sábado, 11 de abril de 2009

El beso soñado



Despeja mis ojos insumidos de agotamiento, Señor de los vientos y las nubes, esos luceros que he mantenido apagados toda mi vida por procurar tu encuentro. Estoy a punto de ser devorado por el vacío de mi existencia. En esta ocasión, como en otras, cifro en ti la única esperanza que me queda.

No quiero engendrar el rumor de que Tú lo procuraras, pero siempre quisimos encontrarnos en la soledad. Sabes que hubo un tiempo en que los días circulaban despacio y el horizonte culminante de la vida se perfilaba lejano. La vida es como las alas de un barco que se esfuma en la lejanía del océano; es como un cielo de verano en el que el proceloso fulgor de la luna va ahogando poco a poco el misterio de las estrellas. Puedo vivir en soledad, pero no puedo pedir a mi corazón que no ame. Si Tú, Señor de los cielos y los arcos de colores, no me das respuesta, mi alma será como huella en el aire, como azahar que se ha secado en la frondosidad del naranjo. El horizonte se aproxima en un vertiginoso discurrir del tiempo. La noche no tiene trazas de rendirse a los halagos del amanecer.

Una vez la vi, como esas cosas que sólo pasan una vez en la vida. El verano bostezaba bajo las ebrias ramas del Paseo del Marqués de Zafra. En el escaparate de una corsetería campeaba un cartel donde aparecía una bella muchacha con una rosa prendida en el pelo. Todas las mañanas y todas las tardes de la primavera y el verano de ese año apartado, esos ojos ausentes me brindaban el saludo que era como una promesa para las postrimerías de mi juventud. Era la hora del regreso, y estoy seguro de que la reconocí, aun cuando sólo pudiera ver sus espaldas. Rebajé al instante mi paso, de ordinario tan ligero como el corcel de la brisa que convulsionaba las ramas repletas de hojas polvorientas en el Paseo del Marqués de Zafra.

Me di cuenta de que, si bien la vida mantiene la esperanza, las oportunidades raramente se repiten. Si no lo hacía ahora, no era seguro que pudiera hacerlo mañana... Sus cabellos negros se esparcían sobre sus hombros como una cascada de seda. Aunque reinara el verano, su cutis albeaba como la flor de los Andes. Buscaba la sombra porque no quería parecer morena; huía del sol de sus orígenes porque se desvivía por aparentar que era hija de las nieves pirenaicas. Su silueta era esbelta como el ciprés de Florencia. No me era dado, desde mi posición zaguera, admirar los dulces rasgos de su rostro, los ojos oscuros como las promesas incumplidas.

Ella caminaba y me era fácil reconocerla, pues a lo largo de mi infancia y adolescencia se había cruzado varias veces en mi camino. Su paso establecía una distancia que hacía remota la posibilidad de un nuevo encuentro. Los próximos caminos que yo iba a emprender, amenazaban con alejarme definitivamente de ella. Se imponía el despertar de mi alma; tenía un segundo para amarla o toda una vida para añorarla. No era fácil tomar la decisión: ella me sacaba casi una década, y acometerla por sorpresa conllevaba sus riesgos. Hubo un tiempo en que la amaba aunque ya tuviera quien la amara. Yo sabía que ya nunca más volvería a encontrármela… Las ramas del Paseo del Marqués de Zafra gemían por la tristeza del proyecto inacabado.

De repente, me armé de valor y apreté el paso. Llegué a la altura en que podía respirar la fragancia de sus cabellos; dejé que las aletas de mi nariz se dilataran en espasmos de goce. Cerré mis ojos, y mis brazos se cargaron de adoración. Apreté mi cintura contra la suya y besé su hombro con unción. El susto y el desagrado obraron en ella. Quiso deshacerse de mi abrazo con conatos de desesperación. Arañó mis manos y sus caderas parecían dar alocados aletazos. Empezó a pedir socorro. Los transeúntes acudían indignados a nuestro encuentro.

