domingo, 23 de abril de 2017

La ventana de un pueblo




Su rostro,
tras una ventana,
en la noche desahogaba
su llanto en lluvia.
Suspiraban los faroles,
parpadeaban las estrellas
escondidas.
Los muros de tierra
del pueblo envejecido.
Cae la lluvia,
y la luna no vendrá
a guarecerse en sus ojos
de ventana callada,
esperanza y sentimiento
aletargado.
La calesa
dejó un rodal de barro
sobre los adoquines
color tormenta.
A él no le importó
empaparse y pensar
que en la mañana
le aguardaba el barro
del monte sin besana;
no le importó
alejar de sus recuerdos
cielos de verano sufrientes
de astros lavados
por el fuego;
no le asustaron
los ladridos de los perros
en las esquinas cercanas.
Asomada a la ventana
de vidrios llorosos,
su vida,
su amor desconocido,
su luna inalcanzable…
La miró una vez más. 

Ciudad Real, sábado 15 de mayo de 2016

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 2 de abril de 2017

Lady Jane (2ª Parte - y IV): Persecución


Me había llegado el turno de emprender la huida, ahora que parecía que Peter estaba a salvo. Pero los rabiosos borrachos no me lo iban a poner fácil.
El combate había llegado a un punto álgido. Los borrachos empezaban a denotar síntomas de gran agotamiento, parecidos a los míos, siendo únicamente el furor lo que aún les mantenía en pie.
 Había llegado la hora de sacar fuerzas de flaqueza y desembarazarme de tan molestos agresores.
En un arranque de rabia blandí mi arma hacia el más cercano de mis oponentes, que, ofuscado por tan súbito ataque, fue a medir sus espaldas con el muro opuesto. Tal maniobra me abrió un resquicio en esa barrera humana, oportunidad que aproveché para escaparme de las acometidas de sir Herbert y su alcoholizada caterva, volviendo sobre mis anteriores pasos.
Maldecía de mis ceñidas polainas, que me impedían correr a mi antojo, cuando por instinto dirigí la vista atrás. Me cercioré con espanto de que los malditos borrachos iban en mi persecución. Era evidente que no resultaría tan fácil como pensé librarme de mis atacantes, así que aceleré la carrera en la medida que mis oprimidas piernas me lo permitían. Volví a mirar hacia atrás, y ahí continuaban con sus espadas en ristre. Fue entonces cuando comprobé que había perdido la mía, lo que significaba que como llegaran a alcanzarme me coserían a estocadas. Una perspectiva nada agradable.
Llegué trastabillando al final de la callejuela, y accedí a una calle que tenía todo el aspecto de una arteria principal del casco antiguo de Londres. Por supuesto, sir Herbert y compañía seguían a mi zaga. Una gran multitud se apiñaba a las puertas de la fortaleza de la Torre de Londres, razón por la cual en las calles colindantes reinaba un atípico ambiente de soledad y abandono.
Me persiguieron por rincones desconocidos para mí y que puedo asegurar que en la actualidad no existen. Salvé empedrados irregulares, subí escalones que salvaban vertiginosos terraplenes, atravesé un escuálido puente de madera tendido sobre un canal de aguas fétidas (los desagües del antiguo Londres, me imaginé). A todo esto, no había casi nadie en las calles y no podía esperar el menor auxilio.
Llevaría algún rato corriendo y echando los bofes, cuando accedí a lo que supuse sería un pasadizo. Al internarme en el caliginoso recinto resbalé por causa de algún fluido, y di con mis huesos en tierra. Cuando mis pupilas se adaptaron a la falta de luz, me cercioré de que el líquido que encharcaba el suelo era sangre. Me aterroricé al pronto. Sin embargo, al mirar en derredor, comprobé que aquel lugar era un simple matadero de ganado.
Antes de que pudiese ponerme en pie de nuevo, oí los pasos de mis perseguidores entrando en el matadero. Aparentemente no había otra salida.
Gracias al cielo, justo a punto de resignarme a mi triste suerte, advertí una escalera de caracol, de peldaños de madera, que ascendía al piso superior. Sin pensarlo demasiado, tomé esa vía de escape. Los que me perseguían ya habían detectado mi presencia. Al llegar arriba me topé con un angosto pasillo con puertas cerradas con llave. Pero una de éstas cedió a mis intentos de abrirla, y pude entrar en una estancia con una ventana que tenía los postigos echados.
Sir Herbert y los suyos ya estaban en el pasillo.
De una patada abrí los postigos y me asomé al exterior. Afortunadamente, justo debajo de la ventana, había una carreta cargada de heno, y no dudé en arrojarme sobre ella, en el mismo instante que mis perseguidores accedían a la estancia. Ellos se dispusieron a secundarme. Anonadado por la caída, me apeé de la carreta y enfilé una calleja que era mi única posibilidad de huida.
Me imagino lo que hubiera hecho pensar mi traje manchado de sangre, si alguien me hubiese visto. Pero, como ya he mencionado, casi toda la gente de los alrededores estaba a las puertas de la Torre de Londres.
Cuando ya me encontraba al límite de mis fuerzas, alcancé la orilla del Támesis. Mi espacio de huida quedaba de esta forma cortado.
Miré hacia atrás de nuevo. Los incansables borrachos venían a por mí enarbolando sus espadas y dagas.
Se me presentaban dos opciones: una dejarme aprehender por aquellos desalmados a causa de mi supuesta falta de delicadeza con sir Herbert o…
No me dio tiempo a pensarlo. Me arrojé a las frías aguas del río.

