domingo, 23 de abril de 2017

La ventana de un pueblo




Su rostro,
tras una ventana,
en la noche desahogaba
su llanto en lluvia.
Suspiraban los faroles,
parpadeaban las estrellas
escondidas.
Los muros de tierra
del pueblo envejecido.
Cae la lluvia,
y la luna no vendrá
a guarecerse en sus ojos
de ventana callada,
esperanza y sentimiento
aletargado.
La calesa
dejó un rodal de barro
sobre los adoquines
color tormenta.
A él no le importó
empaparse y pensar
que en la mañana
le aguardaba el barro
del monte sin besana;
no le importó
alejar de sus recuerdos
cielos de verano sufrientes
de astros lavados
por el fuego;
no le asustaron
los ladridos de los perros
en las esquinas cercanas.
Asomada a la ventana
de vidrios llorosos,
su vida,
su amor desconocido,
su luna inalcanzable…
La miró una vez más. 

Ciudad Real, sábado 15 de mayo de 2016

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 2 de abril de 2017

Lady Jane (2ª Parte - y IV): Persecución


Me había llegado el turno de emprender la huida, ahora que parecía que Peter estaba a salvo. Pero los rabiosos borrachos no me lo iban a poner fácil.
El combate había llegado a un punto álgido. Los borrachos empezaban a denotar síntomas de gran agotamiento, parecidos a los míos, siendo únicamente el furor lo que aún les mantenía en pie.
 Había llegado la hora de sacar fuerzas de flaqueza y desembarazarme de tan molestos agresores.
En un arranque de rabia blandí mi arma hacia el más cercano de mis oponentes, que, ofuscado por tan súbito ataque, fue a medir sus espaldas con el muro opuesto. Tal maniobra me abrió un resquicio en esa barrera humana, oportunidad que aproveché para escaparme de las acometidas de sir Herbert y su alcoholizada caterva, volviendo sobre mis anteriores pasos.
Maldecía de mis ceñidas polainas, que me impedían correr a mi antojo, cuando por instinto dirigí la vista atrás. Me cercioré con espanto de que los malditos borrachos iban en mi persecución. Era evidente que no resultaría tan fácil como pensé librarme de mis atacantes, así que aceleré la carrera en la medida que mis oprimidas piernas me lo permitían. Volví a mirar hacia atrás, y ahí continuaban con sus espadas en ristre. Fue entonces cuando comprobé que había perdido la mía, lo que significaba que como llegaran a alcanzarme me coserían a estocadas. Una perspectiva nada agradable.
Llegué trastabillando al final de la callejuela, y accedí a una calle que tenía todo el aspecto de una arteria principal del casco antiguo de Londres. Por supuesto, sir Herbert y compañía seguían a mi zaga. Una gran multitud se apiñaba a las puertas de la fortaleza de la Torre de Londres, razón por la cual en las calles colindantes reinaba un atípico ambiente de soledad y abandono.
