sábado, 19 de diciembre de 2015

Mensaje navideño 2015


En medio de la vida, que prosigue su imparable decurso, apunta la cercanía de una nueva oportunidad a la esperanza. Termina un año de desventura y frustraciones, en el plano personal y en la escena mundial. Miramos más allá de las miserias cotidianas, y se alza el fulgor de la sangre de las víctimas de los terribles atentados que han cubierto de lágrimas el rostro de Francia. Dicen las estadísticas que cada tres segundos muere un niño en el mundo, en África hay hambrunas y guerras continuas, cuando no genocidios, y no parece sino que nos hemos acostumbrado. Centroamérica también escribe en las páginas del terror: muertes y violencias en México, Guatemala y Colombia, el fantasma del narcotráfico, la droga manchada de sangre que es consumida en Estados Unidos y Europa... Éste es el mundo, ésta es la tierra en la que Jesús volverá a nacer.

Hace tiempo que claudiqué de mis ideas, que dejé de apreciar lo divino en todo lo que nos rodea, que sentí que mis pensamientos me alejaban día a día de los grandes ideales que esbocé en mi juventud. Tal vez me enfrento a lo que se conoce como la muerte en vida.

Creer en Dios sin esperar nada de Él, sentirse como la hoja segregada del árbol del paraíso. Sólo hay una vida y el gris de los años que vienen ya han cubierto de ceniza mi alma.

Pero Navidad está en la siguiente esquina del almanaque. Un niño nació sin cobijo en medio de la noche, cuando ya existían los palacios y los humildes oprimidos por los poderosos. Una razón de peso para que los pastores abandonaran el abrigo de sus apriscos y majadas y acudieran a adorar la luz que aniquila las tinieblas. Una historia tantas veces adornada pero tal vez tan triste como venir a la vida sin recursos. Ese niño creció y vivió, y tuvo tiempo de brindarnos una gran lección que hoy más que nunca es necesario traer a la memoria.

Hay cosas que dan lugar al llanto, pero hay otras que merecen celebrarse. Navidad es el momento de esto último. Celebremos que aún existen los cielos, pese a la creciente polución; celebremos que tuvimos una madre que nos trajo al mundo; celebremos la unión de las familias, porque el sentimiento familiar, si se hiciera extensivo a todo el género humano, aplacaría tanta violencia como nos rodea.

Y ahora, hablaré de ti, jardinero de las nubes. No olvides la frase que ha presidido nuestros silenciosos diálogos desde hace más de un cuarto de siglo: "Aunque tú dejaras de creer en mí, yo no dejaría de creer en ti". Estaré contigo aunque no me veas y no esperes nada de mí. Yo te enseñé mis cosas, y, aunque no las aprovecharas, no dejaré que se borre el camino que nos llevará al encuentro del uno con el otro. Otra vez las brumas del exilio, la vida hecha un rompecabezas, la felicidad como excusa para mantener la melancolía. No me verás, pero estaré contigo; oirás mi voz y seguirás moviendo los pies. Te enseñaré, en el último rescoldo de la tarde, que existen caminos alejados de las calzadas concurridas y que permiten coronar las metas de la esperanza.

Feliz Navidad a todos los que tienen la paciencia de acudir a este blog. Que Dios les bendiga. Un año más, Dios nacerá en medio del frío y el desamparo.


Madrid, domingo 13 de diciembre de 2015
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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lunes, 7 de diciembre de 2015

Cuentos urbanos: El lado pornográfico de la vida (XIX) - Las peripecias que pasó Jem para encontrar a Rebeca


Pido perdón por la extensión del capítulo, pero quiero dejar cerrada esta parte de la historia.

