domingo, 17 de septiembre de 2017

Ronda, un viaje inesperado (VI): Ronda de noche


Los perfiles de las sierras circundantes, que en la hora del amanecer aparecerían afilados y tocados de especial trasparencia, ahora se iban suavizando en medio de un vapor malva y dorado. El sol se aferraba de manera perentoria a las paredes del abismo; parecía como si el recién inaugurado verano derramase lágrimas de albayalde al verse arrebatado de tan bellas panorámicas y tener que ceder su espacio a un imperio de negrura y estrellas alejadas. 
El momento vesperal me sorprendió en uno de los asientos del parapeto de la Alameda del Tajo. Mis ojos, abrumados por tanto como habían contemplado, dirigían oraciones al vuelo de los pájaros y a la disolución de lo quedaba de día. Un viento aromado de hierbas y flores trepadoras subía por el desfiladero. Pronto se encenderían las farolas, y mis tripas ya empezaban a recordarme la hora de la cena.


Desvié mi atención del abismo porque escuché las voces de dos mujeres jóvenes que estaban dando un paseo a sus respectivos perros. Parecía que éstos habían hecho buenas migas, y las mujeres hablaban de quedar cada día a pasear juntas para cultivar la amistad de sus perros, y ya de paso las de ellas mismas. Sea como fuere, al día siguiente yo ya no estaría para ser testigo de tan hermoso acontecimiento. Las nuevas amigas se fueron siguiendo un mismo recorrido, y sus voces se las llevó el último rayo de luz que desapareció tras la línea de las montañas.
Me puse en pie dispuesto a empezar una ruta nocturna por las hermosas calles de Ronda. A estos efectos, decidí tirar por la zona comercial, que era la que registraba mayor animación a esa hora tan sosegada del anochecer. En cuanto a cena, no me compliqué demasiado: tomé un bocado en el primer restaurante de comida rápida que se me abrió al paso. Cuando terminé mi colación, ya la noche había hecho caer su telón de sombras. Las farolas brillaban en la Carrera Espinel, una brisa de dulzura hacía olvidar el calor de la jornada.


La calle ascendía ligeramente, tirada a cordel, y no paré de caminar en la esperanza de arribar a algún sitio interesante. Conforme más avanzaba en mi caminata, el gentío iba raleando y los sitios de ocio se volvían más escasos. Las tiendas se veían cerradas, cosa atípica en un lugar de tanto atractivo turístico. Incluso me pareció que el resplandor de las farolas había aminorado perceptiblemente.
Llegué a la confluencia con la avenida Martínez Astein, junto a las puertas de un centro de salud, y se me planteó la posibilidad de seguir mi paseo por los barrios pegados al desfiladero. En consecuencia, torcí a la derecha, internándome en un conjunto de calles que parecían tocadas con la negrura del abismo. Mis pasos eran errabundos, sin un objetivo concreto, prescindiendo de leer los nombres de las calles por las que estaba pasando.
En un momento dado, dejé a un lado un instituto de educación secundaria, que llevaba por nombre “Profesor Gonzalo Huesa”. Me produjo una gran ternura la paz que trascendían las ventanas de las aulas cerradas y el jardín de entrada arropado en las penumbras de la noche de verano. Imaginé cómo estaría ese lugar en sus momentos de mayor actividad, acaso en lluviosas mañanas de primavera, y la curiosidad se me activó hasta tal extremo, que no me hubiera importado impartir clases allí para comprobarlo.
Acto seguido, me interné en las primeras calles de la barriada del Padre Jesús, donde los desniveles eran salvados por breves tramos de escaleras. Parecía como si las pendientes fueran al encuentro del abismo. Era posible ver los patios de las casas con todo detalle, en uno de los cuales sorprendí a una familia entregada al siempre agradable ritual de la cena. A lo lejos refulgía la mole de la iglesia de Santa María la Mayor, allá en el Barrio Árabe.


Casi fortuitamente, me metí en una plaza muy encajonada, que tenía el apropiado nombre de Plaza de la Oscuridad. Debí de andar muy cerca de la Posada de las Ánimas, donde una vez estuviera alojado Cervantes, pero la penumbra de la noche y el cansancio acumulado durante la jornada, no me permitieron estar muy atento a los sitios por los que pasaba. Tan sólo era consciente de que me estaba apartando de la proximidad del abismo.
Al final, por medio de un callejeo que yo llamaría onírico, acabé de nuevo en la Carrera Espinel, junto a los escaparates de una hermosa tienda de juguetes de época (“El Pensamiento”). Los grupos de gente volvían a hacerse notar. Los bares y tabernas arrojaban cascadas de luz al exterior. Suponía un acusado contraste con el sosiego y las penumbras de los barrios que acababa de visitar. Fue entonces cuando decidí darme otra vuelta por el Barrio Árabe, embellecido con el tibio fulgor de las estrellas.



Me topé con algunas casas de altas fachadas, que ahora tenían todo el aspecto de encontrarse deshabitadas. Imaginé vidas de ensueño, fantasías de poeta tras los miradores de vidrios emplomados, unos ojos de tentación ocultos del sol de la siesta, unas cortinas que servirían de hamaca a los rayos de la luna de agosto, carruajes tirados por caballos de largas crines, sombreros de época, tiestos de flores en las cornisas, y tal vez yo ahí, en mitad de tantas bellezas.


