miércoles, 24 de diciembre de 2008

La nieta del afilador, una historia navideña (y VI): La nueva danza de la nieve



Después de ese invierno, no volvimos a ver a Constanza por ninguna parte. Se marchó sin avisar y sin despedirse.

Una mañana encontré en el buzón un pequeño paquete envuelto en papel manila. Iba dirigido a mi nombre. Me lo cursaba Constanza desde un lugar inidentificable. En su interior se encontraba el famoso chiflo de afilador, sin nota que lo acompañara.

Pasaron los años. Jamás volvió a formarse sobre la montaña la imagen del Nacimiento en Navidad. Me hice hombre, y nunca pude dejar de suspirar por haberme casado con Constanza; nunca dejé de amarla en la ausencia y en el recuerdo.

Los años han cubierto mi vida, como la nieve cubre el ventisquero de la Montaña del Nacimiento. Terminé viviendo en la cabaña del Bosque de los Arroyos, la cabaña donde ella viviera... Esta noche es Nochebuena, estoy solo y tengo el chiflo de afilador en la mano.

Por una vez en mi vida, saldré a los caminos tocando dicho instrumento. Recorreré las calles de Umbría de los Vados. Los niños de hoy presenciarán lo que sólo saben porque sus padres se lo han contado. Verán el milagro de la nieve: el rostro del niño Jesús, el de su madre y el de San José… Lo verán como muchos de nosotros lo vimos hace tantos años.

Y ya, Dios mío, cuando todos estén dentro de sus hogares celebrando la Navidad, permite, por una sola vez en mi vida, que la nieve dance para mí.

Y que con su danza, acabe trazando en el virginal tapiz de la montaña la efigie de Constanza..., su rostro casi olvidado y toda la vida de mi corazón.

Allá donde quiera que estés, te acabaré encontrando, no lo dudes, aunque para ello necesite cabalgar sobre la estrella viajera de tu Navidad.

FIN.

El jardinero de las nubes.
Diciembre de 2008.

¡FELIZ NAVIDAD A TOD@S!

martes, 23 de diciembre de 2008

La nieta del afilador, una historia navideña (V): La tradición cumplida



-¡Mirad allá! -exclamó alguien, extendiendo su brazo hacia el ventisquero.

La nieve formaba remolinos cayendo de la nube. La nube dibujó una sucesión de rostros sonrientes, que muchos de los habitantes más ancianos identificaron como pertenecientes a los antepasados de Constanza. Ella entreabrió sus labios y el corazón se le subió a los ojos, tan pronto reconoció las fisonomías de su padre y su abuelo. Entonces se puso a tocar de nuevo el chiflo. La nube descargó nieve con más intensidad, y los bustos de frío vapor acentuaron aún más su sonrisa, mirando con amor a la intrépida muchacha.

Después de algunos minutos, se levantó un viento furioso que sesgó las figuras de la nube y que abrió un orificio al sol de la mañana. Un suspiro de emoción se escapó de los pechos de todos los que estaban contemplando la escena... Allá en la ladera de la montaña, acababa de aparecer la ansiada imagen del Nacimiento, toda ella hecha de nieve y salpicada por un manojo de luz solar.

Constanza cayó de rodillas al suelo. El chiflo cayó en la nieve, junto a ella. Tenía los párpados cerrados, los cuales se hincharon con las lágrimas y acabaron reventando en dos senderos de luz que surcaron sus mejillas enrojecidas por el frío.

-Abuelo, abuelo -balbució al tiempo que recogía los brazos sobre el pecho.

Yo me aboqué a su presencia, y la abracé con toda mi alma y todo mi corazón. Y mis lágrimas se juntaron con las suyas.

-Gracias por el milagro que nos has regalado -le susurré al oído, para besárselo a continuación.

Entretanto, la gente se había agrupado en torno nuestro. El sacerdote se destacó, e, inclinándose a su vez, le dijo a Constanza:

-Llévame a rezar junto al cuerpo de tu abuelo... Y perdóname... Perdóname por creer que una simple muchacha, por no ser un hombre, no podría conseguir que Dios obrara un milagro por mediación de ella... Esta lección no se me olvidará jamás.

Constanza, mientras me tenía abrazado, levantó su cabeza y abrió su mirada. Nunca el cielo brilló tanto como su sonrisa de heroísmo.

Esa mañana, la mañana de Navidad en que estábamos todos reunidos en la explanada de la iglesia, hubo muchas lágrimas que acabaron convirtiéndose en copos de nieve... copos de nieve pura como la misma inocencia.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

lunes, 22 de diciembre de 2008

La nieta del afilador, una historia navideña (IV): El chiflo suena de nuevo


Amaneció la mañana de Navidad, una mañana fría y ventosa, de muchas nubes y pocos claros. Había nevado en abundancia durante la noche, pero no se había formado la imagen del Nacimiento en el ventisquero de la montaña. Los habitantes del pueblo nos encaminamos a la iglesia con mirada luctuosa, para asistir a la misa del día de Navidad. Los niños llevábamos las bufandas empapadas de lágrimas. En el transcurso de la misa del Gallo, nadie había escuchado el chiflo del afilador. De esta forma, difícilmente la nieve podría ejecutar su danza milagrosa.

¿Cómo se encontrarían Constanza y su abuelo?, no hacía más que preguntarme a mí mismo en el interior del templo. La última vez que los había visto los dejé fundidos en un abrazo fraternal. Tiempo navideño triste, pero aun así pletórico de amor. No, maese Simón se equivocó: la nieve no dibujaría la imagen del Nacimiento por Navidad.

Salimos todos del templo bajo el aterido tañido de la campana. Desde la explanada de la iglesia vimos que una cordillera de nubes se había agarrado al pico de la montaña. De repente, la campana enmudeció, y desde lejos nos parecía oír una melodía tenue, que provenía del camino del Bosque de los Arroyos. ¡Era el chiflo de afilador! Enseguida sus ecos se persiguieron por todas las esquinas del pueblo, e iban acercándose adonde nos encontrábamos todos los habitantes con el corazón en vilo.

-Fijaos: maese Simón se ha puesto bueno -señaló una de las catequistas.

-De esa nube empieza a caer nieve -dijo el hombre que asaba castañas en un roñoso tingladillo junto a la portada de la iglesia.

-¡Ya se acercan! -advirtieron unas cuantas ancianitas viudas.

En efecto, quien tocaba el chiflo de afilador dobló la curva de la calle que desembocaba en la explanada de la iglesia. ¡No era otra que Constanza! Un murmullo de admiración cundió entre toda la gente. La nevada recrudecía. Mi corazón voló a las nubes por tanta felicidad acumulada. El cura párroco salió premioso al encuentro de mi amiga.

-¡Muchacha insensata! -la recriminó con voz de inquisidor-. ¿Cómo se te ocurre tomar a tu cargo una labor que sólo compete a los hombres de tu familia? ¿Es que acaso no es lo mismo que si una mujer oficiara el santo sacrificio de la misa en mi lugar?

Constanza paró de tocar el chiflo. Sus ojos estaban enrojecidos de frío y lágrimas.

-Anoche, cuando el Niño Jesús nacía, mi abuelo subió al cielo... Él quería que esto fuera así... Y el Niño Jesús quería nacer una vez más en la ladera de la montaña.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

domingo, 21 de diciembre de 2008

La nieta del afilador, una historia navideña (III): La cabaña del bosque



De un modo apresurado y vacilante, solicité permiso a mi madre para marcharme afuera. Ella me lo concedió con palpables gestos de cariño y comprensión; parecía adivinar para qué lo quería.

Mi instinto me empujó al camino que conducía al Bosque de los Arroyos. Observé que entre las ramas de los robles y los pinos se veía suspendido como un polvo de nieve, que lentamente bajaba al encuentro de la tierra para trocarse en una niebla fría y pegajosa. El camino se curvaba hacia las espesuras del valle, y todavía no distinguía a mi amiga, si bien podía observar sus huellas, tanto las de ida como las de vuelta, impresas en la fina capa de nieve. Aceleré mi paso, y el aliento se escapaba de mis labios en efímeras volutas. A no dudar, Constanza habría regresado a su casa a toda carrera; no la veía por el camino; sólo sus huellas me daban fe de que había pasado por allí hacía pocos minutos. Apresuré mi paso más todavía, y al poco distinguí la cabaña en un calvero del bosque, bordeado por un arroyo en cuya murmurante superficie rielaban los colores del cielo mortecino. Luces de candil se deslizaban al exterior por las hendiduras de los postigos, y el humo de la chimenea se confundía con los retales de la niebla. Los aires comenzaban a poblarse de una oscuridad lechosa, pues era llegada la hora del crepúsculo. Una lechuza entonó su canto en el hueco de una araucaria próxima; cuando mi mirada se cruzó con la suya, se puso a ladear la cabeza, al tiempo que ahuecaba sus alas de nieve y carbón; y al momento volvió a ejecutar su monótono canto nocturno. Sin más dilaciones, atravesé el hermoso puente de piedra tendido sobre el arroyo.

Jadeando por el esfuerzo de la carrera, empujé la puerta de la cabaña. En el llar ardía un vigoroso fuego de troncos de encina, muy cerca del cual se encontraba maese Simón echado en un canapé. Su nieta le ayudaba a tomar un tazón de leche endulzado con la miel que ella acababa de traer.

-¿Se puede? -pregunté con una nueva dosis de timidez.

-Cierra la puerta -me indicó Constanza-. Estando el abuelo enfermo, no podemos dejar que se escape ni una brizna de calor.

-Quería ver en qué puedo ayudar -dije aproximándome al canapé, tras cerrar la puerta.

Los ojos de maese Simón parecían hechos de trémulo cristal. Quiso sonreír, y el esfuerzo de esto mismo le agotó.

-Mañana es Nochebuena, ¿verdad, mocito? -murmuró con los labios pesados e impregnados de leche tibia.

-Sí, señor -respondí con mis emociones puestas a prueba.

-Y estoy tan enfermo y tengo tanto frío, que mañana no podré salir a tocar el chiflo... como cada Navidad.

-Abuelo, necesitas descansar -le sugirió Constanza-. Andrés viene para estar con nosotros, no para pedirte que toques el chiflo mañana.

-Cierto, señor -corroboré yo-. Lo más importante es que se recupere pronto, con o sin chiflo.

-Pequeño Andrés... Haces muy ricamente en ser amigo de Constanza. Su padre y yo siempre la quisimos mucho. Era nuestra alegría, el ángel de nuestro hogar. Aprendió muchas cosas de nosotros, y nos enseñaba lo que aprendía en la escuela... Es buena cosa ser amigo de mi nieta.

-¡Abuelo, por favor! -le reprochó Constanza, al colmo de sus emociones.

Maese Simón pareció ignorarla, y siguió diciéndome:

-¿Sabes una cosa, pequeño Andrés? Esta Navidad tú y todos los niños de Umbría de los Vados volveréis a ver el Nacimiento en la ladera de la montaña.