¿Cómo fueron previamente las cosas para Jem? Su corazón no llegó a apaciguarse, ninguna noche pudo descansar en un mismo sueño. Haber perdido al amor de su vida y ahora a su hija. No podía asimilarlo, pese a tener una afincada costumbre de soledad. Melody estaba en una casa de acogida allí mismo, junto a la costa de San Juan Capistrano. La casa se veía desde el mar, y muchas veces Jem embarcaba para situarse en una adecuada perspectiva que le permitiera atisbar aquélla con ayuda de unos prismáticos. Y desde allí podía observar a Melody jugando en la playa con otros niños y tratándose con otras personas, entre las cuales destacaba Arthur Seygfried, el párroco. Entonces el mar se volvía sumidero de penas para el padre despechado, para el amante frustrado, para el hombre que gastó su vida en soledad. No podría aguantar mucho de esa forma, así lo presentía con más vehemencia conforme pasaban los días.
El nombre de Rebeca venía investido de un fugaz carácter de esperanza en los momentos en que contemplaba las constelaciones de una estación que acudía al encuentro de otra. Si Rebeca hubiera permanecido a su lado, a pesar de todos los inconvenientes a que se enfrentaban, estaba convencido de que Melody hubiera seguido con ellos y hubiera crecido feliz, alejada de los efectos de la melancolía que traía aparejada la soledad de su padre. Rebeca era símbolo de esperanza y redención, así lo sentía Jem con más poder cada día que pasaba. Rebeca era la personificación de todo lo bello y amable de la vida. Jem debía encontrarla, a menos que prefiriera enfrentarse a la lobreguez de sus días. Mirando desde el mar a la casa de acogida donde Melody había iniciado un nuevo caminar, se afianzó en esta certeza. Ahora que ya no tenía otras responsabilidades que atender, había llegado la hora de retomar con ahínco la búsqueda de Rebeca. Decidió, en consecuencia, procurarse los servicios de un detective privado que abordara las líneas de investigación que él, Jem, se veía incapaz de llevar a cabo por cuenta propia debido a su desconocimiento de cómo funcionaba el mundo apartado de las aguas del océano.
En la lonja del puerto se enteró de la dirección de un detective privado que acababa de jubilarse y que respondía al nombre de Carson Stevens. Se había ido a vivir a una pequeña villa situada en la isla de Santa Catalina, donde empleaba las horas dando largos paseos por el litoral y cuidando de las plantas de su pequeño jardín.
Jem decidió jugarse el todo por el todo. Una madrugada de tiempo sereno enfiló la proa de su barca rumbo a Santa Catalina, que distaba pocas millas de San Juan Capistrano. Era la culminación de la mañana cuando, tras haber atracado en una tranquila cala, dio con la villa del detective.
Carson Stevens se encontraba casualmente en el jardín, trasplantando esquejes de rosal de Alejandría. Se trataba de un hombre obeso, de rostro grasiento y ojos azules, redondos como canicas. Se protegía del sol y de su calvicie con un ajado sombrero de paja. Tenía la blusa marcada por enormes cercos de sudor. Tan enfrascado estaba en su labor, que no pudo por menos de arrugar el ceño en cuanto vio a Jem traspasar la cancela del jardín.
Jem no se anduvo por las ramas. Con tono suplicante requirió los servicios del detective, quien en un primer momento se mostró severo e inflexible. Pero en cuanto abrió los oídos a las explicaciones del desdichado pescador, abatió la frente y se quedó unos instantes pensativo… Acababa de jubilarse, como quien dice, aún no había tenido tiempo de degustar plenamente las mieles del descanso, pero no cabía duda de que el hombre que tenía al lado sufría, y, en principio, la búsqueda de una mujer, que para más señas había sido actriz porno, no se le antojaba complicada. No era porque la historia del pescador le conmoviera especialmente, sino porque se trataba de un caso de sumo interés, que era distinto a otros que había abordado a lo largo de su larga carrera como detective.
Con la promesa de ir a visitarle a su galpón de San Juan Capistrano, Carson Stevens se despidió de Jem y siguió enfrascado en sus tareas de jardinería. Jem se fue con una esperanza peregrina palpitándole en su interior. Al fin y al cabo las cosas podrían mejorar y no ponerse peor de lo que estaban.
La esperada visita no tardó en verificarse. Al cabo de cuatro días, el detective se presentó en el galpón de Jem, justo cuando éste acababa de regresar de una nueva jornada en el mar. Le traía noticias alentadoras. No le había hecho falta salir de Santa Catalina (por lo que sus honorarios no serían muy elevados) para averiguar que Rebeca Evigan era efectivamente Solange Reyes, y sin duda se podrían obtener noticias de ella por medio de Jimmy Staunton, el realizador que había dirigido todas las cintas porno en que ella había intervenido; éste tenía los estudios en una casa de West Covina, localidad no muy distante de Los Ángeles.
Jem se mostró un poco alicaído. No se creía que ella hubiera regresado al mundo porno, pero esta noticia era mejor que nada. Carson Stevens le ofreció ir a Los Ángeles para hacer una investigación más exhaustiva; reconocía que desde que se había retirado, le daba pereza andar de acá para allá, y por eso, en la presente ocasión, sólo se había limitado a contrastar algunos datos a través de Internet; no obstante, si este indicio no le parecía a Jem lo suficientemente satisfactorio, estaba dispuesto a afinar aún más en sus pesquisas. Jem se lo agradeció, pero le dijo que con esta información ya tenía bastante. Algo le decía que, tirando del hilo del realizador porno, conseguiría dar con el paradero de Rebeca.
Tras cobrar sus honorarios, el detective se marchó, conmovido por la mirada que apreció en los ojos del pescador, en la cual ahora se aunaban la tristeza y la esperanza.
