sábado, 25 de febrero de 2017

Tarde de viernes de Carnaval en Aldea del Rey (poema)




Una tarde de viernes
de hace diecisiete febreros,
se sentó en un banco
junto al jardín de la iglesia
de Aldea del Rey
el mismo que la tinta
de esta vieja pluma derrama.

Una Biblia entre las manos,
la soledad puesta en la mente
y el amor que más allá del corazón
buscaba hacerse realidad.
El sol se prodigaba entre las hojas
perennes del aligustre y reavivaba
las santas palabras en el libro.

Música de niñas que celebraban
la venida del Carnaval.
Se acercaron al banco
y dos cosas le preguntaron:
¿Por qué lees
y por qué estás tan solo?
A ninguna les supo responder.

Preguntadle ahora
que diecisiete vueltas
dieron los almanaques…

Leo para seguir viviendo;
estoy solo para poder recordaros.



Parque de Gasset, Ciudad Real, sábado 18 de febrero de 2017

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 19 de febrero de 2017

Lady Jane (2ª Parte - I): El viaje de cuatro siglos




Recuerdo que cuando empecé a escribir la segunda parte de Lady Jane, en el invierno de 1989, me encontraba muy influido por la lectura del Ulises de James Joyce. Fue un desafío leerme ese libro, y más con los verdes años que yo entonces me gastaba. Mi profesor de Lengua sostenía que era un libro no al alcance de todas las inteligencias, denso y hasta aburrido. A mi me fascinó; gracias a ese texto descubrí que podía existir un cauce de comunicación entre la prosa y la poesía, y que la libertad podía tener las alas abiertas en el mundo literario.
Estas ideas inficionaron de alguna manera mis siguientes escritos, llegando a truncar en ocasiones el discurso narrativo de Lady Jane. 
Ahora se me presentan las opciones de darle un buen afeitado al texto o respetar el delirio creativo del joven que fui. Al final me he decidido por destacar entre cursivas lo que yo ahora, ya cargado de madurez literaria, consideraría superfluo. Pueden prescindir de su lectura o soltar una sonrisa de condescendencia ante las especulaciones románticas de un artista adolescente, que diría el mismo James Joyce.  




