
Era una apagada tarde de domingo, entoldada de nubes que presagiaban tormenta. Había transcurrido casi año y medio desde la muerte de mi padre. Las hojas del laurel ya tenían el lustre del verano. Aldea dormía la pesada siesta de junio. No se veía un alma por las calles.
Me hacía falta una remachadora para unir dos pedazos de chapa. Recordaba haberle visto una a mi padre, pero no daba con ella. Entonces pensé en el cobertizo del huerto; era posible que anduviera por allí. Me encaminé, pues, hacia el viejo y olvidado lugar. Se respiraba el bochorno en el aire, y comenzaba a percibirse el ozono de la inminente tormenta. La cerradura de la puerta del huerto estaba dura, y tuve que darle unos cuantos empellones hasta que conseguí que cediera. Un trueno solitario restalló en la lejanía.
Las salamanquesas, alertadas por mi presencia, se deslizaron por las paredes del cobertizo, abocándose hacia sus escondites junto a los huecos de las tejas de uralita. La ventana tenía los postigos entrecerrados y el vidrio se había tornado traslúcido a causa de la acumulación de polvo. Busqué entre los trastos, y di por fin con la remachadora. Estupendo; así podría marcharme antes de que se desencadenase la borrasca.
Antes de salir, quise pasear la mirada por el recinto, a modo de despedida, y me fijé en un objeto que colgaba de un gancho en la pared inmediata… La vieja zamarra de mi padre, aquella que solía usar cuando le daba por trajinar en el huerto durante las escarchadas mañanas de invierno. Me quedé como petrificado, fascinado por la vista de la prenda abandonada. Deposité la remachadora sobre la carcomida mesa de faena, y me aproximé a la zamarra.
La tomé en mis manos. Tenía mucho polvo acumulado pero, inspirando profundamente, conseguí rescatarle alguna remota fragancia ligada al recuerdo de mi padre. Humo seco de ramas de olivo, tabaco negro, aceite lubricante, aroma a hinojo y menta poleo, incluso a cebolla de pretéritas matanzas. Deslicé mi mano por uno de los bolsillos y topé con un caramelo de eucalipto, ya fosilizado. Un caramelo como los que mi padre solía tomar para calmar su tos pertinaz.
El tiempo había pasado, las heridas ya sólo eran cicatrices, pero aquí había un testimonio de lo vivido: un simple caramelo balsámico de eucalipto. Todo había existido, las alegrías lo mismo que las tristezas. El corazón había latido de amor y ahora era como la lava endurecida de una antigua erupción volcánica; retornaba el calor del recuerdo, y la lava podría adquirir de nuevo su consistencia fluida. Pero no sería para contaminar el amor sentido con una costra de dolor. Padre querido, exististe en aquella gran parcela de mi vida y seguirás estando donde siempre has estado, aunque yo tardara tanto tiempo en apercibirme de ello. Si ya no podemos hacer el camino juntos, el camino que anduvimos jamás será borrado mientras que a mí me quede un paso por emprender hacia adelante.
Oí que llamaban a la puerta con jovial alharaca. La tormenta estaba a punto de estallar. Acudí a abrir, y tuve que mirar hacia abajo para ver el rostro de la niña, animado por la felicidad de sus verdes años.
El primer relámpago eclipsó los colores del entorno con un enérgico fogonazo de luz blanca. La niña se abrazó asustada a mi cintura, y yo la cubrí con mis brazos.
Aunque el cielo rugiera de espanto, me sentía inopinadamente feliz. La niña a la que tanto quería mi padre, había acudido a buscarme.
FIN
El jardinero de las nubes.
Me hacía falta una remachadora para unir dos pedazos de chapa. Recordaba haberle visto una a mi padre, pero no daba con ella. Entonces pensé en el cobertizo del huerto; era posible que anduviera por allí. Me encaminé, pues, hacia el viejo y olvidado lugar. Se respiraba el bochorno en el aire, y comenzaba a percibirse el ozono de la inminente tormenta. La cerradura de la puerta del huerto estaba dura, y tuve que darle unos cuantos empellones hasta que conseguí que cediera. Un trueno solitario restalló en la lejanía.
Las salamanquesas, alertadas por mi presencia, se deslizaron por las paredes del cobertizo, abocándose hacia sus escondites junto a los huecos de las tejas de uralita. La ventana tenía los postigos entrecerrados y el vidrio se había tornado traslúcido a causa de la acumulación de polvo. Busqué entre los trastos, y di por fin con la remachadora. Estupendo; así podría marcharme antes de que se desencadenase la borrasca.
Antes de salir, quise pasear la mirada por el recinto, a modo de despedida, y me fijé en un objeto que colgaba de un gancho en la pared inmediata… La vieja zamarra de mi padre, aquella que solía usar cuando le daba por trajinar en el huerto durante las escarchadas mañanas de invierno. Me quedé como petrificado, fascinado por la vista de la prenda abandonada. Deposité la remachadora sobre la carcomida mesa de faena, y me aproximé a la zamarra.
La tomé en mis manos. Tenía mucho polvo acumulado pero, inspirando profundamente, conseguí rescatarle alguna remota fragancia ligada al recuerdo de mi padre. Humo seco de ramas de olivo, tabaco negro, aceite lubricante, aroma a hinojo y menta poleo, incluso a cebolla de pretéritas matanzas. Deslicé mi mano por uno de los bolsillos y topé con un caramelo de eucalipto, ya fosilizado. Un caramelo como los que mi padre solía tomar para calmar su tos pertinaz.
El tiempo había pasado, las heridas ya sólo eran cicatrices, pero aquí había un testimonio de lo vivido: un simple caramelo balsámico de eucalipto. Todo había existido, las alegrías lo mismo que las tristezas. El corazón había latido de amor y ahora era como la lava endurecida de una antigua erupción volcánica; retornaba el calor del recuerdo, y la lava podría adquirir de nuevo su consistencia fluida. Pero no sería para contaminar el amor sentido con una costra de dolor. Padre querido, exististe en aquella gran parcela de mi vida y seguirás estando donde siempre has estado, aunque yo tardara tanto tiempo en apercibirme de ello. Si ya no podemos hacer el camino juntos, el camino que anduvimos jamás será borrado mientras que a mí me quede un paso por emprender hacia adelante.
Oí que llamaban a la puerta con jovial alharaca. La tormenta estaba a punto de estallar. Acudí a abrir, y tuve que mirar hacia abajo para ver el rostro de la niña, animado por la felicidad de sus verdes años.
El primer relámpago eclipsó los colores del entorno con un enérgico fogonazo de luz blanca. La niña se abrazó asustada a mi cintura, y yo la cubrí con mis brazos.
Aunque el cielo rugiera de espanto, me sentía inopinadamente feliz. La niña a la que tanto quería mi padre, había acudido a buscarme.
FIN
El jardinero de las nubes.
