miércoles, 11 de marzo de 2009

Palomo con arroz, un cuento políticamente correcto (III): Ramoncito el de Necleto contraataca


Para colmo de males, los meses pasaron, y, tras la consabida victoria electoral, los ediles no asomaron por la residencia para dar cumplimiento a las múltiples promesas emitidas. Ni tampoco quitaron los símbolos de la represión franquista en calles y lugares públicos, pese a estar vigente una ley que así lo disponía.

Ramoncito el de Necleto siguió prestando sus valiosos servicios en la cocina, ajeno a todo tipo de preocupación política.

De esta guisa, el tiempo siguió transcurriendo plácidamente, hasta que la nueva legislatura fue tocando a su fin.

Un día, en plena campaña electoral, asomaron la ceja por allí el alcalde, el concejal de cultura y el concejal de agricultura y caminos vecinales. Venían a recabar votos para los inminentes comicios. Pero los ancianitos estaban muy chasqueados tras la experiencia de la comilona del día de las pasadas elecciones, y por eso dejaron que Ramoncito el de Necleto se las compusiera con los visitantes.

El alcalde habló entre múltiples tropiezos lingüísticos y demás bigotadas de lo mucho que el actual equipo de gobierno quería a todos los internos de la residencia. Tan es así que se habían dado ese garbeo para ver si necesitaban algo que ellos pudieran hacer y, por ende, para invitarles a un ágape de confraternización de ahí a poco.

-¡Alto ahí! -saltó Ramoncito el de Necleto-. Esta vez queremos ser nosotros los que les preparemos el ágape…, con sus dineros, claro está.

Los ancianitos se miraron entre sí sin entender lo que estaría rumiando Ramoncito el de Necleto. Sin embargo, no dejaron de testimoniarle su apoyo mediante mudos asentamientos.

-Explícate, amable señor -contestó el alcalde, con cierto tono de fastidio.

-Sencillamente, y en virtud de mis talentos culinarios, quiero ofrecerles a usted y a todo su equipo el guiso de mi especialidad.

-¿Y cuál es el tal? -indagó el concejal agrario.

-¡Palomo con arroz!

-¡Recontra, Ramón! -exclamó uno de los ancianitos-. En todos estos años nos has preparado semejante exquisitez.

-Es que la miel no se nos hizo para las bocas de asno -repuso el aludido, guiñando su ojo vago-. En serio, nunca me ha apetecido ponerme a buscar palomos.

-Yo te los puedo conseguir en nuestra carnicería y pollería concertada -intervino el concejal de cultura, con la boca hecha un río de Cuba en primavera.

-De eso nada, mi ilustrado señor -denegó nuestro héroe-. Ustedes ponen el sitio, los avíos, el pan moreno y el vino de la tierra, y yo me comprometo a poner el palomo y el guisoteo... A cambio de este gesto de confraternización, como ustedes dicen, mis compañeros y yo iremos a votar el día que nos lleven en sus coches. ¿Les hace?

Los tres ediles parlamentaron con sus miradas, y el unánime arqueamiento de sus cejas dejó entrever que habían llegado a una misma opinión.

-De acuerdo, nos parece estupendo -dijo el alcalde, sin estar del todo convencido pero afectando un tono cordial-. Pasado mañana, que es sábado, celebraremos el ágape en la casa que fuera de mis parientes. Nosotros lo tendremos todo listo, y tú sólo traerás el palomo o los palomos.

-No dude que así será -corroboró Ramoncito el de Necleto-. Pero, eso sí, en la cocina no entra nadie más que yo.

-Dalo por hecho.

-¡Jua jua jua! ¡Con lo que a mí me gusta el palomillo! -se relamía el concejal de cultura.

-¡Toma, y a mí! -le secundó el concejal de agricultura.

-¡Y a nosotros no nos llevan! -se quejó todavía un ancianito.

-¡Y háblales de mi gotera que prometieron arreglarme y ni la han olido! -añadió la ancianita de marras.

-¡A callar vosotros! -tronó Ramoncito el de Necleto, abarcando a sus compañeros en una misma mirada de severidad.

-Por cierto, ahora que somos buenos amigos, ¿puedo fumar? -preguntó el alcalde, sacándose un puro del bolsillo de la solapa de su americana.

-Este es un sitio público y aquí no se puede fumar -rechazó tajante la directora.

-Es que como en el ayuntamiento fumo, creí que aquí colaría igualmente -se excusó el alcalde, devolviendo el puro adonde lo había sacado.

Al final quedaron en que Ramoncito el de Necleto iría el sábado a la vieja casa de los parientes del alcalde.

Acto seguido, los tres ediles se despidieron con maneras muy corteses y zalameras, y se fueron a proseguir las visitas de campaña electoral.

-Me esmeraré en prepararles un palomo con arroz que no olviden jamás -dijo Ramoncito el de Necleto con mirada pensativa.

El sábado amaneció frío y lluvioso, muy apropiado para una celebración recogidita. Al cielo le costaba derramar una luz triste e incierta, ataviada con diversas tonalidades grises. Al punto de las nueve de la mañana, Ramoncito el de Necleto abandonó la residencia, armado de un viejo paraguas y con un saco de arpillera al hombro. Sus compañeros, asomados a los húmedos ventanales, lo veían marcharse como si fuera la misma personificación de la melancolía; todos pensaban que llevaba los palomos en el saco de arpillera.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

3 comentarios:

flor dijo...

Vaya tela que tiene el cuento,te vas superando amigo,estaremos esperando impacientes su continuación.Un abrazo.

judith dijo...

Esta buenisimo amigo. Siento que aqui hay un toldo politico de fondo. Ojala nuestro amigo ramoncito les de una buena leccion. Ya me imagino la indigestion que les va dar. Claro son suposiciones, pero esperare la sorpresa. Un abrazo.

medianoche dijo...

Hoy es un día muy triste, en general todos estamos inmersos en estos graves sucesos que nos hacen llorar. Como ese atentado en antorcha amigo.

Pero el cocinerito tiene unas ganas bárbaras de mostrar su arte de cocinero, y creo que así lo hará dejando a todos con la boca abierta ji,ji... espero que sea una buena sorpresa, espero la continuación, hay humor y suspenso no tardes.

Besos