jueves, 4 de febrero de 2010

Mi padre (V): Amistad


Los aires cálidos de aquella primavera le devolvieron la vitalidad y el optimismo. No necesitábamos buscar excusas para hacer excursiones a los humedales que confinan con el término municipal de Aldea del Rey. A cada dos por tres, mi padre me proponía acercarnos al pantano de la Vega del Jabalón, al del Fresnedas, y, sobre todo, le gustaban mucho las inmediaciones del santuario de Nuestra Señora de Zuqueca, junto a las aguas tapizadas de carrizos y masiegas (semejante querencia me valió de inspiración, puesto que dos veranos después escogí ese entorno para ser bautizado por inmersión completa). A mí padre le gustaba recorrer las laderas de los cerros en busca de romero y tomillo, y en los ribazos se empleaba recogiendo manojos de menta poleo. Cierta tarde de junio le acompañé a un vallecito cercano a la Fuente de la Hoz, donde recogimos las hojas caídas al pie de un frondoso tilo, a efectos de emplearlas posteriormente en la preparación de las infusiones de hierbas que mi madre solía tomar por las mañanas. Recuerdo la sombra de mi padre extendiéndose por la superficie de las aguas pelúcidas de los pantanos; le relajaba ver los colores del atardecer tiñendo aquellos lugares de ensueño. Se sentía muy feliz en aquella época de nuestro renacimiento. A instancias mías empezó a vestir pantalones vaqueros, aunque sólo se los ponía para salir al campo. Tenía el raro talento de encender a la primera el brasero de picón que había bajo las faldas de la mesa camilla, cuando yo me pegué todo un día de mi cumpleaños tratando de hacerlo, resollando por el esfuerzo infructuoso, sin conseguir al final más que unas tristes pavesas.

El día que logré mi primer empleo propiamente dicho, insistió en acompañarme en el coche los primeros días. Era el único de los dos que se atrevía a preguntar a las gentes desconocidas dónde se encontraba tal sitio. Durante las horas de trabajo, él se quedó fuera del edificio dando vueltas arriba y abajo. Debido a lo tardío de la hora de salida, me lo encontré junto a la abierta puerta del maletero del coche, con la navaja a punto para hacer los honores a una caña de lomo embuchado de los apaños de la matanza, bien acompañada de una rodaja de pan candeal recién comprado. Tenía hambre y era un frío día invernal. Le dije que por mí no era necesario que se pasara tantas horas vagando por las calles y haciendo paradas intermitentes en las cafeterías del lugar.

-Es para mí un placer acompañarte a todos los sitios –me dijo con los ojos chispeantes de emoción, y entonces no me quería dar cuenta de que sería necesario perderlo para siempre a efectos de valorar el gran contenido de amor que encerraban sus palabras.

Me costó, pero al tercer día conseguí que se quedara en casa mientras yo me iba a trabajar. Las mañanas que entraba tarde, me lo encontraba vestido con mis viejos pantalones de la mili, esgrimiendo un escobón para limpiar las aceras de nuestra casa. Yo hacía ademán de burlarme al verle en tan doméstica disposición, ataviado con los campanudos pantalones de faena. Y él me miraba sin dejar de darle al escobón, insinuándosele una sonrisa picarona en la esquina de la boca.

Tres veces me reí a mandíbula batiente por alguna fechoría que mi padre cometiera.

Primera: en una ocasión decidió cepillarse los dientes (creo que en el conjunto de nuestra convivencia, no se los llegó a cepillar cuatro veces), y utilizó crema desodorante para las axilas, sin caer en la cuenta de que aquello no era pasta dentífrica. Huelga mencionar los visajes que hizo con el rostro cuando se cercioró de la equivocación cometida. Entre aspavientos, pasó casi diez minutos enjuagándose la boca al chorro del grifo.

Segunda: un domingo que iba a misa se puso un traje azul celeste, que con su atezada fisonomía le daba aires de calé gitano, máxime con los ojazos que me gastaba el amigo. Solté el trapo a reír, y él aguantaba estoicamente el chaparrón, sin saber si reír o amoscarse conmigo. Lo cierto es que no volvió a ponerse ese traje.

