miércoles, 3 de diciembre de 2008

La expedición ornitológica (V): La primera lección


Una tarde me sorprendió una lluvia torrencial, y no encontré otra solución que refugiarme bajo un saliente rocoso. En tales circunstancias, no era posible emprender el camino a Ancona hasta que la lluvia remitiese.

Fue entonces cuando vi a Andolini a la entrada de la gruta, haciéndome señas para que me encaminase allá. Como la lluvia arreciara más a cada momento, me vi obligado a aceptar su ofrecimiento.

–Eres tozudo, muchacho –me dijo con una voz de labios inertes–. ¿Qué es lo que te trae tantos días cerca de mi morada?

Después de todas esas semanas en las cuales no había dejado de pensar en él, yo había perdido mucho de mi miedo inicial a Andolini. Aún no me había parado a analizar si sentía simpatía por él, pero le contesté:

–Hay algo que me empuja a venir aquí.

Andolini se sentó sobre una estalagmita, diciendo:

–También hay algo que me empuja a apartarme del trato de mis semejantes y preferir únicamente el trato de mi hijo.

–¿Quién es su hijo? –inquirí cada vez más asombrado.

–¡CRIA! –exclamó sin responderme, con una voz que se asemejaba más a la de un ave que a la de un hombre.

De repente me di cuenta de que el aire se llenaba con un jovial batir de alas. Entonces vi cómo frente a Andolini permanecía suspendido el pájaro que tiempo atrás tuviera entre sus manos. Ahora el hombre le tendió las palmas abiertas, y el ave aterrizó en ellas y se hizo un ovillo, como si hubiese encontrado el mejor nido donde reposar. Andolini comenzó a prodigarle suaves caricias. Yo me acerqué obra de tres pasos, y a la escasa luz del hachón de viento pude fijarme en los detalles del pájaro. Tenía el pico y las patas de color rojo, y una uniforme mancha negra le recorría, a modo de capucha, la parte superior de la cabeza; su plumaje era blanco esfumado en gris. Andolini lo acariciaba con el mismo cariño y delicadeza que hubiera mostrado de tener entre sus manos un bebé recién nacido.

–Esto es todo cuanto tengo en el mundo –me dijo al cabo de un minuto–. Se llama Giuseppe, pero me gusta abreviar su nombre llamándole simplemente “Gip”. Si deseas aplicar su denominación taxonómica, es un sterna paradisaea, o sea un charrán ártico, aplicando una terminología más corriente. De esta criatura es de quien digo que es mi hijo.

Yo me encontraba a cada momento más admirado.

–Entonces es cierto lo que se dice en Ancona –musité.

–¿Acaso que soy un hombre que sólo se relaciona con los pájaros?

Abatí la cabeza en mudo asentimiento.

–¿Te has fijado alguna vez en la pluma de un ave? –dijo Andolini, arrancándole una a Gip, la cual estaba a punto de caérsele del ala derecha–. El tallo duro y flexible se llama raquis. El tejido que parte del mismo se llama barba; cada fibra que compone este tejido, se llama barbilla, y, si te fijas bien, observarás que existen unas uniones entre las barbillas, las cuales reciben el nombre de garfios. La parte que va unida a la piel se denomina cálamo, y es lo que se utiliza para escribir una vez que se encuentra bien afilado.

Así se dio inicio a la primera de una larga serie de lecciones que Andolini me impartiera acerca del apasionante mundo de las aves. Yo aún no le entendía; no atinaba en el sentido de sus lecciones ni en el motivo que le había llevado a refugiarse de todo en esa diminuta parcela del saber de las ciencias naturales. Después de muchos años que hace que dejé de tener noticias de él, me he hecho todo tipo de cábalas para tratar de justificar tan inusual como loable dedicación. Pienso que Genaro Andolini era un hombre que se hubiese sentido a sus anchas en el mundo de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Para él resultaría cuando menos ilusoria una vida llena de esfuerzos, fatigas y frustraciones. Harto estaría de ser, a su modo de ver, el centro de los azotes del destino. No, Genaro no podía concebir la vida como la de una hoja batida en el ojo de la tempestad. ¿Dónde te hallarías, bella utopía? Genaro Andolini hubiera sido feliz recostándose a la sombra de los árboles del Edén, arrullados sus oídos por el incesante canto de sus queridos hermanos los pájaros.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

3 comentarios:

rosario dijo...

Bueno; Andolini es un ser apacible que gusta de las aves, quizás fue lo único que le regalo la vida, me gusta, hay también mucho por aprender de Andolini, te sigo.

Besitos

judith dijo...

que lindo!!! me encanta cada vez mas tu historia. Y que enterncecedora. Dicen que los solitarios son los que mas aceptan las experiencias simples y sencillas como un atardecer, el aprecio a los animales y a nuestra amable naturaleza. Me asumo al club

Anónimo dijo...

Me es muy refrescante e interesante leer escritos asi, no se explicarlo bien pero me facina esta historia.