viernes, 6 de marzo de 2009

Sombras en Cornualles (y XII): El sepelio de mi madre

El entierro, una vez practicadas las diligencias previas, se verificó dos días más tarde. Era un atardecer con muy pocas nubes. La tierra ya había asimilado la humedad de la lluvia. El féretro fue transportado hasta la fosa abierta al efecto, que se hallaba al pie de un frondoso sauce del jardín. El cuerpo de mi madre estaba materialmente cubierto de azucenas blancas, por entre cuyas corolas revoloteaba una abeja solitaria. El servicio religioso fue sencillo y emotivo; fue oficiado por un sacerdote irlandés que casualmente pasaba por Dawning de camino hacia otro destino más importante. Los aldeanos fueron haciendo mientras tanto acto de presencia, testimoniándonos de este modo el afecto que siempre les había inspirado la "señorita" de Dawning House.

Tristes figuras de estómagos atormentados por el hambre y de vestiduras andrajosas imposibles de renovar. Después de algún tiempo desde el desencadenamiento de la marea negra, las costas seguían siendo lugares inadecuados para cosechar las riquezas del mar. En la aldea había hecho acto de presencia la enfermedad y la muerte con atípica frecuencia. Y no era fatuo el conmoverse porque gran parte de los lugareños se hubiesen acercado hasta la casa solariega para acompañarnos en el triste trance del sepelio de mi madre. La mirada de mi padre reventaba de gratitud hacia ellos.

El féretro fue descendido a su morada eterna. Las paletadas de tierra representaron un dolor añadido en nuestros corazones. Ahora era cuando verdaderamente podía sentir que mi madre no iba a regresar junto a nosotros, al menos en esta vida. El llanto inundó mis mejillas. Rápidamente, la tierra removida volvió a su lugar de costumbre, absorbiendo en su seno a la nueva moradora. La lápida recién esculpida fue plantada de inmediato, para que sirviera de memorial a tan doloroso acontecimiento.

El sacerdote echó su último responso, y casi a continuación la multitud allí congregada se fue dispersando en todas direcciones. Sólo los más allegados permanecimos en torno a la recién estrenada sepultura. El sacerdote recibió sus emolumentos, se despidió de nosotros y emprendió el camino de la aldea acompañado de los dos sepultureros que habían practicado la inhumación.

Pronto el silencio se hizo sepulcral. Ni el canto de los pájaros ni el murmullo del cercano mar pudieron sobreponerse al mismo.

Ninguno de nosotros fue consciente del tiempo que allí permanecimos. Volvíamos a ser una familia unida, si bien la parte principal que representaba la madre ya no estaba entre nosotros.

Pero eso no evitaba que yo experimentara una soledad inmensa en las desbastadas regiones de mi alma.

FIN

AQUÍ SE DIO TÉRMINO A LAS MEMORIAS DE PAUL BRAUN, MEDITADAS POR EL JOVEN JARDINERO SOÑADOR QUE FUI. QUEDAN EN EL TINTERO: LA FORMACIÓN EN EL COLEGIO DE BRISTOL, EL TRABAJO EN EL MUSEO BRITÁNICO, LA EXPEDICIÓN TRAS LAS HUELLAS MIGRATORIAS DEL CHARRÁN ÁRTICO, EL VIAJE A ESPAÑA, ADELAIDA, LA TRAVESÍA DE LA GOLETA "UNDERCURRENT"... ESO SÍ QUE LO TENGO, PORQUE ERA EL AUTÉNTICO COMIENZO DE LA NOVELA (NO EL PRÓLOGO)...

QUIERO QUE ME PERDONES, MUCHACHO CUYO CUERPO HABITÉ, POR NO HABER SIDO CAPAZ DE PROSEGUIR TUS SUEÑOS. AUNQUE TÚ ME PERDONARAS, CREO QUE YO NUNCA ME PERDONARÉ LA INFIDELIDAD QUE COMETÍ CONTIGO.

