domingo, 15 de enero de 2017

Lady Jane (1ª Parte - III): Un compañero inesperado


Casi desesperadamente, cerré la ventana y me dejé caer sobre la inmediata silla. Al momento fui presa de un pesado sopor que me abocó a un sueño consolador, agradable a mi lastimada sensibilidad.
Nunca supe el tiempo que permanecí en ese estado de duermevela. Sólo sé con certeza que me desperté gradualmente debido a un llanto infantil que se escuchaba en el rellano de la escalera.
Tan inesperada circunstancia no dejó de sorprenderme; el dueño de la posada me había especificado claramente que yo era el único huésped esa noche. ¿De dónde podría provenir, pues, ese dolido llanto? Esto no dejaba de ser extraordinario. En un santiamén poblaron mi fantasía viejas historias de fantasmas, casas encantadas y aparecidos, con las cuales era propenso a asustarme en el transcurso de mi niñez.  Pero ahora, ya metido en la edad adulta, mi raciocinio se negaba a admitir cualquier acción o presencia sobrenatural. Superado el pasmo inicial, me dispuse a investigar tan singular misterio.
Salí al rellano y, con andares sigilosos, me dejé guiar por el sonido del llanto. Llegué al final de un tétrico pasillo, donde vi una puerta entreabierta, por cuyo hueco se deslizaba el titilante resplandor de una vela. Haciendo acopio de valor, terminé de abrir la puerta y lancé una mirada inquisitiva al interior.
Al momento se interrumpió el llanto, y me cercioré de que mi asombro no había hecho más que empezar.
El llanto lo había emitido un niño, que al primer golpe de vista me pareció un ser bastante peculiar. Tenía un rostro de gran belleza, que aparecía enmarcado por una cabellera tan rubia como un trigal en el mes de junio; sus ojos eran muy negros, pese a lo cual ostentaban una ardiente expresividad. Lo que más me llamó la atención fueron sus ropas. Sin duda no pertenecían a nuestra época; eran, eso sí, de rico brocado de raso azul, aunque ahora tenían huellas de suciedad, sin restar por ello un ápice de decoro a la conmovedora imagen que el niño ofrecía. Una imagen que constituyó para mí el símbolo de toda aquella gran aventura que me fue dada vivir. Yo aún ignoraba el sincero afecto que llegaría a cobrarle a ese niño. Hoy sigo bendiciéndole. Siempre sentí una gran sensibilidad hacia la infancia, y por ello no me causó incomodidad tan inesperada presencia.
−Hola –dije en un tono alegre.
El niño me miró con sus ojos arrasados en lágrimas. La irritación provocada por el copioso llanto había enrojecido sus párpados. En un principio se asustó de mí y corrió a esconderse debajo de la mesa situada en el centro de la habitación.
−¡Oh no, amiguito! No temas nada, no deseo hacerte ningún daño. Simplemente pensaba que no había nadie más en todo el piso, y tu presencia me resulta inesperada. Así que puedes abandonar tu escondite, si lo deseas. Yo sólo quiero ser tu amigo.
Mis palabras debieron de tranquilizar al niño, y éste salió de debajo de la mesa. Se podría decir que me devoró con la mirada. Yo me esforzaba por mostrar una apariencia bondadosa y alegre, a pesar de mi tristeza interior.
−¿Cómo te llamas? –le pregunté mientras me sentaba en una silla.
El niño se acercó, y tomó asiento a mi lado.
−Mi nombre es Peter Hawkins –se presentó−. Yo era el chico de azotes de lady Jane Grey, que ahora está casada con lord Guilford Dudley, el hijo menor del duque de Northumberland. Ser chico de azotes es un oficio muy reposado, porque nunca hizo falta que me pegaran por causa de la poca aplicación de lady Jane. Ella siempre ha sido muy estudiosa, y además me quiere mucho. ¡Me lo dijo una vez, antes de que se casara!
−¿Qué disparate me estás contando, hijo? –dije haciendo auténticos esfuerzos para no prorrumpir en carcajadas.
El niño pareció ofenderse.
−Tú no me crees; es cierto. Yo no tengo la culpa de haber leído en el libro de mi tío Richard Johnson la fórmula mágica para viajar en el tiempo. Yo deseé venir a esta época, y ya no podré volver. ¡Oh! –Peter reanudó el llanto interrumpido−. Nunca más podré jugar con la hermosa lady Jane.
Desde que escuché las primeras palabras de Peter, ya me dio la impresión de que padecía alguna especie de trastorno mental. Se apoderó de mí una compasión sin parangones, tanto es así que ya no me acordaba de mi particular desgracia, cosa que en el fondo agradecí. Si las palabras de Peter tuviesen algún fundamento, estaría mencionando a Jane Grey, prima del joven rey Eduardo VI de Inglaterra. Sus ropas, no obstante, me hicieron sospechar algo; desde luego no se correspondían con los estilos de nuestro tiempo, sino más bien con las modas que debieron imperar en Inglaterra hacía casi cuatro siglos.
Yo me acerqué al niño, lo tomé en mis brazos y, mirándole fijamente a los ojos, le dije:
−No te preocupes, Peter. Yo también me encuentro solo y si lo deseas, te vendrás conmigo y te protegeré. Tú no te imaginas la gran alegría que me darías si aceptaras venir a vivir conmigo. ¡Ah!, por cierto, me llamo Raúl y soy español. Estoy completamente seguro de que te encantaría España. Podríamos pasarlo muy bien. Sería genial tener un amigo con el que dialogar en las solitarias noches de invierno, con el presenciar las suaves puestas del sol en el verano. En definitiva, alguien con quien compartir las pequeñas pero grandes de la vida. Pero antes de contestarme, háblame un poco de ti y dime cómo has viajado en el tiempo. Tus palabras de antes no tienen sentido para mí, así que cuéntamelo todo detalladamente.
Mis palabras, aunque de una rematada cursilidad en el fondo, hicieron que Peter adquiriera la necesaria confianza en mí para ponerme al tanto de sus peripecias. Por motivos de claridad, me veo en la precisión de narrar yo mismo la historia de Peter. Mi joven amigo me la refirió de forma inestable. Muchas veces interrumpía su relato para ahogar sollozos inoportunos. Por ello, no considero de ley reproducir fielmente su diálogo, porque de lo contrario éste presentaría demasiadas incoherencias.

