martes, 7 de julio de 2009

Rasguña las Piedras (y XXIV): "Canción para mi muerte"



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Teobaldo Oesterheld se puso en pie, tras contemplar largamente la obra de sus manos. Anduvo algunos pasos de forma maquinal, y se dejó caer sobre sus rodillas. Después abatió todo el peso de su cuerpo hacia delante. Cerró los ojos y se dejó vencer por el cansancio. La gente se le aproximaba respetando su postura, ya que resultaba evidente que sólo apetecía el descanso… Descanso a las fatigas de toda una vida.

-¡Teobaldo, levantate! –le dijo alguien al cabo de un rato, zarandeándole de un hombro.

Él giró la cabeza, y su mirada se topó con el amable rostro de Pablo Díaz.

-Dejame dormir –le suplicó con un hilo de voz-. He llegado a mi límite.

-¡Los has dibujado a todos! –dijo Pablo al colmo de sus emociones-. Van a avisar a sus padres para que contemplen lo que has hecho en memoria de sus hijos. Sabrán de la forma más hermosa que existe, el amor que nos tenías.

-Dejame dormir.

-La gente te busca porque vos diste con ellos al final. Viven en tu corazón, y han pasado todos estos años acompañándote en tu soledad. Levantate, amigo, porque el mundo quiere abrazarte.

-Dejame dormir –insistía Teobaldo Oesterheld.

-Cuando vos estabas allí protegiéndonos, nos oías cantar canciones. Siempre nos decías que callásemos, porque podían oírnos desde arriba. Pero cuando cantábamos otra de las de “Sui Generis”…, sí, ésa que se titulaba “Canción para Mi Muerte”, entonces tú callabas y nos escuchabas. ¿Lo has olvidado?

Por toda respuesta, Teobaldo Oesterheld se dio la vuelta y acabó con las espaldas apoyadas en el suelo. Había personas que fotografiaban el dibujo que tanto le había costado engendrar. Pablo le miraba, y sus ojos simbolizaban para el antiguo carcelero el descanso tras más de una década de remordimientos y búsqueda de remisión. La sangre seguía manando por infinidad de heridas escondidas en el silencio de los corazones sufrientes. Teobaldo Oesterheld vio que, junto con Pablo, una multitud le rodeaba: Madres con sus característicos pañuelos y anteojos de sol, jóvenes universitarios, personas de la calle, incluso extranjeros…

Pablo empezó a tararear la referida canción. Paulatinamente, le fue haciendo coro gran parte de la muchedumbre que se había juntado en torno al lugar. Una onda musical se alzó desde la plaza hasta la cima de las nubes:



Hubo un tiempo que fui hermoso
y fui libre de verdad.
Guardaba todos mis sueños
en castillos de cristal.

Poco a poco fui creciendo
y mis fábulas de amor
se fueron desvaneciendo
como pompas de jabón.

Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación,
y prepararás la cama
para dos...

Es larga la carretera
cuando uno mira atrás.
Vas cruzando las fronteras
sin darte cuenta quizás.

Tomate del pasamanos
porque antes de llegar
se aferraron mil ancianos,
pero se fueron igual.

Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación,
y prepararas la cama
para dos...

Quisiera saber tu nombre
tu lugar, tu dirección,
y si te han puesto teléfono,
también tu numeración.

Te suplico que me avises
si me vienes a buscar.
No es porque te tenga miedo
sólo me quiero arreglar.

Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación,
y prepararás la cama
para dos...

Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación,
y prepararás la cama
para dos...



Al final de la canción, se desató un auténtico fragor de aplausos. Teobaldo Oesterheld tenía su mirada puesta en las nubes. Pablo se había reclinado para abrazarle… Hacía tanto tiempo que no le era dado sentir el contacto humano… Se sintió feliz, y sus brazos respondieron al abrazo de Pablo. Cerró los ojos en mitad de la visión de las nubes. Sus oídos estaban ensordecidos por tantos aplausos. Sintió que su cuerpo se tornaba liviano cual pluma de golondrina.

Allá muy lejos, entre las nubes de la eternidad, “sus chicos” también le abrazaban.



FIN



-MIENTRAS SE CORRE EL TELÓN-



Si quieres creerte lo que has leído, acude a ese pueblo que se columbra desde los molinos del puerto de Los Yébenes, en el fondo de la estepa toledana.

¿No lo sabes? Allí nació Jimena, la amada del Cid Campeador.

Es un pueblo con castillo, iglesia, calles empedradas, palomas en los tejados y puente cuyos pilares son regados por un arroyo inexistente.