¡Qué hermoso estaba el Puente Nuevo, todo él iluminado! No había casi viandantes por el lado del Barrio Árabe. Rehice el camino que había seguido esa tarde. Las calles estaban alegremente alumbradas, pero no me salió nadie al paso. Volví a asomarme por la reja de la plaza de María Auxiliadora. El abismo estaba sumido en tinieblas, el aire olía a flores mojadas de relente. Quizá Miranda Warriner estuviera en su terraza estudiando los diseños de la luna sobre sus rosales dormidos, y seguramente Lucas Charnock recordaría en el camino que descendía al valle otra noche que pasó con aquélla en Londres, en un balcón que se abría a las arboledas del parque de St. James… Mi alma era una piedra porque los sueños superaban el número de mis vivencias. Pensé que debía haberme paseado menos entre las páginas de los libros y haberme abierto más al trato humano, a las nuevas experiencias, a los viajes impremeditados. Era como una tristeza que no me angustiaba y que no me impedía seguir con mi vida. De jóvenes no somos conscientes de las oportunidades echadas a perder, de los proyectos que se podrían llevar a la práctica con tan sólo liberarse de las ataduras de la rutina. Ronda estaba aquí como pudo haber estado en mi pasado. Llegué fuera de tiempo, pero no tarde tampoco. Ya no era joven, pero aún tenía ojos para ver y un corazón para hacer sueños de las nuevas vivencias.



Seguí caminando. Mi paso se tornó más lento de lo acostumbrado.
Antes de llegar a la plaza de la Duquesa de Parcent, me dio por bordear la iglesia de Santa María la Mayor por su parte trasera. Pasé bajo un arco que unía los dos lados de una calleja y llegué a la plazuela de Sor Ángela de la Cruz. Allí contemplé una especie de estrado de piedra rematado por una cruz de forja. Justo en ese instante, me topé con dos mujeres que tenían toda la apariencia de turistas trasnochadas; al menos ya no me encontraba solo en las calles del Barrio Árabe.




Esa noche descubriría que no había andado lejos del palacio del Duque de Ahumada, fundador de la Guardia Civil, y de la iglesia de la Virgen de la Paz, donde se venera a la patrona de Ronda. No pude por menos de recordar que los tres primeros años de mi vida habían transcurrido en Manzanares, un hermoso pueblo de la provincia de Ciudad Real, y la calle donde teníamos el domicilio se llamaba curiosamente “Virgen de la Paz”. En cuanto reparé en esta coincidencia, sentí que un viento de nostalgia agitaba las honduras de mi alma. 
Otra vez la calle Armiñán, otra vez el monumento a los viajeros románticos, pero ahora con los matices especiales de una noche andaluza de verano. Nadie caminando por ninguna de las aceras, excepción hecha de mí mismo, un viajero incalificable, tal vez alguien que deseaba percibir y expresar algo que queda más allá de lo rutinario. Volví a maravillarme ante la fastuosa iluminación del Puente Nuevo. Me sentí contento de haber emprendido ese paseo intempestivo, de haber venido a Ronda en definitiva.
Aún mi reloj no marcaba las once de la noche, y el único establecimiento que aún tenía las puertas abiertas ya estaba anunciando el cierre por medio de megafonía. Supuse que los turistas extranjeros que visitaban Ronda debían de recogerse a hora temprana para iniciar sus recorridos con las primeras luces de la mañana.
Di un paseo por el parque de la Alameda del Tajo, junto al parapeto, y estaba igual de desierto. Aproveché para hablar un rato con mi familia por el móvil. Los árboles se arropaban con la oscuridad nocturna. Luces aisladas destellaban en distintas zonas del valle. Junto al resplandor de una de las farolas, pude asistir a un baile de luciérnagas. Soplaba un viento que venía de lejos. Tras el cese de mi llamada telefónica, me apercibí de que había llegado el momento de conceder un reposo a mis cansados huesos.


Mi hotel estaba situado en el barrio que lleva por nombre “El Mercadillo”. Llegado a la plaza de la Merced, me fijé en que no se veía ninguna luz en las ventanas de en derredor. El cansancio cayó como una losa sobre mis hombros. Había sido una jornada de muchas emociones.
Antes de echarme a dormir, me dispuse a leer un rato del libro que había comprado en el Museo Arqueológico de Ronda. A pesar del cansancio, mi mente estaba excitada y me acabé el libro casi sin pretenderlo.
La madrugada iría muy avanzada cuando por fin venció el peso de mis párpados. Ronda es un sueño sin necesidad de estar dormido para vivirlo.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


Safe Creative #1709173536130

jueves, 7 de septiembre de 2017

Ronda, un viaje inesperado (V): Los viajeros románticos


 Para mí la vida ha sido lectura y escritura. Tal vez de ahí provenga mi capacidad para resistir la soledad. Y la soledad, tan apetecida por mí en esas jornadas del comienzo de mis vacaciones, me hacía de compañera durante mi viaje a Ronda.
Tras mi visita al Barrio Árabe, mientras enfilaba la calle Armiñán en sentido al Puente Nuevo, desconocía que una nueva emoción estaba a punto de avasallarme. Arribé a una hermosa placita, que no rompía la continuidad de la calle y estaba decorada con una palmera achaparrada y un raquítico aligustre que aún no había tenido tiempo de florecer. Me encontraba a las mismas espaldas del Convento de Santo Domingo, y en un muro que seguía la dirección de la calle Armiñán, me topé con algo que detuvo mi alma al tiempo que mi cuerpo.
Una humedad inoportuna se apoderó de mis pupilas. Algo para mí más precioso que un retablo de iglesia me descubría un mundo de bellezas dorado por la luz de la tarde. El mundo del arte y la palabra. Tenía ante mí un conjunto de imágenes en cerámica que llevaba por título “Ronda a los viajeros románticos”. Dos querubines flanqueando el rótulo,  una andaluza con una cinta azul recogiéndole el pelo, un andaluz con pinta de bandolero, una vista aérea de Ronda hermoseada por los colores de la cerámica y nada menos que once fragmentos de escritura. Sólo reconocí a Washington Irving (autor de “Cuentos de la Alhambra”) y Prosper Mérimée (autor de “Carmen”). De los demás, sólo me despertaron ciertas evocaciones lady Tenison, tal vez por lo parecido de su apellido con el del poeta inglés Alfred Tennyson, y Benjamin Disraeli, que yo le hacía más relacionado con el mundo de la política que con el de la literatura.    