CONTINUARÁ…

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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domingo, 8 de enero de 2017

Parábola del pescador de almas (poema)



Te damos gracias, pescador,
por las horas ocultas en el océano,
pintando rosas en el telón del alba
y confundiendo tu pena
con las lágrimas de las olas.
Esos panes de centeno depositados
en el cesto de los peces,
mientras doblaban las campanas
de la ciudad alejada de la costa.
Recuerdas a la niña que,
bajo el cielo de domingos luminosos,
iba contigo en la barca,
su vestido de lluvia de primavera,
flores de la ribera entre las ondas de su pelo.

¿Por qué, papá, no vamos a misa
como los demás?, preguntaba ella
cuando ya los pensamientos
querían regalarle su luz reveladora.

Mira el albatros en el cielo,
allí está la cruz de mi templo;
contempla la espuma de las olas,
tal es la sábana de mi altar;
considera la mar que nunca termina,
son mis oraciones que ascienden a Dios;
esos panes de centeno floreciendo
entre los peces, son mi ofrenda de gratitud
y el alimento que sació a cinco mil bocas.

La niña miró con destellos de melancolía
las riberas distantes,
los molinos volteando en las colinas,
las cigüeñas bendiciendo los campanarios.
Apúrate, papá, llévame con ellos.

Te damos gracias, pescador,
porque lo hiciste.
Quitaste de sus horquillas los remos,
los uniste cruzados
y el sol brilló en sus extremos.
Escúchame, Dios que te escondes en la mar,
condúcenos a buen puerto,
no permitas que mi hija desconozca
las cosas que yo no aprendí,
déjame solo en la mar y evita
que yo sea causa de infelicidad
para un alma que se está abriendo
a la vida.

Y así fue en lo sucesivo.
En otros domingos de fiesta,
el cesto iba vacío,
la barca tan silenciosa
como el paso de las nubes,
su hija bajo las campanas de la lejanía.
¿Cuándo vendrás a buscarme, pequeña?
No verás que yo me mueva
de nuestro templo de las olas azules.