-Fin de la segunda parte-
Aldea del Rey-Madrid, 5 de marzo – 17 de junio de 1989
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)

CONTINUARÁ…


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sábado, 25 de marzo de 2017

Bullying (poema)








¡Qué antigua es
la imagen del pupitre!
Aparece el niño
de cuyos ojos resbala
agua amarga;
es porque sus compañeros
le martirizan y el maestro
multiplica sus dolores
sin saberlo.
Y el niño calla
y se traga sus pesares;
no quiere que le acusen
de cobardica.
Tendrá unos padres
que pensarán que no estudia
porque es un vago;
por eso saca
tan malas calificaciones.
El niño solo
en su mundo que nadie visita,
mundo hermoso
que se esfuma
en las fronteras del miedo
y el sufrimiento.
Sus lágrimas
colman los ríos
de los mapas escolares,
su aflicción
es la del aventurero
que atraviesa desiertos
en busca de un manantial
rodeado de palmeras.
Nadie piensa
que ese niño
es más feliz que cualquiera
de los que le rodean,
porque sabe aguantar…
el silencio.


Ciudad Real, miércoles 30 de noviembre de 2016

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 19 de marzo de 2017

Lady Jane (2ª Parte - III): Pelea en el callejón


A poca distancia había un grupo de hombres en el más acusado estado de embriaguez. Sin abandonar nuestro asombro, pudimos ver que pertenecían a uno de los estratos de la nobleza, sus lujosas ropas así lo evidenciaban. Uno de aquellos hombres tenía un ojo cubierto con un pedazo de cuero. En conjunto, ofrecían una imagen bastante repulsiva.
Peter y yo pasamos entre ellos. Tras un leve intervalo de silencio, algunos soltaron unas carcajadas en tono macabro.
−¿Qué os parece? Un caballero y un pequeño infante vienen a que les invitemos a un trago. ¡Jajaja!
−¡Jajaja! ¡Vive Dios que tienes razón, Jimmy!
−Aguardad, caballero, no os marchéis –dijo uno de esos borrachos, al tiempo que se levantaba del suelo y colocaba groseramente una mano sobre mi hombro.
−¿Qué deseáis? –pregunté tratando de adecuarme a los registros idiomáticos de aquella época.
Observé que mi interlocutor tenía grandes bigotes pelirrojos. Peter se quedó pálido del susto.
−¿Qué habéis venido a hacer aquí? –inquirió el pelirrojo.
−Respondedme primero vos, puesto que yo he sido quién ha preguntado primero.
−¡Vaya! ¿Os dais cuenta? –comentó dirigiéndose a sus compinches−. Tiene carácter este alfeñique; quiere que le responda primero. Pues bien, caballerete –volvió a mirarme−, os respondo que sólo busco satisfacer mi curiosidad.
−Pues yo os respondo –dije con afectada firmeza− que hemos tomado esta calleja para evitar la aglomeración que se ha formado en las vías principales.
−Sí, la joven reina ha llenado las calles con la noticia de su detención. Buscado se lo tiene, su gobierno ha sido demasiado sensiblero; sólo se preocupaba de pobres diablos en lugar de nosotros, los nobles. James, ¡pásame el pellejo!, me ha entrado sed con esta plática.
−¿Eso pensáis? –le pregunté, mientras el tuerto le cedía el pellejo de vino.
−Sí. ¿Y vos qué idea tenéis acerca de un perfecto gobierno? –me preguntó a su vez, antes de ponerse a trasegar vino.
−Bueno –dije adoptando un aire filosófico−. Yo comparto las ideas aristotélicas. Pienso que el buen funcionamiento de un gobierno reside en el hecho de que los gobernantes busquen el bien colectivo del pueblo y no el beneficio propio.
−¡Excelente! –exclamó ofreciéndome el pellejo−. Trasegad un buen trago en honor a ese formidable discurso.
−No, gracias −rehusé−. No bebo.
Al momento pude ver cómo sus facciones se endurecían y sus ojos emitían un brillo enojado.
−¿Habéis oído? –preguntó con acento furioso, dirigiéndose a sus compinches−. ¡Me ha rechazado un trago, pero vive Lucifer que lo va a lamentar!
−¡Sí, sí! –exclamaron a coro los borrachos−. Ha rechazado un trago nada menos que de la mano de su excelencia sir Herbert Bradock, baronet por gracia del Rey, señor de “Walken House” y descendiente de valerosos antepasados. ¡Oh!, no hay alternativa…  ¡Merece ser castigado!
