domingo, 17 de octubre de 2010

Días en Cantabria (I): Introducción/De Panes a Potes (por el Desfiladero de la Hermida)


El mundo digital irrumpió en mi vida con auténtica euforia. Llegué a pensar que las notas y papeles manuscritos de mis primeros tiempos habían quedado definitivamente relegados al olvido.

Sin embargo, pese a sus indiscutibles ventajas, no pude zafarme del pensamiento de que la huella personal faltaba con el uso de los medios digitales. Una fotografía digital es en esencia algo que pertenece a la cámara que la realiza; en contraposición, el cuadro de un paisaje es algo que pertenece al artista que lo ha pintado. Algo similar sucede con la escritura: da más sensación de propiedad lo manuscrito que lo tecleado.

Yo he pasado varios años escribiendo con el ordenador, sin la sensación de añorar aquellos papeles emborronados de la juventud. No hace mucho descubrí los cuadernos Moleskine, concebidos para acopiar notas y pensamientos con un marcado toque personal, independientemente de su glamour comercial. En un reciente viaje a Córdoba empecé a escribir apuntes en una libreta Moleskine de bolsillo, y me di cuenta de que esta forma de registrar los lugares visitados contaba con más poder evocador y me generaba aún más placer que la mejor de las fotografías digitales. Redescubrí, pues, la satisfacción de ser uno mismo a través de la escritura manual.

De esta manera, se puede decir que he levantado sobre el terreno acta pormenorizada del viaje estival de este año a la comunidad cántabra. Las notas están vivas y me van a servir para contar todo tal como ocurrió y lo sentido en los distintos momentos. No han ocurrido grandes cosas pero sí que se han dado importantes transformaciones interiores. No referiré el viaje en todos sus detalles, como ocurriera el año pasado; tan sólo mencionaré lugares distintos, sin otra intencionalidad que la de complementar los escritos que aluden a Cantabria. El año pasado mi oración era de súplica; este año es un rezo de encendida gratitud.

El jueves 5 de agosto de 2010 amaneció nublado y con lluvias intermitentes. No apetecía ir a la playa, y por eso se estimó que era la jornada ideal para emprender una larga excursión al corazón de la comunidad cántabra, esto es, la emblemática comarca de Liébana.

Desde Santander es fácil seguir la autovía A-8 hasta Unquera, desde donde se enlaza con la nacional 621, haciendo una breve incursión en el Principado de Asturias. Lentamente, las serradas elevaciones y promontorios que costean el Cantábrico se iban replegando entre dameros de pastizales y parcelas de tierra cultivada hasta los cada vez más cercanos farallones del Desfiladero de la Hermida. Pasamos por el bello pueblo de Panes, último bastión asturiano por aquellos pagos. No pude evitar el recuerdo de un documental rodado por mi buen amigo José Antonio Labordeta en la década de los noventa: "De Panes a Potes", perteneciente a la magnífica y recordada serie "Un país en la mochila"; mira tú por dónde yo ahora me encontraba siguiendo la misma ruta casi sin proponérmelo. Curiosamente, es también la ruta que Benito Pérez Galdós refiere en su opúsculo "Cuarenta leguas por Cantabria".

La travesía por Panes está plagada de comercios e infraestructuras turísticas. El delicado barniz del cielo arrancaba reposados brillos a las fachadas de madera y flores de terraza. Las gentes, enfundadas en chaquetas e impermeables, buscaban el resguardo de galerías y soportales para tomar el primer café de la mañana.

Después volvimos a internarnos en la cada vez más áspera campiña, donde en medio del verdor circundante emergían muelas de roca caliza, cariadas de musgo, anunciando el relieve montañoso que estábamos a punto de afrontar. Otra vez cruzamos el borde fronterizo con la comunidad cántabra, y ya la carretera parecía querer cobrar fuerzas para la travesía por el mítico Desfiladero de la Hermida, cuya tortuosa garganta se extiende a lo largo de veinte kilómetros.

De repente, como quien no espera la cosa, la misma carretera frunció el ceño, no permitiendo que se tomaran con ella la menor de las libertades. Las airosas barreras rocosas se alzaron con petulancia, y el río Deva se vio precisado a adaptar su curso a un cajón por demás estrecho. Nos movíamos, pues, por el fondo de un abismo tapizado de roca desnuda y vegetación frondosa; Galdós lo denominaba “esófago de la Hermida”, porque, según sus propias palabras, “al pasarlo se siente uno tragado por la tierra” (sic). Había baluartes que, traspasando las nubes, se elevaban hasta la cota de los seiscientos metros, evidenciando la profunda incisión que este desfiladero supone en los sistemas montañosos de la cornisa cantábrica. Los coches avanzaban medrosos por la cada vez más adusta y transitada carretera, que a su capricho se mudaba, por medio de precarios puentecillos, de una orilla a otra del río Deva. Asimismo se apreciaba una inusual e incómoda afluencia de camiones, pues desde la autovía habían desviado por la nacional de León a todos los vehículos pesados que marcharan hacia Galicia. Se veían redes metálicas suspendidas en algunos tramos del camino por el peligro de desprendimientos. ¡Qué razón tenía don Benito Pérez Galdós al señalar que en el Desfiladero de la Hermida llovían catedrales del cielo! Causaba innombrable pavor ver enormes pedazos de peña atrapados entre las mallas de las redes. El cielo, aunque nublado, se mostraba benévolo, cosa que había que agradecer vehementemente, pues Galdós también dejó escrita una frase elocuente sobre el peligro de las tormentas en el desfiladero: "El que no ha oído retumbar un trueno dentro de las angosturas de la Hermida, no reconoce el tono en que habla Jehová por boca de Isaías" (sic).

