domingo, 21 de mayo de 2017

Lady Jane (3ª parte - III): El relato de Raúl Álvarez


−En primer lugar, sería mi deseo advertiros de la absoluta veracidad de cuanto me dispongo a contaros. Yo mismo he dudado desde un principio de la realidad de estos hechos. Empero, ahora estoy convencido de que todo ha sido verdad. –Marqué una pausa, y vi cómo el semblante de mi interlocutor se iba relajando paulatinamente−. Todo comenzó hará cosa de dos años… ¡¿Qué digo?!... ¡Ah!, sabed que vengo del futuro, o sea, del final del siglo XIX. No me preguntéis ahora nada; os lo iré explicando poco a poco… Yo era representante de una compañía de productos químicos con sede en Madrid. Con ocasión de unos arreglos de exportación, tuve que hacer un viaje a Londres. Allí me alojé en casa de un viejo amigo. Disponía de un margen de cinco días para realizar todas mis gestiones. Éstas se agilizaron considerablemente, y al cabo de dos días ya tenía todo ultimado y solucionado. Mi amigo me invitó a acudir una fiesta que ofrecía un conocido personaje de la City. Fue allí donde mis ojos se cruzaron con los de Constance. Me enamoré de ella casi sin pensarlo. Nos hicimos amigos. Me llegó el momento de regresar a España; pero me prometí volver a Londres a la primera oportunidad que se me presentase. Regresé, y, para mi mayor felicidad, Constance aceptó ser mi prometida tras una sucinta declaración de mis sentimientos. Sin embargo, se nos presentaba un inconveniente: vivíamos en ciudades distintas y nuestras ocupaciones eran irreconciliables. Nuestra relación fue un noviazgo de cartas y encuentros muy contados… Ahora comienza lo asombroso de la historia. Era el último día del siglo XIX. Yo viajé a Londres con diez días de vacaciones. Esperando encontrar el dulce abrazo de Constance, descubrí que sólo me aguardaba una carta suya. Una carta donde se ponía fin a nuestras relaciones. Ella se había enamorado de su profesor de baile; iban a casarse. Desesperado quise volver a España, y surgió un nuevo contratiempo: no llegué a tiempo de tomar el barco que debía conducirme allí. Era el último barco en cinco días, y entonces me vi obligado a alojarme en una vieja posada llamada Poplar Gate. Era Nochevieja, y yo sólo quería aislarme del resto del mundo. Mi habitación se encontraba situada en el último piso, que estaba solitario del todo. Una vez instalado, me entregué a tristes cavilaciones y después de un rato caí en una modorra profunda. En mi estado de ensueño me pareció escuchar unos débiles llantos infantiles, y entonces me fui desperezando lentamente. Cuando hube despertado del todo, advertí que los llantos no habían sido producto del sueño; provenían del inmediato pasillo. Me sentí acuciado a investigar la raíz de tan desconcertante misterio, por lo que me armé de valor y salí de la habitación. Al final del pasillo distinguí una puerta entornada que dejaba entrever débiles atisbos de luz; de ahí era de donde partían los llantos. Más o menos frenético, me atreví a abrir la puerta del todo. Una vez dentro me di de manos a boca con un niño de cabellos rubios que vestía ropas anticuadas, que en nada se correspondían con los estilos de mi época. El niño se sobresaltó al verme. Yo reaccioné e hice todo lo posible por tranquilizarle. Él se había escondido debajo de un mueble. Le dije que nada debía temer de mí. Como quiera que mis palabras resultaron convincentes, abandonó su escondite y, cuando estuvo frente a mí, comenzamos a hablar. Decía llamarse Peter Hawkins. Había viajado en el tiempo, del pasado al futuro, por medio de un hechizo que figuraba en un libro propiedad de su tío el alquimista. Peter era el chico de azotes de Jane Grey. La echaba de menos, mayormente porque se veía incapaz de regresar a su época de origen. Al principio pensé que su mente no regía bien, pero le cogí simpatía y decidí ayudarle; así se lo manifesté a las primeras de cambio. No obstante, descubrí que no era recomendable llevarle la contraria, por lo que me vi precisado a seguirle la corriente. Me señaló una página del mencionado libro y me pidió que leyera lo que ahí ponía. Una vez hube satisfecho su deseo, evidenció una gran alegría que se manifestó mediante los abrazos que me dio. Yo aún me mantenía escéptico. Interrogué a Peter acerca de un broche de cabeza de unicornio que antes vi sobre la inmediata mesa y no tuve tiempo de examinar por las instancias de Peter. Hasta entonces lo había mantenido en mi mano. Peter me dijo que pertenecía a lady Jane y que ella se lo había regalado…