Antes de tomar una decisión definitiva, Jem aparejó su barca y se dirigió al sitio desde el cual podía avistar desde la lejanía el jardín de la casa de acogida en la que ahora su hija habitaba. Melody desdibujándose como una imprecisa silueta en el horizonte costero. Una niña preciosa que tenía una madre y un padre. Y merecía disfrutar de la presencia de los dos. Jem ya no vaciló. Partiría de inmediato en busca de Rebeca. Le haría entender que no podían estar separados por causa de las habladurías; era mejor resistir las acechanzas de los meapilas de San Juan Capistrano que sufrir la ausencia de las personas amadas. Puso en funcionamiento el motor de la barca, ansioso de emprender un nuevo rumbo.
Esa misma tarde tomó un autobús, y a primeras horas de la madrugada sus ojos apreciaron el soberbio skyline de Los Ángeles. En la terminal se enteró de un autobús que partía con destino a West Covina, pero eso no sería hasta la hora del alba. Se dispuso, pues, a descabezar un sueño en uno de los bancos que allí había. No llevaba de equipaje más que su tosco macuto de pescador, y, apoyando en éste la cabeza, cayó en un reparador duermevela. En alguno de los sueños que debió tener, se le apareció la figura de Rebeca, tan adorada, y se afianzó en el propósito de remover cielo y tierra hasta dar con ella.
A mitad de la siguiente mañana, el nuevo autobús le dejaba en las calles de West Covina. Llevaba escrita en el papel que le había facilitado el detective la dirección del realizador de películas porno. Se trataba de una casa que, a no dudar, en el transcurso de las noches ofrecería el aspecto de una mansión terrorífica, aunque a escala reducida. Resultaba llamativo ver las persianas bajadas y clausurados los tragaluces de lo que debía de ser la buhardilla; quizá se debiera a que aún la mañana no estuviera avanzada. Jem comprendía que su visita a Jimmy Staunton tal vez no se desarrollase por cauces de cortesía, pero sus deseos de dar con Rebeca eran verdaderamente imperiosos. Buscó la puerta principal, y llamó al timbre.
Acudió a abrirle una mujer de ascendencia mexicana, que tenía toda la pinta de una empleada doméstica. Jem preguntó por Jimmy Staunton, y a su vez la mujer le preguntó para qué quería ver a su jefe; Jem le respondió que se trataba de una cuestión de vida o muerte y que le urgía ver al dueño de la casa sin la menor demora. La mujer respondió que su jefe estaba en mitad de un rodaje y que era forzoso esperar a que acabara. Jem comenzó a amoscarse, estaba muy cansado del largo viaje que había hecho y no estaba dispuesto a esperar o a marcharse sin una respuesta.
Por los sonidos, le resultó fácil averiguar dónde se encontraba la zona de rodaje, y hacia allá se encaminó, haciendo caso omiso de las elocuentes advertencias de la empleada doméstica.
Al abrir una puerta se dio de manos a boca con una ardorosa escena lésbica, en las que dos tentadoras actrices de color se estaban comiendo mutuamente el chichi. Allí sólo había un hombre grabándolas con una cámara de Super8, por lo que Jem infirió que se debía tratar sin duda de Jimmy Staunton. Éste se volvió hacia el intruso con un gesto de rabia, que se mudó en estupor en cuanto Jem le preguntó dónde se encontraba Rebeca, por otro nombre Solange Reyes. Las dos actrices dejaron de comerse el chichi, y en un principio pensaron que la presencia del intruso obedecía a una modificación de última hora del guión, pero al ver lo nervioso que se había puesto Jimmy empezaron a temer que aquél fuese un psicópata. Jimmy dijo no saber nada de Solange, pero al mirarle a los ojos, Jem comprendió que estaba mintiendo.
El cansancio y la desesperación hicieron mella en su, por lo habitual, reposado temperamento. No se veía con ánimo de suplicar a ese mindundi de voz afeminada; tampoco su oratoria podía ofrecerle argumentos convincentes que poder esgrimir en esta ocasión. La sangre se le agolpó, pues, en el rostro, y, apelando a sus ejercitadas fuerzas de marino, agarró de las solapas de su chupa de cuero a Jimmy Staunton, quien enseguida se apercibió de la desventaja en que se encontraba ante una hipotética pelea. Jem lo arrinconó contra la inmediata pared, mientras las actrices salían despavoridas de la habitación. La empleada doméstica, por su parte, hizo ademán de coger el teléfono para llamar a la policía, pero se contuvo de hacerlo a cuenta de la mirada fulminante que Jem le dirigió.
Acto seguido, Jem repitió a Jimmy la pregunta que le había hecho, advirtiéndole que como le dijera un embuste volvería en su busca para hacérselas pagar muy caras. Jimmy tragó saliva y desembuchó todo lo que sabía, motivo por el cual Jem le liberó las solapas. Precisamente esa misma mañana Solange tenía que ir a un hotel de Los Ángeles para hacerle una mamada a un político corrupto que él, Jimmy, conocía y con el que estaba en deuda. Jem, al percatarse de que aquél había extorsionado a Rebeca, no pudo reprimir asestarle un puñetazo en la boca del estómago. Luego puso pies en polvorosa.
Le había sonsacado a Jimmy la dirección del hotel y el número de la habitación a la que Rebeca debía presentarse. El tiempo no le venía sobrado si quería evitar que la mujer de su vida se viera envuelta en una desagradable situación.
Se gastó un buen puñado de dólares en la carrera de un taxi que lo dejó junto a la misma marquesina del hotel. Hizo caso omiso del recepcionista, quien, en vista de que un intruso se colaba en uno de los ascensores, avisó inmediatamente al personal de seguridad. Jem subió las doce plantas con el corazón en un puño, mayormente por la emoción de reencontrarse con Rebeca después de tanto tiempo. Llegó a la habitación en cuestión, oyó los gritos de aquélla y fue cuando comprobó lo acertado de la intuición que lo había conducido allí.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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domingo, 29 de noviembre de 2015