Encamínate a la oficina municipal de turismo.

Verás una yegua briosa uncida a un faetón de estampa decimonónica, y percibirás el penetrante olor de sus bostas.

Junto a la entrada de la oficina hay un banco de madera afirmado en la pared.

Lo verás. Verás al hombre que llegó hace veinte años.

Él tendrá la mirada baja porque pasa las horas tejiendo tiras de esparto.

Podrás contemplarle a tu sabor.

Si levantara los ojos y vieras que brillan, entonces acércate y que te lo cuente.

Cuando acabes de escucharle, no te olvides de tomarle la mano y besársela con unción.

El que lo haga no escaseará las bendiciones del cielo.



-TELÓN-



-DESDE LA CONCHA DEL APUNTADOR-



Empezó a contarlo un hombre muy distinto del que ahora está a punto de abandonar el escenario. Supo del dolor y la tragedia y tuvo que pelear con su pluma para que las palabras dejaran de salir suaves como el aceite de almendras. Hubo de asumir los pensamientos de las almas torturadas y hasta los de los repelentes asesinos. Bajó a los infiernos para destapar las voces de quienes fueron silenciados y que son tratados de poner en el olvido “para no renovar viejos horrores”.

El alma está sufriente, el trabajo ha sido arduo y al final satisfactorio. Aquí queda la advertencia para la humanidad. ¡Aquello sucedió, y si os esforzáis en olvidarlo podría volver a suceder! Porque la Historia yace en los libros, pero la maldad nace cada día en el alma de la especie humana. Un alma que fue creada originariamente para el amor.

No olvidéis a ninguno de ellos, sus vidas, sus infancias, sus hogares, sus pequeñas historias cotidianas. No os veáis en la obligación de uniros a las lágrimas de sus familias, pero no los olvidéis. Podéis aprender a ser felices recordándolos. Y si los recordáis, alejaréis de vuestros corazones los motivos que nos dejaron la tristeza de su recuerdo.

Esta historia llegó a su fin, y, aunque imperfecta, quiere servir de homenaje a esa nación de desaparecidos y reprimidos, cuyos rostros no los borrará el azote del viento ni la lluvia.



EN MEMORIA DE LOS MÁS DE 30.000 DESAPARECIDOS Y REPRIMIDOS DURANTE LA ÚLTIMA DICTADURA MILITAR ARGENTINA



Ilustración: "Baco", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.

El jardinero de las nubes.


sábado, 4 de julio de 2009

Rasguña las Piedras (XXIII): Dibujando la vida


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Acudió a una papelería situada en la cercana avenida Hipólito Yrigoyen para agenciarse varias cajas de tizas de colores. A continuación, hacia la hora más tranquila y calurosa de la tarde, se allegó junto al monumento ecuestre al general Manuel Belgrano. El sol se abatía a plomo, razón por la cual la plaza aparecía bastante despejada de transeúntes. Los policías federales buscaban el respiro de las arboledas. Teobaldo Oesterheld abrió la primera caja de tizas, y al momento se puso a emborronar el ardiente pavimento. Hizo uñas de sus tizas y trozos de hormigón del pavimento de la plaza. Intentó ejecutar un dibujo lo más veraz posible del Edificio de la Administración Federal de Ingresos Públicos, cuyo impresionante conjunto arquitectónico abarcaba todo el sector Sureste de la plaza. Su afán atrajo la atención de los policías federales, que ya le tenían bien conocido. Una pareja de los mismos se aproximó para ver qué andaba haciendo.

-¡Che, Teobaldo! ¿A qué se debe esto?

-Quiero dibujar –respondió simplemente.

-Macanudo, pero mira que no nos dibujes algo que luego nos ponga en un compromiso.

-Pierdan cuidado. Sólo voy a dibujar los alrededores de la plaza.

La tarde fue avanzando, y sus esbozos se ampliaron por varios sectores de la superficie de la plaza. Iba tomando los sucesivos modelos que encontraba en el sentido contrario a las agujas del reloj: La Casa Rosada, la Secretaría de Inteligencia, el Banco de la Nación Argentina, la Catedral Metropolitana, el edificio del Cabildo… Los curiosos formaban piña en torno a él, admirándose de su nueva locura. El calor que estaba afrontando le impulsó a refrescarse en el agua de una de las fuentes. Tenía por delante una tarea agotadora.

