. Pero las bolleras son fieles a sus principios y parejas. Pongamos por caso que lo que me gusta de esos antros son las cervezas fresquitas y baratas y las sabrosas pláticas que se suscitan en torno al mundo del arte.
Vamos a dejar bien aclarado, de una tacada, lo de las acusaciones de misógino y racista. El bar “Upsala”, situado en una de esas callejas que desembocan en el Alcázar, era no hace mucho tiempo (porque a día de hoy lo han cerrado) uno de esos antros de perdición que he esbozado con mi arte insuperable. Allí solía dejarme caer.
Una noche, bien cargado de rubias, me dio por chiflarme de una nigeriana que, para mi disgusto, era bollera. Y sí, una ucraniana con pelas la tenía bien atrapada de la falda mientras consumían sendos Bombay Sapphire (¡hosti, qué caro!) y le daban a la coca. Pues mira, me flipé por la negrita, y, como de cortado ando también calvo, apuré mi birra y fui al asalto de las dos.
—Hola. —Sólo me dirigía a la nigeriana. —¿Te molaría salir a tomar aire?
Así las abordé, sin preguntar nombre ni nada. Oí unas risitas afeminadas a mis espaldas. La negrita me miró escandalizada; entonces me fijé en que tenía las pestañas postizas.
—¡Eh, tío! ¿Por qué no te largas? —me espetó la ucraniana—. ¿No ves que somos pareja?
El pedo que llevaba encima, me avivó el cabreo muy rápidamente, y más con las risas de los drag queens que tenía detrás.
—Será tu pareja el día que no le tengas que hacer la tijera y le puedas meter una chorra de carne y no de silicona.
Las dos titis, mayormente la ucraniana, me ducharon con el contenido de sus Bombay Sapphire. Aun así, la negrita me seguía molando un huevo.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté—. Soy escritor y te sacaré en una de mis historias.
Fue una pena. Sólo se escuchaba la música enlatada de reggaeton (chunda que chundareeé), amén de las risas cada vez más desaforadas de los drag queens.
Me fui al váter, no sé para qué, porque allí no había papel ni toallas con los que secarme las manos y el careto. Me miré al espejo, y se me esfumó como por encanto el contentillo de las birras. Tiene huevos que te acabe molando una bollera. La edad empezaba a jugármela: antes arrinconaba a las titis sin gran esfuerzo. ¿Y ahora? De seguir así, me veía de ahí a poco en el sofá con la manta, tomando sopitas dulces y enlazando una telenovela tras otra.
Coño, que no me iba a conformar. Tenía que intentarlo de nuevo. ¿No dicen por ahí que el que no llora no mama?... Salí como un tifón del váter, dando portazo y todo, y, a paso de legionario, me encaminé al encuentro de la negrita, de la que, ¡joder!, todavía no sabía su nombre.
—¡Tía, no me dejes así! Si quieres te hablo con dulzura y modales refinados. Déjame decirte algo… Me gustas desde el primer vistazo que te he echado. Dime tu nombre, al menos. Yo me llamo Sebastián Argote y Cencibel.
Arreciaron las risas de los drag queens, que enseguida se contagiaron a casi todos los que había en el garito.
Una vez más, la ucraniana marimacho se interpuso entre nosotros, llegando a taparme la vista del objeto de mis deseos.
—¡Que te vayas a tomar por culo, cabrón!
La sangre se me caldeó, y le largué una guantada a la marimacho. Te juro que hoy no lo hubiera hecho, pero cuando se me va la pinza pierdo el control de mis actos.
Todos se me echaron encima, me molieron a hostias y, para rematar la puntilla, avisaron a los locales y esa noche la pasé en el calabozo. La puta de la ucraniana me puso una denuncia por agresión, que se resolvió con una buena sacada de cuartos.
Desde entonces, ya casi no frecuenté los garitos y procuré no liarla parda. Me volví más pacífico, y me centré en el placer de sentir la cerveza escurrirse por mi gaznate. Y también  me esmeré en mi escritura, procurando no ser protagonista de una vida que al final te arrea palos por todas partes.
Ni misoginia, ni homofobia, ni amor, ni racismo. Casi cincuenta tacos. El crepúsculo ha de ser un momento de paz, así nos lo enseña la Naturaleza de allende las orillas del Tajo. Pero yo soy cordobés, y aún era posible que me quedasen algunos resabios de juventud alocada.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).