Una simpática sonrisa de niño. Un enardecido abrazo de gratitud.
−¡Gracias, muchas gracias, gracias te sean dadas ahora y siempre hasta el final de los tiempos!
Peter lloraba de alegría en mis brazos. ¡Qué poquito cuesta hacer feliz a un alma esperanzada! ¡Qué maravilloso placer se experimenta después de realizar una buena acción a un semejante!
En principio, el gran agradecimiento que el niño sentía hacia mí, me causó una extraña turbación. Raras veces había visto en mi vida a alguien tan satisfecho por mis servicios. Peter fue, y lo seguiría siendo en años sucesivos, el gran artífice de esa sensación de paz surgida en medio de las borrascas de mi vida interior. Aquel abrazo suyo fue como la lava de un volcán, cuyo ígneo fluido representa el combate entre la vida y la muerte, entre el amor y la aversión. ¡Oh!, cuánto daría por volver a ver al joven Peter. Él hizo que renaciesen en mí las ganas de vivir y de volver a sentir la acibarada alegría del amor. Todavía no estoy seguro de si Peter existió en realidad; tal vez fue sólo una imagen onírica, pero estoy seguro de que fue quien me condujo hacia el objeto de una gran veneración pasional y que hoy sólo son cenizas de un poderoso y melancólico amor platónico: la hermosa Jane Grey. ¡Oh!, desconocido lector, no podrías imaginarte lo buena y sencilla de corazón que ella era. Se conmovía por cualquier motivo: por las violetas que la primavera hacía brotar en las grisáceas márgenes del Támesis, por los tiernos cantos de las aves matutinas, por las voces de los niños (aunque ella todavía seguía siendo una niña), por los versos que los poetas cantaron en los comienzos del mundo civilizado. Ella era lady jane, sin más. ¿Por qué tuvo que morir? ¿Por qué me siento tan solo? Cuando la vi por primera vez, comprendí que me sería difícil encontrar mejor objeto de adoración. Quizá me esté adelantando al curso de mi relato; siempre dejé volar mis sentimientos con la pluma. Recibe mi más sincero reconocimiento, mi estimado Peter. ¡Oh, queridos seres! ¿Por qué razón la vida os llevó siempre tan lejos de mi lado? ¡Oh, desesperación!
El que Peter pensase que habíamos viajado casi cuatro siglos en el pasado dio lugar a una escena emotiva. Entonces me hice cuenta del inmenso poder de la imaginación. Peter era el claro exponente de la persona que encuentra su felicidad particular recurriendo al amparo de la fantasía para transformar la realidad en una figuración de ésta más saludable al individuo.
Cuando el alborozo de Peter cesó y pudimos tranquilizarnos lo suficiente, reparé en el broche de cabeza de unicornio. Aquella pausa de silencio constituía la ocasión adecuada para interrogar a mi joven amigo acerca del peculiar adorno que aún conservaba en mi helada mano.
−A propósito, Peter, quería habértelo preguntado antes pero con tus insistencias casi lo olvidé. –Entonces le mostré el broche−. ¿Es tuyo esto? Lo encontré hace unos momentos sobre la mesa y, a pesar de mis vagos conocimientos en joyería, he podido constatar que se trata de una pieza de gran valor.
El niño asintió a mi afirmación. Sus ojos, todavía húmedos, mostraron un destello de inteligencia. ¿Cómo era posible que brillaran de esa forma? Y eso que sus ojos no eran azules ni verdes, sino tan oscuros como una noche sin luna. Más adelante él me dijo que los ojos de lady Jane eran muy verdes; cuando los vi, no pude recuperarme de la impresión que me causaron. En mis sueños todavía hay una luz cegadora de color verde, y entonces, en esos momentos, parece como si ella guiara mi camino. ¡Oh, luz resplandeciente! Eres tú, porque verdes fueron tus ojos, tan verdes como esmeraldas en una jungla de helechos. Antigua amiga, no permitas que el brillo de tus ojos se apague en mis pensamientos.
Peter me pidió el broche y, cuando lo tuvo entre sus dedos, comenzó a acariciarlo con unción y dulzura.
−Sí, este broche –dijo ella− me lo regaló lady Jane una lluviosa mañana de primavera. Habíamos estando jugando y leyendo cuentos desde que levantó el sol. Raúl, tenías que haber visto lo hermosa que estaba cuando la brisa que subía del río refrescaba su rostro y éste se sonrojaba ligeramente.
−Me lo puedo imaginar –dije yo, y creo recordar que experimenté una peregrina sensación de gozo.
−Desde que me regaló el broche, siempre lo he llevado conmigo. Gracias por haberlo encontrado. No me hubiese perdonado el perderlo.
Mi dicha interior se duplicó. Ya no podía dudar de las palabras de Peter. Simplemente me dejé arrastrar por las ondas de su juvenil e inspirado pensamiento.
−¡Bueno! –exclamó Peter−. Creo que ha llegado el momento de volver al lado de lady Jane.
«¡Oh, pensamientos racionales y mundanos! –dije en mi interior−. No aparezcáis todavía. Dejad que me refugie en las palabras de este niño. Entonces es verdad, potencias celestiales: ella existe, la buena y hermosa lady Jane está en el mundo. Felicidad, no me abandones. ¡Qué maravillosos son estos pensamientos! Lady Jane, quiero conocerte.»