Peter, al colmo de su espanto, se aferró a mi cintura. Realmente, aquélla no era una situación para infundir alegría. No pude por menos de lamentar mi falta de diplomacia y pensé que, de haberlo sabido antes, me hubiera bebido todo el vino del pellejo si fuera preciso. Pero ¿quién podría predecir las reacciones de gentes en un ambiente tan extraño a mí? Ya era tarde para arrepentimientos.
Enseguida se escuchó el sonido de espadas y dagas al ser sacadas de sus vainas. Acto seguido, un bosque de amenazadoras hojas de metal se cernía hacia nosotros.
−¡Esperen! No fue mi intención molestarles.
−¡Fijaos! –masculló sir Herbert−. Ahora trata de disculparse, pero éste no se va a ir sin probar el sabor de mi acero.
Comprendí la inutilidad de tratar de infundir calma a esos borrachos, así que empujé a Peter hacia la cercana pared y desenvainé la espada lo más rápido que pude, gesto que hizo retroceder un tanto a nuestros agresores. Yo sabía que entre mis conocimientos el esgrima brillaba por su ausencia, y por ello el compromiso en que me veía envuelto no era baladí por cierto.
No obstante, el estado ebrio de mis antagonistas suponía una considerable ventaja a tener en cuenta. Podría ser que al final del todo consiguiésemos salir airosos de tan feo asunto.
El baronet fue el que en primer lugar avanzó hacia mí, con paso tambaleante y la espada a su vez desenvainada. Con su acción estimuló al tropel de borrachos. Peter se cubrió los ojos y la boca con las manos, a fin de sofocar un grito acuciador. Yo comencé a agitar la espada en amplios molinetes. Sonaron los primeros choques con el acero. El baronet, en un arrebato de furia, dirigió su espada hacia mi pecho, embestida que con gran fortuna pude desviar mediante un acertado golpe en su cazoleta. El impulso de mi contraataque ocasionó la caída de sir Herbert y dos de sus secuaces, arrastrados por él en tan brusco aterrizaje.
Aprovechando el paréntesis de confusión causado por la derrota momentánea del baronet, dirigí la vista a otro lado y vi que el caballero tuerto, cuyo nombre era James, se aproximaba a mi tembloroso compañero. Mi más inmediata intención fue acudir en su auxilio pero, como si una maldición se ensañase conmigo, tres nuevos borrachos acudieron a mi encuentro con sus espadas erguidas amenazadoramente. Sintiéndome frustrado, me arrojé a luchar contra ellos con gran derroche de coraje.
Entretanto, el tuerto intentaba quitarle la escarcela a Peter. Éste se defendía de la mejor manera posible: mediante intentos de mordisco, con débiles patadas de niño y abundante provisión de arañazos. Empero, tales esfuerzos no fueron suficientes para impedir que el tuerto aferrase finalmente con su enorme manaza la escarcela de color carmesí. Los dos tiraron de ella en sentidos opuestos, con muy diferente grado de fuerzas. Al final se escuchó el característico sonido de paño rasgado, y el grimorio de Richard Johnson y el broche de cabeza de unicornio cayeron al barro. Peter consiguió hacerse con el broche, y al momento requirió mi atención.
−¡Raúl, ahí va el broche! ¡Atrápalo, rápido!
Me lo arrojó a través del aire, y yo, en medio del fragor de la pelea, conseguí agarrarlo.
Sin embargo, Peter no pudo impedir que el libro le fuera sustraído por el tuerto, el cual se alejó de aquel hostil escenario tirando hacia el final de la callejuela.
−¡Peter! –grité mientras intentaba hacerme con el control de la espada−. ¡Aléjate de aquí!
El niño obedeció mi indicación; se fue tras los pasos del tuerto. Yo confiaba en que no se alejase demasiado y pudiera encontrarlo más tarde, si lograba salir con bien del trance en que me veía implicado.
A este respecto, me encontraba débil, jadeante, con mi espalda casi rozando el muro inmediato, acosado por esos diestros aunque borrachos espadachines, con ausentes conocimientos de esgrima. En verdad, la situación no pintaba nada bien para mí.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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domingo, 12 de marzo de 2017