Mitad de la vida (poema)


Mitad de la vida,
proclaman las alamedas
que envejecieron,
pero el cielo
que ahora contemplamos
se volvió más
colorido.

Pérdida de fe,
pérdida de esperanza,
ausencia de amor,
los charcos de la lluvia
a deshoras anegaron
la vida imaginada.

Sólo permanece
el sol del domingo
y las hojas caídas
ocultando de la hierba
su pálpito de vida.

Los pasos caminan
más lentos,
las lágrimas se coagulan
donde debió reinar
la alegría.

Estamos solitarios
tú y yo, fiel amigo,
en el parque cenital.
Debemos buscar dónde
cayeron los fragmentos
de esperanza,
avivar las llamas
del amor extinguido,
armarnos con el poder
de la fe.

El cielo ha mejorado,
no vemos la luna
con igual claridad,
nuestros ojos cansados,
pero su luz
aún nos inunda.

Mitad de la vida,
eso dicen.


Parque de Gasset, Ciudad Real, domingo 29 de noviembre de 2015

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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sábado, 21 de noviembre de 2015

Cuentos urbanos: El lado pornográfico de la vida (XVIII) - Salvada


Un sonido como el estampido de un trueno. La puerta de la habitación se abrió con la presteza de un relámpago. Las manos del criminal dejaron de presionar. Giró la cabeza y, antes de que pudiese entrar en pormenores de la nueva situación, su mandíbula encajó un fuerte puñetazo que lo dejó noqueado y caído al pie de la cama.
Ella se vio libre, una rojez encendida cercándole el cuello. Otros brazos acudieron a asistirla, con una intención muy diferente a los anteriores. Ella abrió los ojos, experimentando en mayor grado los efectos del alivio. Unos brazos fornidos de hombre de mar.
–Rebeca, por fin te encuentro.
En la habitación acababa de hacer su entrada el personal de seguridad del hotel. Enseguida, tras entrar en antecedentes, colocaron las esposas al agresor de ella, que aún rumiaba su semiinconsciencia al pie de la cama.
–Rebeca, amor mío, ¿dónde has estado todo este tiempo?
Ella levantó desmayadamente los brazos. Necesitaba asirse a esa fortaleza varonil, convencerse de que el miedo era una sombra que había desaparecido ante una súbita irrupción luminosa.
–Jeremías, llévame lejos de aquí.
Y Jeremías (Jem en momentos más sosegados) la tomó con la fuerza de sus brazos y su pecho hercúleos. No era hombre de sonrisa fácil, pero esta vez la conformación de sus dientes delató el contento que bullía en su interior.
Mientras salían de la habitación, él transportando a ella, ella empezó a caer en un dulce sosiego.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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sábado, 7 de noviembre de 2015

Cuentos urbanos: El lado pornográfico de la vida (XVII) - Violencia de género


Me veo en la obligación de advertir que no es una lectura apropiada para menores de 18 años.