−Esperad –me interrumpió Richard Johnson−.¿Habéis dicho que ese broche pertenece a lady Jane y lo tuvisteis consigo en el desarrollo de la transmigración?
—Así es —respondí mientras extraía el broche de mi bolsillo para mostrárselo—. Éste es precisamente… ¿Por qué me lo habéis preguntado?
−De momento, por nada –dijo con las facciones sombrías−. Por nada… ¡Diablos!... Bueno, continuad vuestro relato.
−Como iba diciendo −proseguí−. Peter me explicó la procedencia de ese broche. Luego empezó a hablarme de lady Jane, y, a través de sus palabras, descubrí que estaba empezando a sentir algo por ella. Pero yo aún no acababa de creerme nuestro viaje en el tiempo, y así se lo manifesté a Peter. Entonces me pidió que abriese la ventana. Eso hice, y al asomarme me topé con un Londres bastante distinto del que yo conocía. No pude por menos de acabar convenciéndome de nuestro viaje en el tiempo. A lo que parecía, acababan de hacer presa a Jane Grey. Yo, en mi tiempo de origen, había estudiado historia y sabía que ella iba a morir decapitada. Se lo dije a Peter, y esto le sumió en la desesperación. Después, ya que nos hubimos calmado, vimos la necesidad de urdir un plan para evitar tamaña injusticia. Para ello contábamos con la ayuda de vos, y decidimos ir a buscaros. Previamente, yo había sustituido mis prendas por otras más acordes con este siglo. Salimos a la calle, y la gran aglomeración que nos encontramos nos obligó a desviarnos por una tétrica callejuela. Allí había un grupo de borrachos que nos abordaron y con los que al final terminamos en disputa. Peter me lanzó el broche de unicornio y pude atraparlo en el aire. Acto seguido le pedí que huyera, y eso hizo. Luego traté de escabullirme y al ver que lo conseguía, el tropel de borrachos partió en mi persecución. Al final pude despistarlos arrojándome al Támesis, y nadando llegué a una orilla lejana. El resto ya lo conocéis.
−¿Tenéis idea de quiénes fueron los agresores de mi sobrino y vos? –preguntó el alquimista.
−Hum, creo que escuché el nombre del que parecía ser el cabecilla del grupo. Ah, sí, se llamaba Herbert Bradock. Es miembro de la nobleza; baronet, supongo.
−Sí, yo también sé qué clase de alimaña es ése que tanto presume de nobleza de sangre –convino Richard Johnson−. Ya me extrañaba que ese mal nacido no anduviera en medio de una pendencia.
−No me pareció ciertamente un hombre refinado.
En aquel momento se iniciaba una débil llovizna y por ello nos guarecimos bajo las perennes ramas de un pino, algo apartado de la orilla del río.
−Bueno, amigo –dijo Richard Johnson−, vos me habéis dicho antes que en el transcurso del sortilegio que os trajo a esta época, teníais en vuestra mano el broche que lady Jane regaló a Peter. Quisiera cerciorarme.
−Así es –corroboré yo.
−Si es así, me parece que vais a tener un problema a la hora de regresar a vuestro tiempo. Y máxime si, como decís, Jane Grey va a ser condenada a muerte. Realmente, lo que se dice un buen problema.
−¿Qué problema? −inquirí−. Podré volver si otra persona, vos por ejemplo, leéis la fórmula mágica y decís: “Tú eres el que ha de trasmigrar a tu lugar en las arenas del tiempo”.
−Por supuesto, hubiese sido así de simple si vos no hubieseis tocado ese broche en el momento de la trasmigración. Ahora todo ha tomado un giro harto complicado.
−¿Acaso sugerís que como tuve agarrado el broche de lady Jane, sólo ella es la que puede devolverme al futuro? –pregunté angustiado.
−Tal como lo decís –confirmó el alquimista−. Sólo lady Jane puede haceros retornar a vuestro tiempo. Como comprenderéis, no va a resultar muy fácil que digamos.
En ese momento, vino a mi memoria el incidente con los borrachos. Casi que reviví la escena en que el hombre tuerto le arrebató a Peter la escarcela con el grimorio dentro.
−¡Oh, no! –exclamé tocado por la desesperación−. El libro lo tiene uno de los secuaces de Herbert Bradock. ¡Cielo santo! ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a regresar a mi lugar en el tiempo si ni siquiera tenemos el libro?
Richard Johnson me miró circunspecto y, asintiendo, dijo:
−Está claro que los problemas se acumulan.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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domingo, 14 de mayo de 2017

