miércoles, 24 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XIX): El fuego de los asesinos


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

El año que marcaría el final del Proceso de Reorganización Nacional, ocurrió algo que terminó de aniquilar los sentimientos de Jean Cornbutte. Corría la madrugada del 27 de octubre de 1983, que a la sazón era jueves (ese mismo domingo iban a celebrarse elecciones, que pondrían punto y final al gobierno de las juntas militares). A eso de las cuatro, Jean Corbutte se despertó sobresaltado y se levantó del catre como un muelle al descomprimirse. A través de la ventana divisó una pavorosa luminosidad que provenía del calvero de la fosa común. Para dar mayor entidad a la alarmante impresión que se iba apoderando de su alma, su olfato percibió asimismo un olor espeso y turbador… ¡Fuego, combustible, materia ardiendo!

-Los sentimientos se me trastocaban –contaba Teobaldo Oesterheld en Plaza de Mayo, cada vez a mayor número de oyentes-. Salté de la cama como si me hubiese picado la víbora de las Pampas. Sólo llevaba la remera y los calzoncillos que usaba para dormir; ni siquiera reparé en que no llevaba calzado. Los diablos tiraban de mí, y me planté en el reducto en menos de lo que tardo en parpadear… Eran los milicos, que habían venido sin avisar. La bicoca se les estaba acabando, y querían borrar las huellas de lo que hicieron… Habían destrozado las flores al retirar los tablones. Estaban echando a la fosa varios tanques de queroseno de aviación, alimentando un fuego a cada momento más vigoroso…

Las llamas arrojaban chispas incesantes que comenzaban a inflamar las ramas bajas de los árboles, amenazando con propagar el incendio a toda la espesura de en derredor. El olor a queroseno era de todas veras insoportable.

-¿Qué carajo están haciendo? –gritó Jean Cornbutte con un volumen de voz tal que sus cuerdas vocales se resintieron después de tantos años de hacer poco uso de las mismas-. ¡Apártense de mi jardín, che!

Los milicos interrumpieron brevemente su cometido, le echaron una mirada de desinterés y siguieron escanciando el queroseno dentro de la fosa.

Jean Cornbutte hervía de ira, y, sin pararse en meditaciones, se lanzó sobre el milico que le pillaba más cercano. Lo inmovilizó en el suelo y le repartió en el rostro toda una andanada de puñetazos, sin darle margen a reaccionar. La rabia contenida a lo largo de esos años afloró en su alma de manera rotunda, confiriendo a sus golpes una brutalidad desproporcionada. La cara del milico nadaba en sangre, los dientes volaban y Jean Cornbutte tenía los nudillos desollados. Siguió asestando golpes, aun cuando ya resultara patente la inmovilidad absoluta y definitiva de su agredido.

De repente, el estampido de un disparo sobrepujó el crepitar de las llamas. Jean Cornbutte notó un dolor indescriptible a la altura del hombro izquierdo (una herida como la que le hicieron al difunto Requejo, mártir del Pozo de Banfield). La consciencia se le iba yendo aceleradamente, mientras la sangre manaba de su cuerpo como un surtidor. No pudo oponer resistencia cuando los otros milicos le agarraron y lo arrojaron al interior de la fosa ardiente… Antes de que pudiera llegar al fondo, ya había caído, afortunadamente para él, presa del más riguroso desmayo.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

2 comentarios:

medianoche dijo...

Hola jardinero de paso por tu casa te saludo, y te dejo un abrazo.
Rosario

judith dijo...

pareciera una pelicula de suspenso. pero que lastima que se dio todo en la realidad. me imagino el trauma para el pobre hombre. un abrazote. judith