sábado, 13 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (XIII): Venecia y el viento Siroco


Al día siguiente enfilamos el camino hacia Venecia. Si nuestras monturas hubiesen podido hablar como la burra de Balaán, por fuerza tendrían que haberse quejado del apresuramiento de nuestras etapas. Pero en verdad no podía ser de otro modo, pues el mes de julio estaba cercano a concluir y para septiembre Bompiani confiaba en que el trabajo de campo estuviese bastante avanzado.

Llegamos a Venecia derrengados por el esfuerzo y cubiertos por el polvo del camino. Enseguida descubrí que el encanto de Venecia queda por encima de las palabras. Es una ciudad para ser básicamente admirada; vivir en ella es harina de otro costal: no ha de ser muy grato tener siempre en el olfato los desagradables miasmas que expelen los canales laterales, sobre todo a la llegada del tiempo caluroso. Pero, como contrapartida, es difícil hallar otra ciudad donde se conjuguen mejor la luz del cielo y los destellos de las aguas. ¡Cuánto me hubiese gustado perderme por los vericuetos de Venecia! Sin embargo, el tiempo era para nosotros un bien que no podía ser desperdiciado. Tan pronto tomáramos un rápido refrigerio en la fonda donde nos habíamos alojado, nos encaminaríamos a las islas de la laguna para estudiar de cerca algunas costumbres de las anátidas. A través de la ventana de la fonda me era posible divisar el canal de la Giudecca y la impresionante cúpula de la iglesia de Santa María de la Salud. Observé que de repente se estaba levantando un fuerte viento meridional, que azotaba los árboles y los gallardetes de la otra orilla del canal.

–¡ Que no sea el Siroco! –suspiró Genaro, siguiendo el sentido de mi mirada–. El tiempo ya nos apremia demasiado como para permitirnos nuevos retrasos.

No hay más que estar en Venecia para comprender el motivo de por qué allí es tan poco deseado el soplo del viento Siroco. El viento Siroco impulsa enérgicamente las olas del Adriático, haciendo crecer de forma desmesurada el nivel de la laguna veneciana. Y si por añadidura bogan por el cielo nubes de lluvia (como sucedía en la ocasión de nuestra estancia allí), entonces el efecto de las aguas desbordadas se amplía hasta el extremo de resultar peligroso. Pudimos observar a través de la ventana cómo algunos obreros de la antigua república se apresuraban en instalar pasarelas provisionales, ya que de ahí a poco se esperaba que el tránsito por las calles fuera de todo punto impracticable.

Creo que aquélla fue la primera vez que escuché a mi maestro proferir maldiciones a voz en grito. Sus planes se estaban yendo al traste con la inesperada avenida de aguas laguneras. Roncalli y yo comenzamos a sentir preocupación por su estabilidad emocional.

–¡Malditas sean las barbas de Neptuno! –despotricaba sin descanso–. ¡Con lo que queda por hacer... y aquí estamos, atascados en esta mohosa fonda! Vive Dios que nunca debí reintegrarme a la vida en sociedad. Todo son responsabilidades y esfuerzos baldíos. ¿De qué sirve abrigar nobles intenciones si al final el fiasco viene a sacudir fustazos aquí y allá? Ya no puedo más... ¡Maldita sea, maldita sea! ¿Dónde quedarán los muros de mi caverna?

Impresionado por el despliegue de tensión que estaba haciendo Genaro, yo percibía que las lágrimas me asaltaban los ojos. En ese instante se puso a llover torrencialmente. Las gotas impactaban contra el vidrio de la ventana con todo el furor del viento Siroco. Las aguas empezaban a invadir las calles, llegando a anegar por completo la plaza de San Marcos. El Campanil desde donde Galileo Galilei mostrara a los senadores de la República de Venecia las excelencias de su invento el catalejo, lanzaba a los cielos el repique de su metal, alertando a la población para que no abandonara la seguridad de sus hogares.

–¿Sabéis lo que os digo? –saltó de improviso Genaro con los ojos en punta–. No pienso quedarme aquí para ver impasible cómo se arruina este proyecto.

Se levantó de la silla hecho una furia. Dirigió una hosca mirada al borrascoso paisaje que se perfilaba al otro lado de la ventana. Acto seguido abandonó la estancia con férrea determinación. Sus pisadas se acallaron en cuanto salió por la puerta principal. Roncalli y yo no pudimos hacer otra cosa que mirarnos atónitos; se puede decir que nos quedamos paralizados en nuestras respectivas sillas.

–¡A mí sólo me han pagado para dibujar! –exclamó mi compañero, cuyos nervios le obligaban a mordisquear la boquilla de su pipa de brezo–. No estoy dispuesto a tolerar los arrebatos de ese demente. Ya no le basta con hacerme trabajar hasta la extenuación; ahora quiere arrastrarme en su locura.

Yo también me sentía anormalmente alterado. Genaro acababa de abandonar la fonda y podría estar enfrentándose a innumerables peligros con el estallido de la tormenta. Sentía que me ardía la cabeza; no sabía si permanecer bien resguardado en la fonda o marchar tras los pasos de mi mentor. Aún no puedo explicarme cómo me decidí por esta última opción.

–Esta expedición es un fracaso –comentó Roncalli nada más adivinar mis intenciones–. Nunca pensé que el respetable señor Bompiani me fuera a encargar este absurdo trabajo. Y ahora tú también te unes a la locura de tu amigo.

–Siempre será mejor que quedarse aquí refunfuñando como una vieja cotorra –respondí con frase rápida.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

4 comentarios:

judith dijo...

de verdad me tiene encantada esta historia. Es increible como describes esos parajes. Venecia debe ser todo una experiencia vivirla. Te confieso que he aprendido a traves de tu historia muchisimo. Y las fotos me tienen deslumbrada

magaoliveira dijo...

cada una de tus historias me llevan a lugares maravillosos. saludos mi amigo.

rosario dijo...

La historia es fantástica, qué decir del paisaje de ese bello lugar, Venecia la romántica, la bella y llena de encanto, lugar de ensueños que algún día me gustaría conocer… te leo y me impregno de todo la magia que al escribir brota de tu pluma con tanta avidez.

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Besos

Anónimo dijo...

Sigo aqui paso a paso en esta aventura que narras tan llena de palabras nuevas que aprendo. Besos.