A continuación, quedamos sumidos en un profundo silencio. El fuego crepitaba en el llar. Hacía calor.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

sábado, 20 de diciembre de 2008

La nieta del afilador, una historia navideña (II): La tienda de José Ignacio



Nadie ignoraba en el pueblo lo enfermo que estaba maese Simón; nadie dudaba que en cuanto el frío que le trepaba por las piernas le alcanzara el corazón, se habría terminado para siempre la tradición de los maestros afiladores del chiflo del Lignum Crucis. Había mucha tristeza por las calles de Umbría de los Vados. Hasta las luces de Navidad no brillaban con la viveza de antaño. Los niños de la escuela nos asomábamos cariacontecidos a las ventanas, cuyos vidrios aparecían invadidos por orlas de escarcha, y nuestros pechos se hinchaban de suspiros mirando las vertientes de la Montaña del Nacimiento. El sol aterido corría a sepultarse entre los árboles del bosque en que vivían maese Simón y mi amiga, la cual había tenido que dejar la escuela para cuidar a su abuelo. Al poco rato, la luna y las estrellas de la fría bóveda celeste conferirían a los caminos imprecisos y azulados reflejos polares. Esa Navidad volvería a nevar; empero, si nada lo evitaba, la montaña no mostraría su sonrisa y no llegaría desde los cielos el tradicional mensaje de paz y esperanza.

La víspera del día de Nochebuena Constanza hizo su entrada en la única tienda de ultramarinos de Umbría de los Vados. Venía a comprar miel para el catarro de su abuelo. Yo me encontraba casualmente en la tienda, acompañando a mi madre, que venía a comprar un cuarto de kilo del bacalao en salazón que tanto gustaba a mi padre. El local estaba atestado de señoras del pueblo que venían a ultimar sus compras navideñas, pues en la tienda de ultramarinos de José Ignacio se podría comprar hasta la mismísima luna si estuviera en venta. Constanza entró mohína y con los ojos rascando el suelo de tablas.

-Buenas tardes -dijo con la delicadeza de un aleteo de mariposa.

-Buenas tardes -la saludó José Ignacio, que en ese preciso instante destazaba la porción del oloroso bacalao que le había pedido mi madre.

-Buenas tardes -la saludaron mi madre y el resto de las parroquianas.

-Hola, Constanza -musité yo, con toda la dulzura y simpatía que la timidez me permitía.

Al reconocer mi voz, Constanza levantó la mirada. Sus labios no revelaron sus bonitos dientes, pero alumbraron una sombra de sonrisa por el gusto producido por mi presencia en la tienda. Cuando Constanza sonreía, una nueva estrella nacía en la profundidad del cosmos.

Tras unos segundos de incómodo silencio, llovieron preguntas sobre la indefensa muchacha:

-¿Mejora tu abuelo?

-Dile que se apure... Mañana la nieve ha de caer en su sitio de la Montaña del Nacimiento.

-Dile que por un catarro nadie se muere.

Ante esta última instancia, Constanza trepidó como un junco en lo más álgido de la tempestad.

-Nadie se muere por un catarro, pero lo cierto es que mi abuelo se está muriendo. Necesito miel.

Dos hilillos de humedad surcaron sus sufridos lagrimales.

José Ignacio dejó por un momento la tarea del troceado del bacalao de mi madre, se limpió las manos en su impoluto mandil, se atusó levemente una de las guías de su canoso bigote, echó mano a un tarro de miel en uno de los estantes, lo introdujo en una bolsa de papel, y, tendiéndoselo a Constanza, le dijo con su mayor delicadeza:

-Llévaselo de prisa a tu abuelito. Ponle un buen chorreón en una taza de leche caliente... Nunca olvidaré la primera Navidad que oí tocar a tu abuelito.

Constanza metió entre lágrimas el tarro de miel en su añosa cesta de la compra. Dejó el dinero sobre el mostrador, y, reprimiendo un sollozo, abandonó el local arrastrando tras de sí una nube de humildad y melancolía. Nadie dijo una palabra; la emoción se contagió a todas las personas del local.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

viernes, 19 de diciembre de 2008

La nieta del afilador, una historia navideña (I): La tradición de los maestros afiladores


Aquel año la nieve llegó temprano a cubrir el pico de la montaña que dominaba mi pueblo y que era conocida como la Montaña del Nacimiento. Mi pueblo se llamaba Umbría de los Vados, y bordeaba la ruta más boscosa del Camino de Santiago. Estoy por decir que era el invierno de 1975 el que a pasos agigantados se acercaba, pero ha pasado tanto tiempo que ya no estoy seguro de ello. Tengo que luchar con los desafueros de mi mente para que no se me borren las facciones de Constanza, tal como la veía aquellos días de Adviento de 1975, creo yo. Yo tenía 9 años y ella me sacaba alrededor de 7. Ella sabía que yo me llamaba Andrés. Solía llevarme de la mano en primavera a ver los nidos que las golondrinas habían colgado en la fachada de la escuela. Constanza era mi amiga, y vivía en una cabaña del llamado Bosque de los Arroyos... No permitas, Dios mío, que en esta noche de tu nacimiento se me olviden sus dulces facciones; no quiero quedarme sólo con el recuerdo de su gorro de lana de vivos colores.

Constanza provenía de una dinastía de afiladores, de la cual ella era el último vástago. Vivía con su abuelo, maese Simón por buen nombre, en la cabaña del mencionado bosque. No tenía más familia. Su papá había fallecido de un ataque al corazón en la explanada de la iglesia, una fría mañana de enero que salió a ejercer su oficio de afilador. Y Constanza se quedó sola en el mundo con su abuelo, maese Simón.

En el pueblo era importante que siguiera la tradición de los maestros afiladores, porque de otra forma la nieve no bailaría con la melodía del chiflo de afilador y no formaría sobre el ventisquero de la montaña la imagen del Nacimiento del Niño Jesús. El chiflo era ciertamente mágico: en el pueblo se contaba que un antepasado remoto de Constanza dio hospitalidad a un peregrino de Compostela que llegó a su puerta una noche de helados vendavales. El peregrino ardía de fiebre y se sabía pronto a morir. Y entonces le entregó a su anfitrión un trozo del Lignum Crucis, esto es, un trozo del madero con el que habían crucificado al Niño Jesús ya hecho hombre. Al parecer, el peregrino había encontrado ese pedazo en una cámara secreta del monasterio de Santo Toribio de Liébana, junto a un pergamino que certificaba su procedencia... El peregrino lloró al terminar su historia, y también lo hizo el antepasado de Constanza. El peregrino se marchó al alba, arrastrando sus pies por el camino resplandeciente de estrellas y flores de nieve. El antepasado de Constanza era afilador de oficio, y decidió fabricar con la santa reliquia un chiflo que sustituyera al maltrecho que tenía. Y de aquí arranca la leyenda: cuando cualquiera de los maestros afiladores de esta dinastía tocaba el chiflo la noche de Navidad, la nieve danzaba y dibujaba en el ventisquero de la montaña el Nacimiento del Niño Jesús: el portal, el pesebre, la vaca, el asno y la Sagrada Familia. Era un milagro que durante siglos había llenado de esperanza los corazones de la gente de Umbría de los Vados.

Cuando murió el papá de Constanza, su abuelo tuvo que volver a los caminos y tocar el chiflo del Lignum Crucis. Maese Simón ya estaba muy viejo, y el frío trepaba por sus rodillas enflaquecidas. Constanza iba a la escuela y mantenía limpia y cuidada la cabaña del bosque. En el otoño de 1975, creo yo, su abuelo se desplomó agotado en el sendero que conducía al bosque, y no pudo levantarse sin ayuda. Se vio en la precisión de guardar cama por tiempo indefinido. Y así fue cómo en las calles del pueblo dejó de escucharse la amada melodía del chiflo de afilador. Surgió entre los habitantes del pueblo la duda y la incertidumbre: ¿danzaría esa Nochebuena la nieve; aparecería en la montaña la imagen del Nacimiento?

CONTINUARÁ...


El jardinero de las nubes.

jueves, 18 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (y XVIII): La lección del cuco


Al llegar junto a la fachada de la iglesia de la Pietà, en la cual prestara sus funciones como párroco el célebre compositor Antonio Vivaldi, Genaro hizo que interrumpiésemos nuestro paso. El cielo estaba dividido en dos tonalidades contrapuestas, y el sol victorioso mostraba sus reflejos en las olas del ancho canal de San Marcos. Las gaviotas y palomas volvían a plagar los aires con su jovial batir de alas.

-Yo sabía que alguna vez tendría que explicarte lo que estás a punto de escuchar -principió mi maestro con extraña solemnidad-. Puede que te sea útil o no. De todas formas, siempre he pensado que debía ser lo último que supieras por mi propia boca. En nuestras andanzas nos hemos topado varias veces y nos hemos deleitado con la dulce melodía del Cuculus Canorus. ¿Sabes a qué ave me refiero?

-Claro que sí: el cuco de plumaje pardo -afirmé como quien se tiene bien sabida la lección-. Sin embargo, salvo esto, pocas cosas sé más acerca del Cuculus Canorus.

-La hembra del cuco puede llegar a poner diez o quince huevos -prosiguió Genaro-. Pero ella no se encarga de empollarlos; se allega a los nidos de otras aves cantoras, destruye uno de los huevos que allí encuentra y lo sustituye por el suyo. Luego nace el polluelo empollado por su madre adoptiva y ¿qué crees que hace éste?


-Lo único que usted me dijo es que el polluelo de cuco tiene la piel desnuda al nacer, sin ningún género de plumas.

-Bueno, pues has de saber que el polluelo de cuco se abre camino en la vida rabiosamente. Aparta de su proximidad a los demás huevos del nido o a otros polluelos que ya hayan abierto el cascarón. Todos los mejores bocados han de ser para él: moscas, larvas, arañas... Y la madre adoptiva, ilusa de ella, lo sigue alimentando, aun a costa de la inanición de sus auténticos polluelos. Naturalmente, los cucos saben en qué nidos han de depositar sus huevos: los nidos de Anthus Trivialis, que son aves que no destacan por su inteligencia... ¿Sabes a qué especie me refiero?

-Claro, maestro, me lo enseñó usted hace mucho tiempo -respondí con cierto tonillo de vanidad herida-. Se refiere a la bisbita arbórea, Anthus Trivialis, esa ave que en la época de cortejo extiende sus alas en forma de abanico, se lanza hacia abajo describiendo un vuelo en espiral, al tiempo que gorjea ruidosamente, y ya que toma tierra guarda un silencio absoluto.

-Hum, veo que recuerdas mis palabras literalmente -admitió Genaro sin poder disimular la satisfacción que esto le producía-. En fin, mi querido muchacho, ahora ha llegado el momento de imitar al Cuculus Canorus. Esta obra que quería emprender tengo que dejarla en tus manos. Es posible que aún no estés lo bastante preparado, pero en tu alma subyace buena simiente y algún día saldrá a descubierto lo que ahora permanece entre sombras.

Genaro desvió la mirada hasta la no muy distante isla de Murano, cuyas fábricas de vidrio se erguían airosas por encima de la soleada laguna. El verano estaba recobrando por momentos el imperio que le había arrebatado la tempestad de forma transitoria. Desde detrás de la curva que describía el Arsenal en el extremo oriental de Venecia, una imponente fragata de combate iba exhibiendo la deslumbrante disposición de su aparejo, en tanto que se adentraba en la laguna de un azul turquesa. Como si la presencia de la nave concitara al resto de las embarcaciones de los alrededores, la laguna y los canales recuperaron de inmediato su habitual bullicio de velas y remos. Era una estampa de una belleza indescriptible, tan a menudo reproducida en los tapices venecianos.

