domingo, 9 de mayo de 2010

Mi padre (XIV): Arrepentimiento


En el pueblo se corrió la voz de que mi padre se moría. Llegaron visitas a mansalva, que rápidamente, a tenor de los ímprobos esfuerzos sociales que mi padre intentaba realizar, se revelaron un auténtico estorbo. Mi padre se alteraba y acababa exhausto. No parecía querer que le vieran en semejante postración, y, lo peor de todo, empezaba a olerse la tostada. Mi madre y yo tampoco teníamos ganas de visitas ni de sostener conversaciones baldías sobre los males propios y ajenos. Algunos venían sinceramente compungidos, pero los más se presentaban acuciados por la curiosidad morbosa de asistir a la consunción de un moribundo. El timbre sonaba en ocasiones a cuál más intempestiva: cuando estábamos intentando que mi padre ingiriera algún alimento, durante el enjabonado previo al afeitado, en los momentos en que literalmente yo había de arrastrar a mi padre cuando me pedía que le llevara al cuarto de baño para aliviar la opresión de su vientre…

-Me revientan tantas visitas que sólo consiguen alterarle y agotarle aún más de lo que está –le confiaba a mi madre, al colmo de mi indignación.

-El pueblo es así –respondía ella-. Aquí son muy dados a cumplir con enfermos y difuntos.

-Pero ¡ya está bien!... A veces se altera tanto que no hay quien consiga hacerle comer.

-Tu padre se está muriendo…

-Pero eso no quita que intentemos facilitarle la mejor calidad de vida posible.

Entonces tomé la decisión de poner veto a tanta visita inoportuna. Yo me encontraba particularmente irritable, hasta el punto de dejar a un lado todo convencional gesto de afabilidad.

Esa misma tarde el timbre volvió a sonar. Aproximé el ojo a la mirilla de la puerta, mientras notaba que el ceño se me ponía torvo en exceso. Vi el rostro de un anciano con boina, boca entreabierta y ojos difuminados por unas arcaicas gafas de vidrios gruesos y estriados. Le abrí la puerta por simple inercia, aunque el alma me pedía correr el cerrojo.

-¿Qué quiere? –le pregunté con un tono de voz situado en la frontera entre la educación y la aspereza.

-Vengo a ver a tu padre –me dijo fatigadamente; se notaba que había andado un largo paseo desde su casa.

Antes de que yo pudiera oponer algún tipo de reparo, mi madre salió a recibir al visitante y lo condujo a la alcoba de mi padre... Era triste la situación, y más cuando ya ni siquiera encontraba mi padre descanso en el canapé de la sala de estar; en su cama era donde únicamente podía sentirse un tanto aliviado.

El visitante le llamó por su nombre, con una voz extrañamente ronca. Mi padre entornaba los párpados y abría la boca soltando una vaharada fétida, revelando los pocos dientes que conservaba.

-¿No me conoces, so jodío? ¿A que te alegra verme aquí?

Hacía poco que mi padre ya no articulaba palabras. Sólo soltaba gemidos que parecían salir de un fuelle lleno de agujeros. Mi padre se fatigaba, sus manos estaban crispadas y no conseguía abrir del todo los ojos. Agarró de una manga a su visitante.

Amos, que nos tenemos que echar una partida en el Hogar!

Le faltaba el resuello. Arrancó a toser y su palidez se tiñó de púrpura. Por la comisura de la boca le manaron mocos coloreados con algunas motas sanguinolentas. La escena me estaba crispando los nervios.

-¡Caballero, le pido que salga de aquí! –le dije imperioso al visitante-. Mi padre no está para recibir visitas.

-De eso nada –me contradijo mi madre, alarmada por mi insospechada grosería, y luego le dijo al visitante-: Quédese el tiempo que quiera.

-¡Ni hablar! –me empeciné-. Ya estoy harto de que esto se haya convertido en un circo. Desde ahora ya no se reciben más visitas. Caballero, por favor…

El visitante se deshizo de la mano de mi padre con extrema delicadeza. Le miró con tristeza y acto seguido me miró con estupefacción. Se colocó la boina con senil torpeza, y abandonó la alcoba. Cuando le abría la puerta para que saliera, me dijo con la voz aún más ronca:

-Yo era amigo de tu padre. Sabía que le alegraría verme.

Y se fue con paso tardo entre los vapores de niebla que empezaban a acumularse a la caída de la tarde. Sus hombros iban abatidos y su boina ladeada… En ese mismo momento me di cuenta de que había cometido una injusticia. Me sentí muy mal. Ese hombre se iba, y de ahí a algunos meses también marcharía por la ruta de mi padre. Yo entonces no podía ni imaginarlo. Me hubiera gustado haber tenido ánimo para hacer que regresara y pedirle perdón. Los malditos nervios me habían traicionado, faltando a mis principios de educación y hospitalidad. Quiero que sepas que allá donde estés, te pido perdón, viejecillo que visitaste a mi padre.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

7 comentarios:

Marisa dijo...