Durante los días siguientes, dibujó perspectivas, árboles, flores y monumentos de la plaza, y ya entonces se juzgó preparado para pasar a una nueva fase de experimentación artística. Plasmó las aves en vuelo, los celajes del verano, las presencias cercanas de las Madres, el bullicio de la Diagonal Sur y rocas y piélagos que no había en ninguna parte. Gastaba cajas y más cajas de tizas de colores. La gente apreciaba su trabajo con admiración palmaria. No perdía el Norte de lo que pretendía con esta actividad incesante. Su técnica se perfeccionaba de día en día, en soledad, sin la mano de un maestro que guiara sus movimientos. Su trabajo se hizo merecedor de grandes elogios.

Se presentaron las primeras lluvias del otoño, y borraron los dibujos en su tumultuosa matriz de agua. Teobaldo Oesterheld se impacientaba aguardando la llegada de los dulces días soleados, en los que el viento de marzo haría revolar las hojas secas de los árboles. Poco a poco, su arte se amplió a la elaboración de rostros, primero abstractos, luego desconocidos y finalmente familiares. ¿Sería posible que el proyecto fructificara? Pero para ello sería necesario que transcurriera el invierno. Las lluvias fueron copiosas, y la impaciencia del dibujante era de todo punto irrefrenable.

Por fin se presentó el día en que el pavimento estuvo razonablemente seco. Teobaldo Oesterheld se encaminó al lado Oeste de la plaza, y allí, entre dos parterres, quiso que sus tizas corporizaran la idea para la que tanto se había preparado los últimos tiempos. La gente afluía de todas partes. Por el firmamento se deslizaban perezosos rebaños de nubes, tan blancas como la misma pureza. Los árboles soltaban sus hojas como el rostro que derrama lágrimas. Los movimientos del brazo de Teobaldo Oesterheld eran vida rescatada, oración de las cimas montañosas, sombra de manantial oculto entre rocas y espesas arboledas. La admiración de los espectadores iba creciendo. Parecía como si el pavimento hubiera abierto una oquedad a los abismos de un mundo del cual no se retorna. Apuntaron hojas verdes entre las hojas caídas; los pájaros que en la otoñada se marcharon, fueron suplidos por pájaros que desgranan sus cantos en jardines celestiales; el agua de las fuentes no brotó tan exuberante como la generada por las tizas de color lapislázuli… Empezaron a surgir los rostros ausentes: Daniel, Claudia, María Clara, Panchito, Horacio y Claudio. Ciertamente, Teobaldo Oesterheld se felicitó de tener una barba tan espesa para poner dique a las lágrimas que le estaban lloviendo de los ojos, pues en caso contrario hubieran caído sobre su dibujo causándole máculas imperdonables. Aspiró aire, y no le llegaba a los pulmones. Estaba muy emocionado… Éstos eran ellos, “sus chicos del Pozo de Banfield". El disco del sol arañaba el meridiano cuando dio por finalizada su labor. La gente no aplaudía, pero los corazones estaban orquestados en una misma emoción.

CONTINUARÁ…

Ilustración: "Mis ventanas a la vida", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.

El jardinero de las nubes.

miércoles, 1 de julio de 2009

Rasguña las Piedras (XXII): El cuento de Cortázar


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Lo prohibido, lo repudiado, lo condenado ejerce el mayor de los atractivos. Teobaldo Oesterheld conservó junto a sí el libro con ánimo de leer el cuento en cuestión, pues le era francamente desconocido. Apagó su sed en la fuente, se refrescó el rostro, la barba y los cabellos y buscó un lugar tranquilo bajo la sombra de una frondosa jacaranda. Una vez cómodamente instalado en un banco de forja, empezó a leer las páginas despreciadas por el despreciable “Indio”:

Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida…

El primer párrafo del cuento convocó a los restantes. Los haces de las hojas de la jacaranda relumbraban con las llamaradas del sol, manchando las páginas del libro con racimos de verano nostálgico. Teobaldo Oesterheld visualizó un hombre que, burlando los toques de queda, sembraba las paredes de la ciudad de dibujos de tiza. Era la época de las prohibiciones y las condenas, y un buen día, junto a sus dibujos aparecieron otros cuya autoría atribuía a una mujer por sus trazos singulares. Así se desarrolló un idilio entre dos seres que sólo se veían a través de sus respectivas creaciones artísticas. Una noche sorprendieron a la mujer in fraganti, a la cual le aplicaron un terrible escarmiento que presenció de lejos el protagonista de la historia; después se la llevaron en un carro celular. Pasó el tiempo sin que ella apareciera, y un amanecer el artista dibujó en la puerta de un garaje la expresión del amor que su compañera desconocida le inspiraba. Y tuvo respuesta ese hermoso dibujo. Ella, que a la vez era la narradora de la historia, dejó escrito en el último párrafo:

Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

Teobaldo Oesterheld cerró el libro y lo apretó contra su corazón. Cerró los ojos y se retrepó en el banco, estirando todos sus miembros al unísono. Dejó que el pensamiento vagara en alas del corazón. Él también estaba condenado a seguir viviendo, a seguir en soledad su camino y a perder toda esperanza de reencontrarse con “sus chicos”. Ya no tenía el pedazo de hormigón ni ningún objeto que le atara al pasado (¡si al menos hubiera conservado el crucifijo cuya propiedad atribuía a María Clara!). Estaba con el alma desnuda enfrentando el resto de su vida. El pegajoso calor del verano se volvía terneza en la sombra protectora. Los dedos de sus manos, apoyados en el libro, se accionaban casi involuntariamente. Recordaba a “sus chicos” y sus dedos querían resucitar este recuerdo. Sus labios musitaban con la solemnidad de un rezo:

-Daniel Alberto Racero (18 años), María Claudia Falcone (16 años), María Clara Ciocchini (18 años), “Panchito” López Muntaner (16 años), Claudio de Acha (17 años), Horacio Ungaro (17 años)… Daniel Alberto Racero (18 años), María Claudia Falcone (16 años), María Clara Ciocchini (18 años), “Panchito” López Muntaner (16 años), Claudio de Acha (17 años), Horacio Ungaro (17 años)…

El libro, el cuento de Cortázar, el sueño de un amor ilocalizable, el ansia de continuar la lucha emprendida… ¡Así sería! Teobaldo Oesterheld apeteció la posesión de tizas de colores. Si sus viejas acciones ya no tenían posibilidad de reproducirse, su alma encontraría nuevas acciones para dar salida a sus sentimientos, tanto tiempo amordazados.

CONTINUARÁ…

Ilustración: "Almas gemelas", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.

El jardinero de las nubes.

sábado, 27 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XX): Vivir para recordar


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

-Pues sí, me tiraron a la fosa –seguía explicando Teobaldo Oesterheld a sus oyentes-. Tuve la suerte de caer en un sitio al que aún no habían alcanzado las llamas ni el queroseno. Cuando desperté, estaba en una cama de hospital. Me habían extraído la bala y curado la herida. Parece ser que me había rescatado la policía. El incendio en el cementerio había causado alerta en los alrededores, y enseguida se presentaron tres patrullas en el sitio. Detuvieron a los milicos, sofocaron las llamas y avisaron a una ambulancia. Cuando desperté en el hospital, creyendo que iba a morirme, di mi verdadero nombre a la enfermera y en pocas palabras le referí toda mi historia. La enfermera me estrechó la mano derecha, y me dijo que ya habían terminado para la Argentina los tiempos de andar escondido… Así recuperé mi nombre pero no mi vida. Estuve mucho tiempo enfermo, hube de ingresar en varios hospitales, pero al final sané, y, tras ser redimido y dar muchos tumbos por Buenos Aires, me instalé definitivamente aquí, en Plaza de Mayo.

-Bendito sea tu nombre –dijo una de las Madres, persignándose con unción.

-¿Y no sabe, Teobaldo, si los chicos de La Noche de los Lápices estaban en la fosa común? –le preguntó un hombre cargado de años y tristezas.

-Perdí el crucifijo de madera, que para mi sayo quise atribuir a María Clara –respondió Teobaldo Oesterheld-. Era un crucifijo como muchos de los que se pueden ver en los cuellos de las estudiantes argentinas; yo en aquel entonces pensé que pertenecía a María Clara, pero con los años crece la duda. ¿Y si fuera el crucifijo de otra piba? Después de todo, jamás reconocí un solo cadáver en la fosa… No puedo estar seguro, aunque entonces el corazón me decía otra cosa… Entonces yo plantaba flores y pensaba que eran para honrar la memoria de todos ellos.

-¿Y por qué rasca usted siempre esa especie de piedra que le hace sangre? –le preguntó una chiquilla de rubios aladares, muy guapa ella, ataviada con un vestido con muchos volantes, como de época.

Teobaldo Oesterheld apretó los labios. ¿Qué respuesta darle? ¿Tiene la locura una explicación coherente? Sólo sabía de cierto una cosa, y sobre la misma giró su respuesta:

-Rasco ese trozo porque así puedo evocar con fuerza los rostros de “mis chicos”… Y también me parece oír con toda veracidad sus voces cuando coreaban precisamente la canción “Rasguña las Piedras”.

