martes, 7 de julio de 2009

Rasguña las Piedras (y XXIV): "Canción para mi muerte"



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Teobaldo Oesterheld se puso en pie, tras contemplar largamente la obra de sus manos. Anduvo algunos pasos de forma maquinal, y se dejó caer sobre sus rodillas. Después abatió todo el peso de su cuerpo hacia delante. Cerró los ojos y se dejó vencer por el cansancio. La gente se le aproximaba respetando su postura, ya que resultaba evidente que sólo apetecía el descanso… Descanso a las fatigas de toda una vida.

-¡Teobaldo, levantate! –le dijo alguien al cabo de un rato, zarandeándole de un hombro.

Él giró la cabeza, y su mirada se topó con el amable rostro de Pablo Díaz.

-Dejame dormir –le suplicó con un hilo de voz-. He llegado a mi límite.

-¡Los has dibujado a todos! –dijo Pablo al colmo de sus emociones-. Van a avisar a sus padres para que contemplen lo que has hecho en memoria de sus hijos. Sabrán de la forma más hermosa que existe, el amor que nos tenías.

-Dejame dormir.

-La gente te busca porque vos diste con ellos al final. Viven en tu corazón, y han pasado todos estos años acompañándote en tu soledad. Levantate, amigo, porque el mundo quiere abrazarte.

-Dejame dormir –insistía Teobaldo Oesterheld.

-Cuando vos estabas allí protegiéndonos, nos oías cantar canciones. Siempre nos decías que callásemos, porque podían oírnos desde arriba. Pero cuando cantábamos otra de las de “Sui Generis”…, sí, ésa que se titulaba “Canción para Mi Muerte”, entonces tú callabas y nos escuchabas. ¿Lo has olvidado?

Por toda respuesta, Teobaldo Oesterheld se dio la vuelta y acabó con las espaldas apoyadas en el suelo. Había personas que fotografiaban el dibujo que tanto le había costado engendrar. Pablo le miraba, y sus ojos simbolizaban para el antiguo carcelero el descanso tras más de una década de remordimientos y búsqueda de remisión. La sangre seguía manando por infinidad de heridas escondidas en el silencio de los corazones sufrientes. Teobaldo Oesterheld vio que, junto con Pablo, una multitud le rodeaba: Madres con sus característicos pañuelos y anteojos de sol, jóvenes universitarios, personas de la calle, incluso extranjeros…

Pablo empezó a tararear la referida canción. Paulatinamente, le fue haciendo coro gran parte de la muchedumbre que se había juntado en torno al lugar. Una onda musical se alzó desde la plaza hasta la cima de las nubes:



Hubo un tiempo que fui hermoso
y fui libre de verdad.
Guardaba todos mis sueños
en castillos de cristal.

Poco a poco fui creciendo
y mis fábulas de amor
se fueron desvaneciendo
como pompas de jabón.

Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación,
y prepararás la cama
para dos...

Es larga la carretera
cuando uno mira atrás.
Vas cruzando las fronteras
sin darte cuenta quizás.

Tomate del pasamanos
porque antes de llegar
se aferraron mil ancianos,
pero se fueron igual.

Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación,
y prepararas la cama
para dos...

Quisiera saber tu nombre
tu lugar, tu dirección,
y si te han puesto teléfono,
también tu numeración.

Te suplico que me avises
si me vienes a buscar.
No es porque te tenga miedo
sólo me quiero arreglar.

Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación,
y prepararás la cama
para dos...

Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación,
y prepararás la cama
para dos...



Al final de la canción, se desató un auténtico fragor de aplausos. Teobaldo Oesterheld tenía su mirada puesta en las nubes. Pablo se había reclinado para abrazarle… Hacía tanto tiempo que no le era dado sentir el contacto humano… Se sintió feliz, y sus brazos respondieron al abrazo de Pablo. Cerró los ojos en mitad de la visión de las nubes. Sus oídos estaban ensordecidos por tantos aplausos. Sintió que su cuerpo se tornaba liviano cual pluma de golondrina.