El jardinero de las nubes.

martes, 3 de marzo de 2009

Sombras en Cornualles (XI): La hora de la fatalidad


Ninguno de nosotros fue capaz de abrir brecha en el silencio que nos dominaba. Andábamos cabizbajos por los rincones, con el gesto melancólico. Yo, no sabiendo qué hacer, regresé a mi habitación, me acomodé nuevamente en el filo de la cama y me quedé contemplando los senderos que las gotas de lluvia trazaban en los vidrios de la ventana. Poco a poco mis pensamientos se fueron sustrayendo al letargo en que habían estado sumidos toda la noche. Con la quietud subsiguiente, el sueño fue asediando mis párpados, y enseguida el resto de mi cuerpo se fue desplazando hacia el santuario de reposo que prometía el mullido colchón de mi cama. No había de temer al frío, pues en la chimenea aún quedaban rescoldos suficientes para mantener por un rato la temperatura agradable. Antes de que me diera cuenta, me encontraba durmiendo a pierna suelta.

Creo tener el vago recuerdo de que mi descanso fue feliz, pues la conciencia no me remordía después de haberme reconciliado con mi madre. A veces es duro y humillante seguir los impulsos dictados por el corazón. Pero la paz que ello trae como consecuencia, bien merece cualquier esfuerzo en contra de los requerimientos del ego.

Las horas se sucedieron lentas y fatigosas. Ya estaría muy avanzada la mañana cuando un enérgico viento de levante abrió un espacio de gloria al sol otoñal. El arco iris hizo su aparición, y parte de su estela colorida puso una nota de alegría en la penumbra de mi habitación. Yo ya tenía los párpados abiertos, aun cuando mi cuerpo siguiera asimilando migajas de reposo.

De súbito, un grito desgarrador hizo que mi mente se sacudiera las dulces ensoñaciones que se tienen al despertar. El grito provenía del cuarto de mi madre. La autora del mismo había sido mi hermana Arabella. Siempre había tenido el sueño muy ligero, por lo que no resultaba extraño que hubiera sido la primera de nosotros en recuperar las fuerzas. A renglón seguido se encaminó al cuarto de nuestra madre, y allí se la encontró con el cuerpo falto de vida.

La alarma cundió enseguida por toda la mansión. Los gritos de Arabella menudeaban, convocando de este modo a los otros miembros de la familia. Yo sentía miedo de enfrentarme sin más demora a la triste realidad. Mis pasos se hicieron pesados hasta que llegué al umbral de la alcoba en cuestión. Allí todos sollozaban y se repartían abrazos de condolencia. Ignorando a los que estaban a mi alrededor, me aproximé a los pies de la cama. El rostro de mi madre ya se veía desfigurado por la rigidez cadavérica. Arabella acababa de cerrarle los párpados y colocarle un pañuelo en torno a la cabeza para mantenerle cerrada la boca. No pude apartar mi mirada de ella, pues la impresión me había dejado la sangre helada en las venas.

En ese momento hizo su entrada Beresford. Traía en sus manos unas pocas rosas del jardín que habían sobrevivido al estío. Las colocó con verdadera unción sobre el enflaquecido pecho de la difunta. Luego abandonó la alcoba sin despegar los labios. Adivino que no querría interferir en nuestra aflición familiar.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

domingo, 1 de marzo de 2009

Sombras en Cornualles (X): El lecho de la moribunda


Pero enseguida fui subiendo lentamente los escalones para captar mejor el sonido de la escena que se estaba desarrollando en la habitación de la enferma.

Algún suspiro, alguna emoción liberada, algunas palabras largamente postergadas y el perdón se deslizó por los sanguíneos labios de mi padre. ¿Por qué no habría de ser así? Él no era al fin y al cabo un hombre desalmado.

Llegué arriba y vi cómo sus brazos retenían al pichón que tiempo atrás volara de su nido paterno. Es muy duro manifestar desdén a la vista de la maternidad. Y mi padre, repito, no era un ser infame.

Después de algunos segundos, Margaret acudió al lecho de mi madre. Cogió su mano, que ya no parecía sino hecha de cera, y la regó con sus lágrimas.

-Mamá, mamá, ¿por qué no habré venido antes? -lloriqueaba-. Ahora sólo puedo decirte que vas a ser abuela.

Mi madre abrió totalmente los ojos, que hasta el momento mantuviera entornados, e inspeccionó las facciones de mi hermana. Leves gotas de un sudor frío perlaban sus sienes.

-Margaret, en mi corazón aún cabe un poco de alegría -dijo casi en un murmullo-, y tú eres quien me la ha traído. Bendita seas, hija mía, y bendita sea la criatura que llevas en tu seno.

