martes, 26 de mayo de 2009

Rasguña las Piedras (V): Un ángel llamado Claudia Falcone


NO RECOMIENDO SU LECTURA A MENORES DE 18 AÑOS NI A PERSONAS FÁCILMENTE IMPRESIONABLES

La noche de los ojos de Teobaldo Oesterheld se hizo claridad difusa en sus evocaciones de los acontecimientos de una década atrás… ¡Claudia Falcone era tan buena y cariñosa con sus compañeros de infortunio! En una ocasión se pasó tres días con sus noches cuidando a una de las embarazadas, la cual estaba empezando a experimentar las molestias preliminares al parto. Claudia tenía la cabeza de la mujer apoyada en su regazo, y le refrescaba la frente con paños mojados y le sostenía el ánimo con palabras suaves, sirviéndole a modo de pared de rebote para todos los desventurados pensamientos que avasallaban en esa hora crucial a la pobre parturienta. Cuando le llegó a esta última el momento de romper aguas, Claudia elevó varias octavas su tono de voz para alertar a los guardianes de la apremiante situación de su compañera, al tiempo que colocaba las vendas sobre los ojos de ellas dos. Entonces, merced a enormes esfuerzos, Claudia logró soliviar a la desdichada parturienta, que no cesaba de soltar desgarradores alaridos; y cuando la puerta del calabozo se abrió, se dieron de manos a boca con la feroz presencia del “Indio”.

-¡A ver si se me callan, putas arrabaleras, que me chafaron la siesta!

-¡Ya le viene el niño! –exclamó Claudia, afligida a tal punto por la triste circunstancia y la momentánea invidencia, que se puso a temblar como una hoja.

En el entretanto, Teobaldo Oesterheld corrió a avisar al temible oficial médico José Antonio Bergez, cuyo juramento hipocrático debió de ser pronunciado en un antro de perdición, pues no demostraba la menor ciencia médica ni ningún escrúpulo en su trato con los enfermos: cosía las heridas a lo vivo, sin emplear anestesia ni hilo de sutura; utilizaba apósitos y vendajes que habían servido a otros heridos; añadía, sin pararse en barras, antisépticos ardientes sobre las llagas abiertas y los ojos inflamados; recomponía los huesos rotos agravando aún más las fracturas y utilizaba palos de cajones viejos para entablillarlos; las enfermedades internas las trataba con el uso exclusivo de aspirinas; a los heridos de bala los ignoraba tácitamente, con la excusa de que eran unos criminales; las muelas cariadas las extraía a lo vivo, empleando unos simples alicates; el único examen que realizaba a las embarazadas consistía en tocarles los pechos y pellizcarles los pezones de un modo libidinoso… Con todo mérito, se había ganado entre los prisioneros el apelativo de “Doctor Mengele”.

Al poco rato, el llanto de un bebe se propagaba por los espantosos rincones del Pozo de Banfield. Y en los calabozos no fueron pocos los que derramaron lágrimas de mayor amargura. El bebé, a lo que parecía, vino de nalgas. Su llanto era audible hasta que se lo llevaron a Dios sabía dónde. A la madre, cuyos alaridos no habían remitido durante el parto, no se la volvió a escuchar. Y nunca más se supo de ella. Cundió el rumor de que había muerto desangrada por una hemorragia causada por la brutal cesárea que el “Doctor Mengele” le practicara durante el alumbramiento.

-Claudia lloró mucho cuando vio que la madrecita no volvía –explicó Teobaldo Oesterheld a una atónita doña Nelva-. Y su llanto se le hizo molesto al “Indio”, que encima andaba borracho de tanto beber whisky. Intentó forzarla, pero, como estaba como una cuba, no le obedecieron los reflejos y pude convencerlo para que abandonara el calabozo.

-¡Dios le bendiga siempre! –exclamó doña Nelva desmayadamente, tras besar la ensangrentada mano derecha de su interlocutor, la mano que al momento se puso a rascar el trozo de hormigón.

-Daniel Alberto Racero (18 años), María Claudia Falcone (16 años), María Clara Ciocchini (18 años), “Panchito” López Muntaner (16 años), Claudio de Acha (17 años), Horacio Ungaro (17 años)…

La fría tarde de agosto se iba disolviendo en las alturas de Plaza de Mayo. Doña Nelva desapareció tras la flotante red que tejían las desnudas ramas de las jacarandas. Parecía soportar sobre sus hombros el peso de las sombras vespertinas.

CONTINUARÁ…

El jardinero de las nubes.

3 comentarios:

medianoche dijo...

Sabes lo detallas muy bien de esta etapa nefasta que vivimos y que muchos no se recuperaran jamás, gracias por difundirla, así nunca más pueda repetírse te sigo

Besos

maría magdalena gabetta dijo...

Es increíble tu relato, está perfecto y este capítulo me emocionó muchísimo. Mi amigo, tocarás muchos corazones con esta dolorosa historia, felicito tu valentía. Un beso. Magda

judith dijo...

que horrible. que sufrimiento para esa pobre gente. te seguire leyendo. aunque es duro estoy aprendiendo algo nuevo