Acto seguido, bajó la cabeza y guardó profundo silencio. Sacó de su bolsillo el trozo de hormigón, y esta vez no lo rascó pronunciando los nombres de “sus chicos”. Únicamente lo acarició. La gente se fue retirando, y pronto quedó solo. Su vida era la soledad, y su alma una canción inacabada.

Su historia cundió por todos los corrillos de Plaza de Mayo. Las Madres lo miraran cual lo harían ante un santo viviente. Los niños, henchidos de sentimientos de respeto, interrumpían sus juegos cuando le veían pasar por su cercanía. Su prestigio crecía de día en día, sin que el mismo apenas significase nada para él, habida cuenta de su silencio y soledad. Sencillamente estaba allí, rascaba el trozo de hormigón y recordaba… Toda su vida se limitaba a un solo recuerdo.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

miércoles, 24 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XIX): El fuego de los asesinos


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

El año que marcaría el final del Proceso de Reorganización Nacional, ocurrió algo que terminó de aniquilar los sentimientos de Jean Cornbutte. Corría la madrugada del 27 de octubre de 1983, que a la sazón era jueves (ese mismo domingo iban a celebrarse elecciones, que pondrían punto y final al gobierno de las juntas militares). A eso de las cuatro, Jean Corbutte se despertó sobresaltado y se levantó del catre como un muelle al descomprimirse. A través de la ventana divisó una pavorosa luminosidad que provenía del calvero de la fosa común. Para dar mayor entidad a la alarmante impresión que se iba apoderando de su alma, su olfato percibió asimismo un olor espeso y turbador… ¡Fuego, combustible, materia ardiendo!

-Los sentimientos se me trastocaban –contaba Teobaldo Oesterheld en Plaza de Mayo, cada vez a mayor número de oyentes-. Salté de la cama como si me hubiese picado la víbora de las Pampas. Sólo llevaba la remera y los calzoncillos que usaba para dormir; ni siquiera reparé en que no llevaba calzado. Los diablos tiraban de mí, y me planté en el reducto en menos de lo que tardo en parpadear… Eran los milicos, que habían venido sin avisar. La bicoca se les estaba acabando, y querían borrar las huellas de lo que hicieron… Habían destrozado las flores al retirar los tablones. Estaban echando a la fosa varios tanques de queroseno de aviación, alimentando un fuego a cada momento más vigoroso…

Las llamas arrojaban chispas incesantes que comenzaban a inflamar las ramas bajas de los árboles, amenazando con propagar el incendio a toda la espesura de en derredor. El olor a queroseno era de todas veras insoportable.

-¿Qué carajo están haciendo? –gritó Jean Cornbutte con un volumen de voz tal que sus cuerdas vocales se resintieron después de tantos años de hacer poco uso de las mismas-. ¡Apártense de mi jardín, che!

Los milicos interrumpieron brevemente su cometido, le echaron una mirada de desinterés y siguieron escanciando el queroseno dentro de la fosa.

Jean Cornbutte hervía de ira, y, sin pararse en meditaciones, se lanzó sobre el milico que le pillaba más cercano. Lo inmovilizó en el suelo y le repartió en el rostro toda una andanada de puñetazos, sin darle margen a reaccionar. La rabia contenida a lo largo de esos años afloró en su alma de manera rotunda, confiriendo a sus golpes una brutalidad desproporcionada. La cara del milico nadaba en sangre, los dientes volaban y Jean Cornbutte tenía los nudillos desollados. Siguió asestando golpes, aun cuando ya resultara patente la inmovilidad absoluta y definitiva de su agredido.

De repente, el estampido de un disparo sobrepujó el crepitar de las llamas. Jean Cornbutte notó un dolor indescriptible a la altura del hombro izquierdo (una herida como la que le hicieron al difunto Requejo, mártir del Pozo de Banfield). La consciencia se le iba yendo aceleradamente, mientras la sangre manaba de su cuerpo como un surtidor. No pudo oponer resistencia cuando los otros milicos le agarraron y lo arrojaron al interior de la fosa ardiente… Antes de que pudiera llegar al fondo, ya había caído, afortunadamente para él, presa del más riguroso desmayo.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

lunes, 22 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XVIII): El jardín del cielo