Plaza de San Vicente de Paúl, Madrid, domingo 18 de diciembre de 2016

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


miércoles, 21 de diciembre de 2016

Mensaje de Navidad (2016)



Ya está aquí la Navidad, cada año diferente y plagada de recuerdos que se van acumulando en nuestra memoria. En el transcurso de la vida ha habido navidades de tristeza y otras de tanta dicha, que su recuerdo trae dulzura en serenas tardes de lluvia en las ventanas. La Navidad es para tener cerca a los seres que han dado color a nuestra existencia, para traer a la memoria el hecho de que lo inmenso empezó siendo muy pequeño. Una nueva oportunidad para hacernos un poquito mejores. Mi admirado Víctor Hugo dejó escrito: “La cuna tiene un ayer y la tumba un mañana”. Realmente eso pasó con el Niño Jesús: todo empezó en un pobre pesebre de Belén de Efratá (la más pequeña entre las aldeas de Judá; Miq 5, 2), y al final en la Cruz se marcó el futuro de la humanidad. Por tanto, estos días son para rememorar el ayer y fijar los cimientos del mañana, que no son otra cosa que el amor. Tal es el legado de ese niño del pesebre.
Navidad en los pueblos y en las grandes ciudades. Cuando yo era niño, pasaba estas fechas en un pueblo. Vivían mis padres y mi hermana, estaban cerca mis tíos y primos maternos y todos anhelábamos permanecer juntos. Las calles de Aldea del Rey, que así se llama el pueblo, aparecían barnizadas por la niebla. El doblar de las  campanas de la iglesia era tan alegre como los villancicos que se escuchaban desde los altavoces del ayuntamiento. Hasta los campos de alrededor, junto con la palidez de los cielos, parecían vestirse con sus mejores galas navideñas. Ambiente familiar al arrimo de aquellas entrañables estufas de leña.
Luego me hice hombre, fundé mi propia familia y me habitué a pasar estas fechas en las ciudades. Allí conoces a muy poca gente (por lo menos, alguien tan tímido como yo), pero también está presente el espíritu navideño. También hay un asomo de simpatía en las miradas que se cruzan perfectos desconocidos. Y el cielo urbano, los árboles de los parques y avenidas, las fachadas de los altos edificios, los comercios y las plazas…, todos estos lugares ostentan una insignia navideña. Tiempo para vivir y alegrarse, tiempo para tener cerca a la familia y amigos y abrazar con el corazón a los ausentes. Recordar sin amargura, amar sin dolor, mirar más allá de nuestro pequeño mundo de fatigas y rutinas.
Por un tiempo, que se puede hacer extensivo al resto de los meses del año, sería hermoso mirar a los que nos rodean como lo hizo el protagonista de estas fechas, el Niño Jesús. Querernos todos un poco más, pues el amor es algo que se puede derrochar sin temor a que se agote.
Deseo a todos los que lean estas palabras una muy feliz Navidad. Que el amor del Niño Jesús influya en todas las circunstancias de sus vidas.

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).






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domingo, 18 de diciembre de 2016

Lady Jane (1ª parte - II): "Poplar Gate"


