domingo, 28 de noviembre de 2010

Cuentos urbanos: El hombre que adiestraba palomas (I)


Sin abandonar las otras series comenzadas, doy comienzo a los "Cuentos urbanos". Tienen la particularidad de haber sido redactados al aire libre de las ciudades o aprovechando cualquier compás de espera, lejos del escritorio, el ordenador y los libros de consulta de mi despacho. Sentado en un banco de un parque otoñal o esperando a entrar en la consulta del dentista, el bolígrafo se desliza jubiloso sobre las inmaculadas páginas de un cuaderno Miquelrius, alumbrando terrenos inexplorados y sinfonías de vida que rompen las cadenas del intelecto y dejan paso franco a la imaginación. Mientras escribía estos renglones, he recolectado muchas miradas que sin duda se preguntarían acerca de lo que estaba anotando en ese grueso cuaderno... He aquí la respuesta.

Cuando era niño, Norbert pensaba que no importaba la soledad de su encierro; siempre habría un futuro en que acudirían a rescatarle. Por eso creyó que era mejor no pelear por cambiar su vida. De esta forma, debía procurar que el tiempo, que acaba cerrando todas las heridas, se hiciera su aliado. Sería dulce la sensación de saber que algún día su desasosiego finalizaría.

Su casa tenía un palomar que alcanzaba la vista de los confines más lejanos del mar. Las estrellas se movían describiendo sus arcos en el cielo y las nubes eran distintas cada día. “Seré rescatado –se repetía frecuentemente-. Vendrán a buscarme cuando más lo necesite.” Sus padres y sus hermanos vivían ausentes al destino que poco a poco la vida le iba labrando. Pasaba sus horas libres en el palomar, aquéllas que no le requerían sus obligaciones en el colegio.

La soledad al principio era una tortura, luego se trocó un dolor sordo y palpitante y al cabo del tiempo se le volvió afable. Buscó en su interior lo que no venía a buscarle en su exterior. Las palomas se removían en su proximidad y dibujaban curvas en el cielo de primavera. Si llovía, las gotas ejecutaban burbujeantes melodías en las ventanas. Hubo un tiempo en que Norbert se creyó solo, pero lo cierto y verdad es que ahora se sentía como si estuviera constantemente acompañado.

Soltó un suspiro, se miró al espejo, se dio cuenta de que había dejado atrás la infancia y se resignó a pasar su vida en soledad.

Su familia le creyó definitivamente tarado, y no intentaron hacerle bajar de su refugio en el palomar.

Aquí, cerca del cielo, hay ejércitos de compañía. Está la linda Greta, que reúne ramos de siemprevivas en las praderas del Telemark; está Emilio Sandrini, el pastor flautista que apacienta su rebaño en las faldas de los Apeninos; está esa hoja de roble perlada por el dulce elixir de la madrugada, y la caracola de mar colocada en lo alto de la veleta de gallo cantor de la iglesia de San Carlos… Está todo, aunque crea no tener nada.

Al ver que el tiempo era como un cofre repleto de riquezas, decidió disponer del mismo con inusitada largueza. Le gustaba observar las palomas, escuchar sus pacíficos zureos, emocionarse con los cortejos que se hacían por primavera y estudiar las danzas que libraban en las luminosas pistas del cielo. En cierto modo, Norbert deseaba ser partícipe de todo lo que hacían sus compañeras las palomas.

¿Y por qué no habrían de aprender cosas de él?
Tenemos todo el tiempo para nosotros. Lograré aprender vuestro lenguaje, y me haréis caso en todo lo que os pida, hermanitas palomas. No os tengo más que a vosotras.

Las arenas del reloj, constantes y despiadadas, iban cayendo dentro del bulbo inferior. Un día sucedía a una semana, y un mes a cada estación. Al principio, las palomas rehuían a Norbert, y éste llegó al punto de perder la esperanza de que le tuvieran por amigo.

Un apacible día de verano, un pichoncillo acudió a comer de su mano. El tímido acercamiento sirvió de ejemplo al resto de las palomas. Norbert consiguió que se le posaran en los hombros y en las rodillas mientras se sentaba en cuclillas a repartirles el alimento. En invierno se acurrucaban a su lado, mientras la lluvia y el viento plañidero batían los aleros de la casa. Norbert se emocionaba cuando las veía abrevando en el tonel donde desaguaba el canalón. Norbert recibía de su familia comida y soledad, pero él no parecía afligirse; las palomas llenaban su mundo de esperanzas diminutas como las estrellas del cielo invernal.