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

El furgón de los milicos no volvió a asomar por el cementerio. Llegó un tiempo tan hermoso que las flores se escapaban de las ramas de los árboles. Cayeron sobre los tablones de la fosa, y, al descomponerse, los mancharon de colores indelebles. Del cielo se desprendieron gotas de lluvia marina, y el viento furioso arrastró hasta allí hojas secas y polvo ardiente del verano. Jean Cornbutte no asomó por allí en mucho tiempo. Acaso dejó que transcurrieran dos o tres años. Aunque no era un anciano, su aspecto y sus movimientos denotaban una carencia total de vitalidad. Sólo salía del cementerio para efectuar las cuatro compras necesarias, y la gente cada vez se escandalizaba más al apreciar su desaliño, su larga cabellera cana y la expresión atorada de su semblante. Procuraba pasar el menor tiempo posible teniendo cerca alguna persona. Su corazón no olvidaba ni tampoco quería olvidar. Seguía vivo, pero nadie hubiera podido imaginar una vida más melancólica.

Ya había principiado la década de 1980 el día que notó la querencia de aproximarse de nuevo al lugar donde “ellos” debían reposar. La hierba crecía inculta en todo el paraje, y las ramas de los árboles extendían sus más tupidos cortinajes. La Naturaleza había enmascarado como por ensalmo la presencia de los tablones con una consistente cubierta de hierba y mantillo, en medio de la cual llevaban tiempo retoñando flores de escaramujo, cuyas rosadas corolas con irradiaciones blanquecinas semejaban corazones atravesados por caminos de lágrimas. Jean Cornbutte cayó de rodillas, casi involuntariamente. Donde antes la muerte estableciera su lúgubre reinado, ahora alentaba una primavera escondida. Flores, bellas flores de escaramujo, ¿podría haber imaginado algo mejor para lo irremediable? ¿Podrían colaborar sus manos en aquello que el abandono iniciara?

El tiempo se volvió de veras hermoso. Los jardineros del Parque Los Andes observaron un buen día que alguien estaba practicando rapiña en los arriates florales… Alguien se estaba llevando esquejes de capuchinas, dalias, natas caseras, hortensias, pensamientos, azaleas, crisantemos, bromelias, gerberas, clavellinas y girasoles ornamentales, por no enumerar la gran variedad de rosales que fueron hurtados. Jean Cornbutte quiso, mediante el auxilio de las flores, dar salida a los sentimientos que se removían en su corazón aletargado. Convirtió el calvero de la fosa común en un paraíso de flores, donde los pájaros cantaban himnos de paz y donde los rayos de sol se perfumaban con delicados efluvios vegetales. Jean Corbutte no permitía que ningún visitante se adentrara en ese rincón secreto.

En verdad, tras algunos años de ausencias forzadas, la gente comenzaba a hacerse notar en los senderos del Cementerio de la Chacarita; las tumbas abandonadas volvían a ser visitadas. La normalidad pugnaba por reinstaurarse. El fiasco de la Guerra de las Malvinas dejó muy maltrecho al gobierno de las juntas militares. Parecía que los horrores estaban tocando a su fin. Jean Cornbutte, ocupado en los cuidados florales, vivía al margen de un mundo que, de cualquiera de las maneras, le era completamente ajeno. Sus aspiraciones giraban en torno a la creación de belleza en el lugar donde la muerte tuviera el más terrible de los asientos. El tiempo ya no corría para él; sabía sobradamente lo único que la vida podía depararle.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.


viernes, 19 de junio de 2009

Rasguña las Piedras (XVII): La fosa común



NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

El furgón militar aparecía siempre con insólita puntualidad a las tres y diez minutos de la madrugada. Circulaba con las luces cortas y se perfilaba envuelto en un perenne halo de sombras. Tras franquear la entrada, aumentaba la potencia de sus faros y giraba a la izquierda, hacia una frondosa arboleda plantada de plátanos de sombra, ailantos, jacarandas, olmos y acacias blancas. En un calvero de dimensiones por demás regulares se hallaba practicada una fosa de ocho por dos metros de superficie, toscamente cubierta por una serie de tablones sin cepillar; a su arrimo detenía el furgón su marcha. En el entretanto, Jean Cornbutte iba retirando a un lado los tablones. Agradecía al cielo que la oscuridad de la noche encubriera la horrorizada expresión de su rostro. Los milicos abrían las puertas traseras del furgón, y comenzaba la “descarga”... Jean Cornbutte experimentaba una desagradable repercusión en su corazón cada vez que un peso muerto colisionaba con el fondo de la fosa, cuya profundidad no acertaba a imaginar ni tampoco deseaba indagar. No quería presenciar semejante tarea, y aún agradecía a Dios que él no tuviera que participar en la misma; los milicos se sobraban y se bastaban ellos solos. Era invierno, hacía frío y por eso tampoco se alzaba fácilmente el hedor de la carne en descomposición. Cuando el furgón se había vaciado de su trágica carga, los milicos montaban en él y se marchaban sin intercambiar con el sepulturero la menor palabra. Pronto la oscuridad se hacía de nuevo, y Jean Corbutte sólo contaba con el débil fulgor de una linterna de campaña para volver a colocar los tablones en su sitio. Después tenía que retomar sus pasos para cerrar la entrada oeste del camposanto. Cuando volvía a su galpón, temblando de frío y espanto, no lograba conciliar el sueño… Triste labor la suya, pero acaso era la forma más eficaz de mantener el incógnito; teniendo sus obligaciones tan cerca de los milicos, a nadie le preocuparía indagar en su pasado.

