
Casualmente, halló su viejo martillo americano, que debió dejárselo olvidado la última vez que estuvo reparando el tejado. Tuvo una idea súbita y debía llevarla a la práctica de inmediato, habida cuenta de que los pasos de la escalera se oían cada vez más cercanos.
Descargó con saña el martillo contra el armazón de aluminio de la antena. Se verificó una liberación de nervios de cobre y chispazos de cobalto; y de entre la caótica geometría surgió un leve reguero de sangre ferruginosa.
Un alarido sostenido se apoderó de los ecos del pueblo. Leovigildo, aún cegado por la ira, descargó la herramienta una y otra vez.
En ese instante se abrió el portillo del tejado como impulsado por la fuerza de un huracán. Empezó a salir gente por el vano, pero no eran los vivos, sino los muertos que habían resucitado y los que aún pedían resucitar.
Leovigildo estaba perdiendo toda noción de la realidad. La antena despedía estertores de color de tormenta y chasquidos de vidrieras reducidas a añicos. Los muertos se arremolinaban en torno al agresor.
-¡Déjanos vivir!
-No es nuestra culpa.
-No nos arrebates la eternidad.
-Leovigildo, soy Antonio.
Esta última voz le hizo girar la cabeza con espanto. Su hermano lo miraba con amor y tristeza en sus ojos de vidrio. Y él, Leovigildo, siguió descargando el martillo. Todo era falsedad.
Las imágenes oscilaban como las de un televisor averiado. El disco del sol en la altura era tan ardiente como el día en que Pablo hizo su aparición por las calles del pueblo.
Sintió en torno a su pecho la opresión de unos brazos luminiscentes. Giró de nuevo la cabeza, y se topó con el rostro exangüe de Adela Triguero, aquella jovencita de catorce años que fuera violada, asesinada brutalmente y abandonada en una cantera solitaria.
-Déjame ver a mis padres y a mis hermanos –le suplicó al albañil con voz de ultratumba.
Leovigildo rompió a llorar. La pena era inmensa, y su brazo seguía destrozando aquel engendro demoníaco. Las catenarias, los triángulos equiláteros, los prismas cuadrangulares ya no eran más que chatarra.
Por las tejas se extendía aquel infame fluido bituminoso, que semejaba la apertura de venas de un cuerpo de hierro. Los muertos ahora mostraban una apariencia azul fluorescente. La antena no disponía ni de tornillos ni de tuercas; innumerables fibras de cobre manaban de su interior. Y se le enredaban en los brazos y piernas al obnubilado Leovigildo, como queriendo impedir las arremetidas del brazo agresor.
Un último golpe, y el tronco de la antena se desarticuló en medio de un estallido de fibras de cobre y pavesas de aluminio. Aunque primeramente a Leovigildo le cegasen las lágrimas, pudo advertir que los muertos ya se habían ido.
La tarde de verano recuperó el colorido que le había sido arrebatado; la capa gris se disipó delante de los ojos de Leovigildo. Los pájaros retomaron sus trinos, pues realmente nunca habían parado de emitirlos. Los murmullos del verano se elevaban desde el cauce del río. La vida hasta ahora escondida volvió a asumir sus dulzuras.
Leovigildo se asomó por encima del tejado. Pablo continuaba allí, en mitad de la muchedumbre. Su engaño había sido desvelado y todos le miraban con cólera y admiración aunadas. No era capaz de pronunciar palabra ni de aventurar el menor movimiento.
Más tarde llegaría a saberse que él había sembrado de antenas misteriosas los tejados de muchas localidades del país. Antenas que producían ondas que afectaban a la corteza cerebral, ocasionando las alucinaciones que Pablo deseara provocar. Y ahora cabía preguntarse quién era él en realidad: ¿un hombre tendencioso con ánimo de lucro, un ángel inalcanzable o un demonio fatalmente accesible? ¿Quién era Pablo?
Aunque cosechara miradas de odio en derredor, le abrieron calle cuando se puso a caminar en dirección al cementerio, allá donde el río describía un hermoso meandro. Llevaba los hombros encorvados y la mirada derrotada. Nadie fue capaz de agredirle ni de recriminarle nada. Había sido el autor de un sueño y ahora, al despertar, quedaba la terrible pesadilla de que nada había sido real.
Leovigildo le vio perderse entre las sombras de la alameda. Se acurrucó sobre las tejas batidas por el sol y sembradas de los restos de la antena. Al sentir que el vapor de las lágrimas difuminaba su mirada, le entraron ganas de prorrumpir en llanto ruidoso. Pensaba en su hermano Antonio y en tantas almas virtuales como el último mes habían colmado las esperanzas de casi todos los habitantes del pueblo. Era injusto no poder saborear aún más los sueños, como lo era tener que verse en la triste precisión de considerar la felicidad una simple quimera.
Al cabo tuvo que marcharse del tejado. Mientras descendía los escalones, se sentía presa de una zozobra que presumía habría de ser el inicio de una tristeza duradera. Y esta amarga sensación parecía haberse transmitido a los restantes habitantes del pueblo.
No hubo comentarios. Nadie se atrevió a apuntar nada sobre el monumental fraude que Pablo había perpetrado en éste y en otros pueblos al parecer.
Cuando la noche hubo caído y resultaba agradable tomar el fresco afuera, Leovigildo se salió al travesaño de la puerta exterior, junto con su mujer. Pasaron el rato contemplando en silencio el palpitar de las estrellas.
A todo esto, escucharon unos pasos al inicio de la calle. Conforme se iban aproximando, distinguieron la figura y el inconfundible porte de Alonso Sañudo, el sepulturero.
Antes de que les diera las buenas noches, se detuvo frente a ellos y les dijo con cierto pavor:
-Pasó ese hombre extraño por la puerta del camposanto. Apestaba a azufre. Cuando me miró pude ver el infierno en sus pupilas… Apostaría a que era el demonio.
FIN
El jardinero de las nubes.