Tercera: se pasó toda una mañana dominical guisando una paella. Cuando llegó el momento de servirla, agarró la paellera para trasladarla al comedor, sin darse cuenta de que las asas abrasaban de lo lindo. Todo su trabajo quedó estampado contra el suelo de la cocina. Aquí fue cagarse en la madre que parió a la paellera y avisar a mi propia madre para que supliera el estropicio con un par de huevos fritos para cada comensal.

Tengo que parar por un momento la escritura, pues me estoy desternillando de la risa.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

8 comentarios:

MALENA RIOS dijo...

He leido mucho toda mi vida, pero nunca encontré algo que me hiciera sentir tan profundamente como todo lo que escribies. No me explico por que el mundo no te tiene en un pedastal. Te doy las gracias por tantos sentimientos y lágrimas dulces. Ojala el mundo se fije de tus escritos para aprender lo bueno de verdad, que es el AMOR. Un beso desde Estados Unidos, Jardinero de las Nubes.

Pluma de Pintura dijo...

Es un escrito precioso, he podido ver el amor que te brindaba tu padre, ¡es como si hubiera vivido en persona todo tu escrito y los momentos graciosos! No he podido evitar reir y reir y más reir, Un abrazo Jardinero tú si que sabes.

Pluma de Pintura.

medianoche dijo...

Hola amigo, no te he podido leer como quisiera tengo que hacerlo desde el primer capítulo, prometo que a mi regreso lo hare, solo pase a dejarte un saludo.

Besos

Vicente dijo...

Me GUSTA MUCHO LEERTE, CREO QUE CONOCIA A TÚ PADRE ERA UN GRAN HOMBRE,NOS APRECIABA MUCHO A TODA MI FAMILIA, EL TE QUERÍA MUCHO ESTARÍA MUY ORGULLOSO DE LEER TODO LO QUE ESCRIBES UN SALDO Y

El jardinero de las nubes dijo...

Querido amigo Vicente:

Una parte de mí se niega a sucumbir al sentimiento que me han despertado tus palabras, pero después de todo soy humano y te agradezco en el corazón las mismas.

Estoy seguro que mi padre os apreciaría mucho, porque, si bien hubo quien lo despreció, le gustaba mucho hablar con la gente de Aldea.


Nunca podré estar a su altura ni en humanidad, ni en simpatía, ni en saber llevar a la gente, pero le pido a Dios que bendiga largamente a tu familia.

Malena, Pluma, Rosario que Dios os pague todo vuestro sentimiento.

judith dijo...

que lindo!!! Eso si es bello recordar los buenos momentos. Me gusto leerte. Asi es que hay que recordar a los que no estan ya con uno. un abrazo desde Venezuela

Nubbbe dijo...

Bonitos recuerdos...

Tienes mucha razón, a veces hay que perder lo que se tiene para llegar a valorarlo debidamente... y ya no siempre para valorarlo, sino muchas veces para llegar a entender profundamente las cosas, que en su momento, no supimos interpretar...
Es una pena que, en ocasiones, nos demos cuenta demasiado tarde...cuando ya sólo nos quedan recuerdos...
Seria ideal poder disfrutar de esos momentos a tope, y sincronizadamente... Se pierde mucha felicidad mutua, por no pararse a observar y analizar a fondo, sea por el motivo que sea..

Pero bueno, parece que tu sí supiste valorar en su dia lo que tenias...y disfrutar con alegria de su compañia. A la vez que hiciste que ese padre se sintiera orgulloso de serlo, disfrutara nuevamente de su hijo y fuera feliz.

Me encantó la frase "-Es para mí un placer acompañarte a todos los sitios..." Frase y situación cargada de amor y ternura... Muy emotivo el momento... y muy afortunado quien lo recibe...
Se nota que tu padre te quería mucho... y se sentía feliz a tu lado...

Es lindo compartir paseos, vivencias, sabiduria... con los que más cerca tenemos... y vivir momentos y fabricar bonitos recuerdos para cuando tristemente ya no nos acompañen...
Demasiadas veces, a causa de la individualidad, o de otros intereses, perdemos minutos, que solo sabemos perdidos, cuando ya no tiene remedio...

Bello y afortunado "renacimiento"...

Oye!..Paella?... no seria Valenciano?...jaja!.. Lástima paella... ya da rabia.. :))

Un fuerte Abrazo, amigo Jardinero...

Nubbbe.

Anónimo dijo...

Un deleite repasar estos escritos y disfutar tus momentos felices. Sigo despues el siguiente Un beso.