No me quedó más remedio, pues, que reservar pasaje para dentro de cinco días y entretanto tratar de buscar alojamiento.
Esto último quizá no resultara tan sencillo. Como he apuntado anteriormente, era Nochevieja, de trecho en trecho se veían hermosos árboles de Navidad decorando las plazoletas. También se avistaban grupos de gente cantando canciones para dar la bienvenida al nuevo siglo. Yo, la verdad, no me sentía en disposición de compartir el fervor popular, de ahí mis deseos de encontrar rápidamente un albergue en donde pudiera aislarme de toda esa jovialidad.
Tras dos horas de búsqueda infructuosa, un buhonero me habló de una posada antiquísima por la zona de Southwark, casi a las mismas orillas del Támesis. El establecimiento ostentaba en su muestra “Poplar Gate” y estaba construido en su práctica totalidad de madera. Calculo que habría de tener casi cuatrocientos años de antigüedad. La fachada se hallaba oscurecida por la acción del tiempo y las frecuentes lluvias; se observaba que había sido pintada en varias ocasiones, con el fin de evitar que la madera se pudriese, pero ahora me di cuenta de que le hacía falta otra buena mano de pintura. En conjunto, se trataba de una construcción sólida y bastante espaciosa. Tal podría ser perfectamente el entorno en que me aislara del bullicio durante esos cinco días.
Una vez entré en la posada, me encontré allí una vociferante parroquia que disfrutaba, entre pintas de cerveza, de las últimas horas del siglo XIX. Sentí que mi ánimo decaía, puesto que mi espíritu no estaba para alegres acontecimientos. Mi mayor anhelo era la soledad completa.
Le pregunté a un joven camarero quién era el dueño de la posada, y éste me indicó la barra, añadiendo que el dueño era el que la atendía. Se trataba de un hombre robusto y entrado en años, que apenas si daba abasto a atender las ruidosas peticiones de los parroquianos, trabajadores de los muelles en su amplia mayoría. Me costó gran trabajo hallar un hueco en la barra, y, ya que lo conseguí, le hice una seña al dueño. Éste se me acercó, preguntándome al propio tiempo:
−¿Qué va a ser?
−Verá, mister…
−Walters, Jim Walters.
−Bien, mister Walters. Desearía saber si aquí se alquilan habitaciones, pues es lo que me parece al tratarse de una posada tan grande.
−Aguarde un momento –me dijo Walters. Acto seguido, sus ojos recorrieron toda la sala, como si buscasen a alguien, y, tan pronto lo localizó, soltó con fuerte diapasón−: ¡Rick! Ven aquí un momento y ocúpate de la barra. Yo tengo que atender a este caballero.
El camarero abandonó su servicio en las mesas, y sustituyó a su jefe en la barra.
Walters me hizo un ademán para que le siguiera. Tras franquear una puerta, me condujo a una especie de gabinete. Luego abrió el cajón de un amplio secreter y extrajo de su interior un ajado libro de registros. Lo abrió hacia la mitad, se procuró pluma y tintero, y, mirándome fijamente, me preguntó:
−¿Su nombre, señor?
−Antes de alquilar la habitación, quisiera tener la completa seguridad de que no voy a ser molestado bajo ningún concepto. Es decir, necesito estar solo del todo. Entiendo que a usted le parezca una petición un tanto excéntrica, y más en una noche como ésta.
−No debe preocuparse; le llevaré a una habitación del último piso, donde usted apenas si podrá oír las sirenas de los barcos. Además es usted el único inquilino esta noche.
−De acuerdo, es cuanto podía esperar –dije asentando mi firma en el libro de registro.
Tan pronto hube abonado el importe correspondiente al alojamiento por cinco días, Walters echó mano del inmediato candelero y me pidió que le acompañara. Empezamos a subir por unas empinadas escaleras, que parecía que no iban a tener fin.
Ya en el último piso, Walters me llevó a una habitación no escrupulosamente limpia de polvo, cosa que a mí, por cierto, no me incomodó. Al menos era una estancia amplia y en su chimenea ardía una débil hoguera que Walters se apresuró a avivar arrojando algunos trozos de leña seca; me advirtió que siempre tenía esa habitación caliente por si aparecía un huésped extemporáneo, como era mi caso. Acto seguido se marchó, y al cabo de diez minutos apareció uno de sus camareros trayéndome algo de cena. Pero yo no tenía apetito, a causa de mi ánimo afligido. Le di las gracias por todo al camarero, y éste se retiró no sin antes desearme un feliz año nuevo. Yo estaba tan aturdido, que no correspondí a su felicitación. En mi interior sólo veía la imagen de Constance, una imagen que, por mi bien, tenía la obligación de poner en el olvido.
Abrí la ventana de la habitación. Ya era de noche, y había comenzado a nevar. Algunos copos de nieve se posaron en mi cabeza, causándome un relativo placer al sentir su frescor entre mis cabellos. En la calle se escuchaban gritos y manifestaciones de jolgorio por parte de algunos grupos dispersos de borrachos. Una vez más, yo no podía aceptar la alegría reinante; el contraste con mi tristeza era demasiado acusado.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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domingo, 11 de diciembre de 2016

Saudade de Aldea del Rey (poema)


Cuando éramos niños
no decíamos:
¡Qué dicha tener un lugar
pequeño al que amar,
al que volver en todo momento,
en el que vivir cada estación
de la vida!

No conocíamos más
que Aldea del Rey,
y, aunque en la niñez
ocurriera,
ya en la mocedad
no había añoranzas de tardes
de playa ni de momentos
en las altas montañas.