El Romanticismo alude a un movimiento cultural que duró casi una centuria y tuvo su inicio en Alemania e Inglaterra en el último tercio del siglo XVIII. No es, por tanto, de extrañar la ausencia en la cerámica de otros autores que yo consideraba imprescindibles en la labor de haber elevado el prestigio de Ronda hasta cotas importantes. Me encontraba allí por la influencia de un escritor (A.E.W. Mason), del que no estaba encontrando ninguna huella en mi periplo por las calles de la ciudad y cuyo desempeño literario es bastante posterior al período de vigencia del movimiento romántico.
Si yo tuviera que diseñar un monumento a los escritores que han engrandecido el aura soñadora de Ronda, no me olvidaría de incluir los siguientes nombres:
A.E.W. Mason, por supuesto, por cuanto me hizo conocer y admirar esta ciudad a través de sus descripciones en “Miranda of the balcony”. Ya he hablado de su “Las cuatro plumas”, que me parece insuperable. También leí de él “El único tigre”, un thriller que deja en mantillas a muchos de los que hoy en día saturan el mercado editorial. Y tuve la suerte de leer dos novelas policíacas suyas, que tienen de protagonista al inspector Hanaud, que sin alcanzar los vuelos deductivos de Sherlock Holmes o Hércules Poirot, se ve muy ayudado por la genialidad de la pluma de su creador; me refiero a “El misterio de la Villa Rosa” y “El prisionero del ópalo”. Vuelvo a enfatizar que deploro el hecho de que este escritor se haya visto ajeno a los homenajes de la ciudad de Ronda, lugar por el que indudablemente sentía un gran cariño.


Ernest Hemingway, pese a que, sin dejar de lado ninguno de sus méritos, considero (y esto no es más que mi humilde opinión) que es un autor sobrevalorado en ciertos aspectos, estrictamente literarios. Pienso que, en términos generales, su propia vida ha sido más apasionante que su literatura. Mencionó Ronda principalmente en su libro “Muerte en la tarde”, dejando bien sentada la supremacía de su plaza de toros en relación a otras de la geografía española. Si tuviera que destacar algunas de sus obras, sin duda me quedaría con “Al otro lado del río y entre los árboles” y “El viejo y el mar”.


James Joyce, que mencionó Ronda al final de su emblemática novela “Ulises”, concretamente en el llamado “Monólogo de Molly”, una dilatada sucesión de texto en la que se prescinde de los signos de puntuación para de alguna manera reflejar los estados oníricos que acompañan la vigilia. Joyce es un escritor intrépido, un explorador de rutas literarias que antes no habían sido holladas, un extravagante, un genio, un poeta impenitente. Sus textos, aun engalanados de grata sencillez, han de ser leídos con cinco, seis y hasta siete sentidos; hay muchas cosas que dice y otras muchas más que sugiere, por lo que si no andamos avisados, podemos perdernos momentos de insuperable belleza literaria. Hasta el mismo Hemingway le felicitó por su libro, una vez que se lo encontró en la librería “Shakespeare and Company” de Sylvia Beach, allá en el París de los años veinte del siglo pasado.


En la nómina de autores de mi ficticio monumento, no pueden faltar los patrios, aunque sus referencias a Ronda las tengo más desubicadas: Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Gerardo Diego, Eugenio D’Ors, Dionisio Ridruejo… De todos estos he leído textos fragmentarios, y trataré de hacerlo con los alusivos a Ronda.
Del poeta checo Reiner Maria Rilke, tan endiosado por estos lares, no conocía nada al momento de mi visita a Ronda. Al día siguiente me haría con un libro suyo titulado “En Ronda. Cartas y poemas”, de cuya lectura he recibido gratas impresiones, pero tampoco nada que me haya hecho acariciar el cielo de las Pléyades.


Parecía como si el tiempo se me hubiese escapado por las ensoñaciones que me provocó la vista de la cerámica de los viajeros románticos. Aunque el aire mostrara una agradable tibieza, el sol empezó a darme de lleno y la sed se me avivó hasta un extremo insufrible. Crucé otra vez el Puente Nuevo y me vi en medio de la un tanto atípica plaza de España, principalmente por el mal avenimiento entre el tráfico y las zonas peatonales.


En la intersección con la calle Rosario, justo enfrente del Hotel Don Miguel, detecté una tienda de recuerdos que llevaba por nombre “Puente Nuevo”. A la vista de la misma, pensé que era el momento de adquirir algunos obsequios para las mujeres de mi familia, y, para mayor alivio de mi sed, comprobé que vendían agua y refrescos refrigerados. Los rayos solares seguían hostigándome, y no necesité más motivos para decidirme a entrar.
Una mujer de mediana edad, con el cabello corto y los ojos resguardados tras unas gafas progresivas, respondió a mi tímido saludo.
–¿Qué desea? –me preguntó afablemente.
–Una botella de agua y echar un vistazo.
–Muy bien, como guste.
Yo nunca he sido bueno escogiendo regalos. Tampoco me convencía demasiado lo que allí había: imanes de nevera, bolígrafos, pisapapeles, camisetas con la sempiterna imagen del toro, gorras y sombreros, mecheros, bolsos de playa, riñoneras y mariconeras… vamos, lo que es usual encontrar en un comercio de tales características. La mujer, que estaba colocando en los aparadores el contenido de unas cajas desperdigadas por el suelo, volvió a dirigirme la palabra:
–¿Necesita que le ayude?
–Realmente sí, no se me ocurre qué llevarme.
Le expliqué para quién quería los regalos, y notó mi emoción al referirme a mis chicas. Creo que en ese preciso instante me gané su simpatía. Me ayudó a escoger los regalos, y, cosa asombrosa en un comerciante, me orientó en la búsqueda de calidad al mejor precio. Por último, le pedí una botella de medio litro de agua.
–¿Por qué no se lleva la de litro y medio? Sólo cuesta cincuenta céntimos más.
–No quiero ir excesivamente cargado –argumenté–. Y tampoco quiero empanzarme de agua.
Mientras me envolvía los regalos, le expliqué el motivo de mi viaje y no pude por menos de encarecerle todo lo que Ronda me estaba haciendo sentir.
–Es una ciudad muy bonita –repuso–, hay mucho turismo, pero no está ideada para los jóvenes.
–Vaya, nadie lo diría.
–Los chicos no tienen ni siquiera un centro comercial para poder ir al cine los fines de semana.
–Bueno, aún así les envidio el entorno, y me alegro mucho de haber hecho esta escapada.
Volví a la calle. El sol, ya descendiendo a su ocaso, seguía repartiendo tralla. El cansancio de mis piernas y el dolor de mi brazo derecho, que llevaba varios meses afligiéndome, me convencieron para ir a descansar un rato a mi habitación de hotel.
Volví a mirar la fachada del Convento de la Merced, y esbocé una sonrisa ante el rostro de Teresa de Jesús. Entonces, al fijarme con mayor detalle en la imagen de la hornacina de la portada, me di cuenta de mi anterior error. Ésta no se correspondía con la figura de la Santa de Ávila, sino con la de un hombre en hábitos de monje. Más tarde pude enterarme de que se trataba de San Pedro Nolasco, fundador de la orden de los mercedarios. El mural de Santa Teresa en la fachada se debe a que la iglesia acoge un relicario con la mano incorrupta de esta mujer prodigiosa.
Definitivamente, para no caer en errores tan garrafales, me era necesario ir con las gafas de lejos en mis paseos turísticos.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