-Paul, me espera un horizonte tan amplio como el que ahora estamos contemplando -señaló Genaro, acariciando mis cabellos.

Como se diera la casualidad de que un gondolero amarrara su embarcación a escasos metros de donde nos hallábamos, Genaro le fue a los alcances y le preguntó si le podría llevar al Lido a cambio, claro está, de una generosa remuneración. El buen menestral no opuso ninguna traba y le comunicó a mi maestro que en breves minutos partirían hacia la isla que actuaba de frontera natural entre el mar Adriático y la laguna veneciana.

Con la conciencia de la separación que estaba a punto de verificarse entre nosotros, Genaro regresó a mi lado y por mutuo impulso nos fundimos en un abrazo emocionado. Yo pugnaba por mantener mi mente refractaria a todo pensamiento o especulación sobre mi futuro sin la entrañable presencia de Genaro Andolini. Él había sido el labrador, y me entristecía sumamente el hecho de que acaso nunca llegase a deleitarse con la realidad de su cosecha... un pensamiento que forjé a posteriori, cuando la góndola que lo conducía a su destino se desvanecía entre los resoles de la laguna.

Antes de que nos separáramos me puso sus manos sobre los hombros, y su mirada traspasó la frontera de mis ojos, hasta un rincón aún más distante que los sentimientos más profundos. Escuché entonces unas palabras que no vinieron acompañadas de movimiento de labios, cual tardía renovación del voto antaño olvidado:

-Que la lección del cuco sea la última que lleves a la práctica en todos los años de tu vida.

La góndola se tornó un punto en la lejanía, antes de que yo adoptara la decisión de regresar a la fonda para participarle a Roncalli lo relativo a la marcha de Genaro y al aborto definitivo de nuestro proyecto.

La no terminación del tratado sobre las aves de la península itálica ha sido el mayor triunfo de Andolini, por cuanto me pasó el relevo de una labor a la que consagraría los mayores esfuerzos de mi adolescencia y juventud. El único fracaso es pensar en mi maestro y cerciorarme de que ya hace mucho tiempo que se fue de mi lado. No podría olvidarle aunque me lo propusiera con empeño.

FIN

TODA MI INFANCIA Y JUVENTUD ATESORÉ ESTE PROYECTO Y NO FUI CAPAZ DE CONCLUIRLO. LLEGÓ EL MOMENTO EN QUE ME CANSÉ DE ESCRIBIR PARA MÍ SOLO, Y ME DI CUENTA DE QUE NO HABÍA HECHO OTRA COSA QUE ARAR EN EL MAR, DONDE LOS SURCOS NO HACEN MELLA. VEINTE AÑOS ACARICIANDO UNA ESPERANZA, Y UN BUEN DÍA, SIN AVISO PREVIO, LANGUIDECIÓ EN LO PROFUNDO DE MI ALMA. GENARO ANDOLINI SEGUIRÁ CON SU MISTERIO, MISTERIO HASTA PARA EL AUTOR QUE LO CONCIBIÓ Y QUE NO FUE CAPAZ DE SACARLO ADELANTE.

El jardinero de las nubes.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XVII): Tras la tempestad


–¡No he sido yo! –farfulló Genaro–. El cuchillo se le ha hundido mientras los dos rodábamos por los escalones.

No necesité otras pruebas para comprender que mi maestro hablaba con la verdad de por medio. La muerte del desconocido había obedecido a un desgraciado accidente. Casualmente no había otros testigos del incidente que Genaro y yo mismo.

La furia de la tormenta empezó a decaer. El temible gemido del viento se iba suavizando por momentos. Los dos permanecíamos frente al cadáver, dudosos de la disposición que debíamos adoptar a renglón seguido. El pánico empezó a hacer mella en mi espina dorsal como una sensación electrizante, por cierto dolorosa. Un frío inesperado provocó temblores en mis manos y un descontrolado castañeteo de mis dientes. En cuanto a Genaro, daba a mostrar una fisonomía febril, los cabellos al desgaire y la nariz teñida de rojo a consecuencia de un tenue hilillo de sangre que le manaba de un rasguño en el entrecejo. Viendo que el temporal amainaba, se dio cuenta de que debíamos actuar sin pérdida de tiempo.

–Paul, márchate de aquí, y dile a Roncalli que te lleve con tu padre –me dijo, sujetándome de los brazos.

–¿A qué viene eso? –repliqué con la voz medio vencida por el llanto.

–Es muy complicado lo que acaba de suceder, empero, sea como sea, no podemos seguir juntos... No sé qué puedo hacer; acaso no tenga más remedio que huir. Aunque yo sea inocente, hay un muerto de por medio... La justicia no debe averiguar que yo estoy implicado... ¡Debes marcharte! –graznó desesperadamente.

–¡Déjeme acompañarle! –lloriqueé sintiendo que el corazón se me hacía añicos.

Nunca aprecié una mirada más conmovida en las pupilas de mi maestro que cuando me respondió:

–Me puedes acompañar hasta el canal de San Marcos. Una vez allí habremos de separarnos. Vamos, querido Paul, no lo pude tener, pero tú has representado eso en mi vida –Genaro hablaba con el mismo empaque de quien utiliza un lenguaje enigmático.

Cruzamos de nuevo el puente de Rialto. Genaro me pasó un brazo por encima de los hombros, lo cual no hizo sino incrementar mi desconcierto. Detrás de nosotros quedaba el cadáver abandonado en medio de un charco de sangre. Como las aguas comenzaran a retornar a su cauce, no tardaría en ser descubierto por los transeúntes que se dirigieran a las escaleras que daban a la vertiente noreste del puente de Rialto. Las nubes se fueron fragmentando como fibras de algodón grisáceo, y a través de sus huecos se apreciaban hermosos lingotes de sol. Mientras caminábamos parsimoniosamente, notaba que la piel se me erizaba en el sitio en que establecía contacto con la mano de Genaro. Yo sabía que estaba pronto a esfumarse de mi vida, y su pérdida ya pesaba en mi corazón como la desaparición de un padre. No puedo negar que tras esos años de compartir tantos momentos importantes, Genaro se había constituido en mi ejemplo a seguir; él fue el artífice de una de las vocaciones más firmes que antes ningún otro ser humano llegara a exteriorizar. Elevé mis ojos al cielo de Venecia, como impetrándole para que aquella reunión no se disolviera jamás. En el futuro mis pies se moverían alguna vez por las mismas calles que ahora estábamos recorriendo, y mi mente no podría por menos de retrotraerse a ese instante bendito de la juventud aún por conquistar. Ya he perdido a mis padres, pero creo que esto no me ha dolido tanto como la ausencia de Genaro tras aquel inolvidable paseo por las calles de Venecia, aún convalecientes de la catástrofe originada por el impulso del viento Siroco.

–Ha llegado el momento de darte mi última lección –declaró Genaro como si la emoción le hubiese trabado la lengua–. Ahora que el sol nos alumbra de nuevo, es conveniente que escuches con atención.

–Siempre le he escuchado atentamente –me pareció adecuado reiterarle.

El agua, en proceso descendente, nos llegaba a la altura de las rodillas. Pudimos observar que el sacristán de la iglesia de San Salvatore estaba al borde de un ataque de nervios, pues la inundación ni siquiera había respetado el interior del templo cuyo cuidado tenía asignado. Desde las ventanas de las casas y palazzos se veía gente sopesando el alcance de la catástrofe, y había algunos que ya se atrevían a aventurarse por las calles, bien que equipados de botas que les cubrían hasta los mismos muslos. Hacia el centro de la calle conocida como merceria San Zulián había una carreta volcada de medio lado, cuya nutrida carga de hortalizas estaba esparcida a lo largo del sentido de arrastre de las aguas. Entretanto, las campanas de la ciudad avisaban que el peligro había pasado de momento.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

martes, 16 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XVI): La sangre derramada


Entonces se verificó algo que me dejó el alma sobrecogida de terror. Sucedió en una fracción de segundo: de las manos del desconocido pareció surgir algo así como un relámpago rectilíneo, vagamente similar a los que estaban vomitando las nubes. El bastón que portaba no era sino la vaina camuflada de una mortífera espada de buen acero toledano, cuya buida punta se posó diestramente en el pecho de Genaro, aunque sin llegar a hundirse en su carne. Viendo su vida peligrar, Genaro hubo de retroceder hasta el pretil del puente, sin que la punta de la espada se le despegara una sola pulgada. Si bien yo deseaba anhelantemente acudir en ayuda de mi maestro, no fui capaz de mover uno solo de mis miembros; y mi garganta tampoco logró emitir el más leve grito de alarma. Genaro se quedó mirando imperturbable a su agresor, mientras la lluvia les calaba a entrambos, hasta el extremo de difuminar las facciones de sus respectivos rostros.

–La vida no me preocupa tanto como te puedas imaginar –manifestó Genaro, señalando la hoja de la espada merced a un leve movimiento de cabeza.

–No suelo salir de mi casa sin llevar conmigo este “juguete” –explicó el desconocido sardónicamente–. Además he de añadir que soy un diestro espadachín.

–Yo también recibí en mi juventud clases de esgrima –dijo Genaro, y sus ojos parecieron proyectarse a una época muy lejana en el pasado–. Podría demostrártelo...

–No se trata de medir nuestro manejo de la espada –repuso el desconocido–; se trata simplemente de arrancarte la promesa que no quieres pronunciar por propia voluntad.

–Un hombre íntegro no modifica su palabra bajo ninguna coacción.

–Pues tienes para elegir la integridad... o la fría losa de la sepultura –razonó el desconocido lúgubremente.

–Entonces, si he de entregar mi vida, permite que me plante de rodillas para que el Supremo Hacedor me encuentre en la otra vida en digna postura de veneración.

Sin aguardar a que el desconocido se lo autorizase, Genaro se acuclilló adoptando la postura por él señalada. La punta de la espada hubo de adaptarse esta vez al arranque de su cuello. Se sucedió un opresivo silencio, roto únicamente por el crepitar de la lluvia y el restallido de los truenos. La temperatura ambiental comenzaba a acusar un apreciable descenso, y yo notaba que cada vez eran más frecuentes los escalofríos que azotaban mi delgado cuerpo.

–No me voy a echar atrás en mi resolución –informó el desconocido con voz vacilante.

La espada delataba la poca firmeza de su pulso; el número de oscilaciones que la misma dejaba traslucir era fiel indicador del azoramiento que embargaba el alma del desconocido.

–Podrás llevar contigo una espada –manifestó Genaro sin levantar la mirada del suelo–, pero no tendrás redaños a usarla en mi perjuicio.

Entonces actuó con la velocidad del rayo. Esquivó la punta de la espada ladeándose sobre su rodilla derecha, en un giro tan imprevisible que le hizo perder estabilidad al desconocido, quien terminó midiendo el suelo con la parte anterior de su cuerpo. A todo esto, Genaro tuvo ocasión de apoderarse de la espada y arrojarla por encima del pretil del puente. Luego se incorporó cuan largo era y le dijo a su antagonista:

–Siempre se me ha dado bien darle esquinazo a la muerte... Te repito lo de antes: haré lo que tenga que hacer.