No importaba la fecha de que se tratara, ni las condiciones atmosféricas reinantes: todas las madrugadas debía tener abierta, indefectiblemente, la puerta del acceso Oeste al cementerio. El furgón siempre aparecía con marcada puntualidad al punto de las tres y diez de la madrugada. Al comienzo de los días de Jean Cornbutte en el Cementerio de la Chacarita, rara era la madrugada en que tan lúgubre vehículo no hiciera acto de presencia; luego el tiempo fue avanzando, y sus apariciones se hicieron más esporádicas: primero en días alternos, después dos veces en semana, a continuación cada tres o cuatro semanas y finalmente se perdió cualquier asomo de regularidad. Sin embargo, Jean Cornbutte no estaba excusado de ir cada madrugada a abrir la puerta por si se diera el caso; ya lo hacía por ademán instintivo, y nunca dejaba de ejercer una atenta vigilancia de los alrededores de la entrada al camposanto, hasta que por último se cercioraba de que el furgón no iba a acudir a la cita.

Los días en el Cementerio de la Chacarita se los llevaba el viento en sus alas de olvido. La mente de Jean Cornbutte no podía apartarse del lugar escondido entre los árboles. Sentía en su alma, que iba languideciendo implacablemente, el sonido de voces extrañas que lo convocaban con magnética fascinación al lugar que los tablones tapaban a las vistas del mundo exterior. Ya podía estar dando un garbeo por entre las columnas de orden dórico de la Galería de Nichos; ya podía asistir con ojos impávidos al espectáculo de las lluvias primaverales prestando un tono ocre a las estatuas y monumentos fúnebres; ya podía barrer todas las hojas que el viento desperdigaba por los senderos; ya podía mostrar algún interés en descifrar los significados de las decoraciones arquitectónicas que encontraba por doquier en forma de lábaros, crismones, clepsidras aladas, caduceos, coronas, bastones de Esculapio, antorchas coronadas, hojas de palma, etcétera; ya podía perder la costumbre de comunicarse con la gente: en su pensamiento no había sitio más que para la extensa huesa escondida entre los árboles.

Una calurosa madrugada de diciembre 1977, se presentó el furgón, ya casi de improviso, con su proverbial apariencia tenebrosa. Sin poder reprimirlo, Jean Cornbutte notó cómo se establecía en su alma una sensación que presagiaba resultados inquietantes. Después de tanto tiempo, la fosa iba a ser abierta de nuevo.

-Igual que las otras ocasiones –refería Teobaldo Oesterheld en Plaza de Mayo, a un auditorio cada vez más numeroso-. El furgón se arrimó a la fosa abierta, y los milicos empezaron a descargar cadáveres…

-¿Vos decís que ya los traían muertos? –le interrumpió un pibe cenceño, con trazas incuestionables de universitario.

-Efectivamente. Durante los años que permanecí allí, nunca observé que arrojaran a la fosa nadie que todavía estuviera vivo.

-¡Qué atrocidad! –exclamaron algunos de los concurrentes.

-Pues bien, como decía, todo marchó igual que las restantes veces –prosiguió Teobaldo Oesterheld pinzándose la frente con los dedos, como quien quiere suavizar un pensamiento doloroso-. Los milicos terminaron de vaciar el furgón, y se fueron sin decir esta boca es mía. Ya no volvieron a traer más cadáveres, de eso no me cabe la menor duda. Era abril de 1978, y ya el frío del otoño se dejaba sentir en la madrugada. Yo compuse los tablones como otras veces, y me fui a mi galpón para entrar en calor. A la mañana siguiente, volví para refinar lo que con la oscuridad nocturna era del todo imposible… ¿Y qué vi?... ¿Qué vi a mi lado, entre las hojas caídas?