La montaña de la Mujer Muerta (poema)



Hay muy cerca de Segovia una montaña que la llaman “La Mujer Muerta”

Se ha posado en su rostro
el velo de la luna,
y fulgor de astros
en sus hombros,
en sus manos recogidas
sobre la flor de su pecho.
El rubor de la aurora inflamó
la piedra que la cubre.
Son las jaras prosternadas
ante el altar de la primavera
las que abren canal
al rocío de sus cabellos.
El andante solitario
se extravió por sus sendas
un crepúsculo de fuego extinguido,
cuando su mirada se abría
al campanilleo de las primeras estrellas.
La escarcha de enero
había cubierto su sudario
de suntuosas pedrerías.
El caminante notó las durezas
del terror ascendiéndole
por el gaznate irritado.
Ella aparece tumbada
entre las nieblas
de la tarde moribunda;
su figura abarca todo
el asiento de las montañas.
¿Está muerta
o muertos están
los ojos que la contemplan?
Amanece,
y la bruma de los collados
enmascara sus facciones.
Amanece,
y quien la ama
no pudo olvidarla.

Madrid, jueves 31 de diciembre de 2015

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 5 de marzo de 2017

Lady Jane (2ª Parte - II): Una mala noticia


Mientras bajábamos por las sombrías escaleras de Poplar Gate (ya por entonces una posada, que tenía el mismo nombre que la calle donde estaba situada), pensé en el futuro inmediato, que yo ya conocía gracias a mis estudios de historia. Recordé algunas cuestiones referentes a la muerte de lady Jane; ésta debería de verificarse en un corto intervalo a partir de su coronación. Naturalmente, Peter desconocía este hecho. Al principio tuve reparos de explicárselo con la mayor delicadeza posible. No obstante, yo debía decírselo, porque de lo contrario la decepción que experimentaría en los siguientes días sería más dañina que una explicación a tiempo.
−Peter, como tú ya sabes, yo vengo del futuro y por eso tengo conocimientos del pasado. Sé lo que va a suceder de aquí a corto tiempo. Quisiera que me escuchases con tranquilidad.
−Te escucho.
−Sabes que lady Jane es la reina de Inglaterra tras la muerte de Eduardo VI.
−Sin duda es la mejor de las reinas. El rey Eduardo cayó muy enfermo, y no tardó en morir. Fue toda una sorpresa que hicieran a lady Jane su sucesora.
−Es cierto, pero esa proclamación ha acarreado envidias, intrigas, maquinaciones que han de traer graves problemas.
−¿Qué quieres decir? –preguntó Peter clavándome una punzante mirada.
«Espera, ten tacto, es sólo un niño −pensé−. No deberías decírselo. Pero ya es tarde; si no lo hago ahora, luego me cubrirá de maldiciones».
−Peter… −me detuve, sintiendo que sus ojos me abrasaban. No sé cómo pude seguir adelante. En mi vida pronuncié unas palabras con tan desmesurada suavidad y mayor derroche de dolor−: Lady Jane será condenada a muerte… y la sentencia se cumplirá en breve.
Peter se quedó al instante como una figura de cera. Luego volvió a mirarme, entreabrió sus labios de color cereza y en el borde de sus párpados comenzaron a aparecer unas lágrimas oscilantes.
−¿Qué has dicho? –preguntó con la voz alterada−. ¿Cómo puedes ser tan cruel engañándome de esta forma? ¡Di que es mentira!
−Pero, Peter…
−¡Di que es mentira!
Acto seguido se abalanzó sobre mí y me soltó algunos desesperados golpes en el pecho. Yo agarré sus manos para detenerle. Mientras tanto, se consumía en un llanto desgarrador.
−¡Amiguito, cálmate! –le insté enérgica pero delicadamente−. Yo no fui el que creó la historia. Ni siquiera había nacido cuando ocurrió la detención de lady Jane. Te juro que me gustaría disponer de un poder que me permitiera acabar con todos los malos momentos de la vida, pero no lo tengo y, por desgracia, no soy Dios. Aunque nos duela, y especialmente a ti, lady Jane morirá porque así consta en los libros de historia de mi tiempo. Es todo cuanto sé…
Al cabo de un rato, Peter logró tranquilizarse. Otro brillo en sus ojos, otra idea que posiblemente fuese genial.
−¿Sabes? Creo que nosotros podemos evitar la muerte de lady Jane. 