Todos teníamos un nudo en el pecho. Yo me apercibí de que aún disponía de una oportunidad para lavar mi conciencia, en vista del ejemplo de mi hermana. Quedamente me aproximé al otro lado de la cama, tomé la otra mano de mi madre y la cubrí con una auténtica granizada de besos. La cabeza de la enferma se giró entonces en mi dirección.

-Mi gorrión fugitivo ha vuelto al marco de mi ventana -murmuró con las comisuras de sus labios intentando alumbrar una sonrisa.

En el introito, Beresford se había llegado hasta la habitación y entró con pasos cautelosos, tras solicitar con una seña permiso a mi padre. El buen mayordomo tenía también una espina clavada en el corazón. No quería que la moribunda emprendiese su viaje postrero sin haberla obsequiado al menos con una palabra afectuosa.

En cuanto mi mirada tropezó con la del atribulado doméstico, le fue mostrado a mi entendimiento la certeza de un hecho que hasta ese instante me había pasado totalmente desapercibido. Una incómoda extrañeza se apoderó entonces de mis sentimientos. Beresford había amado durante mucho tiempo a mi madre de un modo platónico y silencioso. Aunque los años y la distancia hubieran interpuesto barreras infranqueables a su corazón, él nunca había dejado de acariciar su sueño imposible. La había visto nacer, la había visto criarse y transformarse en una adorable jovencita, cuya belleza prendió un agradable sentimiento en el alma del fiel mayordomo; luego asistió como testigo al romance que la unió a mi padre, y el día de aquellos esponsales hubo melancolía en las sombras estivales por él holladas. Después los azares del destino se llevaron a Italia a la joven que Beresford amaba. A partir de aquel momento las grietas abundaron en Dawning House, y el cuitado mayordomo hubo de reintegrarse a su ya olvidada vida de aldeano... Ahora estaba donde el corazón le arrastraba, esto es, al pie de la cama de Lady Harriet Dawning.

-Beresford -susurró mi madre con voz cada vez más apagada-. Vuestras patillas ya no tienen el color del cobre.

Beresford se las acarició, sonriendo maquinalmente.

-Les han caído encima la nieve de muchos inviernos, milady -dijo con voz tímida.

-Maese Beresford, podéis gloriaros de haber sido siempre un alma sincera. Por eso a nadie se le ha ocultado lo que sentís.

El mayordomo pareció violentarse.

-¿Os sería cómodo, milady, que me retirase?

-Mayor podría haber sido vuestra felicidad si hubieseis sabido retiraros a tiempo, maese Beresford. De vos depende una parte nada desdeñable de mi felicidad, por lo que os ruego que permanezcáis junto a mi familia.

Beresford inclinó la cabeza de un modo reverencial. Acto seguido buscó un lugar en la habitación donde su presencia fuese lo más discreta posible.

Mi padre y Arabella también quisieron estrechar la mano de mi madre. Las llamas de las bujías de la lámpara hacían guiños sospechosos, como si se hubiesen tornado en símbolo de la vida que estaba a punto de abandonar su asiento corporal. Una palidez invasora iba restando todo brillo al rostro de la moribunda.

La lluvia descargó durante toda la noche, alternando con truenos espeluznantes y recias ventiscas. Mi madre pidió que suavizáramos la luz de la lámpara, pues ya hasta el más leve resplandor era parte a herirle los ojos de un modo insoportable. Ninguno de los que la velábamos manifestamos sentir hambre o cansancio; el amor es la más poderosa fuente de energías.

El alba ya estaba rayando con su luz gris los ventanales, cuando mi madre nos sorprendió pidiéndonos:

-Quiero que os marchéis de mi habitación... Si en algo os importo, tendréis que hacerlo.

-¿No prefieres que nos quedemos contigo? -se opuso mi padre.

-¡Dejadme sola! -intentó vociferar ella-. Ya bastante me duele que no hayáis obligado a Margaret a guardar reposo, teniendo en cuenta su estado... Salid en buena hora de la habitación; en este momento no me es grata vuestra presencia. Al cabo de media hora podéis regresar si os place... Pero ahora necesito la soledad.

