viernes, 12 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XII): Lago Garda


A la primera luz de la mañana, salimos de Verona con gran sigilo. Nuestra intención era llegar al lago Garda antes de que los calores de la tarde se hiciesen más extremos. Según el parecer de Genaro, las riberas de los lagos eran las tierras más adecuadas para encontrar amplio repertorio de aves, fuesen o no acuáticas. Nuestras monturas estaban a un paso de la extenuación cuando por fin estuvimos a la vista del espléndido lago.

Nos sentíamos agotados por los rigores de esta nueva y forzada etapa de nuestro viaje. Buscamos un sitio a la sombra que no estuviera alejado del lago, y allí nos entregamos a la dulzura de una siesta reparadora, todos a excepción de Genaro, que no se echó ni siquiera un minuto; yo me preguntaba de dónde podría sacar tanta energía. Estaba como en trance contemplando las riberas del lago. Una sombra más espesa que la que tendían los cercanos robles centenarios parecía haberse posado sobre las líneas de su rostro inexpresivo.

Antes de levantarme del suelo me quedé cautivado a la vista de un bello grupo de flores de corolas violeta. Recuerdo todavía la suave fragancia que difundían.

–Son gencianas –me aclaró Genaro sin esperar a que le preguntara–. De ellas se extrae un licor muy amargo. Una vez lo probé y estuve casi cinco días sintiendo su amargor en el velo del paladar.

Fue entonces cuando aproveché para formularle la siguiente cuestión:

–¿Podremos terminar el trabajo antes de que acabe el verano?

Los ojos de Genaro derivaron nuevamente al lago.

–Eso me llevo preguntando desde que salimos de Milán –dijo con tono neutro–. Recopilar un buen tratado de ornitología es una labor de muchos años. He pecado de presuntuoso al pretender hacerlo en tan sólo un verano... Pongámonos a la tarea cuanto antes.

Aquella tarde tuvimos la fortuna de ver un auténtico lagópodo (lagopus lagopus). Es un ave que siempre me ha llamado especialmente la atención. Presenta un plumaje pardo en verano y blanco en invierno, siempre a tono con el aspecto de la tierra en la que habita. Además muestra unas máculas rojas a la altura de los ojos. Es un ave experta en camuflaje. Según Andolini, resultaba extraño hallarla en el lago Garda, por cuanto prefiere vivir en las altiplanicies de los Dolomitas. Después de aquella primera vez, he tardado mucho tiempo en volver a avistar un lagópodo de plumaje variable. Ni que decir tiene que es una de mis aves favoritas.

Sea como fuere, Genaro urgió a Roncalli más de lo corriente, puesto que quería que los bocetos estuvieran a punto cuanto antes. En opinión de Genaro, no podíamos invertir más de un día y medio en las inmediaciones del lago Garda. Fue entonces cuando me comencé a dar cuenta del agobio que últimamente causaba a mi maestro el paso del tiempo. Acaso se originara como consecuencia de mi anterior comentario, pero lo cierto es que en el ánimo de Andolini se infiltró una cualidad nada deseable para la tarea de un ornitólogo: la prisa.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

4 comentarios:

rosario dijo...

Intuyo que su prisa es el tiempo que le marca la vida, espero que su prisa ayude a tu aprendizaje y logres tu cometido, te sigo siempre.

Besos

terry dijo...

Pudiera, ser que esa prisa, se reconozca razonable, catalogar un ave cuando, este, evoluciona con la misma velocidad con que el ornitólogo intenta clasificar.

Saludos, Jardinero.

judith dijo...

que linda historia!!! Es una belleza!! Me haz hecho visitado todo esos territorios que desconozco. No hay como el contacto con la naturaleza. De verdad visitarte en tu blog me ha encantado y las fotos y la musica bellisimas. Todo un arte. Te seguire leyendo

Anónimo dijo...

Yo sigo aqui, aprendiendo de esta belleza que narras y guardo Cada detalle. Y voy al siguiente. Besos.