Empleando la lógica, urdí en mi mente un modo con el que apoyar los propósitos de Peter, y, adelantándome a sus palabras, hice la siguiente reflexión:
−Sí, la mejor manera de impedir su triste destino es avisándola con antelación. Entonces podría concebirse un plan que facilitara su fuga a Francia o España, antes de que sus enemigos cayeran sobre ella. También nos queda la alternativa de trasladarla a otro tiempo mediante el hechizo del libro. No obstante, esto último ha de reflexionarse con detenimiento.
−Algo parecido he pensado yo –dijo Peter mientras en sus labios se esbozaba una sonrisa de satisfacción−. Pero antes es necesario hablar con ella. Naturalmente, podremos contar con la ayuda de mi tío Richard Johnson.
−En tal caso, vayamos a casa de tu tío −propuse−. Entre los tres intentaremos preparar un plan de acción.
Después de haber estado tan triste por el desengaño de Constance, percibí que algo dentro de mí me impulsaba a hacer todo lo posible por evitar el ajusticiamiento de lady Jane. Parecía que mi vida contaba con una nueva motivación para seguir adelante.
Alcanzamos por fin la cantina tras bajar las escaleras, y, como era de esperar, aquélla se veía desierta; la detención de la joven reina había arrojado a la calle a un buen número de habitantes de Londres. Tan pronto hubimos salido de la posada, Peter empezó a guiarme entre el bullicio hacia la casa del alquimista.
Las calles atestadas de gente me ayudaron a introducirme en la nueva situación y contexto de aquella época. Me sentía francamente maravillado, por cuanto me estaba siendo permitido conocer cosas que antes sólo podía saber por mediación de los relatos históricos. A mi frente aparecían todo tipo de personajes pertenecientes a diversos ambientes sociales. Había desde los más andrajosos mendigos, pasando por hortelanos, tejedores, ganaderos, tejedores, trabajadores de los muelles, hasta miembros del clero y de la media y alta nobleza. Coincidía con que aquél era día de mercado en Southwark, y podía decirse que la noticia de la detención de la reina había trastornado a todos los estamentos sociales.
Podía decirse que tan trascendente noticia había trastornado todo Londres. Los pequeños comerciantes tales como vendedores de paños y telas, de pequeños animales de granja, de manzanas, espadas y otros pequeños objetos de metal, de frutas y verduras variadas, de carne (entonces considerada alimento accesible a muy pocas personas), en definitiva, todos los gremios de pequeños comerciantes, desalojaban lo más rápidamente posible sus puestos y tenderetes, temerosos de perder en medio de toda esa turba una parte no desdeñable de sus bienes.
Llevábamos un buen rato caminando, Poplar Gate había quedado muy atrás. Sin embargo, parecía que nuestro paso se asemejaba a la marcha de un millar de tortugas. Las calles aparecían congestionadas por una gran muchedumbre, siendo la causa de que a nosotros, especialmente a Peter, empezara a resultarnos sumamente irritable la disposición de las calles en ese preciso momento.
De repente, noté que Peter presionaba mi mano y ante esto aminoré el paso.
−¿Qué es lo que ocurre ahora? –pregunté.
Peter señaló discretamente a una sombría bocacalle.
−Estoy cansado de ir tan lento −dijo−. Creo que sería mejor atajar por aquí para no tardar tanto en llegar a casa de mi tío.
Era una buena ocurrencia, por lo que asentí y al momento nos apartamos de la multitud internándonos en una tétrica calleja. Las fachadas opuestas parecían tocarse unas con otras, frenando el acceso al cielo de la mañana. Imperaba un desagradable olor a cloaca. Algunas ratas se cruzaron en nuestro camino. El aspecto global era de una completa desolación. Peter me aclaró que siguiendo por ahí, quedaríamos muy cerca de la casa del alquimista; todo un consuelo en medio de tanta podredumbre.
Al doblar un recodo pudimos oír una batahola, y enseguida comprobamos de dónde provenía.