No tuvimos más remedio que acomodarnos a su deseo. La dejamos en la alcoba con el único consuelo que podía procurarle la desvaída luz que ardía en su mesita. El sonido de la puerta al ser cerrada creó una desagradable repercusión en nuestras conmovidas almas.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Ensoñación de una tarde de febrero


Las últimas semanas del invierno el tiempo atmosférico ha ido mudando su semblante desapacible. Tres clases de colores se aprecian en las flores de los almendros del Berrocal, me informa mi amigo Feliciano Moya en su último correo. Y noto que en su alma de artista bulle la esperanza de contemplar por nuestros campos el despliegue de un verdor que recuerde al del césped inglés; noto en sus letras un entusiasmo vernal, una querencia de hacerse onda de las alfombras de espigas cuando aún el amarillo no sucede al sangrar de las amapolas. Era domingo de carnaval, había diversión por las calles de Aldea y nuestros amigos Feliciano Moya y Santiago Ciudad sólo contemplaron el desfile de las flores de almendro en unos parajes por demás solitarios. Cuando se ha sufrido, la simple vista de un árbol florido nos reconcilia con la vida. Sí, amigos, el sufrimiento dificulta encontrar el amor por la vida... Me hubiera gustado acompañaros en vuestra recepción de los simples milagros que la Madre Naturaleza nos ofrece al precio de nada. Esta mañana, en un erial (sitio poco idílico), he visto un arzollo con flores rosadas, y no he pedido más en ese momento de oración. He imaginado vuestra compañía, y he creído que la vida me había acercado a vuestra amistad.

Otra amiga fue a la Higuera el domingo pasado, y tampoco se encontró a nadie. La Higuera, que fuera el santuario de mi juventud. Durante ese tiempo de proyectos e ilusiones no hice por ganarme el afecto y la amistad de las gentes que me rodeaban. Empero, conozco el poder que reside en el paraje de la Higuera. Los balidos lejanos del ganado; el arroyo que llora la ausencia del agua de antaño; los amortiguados sonidos de los vehículos que transitan la carretera de Puertollano; las nubes que despiden oblicuos haces de oro solar; el cerro perfumado de rocas mohosas y adustas plantas. La soledad y la canción del agua cautiva; la lluvia intempestiva y los caballones de barro verdoso. Siempre la soledad… Sí, querida amiga, yo también hubiera compartido tu merienda, y acaso en una zancada de las botas de siete leguas Santiago y Feliciano hubieran podido acompañarnos, pues a nuestros ojos les sería dado mirar en sentido al Berrocal. Tal es la dulce vida imaginada, sin esos tropiezos que los humanos hemos creado para amargar el tiempo que nos ha sido concedido bajo el sol.

Y ahora, Dios amado, si encuentras fuentes en mis ojos, deja que broten cual río de emoción. Nunca pude imaginarlo. Las fuentes querían asomar, pero las piedras del sendero de la vida le cortaban todo acceso. Hoy es una verdad, y acaso mañana se torne en simple fingimiento. Así fue ayer y más ayer aún. Siempre han regresado las flores de los almendros, pero las flores del afecto perecieron ahogadas tras la niebla de la melancolía no comprendida. Ayer había rostros, y hoy sólo puedo ver las flores del espino blanco e imaginar que conozco a los que me llaman desde la otra orilla del río de la existencia. ¿Puede ser verdad cuando ayer no lo fue? Sabes tú, Dios amado, lo que me hubiera gustado haber visto cuajada tan sólo una flor del ayer… Pero un jardinero de nubes juega con vapor, y el vapor siempre se disipa tras adoptar formas caprichosas; se disipa, y vuelve la soledad del principio. Por eso las praderas del cielo son solitarias, como los campos de Aldea en estos tiempos de diversiones prediseñadas a golpe de bando, tradición y costumbre.

Gracias por la nueva ilusión. No harás, Dios mío, del vapor una flor perenne. Yo te pido que seas para ellos lo que eres para mí. Sufro y siento la derrota… pero tus brazos siempre me levantan. Y tú serás el último en olvidarme, si es que te es dado olvidar la obra de tus manos.

Ilustración: “Almendros al atardecer”, de Feliciano Moya.

El jardinero de las nubes.

Sombras en Cornualles (IX): La llegada de mi hermana Margaret


Ya en el vano de la puerta me di de manos a boca con mi padre, pero esto no bastó a detenerme. Imprimí a mi paso mayor rapidez si cabe, temeroso de sentir mis oídos torturados por alguna débil reclamación emitida por mi madre.

