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Belén de mi casa |
En muchas ocasiones he pensado que si tuviera que
quedarme con una de las fiestas que se celebran a lo largo del año, ésta sería
sin duda la Navidad.
Desde que era muy pequeño, he sentido una emoción
especial por la Navidad, por su mensaje, incluso por su estética especial. A estas
alturas de la vida, creo haber dilucidado el mensaje navideño: los grandes
triunfos entrañan orígenes humildes, la esperanza es un camino aún más sublime
que la propia realidad y muy a menudo asume distintas formas de las que
imaginamos.
Cada día de mi vida, en menor o mayor grado, adoro
lo que representa el Niño Jesús. Ya de mayor, me enseñó a llevar con buen ánimo
la soledad que ha sido la constante de mi vida; me enseñó a aceptarme y a
esperar lo mejor de mi humildad.
Los años han pasado, y la vida enfila su camino de
bajada. Poco a poco se va difuminando y perdiendo lo que parecía ganado, y
posiblemente el final sea la humildad del pesebre. Los dolores, las tristezas,
el humo de lo que no llegó a arder, se presentan… La vida, en suma. Aunque los
vientos soplen inclementes, la imagen del pesebre es un guiño a la esperanza y
a la felicidad que podrá realizarse.
La Navidad acoge un sentimiento que es fuente de
vida.
Niño del pesebre, amigo Jesús, perdona mis culpas y
santifica mis virtudes. Que el mundo se engalane de la paz que representa tu
rostro, que el hambre, las guerras y los sufrimientos se alejen de la
humanidad. Que tu amor por nosotros sea manifiesto, aunque muchas veces te
dejemos de lado.
Aprovecho para felicitar estas fiestas a todas las
personas que conozco, a ti en particular… Aunque de lejos mi puerta parezca
cerrada, de cerca se ve que sólo está entreabierta. Mucha salud y prosperidad a
mis seres queridos.
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las
nubes).