CONTINUARÁ…
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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sábado, 25 de febrero de 2017

Tarde de viernes de Carnaval en Aldea del Rey (poema)




Una tarde de viernes
de hace diecisiete febreros,
se sentó en un banco
junto al jardín de la iglesia
de Aldea del Rey
el mismo que la tinta
de esta vieja pluma derrama.

Una Biblia entre las manos,
la soledad puesta en la mente
y el amor que más allá del corazón
buscaba hacerse realidad.
El sol se prodigaba entre las hojas
perennes del aligustre y reavivaba
las santas palabras en el libro.

Música de niñas que celebraban
la venida del Carnaval.
Se acercaron al banco
y dos cosas le preguntaron:
¿Por qué lees
y por qué estás tan solo?
A ninguna les supo responder.

Preguntadle ahora
que diecisiete vueltas
dieron los almanaques…

Leo para seguir viviendo;
estoy solo para poder recordaros.



Parque de Gasset, Ciudad Real, sábado 18 de febrero de 2017

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 19 de febrero de 2017

Lady Jane (2ª Parte - I): El viaje de cuatro siglos




Recuerdo que cuando empecé a escribir la segunda parte de Lady Jane, en el invierno de 1989, me encontraba muy influido por la lectura del Ulises de James Joyce. Fue un desafío leerme ese libro, y más con los verdes años que yo entonces me gastaba. Mi profesor de Lengua sostenía que era un libro no al alcance de todas las inteligencias, denso y hasta aburrido. A mi me fascinó; gracias a ese texto descubrí que podía existir un cauce de comunicación entre la prosa y la poesía, y que la libertad podía tener las alas abiertas en el mundo literario.
Estas ideas inficionaron de alguna manera mis siguientes escritos, llegando a truncar en ocasiones el discurso narrativo de Lady Jane. 
Ahora se me presentan las opciones de darle un buen afeitado al texto o respetar el delirio creativo del joven que fui. Al final me he decidido por destacar entre cursivas lo que yo ahora, ya cargado de madurez literaria, consideraría superfluo. Pueden prescindir de su lectura o soltar una sonrisa de condescendencia ante las especulaciones románticas de un artista adolescente, que diría el mismo James Joyce.  




