sábado, 4 de julio de 2009

Rasguña las Piedras (XXIII): Dibujando la vida


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Acudió a una papelería situada en la cercana avenida Hipólito Yrigoyen para agenciarse varias cajas de tizas de colores. A continuación, hacia la hora más tranquila y calurosa de la tarde, se allegó junto al monumento ecuestre al general Manuel Belgrano. El sol se abatía a plomo, razón por la cual la plaza aparecía bastante despejada de transeúntes. Los policías federales buscaban el respiro de las arboledas. Teobaldo Oesterheld abrió la primera caja de tizas, y al momento se puso a emborronar el ardiente pavimento. Hizo uñas de sus tizas y trozos de hormigón del pavimento de la plaza. Intentó ejecutar un dibujo lo más veraz posible del Edificio de la Administración Federal de Ingresos Públicos, cuyo impresionante conjunto arquitectónico abarcaba todo el sector Sureste de la plaza. Su afán atrajo la atención de los policías federales, que ya le tenían bien conocido. Una pareja de los mismos se aproximó para ver qué andaba haciendo.

-¡Che, Teobaldo! ¿A qué se debe esto?

-Quiero dibujar –respondió simplemente.

-Macanudo, pero mira que no nos dibujes algo que luego nos ponga en un compromiso.

-Pierdan cuidado. Sólo voy a dibujar los alrededores de la plaza.

La tarde fue avanzando, y sus esbozos se ampliaron por varios sectores de la superficie de la plaza. Iba tomando los sucesivos modelos que encontraba en el sentido contrario a las agujas del reloj: La Casa Rosada, la Secretaría de Inteligencia, el Banco de la Nación Argentina, la Catedral Metropolitana, el edificio del Cabildo… Los curiosos formaban piña en torno a él, admirándose de su nueva locura. El calor que estaba afrontando le impulsó a refrescarse en el agua de una de las fuentes. Tenía por delante una tarea agotadora.

Durante los días siguientes, dibujó perspectivas, árboles, flores y monumentos de la plaza, y ya entonces se juzgó preparado para pasar a una nueva fase de experimentación artística. Plasmó las aves en vuelo, los celajes del verano, las presencias cercanas de las Madres, el bullicio de la Diagonal Sur y rocas y piélagos que no había en ninguna parte. Gastaba cajas y más cajas de tizas de colores. La gente apreciaba su trabajo con admiración palmaria. No perdía el Norte de lo que pretendía con esta actividad incesante. Su técnica se perfeccionaba de día en día, en soledad, sin la mano de un maestro que guiara sus movimientos. Su trabajo se hizo merecedor de grandes elogios.

Se presentaron las primeras lluvias del otoño, y borraron los dibujos en su tumultuosa matriz de agua. Teobaldo Oesterheld se impacientaba aguardando la llegada de los dulces días soleados, en los que el viento de marzo haría revolar las hojas secas de los árboles. Poco a poco, su arte se amplió a la elaboración de rostros, primero abstractos, luego desconocidos y finalmente familiares. ¿Sería posible que el proyecto fructificara? Pero para ello sería necesario que transcurriera el invierno. Las lluvias fueron copiosas, y la impaciencia del dibujante era de todo punto irrefrenable.

Por fin se presentó el día en que el pavimento estuvo razonablemente seco. Teobaldo Oesterheld se encaminó al lado Oeste de la plaza, y allí, entre dos parterres, quiso que sus tizas corporizaran la idea para la que tanto se había preparado los últimos tiempos. La gente afluía de todas partes. Por el firmamento se deslizaban perezosos rebaños de nubes, tan blancas como la misma pureza. Los árboles soltaban sus hojas como el rostro que derrama lágrimas. Los movimientos del brazo de Teobaldo Oesterheld eran vida rescatada, oración de las cimas montañosas, sombra de manantial oculto entre rocas y espesas arboledas. La admiración de los espectadores iba creciendo. Parecía como si el pavimento hubiera abierto una oquedad a los abismos de un mundo del cual no se retorna. Apuntaron hojas verdes entre las hojas caídas; los pájaros que en la otoñada se marcharon, fueron suplidos por pájaros que desgranan sus cantos en jardines celestiales; el agua de las fuentes no brotó tan exuberante como la generada por las tizas de color lapislázuli… Empezaron a surgir los rostros ausentes: Daniel, Claudia, María Clara, Panchito, Horacio y Claudio. Ciertamente, Teobaldo Oesterheld se felicitó de tener una barba tan espesa para poner dique a las lágrimas que le estaban lloviendo de los ojos, pues en caso contrario hubieran caído sobre su dibujo causándole máculas imperdonables. Aspiró aire, y no le llegaba a los pulmones. Estaba muy emocionado… Éstos eran ellos, “sus chicos del Pozo de Banfield". El disco del sol arañaba el meridiano cuando dio por finalizada su labor. La gente no aplaudía, pero los corazones estaban orquestados en una misma emoción.

CONTINUARÁ…

Ilustración: "Mis ventanas a la vida", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.

El jardinero de las nubes.

2 comentarios:

judith dijo...

caramba amigo. Esta parte de tu historia me encanto. Y me alegro mucho por tu personaje. Si bien es cierto que el pobre hombre debe tener toda una experiencia tormentosa por ser testigo de semejantes atrocidades encontro una manera de canalizar su alma y tristezas.Por otra parte tambien te doy muchas gracias por hacernos llegar este historico documental creado por tu persona. Y sigo manteniendolo hay que canalizar las tristezas del alma de alguna manera para que la higiene mental no le haga una mala pasada a nivel personal.

con afecto

judith

Tereluki dijo...

El arte plástico como forma de justicia a los inocentes me parece un acierto muy brillante y oportuno. La gente común piensa que la pintura es siempre ornamental, pero también puede expresar la crítica, el dolor, y cualquier otro sentimiento de forma tan nítida como cualquier otro recurso.
Y también me parece un ejercicio de resposnabilidad por tu parte que avises de la crudeza del relato antes de cada parte del cuento. Enhorabuena.