Una vez expresado esto, empezó a bajar por las escaleras del puente con sentido a la margen izquierda del Gran Canal, sin preocuparle la inundación que de forma inexorable estaba engullendo las calles y los canales laterales de Venecia.

De súbito, el cuerpo del desconocido se estremeció como si se lo recorriera una corriente galvánica. Se puso en pie en cuestión de una décima de segundo, sacó de entre sus ropas un afilado puñal y se abalanzó con ligereza felina hacia el encuentro de Genaro. Los dos hombres chocaron ruidosamente y se trabaron en una lucha desesperada, en tanto que descendían rodando por las empinadas escaleras del puente de Rialto. Yo me alarmé lo indecible, y logré por fin imprimir algún movimiento a mis piernas y brazos. Pude observar que los dos hombres habían llegado al final de las escaleras y que uno de ellos estaba completamente inmóvil, mientras que el otro se iba incorporando dolorosamente.

Entretanto, yo no pude conservar por más tiempo mi casual inmovilismo. Bajé las escaleras todo lo rápido que me permitieron mis piernas adormecidas por el continuo despliegue de tensiones. Genaro asistió a mi llegada con los ojos desencajados y los labios trémulos. A su lado yacía el cuerpo del desconocido rodeado por un charco de sangre en imparable expansión; podía apreciarse con total verismo la manera en que el puñal le había atravesado el corazón.

CONTINUARÁ…

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lunes, 15 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XV): Misteriosa conversación del misterioso Genaro Andolini


–Está en el Lido –decía la voz desconocida de un hombre de mediana edad–. Habita allí desde hace mucho tiempo... Tu crueldad hizo que emigrara de su tierra natal.

Se sucedió un interminable lapso de silencio antes de que Genaro respondiera:

–¿No existe posible buena acción que me permita alcanzar la redención?

–En el momento en que la libélula pierde una de sus alas, ya no la puede recuperar jamás –dictaminó el desconocido, midiendo las palabras cuidadosamente.

–Sólo me resta la vida. ¿Tiene sentido prolongarla si no lo puedo conseguir?

–Ciertamente es una manera cómoda de soslayar toda culpa.

Una implacable confusión se hizo dueña de mi mente. ¿Qué era aquello de lo que mi maestro parecía ser culpable? Por un momento sentí que estaba a un paso de desentrañar por fin el misterio que rodeaba la vida de Genaro Andolini.

En ese preciso instante la poderosa estridencia de un trueno perforó los tímpanos. Sin preocuparle la manta de agua que estaba cayendo sobre Venecia, Genaro se apartó de su misterioso acompañante y se apoyó de codos sobre el pretil del puente. Entonces ya pude verle desde el rincón en el que me había cobijado. Mientras tanto, yo sentía que las rodillas me flaqueaban; un amago de náusea se fue extendiendo por las zonas más sensibles de mi aparato digestivo. Genaro estuvo contemplando unos instantes el Gran Canal, trasluciendo la misma rigidez que una estatua de mármol. Luego, alguna extraña dolencia pareció cuajar en él, y ocultó la cabeza entre sus anchos hombros.

–No puedo ir adonde tú estás –manifestó el desconocido, golpeando contra el suelo la contera metálica del bastón que portaba–. Tan pronto remita la tormenta, regresaré al Lido para permanecer a su lado.

Genaro alzó la cabeza como si un resorte invisible se la impulsara. Se giró de espaldas y se quedó mirando al hombre con una ira poco contenida. La lluvia se deslizaba copiosamente entre sus blancos cabellos.

–Me iré contigo –dijo casi susurrando–. Aunque no me pueda ver, yo sí que podré recrearme con su vista. No deseo volver a promover escenas violentas. Pero pienso que el sufrimiento de todos estos años me ha vuelto a dignificar. Si obré mal en el pasado, ya nada más puedo hacer para pagar mi culpa.

–Es mejor que no vengas, te lo pido por favor. Sería una perversidad por tu parte. Nadie añade un trozo de paño viejo a un vestido nuevo.

–Me es indiferente lo que tú pienses. Me voy a hacer tu sombra hasta que mis ojos comprueben que se encuentra bien. Creo que se me debe esta redención... Luego seguiré mi camino.

Los nervios amenazaban con malograr el autodominio del desconocido.

–Si persistes en semejante terquedad, me voy a ver en la necesidad de impedírtelo.

–No te quiero causar ningún quebradero de cabeza. Sólo quiero ver cómo sigue y después me iré para siempre.

–¿Es que no comprendes que no puedes?

–El que no entiende eres tú –repuso Genaro, afilando su tono de voz. El poderoso estallido de un nuevo trueno repercutió en los muros cercanos–. Lo haré con todo el sigilo posible. No podrá enterarse de que yo he estado muy cerca de donde se encuentre.

–Ya no se trata de que se entere o se deje de enterar. Soy yo quien no quiere que te aproximes a su vera. Debería caérsete la cara de vergüenza sólo de considerarlo. Mientras yo pueda impedírtelo, no harás tal cosa.

La hostilidad se iba haciendo más evidente en el diálogo que mantenían los dos hombres. Un fatal presentimiento hizo que se me encogiera el corazón. Estaba claro que mi maestro deseaba ardientemente ver a alguien, en tanto que el desconocido pugnaba por disuadirle a toda costa de que lo hiciera. Por un momento pensé que yo debía hacer acto de presencia entre ellos dos, para ver si así se apaciguaban los ánimos. Sin embargo, un fortuito temor me mantuvo quieto en el sitio; sentía que mis piernas estaban como paralizadas.

–Debemos concluir esta conversación –dijo Genaro, dirigiendo a la vez una inquieta mirada a la cubierta de nubes negras como la tinta china que se amontonaban en el cielo y que no cesaban de soltar su ingente carga de lluvia–. Yo haré lo que haya de hacer. Tú no eres nadie para condicionarme a este respecto.

–¡Yo soy quien soy! –exclamó el desconocido con los nervios desquiciados–. ¡Y harás lo que yo te ordene!

–Serénate. No quiero tener problemas contigo. Es mejor que nos despidamos ahora. Adiós, que todo te vaya muy bien.

Genaro hizo ademán de marcharse, mas el desconocido le apresó del codo izquierdo, otorgándole al propio tiempo una mirada mortífera.

–No te dejaré ir a menos que me des tu palabra de no llevar a cabo tan insensato proyecto.

–No puedo dártela –remachó Genaro, como lamentándose de su firme determinación.

–En ese caso... ¡tú te lo has buscado!

CONTINUARÁ…

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domingo, 14 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XIV): El puente de Rialto



De inmediato traspuse la puerta de la fonda. Entonces descubrí con pavor que el nivel del agua desbordada crecía inexorablemente. No tenía la menor idea del camino que podía haber seguido Genaro en medio de ese apocalíptico temporal. De vez en cuando se veía cómo un rayo moría en el pararrayos del Campanil. Sin otra alternativa más halagüeña, me aventuré por la calle de Fabbri con denuedo y sin saber que siguiéndola alcanzaría la orilla derecha del Gran Canal.

Al cruzar el pequeño puente sobre el canal conocido como Río Fuseri, observé con espanto que el agua liberada de sus ataduras había invadido la altura de las puertas y ventanas de los pisos bajos. Vi también a un gondolero apresurándose por conducir su embarcación al abrigo del muelle del Bacino Orseolo, emplazado justo a las espaldas de la Plaza de San Marcos. El aguacero descendía como una densa cortina, y los contornos de la calle se difuminaban ante mis espantados ojos. Si bien estábamos en la época estival, me resultó ingrato el contacto de la lluvia. Con semejante tiempo la estancia en Venecia no es en modo alguno agradable. Al llegar al Gran Canal me apercibí del tono patético de la escena. No se veía una sola embarcación bogando por el centro del Gran Canal; todas ellas estaban amarradas a los bolardos de las dos orillas. Los impactos de la lluvia provocaban una extraña ebullición en la superficie del agua. Las nubes se veían extraordinariamente bajas y chispeantes. Mirando hacia la derecha se avistaba la inconfundible silueta del puente de Rialto. No sabiendo hacia dónde encaminar mis pasos, resolví por último tomar las alturas del citado puente como observatorio privilegiado, ya que desde allí se domina un buen trecho del Gran Canal. Acaso de esta forma lograse localizar a mi maestro en medio de la hecatombe de la lluvia y del agua cada vez más ascendente.

Mis ropas se habían empapado por completo para cuando conseguí llegar a las escaleras de Rialto. Encontré un buen refugio bajo las sombrías arcadas. En mi derredor Venecia desaparecía bajo un imperio de aguas blanquecinas. Recios escalofríos sacudieron entonces mi juvenil cuerpo. Comencé a lamentar la insensatez de haberme marchado de la fonda. Mi primera intención había sido encontrar a Genaro, y ahora no me quedaba otra cosa que admitir que yo era en realidad quien estaba extraviado en medio de semejante inclemencia temporal.

De repente, mis oídos apreciaron un tenue murmullo de voces que apenas si se podía percibir bajo el incesante rumor de la borrasca. Provenía de la misma meseta del puente, a pocos metros de donde me hallaba. Me fui aproximando hasta allí de puntillas, amparándome en las sombras y conteniendo la respiración todo lo que me era dable. De vez en cuando mi presencia en el puente era delatada por las cegadoras luminarias de los relámpagos, obligándome en consecuencia a interrumpir mi paso cauteloso. Entonces, sin ser consciente del tiempo que había invertido para ello, llegué a una distancia que me permitía distinguir perfectamente el sonido de las voces humanas. De esta forma hube de agazaparme bajo un arco de mampostería para evitar el riesgo de que me descubrieran. Eran dos las personas que estaban dialogando. El tono de una de ellas no podía resultarme más familiar, por cuanto pertenecía a mi estimado maestro. Al deseo que tenía de reunirme con él se impuso la curiosidad por averiguar con quién y de qué asunto estaba tratando. Agucé, pues, el oído todo lo que pude.

CONTINUARÁ…

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sábado, 13 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XIII): Venecia y el viento Siroco


Al día siguiente enfilamos el camino hacia Venecia. Si nuestras monturas hubiesen podido hablar como la burra de Balaán, por fuerza tendrían que haberse quejado del apresuramiento de nuestras etapas. Pero en verdad no podía ser de otro modo, pues el mes de julio estaba cercano a concluir y para septiembre Bompiani confiaba en que el trabajo de campo estuviese bastante avanzado.

Llegamos a Venecia derrengados por el esfuerzo y cubiertos por el polvo del camino. Enseguida descubrí que el encanto de Venecia queda por encima de las palabras. Es una ciudad para ser básicamente admirada; vivir en ella es harina de otro costal: no ha de ser muy grato tener siempre en el olfato los desagradables miasmas que expelen los canales laterales, sobre todo a la llegada del tiempo caluroso. Pero, como contrapartida, es difícil hallar otra ciudad donde se conjuguen mejor la luz del cielo y los destellos de las aguas. ¡Cuánto me hubiese gustado perderme por los vericuetos de Venecia! Sin embargo, el tiempo era para nosotros un bien que no podía ser desperdiciado. Tan pronto tomáramos un rápido refrigerio en la fonda donde nos habíamos alojado, nos encaminaríamos a las islas de la laguna para estudiar de cerca algunas costumbres de las anátidas. A través de la ventana de la fonda me era posible divisar el canal de la Giudecca y la impresionante cúpula de la iglesia de Santa María de la Salud. Observé que de repente se estaba levantando un fuerte viento meridional, que azotaba los árboles y los gallardetes de la otra orilla del canal.