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lunes, 20 de junio de 2016

Las desavenencias literarias de Sebastián Argote y Cencibel (II) - COMUNISTA Y FASCISTA


LECTURA NO RECOMENDADA PARA MENORES DE 18 AÑOS.

Desde hace varios años (tantos que se me saltan las lágrimas al considerar lo poco que, tras tanto esfuerzo, he avanzado en aras de mi bienestar económico), monto mi puesto en un ángulo de la Catedral, en la misma plaza del Ayuntamiento: extiendo, a estos efectos, un trapo verde por el suelo, de ésos que se utilizan en las timbas clandestinas, apilo dos o tres rimeros de libros, sitúo al lado el cutre letrero que pone “Escritor de esta ciudad” y el cestillo con unos pocos euros para estimular posibles donaciones (no las llaméis limosnas); despliego mi taburete de tijera y asiento en él las posaderas, en espera de que algún incauto le dé por acercarse a conocer mis obras. Así suele ocurrir los días laborables por las mañanas, llueva o truene o haga una chicharrera de asar morcillas en el suelo; las tardes las dedico a escribir y las noches a cultivar mi segunda gran afición: echarme al coleto jarras de cerveza en baruchos de mala nota. Y es deplorable que la experiencia me haya enseñado una cosa: los verdaderos bibliófilos suelen ser personas tímidas hasta la patología, y les suele imponer bastante tener al lado al autor de los libros que pretenden hojear; así que ni se acercan. Los que sí lo hacen suelen ser más tontos que un helado de croquetas, pero me da lo mismo con tal de que apoquinen los euros de sus abultadas carteras. Otros se acercan, miran el género, me aguantan el rollo pseudofilosófico, y, echándose la risita, se excusan diciendo que se han dejado el monedero en casa y que enseguida vuelven a comprarme el libro; si tuviera que estar esperándoles, mi gaznate no cataría la inexcusable cerveza nocturna. Quieras que no, en la calle se aprende bien lo pestífero de la raza humana. Y los kinkanfú (así denomino a los excursionistas chinos y japoneses) sólo se acercan para echarse fotos conmigo, me sueltan en el cestillo algún eurejo y no me compran el libro porque está escrito en un idioma que no comprenden… Total, ¿para qué vamos a hablar?
Con el tiempo aprendí a reconocer a unos fachuzos que se reunían todos los sábados para ir a misa matutina en la Catedral. Al principio actué con ellos como con todos, tratando de enjaretarles algunos de mis libros. Pero me acabaron echando tales miradas de desprecio y suficiencia, que se me volvió a hacer cortocircuito en las neuronas. Así, cada vez que pasaba uno de esos mendas, solo o en familia, con los bigotes dados de gomina y aspecto de haber guardado cola en la capilla ardiente del Generalísimo Franco, yo empezaba a arrojar pullas por la boca.
—¡Eh, tío! Aquí estoy yo, más rojo que un cangrejo río, y tú más facha que un mechero de la División Azul. ¿Ande vas con esa corbata palomera y tu mujer con to el bote echao de L’Oréal porque yo lo valgo? Por las noches me cuenta en mi lecho la picha flojita que te gastas…
Y solía concluir semejante diatriba entonando los primeros versos de La Internacional. No me calzaron ningún guantazo porque tengo reflejos más rápidos que el lagarto de Los Yébenes, pero sí que me causaron algún destrozo a los libros y al cestillo de los euros.
A ver, ¿me vais a decir que yo le tiro las barbas al Garzón y al Pablemos? Pues no, porque habéis de saber que los domingos por la mañana se reúne en el Zocodover la flor y nata izquierdosa de la capital. Algunos lucen barbas harapientas como las mías, y en sus rojas camisolas se les ven cercos de sudor a la altura de los sobacos. No son gentes para andarse con bromas porque saltan a la que na y te pueden hacer rico al dentista de turno. A éstos intenté también venderles mis libros, y como quien oye llover. Casi igual que con el facherío, porque algunos de esos libertarios piensan que los derechos de autor son un atentado directo contra la dignidad del proletariado. Pues nada, que no me toquen los cojones… ¡Otro cortocircuito neuronal!
—¡Eh, rojeras! Mucho decir de boquilla pero no renunciáis a los lujos que criticáis. Sois la izquierda pija. ¡Anda que os den! ¡El Alcázar no se rinde!
Y aquí me ponía a entonar el Cara al sol, cambiando en plan humorístico, eso sí, la palabra “cara” por “caga”. En esta ocasión sí que me corrieron a hostias y gorrazos. Acabaron con una edición completa de mis obras, cuyas hojas tapizaron tristemente la plaza del Zocodover. Y el carrito me lo devolvieron hecho un destrozo, y, para rematar la faena, no me dejaron un solo euro en el cestillo… ¡Hay que joderse!