A todo esto, se dio la vuelta, propiciando el cruce de nuestras miradas. Tan pronto me reconoció, dejó de gritar y se sintió relajada. Ignoró las instancias de quienes le preguntaban si necesitaba ayuda para deshacerse de mí; apartó con su mano las manos de aquéllos que querían apartarme de ella. Luego me abrazó más estrechamente y soltó sobre mi rostro los bálsamos de su aliento, mancillado por el hedor del tabaco hacía un rato fumado…

Dicen los físicos que en el nivel más elemental de la materia no existe el concepto de contacto del modo en que los temperamentos románticos deseamos creer; las sensaciones placenteras no son más que interacciones que cuando poco requieren el establecimiento de una distancia; una distancia nimia, pero al fin y al cabo una distancia. Sin embargo, la fuerza del raciocinio perdió validez en los segundos mágicos que lograron contener el cimbrear de las ramas estivales del Paseo del Marqués de Zafra. El sol se perdió en lo alto de las copas de los árboles, y su luz no puso de manifiesto el brillo ocasionado por la humedad del beso. Mis ojos se vieron abocados a una calígine de deleite; la fuerza del beso se centuplica bajando el toldo de los párpados. Mis brazos la buscaban lo mismo que sus brazos me buscaban. La sangre corría bulliciosa por mis venas, queriendo emprender el camino del rayo. El beso salvó murallas de dientes, y mi lengua se hundió en un cáliz de néctar azucarado. Noté los estremecimientos de ella. Entonces me acometió el pavor de abrir mis ojos.

Aunque la tarde de verano languidecía, un chorro de luz empezó a doblegar la coraza del sueño verificado. En el fondo de mi ser alentaba el deseo de que ese sueño hubiera sido realizado al lado de otra que no era la que me besaba… Pero a la vida le encanta bromear con las más grandes esperanzas. Aun así, el chorro de luz se presentía desagradable. Entorné mis ojos, y notaba que ella se disolvía en la riada de luz. Apreté, pues, mis párpados todo lo que me era dable. Entonces la sensación del beso fue menguando, y al abrir de nuevo los ojos me topé con rendijas de luz en una persiana bajada.

Nada fue real. Hacía pasado mucho tiempo desde aquella tarde de verano en el Paseo del Marqués de Zafra. La había visto a ella, y recordaba que había seguido andando bajo las ramas susurrantes. Y en la vida real no volví a verla más.

Eché a un lado las sábanas, me aproximé a la persiana y forcé la vista por una de las rendijas. La mañana de abril nacía llena de sonidos apacibles y esperanzas en el aire. Vi a la golondrina zambullirse en el cielo de zafiro refulgente… Buscaba un nido y lo encontraría.

De igual modo, mi alma buscaba una esperanza… y la encontraría… ¿No es eso lo que intentabas hacerme saber, Señor mío?

El jardinero de las nubes.

7 comentarios:

judith dijo...

permite decirte que te felicite. De verdad es tremenamente romantico. De solo leerte me he transportado. Es bellisimo. Siempre es un placer pasar por tu casa, y leerte ya que nos regala una linda sorpresa a traves de tus textos.

medianoche dijo...

Un relato emotivo y admirable, lleva en su letras impresa la poesía, sabes jugar con las letras y al narrar se nota tu calma espiritual, y Dios seguramente ya te habrá dejado su mensaje, felicitaciones.

Besos

Afrodisiaco dijo...

Muy bueno tu blog, muy interesante. precioso post.
Salu2

LETRAWEB dijo...

Realemente tus letras ejercen cierto poder sobre el espíritu, logran sentirse las vivencias.
El final sorprendente.
En verdad, muy bello.

Feliz día de martes.
Bye bye

luis guillermo dijo...

mi buen jardinero de las nubes, la magia y encanto de tu creación literaria nos permite eso que nos hace amar la literatura, viajar a los espacios inimaginables, escenarios de otros tiempos, recuerdos, romances, penumbras, ocasos de soles naranjas, atardeceres lluviosos . un gran jardín, síguelo alimentando para el bien de todos nosotros.

Anónimo dijo...

Con este relato me doy cuenta que hay sueños incumplidos, y es por eso que al escribir se pueden sacar saciar nuestros anhelos volcandolos en el papel de la forma mas poetica y bella. Me quedo con ésta frase "Me di cuenta de que si bien la vida mantiene la esperanza,las oportunidades raramente se repiten" A menos que le demos una ayudadita, alguien me dijo eso último........................................besitos.

Anónimo dijo...

Hermoso cuento, en lo personal me llega profundamente, cada palabra, formando fraces que me idetifican con ese sentir que en su tristeza lo narra bello. Me gusta mucho leerte