La paz lo requería; no tenía ánimos para emprender una lucha sin cuartel contra una de las personas más corruptas que había tenido la desgracia de conocer. Acostarse con un cerdo para asegurarse la tranquilidad; si bien triste, no se perfilaba mal negocio. Sin embargo, no tenía garantía de que Jimmy, tras este trabajito, la fuera a dejar en paz definitivamente. Quería aferrarse a la vaga esperanza de que esto pudiera realizarse, permitiéndole seguir con la vida descafeinada, aunque tranquila, que había llevado hasta hacía muy poco.
Se encontraba en la suite de un lujoso hotel, enclavado en las alturas de uno de esos edificios acristalados de Los Ángeles. Las cortinas estaban corridas, del techo partía una luz crepuscular, similar a la que prestaría un candelero. A su frente se situaba una interminable cama de colchón de agua, encima de la cual estaba tendido un hombre obeso, peludo y escamoso, un adefesio que sólo tenía valor por el dinero que decía poseer. Se estaba acariciando el pene, fláccido, diminuto y sepultado por espesa pelambre, teniendo a la vista la desnudez de ella. La idea era pajearse hasta casi soltar su birrioso chorrito de lefa, momento que aprovecharía para tener el coito en el chocho de ella. Ella había de estar atenta a cuando le avisara, tenderse en la cama entonces y tratar de encajar su vulva en semejante micropene, tristemente erecto por efectos del masaje que le estaba administrando ese fulano, cuyo nombre no le era conocido a ella; Jimmy tan sólo le había dicho que era un político muy influyente que deseaba conservar su anonimato a todo trance. Un cerdo cuyas perversiones habían de ser satisfechas en las sombras y como si de una transacción comercial se tratara.
Mientras llegaba el momento temido, ella orientaba su memoria a otros tiempos más felices, aunque no por tal motivo menos duros. Un amor y el fruto de ese amor. Muchas noches en vela y con desasosiego por haber perdido lo que jamás hubiera imaginado perder, aunque la obligación moral se lo impusiese. Sus ojos estaban secos, y no habría que pensar en el recurso de las lágrimas para que su amargura fuera parcialmente aliviada.
–Acércate, que te quiero sobar.
Ella arrugó los labios como si le hubiera penetrado una corriente eléctrica. Muy en contra de su voluntad, debía obedecer, so pena de que su vida se transformase en un infierno a partir de ese momento. Accionó los pies de un modo maquinal y desganado, y, guardándose las lágrimas, se encaminó a la cama. Su olfato fue asaltado por un vapor fétido de cigarro habano fumado un rato antes. Sus rodillas tocaron el colchón de agua. El hombre seguía manipulando frenéticamente su miembro, como si le diera a la palanca de una bomba de agua; los pliegues de grasa de su barriga marcaban una danza gelatinosa. Pelos en el pecho, en los hombros y en las espaldas, verrugas en el rostro, repugnantes hebras canosas asomándole por los agujeros de la nariz y las orejas. Ella se vio forzada a cerrar los ojos para sofocar una arcada precursora de vómito. ¿Cómo podía sentirse tan desgraciada?
–Acércate más, zorrita.
Con un dolor que no es para descrito, se deslizó sobre sus rodillas hacia esa mole de sebosa humanidad. Y fue entonces como si un escorpión le estuviera hurgando en las entrañas. Los dedos de la mano libre del hombre se habían colado por el orificio de su vagina, tanteando el suave vello y tratando de detectar alguna  humedad estimulante; pero, a este respecto, imperaba una sequedad tan acusada como el mismo desprecio que ella tributaba a esa perversión hecha hombre.
–¡Serás puta!
Sintió el filo de unas uñas de alimaña rozándole el higo, y se estremeció con un horror que le fue imposible contener. Acto seguido el hombre sacó los dedos, escupió sobre su mano y extendió la saliva por toda la vagina.
–¡Puta, qué poco lubricada estás!
Luego, con la rapidez de una centella, mandó la mano a las tetas de ella, le pellizcó los pezones sin delicadeza, con toda la rabia contenida en su impotente cuerpo. Ella pugnaba por sobreponerse al espanto, intentando alejar su mente de la hediondez que se respiraba en esa suite. Cerró a este fin los ojos, pero el tacto y el olfato le renovaban la miseria de la situación que estaba viviendo. ¿Para esto merecía la pena haber venido al mundo?
Sintió un dolor cruento que se propagó por sus genitales; una uña de ese indeseable le había arañado el higo. Al muy hijo de puta no le importaba el dolor de su víctima, pues así era como ella se consideraba a esas alturas. Gimió y abrió los ojos en un mismo acto. El pene de ese cerdo, tras el frenético masaje, empezaba a segregar un repugnante hilillo de espuma, a todas luces insuficiente para lubricar el coño de su víctima. Ella se aferraba a la esperanza de que no sería posible que ese degenerado la acabara penetrando. Pero tal vez esto provocase en él un arranque de frustración que podría llevarle a golpearla; tal era, por lo general, la pauta de comportamiento seguida por los impotentes que compraban los servicios de prostitutas, agrediéndolas y culpándolas de sus incapacidades para quedarse empalmados.
–Me está haciendo daño –se atrevió a sugerir ella, en vista de que la uña seguía causándole dolor.
–Te callas, puta.
–Pero es que duele mucho.
–Y más te va a doler si no cierras el pico.
En las sienes de ella brotaron dos regueros de un sudor tan gélido como el mismo pánico. El hilillo de mucus de la polla de ese miserable apenas si había engrosado de tamaño; ya casi era una certeza la imposibilidad de que la erección pudiera llevarse a cabo. El hombre soltó un alarido de hiena, y dejó de darle al nabo.
–Chúpamela –dijo con una voz de dientes torcidos.
El sudor alcanzó el cuello de ella.
–¿Qué dice?
–Que me la chupes, pedazo de zorra.
–Eso no era lo que habíamos acordado.
–Yo no he acordado nada contigo.
El sudor se unió a un caudal de lágrimas de rabia y asco.
–¿Por qué lloras? Se te está corriendo el puto rímel.
Era cierto. El rímel humedecido dejaba en sus mejillas sendos surcos de suciedad. La humillación de tener que chuparle la polla a ese cerdo peludo era tan rotunda, que provocó que su cuerpo fuera asediado por temblores inoportunos. ¿Y si arrancara a soltar alaridos? Estaban en la suite de uno de los hoteles más prestigiosos de Los Ángeles, seguro que la oirían y vendrían los de seguridad a ver qué pasaba. Pero, en el entretanto, ¿no sería demasiado tarde para ella? Ese cerdo tenía las suficientes energías para estrangularla en un arrebato de desesperación. ¿Qué hacer, Dios mío?
–¡Ya está bien! –exclamó el energúmeno–. ¡Me la vas a chupar, pedazo de puta!
La agarró de la nuca y, tirando de sus cabellos, la atrajo hasta su entrepierna. El pene como un globito desinflado, la birriosa espumilla del mucus. El asco, el miedo, el horror, el espanto.
–¡Socorro!
El grito prorrumpido por ella, de tan agudo, atravesó como una puñalada sus cuerdas vocales. El seboso cuerpo del hombre se agitó en un remedo de ausente flexibilidad; la saliva brotó de su boca, en mayor cantidad que el mucus que su polla segregó tras una eternidad de manipulaciones. Soltó, como acto reflejo, los cabellos de ella. ¡El grito! Su reputación en entredicho.
–¡Cállate, zorra!
Ella volvió a gritar sin dudarlo, ya sin temores, al saberse libre de la mano que la aprisionaba. Ahora estaba dispuesta a pelear, que se fueran al diablo su tienda y la tranquilidad de su existencia. Nadie volvería a humillarla a cambio de algo. Tornó a gritar por tercera vez. Se encontraban en un hotel, pronto la pesadilla acabaría.
–¡Te voy a matar, puta!
Ella, apelando a todo su aplomo y agilidad, se había situado fuera de la cama. El sudor frío que antes la asediara, se reunió con un sudor caliente, de furia desatada. Apretó los dientes, y, por un momento, sintió escrúpulos de salir desnuda al pasillo; pero ahí radicaba su salvación.
Nunca tuvo alcance su imaginación para poder comprender lo que ocurrió acto seguido. El hombre se incorporó de la cama como lo haría un muñeco relleno de balines, y, en menos de lo que dura un suspiro, arrinconó a su víctima contra la inmediata pared. Ella, aún tomada por la rabia, flexionó sus rodillas con la pretensión de acertar con cualquiera de las dos en el escroto aborrecido. Pero el hombre la envolvió en un abrazo de oso (aunque sin asomo de cariño), inmovilizándola en consecuencia.
–Me has arruinado la vida –murmuró–, pero yo te voy a quitar la tuya.
Ella sintió que empezaban a nublársele los pensamientos. Estaba necesitada de auxilio, y sólo pudo hacer una única rememoración, no acerca de la protección que pudiera brindarle la policía, sino acerca de algo francamente inesperado… Unos brazos de la robustez del acero, acostumbrados a tensar redes de pesca y aparejos de los barcos. Un pecho ancho y fornido como una barrera de acantilados trazada a pico.
Empezaba a sentir los síntomas fatales de la asfixia. La rememoración había impedido que pudiera emprender alguna acción en su defensa. Un hombre del mar, lo único que podía invocar en ese instante aciago. Cerró voluntariamente los ojos. La garganta le dolía a rabiar. Había llegado el momento en que ya todo daba lo mismo.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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sábado, 31 de octubre de 2015

