viernes, 22 de mayo de 2009

Rasguña las Piedras (III): La Madre buscando a su hija


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

Teobaldo Oesterheld no fue partícipe de semejante degeneración, que se complacían en practicar muchos de los carceleros del Pozo de Banfield. Sentía piedad de las mujeres detenidas, puesto que no cabía mayor tortura física y moral que la violación. Ni siquiera participaba en las demás torturas (las incesantes palizas, la picana eléctrica, la privación de sueño y alimentos, etcétera), pretextando una natural repulsión hacia la sangre y los chillidos de las víctimas. Todo allí era absurdo. Esos chicos no habían hecho más que luchar por la implantación del Boleto Estudiantil Secundario, y pesaban sobre ellos las acusaciones de pertenecer a organizaciones subversivas como las Juventudes Guevaristas, cuando en realidad sólo militaban en las filas de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) de Ciudad de la Plata. ¡Cuántas veces Teobaldo Oesterheld buscaba rincones sombríos para que sus compañeros no fueran testigos de las alteraciones que le ocasionaban las torturas infligidas a los detenidos del Pozo de Banfield! Siempre deseaba quedarse a solas con esa pobre gente, para por lo menos asegurarse de que comían a satisfacción las repugnantes raciones de polenta con agua sucia; él no se orinaba, por cierto, en los recipientes de plástico de los que habían de comer los prisioneros. Asimismo los animaba a que hicieran gimnasia para que los miembros no se les quedasen anquilosados por la larga permanencia en los calabozos y por los golpes que sus compañeros les daban con ciega saña; y también procuraba acompañarles a las duchas con la garantía de que no iban a ser maltratados y vejados en el desarrollo de los necesarios actos higiénicos. Por éstas y muchas razones más, los detenidos comenzaron a cobrarle cariño y hasta devoción; incluso le pasaron por alto el hecho de fingir aspereza de trato de cara a los otros carceleros. Lejos de sentirse confortado por la estima que le tributaban los prisioneros, Teobaldo Oesterheld se sentía más abatido todavía, habida cuenta de su incapacidad para procurarles a aquéllos unas dignas condiciones de vida durante su permanencia en el infecto Pozo de Banfield.

Los años habían transcurrido, y ahora, en Plaza de Mayo, el dolor de su alma no había cesado; es más, se había acrecentado merced a la angustia que las Madres dejaban entrever, refiriéndose de continuo a las dramáticas circunstancias que rodearon las desapariciones de sus hijos. Aunque él en la actualidad, desahuciado de todo y enfrentado a gravísimas condiciones de vida, era realmente digno de compasión, sentía que su alma se removía de compasión y tristeza por todo lo que vio y estaba viendo: los sufrimientos inenarrables de los desaparecidos que él conociera; las desdichas de las Madres de Plaza de Mayo, tratando de hacerse oír en un mundo que prefería hacerse ignorancias de los trágicos hechos que acontecieron en el interminable lapso de la dictadura argentina; el ambiente, en suma, que se respiraba en Plaza de Mayo con las fotografías de los desaparecidos, las velas encendidas, las plegarias, los ramos de flores, las lágrimas carentes de consuelo… Teobaldo Oesterheld unificó su antiguo dolor de carcelero arrepentido con las desdichas que afloraban en Plaza de Mayo.

Cierto día de agosto de 1986, un día frío de invierno en el hemisferio austral, una de las Madres le vino al encuentro. Ocultaba sus ojos tras unos espesos anteojos de sol, acaso para no dar cuenta de los caudalosos ríos de lágrimas que debían de correr por aquéllos.

-Me han contado que usted fue carcelero en el Pozo de Banfield –le interpeló de buenas a primeras-. Es usted el carcelero bueno que tantas veces nos ha mentado Pablito Díaz… Soy Nelva Alicia Méndez, la mamá de María Claudia Falcone…

Una nube de frío tendió su velo de oscuridad en el cielo de la mañana bonaerense. El vello se le erizó al antiguo carcelero, no tanto por el gélido soplo del viento como por lo punzante del recuerdo. Los anteojos negros, orlados por el pañuelo blanco, le inquirían por la vida ausente, por la juventud que tempranamente fuera arrebatada de la protección del hogar paterno, por esa jovencita que todos llamaban simplemente Claudia y que tenía el sello y el color del cielo en la mirada. La rememoración de sus ojos turbaba el ánimo de Teobaldo Oesterheld; nunca pudo reunir el valor necesario para enfrentarse a los ojos de Claudia, en los que la dulzura de su carácter y la consternación del cautiverio corrían parejas en aquel enloquecedor ámbito del Pozo de Banfield.

-Hábleme de mi hija –le suplicó doña Nelva, con una voz que no parecía sino rasgada por una navaja mellada-. Llevo diez años buscándola. Dígame adónde se la llevaron.

-No conservo certeza –respondió el interpelado-. Una vez creí para mis adentros que sabía adónde se los habían llevado, pero realmente no lo sé, se lo repito. Y por Dios quiero que me crea: daría mi vida por saber dónde están. No estaba yo cuando se los llevaron; ya me habían botado de allí... Fui débil, y muchas veces el cansancio pudo conmigo… Tenía que haberme quedado las veinticuatro horas, los siete días de la semana… Los cornudos de los milicos y los perros de mis compañeros se olían a chamusquina mi exceso de celo. No pude impedirlo; estaba solo entre todos ellos… ¡Oh, mi Señor de los cielos!

CONTINUARÁ…


Ilustración de Alberto Bruzzone.



El jardinero de las nubes.

4 comentarios:

sonrisa dijo...

Cúanto "descelebrao" hemos tenido en este .... mundo, de verdad que me gustaría ser grosera, porque, la música que has puesto además me ha puesto de muy muy mala leche. Recuerdo la lista de schindler, si supieras la veces que he llorado viendo cómo perdíamos el único color que allí quedaba: la infancia, la inocencia.....
Jardinero, no puedo decir que me esté deleitando en tu lectura, pero me hace reflexionar y sobre todo sentirme mas humana, conocer mis límites.
Ojala y no vuelva a suceder, y digo esto siendo consciente de los abusos que hay todavía en el mundo, y que deberíamos estar denunciando por otra parte.

judith dijo...

no se que decir. de verdad es una impresion muy grande que recibo ante tu relato. Solo le pido a Dios que no vuelva ocurrir. Pero que cantidad de anormales existen en este mundo, y que se aprovechan de tiranias y guerras para hacer mal al projimo, sin tomar en cuenta la descomposicion social existente en paises supuestamente democraticos. te seguire leyendo con gran valentia. judith

medianoche dijo...

hay jardinero, tu relato es muy vivido, a pesar que conozco la historia de esos años, te leo y revibo nuebamente el dolor que sufrieron muchos argentinos que aún siguen en la busquedad de sus hijos y nietos, muy duro para todos ellos, para nuetro pais.

Besos

maría magdalena gabetta dijo...

Algunos pecaron de maldad y otros pecaron de ocultamiento, pero todos eran culpables, porque no hay moral que te permita ver y no denunciar. Aunque en esos días todo sería incierto, nadie era confiable. Esos jóvenes estudiantes, pobres víctimas, pobres niños ¿qué corazón tuvo quien los torturó y qué corazón tuvo quien lo vió y no lo gritó al mundo?. Un beso mi querido amigo y gracias por escribir esta difícil historia. Magda