domingo, 19 de marzo de 2017

Lady Jane (2ª Parte - III): Pelea en el callejón


A poca distancia había un grupo de hombres en el más acusado estado de embriaguez. Sin abandonar nuestro asombro, pudimos ver que pertenecían a uno de los estratos de la nobleza, sus lujosas ropas así lo evidenciaban. Uno de aquellos hombres tenía un ojo cubierto con un pedazo de cuero. En conjunto, ofrecían una imagen bastante repulsiva.
Peter y yo pasamos entre ellos. Tras un leve intervalo de silencio, algunos soltaron unas carcajadas en tono macabro.
−¿Qué os parece? Un caballero y un pequeño infante vienen a que les invitemos a un trago. ¡Jajaja!
−¡Jajaja! ¡Vive Dios que tienes razón, Jimmy!
−Aguardad, caballero, no os marchéis –dijo uno de esos borrachos, al tiempo que se levantaba del suelo y colocaba groseramente una mano sobre mi hombro.
−¿Qué deseáis? –pregunté tratando de adecuarme a los registros idiomáticos de aquella época.
Observé que mi interlocutor tenía grandes bigotes pelirrojos. Peter se quedó pálido del susto.
−¿Qué habéis venido a hacer aquí? –inquirió el pelirrojo.
−Respondedme primero vos, puesto que yo he sido quién ha preguntado primero.
−¡Vaya! ¿Os dais cuenta? –comentó dirigiéndose a sus compinches−. Tiene carácter este alfeñique; quiere que le responda primero. Pues bien, caballerete –volvió a mirarme−, os respondo que sólo busco satisfacer mi curiosidad.
−Pues yo os respondo –dije con afectada firmeza− que hemos tomado esta calleja para evitar la aglomeración que se ha formado en las vías principales.
−Sí, la joven reina ha llenado las calles con la noticia de su detención. Buscado se lo tiene, su gobierno ha sido demasiado sensiblero; sólo se preocupaba de pobres diablos en lugar de nosotros, los nobles. James, ¡pásame el pellejo!, me ha entrado sed con esta plática.
−¿Eso pensáis? –le pregunté, mientras el tuerto le cedía el pellejo de vino.
−Sí. ¿Y vos qué idea tenéis acerca de un perfecto gobierno? –me preguntó a su vez, antes de ponerse a trasegar vino.
−Bueno –dije adoptando un aire filosófico−. Yo comparto las ideas aristotélicas. Pienso que el buen funcionamiento de un gobierno reside en el hecho de que los gobernantes busquen el bien colectivo del pueblo y no el beneficio propio.
−¡Excelente! –exclamó ofreciéndome el pellejo−. Trasegad un buen trago en honor a ese formidable discurso.
−No, gracias −rehusé−. No bebo.
Al momento pude ver cómo sus facciones se endurecían y sus ojos emitían un brillo enojado.
−¿Habéis oído? –preguntó con acento furioso, dirigiéndose a sus compinches−. ¡Me ha rechazado un trago, pero vive Lucifer que lo va a lamentar!
−¡Sí, sí! –exclamaron a coro los borrachos−. Ha rechazado un trago nada menos que de la mano de su excelencia sir Herbert Bradock, baronet por gracia del Rey, señor de “Walken House” y descendiente de valerosos antepasados. ¡Oh!, no hay alternativa…  ¡Merece ser castigado!
Peter, al colmo de su espanto, se aferró a mi cintura. Realmente, aquélla no era una situación para infundir alegría. No pude por menos de lamentar mi falta de diplomacia y pensé que, de haberlo sabido antes, me hubiera bebido todo el vino del pellejo si fuera preciso. Pero ¿quién podría predecir las reacciones de gentes en un ambiente tan extraño a mí? Ya era tarde para arrepentimientos.
Enseguida se escuchó el sonido de espadas y dagas al ser sacadas de sus vainas. Acto seguido, un bosque de amenazadoras hojas de metal se cernía hacia nosotros.
−¡Esperen! No fue mi intención molestarles.
−¡Fijaos! –masculló sir Herbert−. Ahora trata de disculparse, pero éste no se va a ir sin probar el sabor de mi acero.
Comprendí la inutilidad de tratar de infundir calma a esos borrachos, así que empujé a Peter hacia la cercana pared y desenvainé la espada lo más rápido que pude, gesto que hizo retroceder un tanto a nuestros agresores. Yo sabía que entre mis conocimientos el esgrima brillaba por su ausencia, y por ello el compromiso en que me veía envuelto no era baladí por cierto.
No obstante, el estado ebrio de mis antagonistas suponía una considerable ventaja a tener en cuenta. Podría ser que al final del todo consiguiésemos salir airosos de tan feo asunto.
El baronet fue el que en primer lugar avanzó hacia mí, con paso tambaleante y la espada a su vez desenvainada. Con su acción estimuló al tropel de borrachos. Peter se cubrió los ojos y la boca con las manos, a fin de sofocar un grito acuciador. Yo comencé a agitar la espada en amplios molinetes. Sonaron los primeros choques con el acero. El baronet, en un arrebato de furia, dirigió su espada hacia mi pecho, embestida que con gran fortuna pude desviar mediante un acertado golpe en su cazoleta. El impulso de mi contraataque ocasionó la caída de sir Herbert y dos de sus secuaces, arrastrados por él en tan brusco aterrizaje.
Aprovechando el paréntesis de confusión causado por la derrota momentánea del baronet, dirigí la vista a otro lado y vi que el caballero tuerto, cuyo nombre era James, se aproximaba a mi tembloroso compañero. Mi más inmediata intención fue acudir en su auxilio pero, como si una maldición se ensañase conmigo, tres nuevos borrachos acudieron a mi encuentro con sus espadas erguidas amenazadoramente. Sintiéndome frustrado, me arrojé a luchar contra ellos con gran derroche de coraje.
Entretanto, el tuerto intentaba quitarle la escarcela a Peter. Éste se defendía de la mejor manera posible: mediante intentos de mordisco, con débiles patadas de niño y abundante provisión de arañazos. Empero, tales esfuerzos no fueron suficientes para impedir que el tuerto aferrase finalmente con su enorme manaza la escarcela de color carmesí. Los dos tiraron de ella en sentidos opuestos, con muy diferente grado de fuerzas. Al final se escuchó el característico sonido de paño rasgado, y el grimorio de Richard Johnson y el broche de cabeza de unicornio cayeron al barro. Peter consiguió hacerse con el broche, y al momento requirió mi atención.
−¡Raúl, ahí va el broche! ¡Atrápalo, rápido!
Me lo arrojó a través del aire, y yo, en medio del fragor de la pelea, conseguí agarrarlo.
Sin embargo, Peter no pudo impedir que el libro le fuera sustraído por el tuerto, el cual se alejó de aquel hostil escenario tirando hacia el final de la callejuela.
−¡Peter! –grité mientras intentaba hacerme con el control de la espada−. ¡Aléjate de aquí!
El niño obedeció mi indicación; se fue tras los pasos del tuerto. Yo confiaba en que no se alejase demasiado y pudiera encontrarlo más tarde, si lograba salir con bien del trance en que me veía implicado.
A este respecto, me encontraba débil, jadeante, con mi espalda casi rozando el muro inmediato, acosado por esos diestros aunque borrachos espadachines, con ausentes conocimientos de esgrima. En verdad, la situación no pintaba nada bien para mí.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).




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