Bajé las escaleras a grandes zancadas. En el rellano más favorecido por las sombras me topé con la espiritada figura de Beresford. Estaba apoyado contra el ángulo que formaban la unión de dos paredes. La suave luz de un reverbero cercano me mostró que tenía las facciones compungidas. Nuestras miradas se cruzaron, y comprendimos que estábamos amarrados a una misma tristeza.

-Joven señor, yo la vi nacer -dijo en un murmullo-. Y siempre soñé con que ella fuera a poner alguna florecilla en mi sepultura.

De inmediato se cubrió el rostro con las manos. Su cuerpo fue azotado por una suerte de espasmo que, a no dudar, vendría acompañado por copioso derramamiento de llanto.

No tuve redaños a responderle nada. Salí de la mansión con movimientos de autómata. Un recio aguacero corrió a mi encuentro. El agua había borrado las márgenes del camino que conducía a la aldea. Sin embargo, entre la oscuridad del atardecer surgió en lontananza la silueta de un calesín. No llevaba capota, y resultaba fácil imaginar que sus ocupantes estarían calados hasta los huesos.

Agradecí en mi fuero íntimo esta distracción pasajera. Así al menos no tendría que deprimirme por unos instantes con el pensamiento puesto en mi madre.

Al cabo de cinco minutos, me fue posible reconocer a los pasajeros del carruaje. Aparte del conductor, distinguí a una mujer joven, la cual se protegía de la lluvia con una manta de caballería.

Enseguida reconocí sus facciones. Noté que el corazón me daba un vuelco en el pecho.

Se trataba de Margaret, mi otra hermana.

Mi cuerpo ya estaba transido de impresiones contundentes. Acabé con mis huesos sobre el barro de la tierra.

Margaret se apeó del carruaje. Sus ropas, al igual que las mías, chorreaban agua. Se me aproximó con el rostro chispeante de alegría.

-Paul, Paul, ¿no me reconoces? Soy tu hermana Margaret. He venido a veros acompañada de mi esposo; él se llama Lorenzo, Lorenzo Testi. Vamos a ser padres dentro de unos meses. Paul, querido Paul, ¿qué estás haciendo bajo esta lluvia fría?

La emoción formó como una bola en mi interior, y tras algunas rápidas cavilaciones esta bola acabó explosionando. Me levanté del barro y fui a sepultarme entre los brazos de mi hermana. Necesitaba un consuelo, un alivio a tantas vicisitudes morales. No fui capaz de derramar lágrimas, pero ya lo hizo mi hermana por los dos.

Lorenzo, mi cuñado, me dio a su vez un abrazo. Parecía una persona cordial, tanto por la exquisitez con que me trató como por la cortesía que utilizó con Beresford ( el cual ya había salido a nuestro encuentro tan pronto percibió los cascos de caballería sobre el mojado embaldosado) al confiarle el carruaje.

-¿Dónde están todos? -me preguntó Margaret-. ¿Dentro quizá?

-Están en el cuarto de mamá -respondí sintiendo que la vergüenza me abrasaba el pecho.

-¿Qué pasa?

Margaret debió percatarse de algo alarmante en el tono de mi voz.

-Mamá se está muriendo -afirmé sucintamente.

-¡Dios mío!

No aguardó a que yo la acompañara. Ignorando las precauciones debidas a su estado de gestación, se lanzó escaleras arriba hacia el dormitorio de nuestra madre. Lorenzo, temiéndose algún mal percance, le fue a los alcances. En lo que a mí refiere, quedé como petrificado al pie de las escaleras.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

lunes, 16 de febrero de 2009

Sombras en Cornualles (VIII): En la alcoba de mi madre

Desde entonces era corriente que a nuestro conocimiento llegaran informes detallados de las calamidades que estaban sufriendo muchas familias de Dawning. Había escasez de alimentos, y de esta adversidad se resintió incluso nuestra acomodada despensa. Había gentes que sólo veían como solución la emigración a otras regiones, en tanto que a otros la desesperación los impelía a acudir a las playas y a los arenales para arrancar con la sola ayuda de sus manos el engrudo que contaminaba el litoral y las esperanzas de Dawning. ¡Cuántas aves muertas encontraba yo en mis dolientes andanzas por la costa! Viéndolas rebozadas de combustible por doquier me era casi imposible reconocerlas. Las lágrimas impregnaban mis mejillas, y no era nada inusual: ¿quién no lloraba entonces en Dawning? La noche quedaba atrás y la luz del sol daba paso a un nuevo día de infortunio.