Era un mundo
que todo lo tenía,
y lo que faltaba llegaba
en los renglones del viento,
libros que eran tan deleitables
de leer
en medio de los padecimientos
de la adolescencia.

 Y aquellas mañanas de domingo,
presagiadas entre la niebla
de diciembre,
las gentes yendo a misa
con la alegría en el corazón
del inminente advenimiento
de la Navidad;
nosotros no íbamos
a la iglesia de San Jorge Mártir,
pero la voz de la campana traía
un aliento de perdón.

Y había misterios de oraciones
en las ramas del eucalipto
de la fuente de la Higuera,
sacudidas por la primavera,
cuando nos encaramábamos
sobre el depósito de aguas.

Siempre en la lejanía,
la misma tonada se repite:
¡Dichoso el que conoció
una patria chica
donde intentara sembrar el corazón!

Venían las épocas del granar
de las espigas
y la gestación de los mostos
de la tierra agotada,
los cerros destilaban aceite
y el río Jabalón lamía los secarrales
con sus lenguas de plata.
Las estrellas del estío
parpadeaban desde la Antigüedad,
alumbrando

los sueños abandonados
en los caminos de La Mancha.

¡Cuánta alegría poder decirlo:
en algún momento tuvimos
una patria chica a la que amar!

Como una madre que amorosa
cierra sus brazos,
el camino siempre tendrá
un sentido de vuelta…
y unos ojos secos de lágrimas.

Parque de Gasset, Ciudad Real, domingo 11 de diciembre de 2016

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)



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domingo, 4 de diciembre de 2016

Lady Jane (1ª Parte - I): El desengaño amoroso


Tal vez éste sea el primer libro que escribí con todo el deseo de convertirme algún día en escritor. Con el mismo, traté de experimentar y forjarme un estilo. Lo inicié en Aldea del Rey en la Nochebuena de 1988, y lo concluí año y medio más tarde. Mi edad estaba comprendida entonces entre los diecisiete y los dieciocho años.
La inspiración surgió al ver una película que tenía el mismo título, allá por noviembre de 1988. Estaba protagonizada por Helena Bonhan Carter. Me conmovió sobremanera conocer la historia de Jane Grey (1537-1554), su efímero reinado y el modo en que murió. Esto último lo consideré una terrible injusticia, y traté de repararla con las armas de la literatura. Una empresa tan ambiciosa que ni siquiera hoy, ya en mi adentrada madurez, hubiera osado acometer.
Durante años este libro permaneció oculto en un cajón de Aldea del Rey. Recientemente abrí ese cajón y me apercibí del estado de deterioro del papel, que ya era amarillo cuando lo utilicé para escribir mi novela. Por tal motivo, he decidido pasarla a ordenador para salvarla y para rendir un pequeño homenaje al chico triste y solitario que fui, a quien he tenido que ayudar un poco, lo menos posible, con la destreza literaria que otorga el paso del tiempo.
Esta novela tiene la audacia, la frescura, la indagación, la ignorancia de la vida y los defectos del escritor juvenil. Comprende seis partes y un epílogo. Espero no agotar la paciencia de quien desee leerla. Sólo recuerdo que sentí que mi corazón se ensanchaba cuando acabé de escribirla; lo recuerdo como si hubiera sido ayer.