Pese a mis poéticas cavilaciones, aún me quedaba un resto de duda acerca de nuestro viaje en el tiempo, por lo que no vacilé en pedir a mi amigo una prueba fehaciente que diese feliz testimonio de nuestra transmigración.
−¡Cómo no! –me respondió él−. No tienes más que abrir la ventana y mirar.
No recuerdo si desperté de mi ensueño y volví a ser invadido por el gran escepticismo que me provocaron las primeras palabras escuchadas en boca de Peter. Lo cierto es que me acerqué a la inmediata ventana, tiré de la falleba, abrí los postigos y una fuerte brisa me golpeó el rostro.
Cuando dirigí la vista al exterior (¡Oh, cielo santo!), aquél no era el Londres que yo conocía, sino la ciudad que debió ser cuatro siglos atrás.
Peter, perdóname si dudé de ti en un principio. ¡Tenías razón! De una forma u otra, habíamos viajado al pasado. Ya no me cupo duda de que todo lo que me dijiste era cierto.
Londres era ahora un amasijo de toscas y austeras construcciones de madera, exceptuando las catedral de San Pablo, la fortaleza de la Torre, la abadía de Westminster y otras casas de la alta nobleza. Nosotros nos encontrábamos en Southwark, entonces una pobre barriada londinense. La gente vestía humildemente (la primera que vi), con jubones y rudimentarios vestidos de lana sin abatanar.
−¿Te convences ahora? –me preguntó Peter un tanto sarcástico.
Pese a la evidencia, aún me resistía a creerlo. Era algo inimaginable, por no decir imposible. En ese momento, creí volverme loco. Presa de una especie de desvarío nervioso, comencé a pasearme de arriba abajo por la estancia. En una de las esquinas había una palangana de agua con una lámina de polvo en su superficie. Sujeto a conatos de desesperación, introduje mis manos en el líquido y humedecí copiosamente mi rostro; esperaba que el agua operase en mí algún efecto favorable. Volví a acercarme a la ventana y me cercioré de que cualquier otro intento referido a despertar de esa especie de sueño sería en vano: el Londres del siglo XVI seguiría siendo el Londres del siglo XVI. Lo mejor que podía hacer era rendirme a la evidencia. ¡Mi compañero y yo habíamos viajado al pasado! Ya no cabía ninguna duda al respecto, y sería vano cualquier otro intento por demostrar lo contrario.
Al parecer, habíamos llegado en un momento crucial de la historia de Inglaterra. La gente iba gritando por las calles: “¡Han detenido a lady Jane!”. La noticia se propagaba con la rapidez de la pólvora. La historia se repetía ante mis ojos.
La muerte de Eduardo fue sentida por el pueblo londinense. Su reinado supuso un alivio tras el caprichoso reinado de su padre, Enrique VIII.
Recurriendo a mis superficiales conocimientos de la historia de Inglaterra, ya sabía que el siguiente paso sería la coronación de Jane Grey y de su consorte Guilford Dudley, quien en un principio no estaba enamorado de ella, ni ella de él. Pero al final sus vidas concluirían en medio de una bonita historia de amor.
(¡Oh, lady Jane! Como te amé entonces, pero, ¡triste de mí!, tu corazón pertenecía a Guildford. Tú le amabas locamente, e imaginé qué hubiera sido de nosotros si te hubiese conocido en otro lugar y en otro tiempo. ¡Qué maravilloso hubiese sido tenerte de compañera! Sin embargo, tú te merecías alguien mejor que yo y encontraste el amor en Guilford. Al final sólo podía pensar en quién era yo frente a tu gloriosa persona, y encontré una única respuesta: nada, nada, nada… tal era yo. ¡Oh, viejo amor de mi vida! Mil imperios conquistaría sólo por volver a verte.)
−Bueno, Raúl –dijo Peter−. Creo que ya hemos estado bastante tiempo aquí. Debemos irnos de inmediato, necesito ver a Lady Jane. La echo tanto de menos…
−De acuerdo, marchemos –dije casi tartamudeando.
Cuando ya estábamos frente a la puerta de la habitación, escuché de nuevo la voz de Peter con tono de mandato:
−¡Espera!
−¿Qué es lo que sucede? –pregunté.
−No pensarás salir afuera vestido de esa forma. Llamarías demasiado la atención.
Peter tenía razón. Casi pude imaginar qué hubiera ocurrido si la gente me hubiese visto con las prendas originarias de mi tiempo. Seguramente me hubiesen confundido con un hechicero, y entonces podría considerarme carne de hoguera.
−¿Qué hacemos entonces? –le hice otra pregunta.
Peter me llevó junto a un vetusto arcón y lo abrió. Empezó a revolver entre un amontonamiento de trastos viejos. Al final encontró lo que buscaba: un arrugado traje de algodón de color almagre, unas desgastadas polainas marrones y una capa de franela roja, en estado más o menos aceptable, que como afuera era invierno me prestaría un servicio inestimable. Completamos el atavío con un sombrero a juego con el traje y, lo que más me llamó la atención, una espada de bien templado acero toledano envuelta en una ajada vaina de cuero.
Una vez mudados mis atavíos, nos dispusimos a abandonar la estancia. Peter cogió el libro de su tío y se lo guardó en una pequeña escarcela junto con el broche de unicornio. Yo me encontraba al colmo de mis emociones. Parecía mentira pero iba a conocer por mis propios ojos una de las etapas cruciales de la historia de Inglaterra, y también era posible que conociera a lady Jane.