Una simpática sonrisa de niño. Un enardecido abrazo de gratitud.
−¡Gracias, muchas gracias, gracias te sean dadas ahora y siempre hasta el final de los tiempos!
Peter lloraba de alegría en mis brazos. ¡Qué poquito cuesta hacer feliz a un alma esperanzada! ¡Qué maravilloso placer se experimenta después de realizar una buena acción a un semejante!
En principio, el gran agradecimiento que el niño sentía hacia mí, me causó una extraña turbación. Raras veces había visto en mi vida a alguien tan satisfecho por mis servicios. Peter fue, y lo seguiría siendo en años sucesivos, el gran artífice de esa sensación de paz surgida en medio de las borrascas de mi vida interior. Aquel abrazo suyo fue como la lava de un volcán, cuyo ígneo fluido representa el combate entre la vida y la muerte, entre el amor y la aversión. ¡Oh!, cuánto daría por volver a ver al joven Peter. Él hizo que renaciesen en mí las ganas de vivir y de volver a sentir la acibarada alegría del amor. Todavía no estoy seguro de si Peter existió en realidad; tal vez fue sólo una imagen onírica, pero estoy seguro de que fue quien me condujo hacia el objeto de una gran veneración pasional y que hoy sólo son cenizas de un poderoso y melancólico amor platónico: la hermosa Jane Grey. ¡Oh!, desconocido lector, no podrías imaginarte lo buena y sencilla de corazón que ella era. Se conmovía por cualquier motivo: por las violetas que la primavera hacía brotar en las grisáceas márgenes del Támesis, por los tiernos cantos de las aves matutinas, por las voces de los niños (aunque ella todavía seguía siendo una niña), por los versos que los poetas cantaron en los comienzos del mundo civilizado. Ella era lady jane, sin más. ¿Por qué tuvo que morir? ¿Por qué me siento tan solo? Cuando la vi por primera vez, comprendí que me sería difícil encontrar mejor objeto de adoración. Quizá me esté adelantando al curso de mi relato; siempre dejé volar mis sentimientos con la pluma. Recibe mi más sincero reconocimiento, mi estimado Peter. ¡Oh, queridos seres! ¿Por qué razón la vida os llevó siempre tan lejos de mi lado? ¡Oh, desesperación!
El que Peter pensase que habíamos viajado casi cuatro siglos en el pasado dio lugar a una escena emotiva. Entonces me hice cuenta del inmenso poder de la imaginación. Peter era el claro exponente de la persona que encuentra su felicidad particular recurriendo al amparo de la fantasía para transformar la realidad en una figuración de ésta más saludable al individuo.
Cuando el alborozo de Peter cesó y pudimos tranquilizarnos lo suficiente, reparé en el broche de cabeza de unicornio. Aquella pausa de silencio constituía la ocasión adecuada para interrogar a mi joven amigo acerca del peculiar adorno que aún conservaba en mi helada mano.
−A propósito, Peter, quería habértelo preguntado antes pero con tus insistencias casi lo olvidé. –Entonces le mostré el broche−. ¿Es tuyo esto? Lo encontré hace unos momentos sobre la mesa y, a pesar de mis vagos conocimientos en joyería, he podido constatar que se trata de una pieza de gran valor.
El niño asintió a mi afirmación. Sus ojos, todavía húmedos, mostraron un destello de inteligencia. ¿Cómo era posible que brillaran de esa forma? Y eso que sus ojos no eran azules ni verdes, sino tan oscuros como una noche sin luna. Más adelante él me dijo que los ojos de lady Jane eran muy verdes; cuando los vi, no pude recuperarme de la impresión que me causaron. En mis sueños todavía hay una luz cegadora de color verde, y entonces, en esos momentos, parece como si ella guiara mi camino. ¡Oh, luz resplandeciente! Eres tú, porque verdes fueron tus ojos, tan verdes como esmeraldas en una jungla de helechos. Antigua amiga, no permitas que el brillo de tus ojos se apague en mis pensamientos.
Peter me pidió el broche y, cuando lo tuvo entre sus dedos, comenzó a acariciarlo con unción y dulzura.
−Sí, este broche –dijo ella− me lo regaló lady Jane una lluviosa mañana de primavera. Habíamos estando jugando y leyendo cuentos desde que levantó el sol. Raúl, tenías que haber visto lo hermosa que estaba cuando la brisa que subía del río refrescaba su rostro y éste se sonrojaba ligeramente.
−Me lo puedo imaginar –dije yo, y creo recordar que experimenté una peregrina sensación de gozo.
−Desde que me regaló el broche, siempre lo he llevado conmigo. Gracias por haberlo encontrado. No me hubiese perdonado el perderlo.
Mi dicha interior se duplicó. Ya no podía dudar de las palabras de Peter. Simplemente me dejé arrastrar por las ondas de su juvenil e inspirado pensamiento.
−¡Bueno! –exclamó Peter−. Creo que ha llegado el momento de volver al lado de lady Jane.
«¡Oh, pensamientos racionales y mundanos! –dije en mi interior−. No aparezcáis todavía. Dejad que me refugie en las palabras de este niño. Entonces es verdad, potencias celestiales: ella existe, la buena y hermosa lady Jane está en el mundo. Felicidad, no me abandones. ¡Qué maravillosos son estos pensamientos! Lady Jane, quiero conocerte.»
Pese a mis poéticas cavilaciones, aún me quedaba un resto de duda acerca de nuestro viaje en el tiempo, por lo que no vacilé en pedir a mi amigo una prueba fehaciente que diese feliz testimonio de nuestra transmigración.