Safe Creative #1709073469040

viernes, 25 de agosto de 2017

Ronda, un viaje inesperado (IV): El Barrio Árabe


Yo no iba con la pretensión de encontrar el amor en ese escenario romántico, pero no tardé en darme cuenta de que en Ronda todo lo que parece ausente te persigue. Mis pasos en sombra por la calle Armiñán me llevaron a torcer a la calle que se abría a la derecha, que llevaba por nombre Tenorio, lo cual predisponía de alguna manera a las aventuras amorosas. En el Barrio Árabe uno se vuelve joven sin pretenderlo, y la soledad que se respira allí desata pensamientos ignorados, mayormente cuando ya se están acortando los horizontes de la vida. Pavimentos de adoquín que en noches de invierno declamarían las estrofas de los cascos de monturas. Casas de fachadas señoriales, con las rejas típicas de Ronda (algunas con semejes de celosía conventual); acaso, a la vista de estas ventanas, Lorca hubiera cantado idilios perfumados de rosas de las rocas y Hemingway se hubiera sentado junto a un bordillo con los ojos destapados y la pluma inmóvil. Y es seguro que A.E.W. Mason anduvo por estas mismas calles para ubicar la casa de Miranda Warriner, y le asignó una terraza con vistas al abismo y un camino debajo, siguiendo el cual se desciende a la orilla del río; el mismo camino desde el que, en una noche estrellada de antaño, Lucas Charnock contemplara a Miranda como a la más preciada joya de las montañas andaluzas.
Muchas cosas pensé al arribar a la alargada plaza María Auxiliadora, delimitada por una reja de lanzas que se asoma audazmente al abismo. Una placita muy hermosa y poco concurrida, con unas vistas que igualan a las mejores del mundo, ofreciendo una nueva perspectiva del Puente Nuevo. Al mirar noté que mi vértigo se había aminorado. El valle sonreía a mi mirada, y la imagen del Parador de Turismo, al otro lado del desfiladero, me robó la respiración por espacio de unos segundos.


Al remate de la placita, comenzaba el camino que descendía al valle y que yo no me veía capaz de acometer. Pasé junto a una terraza de bar con sólo dos mesas y una sola ocupada, en un momento en que el sol arrancaba reflejos dorados por todas partes y el cielo aparecía en su más plácida desnudez. Me metí por una calleja más estrecha que la que había traído hasta ahora.
La señorita de la oficina de información y turismo me había recomendado con vehemencia la visita al Palacio de Mondragón, un nombre con una indiscutible tendencia vasca. Hoy precisamente, me dijeron en la entrada del mismo, el acceso era gratuito para todos los naturales de la Unión Europea. En este palacio está ubicado el Museo Arqueológico Municipal.
La verdad es que yo quería ver Ronda rodeada de aire por los cuatro costados. No me seducía demasiado meterme entre paredes, aunque el motivo fuera visitar un museo. En este caso me vino bien por tres motivos: primero, para aliviar en los aseos la presión de mi vejiga; segundo, para ilustrarme acerca del pasado de la ciudad vinculado a la civilización romana; y tercero, para enterarme de la presencia de cuevas en las montañas vecinas, como bien atestiguan las numerosas figuras de cera alusivas a los moradores de las cavernas. Aparte de esto, el museo cuenta con un magnífico patio mudéjar bordeado por soleados balcones. Obviando mi presencia, sólo conté cinco visitantes; se ve que había elegido unas fechas de poca actividad turística. En claro saqué que, antes de la actual Ronda, los romanos levantaron otra ciudad llamada Acinipo (Ronda la Vieja), cuyo emplazamiento se sitúa a unos 5 kilómetros siguiendo la carretera que conduce a Sevilla; y que las cuevas de las inmediaciones (la de la Pileta y la del Gato, principalmente) se adentran varios centenares de metros en el subsuelo, ofreciendo bellas muestras de las maravillas del mundo subterráneo, ejemplos de arte rupestre y algunos vestigios de los períodos paleolítico y neolítico.




Fue asimismo hermoso descubrir un mirador que se asomaba al abismo, ambientado por el rumor sedante de una fuente y con la agradable presencia de una alberca que suavizaba los rigores del verano y que guardaba ciertas similitudes con las de la Alhambra de Granada.