Así se hizo mayor, y por fin acabó de asimilar el lenguaje de las palomas. Les pedía que volaran de manera que en el cielo trazaran bellos cuadros escultóricos. Un molino de la Mancha, un cisne de los jardines de Viena, una casa con mansardas, una catedral en medio de las nubes... Norbert podía ver impreso en el cielo todo lo que su imaginación apeteciera. En el pueblo empezaron a conocerle como “El maestro de las palomas”.

Los jóvenes que existían cuando él era joven, ya no paraban por la playa. Ahora todo era distinto. Los padres de Norbert, aunque ya eran ancianos, seguían mandando que lo alimentaran y le procuraran jabón y ropas de abrigo. La vista de la bahía parecía no haber cambiado en todos esos años: los barcos de antaño aún orzaban en el inmutable espejo de las aguas.

Era una tarde de noviembre y había llovido durante la mañana. Un grupo de jóvenes (tres chicas y dos chicos) paseaban por el arenal gris y silencioso. Observaron cómo las palomas bosquejaban en el cielo la figura de un árbol de Navidad. Sus almas se vieron transportadas de gozo.

-Es el hombre que vive en el palomar de esa casa –dijo Laura, la más joven del grupo, señalando la morada de Norbert-. Mis padres sabían cómo se llama.

-Los míos llegaron a conocerle cuando iba al colegio –dijo Lucas, el mayor-. Contaban que era un chico que hablaba muy poco y todos se mofaban de él.

-¿Cómo habrá hecho para amaestrar a las palomas? –se preguntaron a coro Dorotea y Cristina, las dos gemelas de cabello rubio como los campos de trigo.

-Podríamos ir a preguntarle –propuso Borja, quitándose un pinganillo del oído.

-¿Por qué no? –exclamó Laura entusiasmada.

Llamaron a la aldaba de la puerta de la casa del palomar. Acudió uno de los criados a abrir.

-Queremos ver al maestro de las palomas –pidieron al unísono.

El criado no pudo reprimir una lágrima furtiva. En todos los años que llevaba al servicio de esa casa, jamás había visto que el señor Norbert recibiera ningún tipo de visita.

-Ahora mismo mando a avisarle.

Los jóvenes aguardaron en el zaguán con visibles muestras de expectación. Vieron que los padres de Norbert, ya muy viejitos y achacosos, tomaban un tazón de infusión de hierbas frente a una vigorosa fogata de troncos de avellano; cubrían sus endebles rodillas con sendas frazadas de retales coloridos.

El criado apareció de nuevo.

-Me dicen que pueden subir a entrevistarse con el señor Norbert –anunció con todo empaque y solemnidad.

Los chicos subieron en estampía las escaleras. Hacía tanto tiempo que en la casa no se recibían visitas alegres…

Laura fue la primera en acceder al palomar. Hacía un poco de frío y las palomas se cobijaban en sus nichos. Norbert estaba mirando la luz de la tarde declinante a través de un pequeño tragaluz. Su cuerpo ya no mostraba la ligereza de la juventud; vestía unos pantalones vaqueros muy usados y arrugados y una chaqueta de lana de color herrumbre plagada de agujeros. Su pelo raleaba, tenía un espeso bigote y sus ojos tristes se emboscaban tras unos anticuados quevedos.

Laura corrió a darle un beso.

-¿Eres tú el maestro de las palomas?

Norbert miraba a la niña perplejo y conmovido. Sentía deseos de imitar con sus ojos a las nubes de lluvia.

-Aprendí a hablar como ellas –dijo señalando a las adormecidas palomas.

-¿Es de verdad posible aprender a hablar con las aves? –preguntó Lucas incrédulo.

-Cuando uno se encuentra solo, todo es posible –aseveró Norbert.

-¿Y tú nunca te casaste, nunca tuviste amigos? –le preguntó Dorotea.

-Alguna vez me casaría, alguna vez tendría amigos.

-Si no sales del palomar, nunca podrás hacer esas cosas –intervino Borja-. Te perderás todo lo mejor de la vida.

-¿Y qué es lo mejor de la vida? –objetó Norbert.

-Poder amar.

-Yo sé amar. De otra forma, no hubiera podido aprender el lenguaje de las palomas.

-Pero amar no te sirve de nada y no le sirve a los demás –insistió Borja un poco tajante.