CONTINUARÁ…

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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domingo, 12 de febrero de 2017

Léelo si quieres encontrar a Dios (poema)



Si dices que quieres ir
en busca de Dios,
has de considerar
una serie de cosas:
No le culpes de tu nacimiento
ni le aclames cuando notes
que tu hora postrera ha llegado.
No dejes que el mal del mundo
te enoje en su contra
y no tengas demasiada fe
en las flores que asoman en el erial.
Si quieres sentirte digno
de su misericordia,
aprende a sostenerte
en la soledad
y a intentar reír cuando
sólo escuches llantos
a tu alrededor.
Has de plantar tus pies
sobre los afilados guijarros
del sendero
y no hacer cuenta
de la sangre derramada
que la lluvia al final lavará.
Cuando tengas hambre,
siembra con tristeza
los granos de tu celemín
y no confíes encontrar
espigas en el cielo.
No intentes al sol superar
ni te hagas menos
que el insecto
que en el polvo de la tierra
se debate.
No te aferres a las desgracias
de tu vida
imaginando recompensas
en otra vida venidera,
ni camines siguiendo
los pasos de la inconsciencia,
creyendo que ahí radica
la clave de tu felicidad.
Si te es necesario el consuelo,
está bien que a Dios invoques,
pero no permitas que tus manos
pierdan su industria
ni que tus pies desistan
de emprender otros caminos.
Si ves un pájaro libre
revoloteando en una soleada ribera,
un vapor de niebla
coronando la cima de un monte,
una estrella que errante
no volverá a pasar
por el mismo lugar
del firmamento,
sonríe; aunque no lo entiendas,
no dejes de hacerlo…
y llora si te es necesario.
En fin, así te lo digo:
aunque te pases la vida buscando
a Dios
sin dar con su rastro,
¿te has parado
a mirar dentro de ti?

Ciudad Real, martes 7 de febrero de 2017

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 5 de febrero de 2017

Lady Jane (1ª Parte - y V): El encantamiento


−¿De veras? –contesté dejándome arrastrar por la inventiva de mi amigo.
−Sí. Me he acordado de que en las páginas siguientes a aquélla en la que aparece la fórmula para viajar en el tiempo, se explica el modo de regresar a la época propia de cada persona. Creo que debe intervenir otra persona, que deberá leer la fórmula y decir: “Tú eres el que ha de transmigrar a tu lugar en las arenas del tiempo”. Y si esa otra persona desea acompañar a la primera persona en su viaje de regreso, entonces deberá decir: “Yo soy el que ha de transmigrar contigo a tu lugar en las arenas del tiempo”. Así que, por favor, ayúdame.
El niño me arrebató el libro de las manos, y comenzó a buscar la página en cuestión. En ese momento me llamó la atención un pequeño broche que estaba encima de la inmediata mesa. Lo cogí, y enseguida comprobé con asombro que se trataba de otra valiosa pieza de antigüedad, que con toda seguridad debería de ser propiedad de Peter. Era de oro macizo y representaba la cabeza de un unicornio, con rubíes en las cavidades de los ojos y un ágata cornalina engastada a modo de cuerno; ofrecía una encantadora imagen al resplandor de la vela.
Peter no me dejó que le preguntase acerca del broche; ya había encontrado la página donde figuraba la fórmula de viaje en el tiempo. Decidido a seguirle el juego hasta el final, empecé a leerla. Se trataba de un extraño poema. Lo recité en voz alta:

El tiempo sólo retrocede
para aquellos que sufren,
 y adelanta para aquellos
que olvidaron toda esperanza.
El tiempo no tiene corceles
que lo desplacen,
no tiene viento
que lo marchite.
¿Qué es el tiempo?
Lágrimas en la senectud
y sonrisas en la juventud.
El tiempo hará
lo que yo le pida…

Marqué una pausa, como si hubiera más palabras que leer. Peter me miraba con un rostro desbordante de alegría.
−¿Has amado alguna vez a alguien? –me preguntó.
−Sí –respondí con tono melancólico, pensando en Constance.
−¿Quieres venir conmigo a mi lugar en el tiempo? Así sólo amarías a lady Jane.
Yo sonreí ante tan graciosa ocurrencia. Peter me daba lástima, su razón había enfermado de tanto imaginar cosas irrealizables. Pero hubiera sido en vano convencerle de que los viajes en el tiempo eran imposibles; por ello le dije:
−Muy bien, iré contigo.
−¿A qué esperas entonces? ¡Pronuncia la frase final!
En ese momento aprecié el broche sobre la palma de mi mano derecha; no me acordaba de haberlo cogido. Mientras recitaba la última frase del hechizo, acariciaba con mi dedo pulgar la cálida superficie de la joya.

