viernes, 7 de agosto de 2009

Los caminos de la oración (IV): Música de playa


Ahí está el vasto y anchuroso mar, hervidero de animales incontables, grandes y pequeños (Sal 104 [103], 25).
¿Quién encerró con doble puerta el mar cuando salía a borbotones del seno de la tierra, cuando le puse las nubes por vestido, y los nubarrones por pañales; cuando le señalé un límite, le fijé puertas y cerrojos, y le dije: “No pasarás de aquí, aquí se romperá la soberbia de tus olas”? (Job 38, 8-11).
¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás? (Sal 114 [113], 5).
¿Quién como el Señor, nuestro Dios, que reina en las alturas, pero se abaja para mirar cielos y tierra? Él levanta del polvo al desvalido, y alza del estiércol al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo (Sal 113 [112], 5-8).


Es fácil encontrar aparcamiento a las nueve y media de la mañana en el tramo final de la avenida de Fernández de Castañeda, justo antes de llegar a la plaza del doctor Fleming. Bordeando el paseo marítimo, hay un ancho cinturón de jardines. Resulta inútil resistirse a la tentación de saludar la estatua de mi admirado don Benito Pérez Galdos. No hay que andar muchos pasos. Ahí están: ¡las bellísimas playas del Sardinero! Orgullo y adorno de la capital cántabra.

Las arenas de color tostado aparecen limpias y peinadas desde primeras horas de la mañana. Además, la marea ha borrado las huellas del paso de la especie bípeda cuya presencia me resulta más temida en estos plácidos arenales… Me refiero a los fumadores. Me produce dentera encontrarme colillas abandonadas en la arena de las playas o en el césped de las piscinas. Cada vez que detecto un fumador o fumadora por esos andurriales, suelo invocar los truenos de las nubes. Refieren las viejas crónicas que antes las dos playas del Sardinero estaban divididas por una valla en el puntal rocoso sobre el que se asientan los célebres Jardines de Piquío: en la playa primera estaban las clases pudientes, mientras que la playa segunda era ocupada por humildes ganapanes. Es curioso, pero la playa segunda es la que más me gusta de las dos. Yo mandaría a los fumadores a la playa primera, pero, como esto no es factible, no queda más remedio que tragarnos las sucias e insolidarias costumbres de los fumadores irresponsables. Parece como si les gustara hozar entre basuras, igual que los cerdos. No miran que los niños que juegan tan felices con sus cubos y palas se hallan expuestos a encontrar y toquetear las deleznables inmundicias que van dejando a su paso. El día que prohíban fumar en las playas, no seré precisamente de los que lo lamenten.

El baño cantábrico a primera hora de la mañana es asaz vigorizante y levemente temerario. Suele haber bancos de niebla disolviéndose entre los rompientes de la cercana península de la Magdalena. Las gaviotas aún picotean las arenas. El sol muestra rasgos de debilidad por las desiguales costras de nubes. Las olas lamen la orilla, y sus espumas duran el tiempo de un suspiro. En lontananza se perfilan cargueros, y es fácil ver toda clase de embarcaciones aparejando sus velas cuando el sol aún no ha alcanzado su meridiano. El mar no cubre hasta un buen trecho, e ir internándose en su seno poco a poco se revela como la tortura de un abrazo helado. Las olas cabrillean entre la piel aterida; rompen su amplitud con reticulados manteles de espuma. Finalmente, llega el momento en que hay que decidirse. Mi grito de guerra es “¡Ribadesella!”, y en cuanto lo arrojo doy un zambombazo sobre las olas… Pronunciar “Ribadesella”, nombre de una bella localidad costera del Principado de Asturias, me ayuda (no sé por qué) a confraternizarme con las desabridas aguas del mar Cantábrico.

En mis tiempos mozos no tuve ocasión de visitar el mar, y ahora, que ya peino canas, los paseantes de la playa parecen escandalizarse con los alaridos que voy soltando mientras nado. No entienden que es como un tributo a mi infancia melancólica; si no lo hiciera, las olas, las arenas y las piedras lo harían en mi lugar. Je je je, siempre con el riesgo de que me pongan la camisa de fuerza. En cuanto las nubes se retiran y el sol se desparrama por la superficie de las aguas, renuevo mi voto: inmersión completa, y oigo la voz en mi cerebro que me dice: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Y yo repito mi vieja letanía: “Tienes que nacer de nuevo; no entrarás en el Reino de Dios si no naces del agua y del Espíritu” (Jn 3, 5). Entonces emerjo a la superficie, percibiendo que ya no queda vestigio de la frialdad del agua… En estos baños también he tenido presente el pensamiento de Ángel.