La visita me empleó cosa de veinticinco minutos. Ya en la tienda de recuerdos, adquirí algunas postales de Ronda, para enriquecer la colección de mis hijas, y un libro sobre variados aspectos de la ciudad.
La siguiente recomendación me requería acercarme hasta la plaza de la Duquesa de Parcent, a efectos de visitar la Iglesia de Santa María la Mayor, llamada habitualmente “La Catedral” (incluso A.E.W. Mason la denominó así en su libro).
 El desconocimiento del lugar me hizo confundir la capilla del Convento de Santa Isabel con Santa María la Mayor. Entré y me encontré con una iglesita hermosa, recogida y fresca de sombras. Tras una reja que delimita un recinto diferente, me llegaban notas del Santo Rosario, entonadas por unas voces femeninas que habían perdido los acentos terrenales. Percibí olor a cera de velas, flores frescas y madera aromática. Miré el retablo con excesivos dorados para lo austero del lugar. No había nadie allí, y volví a la calle de inmediato. No pude por menos de recordar aquellos tiempos en los que mostraba gran devoción al entrar en las iglesias; ahora el cielo era la cúpula de mi iglesia y los ojos de Dios estaban en todas partes, no sólo ardiendo en la vela de un sagrario.
   Me llamó especialmente la atención la arboleda que resguarda la plaza donde está situada la llamada catedral, la cual lleva por nombre plaza de la Duquesa de Parcent. El Ayuntamiento se encuentra en el costado noreste de la plaza, y ostenta una alargada fachada con dos plantas, cada una de las cuales dispone de una sucesión de arcos que alcanzan la asombrosa cantidad de treinta. Asimismo, la catedral cuenta con cinco arcos similares en su soportal, que sirve de sustento a dos pisos de balconadas corridas; la torre de estilo mudéjar se divisa desde todos los lugares de la ciudad vieja, y lleva incrustado un reloj que indica el paso lento de las horas.




No me dio por entrar a visitar ninguno de estos dos edificios. Me recreé, como contrapartida, en las bellezas que la tarde repartía a la arboleda del centro.
A todo esto, alcancé el sitio de una fuente de cuatro surtidores ascendentes, rematada en el busto de una mujer de hermosas facciones. “Duquesa de Parcent”, leí en el fuste de la columna que la sostenía. Esa misma noche me enteraría, gracias al libro que había comprado en el Museo Arqueológico de Ronda, que la duquesa respondía al nombre de doña Trinidad Schultz y que a través de su hija, doña Piedad Iturbe, acabó emparentando con la dinastía principesca alemana de Hohenlohe. Para que nos entendamos, la duquesa de Parcent era la abuela del príncipe Alfonso de Hohenlohe, ya fallecido, tan conocido en las fiestas de la jet-set marbellí, allá por los años 80 del pasado siglo. Doña Trinidad alcanzó notoriedad en Ronda por haber adquirido y embellecido la Casa del Rey Moro; aun así, tuvo sus detractores, alguno de los cuales le gastaron la broma de colocar un ataúd con sus iniciales en medio de la plaza que ahora lleva su nombre. Por este motivo, se marchó desairada para siempre de Ronda, después de haberla dado a conocer a lo más granado de la sociedad de la época. Es fácil imaginar que debió abandonar estos lugares con gran sentimiento, pero el altruismo de sus obras dejó gran impronta en la ciudad.



Una mujer tan bella y de tan altas cualidades, tener que irse de la ciudad que tanto había amado. No siempre suele ocurrir, lo normal es que uno permanezca en el sitio en el que deposita sus mejores sentires. Pero ya he conocido varios ejemplos de personas que han tenido que marcharse de los lugares en que fueron felices o que llegaron a amar por diversas razones. Yo mismo me incluyo entre esta última clase de personas. Yo también experimenté querencia por un lugar, tal vez porque no tuve oportunidad de conocer ningún otro anteriormente; traté de abrirme un espacio entre sus gentes, y, acaso por mi excesiva timidez, fracasé en mis tentativas. Los años han pasado como la caída de la nieve, y ahora soy forastero en la tierra de la que deseé ser oriundo. En fin, hasta es posible que lo mejores momentos de la vida en sociedad me resulten ajenos. Me dan miedo las alturas, me mareo navegando por el océano, sólo apetezco de silencios y palabras escritas. ¿Qué sería de mí si no tuviera una familia?
Caminé hasta la calle de Armiñán, y me topé con la escueta fachada del Museo del Bandolero. No me dio por entrar a visitarlo, pero varios nombres recorrieron mi mente: José María el Tempranillo, Tragabuches, los Siete Niños de Écija, Luis Candelas y el Barquero de Cantillana. Éste último fue la inspiración del personaje televisivo “Curro Jiménez”, cuyas aventuras cautivaron a las audiencias de las últimas décadas del anterior siglo. Gran parte de los episodios de esta famosa serie de televisión fueron rodados precisamente en la Serranía de Ronda. Me fue fácil imaginar al equipo de rodaje alojándose en la misma ciudad que ahora mis pies estaban pisando… Trabucos, enormes navajas, rostros encuadrados por patillas en forma de hacha, botas armadas de espuelas, mantas de caballo que lo mismo podían servir para protegerse del frío serrano que para usarlas de escudo en los temibles duelos a navaja… No discuto que el mundo de los bandoleros diera vuelo a la imaginación de los viajeros románticos, pero no me suscitaba el suficiente interés como para decidirme a visitar el museo. Prefería seguir empapándome de las bellezas de los exteriores de Ronda.



A estos efectos, retomé la calle Armiñán para volver al Puente Nuevo. Una sombra agradable, que se extendía a todas las fachadas de la calle, iba acompañando mis pasos. Ronda sabe dar consuelo de los calores del verano.