–¡ Que no sea el Siroco! –suspiró Genaro, siguiendo el sentido de mi mirada–. El tiempo ya nos apremia demasiado como para permitirnos nuevos retrasos.

No hay más que estar en Venecia para comprender el motivo de por qué allí es tan poco deseado el soplo del viento Siroco. El viento Siroco impulsa enérgicamente las olas del Adriático, haciendo crecer de forma desmesurada el nivel de la laguna veneciana. Y si por añadidura bogan por el cielo nubes de lluvia (como sucedía en la ocasión de nuestra estancia allí), entonces el efecto de las aguas desbordadas se amplía hasta el extremo de resultar peligroso. Pudimos observar a través de la ventana cómo algunos obreros de la antigua república se apresuraban en instalar pasarelas provisionales, ya que de ahí a poco se esperaba que el tránsito por las calles fuera de todo punto impracticable.

Creo que aquélla fue la primera vez que escuché a mi maestro proferir maldiciones a voz en grito. Sus planes se estaban yendo al traste con la inesperada avenida de aguas laguneras. Roncalli y yo comenzamos a sentir preocupación por su estabilidad emocional.

–¡Malditas sean las barbas de Neptuno! –despotricaba sin descanso–. ¡Con lo que queda por hacer... y aquí estamos, atascados en esta mohosa fonda! Vive Dios que nunca debí reintegrarme a la vida en sociedad. Todo son responsabilidades y esfuerzos baldíos. ¿De qué sirve abrigar nobles intenciones si al final el fiasco viene a sacudir fustazos aquí y allá? Ya no puedo más... ¡Maldita sea, maldita sea! ¿Dónde quedarán los muros de mi caverna?

Impresionado por el despliegue de tensión que estaba haciendo Genaro, yo percibía que las lágrimas me asaltaban los ojos. En ese instante se puso a llover torrencialmente. Las gotas impactaban contra el vidrio de la ventana con todo el furor del viento Siroco. Las aguas empezaban a invadir las calles, llegando a anegar por completo la plaza de San Marcos. El Campanil desde donde Galileo Galilei mostrara a los senadores de la República de Venecia las excelencias de su invento el catalejo, lanzaba a los cielos el repique de su metal, alertando a la población para que no abandonara la seguridad de sus hogares.

–¿Sabéis lo que os digo? –saltó de improviso Genaro con los ojos en punta–. No pienso quedarme aquí para ver impasible cómo se arruina este proyecto.

Se levantó de la silla hecho una furia. Dirigió una hosca mirada al borrascoso paisaje que se perfilaba al otro lado de la ventana. Acto seguido abandonó la estancia con férrea determinación. Sus pisadas se acallaron en cuanto salió por la puerta principal. Roncalli y yo no pudimos hacer otra cosa que mirarnos atónitos; se puede decir que nos quedamos paralizados en nuestras respectivas sillas.

–¡A mí sólo me han pagado para dibujar! –exclamó mi compañero, cuyos nervios le obligaban a mordisquear la boquilla de su pipa de brezo–. No estoy dispuesto a tolerar los arrebatos de ese demente. Ya no le basta con hacerme trabajar hasta la extenuación; ahora quiere arrastrarme en su locura.

Yo también me sentía anormalmente alterado. Genaro acababa de abandonar la fonda y podría estar enfrentándose a innumerables peligros con el estallido de la tormenta. Sentía que me ardía la cabeza; no sabía si permanecer bien resguardado en la fonda o marchar tras los pasos de mi mentor. Aún no puedo explicarme cómo me decidí por esta última opción.

–Esta expedición es un fracaso –comentó Roncalli nada más adivinar mis intenciones–. Nunca pensé que el respetable señor Bompiani me fuera a encargar este absurdo trabajo. Y ahora tú también te unes a la locura de tu amigo.

–Siempre será mejor que quedarse aquí refunfuñando como una vieja cotorra –respondí con frase rápida.

CONTINUARÁ…

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viernes, 12 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XII): Lago Garda


A la primera luz de la mañana, salimos de Verona con gran sigilo. Nuestra intención era llegar al lago Garda antes de que los calores de la tarde se hiciesen más extremos. Según el parecer de Genaro, las riberas de los lagos eran las tierras más adecuadas para encontrar amplio repertorio de aves, fuesen o no acuáticas. Nuestras monturas estaban a un paso de la extenuación cuando por fin estuvimos a la vista del espléndido lago.

Nos sentíamos agotados por los rigores de esta nueva y forzada etapa de nuestro viaje. Buscamos un sitio a la sombra que no estuviera alejado del lago, y allí nos entregamos a la dulzura de una siesta reparadora, todos a excepción de Genaro, que no se echó ni siquiera un minuto; yo me preguntaba de dónde podría sacar tanta energía. Estaba como en trance contemplando las riberas del lago. Una sombra más espesa que la que tendían los cercanos robles centenarios parecía haberse posado sobre las líneas de su rostro inexpresivo.

Antes de levantarme del suelo me quedé cautivado a la vista de un bello grupo de flores de corolas violeta. Recuerdo todavía la suave fragancia que difundían.

–Son gencianas –me aclaró Genaro sin esperar a que le preguntara–. De ellas se extrae un licor muy amargo. Una vez lo probé y estuve casi cinco días sintiendo su amargor en el velo del paladar.

Fue entonces cuando aproveché para formularle la siguiente cuestión:

–¿Podremos terminar el trabajo antes de que acabe el verano?

Los ojos de Genaro derivaron nuevamente al lago.

–Eso me llevo preguntando desde que salimos de Milán –dijo con tono neutro–. Recopilar un buen tratado de ornitología es una labor de muchos años. He pecado de presuntuoso al pretender hacerlo en tan sólo un verano... Pongámonos a la tarea cuanto antes.

Aquella tarde tuvimos la fortuna de ver un auténtico lagópodo (lagopus lagopus). Es un ave que siempre me ha llamado especialmente la atención. Presenta un plumaje pardo en verano y blanco en invierno, siempre a tono con el aspecto de la tierra en la que habita. Además muestra unas máculas rojas a la altura de los ojos. Es un ave experta en camuflaje. Según Andolini, resultaba extraño hallarla en el lago Garda, por cuanto prefiere vivir en las altiplanicies de los Dolomitas. Después de aquella primera vez, he tardado mucho tiempo en volver a avistar un lagópodo de plumaje variable. Ni que decir tiene que es una de mis aves favoritas.

Sea como fuere, Genaro urgió a Roncalli más de lo corriente, puesto que quería que los bocetos estuvieran a punto cuanto antes. En opinión de Genaro, no podíamos invertir más de un día y medio en las inmediaciones del lago Garda. Fue entonces cuando me comencé a dar cuenta del agobio que últimamente causaba a mi maestro el paso del tiempo. Acaso se originara como consecuencia de mi anterior comentario, pero lo cierto es que en el ánimo de Andolini se infiltró una cualidad nada deseable para la tarea de un ornitólogo: la prisa.

CONTINUARÁ…

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jueves, 11 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XI): Verona




Permanecimos cerca de cuatro días en aquellos deliciosos parajes. Semejante demora temporal comenzó a inquietar a Genaro, habida cuenta de que el verano se sucedía rápidamente y aún no habíamos completado ni la décima parte del programa original. Enfilamos con inusual premura el camino hacia Verona.

Nuestra estancia en tan hermosa ciudad se redujo a una sola tarde. Sólo nos dio tiempo a darnos un garbeo por la imponente plaza del Brà y a visitar el anfiteatro que desde el centro de la misma plaza se erige como el principal símbolo monumental de Verona. Tampoco debíamos marcharnos de la ciudad sin contemplar la fachada de la casa que la tradición atribuye a Julieta, la entrañable heroína de la tragedia de Shakespeare. Forzoso me resulta confesar que después de haber admirado tanto en mi imaginación a la bella hija de los Capuleto, me hubiera hecho inmensamente feliz ver su rostro angelical surgiendo por encima de la baranda del balcón. Mi pecho se llenó de suspiros; una fortuita melancolía de juventud me lo oprimía como entre tenazas. Entonces hube de solicitar a Andolini un rato de soledad para dar libre curso a mis cuitas, deseo que me fue puntualmente concedido.

Me encaminé, pues, al cercano puente Nuovo y observé extasiado cómo las ondas del río Adigio se teñían con el rosa del atardecer. Era uno de esos instantes en los que me hubiese agradado tener a mi lado a una Julieta, pese a mi temprana juventud. Mi corazón estaba ansiando amar, y eso me llevaba en ocasiones a impacientarme por no haber encontrado todavía a una joven que llenase mi mundo de nuevas fantasías. En este estado de ánimo, me dirigí a grandes zancadas a la posada en la que teníamos pensado hacer noche.

CONTINUARÁ…

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miércoles, 10 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (X): Lago de Como


El verano se presentaba de una dulzura inusual. Las aguas del lago de Como refulgían como si su superficie estuviese cuajada de diamantes y los árboles de las riberas exhibían su más puro verdor. Los Alpes se perfilaban al fondo en medio de una bruma soleada. Nos detuvimos en Bellagio, que es la población que se encuentra en la confluencia de la horquilla que forman los dos ramales meridionales del lago. Genaro se puso enseguida a la labor: observaba con detenimiento las evoluciones de las aves acuáticas, orientando a Alberto acerca de los bocetos que debía realizar. Nuestro compañero era ligero dibujando y lo hacía con tanta perfección, que a Genaro no le representaba ninguna dificultad reconocer las especies a que pertenecían las aves retratadas.

A mí particularmente me llamó la atención un ave que apareció de repente a la orilla del lago. Tenía las patas tan largas como las de los flamencos y el cuello igualmente largo, si bien encorvado; su plumaje era variopinto, y especialmente me fascinó el tono azul que presentaban sus alas.

–Aquí tenemos una visitante africana –me dijo Andolini–. Nace de unos preciosos huevos azules, y es capaz de comerse un erizo entero. Roncalli, no dejes de hacerle un boceto.

–En eso estamos –murmuró el dibujante, accionando con maestría la barra de carboncillo.

–Y al pie del dibujo no olvides poner su denominación taxonómica: Ardea purpúrea –añadió Genaro.

–¿Ardea purpurea? –intervine yo–. ¿Cuál es su nombre en cristiano?

Genaro me miró con el ceño jovialmente fruncido.

–¡Vaya, mi joven aprendiz! ¿Acaso ignoras que el latín es el idioma más cristiano que existe?

–Me gustaría conocer su denominación vulgar.

–Eso está mejor, Paul. Se trata de una garza imperial, ya que su fastuoso plumaje no induce a pensar en algo inferior.

Yo hice un puchero con la boca, abrumado por los amplios conocimientos de que hacía gala mi mentor.

–¿Podré algún día llegar a saber tanto como usted? –no pude por menos de cuestionarle.

–Ese día te aseguro que me superarás –respondió Genaro con su tono más estudiadamente suave.