Yo soy el que ha de transmigrar contigo a tu lugar en las arenas del tiempo.

Recuerdo perfectamente que la luz de la vela palpitó de manera ostensible.

-Fin de la primera parte-

Aldea del Rey, 24 de diciembre de 1988 – Madrid, 21 de enero de 1989
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)




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domingo, 29 de enero de 2017

Lady Jane (1ª Parte - IV): La historia de Peter


Peter quedó huérfano a la temprana edad de dos años, en tiempos del reinado de Enrique VIII. Pasó enseguida a la tutela de Richard Johnson, un tío suyo en grado lejano.
Por entonces, este hombre ya estaba metido en la cincuentena. Durante su juventud había profesado como monje benedictino, pero pronto descubrió que la vida monacal no se correspondía en modo alguno con sus aspiraciones, y tomó la decisión de abandonar el monasterio. Los años posteriores a su ruptura con los votos eclesiásticos los consagró al estudio y la práctica de la alquimia, tan condenada en aquellos entonces por la Inquisición. Pero, según me participó Peter, Richard Johnson nunca estableció contacto con las potencias infernales, sino que por el contrario centró sus intereses en el lado bueno de la magia, llegando a culminar en asombrosos descubrimientos. Este honrado varón acogió al huérfano como si fuera su propio hijo, le dio una educación estrictamente humanística y durante largos años lo orientó en todas las cuestiones de la vida.
Al cumplir Peter los nueve años de edad, su tío le consiguió una genial ocupación en el palacio de Hampton Court: ser el chico de azotes de Jane Grey.
Los chicos de azotes eran bastante comunes en aquellos tiempos. Como a cualquier miembro de la realeza no se le podía castigar físicamente la falta de aplicación en los estudios, entonces el castigo correspondiente era infligido al chico de azotes. El duque de Suffolk, padre de lady Jane, quiso que su hija se imbuyera de las costumbres de la Corte y dispusiera de su propio chico de azotes.
Peter, con Jane Grey, jamás tuvo ocasión de recibir castigo alguno. Por el contrario, entre los dos se estableció una mutua corriente de simpatía. En definitiva, la sobrina nieta de Enrique VIII fue una verdadera hermana para el pobre huérfano.
Muy a menudo, Peter podía ir a visitar a su tío, que cada vez estaba más inmerso en el estudio de las ciencias ocultas. Un día, cuando el niño llegó a casa del alquimista, vio que éste estaba ausente y decidió esperar su vuelta. Para no dar curso al aburrimiento, se puso a curiosear por todos los rincones de la casa, donde se amontonaban en abierto desorden todo tipo de instrumentos extraños. Al abrir un baúl, Peter descubrió un delgado libro encuadernado en piel de vaca, el cual le llamó poderosamente la atención. Empezó a leer las primeras páginas, y ya no pudo soltar el libro hasta concluirlo. Yo no llegué a saber, en aquella primera toma de contacto, el asombroso misterio encerrado en esas desgastadas hojas de pergamino. Peter no supo explicármelo; tan sólo sabía que leyendo en voz alta unas palabras del libro, se operaba una especie de sortilegio mediante el cual un determinado individuo adquiría la facultad de desplazarse en el tiempo. A este tenor, Peter siempre tuvo la querencia de conocer las alejadas épocas del futuro. Esta curiosidad le salió cara; ahora se veía incapacitado para regresar a su tiempo de origen; que él supiera, el hechizo no surtía efecto una segunda vez.
Como es de suponer, yo no terminé de creerme la historia de mi joven amigo. Cuanto más me hablaba de sus increíbles aventuras, más convencido me encontraba de sus desvaríos mentales y con mayores motivos me encontraba dispuesto a dispensarle mi protección.
Pero aún no había sucedido lo más curioso. Peter me mostró un viejo códice asegurando que se trataba del mismo libro cuyo secreto le había colocado en esa situación tan azarosa. Observándolo detenidamente, pude apreciar que, en efecto, se trataba de un volumen muy ajado que con toda certeza rebasaba los seis siglos de antigüedad. Su encuadernación era perfecta, pese a que la piel de su cubierta estaba percudida de suciedad en casi toda su superficie. Lo abrí, y paseé mi vista rápidamente por las enmohecidas vitelas. Como era de esperar, el texto estaba manuscrito y profusamente ilustrado, detalle que despertó mi admiración. Peter era propietario de una verdadera joya de antigüedad; aquel libro, sin la menor duda, costaría una fortuna. Es importante destacar que no presentaba título alguno ni en la cubierta, ni en las guardas, ni en las páginas interiores. Ciertamente se trataba de un libro misterioso.
La atención prestada por mi parte al códice no me permitió apreciar cómo el rostro de Peter se serenaba y cómo sus ojos emitían un breve y cristalino brillo a la luz de la vela, que en muchos casos viene a significar que una ingeniosa idea ha alumbrado nuestro cerebro, al mismo tiempo que en sus labios se esbozaba una perspicaz sonrisa.
−Escúchame, Raúl –me dijo mientras yo abandonaba el recién iniciado examen de las páginas del libro−. ¿Sabes que acabo de recordar la única forma mediante la cual me sería posible regresar a mi tiempo?

