domingo, 14 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XIV): El puente de Rialto



De inmediato traspuse la puerta de la fonda. Entonces descubrí con pavor que el nivel del agua desbordada crecía inexorablemente. No tenía la menor idea del camino que podía haber seguido Genaro en medio de ese apocalíptico temporal. De vez en cuando se veía cómo un rayo moría en el pararrayos del Campanil. Sin otra alternativa más halagüeña, me aventuré por la calle de Fabbri con denuedo y sin saber que siguiéndola alcanzaría la orilla derecha del Gran Canal.

Al cruzar el pequeño puente sobre el canal conocido como Río Fuseri, observé con espanto que el agua liberada de sus ataduras había invadido la altura de las puertas y ventanas de los pisos bajos. Vi también a un gondolero apresurándose por conducir su embarcación al abrigo del muelle del Bacino Orseolo, emplazado justo a las espaldas de la Plaza de San Marcos. El aguacero descendía como una densa cortina, y los contornos de la calle se difuminaban ante mis espantados ojos. Si bien estábamos en la época estival, me resultó ingrato el contacto de la lluvia. Con semejante tiempo la estancia en Venecia no es en modo alguno agradable. Al llegar al Gran Canal me apercibí del tono patético de la escena. No se veía una sola embarcación bogando por el centro del Gran Canal; todas ellas estaban amarradas a los bolardos de las dos orillas. Los impactos de la lluvia provocaban una extraña ebullición en la superficie del agua. Las nubes se veían extraordinariamente bajas y chispeantes. Mirando hacia la derecha se avistaba la inconfundible silueta del puente de Rialto. No sabiendo hacia dónde encaminar mis pasos, resolví por último tomar las alturas del citado puente como observatorio privilegiado, ya que desde allí se domina un buen trecho del Gran Canal. Acaso de esta forma lograse localizar a mi maestro en medio de la hecatombe de la lluvia y del agua cada vez más ascendente.

Mis ropas se habían empapado por completo para cuando conseguí llegar a las escaleras de Rialto. Encontré un buen refugio bajo las sombrías arcadas. En mi derredor Venecia desaparecía bajo un imperio de aguas blanquecinas. Recios escalofríos sacudieron entonces mi juvenil cuerpo. Comencé a lamentar la insensatez de haberme marchado de la fonda. Mi primera intención había sido encontrar a Genaro, y ahora no me quedaba otra cosa que admitir que yo era en realidad quien estaba extraviado en medio de semejante inclemencia temporal.

De repente, mis oídos apreciaron un tenue murmullo de voces que apenas si se podía percibir bajo el incesante rumor de la borrasca. Provenía de la misma meseta del puente, a pocos metros de donde me hallaba. Me fui aproximando hasta allí de puntillas, amparándome en las sombras y conteniendo la respiración todo lo que me era dable. De vez en cuando mi presencia en el puente era delatada por las cegadoras luminarias de los relámpagos, obligándome en consecuencia a interrumpir mi paso cauteloso. Entonces, sin ser consciente del tiempo que había invertido para ello, llegué a una distancia que me permitía distinguir perfectamente el sonido de las voces humanas. De esta forma hube de agazaparme bajo un arco de mampostería para evitar el riesgo de que me descubrieran. Eran dos las personas que estaban dialogando. El tono de una de ellas no podía resultarme más familiar, por cuanto pertenecía a mi estimado maestro. Al deseo que tenía de reunirme con él se impuso la curiosidad por averiguar con quién y de qué asunto estaba tratando. Agucé, pues, el oído todo lo que pude.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

3 comentarios:

judith dijo...

muy lindo todo tu relato. y las fotos son preciosas. de verdad es un deleite leerte. Al leerte me he imaginado visitando venecia. Debe ser toda una experiencia conocerla. Te seguire leyendo

rosario dijo...

Me imagino el miedo a lo desconocido, a la lluvia o al olvido, por suerte no estaba lejos el maestro, espero el siguiente capitulo de este hermoso relato.

Besos

Anónimo dijo...

Si que fue un riesgo salir de la Fonda sin pensar en el peligro, the sigo el siguiente. Un deleite en verdad esta historia. Besitos.