Me persiguieron por rincones desconocidos para mí y que puedo asegurar que en la actualidad no existen. Salvé empedrados irregulares, subí escalones que salvaban vertiginosos terraplenes, atravesé un escuálido puente de madera tendido sobre un canal de aguas fétidas (los desagües del antiguo Londres, me imaginé). A todo esto, no había casi nadie en las calles y no podía esperar el menor auxilio.
Llevaría algún rato corriendo y echando los bofes, cuando accedí a lo que supuse sería un pasadizo. Al internarme en el caliginoso recinto resbalé por causa de algún fluido, y di con mis huesos en tierra. Cuando mis pupilas se adaptaron a la falta de luz, me cercioré de que el líquido que encharcaba el suelo era sangre. Me aterroricé al pronto. Sin embargo, al mirar en derredor, comprobé que aquel lugar era un simple matadero de ganado.
Antes de que pudiese ponerme en pie de nuevo, oí los pasos de mis perseguidores entrando en el matadero. Aparentemente no había otra salida.
Gracias al cielo, justo a punto de resignarme a mi triste suerte, advertí una escalera de caracol, de peldaños de madera, que ascendía al piso superior. Sin pensarlo demasiado, tomé esa vía de escape. Los que me perseguían ya habían detectado mi presencia. Al llegar arriba me topé con un angosto pasillo con puertas cerradas con llave. Pero una de éstas cedió a mis intentos de abrirla, y pude entrar en una estancia con una ventana que tenía los postigos echados.
Sir Herbert y los suyos ya estaban en el pasillo.
De una patada abrí los postigos y me asomé al exterior. Afortunadamente, justo debajo de la ventana, había una carreta cargada de heno, y no dudé en arrojarme sobre ella, en el mismo instante que mis perseguidores accedían a la estancia. Ellos se dispusieron a secundarme. Anonadado por la caída, me apeé de la carreta y enfilé una calleja que era mi única posibilidad de huida.
Me imagino lo que hubiera hecho pensar mi traje manchado de sangre, si alguien me hubiese visto. Pero, como ya he mencionado, casi toda la gente de los alrededores estaba a las puertas de la Torre de Londres.
Cuando ya me encontraba al límite de mis fuerzas, alcancé la orilla del Támesis. Mi espacio de huida quedaba de esta forma cortado.
Miré hacia atrás de nuevo. Los incansables borrachos venían a por mí enarbolando sus espadas y dagas.
Se me presentaban dos opciones: una dejarme aprehender por aquellos desalmados a causa de mi supuesta falta de delicadeza con sir Herbert o…
No me dio tiempo a pensarlo. Me arrojé a las frías aguas del río.