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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domingo, 12 de junio de 2016

Las desavenencias literarias de Sebastián Argote y Cencibel (I) - ANTISEMITA



Con este relato, que despacharé en muy pocos capítulos, doy por concluido el libro de los “Cuentos Urbanos”. Los mismos han sido escritos en la calle, y, debido al grosor del cuaderno empleado y a la búsqueda de ocasiones propicias, me han llevado casi seis años. Se hace pesado, y a la vez apasionante, escribir en la calle, sometido a las inclemencias temporales y a la sorpresa que puede suscitar entre los viandantes ver a un tío ya maduro haciendo garabatos en un cuaderno. En fin, la fiesta terminó… ¿Qué queda ya?
Este relato está inspirado en hechos reales. Como autor, no me hago responsable del jaleo mental y de las ideas que se le traslucen a mi personaje… Son simples desavenencias literarias, como el título bien indica.
 Quizá el lenguaje empleado desaconseje la lectura a menores de dieciocho años.

Se abre la escena una fresca mañana de principios de mayo, en una de esas calles pinas que tanto abundan en el casco antiguo de Toledo. Un hombre alto y relativamente fornido, no sabemos si calvo (a juzgar por la boina que utiliza), el rostro picado de barbas rojicanas, vestido como un viejo operario de laboratorio fotográfico, y empujando un mugriento carrito de la compra, le sale al paso a una mujer cuarentona, aún de buen ver, y la llama por su nombre.
—Tú eres Sebastián —responde ella—. Yo leí un libro tuyo.
—Yo nunca olvido a quien me compra un libro, y ya hace más de tres años de ello.
La mujer no sabe qué decir. Sin duda hubiera preferido que el tal Sebastián no la abordara en mitad de la calle. Al final opta por preguntar:
—¿Y cómo te van las cosas?
—Empiezo mi historia por el final. Sigo respirando, no me quejo de hambre y todavía no visito a los matasanos.
—Una respuesta de escritor. Te debe de ir muy bien porque escribes de lujo. Me encantó tu novela “Los cisnes tristes”.
—Ahí está la cuestión. Se cruzó en mi vida un golpe de mala suerte. Sigo llevando los libros en mi carrito de la compra, y ya hasta he empezado a regalarlos.
—Bueno, no desesperes. Muchos no saben apreciar el buen arte. —La mujer, vencida su desconfianza inicial, se anima en la conversación. —Trabaja en otra cosa mientras esperas tu gran oportunidad. Seguro que sacaste unos estudios superiores.
—Jamás fui a la universidad.
—¿Seguro? Pues nadie lo diría; escribes como un doctor de Salamanca.
—Por el final habría de empezar a contar mi historia —enfatiza el escritor—. Me sigo llamando Sebastián Argote y Cencibel.
***
 La escena se desarrolla ahora en una de esas librerías de nuevo cuño que tanto proliferaron en la ciudad imperial y que duraron lo que rastrojo en amapola (¿se dice así?). La librería “Galisteo”, plantada a dos carambolas de la Sinagoga del Tránsito.
Cuando inauguran donde sea una librería, los dueños pierden los piños por atraerse clientela, y, en el caso de aquélla, por su proximidad a la mencionada sinagoga, dieron en especializarla en tratados de cultura y tradición hebreas.
Esa vez que decimos, un rabino de los de Jerusalén, sefardita a todas señas, estaba enfrascado en un enjoyado tomo del Talmud que allí se exponía.
—Buenos días.