A las 10:50, casi una hora después de iniciar el viaje desde Santander, decidimos hacer una parada en un mirador que se abría al margen izquierdo de la carretera. Apenas si contaba con espacio para cinco coches a lo sumo. Había una especie de construcción cubierta y una hermosa escultura de un salmón irguiéndose como si salvara un salto de agua. Una niebla densa y desmigajada emboscaba las cimas del desfiladero. Me situé detrás de la construcción para aliviar la presión de mi vejiga. Por el fuerte olor a amoníaco que allí reinaba, colegí que más de uno ya había hecho antes lo que yo estaba haciendo ahora. En el entrevero de la tupida floresta, percibí el caudal del río desgranándose entre las piedras. Acto seguido volví tras mis pasos y me dirigí hacia la escultura del salmón.


Allí había un matrimonio de mirada amable. El hombre, que tenía una pincelada de bigote cano sobre el labio superior, nos preguntó:

-¿Vienen de la costa?

-Sí, señor; de Santander.

-¿Qué tal tiempo hace por allí ?

-Igual que aquí. Como no está la cosa para ir a la playa, hemos decidido hacer una excursión a la Liébana... Y ustedes, ¿de dónde vienen?

-Somos de San Vicente de la Barquera, pero de vez en cuando vamos a Potes y pernoctamos allí.

Después de despedirnos afablemente del matrimonio, reanudamos la marcha. En medio de la nada, aparecían casitas al lado de la carretera, volando sobre el cauce del Deva y sin espacio suficiente para que un vehículo pudiera estacionar con holgura. También el pueblo de la Hermida daba una imagen de idílico aislamiento. Los tejados de sus casas son de una belleza perfectamente conjuntada con el entorno. En una peña horadada, se perfilaba una inquietante talla de la Virgen, llamada por tal motivo Virgen de la Cueva (curiosamente como la de la famosa canción “¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva!”). La presencia del cercano balneario parecía concitar las apetencias de los fatigados viajeros que osaban atravesar el escabroso desfiladero.

La niebla iba levantando cuando encaramos las perspectivas no tan constreñidas de la comarca de Liébana. Los pueblos de la ruta se iban sucediendo: Lebeña, Castro, Tama, Aliezo, Ojedo y finalmente Potes.

Un febril bullicio animaba las calles de esta última localidad. Casas de entrañable tipismo lebaniego, calles empedradas, flores en los miradores, comercios y restaurantes jalonando las aceras seculares..., el pueblo incitaba a la parada tranquila. Pero nuestros deseos de llegar cuanto antes al monasterio de Santo Toribio de Liébana, se impusieron a aquellos turísticos cantos de sirena. Doblamos la curva que conducía al puente sobre el río Quiviesa, y continuamos en sentido a Fuente Dé.

CONTINUARÁ…

Próximo Capítulo: El monasterio de Santo Toribio de Liébana, cuna del Camino de Santiago.

Fotografías del autor.

El jardinero de las nubes.

4 comentarios:

Judith Bascones dijo...

Es muy bello como describes a tu tierra. Se ve que tu pais esta colmado de bendiciones y paisajes naturales, y se agradece que nos las muestres a tus humildes lectores. un abrazo. Judith

trobador dijo...

Amigo mio, al leerte he sentido el frió y la humedad de la niebla, tan habitual por aquellos lares.
Me gusta leerte, ver, sentir y disfrutar, lo que narras.
Saludos de trobador

Marisa dijo...

Cantabria es toda una bella postal viviente y cambiante con las estaciones del año. Sus parajes son de una belleza abrumadora, y la descripción que has hecho de ellos junto con esa referencia tan encantadora a Galdós, así lo manifiesta.
Este viaje promete. Hermoso paseo del que nos has hecho partícipes con tu espléndida prosa descriptiva.
Un abrazo, Jardinero.

Anónimo dijo...

Bellisimo amigo,la narración y las fotografias,es un placer pasar por tu rinconcito,gracias.
María(shosha).