lunes, 24 de julio de 2017

Ronda, un viaje inesperado (II): La Alameda del Tajo


Salí de mi casa de Ciudad Real a las 09:30 del martes 4 de julio de 2017. El GPS funcionaba en apariencia, y confiaba en que me guiara acertadamente para arribar a Ronda a eso de las 14:00, tras un trayecto de cerca de 400 kilómetros.
Pasé por Puertollano, y de allí me encaminé al valle de Alcudia, para llegar a Montoro, en la provincia de Córdoba, atravesando Sierra Madrona, Fuencaliente y la comarca de los Pedroches. Luego me metí en la autovía A4, y recorrí unos 50 kilómetros hasta alcanzar la altura de Córdoba, pero antes, a eso de las 11.30, hice una breve parada en un área de servicio de Alcolea para descansar y tomar un refrigerio.  Pasada la ciudad de los califas, tomé la desviación hacia Málaga y recorrí algo así como 100 kilómetros hasta abandonar la autovía a la altura de Campillos, y de allí, ya tiré hacia Ronda, cosa de otros 40 km.
He de confesar que iba con la esperanza de encontrarme un paisaje más montañoso en las inmediaciones de Ronda; a este tenor, me pareció más agreste Sierra Madrona que la comarca que estaba atravesando. Tenía leído que Ronda está enclavada en un santuario de montañas, y los montes que había a ambos lados de la carretera, aun siendo imponentes, tampoco tenían nada de espectaculares, contando además con que las masas arbóreas no eran tan abundantes como hubiera esperado.
Casi sin darme cuenta, me adentré en las primeras avenidas de Ronda. No veía por ninguna parte el famoso Tajo y el anfiteatro de montañas que ciñen la ciudad como a una reputada joya. El GPS marcaba que me quedaba un kilómetro para llegar a mi destino.
Temiendo que en las calles del centro no fuera fácil encontrar aparcamiento, estacioné mi coche en el número 17 de la avenida de Andalucía, y decidí andar los últimos 500 metros en plan de exploración.
Hasta llegar junto al Hotel Colón, recorrí un dédalo de calles que no me parecieron distintas de las de cualquier localidad manchega, pero pronto comprobé que en el centro la cosa cambiaba. Aunque no hubiera restricciones al estacionamiento, todo estaba lleno de coches, como había presentido. Observé entonces que había un parking cerca del hotel, llamado “Poeta Rilke”, en la calle del mismo nombre, a espaldas del Convento de la Merced, y regresé a por mi coche.
A las 14:30 ya estaba registrándome en el hotel. La recepcionista era una mujer muy simpática, baja de estatua pero de rostro risueño y agradable, frisando en los cincuenta años. Me asignó la habitación 101 y me facilitó un plano turístico de la ciudad, aparte de una tira de papel con la contraseña de la wifi y un mando a distancia para el aire acondicionado, si bien reinaba una temperatura primaveral y no iba a hacer falta en un principio.
Dejé mis cosas en la habitación, y me dispuse a buscar un sitio donde comer.
En la plaza de la Merced me encontré con las primeras excursiones de japoneses, que al caminar formaban como ordenadas filas de hormigas. Tenía hambre y no quería distraerme con los monumentos. Por eso tiré hacia la plaza del Socorro, que me pareció muy hermosa y estaba plagada de bares y restaurantes; pero no había sitio en ninguna de sus terrazas, y seguí mi exploración por la Carrera Espinel. Esta última se revelaba como una arteria comercial de la ciudad, pero no encontraba lo que en ese momento más me urgía. El sol brillaba en las fachadas. Había muchos extranjeros por doquier.
Viendo que me estaba alejando del centro, tuve que girar sobre mis talones y regresar al punto de partida.
Al final terminé en una callecita recoleta y sombreada, la calle José Aparicio, en las inmediaciones de la plaza de toros.  Allí se encontraba la terraza del restaurante del Hotel Don Javier, que fue donde di reposo a mis piernas y donde me apresté a calmar el apetito que traía. Las mesas que rodeaban la mía estaban repletas de extranjeros, mayoritariamente de habla inglesa. El camarero me trajo la carta y opté por el menú del día, cuyo precio eran 11 €. Me preguntó qué deseaba para beber, y yo, por marcar una excepción a mis costumbres, pedí vino y Casera. Al cabo me trajo unas aceitunas para ir picando, la Casera que había pedido y una botella de medio litro de un Rioja cosecha de 2014; me preguntó si me parecía bien, y, como yo no soy entendido en vinos, le respondí que sí. Me pidió disculpas por traerme la botella de Casera empezada, y fue a por otra nueva, a pesar de que yo le remarqué que no hacía falta.
La comida, aun sin ser nada del otro jueves, me satisfizo: gazpacho de primero, chuleta de cerdo de segundo (con guarnición de patatas y verduras en panaché) y sandía de postre. En la mesa vecina unos extranjeros pidieron sangría para beber, y, cuando se la trajeron, pensé que ahí se habría empleado la Casera empezada que me dieron a lo primero.
No quería perder mucho tiempo en la comida, y pedí la cuenta. Yo, tan tranquilo, me esperaba los 11 € que figuraban en la carta, y mi sorpresa fue mayúscula cuando el camarero me trajo una nota por valor de 24 €. El vino, una birriosa botella de medio litro, había engordado la suma ostensiblemente. Mi natural es tímido y no suelo quejarme cuando me meten un sablazo dentro de lo razonable, pero en esta ocasión no pude por menos de rebelarme. Hice una seña al camarero para que se acercara.
–Perdone usted, ¿el vino no iba incluido en el menú?
–No, señor… El vino se cobra aparte.
–Pero es un precio desorbitado –manifesté sin perder mis modos educados–. En ningún momento se me informó que no iba incluido en el precio del menú. Lo usual es que vaya incluido. Si lo llego a saber, no lo pido.
El camarero pareció rendirse a mis argumentos, y, con tono de excusa, me aclaró:
–Vamos a ver si se lo consigo más barato. Esta costumbre se sigue con los extranjeros, y usted ha pedido un buen vino.
–El que usted me ha ofrecido –repuse, sin ya poder reprimir mi indignación.
Al final la cosa quedó en 19’80 €. Me fui del restaurante con una arrolladora sensación de haber sido estafado después de todo. Vamos, un vino de precio tan desorbitante no merecía ser diluido con Casera como yo hice. No soy persona de tomar vino con regularidad, y pequé de incauto por querer meterme de lleno en el ambiente. Lo que no me parece de recibo es que un establecimiento, por muy turístico que sea, vaya con la intención de dar sablazo a los extranjeros. Los precios han de ser iguales para todos, independientemente de la procedencia de los comensales. El turismo es fuente de riqueza para un país, y hay que cuidarlo con buenas prácticas y sin mostrar veladas intenciones de saqueo. En consecuencia, tacho de mi lista de recomendaciones el restaurante Don Javier, en la calle José Aparicio, a tiro de piedra de la Real Maestranza de Ronda (la plaza de toros, para que nos entendamos).
Tras marcharme del restaurante con un agrio sabor de boca (nunca mejor dicho, a cuenta del vino sobrevalorado), me encaminé a la inmediata plaza Teniente Arce, donde, justo al frente del coso, se encuentra la oficina de información turística. Dejando claro que sólo iba a pernoctar una noche en Ronda, la señorita que me atendió me hizo una relación de las visitas imprescindibles.
Al salir de la oficina, me relajé y me dispuse a gozar del paso lento de las horas que tenía por delante en tan hermosa ciudad. Entonces comencé a notar en mi organismo los efectos del cansancio de tan largo viaje. Decidí, pues, ir a descansar al hotel, una hora como mucho.
Bordeé el coso, y me topé con el verde seductor de la alameda. A pesar del agotamiento, quise dirigir las primeras miradas al abismo de Ronda.