Era yo mismo el que emitió este saludo, pero una versión más refinada de mi persona. Me había lavado y afeitado y vestido con un traje de los que dan el pego, de ésos que se consiguen en Zara por na y menos. El rabino lucía unas barbas que casi le hacían de servilleta, y yo to escamochao y con tanta crema en la jeta que parecía una bombilla recién acabada de encender. El rabino me miró con ojos poco amigables, e hizo ademán de seguir engolfado en ese librote.
—Buenos días —repetí el saludo, y a continuación solté mi rollo tantas veces ensayado—: Me llamo Sebastián Argote y Cencibel. Vivo aquí en Toledo, aunque soy originario de Córdoba, donde hay también una judería que te cagas. De hecho, Luis de Góngora y Argote forma parte de mis antepasados. Pues mira, soy escritor. He escrito nada menos que cinco novelas y tres colecciones de poemas. Las tengo ahí expuestas en ese mostrador. El dueño de la librería es colega y me ha dejado hacerme publicidad aquí mismo. ¡Del autor al lector! ¿Te vienes a echar un vistazo a mis obras? Vamos, tío, éste es mi medio de vida… Vender mis libros… Yo no atraco ni sableo a nadie.
(Alma de Dios, ¿cómo se te ocurrió soltarle ese rollo a todo un rabino?).
—Lo siento. No interesa.
Esto dijo el jodío. Hubiera quedado mejor si el “no interesa” hubiese quedado en un “no me interesa”. ¡No interesa, no interesa! Esto dijo el tío, y siguió con las napias sepultadas entre las páginas del mamotreto. Joder, ¿para esto me había puesto de tiros largos y echado encima medio bote de Varón Dandy? Yo, antes de ser el escritor más ninguneado de la capital del Tajo, había trabajado de pinchadiscos (me niego a utilizar DJ, esa palabreja tan atufadamente inglesa) en garitos de mala muerte y conocía de qué pie cojeaban las personas, pues de noche y con el cubata en diestra destapan aspectos de su personalidad que a la luz del día ni osarían exteriorizar. Pues, ¡coño!, ¿no era que el puto rabino me mandaba a beber los aires? Nada, es mejor que no me tengáis al lado cuando se me cruzan los cables.
—¡Pero ven a ver mis libros, cacho fariseo! Te aseguro que molan más que esa mierda de Talmud que enarbolas.
Creo que no me entendió muy bien, aunque el rostro se le tiñó de fluido sanguíneo y los pelos de la barba se le erizaron como si hubiera tocado la botella de Leiden ésa.
—Déjeme en paz —soltó con frase forzada y hueca.
—¡Qué cojones! Lástima que no te hiciesen jabón con los micheles que te gastas, y con esa barba tendrían para rellenar cinco colchones. Aparte de eso, ¿qué coño haces aquí, si nuestros Católicos Reyes hace más de cinco siglos que expulsaron a los de tu raza?
Y no paró ahí la cosa: con la pinza totalmente ida, solté lindezas sobre los campos de exterminio nazis y las matanzas en la franja de Gaza. El pobre rabino no se hizo cruces porque no era cristiano, pero se puso a boquear como un rodaballo salido del agua. Y nunca sabría que una de mis más trabajadas novelas (“La amapola verde”) versaba sobre el heroísmo del pueblo hebreo en las comarcas de la Extremadura. El rabino me amenazó con el puño, y no le encajé un par de hostias porque el dueño de la librería, visto el follón que se había armado, me echó del local con cajas destempladas, y poco faltó para que me descalabrara con mis propios libros.
—¡Serán hijos de puta! —exclamé tirando asqueado de mi sempiterno carrito y aflojándome el puto nudo de la corbata, mientras ponía tierra de por medio.
Pues sí, a menudo pierdo los papeles y digo las cosas al revés de lo que las pienso. Después de haber escrito “La amapola verde”, ningún menda abstemio de vino hubiese dudado de mis declaradas simpatías hacia el pueblo judío.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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