-Dichoso tú, hijo mío, que pronto te marcharás a Bristol -me comentaba mi madre para alentar mi consuelo.

Yo, a decir verdad, no tenía ningún deseo de irme a ninguna parte. Todo me producía tristeza. Mi madre se iba marchitando visiblemente. Mi corazón sufría mucho porque la amaba y porque ella amaba el recuerdo del paisaje de Dawning que ya no existía. Ojalá le hubiese dicho a mi madre todo lo bueno que ella me inspiraba. Pero no: lo fui postergando y la vida no dura para siempre. ¡Lo que yo daría por darle la vuelta a las arenas del tiempo!

Faltaban quince días escasos para mi marcha al internado. Las hojas de las acacias del jardín habían perdido el esplendor del verano. Había que agradecer el hecho de que los chubascos empezaran a hacerse cada día más persistentes, ya que en no poca medida contribuían a purificar el ambiente agobiado por los malsanos efluvios del betún. Recuerdo con especial viveza cierta tarde en que las acometidas de la lluvia amenazaban con traspasar los vidrios emplomados de mi ventana. Yo me encontraba sentado al filo de mi cama, y mis pensamientos vagaban por regiones nebulosas de la imaginación. El anatema que había diezmado a mis amigas las aves me había hecho tornarme introvertido y refractario al trato humano.

Estaba en lo más profundo de mis meditaciones cuando la puerta se abrió de súbito. En el vano apareció la tensa fisonomía de mi hermana Arabella.

-Es mamá... Desea que acudas a su lado -me dijo con la voz bañada en llanto.

No pasó un minuto antes de que me hallara a la cabecera de mi madre. Si le había fallado en vida, no era mi deseo fallarle en su último suspiro.

Había sido en vano devolverla a los aires patrios; su salud iba empeorando progresivamente. Tenía la piel de la cara fláccida y tintada de amarillo. Sus ojos parecían perder brillo por momentos. Sus brazos habían adelgazado una barbaridad, y ahora sólo semejaban estacas secas de las que se arrojan al fuego por no tener otra utilidad.

Su huesuda mano buscó la mía, y al sentir su contacto noté que la vergüenza de mí mismo me hacía mantener los párpados bajos.

-Paul, con lo que te he querido siempre -balbuceó con voz desmayada- y todavía no me puedes mirar a los ojos.

-Puedo hacerlo -repuse obligándome a clavar la mirada en su marchito rostro.

-Arabella ha estado siempre a mi lado; Margaret mientras fue pequeña... Pero tú has sido tan esquivo como un gorrión... Acaso seas un pájaro en realidad.

Mi sensibilidad juvenil no me permitía seguir escuchando más reproches, aun cuando provinieran de alguien tan amado para mí. Separé mi mano de la de mi madre y huí aterrado de la alcoba... Siempre andaba equivocado, incluso para comunicar mis más sinceros sentimientos. Arabella siguió mi marcha con mirada escandalizada.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

domingo, 15 de febrero de 2009

Boletín del Grupo Municipal Socialista de Aldea del Rey

Por tiempo limitado, y con el fin de colaborar en la difusión de esta información que considero importantísima de cara a mi pueblo de Aldea del Rey, les ofrezco el boletín que ha publicado el partido de la oposición.

He tomado esta decisión porque no abastezco a mandar correos con este documento y se me empieza a colapsar la memoria de mi cuenta de correo.

Quiero dejar sentado que esto es una excepción: en mi blog se habla de justicia, no de política. Yo no pertenezco al PSOE ni al PP, pero cuando observo que algo debe hacerse público en justicia, no vacilo.

Pasado un mes, retiraré esta entrada.

Para acceder a este documento con distintas opciones de lectura, hacer clic sobre la imagen y se abrirá una ventana nueva. Utilizar para una más cómoda visualización el cuarto botón de encima del documento (pantalla completa), empezando por la izquierda. Asimismo hay un botón para el zoom.

El jardinero de las nubes.