El triunfo del fracaso



Dicen las voces autárquicas
que la muerte en vida
es el fracaso que te acompaña.

Pero no han podido saber
el lugar donde el viento
se ha parado
y cómo el párpado caído
inicia un nuevo movimiento.

Te buscan sabiendo lo poco
que van a encontrar,
y acaso intuyendo
lo que queda precintado
tras la pared del silencio.

Se ha abierto un día
en que el cielo es sombreado
de tonos pastel
por el pincel de las nubes.

Ellos ven lluvia turbia
donde la luz se derrama,
abandonando su nacimiento,
sedienta de viejas aguadas de recuerdo.

Tu vida sirve de mofa,
tus pensamientos son apartados
en las cunetas.

Pero ellos no reconocen
el abril punzante que estremece
tus florestas despobladas.
Ranúnculos se yerguen
en la soledad, sonrisas
de cauces fértiles y aristas irisadas.

Te niegan el calor y la felicidad
porque ignoran que tu principado
floreció en la niebla.

 Avenida de Abrantes, Madrid, jueves 29 de octubre de 2015

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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viernes, 16 de octubre de 2015

Cuentos urbanos: El lado pornográfico de la vida (XVI) - Chantaje


Ella se dio por fin la vuelta. Un rictus de severidad deformaba el bello perfil de sus labios.
–¿Qué deseas?
–Te he visto mientras cruzaba la plaza. Estabas embobada mirando a esas niñas de Comunión. Me he dicho que ese cuerpo espectacular sólo podía pertenecer a Solange Reyes.
–¿Qué quieres de mí? –se impacientó ella.
–De momento saludarte.
–¿No vas a comprar nada?
–No tenía intención.
–Entonces márchate, por favor.
–¿Qué forma es esa de tratar a un viejo amigo? Tal vez me debas algo.
–¡Yo a ti no te debo nada! –exclamó ella, perdiendo los estribos.
–Bueno, dejemos a un lado las cortesías. Por tu culpa se me chafó un rodaje. Un día de trabajo a la mierda. Bastante dinero.
–Vete, por favor –intentó con tono suplicante–. Yo no tengo nada que puedas desear.
–Ni tú misma te crees lo que estás diciendo –dijo Jimmy, pasándose la lengua por los labios.
Ella maldecía el hecho de que no entrasen más clientes en la tienda, para así poder cortar el incómodo diálogo que estaba manteniendo con el hombre que tenía delante. Pero no, la fatalidad se había vuelto a confabular en su contra. Estaba viendo que no le iba a quedar más recurso que llamar a la policía. Así se lo hizo saber a Jimmy.
–Perfecto –repuso éste–, yo haré también una llamada a mi picapleitos. No será difícil plantearte una querella por incumplimiento de contrato. Créeme que no te conviene fastidiarme en estos momentos.
–Yo no he dicho que yo sea Solange Reyes.
–Es lo mismo. Tú lo sabes tan bien como yo.
–De todas formas, ¿por qué no denunciaste antes? A buen seguro habrá prescrito lo que reclamas.
–¡Vaya, tienes arrestos de jurista! ¿No sabes que estamos en Los Ángeles y aquí te conocen? Piensa que media ciudad se habrá pajeado viendo cómo te follan. ¿Te conviene que se monte un escándalo? ¡Rebeca!
Ella retrocedió unos pasos del mostrador para refugiarse en un rincón habitualmente sombrío; no quería que se trasuntara la intensa palidez que a buen seguro se estaría extendiendo por sus mejillas. Jimmy soltó una carcajada de conejo, sabiendo que en sus manos tenía la baza vencedora. 
–¿Por qué no me dejas en paz? –dijo ella por último, con el pálpito de una súplica en su tono de voz.
Jimmy reafirmó su sonrisa, que ahora mostraba la repulsiva presunción del vencedor malvado.
–Te lo vuelvo a recordar: no estuvo bien que me dejaras con el rodaje en marcha. Pero, para tu descargo, no me costó encontrarte sustituta. Mireia Montalbán, ¿la conoces? Hoy es la estrella más fulgurante del firmamento porno, así dicen los poetas.
–Con más razón para que me dejes en paz.
–Detente ahí. Me hiciste perder la pasta de ese día. Me tienes que compensar de algún modo, si no quieres que te monte el escándalo.
–¿Qué quieres a cambio de no hacerlo? –preguntó ella con turbio presentimiento.
–Pues follar contigo un par de veces. Con eso daría por saldada nuestra deuda.
–Pero tú eres gay.
–Y lo sigo siendo. Mira cómo me conoces. No es para mí el encargo. Tengo una deuda con un tipejo que seguro me la condonaría si le procurase una mamada con la sensual Solange Reyes.
–Es repugnante lo que me propones –dijo ella, arrugando los labios en una mueca de asco–. Ni en sueños te creas que voy a follar con quien yo no quiera.
Jimmy tuvo que hacer esfuerzos para conservar su sonrisa de conejo.
–Te has vuelto muy escrupulosa con los años. Antes no le hacías ascos a nada. Si tú quisieras, yo podría volver a relanzarte. Aún te conservas maciza. Tal vez tuvieras que perder algo de peso. Espera… Las llenitas también tienen su morbo.
–Ni yo estoy llenita, ni quiero tratos contigo o con tu mundo.
Las comisuras de los labios de Jimmy se abatieron al unísono, en tanto que un frío relámpago de rencor se posaba en sus pupilas. Asentó sus pulgares sobre el mostrador e inició una serie rítmica de golpecitos. El sarcasmo se había atenuado en las inflexiones de su voz.
–Sólo en atención a los viejos tiempos te voy a conceder una semana para que lo pienses. Ya sabes: o accedes a lo que te pido o te van a surgir muchos problemas. Queda con Dios, hermana Solange.
La lengua se le quedó trabada a Rebeca, el horror y el asco que Jimmy le inspiraban no eran para menos. Sólo pudo soltar el aire envasado en sus pulmones al ver que aquél se esfumaba entre los tenderetes de la Placita Olvera. En ese momento, tras abrirse las portaladas de la iglesia católica, se iniciaba hacia la plaza el despliegue de las niñas que acababan de hacer la Primera Comunión. Sus blancos vestidos fulguraban de pureza, robando protagonismo a las palomas posadas en los aleros y ramas de la plaza. El sol estaba en su apogeo, aportando calor y viveza de colores a ese lugar tan frecuentado por latinos y gentes de costumbres bohemias; el rótulo de “Rebeca’s” destelló con una intensidad que se diría celestial. La dueña de la tienda se sentó en el travesaño de la entrada, contemplando el desfile de niñas, rememorando apartados recuerdos, lamentando acaso lo que quedara por venir.
Esa mañana no entraron más clientes en la tienda, disuadidos al ver a la dueña ocupando con sus piernas todo el travesaño. Sin duda, de poder materializarse la desdicha de su monólogo interno, hubiera tenido el poder de tender negros nubarrones en la esplendente primavera de California.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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sábado, 10 de octubre de 2015