-Si no hubiese amado, vosotros no estaríais aquí.

-Tiene razón –afirmó la pequeña Laura.

Y lo entendieron al final: nadie que no tuviera corazón, hubiera podido adiestrar a las palomas para que formaran esos cuadros escultóricos en el cielo. Y toda tarea bien lograda acaba obteniendo su recompensa.

-¿Les dirías a las palomas que dibujaran una imagen para nosotros? –pidió Cristina, adelantándose un paso.

-Pronto atardecerá y las palomas querrán arrullarse –repuso Norbert-, pero voy a tratar de complaceros.

Empezó a emitir con los labios fruncidos un sonido parecido al zureo de las palomas, extendió y replegó los brazos como si estuviese aleteando. Las palomas se incorporaron en sus nichos y volcaron su atención en las instrucciones que les estaba dando Norbert. Los chicos asistían boquiabiertos al insólito espectáculo que se estaba desarrollando delante de sus ojos.

Concluyeron las instrucciones de Norbert, y las palomas se lanzaron a los cielos en apretada bandada. Se situaron justo encima del espejo del mar. Un hombro de sol acertó a abrirse en la cubierta de nubes, y el vuelo de las aves se recortaba contra un fondo maravilloso de brumas, aguas y resoles dorados.

-¡Qué bonito! –exclamó Laura con la mirada chispeante.

Norbert hizo un óvalo con los brazos. Las palomas se reagruparon y poco a poco formaron la imagen de un rostro de mujer.

-La esposa que pude haber tenido –musitó Norbert, con una voz hundida en una profundidad de melancolía y nostalgia por los años de su ya apartada juventud.

El grupo de chicos guardó un momento de silencio; sus emociones eran mayúsculas. La efigie de la mujer pervivía entre alas blancas y azules.

Acto seguido, Norbert agitó los brazos arriba y abajo. Y al final recogió las manos sobre el pecho.

Ahora las palomas bosquejaron figuras de niños que parecían jugar en la playa. Podían distinguirse los contornos de un balón y una cometa y la falda de una niña tocada con un bonito sombrero, cuyo perfil bien podría haberse ajustado a la pequeña Laura.

-¡Es precioso! –exclamaban los chicos.

Al cuadro escultórico se sumó la figura de un perrito que se articulaba igual que un dibujo animado.

-Aquí los hijos y la vida que me fueron negados.

-¿Y por qué te fueron negados? –preguntó Lucas.

Norbert interrumpió sus gestos. El sol corría a sepultarse en el regazo del mar. Las palomas rompieron la formación y regresaron alborotadamente a sus nichos. Todo había concluido.

FINALIZARÁ EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO...

El jardinero de las nubes.

4 comentarios:

Marisa dijo...

La 1ª parte de tu delicioso cuento proyecta el problema de incomunicación y, en consecuencia, soledad, que el género humano sufre en algunas ocasiones o durante toda su vida.
No se puede amar si previamente no te han amado. No se puede transmitir aquello que no conoces. Quizás Norbert sea Maestro de las Palomas, pueda tenerlas y ordenarlas a su antojo que pinten en el cielo hermosas figuras que no son más que sus propios sueños, sus ilusiones, sus decepciones, sus anhelos, pero quizás carezca de esos besos y abrazos (como el de Laura) que son los que de verdad dan sentido a la vida.
La incapacidad para expresar sentimientos (sino solo poder pintarlos), son los cimientos de la incomunicación y de la soledad, son bellos cuadros de palomas dibujando lo que dicta el pincel de los latidos, pero no son el espejo real de la vida.

Entrañable cuento, muy profundo en muchos aspectos, plagado de la lírica que tú sabes conferir a tu prosa. Esperaré al desenlace para sacar conclusiones. Mientras tanto, mi enhorabuena, Jardinero.

Un abrazo pintado en el cielo por esas palomas.

Antonio dijo...

Mi más sincera felicitación por este relato tan bello, amigo jardinero. Antonio

Judith Bascones dijo...

Una belleza de relato, que solo tu eres capaz de transmitir a traves de tu narrativa a todos tus lectores. judith

trobador dijo...

Nunca en mi niñez pude o quise leer cuentos, hoy leo el tuyo y descubro que, me gusta la forma de imaginar lo que tu escribes, en mi analfabetismo conocido, amigo mio tú eres uno de los que, con tus relatos cuentos y verdades me estas ayudando a saber vivir con la imaginación.
Muchas gracias de tu admirador trobador