jueves, 11 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XV): De cómo Teobaldo Oesterheld pasó a ser Jean Cornbutte



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

No obstante, justo cuando sus padecimientos alcanzaban su punto álgido, se sintió herido por el estrecho haz de luz de una linterna… Una silenciosa lancha neumática bogaba a medio cable escaso de su posición. Si bien no le quedaban energías para lanzar el menor grito de alerta, fue detectado al momento por los tripulantes de la lancha, que enseguida le fueron al encuentro maniobrando los remos a la sordina, como temerosos de que su presencia fuera descubierta en toda la anchura y soledad del estuario.

Lo subieron a la lancha, le despojaron de sus empapadas ropas y lo embutieron en una manta de mucho abrigo. Apenas si acertaba a moverse, y necesitó invertir no pocos esfuerzos para tragarse el agua dulce adicionada con algunas gotas de ron que le ofrecieron para que entrara más rápidamente en calor. Acto seguido, cayó presa de un sopor que no le fue dable reprimir.

Cuando volvió a abrir los ojos, vio que se encontraba tumbado en la cubierta de un barco de pesca. Junto a él había otras personas rescatadas de las aguas, envueltas también en mantas. Se puso en pie, y absorbió una buena cantidad de la fortificante brisa del mar. El cielo, ya con las nubes fragmentadas, comenzaba a transfigurarse bajo los auspicios de la alborada, si bien los rayos del sol eran interceptados por las murallas del horizonte de tierra adentro. Los restantes barcos de la flota enfilaban un mismo rumbo hacia un pretendido lugar de la costa, donde los rescatados serían puestos definitivamente a salvo.

Se le acercó un marinero y le dijo:

-Señor, entre sus ropas encontramos este pedazo de… parece hormigón.

-¡Démelo, por favor!

Enseguida pudo contemplarlo a su sabor, sobre la palma de su mano. El efecto de la humedad lo había ennegrecido apreciablemente… Era el único recuerdo que podía conservar de los días que compartiera con “sus chicos de la Noche de los Lápices”. Se puso a acariciarlo con la yema del dedo índice, toda arrugada y blanquecina por efecto de la humedad. Era un trozo duro como la misma vida en los calabozos, en esos antros de degeneración humana. La uña luchaba por desmenuzarlo, pero la sangre empezaba a brotar… No podía conquistarse la libertad sin derramamiento de sangre.

-¿Adónde te llevaron, lo sabés de cierto? –le preguntó la Madre, al colmo de su interés.

-Nos llevaron a una espesura de pinares que bordeaba el litoral –respondió con la mirada hecha puro recuerdo-. Había un furgón del Ejército, oculto entre unos pinos que sudaban resina en abundancia. Nos dijeron que no nos preocupáramos de quiénes eran y adónde nos llevaban. Viajamos durante tres horas por carreteras solitarias y caminos bacheados. Llegamos a un lugar perdido entre los montes, una quinta destartalada. Nos dieron ropas secas y también de beber y de comer. Observaron con nosotros un trato exquisito. Allí tenían medios para falsear documentos, allí cambiaban la identidad a los perseguidos y les proporcionaban un modo de pasar desapercibidos en ese mundo de locura.

Después de unas horas, le llamaron la atención y le condujeron a una estancia de paredes roídas por la humedad. Le entregaron una barba postiza y unos anteojos, le pidieron que se los pusiera y le tomaron de esta guisa varias fotografías. Luego le condujeron a una mesa, a la cual estaba sentado un hombre, calvo y con anteojos de gruesos vidrios, que manipulaba varios documentos. Le pidió que se sentara y que le explicara quién era. Él habló de un modo premioso, no carente de desconfianza. El hombre replegó los labios, y acto seguido dijo:

-Necesitamos saber quién es usted en realidad, y la razón por la que le detuvieron. Sólo así podremos colocarle en un lugar seguro hasta que se restablezca el orden constitucional.

-¿Quiénes son ustedes? –inquirió Teobaldo Oesterheld, sin dejar de fruncir el ceño.

-Es mejor que ustedes no sepan quiénes somos ni cuáles son nuestras actividades. No podemos incurrir en el menor riesgo para nuestra organización… Por favor, ayúdenos permitiendo que le ayudemos a usted.

Su ceño se suavizó por fin. Contó todo lo referente a él y a las circunstancias que habían provocado su detención. Al cabo, el hombre de los anteojos dijo:

-Por lo que veo el origen de su apellido es alemán.

-Efectivamente, mi padre era de Gelsenkirchen, una ciudad de la Renania del Norte –corroboró Teobaldo Oesterheld-. Participó en la Segunda Guerra Mundial, y en el transcurso de la misma hubo de refugiarse en España. Conoció a mi madre en Aldea del Rey, un pueblo de La Mancha, y de ella recibí mi segundo apellido: Barba… Mi nombre completo es Teobaldo Marcial Oesterheld Barba.

-Tenemos una colocación para usted –dijo el hombre de los anteojos-, pero necesitará dejarse crecer la barba y usar anteojos. Deberá llevar la barba postiza hasta que la suya le crezca la longitud adecuada. Vamos a cambiarle la identidad mediante una nueva Libreta de Enrolamiento. ¿Algún nombre que se le ocurra?

-No sé…

-¿Algún nombre que haya leído en un libro?

Se quedó pensativo. Nunca había tenido costumbre de leer libros. No obstante, recordaba que de adolescente había leído un libro que le había gustado mucho, aunque el argumento casi lo había olvidado con el paso de los años. Se titulaba, eso sí, “Una invernada entre los hielos” y el autor era Julio Verne. Realmente se trataba de una de las historias menos conocidas del famoso escritor galo. A Teobaldo Oesterheld no se le había olvidado el nombre del protagonista: Jean Cornbutte. Pues bien, si era menester renunciar a su propio nombre, adoptaría el nombre del intrépido capitán del bergantín “Jeune-Hardie” (“La joven atrevida”). Desde ahora ya no sería más Teobaldo Oesterheld; pasaría a llamarse Jean Cornbutte en su nueva Libreta de Enrolamiento.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.


4 comentarios:

sonrisa dijo...

No deja de ser gracioso, a pesar de ser una historia tan cruel y difícil de digerir, llegar al momento en el que el autor, pese a no poder ambientar la obra en la tierra que mas ama, cómo introduce el nombre y apellidos para que su tierra esté presente. Te doy mi enhorabuena, por la historia que es tremenda y por el amor que te une a esta tu tierra.

judith dijo...

caramba, quien hubiera creido que tu tierra esta inmersa en esta historia. no sabia tampoco de ese libro de Julio Verne. Y eso que he leido practicamente todos. Te seguire leyendo. veo una esperanza de vida para tu personaje. Pero debe ser muy dificil vivir con todas esas pesadillas. un abrazote.

maría magdalena gabetta dijo...

Bueno, a mí me sorprendiste con dos cosas, con la aparición de tu Aldea como a tus otros lectores y con estos militares que parecen estar en contra de los mandatos de la Junta Militar. Un beso. Magda

Tereluki dijo...

Aquí sí que has hilado fino y conjugado con sutileza todos los lugares y nombres.