Allá muy lejos, entre las nubes de la eternidad, “sus chicos” también le abrazaban.



FIN



-MIENTRAS SE CORRE EL TELÓN-



Si quieres creerte lo que has leído, acude a ese pueblo que se columbra desde los molinos del puerto de Los Yébenes, en el fondo de la estepa toledana.

¿No lo sabes? Allí nació Jimena, la amada del Cid Campeador.

Es un pueblo con castillo, iglesia, calles empedradas, palomas en los tejados y puente cuyos pilares son regados por un arroyo inexistente.

Encamínate a la oficina municipal de turismo.

Verás una yegua briosa uncida a un faetón de estampa decimonónica, y percibirás el penetrante olor de sus bostas.

Junto a la entrada de la oficina hay un banco de madera afirmado en la pared.

Lo verás. Verás al hombre que llegó hace veinte años.

Él tendrá la mirada baja porque pasa las horas tejiendo tiras de esparto.

Podrás contemplarle a tu sabor.

Si levantara los ojos y vieras que brillan, entonces acércate y que te lo cuente.

Cuando acabes de escucharle, no te olvides de tomarle la mano y besársela con unción.

El que lo haga no escaseará las bendiciones del cielo.



-TELÓN-



-DESDE LA CONCHA DEL APUNTADOR-



Empezó a contarlo un hombre muy distinto del que ahora está a punto de abandonar el escenario. Supo del dolor y la tragedia y tuvo que pelear con su pluma para que las palabras dejaran de salir suaves como el aceite de almendras. Hubo de asumir los pensamientos de las almas torturadas y hasta los de los repelentes asesinos. Bajó a los infiernos para destapar las voces de quienes fueron silenciados y que son tratados de poner en el olvido “para no renovar viejos horrores”.

El alma está sufriente, el trabajo ha sido arduo y al final satisfactorio. Aquí queda la advertencia para la humanidad. ¡Aquello sucedió, y si os esforzáis en olvidarlo podría volver a suceder! Porque la Historia yace en los libros, pero la maldad nace cada día en el alma de la especie humana. Un alma que fue creada originariamente para el amor.

No olvidéis a ninguno de ellos, sus vidas, sus infancias, sus hogares, sus pequeñas historias cotidianas. No os veáis en la obligación de uniros a las lágrimas de sus familias, pero no los olvidéis. Podéis aprender a ser felices recordándolos. Y si los recordáis, alejaréis de vuestros corazones los motivos que nos dejaron la tristeza de su recuerdo.

Esta historia llegó a su fin, y, aunque imperfecta, quiere servir de homenaje a esa nación de desaparecidos y reprimidos, cuyos rostros no los borrará el azote del viento ni la lluvia.



EN MEMORIA DE LOS MÁS DE 30.000 DESAPARECIDOS Y REPRIMIDOS DURANTE LA ÚLTIMA DICTADURA MILITAR ARGENTINA



Ilustración: "Baco", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.

El jardinero de las nubes.


4 comentarios:

sonrisa dijo...

Una dura historia tildando la crueldad de la realidad vivida y donde apreciamos la sensibilidad y la grandeza del corazón de su autor. Espero que éste FIN, sean sólo los preliminares, para nuevas historias. Yo estaré aquí

judith dijo...

diantres tremendo final. Me hiciste llorar de la emocion. Me parece fantastico que todos tengan la ocasion de leer tan estupendo testimonio y relato. un abrazo. judith

Anónimo dijo...

ESTUPENDO FINAL NO SE PODIA ESPERAR MENOS DE TI.

SIEMPRE ES UN PLACER LEER ALGUN RELATO VUESTRO.

GRACIAS POR COMPARTIR ESTA GRAN HISTORI.

UN ABRAZO, AZUL

Tereluki dijo...

¡Qué bien has resuelto el final del cuento! Soy persona de certidumbres y no gusto de finales abiertos. No podías haberlo hecho mejor. El amor es la respuesta a todo.
Enhorabuena, ha sido grandioso e impresionante.