-Fin de la segunda parte-
Aldea del Rey-Madrid, 5 de marzo – 17 de junio de 1989
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)

CONTINUARÁ…


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sábado, 25 de marzo de 2017

Bullying (poema)








¡Qué antigua es
la imagen del pupitre!
Aparece el niño
de cuyos ojos resbala
agua amarga;
es porque sus compañeros
le martirizan y el maestro
multiplica sus dolores
sin saberlo.
Y el niño calla
y se traga sus pesares;
no quiere que le acusen
de cobardica.
Tendrá unos padres
que pensarán que no estudia
porque es un vago;
por eso saca
tan malas calificaciones.
El niño solo
en su mundo que nadie visita,
mundo hermoso
que se esfuma
en las fronteras del miedo
y el sufrimiento.
Sus lágrimas
colman los ríos
de los mapas escolares,
su aflicción
es la del aventurero
que atraviesa desiertos
en busca de un manantial
rodeado de palmeras.
Nadie piensa
que ese niño
es más feliz que cualquiera
de los que le rodean,
porque sabe aguantar…
el silencio.


Ciudad Real, miércoles 30 de noviembre de 2016

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 19 de marzo de 2017

Lady Jane (2ª Parte - III): Pelea en el callejón


A poca distancia había un grupo de hombres en el más acusado estado de embriaguez. Sin abandonar nuestro asombro, pudimos ver que pertenecían a uno de los estratos de la nobleza, sus lujosas ropas así lo evidenciaban. Uno de aquellos hombres tenía un ojo cubierto con un pedazo de cuero. En conjunto, ofrecían una imagen bastante repulsiva.
Peter y yo pasamos entre ellos. Tras un leve intervalo de silencio, algunos soltaron unas carcajadas en tono macabro.
−¿Qué os parece? Un caballero y un pequeño infante vienen a que les invitemos a un trago. ¡Jajaja!
−¡Jajaja! ¡Vive Dios que tienes razón, Jimmy!
−Aguardad, caballero, no os marchéis –dijo uno de esos borrachos, al tiempo que se levantaba del suelo y colocaba groseramente una mano sobre mi hombro.
−¿Qué deseáis? –pregunté tratando de adecuarme a los registros idiomáticos de aquella época.
Observé que mi interlocutor tenía grandes bigotes pelirrojos. Peter se quedó pálido del susto.
−¿Qué habéis venido a hacer aquí? –inquirió el pelirrojo.
−Respondedme primero vos, puesto que yo he sido quién ha preguntado primero.
−¡Vaya! ¿Os dais cuenta? –comentó dirigiéndose a sus compinches−. Tiene carácter este alfeñique; quiere que le responda primero. Pues bien, caballerete –volvió a mirarme−, os respondo que sólo busco satisfacer mi curiosidad.
−Pues yo os respondo –dije con afectada firmeza− que hemos tomado esta calleja para evitar la aglomeración que se ha formado en las vías principales.
−Sí, la joven reina ha llenado las calles con la noticia de su detención. Buscado se lo tiene, su gobierno ha sido demasiado sensiblero; sólo se preocupaba de pobres diablos en lugar de nosotros, los nobles. James, ¡pásame el pellejo!, me ha entrado sed con esta plática.
−¿Eso pensáis? –le pregunté, mientras el tuerto le cedía el pellejo de vino.
−Sí. ¿Y vos qué idea tenéis acerca de un perfecto gobierno? –me preguntó a su vez, antes de ponerse a trasegar vino.
−Bueno –dije adoptando un aire filosófico−. Yo comparto las ideas aristotélicas. Pienso que el buen funcionamiento de un gobierno reside en el hecho de que los gobernantes busquen el bien colectivo del pueblo y no el beneficio propio.
−¡Excelente! –exclamó ofreciéndome el pellejo−. Trasegad un buen trago en honor a ese formidable discurso.
−No, gracias −rehusé−. No bebo.
Al momento pude ver cómo sus facciones se endurecían y sus ojos emitían un brillo enojado.
−¿Habéis oído? –preguntó con acento furioso, dirigiéndose a sus compinches−. ¡Me ha rechazado un trago, pero vive Lucifer que lo va a lamentar!
−¡Sí, sí! –exclamaron a coro los borrachos−. Ha rechazado un trago nada menos que de la mano de su excelencia sir Herbert Bradock, baronet por gracia del Rey, señor de “Walken House” y descendiente de valerosos antepasados. ¡Oh!, no hay alternativa…  ¡Merece ser castigado!