CONTINUARÁ...
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


  
      
Safe Creative #1708253359058

domingo, 30 de julio de 2017

Ronda, un viaje inesperado (III): El Puente Nuevo


«Agradezco al cielo (a Dios, que es mi verdadero cielo) que me haya permitido conocer lo que ahora mismo atrapa todas mis miradas. Doy las gracias por haber podido llegar a Ronda, pese a todos los sinsabores de la vida, que me han arrancado cáscaras de alma. La melancolía no puede llegar al extremo de impedirnos viajar adonde el corazón nos guía. ¿Qué importa que se rían de los entusiasmos de un hombre que aún puede emocionarse como un niño y que lentamente va cruzando el atardecer de sus años…? Doy gracias por las sombras de las ramas, por los pájaros que gorjean en el interior de cada persona y por el alivio momentáneo de las penas del  cuerpo…Y te doy las gracias a ti, autor que no puedes escucharme y que sugeriste la grácil figura de Miranda Warriner asomándose a los miradores de Ronda. El reino de la imaginación no puede dar la mano a lo que es real, pero lo que es real puede aferrarse a todos los reinos posibles. Yo estoy aquí, y pertenezco a la realidad. Ronda es mía, como mía es la ausencia de Miranda Warriner, Miranda la del balcón».
Tras una breve siesta, salí del hotel y encaminé mis pasos al Puente Nuevo, para lo cual tomé los senderos de la Alameda hasta el filo del abismo. Paseo de Ernest Hemingway y Paseo de Orson Welles. ¿Y dónde está el Paseo de A.E.W. Mason?, me pregunté con cierto poso de decepción. Ni Hemingway ni Welles me habían llamado a venir a Ronda. Yo estaba aquí por un libro mohoso, lleno de pasión, que me había pintado los paisajes de esta ciudad antes de yo conocerlos; en este caso, la imaginación me había empujado a la realidad.


He aquí el Puente Nuevo, el símbolo de Ronda, la expansión de las montañas, la trabazón de los vuelos del Romanticismo. El puente de sillares, saltando sobre una altura de 98 metros, hasta hundir sus cimientos en la garganta del río Guadalevín (“Río Profundo”, en lengua de los árabes). Flanqueando el puente, se encuentran los muros de arenisca cortados a pico, fácilmente manipulables por la acción del agua y los vientos; de aquí para allá se aprecian arbustos que mecen sus follajes en los dominios del aire del desfiladero; incluso se reconocen las barnizadas hojas de higuera. Y las casas de ambos lados del puente, alzando por encima del tajo los ojos umbríos de sus ventanas y las blancas cales de sus fachadas. De vez en cuando, ocupa el espacio sonoro el graznido de alguna corneja, ave enlutada que sólo puede ser imponente en los precipicios.  



El Puente Nuevo une las dos partes de la meseta sobre la que se asienta la ciudad. Fue proyectado por un talentoso arquitecto aragonés llamado José Martín de Aldehuela. En sus momentos de mayor actividad, trabajaron 200 obreros, luchando con las alturas y las endebles rocas, usando como punto de apoyo un puente anterior. Se invirtieron en las obras nada menos que 42 años, siendo concluidas en 1793, hace ya la friolera de 224 años. El resultado no puede tener mayor grado de magnificencia: un puente con un arco en su parte baja, que pasa casi desapercibido desde las alturas, y tres arcos en la cúspide, el central más grande que los dos laterales, y abajo, en el fondo del abismo, las aguas del río Guadalevín, que se tornan un torrente impetuoso en épocas de avenidas primaverales.
Por el lado del Barrio Árabe, hay un camino en zigzag que permite bajar al fondo del tajo, y que precisamente en primavera ofrece un recorrido que se diría una alfombra de flores; mi vértigo no me permitió enfilar este camino, que desde mi puesto de observación se veía bastante transitado por grupos de excursionistas.
Encima del arco principal del puente se encuentra una habitación que antaño sirviera de cárcel (y A.E.W. Mason hace en su novela una mención a este respecto). Esa habitación se puede visitar, previo pago de tres euros. Dispone de sendos balcones a ambos lados del puente, y la vista desde ellos se promete impresionante. Ahora se la conoce como Centro de Interpretación del Puente.
–¿Da vértigo bajar hasta la habitación? –le pregunté al señor de la entrada.
–La escalera va pegada a la pared, y si no mira al abismo puede llegar al rellano sin problemas. Luego hay otro tramo de escaleras, ya cubierto, que sube hasta la habitación.
En efecto, no me dio vértigo llegar al rellano, bien protegido con un enrejado de la proximidad del abismo. Y las escaleras que ascienden a la habitación, antes pueden causar claustrofobia que vértigo. Por fortuna, no le tengo miedo a los espacios cerrados.


Lo mejor de la habitación, no muy grande para imaginarla una cárcel, son las vistas desde sus balcones. Hasta los mismos me encaminé, sin apenas prestar atención a los paneles audiovisuales que informan de la historia del puente, la geología del desfiladero, su avifauna y otras curiosidades concernientes a Ronda. Las puertas acristaladas están cerradas, y un cartel advierte que no han de ser abiertas bajo ningún concepto. 

Se dio la circunstancia de que, fuera de mí, no había otros visitantes en la habitación. Asomándome por los dos balcones, pude disfrutar de las mejores vistas de mi viaje. El abismo bajo la mejor luz de la tarde, cuando el circo de montañas se difumina en la lejanía. Las paredes del tajo, la vegetación del abismo, las sombras acariciando el río, las aves rapaces poniendo el contrapunto a los murmullos naturales del verano… y mi propia alma, debatiéndose en un entusiasmo que de tanto en tanto era enturbiado por nostalgias inoportunas. Miré a los balcones del Barrio Árabe, y no me fue dado distinguir el sombrero de flores que debió de utilizar Miranda Warriner en la imaginación de A.E.W. Mason. Si Ronda y sus alrededores son un decorado romántico, en palabras de Ernest Hemingway, estaba convencido de hallarme en el lugar de mayor romanticismo de toda Ronda. Y me encontraba solo. No me hubiera importado quedarme allí de prisionero por luengos años; mi encierro no parecería tan grave teniendo esas vistas de aire y montañas y del río donde navegarían mis sueños incumplidos. Tenía el convencimiento de encontrarme en el corazón latiente de Ronda, y me recreé en ilusiones que antes no hubiera imaginado. El sol me daba en los ojos, pero no podía apartarlos de tantas bellezas. Me olvidé por un instante de la presencia de mi cuerpo, y mi alma se hizo pájaro para pasear por los precipicios más bellos que jamás había contemplado. No importaban los fracasos y la soledad, estaba en un trono de romanticismo, y esta certeza podría sostenerme en mi pretendido oficio de escritor.