En once años (poema)



Entre septiembre y octubre de 2004, alejado de mi familia por motivos de trabajo, pasé unas tardes doradas de soledad en el romántico entorno de los jardines de Sabatini, colindantes con el Palacio Real de Madrid. Entonces era aún joven y no se había demolido el templo de mis esperanzas. He tenido ocasión de volver al lugar en parecidas circunstancias, si bien más cargado de años y aligerado de esperanzas. La luz dorada de la tarde de septiembre empujó mi pluma al esbozo de estos versos sacados de las antesalas del silencio de la soledad. Cuando en lontananza se columbra el final de la vida, la soledad se convierte en una sorda dolencia. Creer en la poesía, en la fuerza de la palabra escrita, para seguir alimentando la creencia en Dios, y no olvidar que pese a la certeza del crepúsculo de la tarde, alguna vez existieron los encendidos colores de la aurora. 

En once años
pudieron haberse borrado
las sombras solitarias.
Tal vez los pájaros enmudecieran,
pero habría estrellas de ovación
sembrando los caminos recorridos.

En once años
las fuentes serían tan claras
como lo fueron en los albores.
Mar de Madrid, islas de nubes.

En once años
las arenas se habrán
desplazado, rechazando la memoria
de las huellas que dejé.
La esperanza era entonces
rama de almendro cubierta
de brotes inflamados.
El otoño ha vuelto a llegar,
y si queda algo será
el alivio del que escaló precipicios
y no pudo alcanzar la cima.

En once años
los jardines de Sabatini,
reposo y melancolía de Madrid,
han mudado de septiembre.

En once años se secó
todo lo que fue derramado.

Jardines de Sabatini, Madrid, jueves 10 de septiembre de 2015
Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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viernes, 2 de octubre de 2015