Peter, al colmo de su espanto, se aferró a mi cintura. Realmente, aquélla no era una situación para infundir alegría. No pude por menos de lamentar mi falta de diplomacia y pensé que, de haberlo sabido antes, me hubiera bebido todo el vino del pellejo si fuera preciso. Pero ¿quién podría predecir las reacciones de gentes en un ambiente tan extraño a mí? Ya era tarde para arrepentimientos.
Enseguida se escuchó el sonido de espadas y dagas al ser sacadas de sus vainas. Acto seguido, un bosque de amenazadoras hojas de metal se cernía hacia nosotros.
−¡Esperen! No fue mi intención molestarles.
−¡Fijaos! –masculló sir Herbert−. Ahora trata de disculparse, pero éste no se va a ir sin probar el sabor de mi acero.
Comprendí la inutilidad de tratar de infundir calma a esos borrachos, así que empujé a Peter hacia la cercana pared y desenvainé la espada lo más rápido que pude, gesto que hizo retroceder un tanto a nuestros agresores. Yo sabía que entre mis conocimientos el esgrima brillaba por su ausencia, y por ello el compromiso en que me veía envuelto no era baladí por cierto.
No obstante, el estado ebrio de mis antagonistas suponía una considerable ventaja a tener en cuenta. Podría ser que al final del todo consiguiésemos salir airosos de tan feo asunto.
El baronet fue el que en primer lugar avanzó hacia mí, con paso tambaleante y la espada a su vez desenvainada. Con su acción estimuló al tropel de borrachos. Peter se cubrió los ojos y la boca con las manos, a fin de sofocar un grito acuciador. Yo comencé a agitar la espada en amplios molinetes. Sonaron los primeros choques con el acero. El baronet, en un arrebato de furia, dirigió su espada hacia mi pecho, embestida que con gran fortuna pude desviar mediante un acertado golpe en su cazoleta. El impulso de mi contraataque ocasionó la caída de sir Herbert y dos de sus secuaces, arrastrados por él en tan brusco aterrizaje.
Aprovechando el paréntesis de confusión causado por la derrota momentánea del baronet, dirigí la vista a otro lado y vi que el caballero tuerto, cuyo nombre era James, se aproximaba a mi tembloroso compañero. Mi más inmediata intención fue acudir en su auxilio pero, como si una maldición se ensañase conmigo, tres nuevos borrachos acudieron a mi encuentro con sus espadas erguidas amenazadoramente. Sintiéndome frustrado, me arrojé a luchar contra ellos con gran derroche de coraje.
Entretanto, el tuerto intentaba quitarle la escarcela a Peter. Éste se defendía de la mejor manera posible: mediante intentos de mordisco, con débiles patadas de niño y abundante provisión de arañazos. Empero, tales esfuerzos no fueron suficientes para impedir que el tuerto aferrase finalmente con su enorme manaza la escarcela de color carmesí. Los dos tiraron de ella en sentidos opuestos, con muy diferente grado de fuerzas. Al final se escuchó el característico sonido de paño rasgado, y el grimorio de Richard Johnson y el broche de cabeza de unicornio cayeron al barro. Peter consiguió hacerse con el broche, y al momento requirió mi atención.
−¡Raúl, ahí va el broche! ¡Atrápalo, rápido!
Me lo arrojó a través del aire, y yo, en medio del fragor de la pelea, conseguí agarrarlo.
Sin embargo, Peter no pudo impedir que el libro le fuera sustraído por el tuerto, el cual se alejó de aquel hostil escenario tirando hacia el final de la callejuela.
−¡Peter! –grité mientras intentaba hacerme con el control de la espada−. ¡Aléjate de aquí!
El niño obedeció mi indicación; se fue tras los pasos del tuerto. Yo confiaba en que no se alejase demasiado y pudiera encontrarlo más tarde, si lograba salir con bien del trance en que me veía implicado.
A este respecto, me encontraba débil, jadeante, con mi espalda casi rozando el muro inmediato, acosado por esos diestros aunque borrachos espadachines, con ausentes conocimientos de esgrima. En verdad, la situación no pintaba nada bien para mí.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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domingo, 12 de marzo de 2017

