lunes, 15 de julio de 2013

Cuentos urbanos: El inventor (XXII) - ¡A Cimavilla!


Después les llegó el turno a los mal denominados terroristas. Arrojaron las armas por el susodicho ventanal, y fueron saliendo en fila de a uno. Enseguida acudieron soldados que les apuntaron con sus metralletas, en espera de las disposiciones que se hubieran de tomar a continuación.
—Pongan los brazos en alto —les ordenó un cabo primero.
Obedecieron en silencio. Sumaban un total de sesenta miembros; los otros habían escapado cobardemente por otros lugares. Ahora era cuando los que quedaban podían pensar, con todo acierto, que se habían perdido sus esperanzas en el futuro.
—¿Llevan más armas escondidas? —insistió el cabo primero.
—Pueden cachearnos, si lo prefieren —dijo Arsenio Corchado, erigiéndose en portavoz del grupo.
—Sin duda lo haremos.
A todo esto, se acercó el responsable de los servicios periféricos de educación de la provincia de Ciudad Real. Enarboló un dedo acusador hacia el grupo en su conjunto, farfullando con voz de perro:   
—¡Me… tanlos a todos… en la cárcel! ¡Han… observado con… nosotros… un trato… inhumano!
La indignación se retrató en la fisonomía de Arsenio Corchado. ¡Cómo podía ser tan miserable ese sibarita engolado! La infamia siempre busca la ocasión para ensañarse con los más débiles.

***

Barrientos no podía abrir los ojos. Tan sólo era consciente de que en un momento dado de la última hora se los habían golpeado con ciega saña. Su antiguo superior al mando había perdido el control por completo. Esposado de ambas manos, Barrientos no podía hacer otra cosa que encajar los golpes que aquél quisiera darle.
—¿Tuviste algo que ver con el fenómeno que se produjo en el cielo?
Esta pregunta no pudo por menos de causarle una honda turbación. Parecía que, puestos a proferir acusaciones, el coronel Bertin hubiera encontrado en Barrientos el cabeza de turco perfecto. Éste optó por guardar silencio.
—Cuando estabas a mi mando, solías mostrarte más locuaz y diligente. Algo ha cambiado con los años. Ahora que eres un terrorista en toda regla, no despegas la boca. ¡Maldito miserable!
Le largó otro derechazo en la boca del estómago. Barrientos se retorció de dolor en la silla. Ya le costaba imaginar cuáles eran las auténticas pretensiones del coronel Bertin. ¿Acaso matarle de un modo discreto y solapado? Sea como fuere, él ya había dejado de sentir temor por nada.
En ese momento llamaron suavemente a la puerta. El coronel Bertin se mostró azorado; no esperaba que interrumpieran su “intimidad” con su antiguo subordinado… Y menos en tales condiciones.
—¡Adelante! —concedió de mala gana.
Hizo su entrada un teniente espetado y barbilampiño. Dirigió una mirada de espanto al prisionero, y acto seguido le tendió un papel a su superior. Luego, sin decir palabra, se cuadró y se fue por donde había venido.
—¿Qué demonios es esto?
El coronel observó que se trataba de un fax remitido por la Delegación del Gobierno en Asturias. No le gustó nada lo que leyó, a juzgar por la cara que puso. Es más, cualquiera hubiera pensado que su gesto delataba un asomo de pánico.
—Vas a tener suerte, desgraciado pelanas.
—Me da igual la suerte que me proporciones —musitó Barrientos con los labios hinchados.
El coronel Bertin hizo ademán de pegarle de nuevo, pero finalmente se contuvo. Se encaminó a la puerta, y llamó a gritos a uno de sus subordinados. Entró el mismo teniente de antes.
—Dispongan al prisionero para el traslado a la base del comandante Serrano… Y quítenle las esposas.
—A sus órdenes, mi coronel.
Barrientos experimentó un inmenso alivio al verse libre de los cercos de acero en sus muñecas.
El coronel Bertin siguió ladrando órdenes:
—Los prisioneros de la Universidad Laboral han de ser asimismo trasladados.
—El transporte estará dispuesto de inmediato —dijo el teniente, poniéndose en posición de firmes.
—Pues no perdamos tiempo.
Barrientos notó la comedida presión de la mano del teniente en su brazo, haciéndole ponerse en pie. Fue entonces cuando una súbita incertidumbre se adueñó de su espíritu.
—¿Adónde me llevan?
—Ahora lo verá —le dijo el teniente con tono respetuoso. Pero el coronel Bertin no tuvo inconveniente en ser más explícito:
—¡A Cimavilla!

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes)


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3 comentarios:

Terechuli dijo...

¡Qué bueno! Servicios Periféricos jejejej
Enhorabuena, más simpático no puede ser.

Jeabelly dijo...

Una vez mas a la expectativa.
Es de gran gusto visitar tus obras.
Felicidades.

El jardinero de las nubes dijo...

Teresa, Jeabelly, os agradezco de corazón vuestra visita y comentario. Un abrazo.