CONTINUARÁ…

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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domingo, 22 de enero de 2017

Se marchó (poema)



Se marchó
sin que supiera cómo,
del modo que la rosa
lo hace ante la tristeza
del invierno;
ni sus pétalos quedaron,
ni el vestigio de su presencia
ayer, en este mismo lugar.

Se marchó antes de que mi vida
terminara;
quizá supiera que yo
no volvería a contemplar
los atardeceres imaginando
el lugar de su morada.
No podría encontrar
sus huellas en la nieve,
pero en mi retina tendría
atrapados los colores
de su juventud.

Se marchó sin yo desearlo,
mirando sin temor al mañana
y dejando en la cuneta
tantos dolores sin motivo.
No quise imaginar que la pena
quedaba conmigo,
que el error de un momento
se puede pagar toda una vida.

Sólo sé que se marchó,
que el cielo la bendiga.

Plaza Tarifa, Madrid, jueves 29 de diciembre de 2016

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 15 de enero de 2017

Lady Jane (1ª Parte - III): Un compañero inesperado


Casi desesperadamente, cerré la ventana y me dejé caer sobre la inmediata silla. Al momento fui presa de un pesado sopor que me abocó a un sueño consolador, agradable a mi lastimada sensibilidad.
Nunca supe el tiempo que permanecí en ese estado de duermevela. Sólo sé con certeza que me desperté gradualmente debido a un llanto infantil que se escuchaba en el rellano de la escalera.
Tan inesperada circunstancia no dejó de sorprenderme; el dueño de la posada me había especificado claramente que yo era el único huésped esa noche. ¿De dónde podría provenir, pues, ese dolido llanto? Esto no dejaba de ser extraordinario. En un santiamén poblaron mi fantasía viejas historias de fantasmas, casas encantadas y aparecidos, con las cuales era propenso a asustarme en el transcurso de mi niñez.  Pero ahora, ya metido en la edad adulta, mi raciocinio se negaba a admitir cualquier acción o presencia sobrenatural. Superado el pasmo inicial, me dispuse a investigar tan singular misterio.
Salí al rellano y, con andares sigilosos, me dejé guiar por el sonido del llanto. Llegué al final de un tétrico pasillo, donde vi una puerta entreabierta, por cuyo hueco se deslizaba el titilante resplandor de una vela. Haciendo acopio de valor, terminé de abrir la puerta y lancé una mirada inquisitiva al interior.
Al momento se interrumpió el llanto, y me cercioré de que mi asombro no había hecho más que empezar.
El llanto lo había emitido un niño, que al primer golpe de vista me pareció un ser bastante peculiar. Tenía un rostro de gran belleza, que aparecía enmarcado por una cabellera tan rubia como un trigal en el mes de junio; sus ojos eran muy negros, pese a lo cual ostentaban una ardiente expresividad. Lo que más me llamó la atención fueron sus ropas. Sin duda no pertenecían a nuestra época; eran, eso sí, de rico brocado de raso azul, aunque ahora tenían huellas de suciedad, sin restar por ello un ápice de decoro a la conmovedora imagen que el niño ofrecía. Una imagen que constituyó para mí el símbolo de toda aquella gran aventura que me fue dada vivir. Yo aún ignoraba el sincero afecto que llegaría a cobrarle a ese niño. Hoy sigo bendiciéndole. Siempre sentí una gran sensibilidad hacia la infancia, y por ello no me causó incomodidad tan inesperada presencia.
−Hola –dije en un tono alegre.
El niño me miró con sus ojos arrasados en lágrimas. La irritación provocada por el copioso llanto había enrojecido sus párpados. En un principio se asustó de mí y corrió a esconderse debajo de la mesa situada en el centro de la habitación.