−¡Cómo no! –me respondió él−. No tienes más que abrir la ventana y mirar.
No recuerdo si desperté de mi ensueño y volví a ser invadido por el gran escepticismo que me provocaron las primeras palabras escuchadas en boca de Peter. Lo cierto es que me acerqué a la inmediata ventana, tiré de la falleba, abrí los postigos y una fuerte brisa me golpeó el rostro.
Cuando dirigí la vista al exterior (¡Oh, cielo santo!), aquél no era el Londres que yo conocía, sino la ciudad que debió ser cuatro siglos atrás.
Peter, perdóname si dudé de ti en un principio. ¡Tenías razón! De una forma u otra, habíamos viajado al pasado. Ya no me cupo duda de que todo lo que me dijiste era cierto.
Londres era ahora un amasijo de toscas y austeras construcciones de madera, exceptuando las catedral de San Pablo, la fortaleza de la Torre, la abadía de Westminster y otras casas de la alta nobleza. Nosotros nos encontrábamos en Southwark, entonces una pobre barriada londinense. La gente vestía humildemente (la primera que vi), con jubones y rudimentarios vestidos de lana sin abatanar.
−¿Te convences ahora? –me preguntó Peter un tanto sarcástico.
Pese a la evidencia, aún me resistía a creerlo. Era algo inimaginable, por no decir imposible. En ese momento, creí volverme loco. Presa de una especie de desvarío nervioso, comencé a pasearme de arriba abajo por la estancia. En una de las esquinas había una palangana de agua con una lámina de polvo en su superficie. Sujeto a conatos de desesperación, introduje mis manos en el líquido y humedecí copiosamente mi rostro; esperaba que el agua operase en mí algún efecto favorable. Volví a acercarme a la ventana y me cercioré de que cualquier otro intento referido a despertar de esa especie de sueño sería en vano: el Londres del siglo XVI seguiría siendo el Londres del siglo XVI. Lo mejor que podía hacer era rendirme a la evidencia. ¡Mi compañero y yo habíamos viajado al pasado! Ya no cabía ninguna duda al respecto, y sería vano cualquier otro intento por demostrar lo contrario.
Al parecer, habíamos llegado en un momento crucial de la historia de Inglaterra. La gente iba gritando por las calles: “¡Han detenido a lady Jane!”. La noticia se propagaba con la rapidez de la pólvora. La historia se repetía ante mis ojos.
La muerte de Eduardo fue sentida por el pueblo londinense. Su reinado supuso un alivio tras el caprichoso reinado de su padre, Enrique VIII.
Recurriendo a mis superficiales conocimientos de la historia de Inglaterra, ya sabía que el siguiente paso sería la coronación de Jane Grey y de su consorte Guilford Dudley, quien en un principio no estaba enamorado de ella, ni ella de él. Pero al final sus vidas concluirían en medio de una bonita historia de amor.
(¡Oh, lady Jane! Como te amé entonces, pero, ¡triste de mí!, tu corazón pertenecía a Guildford. Tú le amabas locamente, e imaginé qué hubiera sido de nosotros si te hubiese conocido en otro lugar y en otro tiempo. ¡Qué maravilloso hubiese sido tenerte de compañera! Sin embargo, tú te merecías alguien mejor que yo y encontraste el amor en Guilford. Al final sólo podía pensar en quién era yo frente a tu gloriosa persona, y encontré una única respuesta: nada, nada, nada… tal era yo. ¡Oh, viejo amor de mi vida! Mil imperios conquistaría sólo por volver a verte.)
−Bueno, Raúl –dijo Peter−. Creo que ya hemos estado bastante tiempo aquí. Debemos irnos de inmediato, necesito ver a Lady Jane. La echo tanto de menos…
−De acuerdo, marchemos –dije casi tartamudeando.
Cuando ya estábamos frente a la puerta de la habitación, escuché de nuevo la voz de Peter con tono de mandato:
−¡Espera!
−¿Qué es lo que sucede? –pregunté.
−No pensarás salir afuera vestido de esa forma. Llamarías demasiado la atención.
Peter tenía razón. Casi pude imaginar qué hubiera ocurrido si la gente me hubiese visto con las prendas originarias de mi tiempo. Seguramente me hubiesen confundido con un hechicero, y entonces podría considerarme carne de hoguera.
−¿Qué hacemos entonces? –le hice otra pregunta.
Peter me llevó junto a un vetusto arcón y lo abrió. Empezó a revolver entre un amontonamiento de trastos viejos. Al final encontró lo que buscaba: un arrugado traje de algodón de color almagre, unas desgastadas polainas marrones y una capa de franela roja, en estado más o menos aceptable, que como afuera era invierno me prestaría un servicio inestimable. Completamos el atavío con un sombrero a juego con el traje y, lo que más me llamó la atención, una espada de bien templado acero toledano envuelta en una ajada vaina de cuero.
Una vez mudados mis atavíos, nos dispusimos a abandonar la estancia. Peter cogió el libro de su tío y se lo guardó en una pequeña escarcela junto con el broche de unicornio. Yo me encontraba al colmo de mis emociones. Parecía mentira pero iba a conocer por mis propios ojos una de las etapas cruciales de la historia de Inglaterra, y también era posible que conociera a lady Jane.

CONTINUARÁ…

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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