A veces la impotencia de no poder hacer nada para cambiar la situación que nos sume en un hondo naufragio, nos hace cometer actos que en realidad no los estamos llevando a cabo en primera persona sino llevados por la imparable corriente de la catarata de la tristeza.
A todos nos ha pasado, Jardinero, y todo vuelve a florecer cuando pedimos disculpas. Aunque también es importante perdonarnos a nosotros mismos.
Emotivo relato el que narras, triste y profundo, bello y perfecto.
Mucho ánimo y un sincero abrazo.

Una amiga que te quiere. dijo...

Jardinero te comprendo,la rabia e impotencia de ver que el final de un ser querido se acerca nos lleva a mostrar nuestro lado menos humano y hacer cosas que no queremos.Desde el cielo ,ese hombrecito te perdonará.
Te sigo con mucha emoción,me pones los pelos de punta.

molina dijo...

Supongo y estoy seguro que el viejecillo de la boina ya te habrá perdonado,al iqual que tú harías lo mismo con la gente que alguna vez te ofendió.
Son valoraciones y momentos muy angustiosos que cualquier ser humano puede perdonar,estos y cualquier otros.

SI PERDONAS SERÁS PERDONADO.

El jardinero de las nubes dijo...

Gracias a tod@s por sus emotivas palabras (Marisa, una amiga..., Molina).

Amigo Molina, yo no tengo nada que perdonar a nadie. Quien me conoce sabe que no me cuesta pedir perdón (y muchas veces lo tengo que pedir). Una vez publicaron mi nombre en sentido peyorativo y no me pidieron perdón, aunque yo perdoné. Luego he sabido por terceros de mi confianza que esa persona se deshace en elogios a mi modo de escribir y mi pensamiento. Son ironías de la vida... Yo ya no guardo rencor por nadie. En la vida nos toca sufrir de una manera u otra, y a veces las viejas heridas pueden doler, pero en Dios abunda el consuelo.
Gracias de corazón, querido amigo y paisano.

Judith Bascones dijo...

bueno amigo. Te he seguido tu lectura un poco con bastante tristeza. A veces es sabio recordar lo bueno, y no lo malo, y a uno la familia le duele, sobre todo en esos momentos. judith

Nubbbe dijo...

Bueno, amigo...

En esos momentos en que notamos como la energia de un ser querido se escapa... En esos momentos en que cualquier pequeño minuto, es un tesoro para aprovechar... Cuando sentimos la desdicha de comprobar que esa persona que tanto queremos, se encuentra en un lamentable estado... y aun asi, debido a las formas sociales, debe hacer un esfuerzo, que seguramente no desea, en contentar a las visitas.. que aunque se valoren, no es el mejor momento para atender...
Cuando apreciamos que nuestro ser querido posiblemente sufre por ello, o al menos asi lo percibimos..., creo que unicamente pensamos en su bienestar, intentando que sus últimos momentos sean lo mas livianos y agradables posible, dejando a un lado toda formalidad, e incluso educación si alguna cosa lo altera...
Los nervios se apoderan de nosotros.. y lo que premia es el binestar del enfermo.

Pero no te preocupes, a pesar del impacto inicial, esos momentos son perfectamente comprendidos. Es fácil ponerse en la piel ajena en tan duros momentos... asi que no creo que ese señor te tuviera nada en cuenta.. simplemente quiso hacer un bien, que desgraciadamente en ciertos momentos, es dificil de conseguir... aunque también fue bueno, pese que no lo pareció, ese instante de amistad demostrada, que seguro tu padre supo apreciar en su interior...

Supongo que el señor marchó con la satisfacción del deber cumplido, y no te tuvo el gesto en cuenta. Muchas veces, el cariño o aprecio que sentimos por alguien es más fuerte que el pensamiento. Y es difícil elegir, entre realizar o no esa última visita. Supongo que para todos los buenos amigos, también es difícil despedirse... Asi que ganan las ganas de ver a ese amigo, esa uúltima oportunidad de compartir... en ese intento de mejorar un poco al enfermo con nuestra presencia amiga... aunque a veces, ello suponga un poco de inconveniente. Son situaciones complicadas...

Al menos la amistad del anciano era sincera. Lo que no llego a entender son esas personas que como comentas, visitan para cotillear o observar la agonia de otro.. Eso si me resulta repugnante.. Y comprendo que estuvieras harto de tanto formalismo y cotilleo... Simplemente llega un momento en que explotas.. y quizá el anciano pilló ese momento. Pero como te digo..son situaciones totalmente comprensiles, que jamás se tienen en cuenta.. al contrario...

Un fuerte abrazo, amigo, hiciste lo que debias. Tu padre debía ser lo primero.

Nubbbe.

Anónimo dijo...

No tengo palabras que decirte esta vez, ni buen comentario, solo respeto tu dolor. Y pues abrazos de simpatia y cuidate........... ................siempre