Cuando mi baño ha terminado y la playa se ha ido poblando, me encajo mis pinganillos y empiezo mis incesantes paseos por la línea divisoria de la tierra y las aguas. Y no voy solo… Hay miríadas de paseantes; somos como un ejército que va y viene. Me sumerjo en el placer egoísta de la música privada, y, lentamente, se van desplegando los tentáculos de la oración. Me recreo en la ilusión de entrar en sintonía con el corazón de las gentes que pasan a mi lado. Son horas relativamente tempranas y no se avistan muchos jóvenes; la edad promedio de los paseantes oscila en torno a los cuarenta y cinco años. La música funde los cielos, el mar y los exuberantes follajes de las arboledas en una misma impresión enaltecedora. Cuerpos blancos y rechonchos, colgando a trozos por los ultrajes de la fuerza gravitatoria. Arrugas ahondadas por el arado del tiempo. Poco a poco vas llegando, evocación que me conduces al lugar donde se encuentra Ángel. Pero…


22 de julio. Las agujas del reloj marcan las once y media de la mañana. Detengo mi marcha sobre la lengua con que el mar acaricia la playa. Aparece una brecha en el lienzo de mi oración. En mis pinganillos suena una canción que me arrebata por completo, que trae voces apartadas de mis experiencias vitales. “Perdóname”, del exitoso grupo zaragozano “Amaral”, que dentro de poco (27 de julio) actuará en la Campa de la Magdalena, con motivo de la celebración de la Semana Grande de Santander. El vello se me eriza. Una repentina racha de viento marino hace perder a algunas sombrillas su agarre en la arena. Miro en sentido a tierra, y luego hacia el mar. La canción ha limitado el mundo a las palabras que se deslizan por mis pinganillos:



Entiéndeme,
por todas mis locuras;
fueron la mitad más una
de las que te he visto hacer.
Discúlpame
si te duele lo que veo:
demasiados buitres negros.
Tú eres demasiado bueno para ellos,
tú eres demasiado bueno para ellos.

Hay demasiados
corazones sin consuelo.
Es demasiado frío este momento
cuando siento que te pierdo.



Se borran en mis oídos los últimos acordes de la canción. Me arranco los pinganillos, huyendo de nuevas impresiones musicales que puedan eliminar la actual. Mis pies se han ido hundiendo en la arena mojada. Sé que no voy a poder seguir desgranando mis oraciones. Miro hacia el interior y me topo con el severo edificio de un restaurante playero: “The Old Cormoran Tavern”. La gente va y viene. Ya se ven niños y hasta un pastor alemán jugueteando en las olas junto a su amo. Me ajusto las gafas de sol sobre el puente de la nariz. Me he quedado silencioso por dentro.

Tendrás que perdonarme, Ángel. Habrás de permitirme moverme al acaso sobre las arenas, succionar amplias bocanadas del salutífero aire marino, dejarme derrochar dulcemente minutos de mi existencia. La aguja de la brújula no apunta a ningún lugar en concreto. Como hortensia de los Jardines de Piquío, como rosa perdida en las grietas de los acantilados de Mataleñas, como el narciso cantábrico en los bosques de la cordillera…, así de estáticas se han quedado mis oraciones.

Aquí, a la orilla del mar, siguen caminando “demasiados corazones sin consuelo”.

Esa misma tarde, cuando la ocupación de las playas estaba en pleno apogeo, bajamos al Palacete del Embarcadero, cerca de la dársena de Puerto Chico. Montamos otra vez en el catamarán, y volvimos a recorrer el anhelado espejo de la bahía. La hélice pintaba estelas de espuma, transparentes como el cristal de roca. Puerto Chico, el planetario de la Escuela de la Marina Mercante, el Palacio de Festivales, el palacete de la familia Botín, el Museo Marítimo del Cantábrico, las playas de Peligros y de Biquinis, la Magdalena… En mar abierto empezaron las salpicaduras y los bandazos. Pasado el susto inicial, vinieron las risas. Los alcatraces asediaban el faro de la Isla del Moro. El sol caía y el sueño acariciaba tus párpados. Buscaste mi apoyo, y el mar se hizo sábana de un sueño profundo… Volvíamos a puerto. La luz se vertía como un venero de oro viejo… Sigue soñando, mi sueño es tenerte lo cerca que te tengo.

CONTINUARÁ...

El jardinero de las nubes.

3 comentarios:

judith dijo...

caramba. me dejaste con las ganas de ir a la playa. Nosotros aqui en el Caribe tambien tenemos algunas buenisimas. No tenemos el problema de los cigarrillos, sin embargo si la basura. La gente es tan poca educada que deja un basurero antes de irse. Sin embargo hace algun tiempo se trata de que los visitantes boten en las bolsas los desechos. Y de lo contrario, les sale multa!!! De verdad el mar es lo mas rico que hay. No hay como un buen chapuzon y sumergirse en la agua salada!!!! disfrutalo

Anónimo dijo...

Azul

Es una sensación estraña, cuando algo te toca el alma. Todo se para a tu alrededor, se forma un vacio, la respiración se entrecorta y la mirada se detiene.

el mar me llego al alma desde el primer instante en que lo vi, y desde entonces anelo volver a ese mismo lugar donde algo se desperto dentro de mi. Un procito de mi se quedo ...

Gracias, pues con tus relatos me haces viajar y sentirlo mas cerca.

Un abrazo

medianoche dijo...

Que bello, yo volveré pronto al mar que extraño tanto, te felicito un bello escrito.

Besos