Me topé con un busto de Ernest Hemingway, un escritor cuya obra leí con gusto en los años de mi juventud. No me detuve a ver lo que ponía la placa conmemorativa porque el abismo era lo que en ese instante reclamaba mi atención. Una emoción creciente acompañaba cada uno de mis pasos en ese espacio de sombras teñidas de verde y fuentes de aguas manchadas del mismo color.



Era la hora de la siesta, y no se avistaba mucha gente en derredor. El aire estaba embriagado de cantos de pájaro, moderados chirridos de cigarras y silbidos del viento que venía cabalgando sobre las sierras que rodean la ciudad. El azul del cielo mostraba huellas de calima, pero el sol reavivaba las bellezas del valle que se extendía bajo el vertiginoso parapeto. Me agarré a la ajada barandilla para disfrutar del roce del viento en mi rostro. Embriagado por las bellezas del valle y los perfiles del conjunto de montañas situadas al suroeste, cerré los ojos para fundir esas imágenes con las que mis sueños habían esbozado previamente. La inmensidad desatada, los caminos recónditos, las alquerías como perlas incrustadas en las faldas del valle, el reflejo azul de alguna piscina, la sequedad pujante del verano, el verdor de los matorrales del abismo y de los olivares distantes… Me sentí pequeño e incapaz de expresar lo que veía con elevados sentimientos poéticos. Tal vez mis ojos se humedecieran, pero el viento montaraz me los secó rápidamente.






Me encaminé al hotel con los hombros caídos, ausente de los enardecimientos de poeta de mis años mozos, con las esperanzas en el más bajo punto de gradación. Acaso mi melancolía fuera acentuada por el cansancio que llevaba encima. Miraba los pilones de las fuentes y no veía en ellos ningún rostro, como antaño me ocurriera en situaciones parecidas. La vida no me había dado todo lo que esperaba pero más de lo que merecía. La luz de Ronda deslumbraba mis pensamientos sombríos. Alguna vez soñé con alcanzar relevancia en el mundo literario, ¿y ahora… ya puesto sobre el tajo del declinar de mi vida…?
La alameda me condujo a las escalinatas de la hermosa placita de la Merced, a la vista de la estatua de la santa de Ávila. La miré, y, pensando en la lejanía del cielo, me crucé hasta la calle de mi hotel.
Me aguardaban las sombras del reposo.

CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).  







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