Estuve allí un buen rato, y con algo de disgusto me apercibí de que otros lugares de Ronda me estaban llamando como cantos de sirena.
Subí de nuevo al arranque del puente, y crucé hasta el Barrio Árabe. Toda las gentes que no había visto en la habitación, llamémosla cárcel, me las encontré junto a los parapetos del puente. Ora se tiraban fotos con tan sublimes panorámicas, ora se quedaban absortas en la fascinación del abismo y el aire ya dorado por el sol declinante. Yo pasaba entre ellas como una sombra fantasmal, sumido en los silencios de mi alma.
Me acerqué al mirador anexo al convento de Santo Domingo (sede de los cursos de verano de la universidad de Málaga). Allí la barandilla está más desprotegida, y experimenté el vértigo en toda su intensidad, pese a la hermosura de las vistas de ese lado del puente. A esta sazón, el mirador estaba lleno de gente.



Considerando que de momento ya había tenido suficiente contacto con los abismos, me encaminé al Barrio Árabe.
Iba pensando que con la vista del puente se habían colmado todas mis expectativas con respecto a Ronda.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).   



Safe Creative #1707303179769

lunes, 24 de julio de 2017

Ronda, un viaje inesperado (II): La Alameda del Tajo


Salí de mi casa de Ciudad Real a las 09:30 del martes 4 de julio de 2017. El GPS funcionaba en apariencia, y confiaba en que me guiara acertadamente para arribar a Ronda a eso de las 14:00, tras un trayecto de cerca de 400 kilómetros.
Pasé por Puertollano, y de allí me encaminé al valle de Alcudia, para llegar a Montoro, en la provincia de Córdoba, atravesando Sierra Madrona, Fuencaliente y la comarca de los Pedroches. Luego me metí en la autovía A4, y recorrí unos 50 kilómetros hasta alcanzar la altura de Córdoba, pero antes, a eso de las 11.30, hice una breve parada en un área de servicio de Alcolea para descansar y tomar un refrigerio.  Pasada la ciudad de los califas, tomé la desviación hacia Málaga y recorrí algo así como 100 kilómetros hasta abandonar la autovía a la altura de Campillos, y de allí, ya tiré hacia Ronda, cosa de otros 40 km.
He de confesar que iba con la esperanza de encontrarme un paisaje más montañoso en las inmediaciones de Ronda; a este tenor, me pareció más agreste Sierra Madrona que la comarca que estaba atravesando. Tenía leído que Ronda está enclavada en un santuario de montañas, y los montes que había a ambos lados de la carretera, aun siendo imponentes, tampoco tenían nada de espectaculares, contando además con que las masas arbóreas no eran tan abundantes como hubiera esperado.
Casi sin darme cuenta, me adentré en las primeras avenidas de Ronda. No veía por ninguna parte el famoso Tajo y el anfiteatro de montañas que ciñen la ciudad como a una reputada joya. El GPS marcaba que me quedaba un kilómetro para llegar a mi destino.
Temiendo que en las calles del centro no fuera fácil encontrar aparcamiento, estacioné mi coche en el número 17 de la avenida de Andalucía, y decidí andar los últimos 500 metros en plan de exploración.
Hasta llegar junto al Hotel Colón, recorrí un dédalo de calles que no me parecieron distintas de las de cualquier localidad manchega, pero pronto comprobé que en el centro la cosa cambiaba. Aunque no hubiera restricciones al estacionamiento, todo estaba lleno de coches, como había presentido. Observé entonces que había un parking cerca del hotel, llamado “Poeta Rilke”, en la calle del mismo nombre, a espaldas del Convento de la Merced, y regresé a por mi coche.
A las 14:30 ya estaba registrándome en el hotel. La recepcionista era una mujer muy simpática, baja de estatura pero de rostro risueño y agradable, frisando en los cincuenta años. Me asignó la habitación 101 y me facilitó un plano turístico de la ciudad, aparte de una tira de papel con la contraseña de la wifi y un mando a distancia para el aire acondicionado, si bien reinaba una temperatura primaveral y no iba a hacer falta en un principio.
Dejé mis cosas en la habitación, y me dispuse a buscar un sitio donde comer.
En la plaza de la Merced me encontré con las primeras excursiones de japoneses, que al caminar formaban como ordenadas filas de hormigas. Tenía hambre y no quería distraerme con los monumentos. Por eso tiré hacia la plaza del Socorro, que me pareció muy hermosa y estaba plagada de bares y restaurantes; pero no había sitio en ninguna de sus terrazas, y seguí mi exploración por la Carrera Espinel. Esta última se revelaba como una arteria comercial de la ciudad, pero no encontraba lo que en ese momento más me urgía. El sol brillaba en las fachadas. Había muchos extranjeros por doquier.
Viendo que me estaba alejando del centro, tuve que girar sobre mis talones y regresar al punto de partida.
Al final terminé en una callecita recoleta y sombreada, la calle José Aparicio, en las inmediaciones de la plaza de toros.  Allí se encontraba la terraza del restaurante del Hotel Don Javier, que fue donde di reposo a mis piernas y donde me apresté a calmar el apetito que traía. Las mesas que rodeaban la mía estaban repletas de extranjeros, mayoritariamente de habla inglesa. El camarero me trajo la carta y opté por el menú del día, cuyo precio eran 11 €. Me preguntó qué deseaba para beber, y yo, por marcar una excepción a mis costumbres, pedí vino y Casera. Al cabo me trajo unas aceitunas para ir picando, la Casera que había pedido y una botella de medio litro de un Rioja cosecha de 2014; me preguntó si me parecía bien, y, como yo no soy entendido en vinos, le respondí que sí. Me pidió disculpas por traerme la botella de Casera empezada, y fue a por otra nueva, a pesar de que yo le remarqué que no hacía falta.
La comida, aun sin ser nada del otro jueves, me satisfizo: gazpacho de primero, chuleta de cerdo de segundo (con guarnición de patatas y verduras en panaché) y sandía de postre. En la mesa vecina unos extranjeros pidieron sangría para beber, y, cuando se la trajeron, pensé que ahí se habría empleado la Casera empezada que me dieron a lo primero.
No quería perder mucho tiempo en la comida, y pedí la cuenta. Yo, tan tranquilo, me esperaba los 11 € que figuraban en la carta, y mi sorpresa fue mayúscula cuando el camarero me trajo una nota por valor de 24 €. El vino, una birriosa botella de medio litro, había engordado la suma ostensiblemente. Mi natural es tímido y no suelo quejarme cuando me meten un sablazo dentro de lo razonable, pero en esta ocasión no pude por menos de rebelarme. Hice una seña al camarero para que se acercara.
–Perdone usted, ¿el vino no iba incluido en el menú?
–No, señor… El vino se cobra aparte.
–Pero es un precio desorbitado –manifesté sin perder mis modos educados–. En ningún momento se me informó que no iba incluido en el precio del menú. Lo usual es que vaya incluido. Si lo llego a saber, no lo pido.
El camarero pareció rendirse a mis argumentos, y, con tono de excusa, me aclaró:
–Vamos a ver si se lo consigo más barato. Esta costumbre se sigue con los extranjeros, y usted ha pedido un buen vino.
–El que usted me ha ofrecido –repuse, sin ya poder reprimir mi indignación.
Al final la cosa quedó en 19’80 €. Me fui del restaurante con una arrolladora sensación de haber sido estafado después de todo. Vamos, un vino de precio tan desorbitante no merecía ser diluido con Casera como yo hice. No soy persona de tomar vino con regularidad, y pequé de incauto por querer meterme de lleno en el ambiente. Lo que no me parece de recibo es que un establecimiento, por muy turístico que sea, vaya con la intención de dar sablazo a los extranjeros. Los precios han de ser iguales para todos, independientemente de la procedencia de los comensales. El turismo es fuente de riqueza para un país, y hay que cuidarlo con buenas prácticas y sin mostrar veladas intenciones de saqueo. En consecuencia, tacho de mi lista de recomendaciones el restaurante Don Javier, en la calle José Aparicio, a tiro de piedra de la Real Maestranza de Ronda (la plaza de toros, para que nos entendamos).
Tras marcharme del restaurante con un agrio sabor de boca (nunca mejor dicho, a cuenta del vino sobrevalorado), me encaminé a la inmediata plaza Teniente Arce, donde, justo al frente del coso, se encuentra la oficina de información turística. Dejando claro que sólo iba a pernoctar una noche en Ronda, la señorita que me atendió me hizo una relación de las visitas imprescindibles.
Al salir de la oficina, me relajé y me dispuse a gozar del paso lento de las horas que tenía por delante en tan hermosa ciudad. Entonces comencé a notar en mi organismo los efectos del cansancio de tan largo viaje. Decidí, pues, ir a descansar al hotel, una hora como mucho.
Bordeé el coso, y me topé con el verde seductor de la alameda. A pesar del agotamiento, quise dirigir las primeras miradas al abismo de Ronda.