H
asta entonces sólo conocía su nombre y algún que otro dato superficial sobre su vida, de ésos que aparecen en los libros de historia. Yo, al principio, creí que su presencia en tales textos era injustificada; ¿quién podría perpetuarse en las crónicas de la humanidad por el simple hecho de haber poseído el trono de Inglaterra durante unos pocos días, siendo destronada y condenada a muerte posteriormente, por la gran avaricia que el poder del trono traía consigo? En mis tiempos de estudiante jamás hice estas reflexiones; tal vez se debiera a su escasa presencia en los libros o quizás a su corta edad. ¿Quién iba a preocuparse de una reina adolescente que ni siquiera tuvo tiempo de gobernar?
Ahora han transcurrido tres años desde mi insólita experiencia, tres años profesando amor a una sombra del pasado, bastante alejada de mi tiempo. Muchas veces me he preguntado si todo aquello fue una historia que inventó mi mente a raíz del desengaño amoroso que padecía mi corazón, pero me resisto a aceptar semejante hipótesis; todo fue demasiado real, y creo que no tengo otra opción que considerar verdadero lo que me sucedió.
Ella estará ahora en los lejanos paraísos celestes. Es posible que me esté observando en este momento tratando de dar forma escrita a estos dolorosos recuerdos. A pesar de mi esfuerzo, tengo la completa certeza de que cuando finalice mi labor, muchos amigos dirán que he inventado una historia fantástica… Nada más lejos de mi intención.
Hace tres años me encontraba en Londres. Era el día de Nochevieja de 1899. Quedaban escasas horas para que el siglo XIX le cediera el testigo al XX. No creo necesario referir el jolgorio que se respiraba en mi derredor; no todas las Nocheviejas coincidían con el comienzo de un nuevo siglo lleno de esperanzas. Las calles se presentaban a mi vista armoniosamente decoradas, y me hicieron sentirme alegre pese a las bajas temperaturas reinantes. Había dejado de nevar una hora antes, lo que consideré un hecho afortunado, ya que en mi España natal no he tenido ocasión de acostumbrarme a climas tan severamente fríos. Sin embargo, yo no reparaba demasiado en todo ese ambiente, por cuanto mi pecho se estremecía de felicidad: pronto podría volver a abrazar a mi prometida, Constance Bradford.
Era triste que nuestras respectivas ocupaciones, las de ella en Londres y las mías en Madrid, nos tuviesen separados durante prolongados períodos de tiempo. Cuando nos enamoramos, no calibramos demasiado esta triste realidad; sencillamente nos sentíamos felices el uno al lado del otro. Pero cuando nos vimos obligados a separarnos la primera vez, pudimos paladear el sabor de la verdadera nostalgia. Ni que decir tiene que cuando volvíamos a reunirnos, en contadas ocasiones, nuestras almas no podían encontrar espacio para albergar tanta felicidad.
Pero aquella vez las cosas iban a ser distintas, bastante más distintas.
El ramo de rosas que compré para Constance en una floristería del West End, estaba húmedo por el rocío provocado por las frías nieblas londinenses. Antes de que pudiese reparar en este último detalle, la casa de Constance se encontraba enfrente mío.
Con gesto impaciente, tiré de la aldaba y, mientras lo hacía, un sonido producido por multitud de campanillas de latón se propagaba por todo el interior de la casa. Medio minuto después, la puerta se abría y pude ver el rubicundo rostro de James, el mayordomo de la familia Bradford.
—Buenas tardes, James. ¿Cómo está usted? Hace un tiempo apropiado para esta época del año. ¿Tendría la amabilidad de informar de mi llegada a miss Bradford?
James me dirigió una mirada de recelo e inclinó levemente la cabeza a modo de saludo. Este hombre, a fuer de buen londinense, siempre hizo gala de cierta frialdad hacia mí, pero en aquella ocasión noté que me mostraba una abierta displicencia.
—Para su información, mister Álvarez, he de decirle que miss Bradford no se halla en Londres. Los motivos de su viaje no he tenido ocasión de averiguarlos, pero no dudo que podrá conocer más detalles al respecto, puesto que antes de su marcha me entregó una carta lacrada dirigida a usted, encargándome que se la entregara. Así, si tiene la amabilidad de aguardar un instante, iré a buscarla.
—¿De manera que no está en Londres?
James no respondió a mi pregunta, que quedó flotando en el aire; había ido en busca de la carta de Constance dirigida a mí. No es difícil imaginar la gran perplejidad en que me hallaba. ¿Qué podría significar todo aquello? ¿Por qué Constance no me informó con anterioridad de sus intenciones de emprender un viaje? Yo esperaba encontrar en la carta las respuestas oportunas. Momentos después, James me la entregaba y, sin más, se despidió cerrándome la puerta en las narices. En el anverso del sobre se podía leer, escrito con la bella caligrafía de Constance: “Para Raúl”.
Temiéndome algún mal suceso, me hice llegar a una taberna cercana, pedí un café y me senté junto a  una mesa apartada. Rompí el lacre, extraje la hoja de papel que contenía el sobre y sin más dilación comencé a leerla. Estaba concebida en los siguientes términos:

