miércoles, 5 de agosto de 2009

Los caminos de la oración (III): El Parque de la Naturaleza de Cabárceno


Así habla Yahveh, Dios de tu padre David: “He oído tu plegaria, he visto tus lágrimas y voy a curarte” (Is 38, 5).
Hazme sentir tu amor cada mañana, que yo confío en ti; indícame el camino a seguir, pues todo mi ser te añora (Sal 143 [142], 8).

Seguir las rutas, dejando a un lado las rías de espuma de mar y los huertos fragantes de verdor estival. Adentrarse por los caminos agrestes que bordean los relieves kársticos del Valle del Pisueña. Las minas cuyas venas de hierro eran explotadas en tiempo de los Romanos. El pico de Peña Cabarga recortándose en las alturas, cual faro de los mares y Monte Olimpo de la capital cántabra. En la cima de esos lugares el mar se perfila como un difuso cendal de tonalidad malva. Cedros, chopos, eucaliptos, sauces, arces y pinos marítimos sobre el manto de la tierra roja de mineral… La carretera discurre por las frescas sombras de un edén, por un oasis en mitad de otro vergel. Los poblados van quedando atrás con su inevitable estela de anonimato, pues todos los carteles lo van proclamando: ¡el Parque de la Naturaleza de Cabárceno!

Cerca de la localidad de Obregón, se sitúa la entrada oeste a la reserva natural. 21 de julio y las manecillas del reloj señalan las diez de la mañana. Un hombre que hay un poco antes de llegar a las taquillas, se aproxima al coche, me entrega el folleto de un restaurante y me describe un complicado itinerario para llegar allá. Yo le digo que sí por cortesía, pero realmente no he prestado atención a sus palabras. Saco la entrada y me dirijo al aparcamiento de la antigua mina, donde se ubica el reptilario.

Consulté mi brújula de bolsillo, causándome no poca sorpresa la caprichosa orientación del norte, pues yo relaciono este punto cardinal con mar y espacios abiertos y no con el lienzo de montañas que confina el parque. Me dirigí a ver las culebras, ya que me llaman poderosamente la atención, pese a ser bichos que me repelen bastante. El reptilario alberga una buena colección de las serpientes más venenosas del mundo, entre las cuales me fascinó de manera especial la cobra negra, una especie descubierta en 1989 en las regiones áridas de Marruecos. No escaseaban las serpientes de cascabel de todas clases, y pude echarle un vistazo a la famosa serpiente mocasín o de los pantanos, que encuentra su hábitat natural en los temibles Everglades de la península de Florida. Asimismo pude contemplar la boa constrictor que aparece en el cuento de “El Principito”; sí, ésa que se traga un elefante y adopta la forma de un sombrero mientras está digiriéndolo. Las serpientes robaban protagonismo a las tortugas e iguanas del recinto. Con razón la astucia de la serpiente se ha asociado con las artes del diablo.

Después de un rato, al apreciar que no había espectáculo de leones marinos en la cercana piscina, eché mano al volante y comencé a explorar los distintos rincones del parque. Todos los visitantes parecíamos estar de acuerdo: hacíamos las mismas paradas y nos imitábamos unos a otros. Había una excursión de niños de un campamento de verano, tocados con sus distintivas gorras de color naranja; un minubús repleto de jubilados mañicos; matrimonios con niños pequeños, algunos auténticos bebés… El olor de multitud era vehemente. En cuanto a los animales, los había con grandes dotes sociales y otros sumamente tímidos. Los hipopótamos, los osos, los linces, los lobos y los canguros Wallaby fueron de los que no asomaron el hocico; y en cambio sí que lo hicieron los elefantes, las cebras, los jaguares, los avestruces, las jirafas, los papiones, los bisontes y otros cuantos más… Aparte de esto, en una de las áreas de restauración gocé de una inimitable exhibición de aves rapaces. ¡Hermoso y rápido el vuelo del halcón peregrino!


Con tantas distracciones, no me estaba acordando de elevar mis oraciones por Ángel, y la conciencia me lo estaba avisando. Era algo que debía reparar de inmediato, por lo que fijé de último plazo, para hacerlo como era debido, el final de la comida. Pero yendo al volante y pendiente de las indicaciones y carteles anunciadores, no resulta sencillo encontrar un momento de adecuado recogimiento interior.

Llegué junto a la salida este de la reserva natural, y, asustado, me apresuré a dar marcha atrás, ya que recordaba que en otra ocasión que tomé dicha salida, hube de dar un rodeo de casi 50 kilómetros por carreteras tortuosas para volver a Santander, cuando realmente la capital cántabra apenas dista unos 20 kilómetros del lugar. En el fondo de una hondonada, el Lago Acebo refulgía como un espejo de nubes.

Ascendí entre los mellados farallones de una montaña maltratada por las incursiones mineras de antaño, y me paré en el aparcamiento de la zona de los leones. De allí partía una vereda para senderistas, a cuyo atractivo no pude resistirme. Llevaba un buen calzado para caminar, lo que me hizo cubrir cierta distancia antes de llegar a un paraje donde estimé oportuno detenerme. Las aves rapaces describían amplias ruedas en un rincón cercano del cielo. Los helechos tenían sus hojas mixtificadas con un leve polvo solar. El verdor de la tierra dejaba ver sus espinazos de piedra, y unos apretados promontorios de apariencia arcillosa me tapaban la vista del horizonte. Cerré los ojos, tan pronto me sentí al arrastre de la corriente de misticismo que fluía desde una ignota región de mi alma.