CONTINUARÁ…

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martes, 9 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (IX): Milán


A la llegada del verano, me produjo no poca conmoción ver a mi maestro despojado de sus sempiternos harapos y con la barba y el cabello adecuadamente recortados. Sus ojos seguían mostrando rastros de melancolía, pero su figura (vestido con un traje como Dios manda) había adquirido una agilidad y una elegancia hasta ahora ausentes en él.

En cuanto a mí, me había dado al estudio ese curso escolar de un modo tenaz, con el estímulo del viaje que íbamos a realizar durante el verano. Los resultados en los exámenes habían sido inmejorables; nada me impedía, pues, disfrutar de tan maravilloso viaje.

Hicimos nuestra primera escala en Milán, al objeto de entrevistarnos con Rinaldo Bompiani, el más afamado editor de la faja septentrional de Italia. Mi padre lo conocía desde hacía muchos años, y es ocioso explicar el recibimiento que nos brindó el buen empresario. Su entusiasmo fue parejo con el nuestro al referirle mi padre el proyecto editorial que traíamos en mente. Ciertamente, aún no había sido publicado un tratado que se pudiera calificar de óptimo sobre la especialidad de Genaro y que hubiera asimismo pasado por la imprenta de Rinaldo Bompiani.

Se nos fue casi todo el día discutiendo la estructura y contenido de tan ambiciosa obra. Al principio, le había costado explicarse a Andolini, pero al final acabó cautivando al editor con su mucha sapiencia.

El contrato se formalizó en un café cercano a la plaza del Duomo. Bompiani nos informó que iba asimismo a procurarse los servicios de un dibujante para que emprendiera viaje con nosotros, puesto que –argumentaba Bompiani– la obra tendría mayor tirada editorial si contaba con abundantes y bellas ilustraciones. Asimismo, se pensó en la adquisición de unas buenas monturas para el viaje y en las provisiones necesarias.

Mi padre regresó a Ancona al día siguiente, confiándome a la tutela de Andolini. Ya se nos había agregado Alberto Roncalli, el dibujante del que nos había hablado el editor, y esa misma mañana partíamos a uña de caballo hacia el lago de Como para dar inicio a nuestra laboriosa tarea.

CONTINUARÁ…

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lunes, 8 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (VIII): El proyecto de la expedición


Desde entonces, Genaro Andolini no volvió a mantener los labios cerrados mientras hablaba.

Se mostró muy deprimido los tiempos subsiguientes a tan triste suceso. Ya no desplegaba su entusiasmo de otrora al enseñarme; había veces en que yo me veía en la decepción de volver de vacío a Ancona, por cuanto mi maestro no se había sentido con ánimos para dirigirme la menor palabra.

Como observara que su depresión iba en aumento de día en día, decidí confiarle a mi padre mis temores de que Genaro acabara muriéndose de pesadumbre. Encontré unos oídos receptivos en mi padre, ya que al término de mi detallada explicación me dijo:

–Es lamentable lo que me estás contando. La vida de ese hombre ha estado tan plagada de tristeza, que resulta cuando menos indignante que aún no haya visto un fin a sus cuitas.

–Eso mismo opino yo –admití al tiempo que exhalaba un suspiro.

–Ya que él no es capaz de dar con una solución a sus desdichas –prosiguió mi padre–, habrá de recibir un impulso externo que le permita transitar por sendas más favorables. Ahora mismo se me está ocurriendo una idea... Sí, resultaría estupendo disponer en las bibliotecas de un vademécum de las aves de la península itálica. Si alguien puede llevar a cabo tal empresa, ése es Genaro Andolini, habida cuenta de su mucha preparación en materia ornitológica. La realización de ese proyecto implicaría un viaje a través de Italia, el cual serviría asimismo para infundir optimismo en un espíritu tan melancólico como el de nuestro amigo. He de reconocer que siento un profundo aprecio por él, y no me importaría sufragar su viaje, amén de que conozco a un editor de Milán que estaría encantado de publicar tan estupendo trabajo. ¿Qué te parece, Paul?

El entusiasmo irradiaba de mis pupilas, y esto le bastó a mi padre como respuesta a su pregunta.

A la mañana siguiente me acompañó a los acantilados, y le pintó el proyecto a Genaro con tan vívidos colores, que éste no pudo por menos de escucharle con interés manifiesto.

Genaro accedía a llevar a cabo el trabajo siempre y cuando yo pudiese acompañarle; aducía que la expedición ornitológica acabaría de poner el broche a mi aprendizaje de todos esos años.

–No veo ningún inconveniente –respondió mi padre–. No obstante, tendremos que aguardar al verano, que es cuando Paul tiene vacaciones en la escuela.

Yo me sentía desbordante de felicidad. Estaba a punto de embarcarme en una aventura que me cautivaba totalmente.


CONTINUARÁ…

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viernes, 5 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (VII): Gip


Me encontré a Genaro Andolini acurrucado en el rincón más sombrío de la gruta. Su inmovilidad era perfecta, y a lo primero hubiera dado a pensar su paso a mejor existencia. Estaba tumbado en el suelo en una postura que se diría fetal. Tenía la mirada como mineralizada, muy expresiva pero absolutamente opaca. Sus manos enlazaban un impreciso montón de carne y plumas, hacia el cual apuntaban las niñas de sus ojos, talmente como si estuviesen imantadas.

Enseguida lo comprendí: lo que tenía entre sus manos no era sino el cadáver de Gip. Afuera rugía el viento de la borrasca, y el mismo se había llevado consigo el alma de la entrañable ave, al tiempo que los últimos vestigios de alegría que aún pudieran pervivir en el corazón de Genaro Andolini.

–Maestro, ¿qué le pasa? –dije abocándome a su vera.

–Gip ha muerto –respondió sucintamente.

Más que el hecho de la muerte de Gip, me sorprendió que Genaro articulara los labios al pronunciar esas palabras. Debía de sentirse muy afligido para haber puesto en el olvido tan absurdo voto.

Por la entrada de la gruta penetró repentinamente una bocanada de nieve, lo que contribuyó a romper el mutismo que se había establecido entre nosotros dos.

–Es este maldito frío –se quejaba Genaro enfurecido –. Si no hubiesen bajado tanto las temperaturas, mi hijo seguiría entre nosotros.

–Es absurdo, maestro; un pájaro no puede ser como un hijo –repuse convencido.

De súbito, Genaro se levantó como impulsado por un resorte. Su mirada se deshacía en chispas. Tan descompuestas se le habían puesto las facciones, que llegué a temer por mi integridad física.

–¡Era mi hijo! –vociferó mientras me arrinconaba contra la inmediata pared–. Antes de que tú nacieras –siguió refiriendo muy cerca de mi asustado rostro–, caminando en cierta ocasión por las playas de Niza, me topé con un grupo de algas que la marea había arrastrado hasta la costa. Allí me encontré un huevecillo que tenía multitud de manchas pardas en su superficie gris. Un huevo..., una promesa de vida nueva. Sentí una extraña aprensión en mi pecho, la cual me indujo a depositar mi hallazgo en un nido de gaviotas. Y no seguí mi camino a Italia, como tenía previsto. Sabía que mi huevecillo estaba siendo empollado junto con los de las gaviotas, y aguardaba impaciente el momento en que el nuevo ser rompiera el cascarón. Yo tenía cuidado de no acercarme demasiado al nido, no fuera que las gaviotas huyeran espantadas de mi presencia; lo hacía cuando sabía que el nido estaba momentáneamente abandonado. Y por fin nació el polluelo, que no era otro que Gip. Una vez hubo crecido lo suficiente, lo cogí entre mis manos y me lo traje en mi regreso a Italia. Apenas le crecieron las alas, hice todo lo posible por enseñarle a volar (con mis naturales limitaciones, claro está). Después de un montón de intentos fallidos, Gip consiguió sostenerse en el aire. No te sé explicar la emoción que entonces embargó mi pecho. Pero sin duda alguna lo que más me emocionó fue que Gip retornara a mi lado después de todo un día de joviales ejercicios en el aire.

»Gip ha sido mi principal afecto durante todos estos años que hace que habito esta gruta. Su cariño y fidelidad han despertado en mí el mismo sentimiento que hubiese profesado a un hijo. Puedes imaginarte la desgracia de este instante, ahora que ya sabes todo lo que me unía a Gip.

Una lágrima solitaria rodó por los pelos de la barba de mi mentor. Yo me uní a su aflicción, y le ofrecí mi ayuda para todo lo que hubiera menester.

Esa misma tarde llevamos a cabo el sepelio de Gip. Introdujimos su ya rígido cuerpo en una grieta profunda de un arrecife, sellando acto seguido la abertura con un bloque de pizarra extraordinariamente pesado. A continuación se sucedió un intervalo de silencio, en tanto que el sol del ocaso pintaba de oro las cimas de las nubes.

CONTINUARÁ…

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jueves, 4 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (VI): Años de aprendizaje


No deja de rondarme la cabeza una idea por demás obsesiva: es posible que todo el descontento de que daba muestras mi mentor viniera motivado por su ausencia de fe en Dios. Si hubiese sido un creyente a ultranza, no habría dudado ni refunfuñado ni mucho menos se hubiese apartado del trato de las gentes. ¡Con qué facilidad rememoro ahora la transparencia distante de su mirada! Su comportamiento encubría, por así decirlo, un alma rendida por el dolor y la frustración y unos deseos insaciables de atesorar ciencia ornitológica. Al cabo de tantos años de descuido de los asuntos mundanos, había puesto en el olvido gran parte de lo que había aprendido en su anterior etapa como veterinario. Pero de todo lo referente al mundo de las aves había olvidado muy poca cosa. ¡Cuánto me enseñó entonces! Él me proveyó de los primeros conocimientos cuya ampliación acabaría encauzando mi vida venidera.

Así, de este modo, pasaron dos años bajo los auspicios de tan excepcional maestro. Mi padre no veía con malos ojos que me relacionara con Genaro Andolini. Le gustó comprobar mis progresos en ornitología, y me alentó a seguir adelante con semejante tarea.

–Si, hijo mío, no dejes de aprender de ese hombre –me advertía con tono complacido–. Llegar a saber mucho del bello mundo de las aves, constituye un arte tan laudable como el de la música o la pintura. Sigue adelante.

Conforme aumentaba nuestro trato, Andolini iba cobrando mayor confianza en mi persona. Algunas veces me lo encontraba a la salida de la escuela, agazapado tras el tronco de alguno de los árboles del paseo. Como yo hiciese ademán de reconocerle y aproximarme a su vera, él se replegaba en su escondite e incluso podía llegar a poner pies en polvorosa. En otra ocasión, durante la Vigilia Pascual a la que yo asistía en compañía de mi familia, lo sorprendí acechándome en la última ringlera de bancos de la catedral. Y así, no solía resultar extraño descubrirle espiándome por las calles de Ancona. Andolini se percataba la mayor parte de las veces de que yo le había echado el ojo encima, y luego, cuando nos reuníamos en la gruta, no hacía la menor mención a estas circunstancias.

Un día, sin embargo, después de haberme explicado con todo detalle la vida, costumbres y fisiología de la gaviota reidora (ladus ridibundus), me hizo la siguiente observación:

–Muchacho, si me ves siguiéndote, hazte el despistado. Yo vivo la vida a través de Gip... y de ti.