Me topé con un busto de Ernest Hemingway, un escritor cuya obra leí con gusto en los años de mi juventud. No me detuve a ver lo que ponía la placa conmemorativa porque el abismo era lo que en ese instante reclamaba mi atención. Una emoción creciente acompañaba cada uno de mis pasos en ese espacio de sombras teñidas de verde y fuentes de aguas manchadas del mismo color.



Era la hora de la siesta, y no se avistaba mucha gente en derredor. El aire estaba embriagado de cantos de pájaro, moderados chirridos de cigarras y silbidos del viento que venía cabalgando sobre las sierras que rodean la ciudad. El azul del cielo mostraba huellas de calima, pero el sol reavivaba las bellezas del valle que se extendía bajo el vertiginoso parapeto. Me agarré a la ajada barandilla para disfrutar del roce del viento en mi rostro. Embriagado por las bellezas del valle y los perfiles del conjunto de montañas situadas al suroeste, cerré los ojos para fundir esas imágenes con las que mis sueños habían esbozado previamente. La inmensidad desatada, los caminos recónditos, las alquerías como perlas incrustadas en las faldas del valle, el reflejo azul de alguna piscina, la sequedad pujante del verano, el verdor de los matorrales del abismo y de los olivares distantes… Me sentí pequeño e incapaz de expresar lo que veía con elevados sentimientos poéticos. Tal vez mis ojos se humedecieran, pero el viento montaraz me los secó rápidamente.






Me encaminé al hotel con los hombros caídos, ausente de los enardecimientos de poeta de mis años mozos, con las esperanzas en el más bajo punto de gradación. Acaso mi melancolía fuera acentuada por el cansancio que llevaba encima. Miraba los pilones de las fuentes y no veía en ellos ningún rostro, como antaño me ocurriera en situaciones parecidas. La vida no me había dado todo lo que esperaba pero más de lo que merecía. La luz de Ronda deslumbraba mis pensamientos sombríos. Alguna vez soñé con alcanzar relevancia en el mundo literario, ¿y ahora… ya puesto sobre el tajo del declinar de mi vida…?
La alameda me condujo a las escalinatas de la hermosa placita de la Merced, a la vista de la estatua de la santa de Ávila. La miré, y, pensando en la lejanía del cielo, me crucé hasta la calle de mi hotel.
Me aguardaban las sombras del reposo.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).  







Safe Creative #1707243131186