Golondrinas de Aldea


Cerca de Aldea del Rey hay un pequeño embalse conocido como Vega del Jabalón. Creo que hace veinticinco años aún no existía. En los almibarados días de primavera, los cielos de esa tierra se llenaban con el vuelo y el trisar de las golondrinas. Era hermoso subir a la azotea al atardecer, y disfrutar de las piruetas que hacían estas aves en el aire. La pena de semejante espectáculo era que no duraba demasiado en el tiempo. En cuanto acababa el mes de julio, ya se estaban yendo las golondrinas.
Una vez, creo que fue en mayo de 1998, vi planear, desde  mi observatorio de la azotea, una golondrina que tenía una franja blanca en el ala izquierda. Entonces no imaginaba lo mucho que esta visión me iba a inspirar en mis ulteriores desarrollos literarios. Esa tarde mágica de mayo me encaramé a una pila de baldosas, y mi visión se amplió a los bellos horizontes de Aldea. Las golondrinas pululaban en derredor. Me sentía parte del viento y del sol. Tenía la querencia de imaginar que yo era como un imán que atraía todas las bendiciones del cielo, que estaba escondido tras las nubes tintadas con las más sublimes gamas del tornasol. La golondrina se columpiaba recortándose contra las brasas del crepúsculo. Todo parecía hermoso, hasta la misma vida repleta de dificultades, y la rosa de la fe extendía en mi pecho la lozanía de sus pétalos.
Era joven, tenía 26 años.
Cerré los ojos y por un instante me sentí golondrina. Había perdido el miedo a volar. Me desplacé errante por los techos de mi pequeño mundo aldeano. Navegué sobre un océano de lágrimas que despedía los aromas de un vaso de perfumes de Arabia. Avisté una sonrisa dibujándose en las nubes del atardecer (acaso la enfermera de ayer por la tarde la hubiera asociado con la sonrisa de la Virgen María).
Mis ojos se abrieron de repente, y descubrí que mi mundo no abarcaba más que la altura que me proporcionaba haberme encaramado a la pila de baldosas.
La golondrina de la franja blanca se había alejado, pero su impronta quedó grabada muy profundamente en mi alma.

(La utilicé como personaje de mi novela “Tristán de los océanos”, que sería escrita catorce años más tarde).

Hospital General de Ciudad Real, habitación 441
Viernes, 15 de marzo de 2013, 12:15

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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domingo, 7 de mayo de 2017

