lunes, 22 de diciembre de 2008

La nieta del afilador, una historia navideña (IV): El chiflo suena de nuevo


Amaneció la mañana de Navidad, una mañana fría y ventosa, de muchas nubes y pocos claros. Había nevado en abundancia durante la noche, pero no se había formado la imagen del Nacimiento en el ventisquero de la montaña. Los habitantes del pueblo nos encaminamos a la iglesia con mirada luctuosa, para asistir a la misa del día de Navidad. Los niños llevábamos las bufandas empapadas de lágrimas. En el transcurso de la misa del Gallo, nadie había escuchado el chiflo del afilador. De esta forma, difícilmente la nieve podría ejecutar su danza milagrosa.

¿Cómo se encontrarían Constanza y su abuelo?, no hacía más que preguntarme a mí mismo en el interior del templo. La última vez que los había visto los dejé fundidos en un abrazo fraternal. Tiempo navideño triste, pero aun así pletórico de amor. No, maese Simón se equivocó: la nieve no dibujaría la imagen del Nacimiento por Navidad.

Salimos todos del templo bajo el aterido tañido de la campana. Desde la explanada de la iglesia vimos que una cordillera de nubes se había agarrado al pico de la montaña. De repente, la campana enmudeció, y desde lejos nos parecía oír una melodía tenue, que provenía del camino del Bosque de los Arroyos. ¡Era el chiflo de afilador! Enseguida sus ecos se persiguieron por todas las esquinas del pueblo, e iban acercándose adonde nos encontrábamos todos los habitantes con el corazón en vilo.

-Fijaos: maese Simón se ha puesto bueno -señaló una de las catequistas.

-De esa nube empieza a caer nieve -dijo el hombre que asaba castañas en un roñoso tingladillo junto a la portada de la iglesia.

-¡Ya se acercan! -advirtieron unas cuantas ancianitas viudas.

En efecto, quien tocaba el chiflo de afilador dobló la curva de la calle que desembocaba en la explanada de la iglesia. ¡No era otra que Constanza! Un murmullo de admiración cundió entre toda la gente. La nevada recrudecía. Mi corazón voló a las nubes por tanta felicidad acumulada. El cura párroco salió premioso al encuentro de mi amiga.

-¡Muchacha insensata! -la recriminó con voz de inquisidor-. ¿Cómo se te ocurre tomar a tu cargo una labor que sólo compete a los hombres de tu familia? ¿Es que acaso no es lo mismo que si una mujer oficiara el santo sacrificio de la misa en mi lugar?

Constanza paró de tocar el chiflo. Sus ojos estaban enrojecidos de frío y lágrimas.

-Anoche, cuando el Niño Jesús nacía, mi abuelo subió al cielo... Él quería que esto fuera así... Y el Niño Jesús quería nacer una vez más en la ladera de la montaña.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

1 comentario:

rosario dijo...

Sublime, acaricia como la nieve que cae sobre el pueblo,como el amor que sienten por el señor Jesús, muy bello.

Feliz navidad

Besos