Se llevó las manos al corazón, y empezó a boquear como si le faltara el resuello. A sus oyentes les asaltó el temor de que le diera un infarto ahí mismo. Mantuvo el silencio durante unos segundos que a todos se les antojaron eternos. Después dijo:

-¡Un crucifijo!... ¡Un simple crucifijo de madera!... El cordón estaba roto… Yo ya lo tenía visto, lo había visto muchas veces en el Pozo de Banfield… ¡Que me asparan si ése no era el crucifijo que siempre llevaba al cuello María Clara Ciocchini!... Dios mío, la impresión me hizo caer de bruces al suelo…

Ahora la duda que se le planteaba a Jean Cornbutte era si Maria Clara y los demás de “sus recordados chicos” del Pozo de Banfield estaban allí, apartados de la luz del sol por aquellos tablones carcomidos. Tomó el crucifijo entre sus manos, tumbado como estaba, y la difusa luz matinal abrió hueco en sus recuerdos. María Clara Ciocchini, María Clara Ciocchini…, la dulce jovencita que lo miraba como a un salvador. ¿Tanto tiempo había pasado? ¿Acaso los ojos de ella tenían ya el velo de la oscuridad perpetua? Forzoso era averiguarlo. Jean Cornbutte miró los tablones que tapaban la fosa clandestina, y sintió la irresistible avidez de deshacer todo su trabajo de la pasada madrugada.

-¿Es que vos miraste al interior de la fosa? –volvió a dirigirle una pregunta el estudiante universitario.

-Me levanté –respondió Teobaldo Oesterheld-, guardé el crucifijo en mi bolsillo, retiré los tablones, y miré… Miré, aunque tenía los ojos inundados de lágrimas.

Le costó volver a recuperar la nitidez de su mirada; tuvo que secarse los ojos varias veces con la bocamanga de su chaqueta de enterrador. Después dejó en suspenso la respiración, y atisbó el interior de la fosa. El tiempo era caluroso y se escuchaba el monocorde zumbido de las abejas. Un olor a podredumbre invadió sus fosas nasales, hasta el punto de casi hacerle retroceder. Empero, la expectación era aún más poderosa que la repulsión, y se mantuvo en el sitio. Aunque la mañana estuviera en todo su apogeo, la sombra reinaba en el calvero, pues los rayos del sol únicamente destacaban como una fina cinceladura de oro en los espejos follajes de los arboles de en derredor. La fosa se resistía a revelar sus secretos a la vista de Jean Cornbutte. Aparecía atravesada por las quebradas raíces de los árboles, a modo de espantosas lianas de tierra. En el fondo se apreciaba muy indistintamente la heterogeneidad de los cuerpos amontonados, de los cuales emanaban continuas vaharadas de gases pestilentes. Aquí en la sombra se adivinaban algunos semblantes convulsos por la impronta de la muerte; allá aparecían manos y pies dominados por la suciedad y la rigidez mortuoria; acullá se apreciaban los anillos de una repugnante culebra, desenvolviéndose entre lo que antaño fuera una bella cabellera de mujer. Ojos vidriosos, labios ya sin carne, dientes ausentes, narices menguantes, frentes agujereadas… ¡el reino de la muerte! Por más que aguzó la mirada, Jean Cornbutte no logró encontrar la menor semejanza con el rostro (o los rostros) que recordaba de antaño.

Se dio por vencido, se alejó de la fosa sin volver a colocar los tablones, salió fuera de la pantalla de árboles, afrontó la vista de los cercanos monumentos funerarios… y se puso a llorar a alaridos. Alguien podría estar escuchándole pero ¿la vida era tan importante para impedir que el corazón buscara sus propios caminos y desahogos? El Parque los Andes estaba a tiro de piedra, y por allí estarían paseando personas que no podrían por menos de sobresaltarse al oír los alaridos que profería el sepulturero. Acaso hubiera alguien que llamara a la policía. Aun así, poco cuidado le traía a Jean Cornbutte continuar observando todas las precauciones posibles. Lloraba por su vida entera, por el cariño que una vez profesara a los jóvenes del Pozo de Banfield, por una tierra que no quería abrazar a sus hijos… Jean Cornbutte se sentía solo del todo, y había perdido toda esperanza en la vida.

CONTINUARÁ...

Ilustración: "Fosa común", por cortesía de la pintora argentina Sonia Salazar.


El jardinero de las nubes.