Lady Jane (3ª Parte - II): Richard Johnson


−¿Qué hacéis vos aquí? –me preguntó atónito, haciendo esfuerzos por incorporarse.
−La verdad es que pasaba por casualidad −respondí− cuando esta repentina explosión me ha sobresaltado.
−No entiendo cómo ha podido salir mal, no logro entenderlo –dijo aquel extraño personaje en tanto que gesticulaba con las manos−. En fin, veo que tendré que acercarme al río y limpiarme toda esta mugre.
−¿Estáis herido?
−Para nada. De peores trances he salido. Como podéis observar, ni siquiera sangro y noto todos mis huesos en su sitio. En cuanto me limpie, mejorará mi aspecto.
−Si no os importa, desearía acompañaros.
−En absoluto. Será un placer.
Era un hombre corpulento, de estatura algo menor que la mediana. Lucía una barba que le llegaba hasta la mitad del pecho, ahora toda cubierta de légamo y medio chamuscada. Sin embargo, la impresión que me causó no era por cierto desfavorable. Mientras caminábamos hacia el rio, principiamos una amena conversación.
−¿A qué se ha debido esa explosión? –pregunté con visible curiosidad.
−Bueno –principió acompañándose de un suspiro−. Todo comenzó con unas verrugas que tengo en las plantas de los pies. Llevaban tiempo causándome molestias al caminar, y decidí elaborar una pócima que consiguiese eliminármelas. Pero al cabo me di cuenta de que sería mejor preparar un ungüento y aplicarlo sobre la zona afectada; la ingestión de pócimas y bebedizos puede llegar a ser muy peligrosa. Entonces me vine a este lugar donde tengo (mejor dicho, tenía) una choza para mis experimentos, y empecé a preparar el ungüento... En un caldero introduje una medida de agua. A continuación añadí hulla molida, después un buen puñado de salitre y, cuando la mezcla comenzó a hervir, la espolvoreé con azufre… ¡Uf!, aquello se inflamó y, sin saber cómo, acabé saltando por los aires. Suerte que en el último momento me protegí la cara del fogonazo… Sigo sin comprender cuál ha sido el fallo.
A duras penas traté de contener la risa. Yo ya sabía en qué consistía su error. El buen hombre había elaborado algo completamente distinto de lo que esperaba.
−Jajaja. Ya sé dónde habéis fallado. Eso que habéis preparado no es nada más ni nada menos que pólvora común.
−¿Qué decís? ¿Pólvora? ¿De ésa que se utiliza para deflagar en los cañones?
−Claro, lo sabré yo bien, que soy químico, algo parecido a alquimista –puntualicé−. Sin duda, habréis equivocado las proporciones de la mezcla.
−¿Quién iba a suponerlo? –dijo el desconocido casi para sí−. Bueno, cada día se aprende algo nuevo. La fórmula de la pólvora la guarda el ejército celosamente. Si fuera del dominio público, el reino tendría suficientes problemas con sus conflictos internos.
−Sin lugar a dudas. Por otra parte, conozco el modo de elaborar un explosivo considerablemente más potente que la pólvora. Se logra a partir de la reacción del agua fuerte con una sustancia de naturaleza orgánica que es conocida como nitroglicerina.
−¿Así que vos también sois alquimista?
−Nada de eso, amigo mío. Lo que os estoy contando no tiene relación con la magia.
A todo esto, alcanzamos la orilla del rio, y, aprovechando que había amainado la lluvia y en el cielo lucía de improviso un sol espléndido, nos desnudamos y nos metimos en el agua para lavarnos. Poco a poco se fueron desvelando las facciones de mi casual amigo. Tenía unos ojos de un azul profundo, y la barba, medio chamuscada, le confería un aspecto un tanto triste.
−Por cierto, me llamo Raúl Álvarez –dije presentándome.
−Un nombre español –puntualizó mi acompañante.
−¿Tendríais la amabilidad de decirme vuestro nombre?
−Richard Jonhson –respondió lacónicamente.
No pude por menos de quedarme atónito. Dejé de chapotear en el agua y fui a sentarme sobre un tocón. Entonces, casi balbuciendo, volví a preguntar:
−¿Tendríais la amabilidad de repetirme vuestro nombre?
−Sí, por supuesto –dijo sonriente−. Me llamo Richard Johnson.
−Entonces sois vos… −marqué una pausa sin saber cómo seguir.
−¿Qué ocurre? –preguntó Richard Johnson, mirándome con extrañeza−. ¿Qué encontráis de raro en mi nombre? Sabed que no tolero que se burlen de mí.
−¡Oh, por favor, no os ofendáis! Entonces vos sois el tío carnal del joven Peter Hawkins.
−Sí, en efecto –confirmó mientras me miraba con ojos cargados de sorpresa−. ¿Conocéis acaso a mi sobrino, hijo de mi difunta hermana Embeth? ¿Sabéis dónde está? Exijo respuestas prontas y claras.
Por lo que pude apreciar, Richard Johnson era persona de carácter excitable. Comprendí que era mejor no darle motivos para que se enojara. Procedía ponerle al tanto de cada una de mis peripecias.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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jueves, 4 de mayo de 2017

Un motivo para alegrarse



Bendice, alma mía, la soledad de toda una vida. ¿Recuerdas que te hicieron creer que era necesario poner tu confianza en otras personas? ¿Qué beneficio te reportó hacerlo? Sólo una mano te basta para contener la cosecha de amistades que lograste hacer en este mundo. Es muy posible que la equivocación esté de tu lado, que erraras tus planteamientos, pero la soledad debía de ser como un sello que llevaras en tu frente, abría distancia entre tú y el mundo de las personas, revelaba las incapacidades que casi nadie quisiera tener... No dejes de alegrarte de haber superado la mitad de tu vida sin caer en tierra, sin que la planta del odio, la envidia y el resentimiento arraigara en tu interior. Bendice la hora en que, pese a la enormidad de tus pecados, descubriste que tenías lágrimas para derramar y que podías sentir compasión sin desear que nadie la tuviese de ti. Alégrate de la vida que queda a tus espaldas, pese a tantos errores cometidos, de la vida que aún te queda y de la que tal vez no conozcas como la otra vida. Tus creencias, la religión que profesaste, no precisaban de los templos a los que acuden las personas, pero fue hermoso sentir todo eso tan dentro de ti, aunque comprendiste que al final los océanos terminan por vaciarse; no dejes de reverenciar esa pequeña lagunita en la que se saldó tu melancólica vida espiritual... Da gracias porque sigues caminando, porque continúas poseyendo unos pensamientos que aún se te antojan incomprensibles y porque sigues intuyendo mensajes a la vista de los pájaros y de las flores que adornan los bordes del sendero... No llames angustia a lo que no merece la pena, y valora tener una familia, escuchar alguna palabra amable que tus labios no hayan pronunciado, tantas cosas simples que se escapan a la percepción del instante... Y si el sufrimiento ha de presentarse una vez y otras ciento, que no te encuentre desesperado; todo pasó o se solucionó de alguna manera, y el sol continuó su marcha a pesar de las heridas de la conciencia... No temas, aunque siguieran diciéndote lo que debías hacer para encauzar tu vida, te volviste un hombre... Alégrate, porque alegrarse nunca ha dolido, y aprende a amar de lejos, sin desechar la esperanza de que las ilusiones terminen por acercarse algún día... Alégrate, alégrate siempre.