No le entendí en absoluto, y con las mismas fui a comentárselo posteriormente a mi padre. Éste no pudo por menos de sonreírse, y me participó el hecho de que Genaro ya no acudiera a trabajar a los muelles. Y así comenzó a enviarle cestos de comida por conducto mío. Andolini los aceptaba sin reparos, pues la munificencia de mi padre se le antojaba una forma de seguir aferrado a la vida sin mayores esfuerzos ni preocupaciones.

Recuerdo especialmente una tarde del invierno de 1802. Los aires amenazaban con descargar copiosa nevada. Mientras iba de camino a la gruta, mis ojos contemplaban absortos el bonito matiz gris-azulado que exhibían las nubes en lo alto del cielo. Siempre me ha gustado el aspecto invernal de la Naturaleza. Cuando otro hubiera despotricado de ir caminando en medio de atmósfera tan desapacible, yo no podía evitar que mis labios se curvaran en un rictus de satisfacción. Caían los primeros copos de una nieve fina, cuando alcancé la entrada de la gruta.

Me chocó sobremanera el silencio tan sepulcral que allí dentro reinaba. Ni siquiera se oía el habitual sonido que producían las gotas de agua al descender desde las estalactitas del techo. Hasta parecía como si el hachón de viento difundiese una luz menos viva. Todo el ambiente de allí dentro presagiaba una próxima y duradera tristeza.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes…


miércoles, 3 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (V): La primera lección


Una tarde me sorprendió una lluvia torrencial, y no encontré otra solución que refugiarme bajo un saliente rocoso. En tales circunstancias, no era posible emprender el camino a Ancona hasta que la lluvia remitiese.

Fue entonces cuando vi a Andolini a la entrada de la gruta, haciéndome señas para que me encaminase allá. Como la lluvia arreciara más a cada momento, me vi obligado a aceptar su ofrecimiento.

–Eres tozudo, muchacho –me dijo con una voz de labios inertes–. ¿Qué es lo que te trae tantos días cerca de mi morada?

Después de todas esas semanas en las cuales no había dejado de pensar en él, yo había perdido mucho de mi miedo inicial a Andolini. Aún no me había parado a analizar si sentía simpatía por él, pero le contesté:

–Hay algo que me empuja a venir aquí.

Andolini se sentó sobre una estalagmita, diciendo:

–También hay algo que me empuja a apartarme del trato de mis semejantes y preferir únicamente el trato de mi hijo.

–¿Quién es su hijo? –inquirí cada vez más asombrado.

–¡CRIA! –exclamó sin responderme, con una voz que se asemejaba más a la de un ave que a la de un hombre.

De repente me di cuenta de que el aire se llenaba con un jovial batir de alas. Entonces vi cómo frente a Andolini permanecía suspendido el pájaro que tiempo atrás tuviera entre sus manos. Ahora el hombre le tendió las palmas abiertas, y el ave aterrizó en ellas y se hizo un ovillo, como si hubiese encontrado el mejor nido donde reposar. Andolini comenzó a prodigarle suaves caricias. Yo me acerqué obra de tres pasos, y a la escasa luz del hachón de viento pude fijarme en los detalles del pájaro. Tenía el pico y las patas de color rojo, y una uniforme mancha negra le recorría, a modo de capucha, la parte superior de la cabeza; su plumaje era blanco esfumado en gris. Andolini lo acariciaba con el mismo cariño y delicadeza que hubiera mostrado de tener entre sus manos un bebé recién nacido.

–Esto es todo cuanto tengo en el mundo –me dijo al cabo de un minuto–. Se llama Giuseppe, pero me gusta abreviar su nombre llamándole simplemente “Gip”. Si deseas aplicar su denominación taxonómica, es un sterna paradisaea, o sea un charrán ártico, aplicando una terminología más corriente. De esta criatura es de quien digo que es mi hijo.

Yo me encontraba a cada momento más admirado.

–Entonces es cierto lo que se dice en Ancona –musité.

–¿Acaso que soy un hombre que sólo se relaciona con los pájaros?

Abatí la cabeza en mudo asentimiento.

–¿Te has fijado alguna vez en la pluma de un ave? –dijo Andolini, arrancándole una a Gip, la cual estaba a punto de caérsele del ala derecha–. El tallo duro y flexible se llama raquis. El tejido que parte del mismo se llama barba; cada fibra que compone este tejido, se llama barbilla, y, si te fijas bien, observarás que existen unas uniones entre las barbillas, las cuales reciben el nombre de garfios. La parte que va unida a la piel se denomina cálamo, y es lo que se utiliza para escribir una vez que se encuentra bien afilado.

Así se dio inicio a la primera de una larga serie de lecciones que Andolini me impartiera acerca del apasionante mundo de las aves. Yo aún no le entendía; no atinaba en el sentido de sus lecciones ni en el motivo que le había llevado a refugiarse de todo en esa diminuta parcela del saber de las ciencias naturales. Después de muchos años que hace que dejé de tener noticias de él, me he hecho todo tipo de cábalas para tratar de justificar tan inusual como loable dedicación. Pienso que Genaro Andolini era un hombre que se hubiese sentido a sus anchas en el mundo de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Para él resultaría cuando menos ilusoria una vida llena de esfuerzos, fatigas y frustraciones. Harto estaría de ser, a su modo de ver, el centro de los azotes del destino. No, Genaro no podía concebir la vida como la de una hoja batida en el ojo de la tempestad. ¿Dónde te hallarías, bella utopía? Genaro Andolini hubiera sido feliz recostándose a la sombra de los árboles del Edén, arrullados sus oídos por el incesante canto de sus queridos hermanos los pájaros.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

martes, 2 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (IV): Curiosidad creciente


Así fue transcurriendo lo que restaba de verano, y llegué hasta poner en el olvido a Genaro Andolini. Mis mayores preocupaciones se centraban entonces en darle esquinazo a la banda de los pérfidos calabreses.

Una luminosa tarde de jueves del mes de noviembre me encaminé al puerto. Esa misma mañana acababa de arribar un barco que hacía la ruta de Egipto, y mi padre ponderaba lo repleto que venía de mercaderías de las distantes tierras de Oriente, lo cual iba a redundar en prosperidad para nuestra familia. Desde lo alto del promontorio que dominaba el puerto, contemplaba yo las maniobras de descarga, y hete aquí que mi corazón dio un salto en el pecho al reconocer a Andolini entre los estibadores. Mi padre, que estaba a mi vera, había notado la causa de mi desconcierto, y me dijo:

–Tiene que vivir de algo. De vez en cuando le ofrezco trabajo en la descarga de los barcos. No es muy hablador, pero es hombre de buen corazón.

En un momento dado, después de depositar un pesado fardo en uno de los carros que allí había dispuestos al efecto, Andolini se me quedó observando fijamente. Seguía tan mal vestido como cuando me lo encontré la vez primera, pero esto no parecía suscitar el interés de la gente que tenía a su alrededor. Sin despegar mi mirada de la de Andolini, le pregunté a mi padre:

–¿Te has dado cuenta de que cuando habla no mueve la boca?

–Hace tiempo que va diciendo que sus labios fueron objeto de pecado, y para él es como si fuesen carne muerta –repuso mi padre.

–Pero ¿qué es lo que hizo?

Medió un intervalo de silencio antes de escuchar la respuesta de mi padre.

–Es difícil que lo comprendas a tu edad –y ya no me quiso aclarar nada más.

Sea como fuere, por unas y otras circunstancias, nunca me llegué a enterar de la verdadera raíz del misterio que tan rotundamente había marcado la vida de Genaro Andolini.

Después de aquella tarde, volví a hacer numerosas excursiones a los alrededores de la gruta, con la tranquilidad que me procuraba el saber que mi padre no se escandalizaría en caso de que tales salidas llegasen a su conocimiento. Ya era invierno, hacía frío y muy frecuentemente llovía. Yo iba bien abrigado; y cuando percibía que Andolini iba a salir de su encierro voluntario, yo regresaba a Ancona a pie enjuto.


CONTINUARÁ…

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lunes, 1 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (III): Encuentro en la gruta


En dos zancadas me planté dentro del misterioso recinto. Las sombras me abrazaron estrechamente y mi nariz fue asaltada por un intenso olor a humedad. Entretanto, escuchaba a mis espaldas el lúgubre repiqueteo de la lluvia.

–¡Hola! ¿Hay alguien aquí dentro? –me sorprendí preguntando.

De repente, una llama surgió en medio de la oscuridad, y enseguida me fue dable distinguir las facciones de un hombre de blanca y poblada barba. No era otro que Genaro Andolini. Su frente estaba surcada por tres arrugas perfectamente horizontales y asimismo paralelas. Casi no se le reconocían los ojos, pues las cejas, de tan pobladas, contribuían no poco a ocultárselos. Llevaba puestas unas ropas mohosas y manchadas de humedad.

–Bambino, tienes muchos sitios adonde poder ir. ¿Por qué vienes a perturbar mi retiro?

La voz de Andolini retumbó por toda la gruta. No me asustó tanto el alto diapasón de su voz como el que apenas si hubiese movido la boca para llamarme la atención. Al verme petrificado, se puso en pie y acudió a mi encuentro. Entonces observé que portaba un ave entre sus manos. La luz de un hachón de viento, acertadamente encajado en una concavidad de la gruta, iluminaba parcialmente la escena.

–Está lloviendo afuera, signore –tartamudeé por últimas.

Andolini meneó su cabeza a modo de asentimiento. Dirigió la mirada al exterior, y contempló largamente la precipitación de la lluvia. Parecía como si sus ojos miraran más hacia dentro que hacia fuera. Se trataba de una mirada de una extrañeza inexplicable, neutra; no sugería ni alegría ni tristeza. Entretanto, sus manos se cerraban en torno al ave en un gesto marcadamente protector.

–No has debido alejarte tanto de la población –dijo él, y tampoco esta vez logré percibir el movimiento de sus peludos labios–. La noche habrá caído antes de que amaine la tormenta.

–Si usted lo prefiere, me iré ahora mismo –repuse con cautelosa docilidad.

–Lo prefiero –me respondió tibiamente.

No esperé a que me lo repitiese. Salí afuera, prefiriendo mil veces arrostrar el rigor del aguacero y el restallar de los truenos antes que internarme en el misterio insondable de ese hombre. Por un instante me giré de espaldas, y lo vi enmarcado en el hueco de su gruta, sin cesar de acariciar al ave.

Al llegar a casa recibí una severa reprimenda por parte de mis padres. Me mandaron a acostar muy temprano para ser el día de mi cumpleaños. Durante la incómoda vigilia que siguió a todo eso, no paraba de pensar en el solitario Genaro Andolini.

A la primera claridad de la mañana, no había conseguido todavía soslayar pensamientos tan conturbadores. Cuando cerraba los ojos, mi mente enseguida me reproducía la imagen de Andolini con total fidelidad. Tan preocupado me comencé a sentir, que no pude por menos de sincerarme con mi padre. Después de oírme con relativo interés, me contestó lo siguiente:

–Ese hombre es casi un santo. No temas que te haga ningún daño si te lo vuelves a encontrar. De todos modos, es mejor que no hagas nada por encontrártelo de nuevo.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.



domingo, 30 de noviembre de 2008

La expedición ornitológica (II): Genaro Andolini



Corrí siguiendo la costa cerca de diez minutos. Ya no oía a mis espaldas los abucheos de los calabreses, y por ello juzgué oportuno detener mi marcha. Ciertamente les había dejado mucha tierra de por medio.