−¡Oh no, amiguito! No temas nada, no deseo hacerte ningún daño. Simplemente pensaba que no había nadie más en todo el piso, y tu presencia me resulta inesperada. Así que puedes abandonar tu escondite, si lo deseas. Yo sólo quiero ser tu amigo.
Mis palabras debieron de tranquilizar al niño, y éste salió de debajo de la mesa. Se podría decir que me devoró con la mirada. Yo me esforzaba por mostrar una apariencia bondadosa y alegre, a pesar de mi tristeza interior.
−¿Cómo te llamas? –le pregunté mientras me sentaba en una silla.
El niño se acercó, y tomó asiento a mi lado.
−Mi nombre es Peter Hawkins –se presentó−. Yo era el chico de azotes de lady Jane Grey, que ahora está casada con lord Guilford Dudley, el hijo menor del duque de Northumberland. Ser chico de azotes es un oficio muy reposado, porque nunca hizo falta que me pegaran por causa de la poca aplicación de lady Jane. Ella siempre ha sido muy estudiosa, y además me quiere mucho. ¡Me lo dijo una vez, antes de que se casara!
−¿Qué disparate me estás contando, hijo? –dije haciendo auténticos esfuerzos para no prorrumpir en carcajadas.
El niño pareció ofenderse.
−Tú no me crees; es cierto. Yo no tengo la culpa de haber leído en el libro de mi tío Richard Johnson la fórmula mágica para viajar en el tiempo. Yo deseé venir a esta época, y ya no podré volver. ¡Oh! –Peter reanudó el llanto interrumpido−. Nunca más podré jugar con la hermosa lady Jane.
Desde que escuché las primeras palabras de Peter, ya me dio la impresión de que padecía alguna especie de trastorno mental. Se apoderó de mí una compasión sin parangones, tanto es así que ya no me acordaba de mi particular desgracia, cosa que en el fondo agradecí. Si las palabras de Peter tuviesen algún fundamento, estaría mencionando a Jane Grey, prima del joven rey Eduardo VI de Inglaterra. Sus ropas, no obstante, me hicieron sospechar algo; desde luego no se correspondían con los estilos de nuestro tiempo, sino más bien con las modas que debieron imperar en Inglaterra hacía casi cuatro siglos.
Yo me acerqué al niño, lo tomé en mis brazos y, mirándole fijamente a los ojos, le dije:
−No te preocupes, Peter. Yo también me encuentro solo y si lo deseas, te vendrás conmigo y te protegeré. Tú no te imaginas la gran alegría que me darías si aceptaras venir a vivir conmigo. ¡Ah!, por cierto, me llamo Raúl y soy español. Estoy completamente seguro de que te encantaría España. Podríamos pasarlo muy bien. Sería genial tener un amigo con el que dialogar en las solitarias noches de invierno, con el presenciar las suaves puestas del sol en el verano. En definitiva, alguien con quien compartir las pequeñas pero grandes de la vida. Pero antes de contestarme, háblame un poco de ti y dime cómo has viajado en el tiempo. Tus palabras de antes no tienen sentido para mí, así que cuéntamelo todo detalladamente.
Mis palabras, aunque de una rematada cursilidad en el fondo, hicieron que Peter adquiriera la necesaria confianza en mí para ponerme al tanto de sus peripecias. Por motivos de claridad, me veo en la precisión de narrar yo mismo la historia de Peter. Mi joven amigo me la refirió de forma inestable. Muchas veces interrumpía su relato para ahogar sollozos inoportunos. Por ello, no considero de ley reproducir fielmente su diálogo, porque de lo contrario éste presentaría demasiadas incoherencias.

CONTINUARÁ…

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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