Ciudad Real, madrugada del 4 de mayo de 2017

Por Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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lunes, 1 de mayo de 2017

Lady Jane (3ª Parte - I): Riberas del Támesis



L
a corriente me arrastraba río abajo. La decisión de arrojarme al Támesis para zafarme de mis perseguidores se había saldado con resultados positivos. Sir Herbert y sus secuaces no se vieron con muchos deseos de secundarme, y tan sólo pudieron dirigirme terribles amenazas.
Yo siempre me tuve por buen nadador, y gracias a ello pude alejarme rápidamente, aprovechando el favorable discurso de las aguas. He de señalar que mi nueva impedimenta me dificultó en gran manera el libre ejercicio de la natación; empero, pude encontrar una forma de asumir el control de mi situación. La capa, sobre todo, no me permitía mover las piernas a mi gusto, por lo que uno de mis primeros propósitos fue tratar de quitármela, cosa que al final pude realizar tras no pocos intentos.
Me había alejado ya un buen trecho en el río, cuando tomé la decisión de aproximarme a la orilla izquierda. Después habría de improvisar un plan para reunirme de nuevo con Peter y emprender nuestra empresa de salvar a lady Jane.
Nadando con toda la lentitud que me imponían mis mermadas fuerzas, llegué a tierra. Los álamos proyectaban la imagen de sus ramas sobre la superficie de las aguas. El cielo comenzó a encapotarse de nubes de color pizarra, anunciando la inminencia de un chaparrón. A todo esto, se levantó un helado vientecillo proveniente del Oeste.
Salí del agua y me tumbé sobre un colchón de hojarasca. Toda esa absurda persecución me había dejado completamente agotado, y, en medio de mi cansancio, aprecié con total evidencia la dura realidad de mi situación. ¡Y pensar que al principio me invadieron las dudas sobre mi viaje en el tiempo!... Que se lo dijeran ahora a mi derrengado cuerpo. Para colmo de males, el número de piezas de mi atavío personal se había visto apreciablemente rebajado.
No sólo perdí la espada, sino que también me apercibí de que la capa y el sombrero debieron habérseme extraviado en el río. ¡Pues sí que comenzaba bien la que se me antojaba mi mayor peripecia!
Cuando consideré que había tenido un aceptable descanso, me incorporé y me puse a caminar. Frente a mí se alzaba una fronda casi impenetrable, los matorrales no hacían muy transitable el camino y en más de un momento mis ropas sufrieron el desgarro de las zarzas que crecían a ras del suelo. Aquel solitario paraje estaba ubicado en uno de los más aislados arrabales de Londres, extraños lugares que encerraban un melancólico aire de misterio.
Mi marcha se prolongó diez minutos hasta que vi una humareda de color verde ascendiendo sobre las copas de los árboles.
Resultaba hasta extraordinario hallar indicios de vida teniendo en cuenta lo deshabitado de la zona. Así que me interné entre esas fragosidades y, tras unos minutos de dificultoso caminar, alcancé un ancho calvero.
El suelo mostraba hierba agostada y embarrada y algún que otro tocón podrido. En el centro podía verse una choza de ramas perfectamente ensambladas entre sí. El humo verdoso que había avistado antes salía del interior de la choza.   
Al momento se verificó algo asombroso. Se escuchó una explosión que hizo saltar por los aires la choza, dispersando sus ramas en todas direcciones. Yo, azorado, perdí el equilibrio y caí al suelo. Entonces vi cómo a través del aire se desplazaba una especie de mole hacia mí. En el último segundo esquivé el anunciado choque, y el extraño bulto colisionó con gran estruendo en el suelo. Fijándome con mayor detalle, puede apreciar que se trataba de un hombre rebozado de hollín y barro.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


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