Cuentos urbanos: El lado pornográfico de la vida (XV) - La Placita Olvera


El sol acostumbraba azotar de lo lindo la Placita Olvera, punto de reunión de los latinos que vivían en Los Ángeles. Dos iglesias muy coquetas y cercanas la una de la otra (la metodista y la católica), el Museo Italiano de Los Ángeles, flores en todas las ventanas y balcones, los árboles relucientes de hojas nuevas, un templete de música, tinglados con alegres mercaderías…, de todo esto partía la animación y colorido de que hacía gala la Placita Olvera. Músicas latinas se liberaban desde las cafeterías del entorno. Sonrisas de dientes como perlas, pieles cobrizas, alegre juventud y respetable madurez. El cielo de un azul granulado, tan plagado de esperanzas como los que emigraron de sus países en busca de una vida mejor.
Bajo una arcada de la Placita Olvera, en un rincón en sombra perenne, casi paredaña con la iglesia metodista, lucía su escaparate una acogedora tienda de recuerdos. Los turistas podían hacerse allí con una apreciable variedad de objetos que invocaban las bellezas del mundo latino. Pañuelos estampados, emulando banderas de los países de habla hispana, abanicos de época, bolígrafos, pisapapeles de alabastro, figuras de madera, cuencos de cristal de roca, guías de Los Ángeles traducidas al castellano y un sinfín de cosas tan superfluas como encantadoras. También se vendía agua y diversas bebidas refrescantes. 
“Rebeca’s”, ostentaba en jovial y floreada caligrafía la muestra del local. El hecho de encontrarse la tienda en un rincón de la plaza que tenía asegurada la sombra, hacía que el sitio fuera especialmente concurrido al poder considerarse una especie de oasis resguardado del calor que fustigaba la zona la mayor parte del día. Y no sólo era éste el principal factor que hacía atractiva la tienda de recuerdos; la persona que estaba al cargo de la misma era el encanto y la simpatía personificados.
Se trataba de una mujer joven, de formas atractivas y estilizadas, con una larga cabellera teñida de un rubio cereal y la piel fresca y aceitunada. Solía llevar montadas unas impenetrables gafas de sol, como si pretendiera ocultar la identidad de su mirada. Su sonrisa, sin embargo, siempre estaba a flor de labios, haciendo especialmente agradable a los compradores la permanencia en la tienda. Vestía blusas de tirantes y shorts que permitían apreciar la tentadora arquitectura de sus piernas. Los muchos que le preguntaban su nombre, recibían una misma respuesta: “Me llamo Rebeca, como mi tienda”.
Algunas veces, en raros intervalos de soledad, se borraba como por ensalmo la sonrisa de sus labios. Se quitaba entonces las gafas, y sus ojos, en el ángulo más sombrío de la tienda, emitían un brillo de agua. Sus pupilas se hundían en el pozo de los recuerdos, trayendo a colación nostalgias que no quedaban tan apartadas en el tiempo. Si hubiese sido de temperamento débil, esos instantes se hubieran perfilado los más apropiados para echar momentáneamente el cierre a la tienda y haber ido en busca de un lugar de menos animación que la Placita Olvera. Afortunadamente, Rebeca sabía sobreponerse a esas melancolías pasajeras, y su sonrisa lucía de nuevo tan pronto el primer cliente cruzaba el umbral de la tienda.
Un día de ya avanzada primavera, notó especial bullicio en la plaza. Era el tiempo de las Primeras Comuniones, y las niñas de ascendencia latina de Los Ángeles iban a su cita con el sacramento en la hermosa iglesia “Nuestra Señora de Los Ángeles”, de confesión católica, comúnmente conocida como “La Placita”, al otro extremo de la Placita Olvera. Rebeca se acercó al escaparate de su tienda para ver pasar a las niñas con sus trajes de Comunión. Y la nostalgia volvió a invadirle el pecho. En ese momento se le antojaba difícil encontrar algo más hermoso que una niña en su atuendo de Primera Comunión. Acaso recordara cuando ella tomó el pan de los ángeles, así como sus padres definían el sacramento, pero, pese a que su trabajo requería contacto con el público, no tenía intimidad con nadie que pudiera testimoniar que su conato de melancolía se debía en realidad a una experiencia no vivida. Niñas de la Placita Olvera buscando la fiesta de sus vidas, la alegría de una mayor intimidad con Dios. Rebeca reconocía ese sentimiento, y sabía que se trataba de una aspiración tan fugaz como el reinado de las flores en un erial. El futuro no ata las ilusiones con fuertes cadenas. «Cinco años –murmuró ella, tan pronto finalizó la procesión de niñas vestidas de blanco–. Cuatro años más, y es posible que mi paloma del cielo también se vista de ese color». No podía permitir que el brillo acuoso de su mirada prosperase más; le había costado demasiado perfilarse esa mañana la línea del rímel. A estos efectos, las gafas oscuras le prestaban un servicio del todo eficaz.
Echando mano a un plumero, se puso a quitar el polvo a la infinidad de objetos que allí había. Así, al menos, mantenía su mente apartada de sombrías elucubraciones.
–Buenos días…, Solange.
Experimentó un rotundo sobresalto. Su momentáneo rapto de melancolía le había tenido la atención desviada de quien pudiera entrar en la tienda. Solange. Notó un vuelco en su interior. No se atrevía a darse la vuelta. Alzó la mirada y se quedó fija en el espejo convexo que, desde una esquina del techo, abarcaba toda la superficie del local. Vio el reflejo de un hombre, también con la mirada parapetada tras unas gafas de sol, vestido a semejanza de un punkie de finales de los setenta, con una blusa negra de tirantes, unos vaqueros lavados a la piedra y agujereados adrede a la altura de las rodillas. Además llevaba aros en las orejas y un piercing en la nariz (presumiblemente, también tendría uno atravesándole la lengua). Su larga cabellera estaba teñida de rubio platino, con la pretensión de ocultar las numerosas canas que ya estaba en edad de tener. Era Jimmy Staunton, realizador de películas porno.
–Solange –repitió con perversa entonación.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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