Entonces miré a mi alrededor. Me encontraba en una zona de acantilados, y enfrente de mí se destacaba la abertura de una gruta. No tardé en reconocerla: allí era donde habitaba Genaro Andolini, el judío que se había sustraído al trato de los hombres para hacerse amigo de los pájaros, según se chismorreaba por ahí.

En mi corta vida ya había tenido ocasión de oír muchos comentarios acerca de Genaro Andolini. En Ancona contaban que era oriundo del Val d’Aosta. Allí, tras una larga etapa de estudios en Milán, se había establecido como veterinario, ejerciendo muchos años su oficio en tan hermosa región. Referían también que en un momento determinado conoció a una joven de la que se enamoró hasta los hígados. Su amor, a lo que parece, terminó en tragedia, y desde entonces se decía que no soportaba la irrecusable tendencia del género humano a cometer equivocaciones. Genaro no veía justo que Dios nos dejase libres para acabar errando a cada dos por tres. Había desatinos que traían implícitos terribles sufrimientos, y esto al parecer es lo que sucedió en la historia de amor que Genaro protagonizara al lado de una joven del Val d’Aosta.

No hay que olvidar que entonces yo era un niño, y por eso no llegué a comprender el verdadero motivo que empujó a Genaro a adoptar esa clase de vida. ¿Qué haría en esa gruta de los acantilados, apartado del trato de sus semejantes?

Sea como fuere, yo no iba a tardar en averiguarlo por propia experiencia.

Después de ese largo rato corriendo como una centella, notaba que el corazón me latía alocadamente, hasta tal extremo que temí se me escapara del pecho. Me afirmé, por tanto, a un peñasco cercano a la oquedad donde vivía Andolini, al objeto de cobrar nuevos ánimos para regresar a casa.

Fue entonces cuando se manifestó en todo su furor la tormenta que desde un rato atrás hacía amagos en el cielo. Se hicieron visibles los relámpagos, los truenos me dejaron los oídos ensordecidos y una lluvia intensa se apoderó de todos los contornos.

El gélido contacto del agua me produjo unos escalofríos por demás desagradables. Como no iba adecuadamente vestido, se me levantó el temor a pillar un mal resfriado, tanto más alarmante cuanto que el tiempo estival no es el más apropiado para curarse de semejante afección. Ante tal situación, comprendí que no tenía más remedio que internarme en la gruta para ponerme a resguardo de la lluvia.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

sábado, 29 de noviembre de 2008

La expedición ornitológica (I): Ancona


"LES AGUARDA UN VIAJE APASIONANTE POR EL NORTE DE ITALIA: QUE LO DISFRUTEN".

LIBRO DE LAS MEMORIAS DE PAUL MICHAEL BRAUN, ORNITÓLOGO DEL REINO DE LA GRAN BRETAÑA

¿Cuándo comenzó mi amor por la Naturaleza..., más en concreto, mi desmedido amor por las aves? Retrocedo en el tiempo, y detengo mi memoria en el momento en que acababa de cumplir ocho años. Mi vida hasta ese entonces no difería apenas de las demás vidas: el nacimiento, el alcance de los primeros atisbos de consciencia y los centenares de preguntas que comenzaba a ocasionarme mi paso por el mundo. Yo caminaba por la vida ansioso de encontrar respuestas a cada interrogante que me planteaba.

En el momento de cumplir los ocho años, mi familia y yo vivíamos en una villa de Ancona. Mi padre era armador de buques, y entonces aquél era su lugar de trabajo y residencia. Así fue cómo mi blanca piel empezó a teñirse con el bronceado del Adriático.

Fue precisamente en el verano de 1799 cuando conocí a Genaro Andolini. Él fue la persona que marcó mis primeras impresiones dignas de tenerse en cuenta.

El 7 de julio de 1799 cumplía yo, en consecuencia, ocho años de edad. Tras una opípara merienda en el jardín de la villa, acompañado de mis padres y de mis tres hermanas mayores, salí a dar un paseo por el litoral, con ánimo de lucir el hermoso sombrero de tres picos que había recibido a guisa de regalo.

A lo primero no hice caso del banco de nubes que se estaba amontonando en el cielo de Ancona. El viento soplaba recio desde las montañas, y comenzaba a refrescar un poquito. Incluso, si se aguzaba el oído, podía percibirse el amenazante crepitar de los truenos en lontananza.

Llegué a la costa, y me quedé extasiado contemplando las incursiones de las olas en los bajíos. En el puerto podía verse cómo el agua pugnaba por ganar las alturas de los malecones.

–¡Eh, bambino rico! –escuché de pronto a mis espaldas.

Me puse a temblar como un azogado, ya que acababa de reconocer las voces de los niños calabreses que desde tiempo lejano me tenían tomado como el objeto de sus escarnios.

No me paré ni a mirarles siquiera: me puse a correr con tanto ímpetu, que ni me di cuenta de que mi regalo de cumpleaños se me había escapado de la cabeza. Yo sabía que los niños calabreses venían a por mí, pero igualmente sabía que, con las magníficas piernas que Dios me había dado, no tardaría en dejar muy atrás a mis perseguidores.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Gratitud (y IX): La luz que no está en la tierra


En el transcurso de uno de aquellos días de buen tiempo, se le averió la lavadora a la madre del hombre bueno. No tenía posible arreglo el artefacto, y hubo que pensar en deshacerse de él. A este fin, la mujer le dijo al hombre bueno:

–Toma el coche, carga en él la lavadora y te la llevas a tirar al vertedero de las afueras.

Así lo hizo el hombre bueno.

El vertedero era un lugar desagradable a la vista y al olfato; una mancha nauseabunda en el mismo corazón de la Mancha. El hombre bueno metió el coche dentro del recinto alambrado, se apeó y fue a descargar el trasto averiado, con ánimo de marcharse de allí lo antes posible.

Al arrojar inopinadamente la lavadora junto a la base de un montículo de porquería, vio en la cima de éste, rondado por innumerables escuadrones de moscas verdosas, al perro vagabundo que quiso ser su amigo. Su frente estaba abierta en canal por un impacto de bala, y en torno al cuello tenía un lazo corredizo. Despedía un repugnante hedor, y su aspecto era como el de un pellejo de vino afectado por la putrefacción.

Algo se elevó desde el fondo del alma del hombre bueno. Una lágrima peregrina impregnó su pupila izquierda.

Pasó mucho rato contemplando el cadáver del animal, hasta que el rojo de cinabrio del atardecer se hizo patente en el alegre cielo estival. Como viera una amapola agostada que crecía junto a un montón de desperdicios, fue a cogerla y se la llevó al perro a modo de póstumo homenaje.

Luego arrancó su coche, y regresó a su mundo de sinrazones.

Las moscas que se nutrían de los restos de Reeec, se posaron también sobre los mustios pétalos de la amapola.


Moraleja: "Del árbol caído todos hacen leña".


FIN (LAMENTO MUCHO EL TRISTE FINAL DE ESTE CUENTO. ERA UNA ÉPOCA MUY TRISTE CUANDO LO ESCRIBÍ, Y MIS PENSAMIENTOS ADOLECÍAN DE FALTA DE OPTIMISMO. ESPERO QUE VOSOTROS, AMABLES LECTORES, SEPÁIS ENCONTRARLE EN VUESTRA IMAGINACIÓN EL FINAL FELIZ QUE YO NO FUI CAPAZ DE DARLE).

El jardinero de las nubes.

martes, 25 de noviembre de 2008

Gratitud, la historia de un perro vagabundo (VIII): Tinieblas


La cosa fue degenerando. Al cabo de pocos días, le entró a Reeec el moquillo, esa enfermedad que deja a los perros para el arrastre. Reeec no tenía veterinario que mirara por su salud. Pasaba las horas tosiendo y moqueando. Sus fuerzas le iban abandonando por momentos. Ahora que estaba enfermo, la gente se ensañaba con él más que antes.

–¡Maldito chucho! ¡A ver cuándo le pegan dos tiros!

Reeec había alcanzado la cumbre de sus padecimientos; ya sólo le faltaba el detonante final.

Una tarde, caminando por una era solitaria, vio (o más bien creyó ver, pues ya le fallaba mucho la vista) a su madre corriendo por los anchos espacios amarillentos. El amo la contemplaba con ostensible arrobo, pues se preciaba de ser el propietario de la galga más veloz de la comarca, y de ahí que la sacara cada tarde a darle picadero.

Reeec hizo acopio de sus más que mermadas fuerzas para emitir un ladrido angustioso, que quebró todos los sonidos del entorno. En la inmediata que lo oyó, Centella se refrenó en su veloz carrera, miró en la dirección de donde había provenido el ladrido familiar, y acto seguido emprendió otra carrera, esta vez más feliz, para reunirse con su añorado hijo.

El reencuentro fue sumamente conmovedor, menos para la perversa alma del amo, quien no dejó de verlo con muy malos ojos. Reparando en el demacrado aspecto de Reeec, echó de ver que estaba enfermo de moquillo. Entonces le acometió el temor de que su preciada galga pudiera acabar contagiada como consecuencia de esas zalamerías caninas. Viéndose en tal situación, armóse de la primera piedra que encontró y comenzó a correr al encuentro de los dos perros. Mientras lo hacía, gritábale a Centella:

–¡Chica, ven pa'cá! ¡Quítale los moros de encima a ese carro de mierda! ¿No ves que te va a pegar el moquillo?

Reeec recibió el cantazo en pleno costillar; tantos había recibido en semejante parte, que ya el dolor le llegaba muy amortiguado. Con todo y con eso, tuvo que volver a separarse de su madre. Centella quiso seguirle, pero en ese preciso instante llegó el amo a su altura y la agarró del collar, frenando todos sus desesperados movimientos. En el cálido aire de la era resonaron con estridencia los ladridos de la galga, hasta que al final Reeec dejó de avistarse a lo lejos.

–Hay que hacer algo con ese chucho –se dijo el amo–. Enfermo como está, representa una seria amenaza para la salud pública.

Esa noche Reeec creyó que se moría, no tanto por los efectos agudizados de su enfermedad como por la tristeza que lo embargaba al haberse vuelto a separar de su madre. Estuvo debatiéndose en todo género de pensamientos melancólicos. Sin poder reprimirse, prorrumpió en gañidos lastimeros; gañidos que no fenecieron en su garganta hasta que el sueño acudió a confundirle la conciencia con su dulce aureola de consuelo. Pronto lo único que se escuchaba de él, era el irregular silbido de su respiración catarrosa. Entretanto, su cuerpo se veía sacudido por fieros escalofríos.

Su despertar no pudo ser más amargo: notó la presión de un lazo corredizo en torno a su escuálido cuello. Abrió dolorosamente los ojos, y vio junto a sí a una pareja de guardias municipales, uno de los cuales le atenazaba el cuello con el lazo.

–Este chucho es del que nos ha avisado el dueño de la galga veloz. ¿Lo llevamos a sitio desierto? –preguntó este guardia a su compañero, el cual asintió, acariciando la funda de su pistola con gesto significativo.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.