martes, 3 de marzo de 2009

Sombras en Cornualles (XI): La hora de la fatalidad


Ninguno de nosotros fue capaz de abrir brecha en el silencio que nos dominaba. Andábamos cabizbajos por los rincones, con el gesto melancólico. Yo, no sabiendo qué hacer, regresé a mi habitación, me acomodé nuevamente en el filo de la cama y me quedé contemplando los senderos que las gotas de lluvia trazaban en los vidrios de la ventana. Poco a poco mis pensamientos se fueron sustrayendo al letargo en que habían estado sumidos toda la noche. Con la quietud subsiguiente, el sueño fue asediando mis párpados, y enseguida el resto de mi cuerpo se fue desplazando hacia el santuario de reposo que prometía el mullido colchón de mi cama. No había de temer al frío, pues en la chimenea aún quedaban rescoldos suficientes para mantener por un rato la temperatura agradable. Antes de que me diera cuenta, me encontraba durmiendo a pierna suelta.

Creo tener el vago recuerdo de que mi descanso fue feliz, pues la conciencia no me remordía después de haberme reconciliado con mi madre. A veces es duro y humillante seguir los impulsos dictados por el corazón. Pero la paz que ello trae como consecuencia, bien merece cualquier esfuerzo en contra de los requerimientos del ego.

Las horas se sucedieron lentas y fatigosas. Ya estaría muy avanzada la mañana cuando un enérgico viento de levante abrió un espacio de gloria al sol otoñal. El arco iris hizo su aparición, y parte de su estela colorida puso una nota de alegría en la penumbra de mi habitación. Yo ya tenía los párpados abiertos, aun cuando mi cuerpo siguiera asimilando migajas de reposo.

De súbito, un grito desgarrador hizo que mi mente se sacudiera las dulces ensoñaciones que se tienen al despertar. El grito provenía del cuarto de mi madre. La autora del mismo había sido mi hermana Arabella. Siempre había tenido el sueño muy ligero, por lo que no resultaba extraño que hubiera sido la primera de nosotros en recuperar las fuerzas. A renglón seguido se encaminó al cuarto de nuestra madre, y allí se la encontró con el cuerpo falto de vida.

La alarma cundió enseguida por toda la mansión. Los gritos de Arabella menudeaban, convocando de este modo a los otros miembros de la familia. Yo sentía miedo de enfrentarme sin más demora a la triste realidad. Mis pasos se hicieron pesados hasta que llegué al umbral de la alcoba en cuestión. Allí todos sollozaban y se repartían abrazos de condolencia. Ignorando a los que estaban a mi alrededor, me aproximé a los pies de la cama. El rostro de mi madre ya se veía desfigurado por la rigidez cadavérica. Arabella acababa de cerrarle los párpados y colocarle un pañuelo en torno a la cabeza para mantenerle cerrada la boca. No pude apartar mi mirada de ella, pues la impresión me había dejado la sangre helada en las venas.

En ese momento hizo su entrada Beresford. Traía en sus manos unas pocas rosas del jardín que habían sobrevivido al estío. Las colocó con verdadera unción sobre el enflaquecido pecho de la difunta. Luego abandonó la alcoba sin despegar los labios. Adivino que no querría interferir en nuestra aflición familiar.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

2 comentarios:

judith dijo...

de verdad la muerte de un ser querido es terrible para cualquiera. Y todos los asumimos diferente manera. Y en el momento uno siente que se le parte el corazon, y el alma se llena de desconsuelo. te seguire leyendo. un abrazo desde venezuela

medianoche dijo...

Hola… pasa por mi blog a retirar tus premios.Luego te leo.

Besitos