lunes, 17 de mayo de 2010

Mi padre (XV): Estrellas


Los días de las fiestas navideñas fueron transcurriendo como una dolorosa secuencia de escenas oníricas esfumadas en tonalidades grises, como breves paseos por los nueve círculos infernales de “La Divina Comedia” de Dante. Mi padre no pudo volver a levantarse de la cama. Tenía la voz perdida, pero con gestos ampulosos trataba de indicarme lo mucho que echaba de menos el canapé de la salita de estar. Este mueble estaba apoyado justo debajo del marco de la amplia ventana. Desde el vidrio goteaban las lágrimas del invierno y se podía ver a los pájaros cantando en los aleros cuando brillaba el sol de primavera. Una sola ventana podía aportar tanta vida, y ahora mi padre se veía obligado a permanecer en las sombras de su alcoba. Su voz ya no se escuchaba, pero, a través de su mirada, sus palabras llenaban el silencio.

La víspera del día de Reyes hubo que llamar a la ambulancia. Las toses arreciaban en el frágil pecho de mi padre. No respiraba bien, y sus convulsiones no hacían presagiar nada bueno. Desde Urgencias nos remitieron a la Unidad de Cuidados Paliativos del recién creado Hospital General de Ciudad Real. Tuvimos que aguardar al celador en la explanada de la entrada de hospitalizaciones. Yo me sentía impaciente, y di en pasearme por el exterior de la ambulancia. Mi padre estaba tumbado en la camilla. Su mirada parecía querer atrapar las frías estrellas del invierno. Llevaba puesta la mascarilla de oxígeno. Era nuevamente mi elefantito, la entidad bancaria donde yo tenía depositada desde el inicio de mi vida una crecida cantidad de amor. Pronto esa cuenta corriente se hallaría en números rojos. Me quedaría sin el firme pilar en el que se apoyaba mi existencia; me aguardaba un largo camino en soledad. Golpeé con los nudillos su ventanilla, y le hice varios saludos con la mano. Él me miraba y veía mi sonrisa un tanto histriónica. Yo daba en mostrarme guasón hasta las últimas consecuencias, porque seguía pensando que mi padre aún podía sentirse alegre por mi conducto. Estoy seguro de que, en esos instantes postreros, no creería que me estaba burlando de él; me conocía lo bastante para saber que mis payasadas eran un elocuente testimonio de amor hacia su persona… Me pasé saludándole a través de la ventanilla todo el tiempo que medió hasta la venida del celador.

La habitación era ancha, pulcra y olía a desinfectante y a pintura fresca. Había una pequeña nevera para comodidad de los acompañantes. Y el sofá se podía transformar en una cama relativamente confortable. El control de enfermería quedaba justo enfrente de la puerta. Mi madre reconoció a una de las enfermeras. Era una muchacha del pueblo, y cuando supo que éramos paisanos y por ende familia lejana, extremó sus atenciones con nosotros. Dios la bendiga. Aunque nunca más la he vuelto a ver, es muy grande la deuda de gratitud que tengo contraída con ella.

Desde la ventana se avistaban las constelaciones que servían de palio a esa noche de Reyes. El hospital estaba casi vacío, y por eso los exteriores no se encontraban lo bastante iluminados. Pero, gracias a eso, pudimos gozar del distante esplendor de las estrellas, que contribuía a desmaterializar las sombras de la habitación. La mirada de mi padre se proyectaba a través de la ventana. Era como si para él no existiera la sonda intravenosa o la mascarilla de oxígeno. ¿Acaso cavilaba que su inminente hogar se encontraba confundido entre el brillo de esas estrellas?

Cerca de la medianoche, vino la enfermera a ofrecerme un zumo de frutas.

-No, muchas gracias –rehusé al colmo de mi cortedad.

¿Acaso si ella no hubiera sido del pueblo, acaso si no se hubiera mostrado tan dulce y atenta, yo hubiera podido comportarme como una persona adulta y no como un niño asustado en medio de los peligros de la vida?

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes

4 comentarios:

Marisa dijo...

Esas estrellas que se reflejaban en tus ojos y en los de tu padre esa noche de Reyes tan triste, seguramente se llevaron vuestro reflejo de ojos enlazados, a un espejo eterno en el que te podrás mirar las noches estrelladas y encontrar esos ojos que tanto quisiste y perdiste.
Me ha emocionado tu generosa sonrisa llena de lágrimas invisibles, ofrecida a tu padre como alivio a su dolor.
Y en cuanto a esa enfermera...siempre en los momentos difíciles aparece inexplicablemente un "ángel" tendiendo su mano amiga repleta de estrellas.
Es conmovedor leer tus espléndida e impecable prosa. Deseo que algún día esté llena de sonrisas.
Un beso, Jardinero.

Pluma de Pintura dijo...

Una noche de Reyes que jamás olvidarás, lo mejor es la sonrisa que le brindaste a tu querido padre, demostrándole lo que lo querías, Él debió sentirse muy aliviado, viendo a su hijo desde el otro lado de la ventanilla, intentando ponerle una sonrisa en la cara.

No sé que más decirte, puedo imaginarme cada momento como si lo viviera...

¡espero impacientemente el siguiente capítulo!

¡Un abrazo querido amigo mio!

Judith Bascones dijo...

Se comprende todo el sentimiento. A veces cuando pasamos por esos trances no vemos luz en el camino, ni ante la personas que nos rodea. saludos

Nubbbe dijo...

Hola amigo...

Que triste relato. Por qué el final de la vida ha de ser tan duro?... No seria suficiente con ser el final? No es eso ya bastante dificil?...

Hay gente que asume la muerte como algo natural y cotidiano. Manifiestan ante situaciones en las que a mi se me encoje el alma, que es lo normal y que de otro modo sería imposible.. "ha de ser así"-dicen-... Será asi, pues, pero cuando les escucho pronunciar esas frases, el primer pensamiento que me viene a la mente, es la poca sensibilidad y sentimiento que tienen. Y aunque no discuto que tengan razón, jamás podré tomar ese momento, ya sea propio o ajeno, como algo normalmente asumible sin dolor... (o al menos, manifestarlo así)

No puedo soportar la idea de que alguien a quien quiero marche para siempre... Y las pocas veces que ha ocurrido lo he asumido, a la fuerza...

Bueno... Es bonnito ver como hay hijos que aman tanto a sus padres y están tan pendientes. No siempre es asi. Y que se preocupan por ellos de ese modo tan cariñoso... capaces incluso de simular broma y sonrisa, para alegrar al enfermo, cuando lo único que se siente es tristeza y dolor...

Sentirse querido en ese momento, creo que es lo que mas reconforta el alma... En un momento, en que parece que mirar a las estrellas, es la única forma de escapar...

Respecto a lo de la enfermera... Pues en ciertas ocasiones, aparecen esas personas-angeles... que nos hacen pensar que no todo esta perdido en el mundo... Y sí, ironicamente, es entonces cuando no se por que, actuamos como si no fueramos nosotros, como tú dices, como niños asustados... Quizá sea lo que realmente aun somos...

Un abrazo muy fuerte, amigo mio...

Nubbbe.