La montaña de la Mujer Muerta (poema)



Hay muy cerca de Segovia una montaña que la llaman “La Mujer Muerta”

Se ha posado en su rostro
el velo de la luna,
y fulgor de astros
en sus hombros,
en sus manos recogidas
sobre la flor de su pecho.
El rubor de la aurora inflamó
la piedra que la cubre.
Son las jaras prosternadas
ante el altar de la primavera
las que abren canal
al rocío de sus cabellos.
El andante solitario
se extravió por sus sendas
un crepúsculo de fuego extinguido,
cuando su mirada se abría
al campanilleo de las primeras estrellas.
La escarcha de enero
había cubierto su sudario
de suntuosas pedrerías.
El caminante notó las durezas
del terror ascendiéndole
por el gaznate irritado.
Ella aparece tumbada
entre las nieblas
de la tarde moribunda;
su figura abarca todo
el asiento de las montañas.
¿Está muerta
o muertos están
los ojos que la contemplan?
Amanece,
y la bruma de los collados
enmascara sus facciones.
Amanece,
y quien la ama
no pudo olvidarla.

Madrid, jueves 31 de diciembre de 2015

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 5 de marzo de 2017

Lady Jane (2ª Parte - II): Una mala noticia


Mientras bajábamos por las sombrías escaleras de Poplar Gate (ya por entonces una posada, que tenía el mismo nombre que la calle donde estaba situada), pensé en el futuro inmediato, que yo ya conocía gracias a mis estudios de historia. Recordé algunas cuestiones referentes a la muerte de lady Jane; ésta debería de verificarse en un corto intervalo a partir de su coronación. Naturalmente, Peter desconocía este hecho. Al principio tuve reparos de explicárselo con la mayor delicadeza posible. No obstante, yo debía decírselo, porque de lo contrario la decepción que experimentaría en los siguientes días sería más dañina que una explicación a tiempo.
−Peter, como tú ya sabes, yo vengo del futuro y por eso tengo conocimientos del pasado. Sé lo que va a suceder de aquí a corto tiempo. Quisiera que me escuchases con tranquilidad.
−Te escucho.
−Sabes que lady Jane es la reina de Inglaterra tras la muerte de Eduardo VI.
−Sin duda es la mejor de las reinas. El rey Eduardo cayó muy enfermo, y no tardó en morir. Fue toda una sorpresa que hicieran a lady Jane su sucesora.
−Es cierto, pero esa proclamación ha acarreado envidias, intrigas, maquinaciones que han de traer graves problemas.
−¿Qué quieres decir? –preguntó Peter clavándome una punzante mirada.
«Espera, ten tacto, es sólo un niño −pensé−. No deberías decírselo. Pero ya es tarde; si no lo hago ahora, luego me cubrirá de maldiciones».
−Peter… −me detuve, sintiendo que sus ojos me abrasaban. No sé cómo pude seguir adelante. En mi vida pronuncié unas palabras con tan desmesurada suavidad y mayor derroche de dolor−: Lady Jane será condenada a muerte… y la sentencia se cumplirá en breve.
Peter se quedó al instante como una figura de cera. Luego volvió a mirarme, entreabrió sus labios de color cereza y en el borde de sus párpados comenzaron a aparecer unas lágrimas oscilantes.
−¿Qué has dicho? –preguntó con la voz alterada−. ¿Cómo puedes ser tan cruel engañándome de esta forma? ¡Di que es mentira!
−Pero, Peter…
−¡Di que es mentira!
Acto seguido se abalanzó sobre mí y me soltó algunos desesperados golpes en el pecho. Yo agarré sus manos para detenerle. Mientras tanto, se consumía en un llanto desgarrador.
−¡Amiguito, cálmate! –le insté enérgica pero delicadamente−. Yo no fui el que creó la historia. Ni siquiera había nacido cuando ocurrió la detención de lady Jane. Te juro que me gustaría disponer de un poder que me permitiera acabar con todos los malos momentos de la vida, pero no lo tengo y, por desgracia, no soy Dios. Aunque nos duela, y especialmente a ti, lady Jane morirá porque así consta en los libros de historia de mi tiempo. Es todo cuanto sé…
Al cabo de un rato, Peter logró tranquilizarse. Otro brillo en sus ojos, otra idea que posiblemente fuese genial.
−¿Sabes? Creo que nosotros podemos evitar la muerte de lady Jane. 
Empleando la lógica, urdí en mi mente un modo con el que apoyar los propósitos de Peter, y, adelantándome a sus palabras, hice la siguiente reflexión:
−Sí, la mejor manera de impedir su triste destino es avisándola con antelación. Entonces podría concebirse un plan que facilitara su fuga a Francia o España, antes de que sus enemigos cayeran sobre ella. También nos queda la alternativa de trasladarla a otro tiempo mediante el hechizo del libro. No obstante, esto último ha de reflexionarse con detenimiento.
