miércoles, 17 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XVII): Tras la tempestad


–¡No he sido yo! –farfulló Genaro–. El cuchillo se le ha hundido mientras los dos rodábamos por los escalones.

No necesité otras pruebas para comprender que mi maestro hablaba con la verdad de por medio. La muerte del desconocido había obedecido a un desgraciado accidente. Casualmente no había otros testigos del incidente que Genaro y yo mismo.

La furia de la tormenta empezó a decaer. El temible gemido del viento se iba suavizando por momentos. Los dos permanecíamos frente al cadáver, dudosos de la disposición que debíamos adoptar a renglón seguido. El pánico empezó a hacer mella en mi espina dorsal como una sensación electrizante, por cierto dolorosa. Un frío inesperado provocó temblores en mis manos y un descontrolado castañeteo de mis dientes. En cuanto a Genaro, daba a mostrar una fisonomía febril, los cabellos al desgaire y la nariz teñida de rojo a consecuencia de un tenue hilillo de sangre que le manaba de un rasguño en el entrecejo. Viendo que el temporal amainaba, se dio cuenta de que debíamos actuar sin pérdida de tiempo.

–Paul, márchate de aquí, y dile a Roncalli que te lleve con tu padre –me dijo, sujetándome de los brazos.

–¿A qué viene eso? –repliqué con la voz medio vencida por el llanto.

–Es muy complicado lo que acaba de suceder, empero, sea como sea, no podemos seguir juntos... No sé qué puedo hacer; acaso no tenga más remedio que huir. Aunque yo sea inocente, hay un muerto de por medio... La justicia no debe averiguar que yo estoy implicado... ¡Debes marcharte! –graznó desesperadamente.

–¡Déjeme acompañarle! –lloriqueé sintiendo que el corazón se me hacía añicos.

Nunca aprecié una mirada más conmovida en las pupilas de mi maestro que cuando me respondió:

–Me puedes acompañar hasta el canal de San Marcos. Una vez allí habremos de separarnos. Vamos, querido Paul, no lo pude tener, pero tú has representado eso en mi vida –Genaro hablaba con el mismo empaque de quien utiliza un lenguaje enigmático.

Cruzamos de nuevo el puente de Rialto. Genaro me pasó un brazo por encima de los hombros, lo cual no hizo sino incrementar mi desconcierto. Detrás de nosotros quedaba el cadáver abandonado en medio de un charco de sangre. Como las aguas comenzaran a retornar a su cauce, no tardaría en ser descubierto por los transeúntes que se dirigieran a las escaleras que daban a la vertiente noreste del puente de Rialto. Las nubes se fueron fragmentando como fibras de algodón grisáceo, y a través de sus huecos se apreciaban hermosos lingotes de sol. Mientras caminábamos parsimoniosamente, notaba que la piel se me erizaba en el sitio en que establecía contacto con la mano de Genaro. Yo sabía que estaba pronto a esfumarse de mi vida, y su pérdida ya pesaba en mi corazón como la desaparición de un padre. No puedo negar que tras esos años de compartir tantos momentos importantes, Genaro se había constituido en mi ejemplo a seguir; él fue el artífice de una de las vocaciones más firmes que antes ningún otro ser humano llegara a exteriorizar. Elevé mis ojos al cielo de Venecia, como impetrándole para que aquella reunión no se disolviera jamás. En el futuro mis pies se moverían alguna vez por las mismas calles que ahora estábamos recorriendo, y mi mente no podría por menos de retrotraerse a ese instante bendito de la juventud aún por conquistar. Ya he perdido a mis padres, pero creo que esto no me ha dolido tanto como la ausencia de Genaro tras aquel inolvidable paseo por las calles de Venecia, aún convalecientes de la catástrofe originada por el impulso del viento Siroco.

–Ha llegado el momento de darte mi última lección –declaró Genaro como si la emoción le hubiese trabado la lengua–. Ahora que el sol nos alumbra de nuevo, es conveniente que escuches con atención.

–Siempre le he escuchado atentamente –me pareció adecuado reiterarle.

El agua, en proceso descendente, nos llegaba a la altura de las rodillas. Pudimos observar que el sacristán de la iglesia de San Salvatore estaba al borde de un ataque de nervios, pues la inundación ni siquiera había respetado el interior del templo cuyo cuidado tenía asignado. Desde las ventanas de las casas y palazzos se veía gente sopesando el alcance de la catástrofe, y había algunos que ya se atrevían a aventurarse por las calles, bien que equipados de botas que les cubrían hasta los mismos muslos. Hacia el centro de la calle conocida como merceria San Zulián había una carreta volcada de medio lado, cuya nutrida carga de hortalizas estaba esparcida a lo largo del sentido de arrastre de las aguas. Entretanto, las campanas de la ciudad avisaban que el peligro había pasado de momento.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

3 comentarios:

rosario dijo...

Qué triste parece, seguro el momento menos esperado, pero veo que se vislumbra un nuevo camino por recorrer, espero el próximo que sea pronto.

Besos

judith dijo...

Que tristeza!! El dolor y la separacion de dos personas, que se tienen afecto y se aman. Indudablemente eso marca de por vida. Debe ser horrible para ambos separarse de esa manera, y despues vivir con eso.Te seguire leyendo, esperando un buen final

Anónimo dijo...

El suspenso y la forma como describes los hechos me mantienen ojos pegados a la trama. Te sigo. Besito.