Quise ponerme en disposición generosa, como la que suele embargarnos cuando se reza por alguien que no se conoce y a quien nada se debe. No pude reprimir la evocación de ciertos momentos de mi vida pasada en Aldea del Rey. ¿Qué les debo a los aldeanos para rezar por ellos?, me dije. ¿Qué hicieron por mí? Por ellos mi caparazón se hizo invulnerable. Son mi gente, son mi patria, pero los tengo tan cerca de mí como el mismísimo polo norte.

Acomodé mis posaderas en una roca manchada de musgo, y seguí meditando… ¿Alguna vez en tu vida has hablado con Ángel? ¿Os habéis tomado una cerveza juntos? ¿Has saludado a su mujer o has visto jugar a sus hijos en la Plaza? No creo que jamás hayan pensado en ti. Y aquí estás tú, en este paraje apartado, pidiendo por ellos. ¡Qué cómodo resulta sucumbir al egoísmo!, es lo que prima en este mundo. La generosidad no está pagada, ¿por qué has de ser generoso?...

Sentí que se formaba en mi interior una bola de amargura. Busqué la huida. Seguí con mi visita a la reserva natural.

Mediada estaba la tarde, cuando llegué junto a la orilla del Lago Sexta. Me encaminé al mirador que lo domina desde una altura de más de cuarenta metros. Es un lugar idílico, difícil de describir con justeza. Hay árboles que hunden sus raíces en el agua. Los patos peinaban la tranquila sobrehaz con sus estelas de espuma. El sol se había escondido entre los tirabuzones nubosos, y una luz vagamente lechosa se posaba en los alrededores. El lago, los árboles, las aves acuáticas, el verdor de las plantas y el mismo cielo eran generosos conmigo; me daban algo muy preciado sin antes haberlo pedido… El sentimiento brotó con la fuerza de una cascada. ¡Oh amado Dios, olvida mi egoísmo y presta tu auxilio a Ángel! Tú me enseñaste los caminos de la oración, y seguiré por ellos sin reparar en los nubarrones del egoísmo. ¿Qué me importa lo que me hicieran o no me hicieran otros que ni piensan ni viven por mí? Mi vida no es piedra que la gente, con su buena o mala influencia, pueda esculpir. Soy libre, y el ridículo que otros quieran atribuirme ni me influye ni me afecta. Sólo hay un camino: el que Tú nos muestras, el camino del corazón. Un camino recto, sin curvas ni cuestas; debe andarse con decisión, pues hay sendas que no terminan más que en abismos… Pedro saltó de la barca, obedeciendo a su corazón. Caminó por el Lago de Genesaret, pero, de repente, pensó que nadie de sus semejantes lo había hecho antes y el miedo le hizo hundirse en el líquido elemento. ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? (Mt 14, 24-34). ¡Sálvame, Jesús amado, como hiciste con tu discípulo Pedro! Ayúdame para que mi corazón no se desvíe de los caminos que me has enseñado.

La tarde caía. Regresé al vehículo a paso quedo. Noté cómo las ruedas se estremecían al atravesar las discontinuidades de la pasarela canadiense que confina el recinto de los ciervos. Luego, tras volver al punto de partida, puse rumbo a Santander.

Encontraste por los caminos de la reserva de Cabárceno multitud de caracoles, y, con desbordante entusiasmo, los ibas metiendo en una vieja tartera. Todavía no habías aprendido a reconocer las hojas que les sirven de alimento. No eran las hojas de acacia que masticaban las jirafas. Merendabas y venías a buscarme a los lugares donde yo buscaba la soledad. Las serpientes te daban todavía más miedo que a mí, y yo te enseñaba los lugares donde era posible que hubiera víboras. En el reptilario viste la figura de una mano que había sido mordida por una serpiente venenosa, y costó desterrar de ti el horror que te produjo. Con los fulgores terminales de la tarde, tus risas se expandieron por las montañas cuando veías las cabriolas que la leona marina cieguita hacía en la piscina cercana al reptilario. Llevabas tus caracoles en la tartera camino de Santander, y yo llevaba algo que crecía dentro de mi corazón.


CONTINUARÁ...


El jardinero de las nubes.

4 comentarios:

medianoche dijo...

Magnifico, estoy impresionada ya por las serpientes por supuestos me dan un poco de impresión, pero que belleza de parque,cuantas imágenes bellas relatas de el, cuantos animales para mirar y gente para disfrutar conociéndolos, realmente bello el lugar, así como tú lo relatas, y luego tu buscando el momento preciso para hacer una oración por ángel, a quien dices no conocer, allí radica el corazón sabio y lleno de amor, yo siempre pido por las personas que no conozco, los que me dañaron o me humillaron, si Dios cedió a su único hijo para salvarnos, nosotros pecadores que menos podemos hacer, luego leyéndote me sentí satisfecha de tu alma llena de amor al prójimo, me ah encantado, te sigo amigo algún día dime tu nombre jardinero, si quieres.

Besitos

judith dijo...

No se que decir ante tremendo texto. Como de costumbre impresionas a cualquiera con tus descripciones. Me alegro que tu corazon sea tan grande para orar por alguien que no conoces. Eso refleja mucho de tu espiritu. Por lo demas me encanto la descripcion natural del parque y de los animales. Como decimos por aqui de todo hay en la senda de Dios. Y me alegro que existan animales grandes y chicos en este mundo todavia. un abrazo

Flor dijo...

Por lo que veo has tenido unas vacaciones muy ajetreadas,a mi tambien me gusta indagar y meterme en los rincones...
El poder de Dios es grande y el de la oración también.No dudes que si esta familia te tuviese que echar una mano lo haría,lo sé por experiencia.Que Dios te bendiga.

Anónimo dijo...

Azul

Bellisima descripción, con tus palabras me haces poder sentir esa tierra querida mas cerca.

Tu corazón es grande, nunca te apartes del camino

Un abrazo