−Algo parecido he pensado yo –dijo Peter mientras en sus labios se esbozaba una sonrisa de satisfacción−. Pero antes es necesario hablar con ella. Naturalmente, podremos contar con la ayuda de mi tío Richard Johnson.
−En tal caso, vayamos a casa de tu tío −propuse−. Entre los tres intentaremos preparar un plan de acción.
Después de haber estado tan triste por el desengaño de Constance, percibí que algo dentro de mí me impulsaba a hacer todo lo posible por evitar el ajusticiamiento de lady Jane. Parecía que mi vida contaba con una nueva motivación para seguir adelante.
Alcanzamos por fin la cantina tras bajar las escaleras, y, como era de esperar, aquélla se veía desierta; la detención de la joven reina había arrojado a la calle a un buen número de habitantes de Londres. Tan pronto hubimos salido de la posada, Peter empezó a guiarme entre el bullicio hacia la casa del alquimista.
Las calles atestadas de gente me ayudaron a introducirme en la nueva situación y contexto de aquella época. Me sentía francamente maravillado, por cuanto me estaba siendo permitido conocer cosas que antes sólo podía saber por mediación de los relatos históricos. A mi frente aparecían todo tipo de personajes pertenecientes a diversos ambientes sociales. Había desde los más andrajosos mendigos, pasando por hortelanos, tejedores, ganaderos, tejedores, trabajadores de los muelles, hasta miembros del clero y de la media y alta nobleza. Coincidía con que aquél era día de mercado en Southwark, y podía decirse que la noticia de la detención de la reina había trastornado a todos los estamentos sociales.
Podía decirse que tan trascendente noticia había trastornado todo Londres. Los pequeños comerciantes tales como vendedores de paños y telas, de pequeños animales de granja, de manzanas, espadas y otros pequeños objetos de metal, de frutas y verduras variadas, de carne (entonces considerada alimento accesible a muy pocas personas), en definitiva, todos los gremios de pequeños comerciantes, desalojaban lo más rápidamente posible sus puestos y tenderetes, temerosos de perder en medio de toda esa turba una parte no desdeñable de sus bienes.
Llevábamos un buen rato caminando, Poplar Gate había quedado muy atrás. Sin embargo, parecía que nuestro paso se asemejaba a la marcha de un millar de tortugas. Las calles aparecían congestionadas por una gran muchedumbre, siendo la causa de que a nosotros, especialmente a Peter, empezara a resultarnos sumamente irritable la disposición de las calles en ese preciso momento.
De repente, noté que Peter presionaba mi mano y ante esto aminoré el paso.
−¿Qué es lo que ocurre ahora? –pregunté.
Peter señaló discretamente a una sombría bocacalle.
−Estoy cansado de ir tan lento −dijo−. Creo que sería mejor atajar por aquí para no tardar tanto en llegar a casa de mi tío.
Era una buena ocurrencia, por lo que asentí y al momento nos apartamos de la multitud internándonos en una tétrica calleja. Las fachadas opuestas parecían tocarse unas con otras, frenando el acceso al cielo de la mañana. Imperaba un desagradable olor a cloaca. Algunas ratas se cruzaron en nuestro camino. El aspecto global era de una completa desolación. Peter me aclaró que siguiendo por ahí, quedaríamos muy cerca de la casa del alquimista; todo un consuelo en medio de tanta podredumbre.
Al doblar un recodo pudimos oír una batahola, y enseguida comprobamos de dónde provenía.

CONTINUARÁ…
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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sábado, 25 de febrero de 2017

Tarde de viernes de Carnaval en Aldea del Rey (poema)




Una tarde de viernes
de hace diecisiete febreros,
se sentó en un banco
junto al jardín de la iglesia
de Aldea del Rey
el mismo que la tinta
de esta vieja pluma derrama.

Una Biblia entre las manos,
la soledad puesta en la mente
y el amor que más allá del corazón
buscaba hacerse realidad.
El sol se prodigaba entre las hojas
perennes del aligustre y reavivaba
las santas palabras en el libro.

Música de niñas que celebraban
la venida del Carnaval.
Se acercaron al banco
y dos cosas le preguntaron:
¿Por qué lees
y por qué estás tan solo?
A ninguna les supo responder.

Preguntadle ahora
que diecisiete vueltas
dieron los almanaques…

Leo para seguir viviendo;
estoy solo para poder recordaros.



Parque de Gasset, Ciudad Real, sábado 18 de febrero de 2017

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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