Londres, sábado 9 de diciembre de 1899
Querido Raúl:
Puedo imaginarme la sorpresa que mi ausencia te va a causar. Es una larga historia, y creo que te va a producir un gran dolor conocerla, pero habrás de superarlo; no te queda más remedio.
Verás, como ya sabes, yo recibía en mi casa clases de danza clásica. En un primer momento me las impartía miss Dean, mi antigua institutriz. Pero la pobre mujer murió hace unos meses víctima de una pulmonía.
Por este motivo, hube de procurarme los servicios de un profesor de danza clásica. Encontré uno, de nacionalidad norteamericana (no te quiero decir su nombre).
Desde la primera vez que lo vi, sentí hacia él una gran atracción, y, más tarde, pude comprobar que él sentía lo mismo hacia mí. Tal es la razón por la que he estado tanto tiempo sin escribirte. Él es el hombre de mi vida, y sólo puedo decirte que en mí hallarás siempre una sincera amiga.
Nos casamos la semana pasada, y ahora nos marchamos a vivir a San Francisco. A mi madre no le pareció bien esta boda, pero tendrá que resignarse, lo mismo que tú.
Le entrego a James esta carta; él te la dará cuando vengas a Londres. Lamento haberte hecho hacer el viaje en balde, pero no me parecía bien recurrir al correo ordinario.
Disculpa mi mala expresión en el lenguaje escrito. No me pasa lo que a ti, que escribes con gran belleza y propiedad.
Espero que algún día puedas llegar a perdonarme. Quizá, si el tiempo lo permite, nos encontremos alguna vez.
Con todo cariño,
Constance Bradford.

Me sería imposible reflejar en la blancura del papel el desasosiego que me acometió ante tan triste e inesperada noticia. Constance se había casado y la manera con que me lo expresaba, alejaba la posibilidad de que fuese un cruel sarcasmo. ¡Mi adorada Constance estaba casada! Al pronto supe que la había perdido para siempre. ¿Qué es lo que ahora yo podría esperar de la vida? Era seguro que no volvería a ver más a Constance; se había ido a Norteamérica. ¡Qué triste me encontraba en aquel instante! Tantos proyectos, tantas alegres ilusiones, se me venían abajo.
Al momento pensé que en Londres yo ya no tenía nada por hacer; así que mi siguiente paso sería tratar de obtener un pasaje para el barco que zarpaba ese mismo día rumbo a España. Pero la mala suerte me acompañó en esto también, tal como me dijo el empleado de la compañía naviera:
—Sí, señor, por muy poco margen habría podido adquirir un camarote en ese barco que baja por el Támesis.
—¿No podrían acercarme mediante una lancha? —supliqué—. Es muy importante y preciso que navegue hoy rumbo a España.
−¡Dios nos libre, señor! Usted no conoce al capitán Thomson. Una vez que su barco desamarra, no conseguirían detenerlo ni todos los demonios del infierno. Lo lamento de veras, señor.
−¿Cuándo sale el próximo barco? –pregunté con amarga resignación.
−El que sigue la ruta hacia Santander –dijo el empleado, consultando un estadillo y quitándose de mi vista−, no zarpará hasta dentro de cinco días.
−¿¡Cómo!?
Ahora entendí la precaución que llevó al empleado a apartar el rostro de la ventanilla. Al momento descargué un furioso puñetazo sobre la garita de la compañía naviera.

CONTINUARÁ...

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)






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domingo, 27 de noviembre de 2016

Mañana otoñal en el barrio de Carabanchel (poema)


Ha vuelto
el noviembre de Madrid,
tantos años extrañado.
El sol de otoño
echa su risa
sobre las cimas de las chimeneas,
prodigando sus riquezas
en las calles manchadas de niebla.
Los comercios reparten
por las aceras
seductoras bocanadas;
aquí fue entonces
como es ahora.
Ya no se ve la arena,
sino asfalto maltratado;
no corazones fatigados,
sino almas que aún sufren.
Carabanchel
abre sus párpados
cercados de arrugas,
y susurra con una voz
que nadie escucha:
Estoy aquí, no me he ido.
Simples gorriones
los que en abierto desafío
se atreven a cruzar la bóveda
de niebla y oro maltratado.
Carabanchel
alienta en sus entrañas
una palabra de amor…,
y ya ha sido pronunciada.


Madrid, sábado 19 de noviembre de 2016
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)



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