domingo, 15 de enero de 2012

Primer premio en la modalidad de prosa poética

Me acaban de comunicar que me ha sido concedido un premio en un certamen internacional, organizado por la prestigiosa red literaria "La revista de Marcela". He aquí el diploma que me han hecho llegar:





He aquí la noticia del fallo del jurado:






LUEGO DE UN EXHAUSTIVO ANÁLISIS DEL JURADO DADO EL BUEN NIVEL DE LAS OBRAS PRESENTADAS SE HA LLEGADO AL SIGUIENTE RESULTADO :
PROSA POÉTICA
1er Lugar   JULIÁN ESTEBAN MAESTRE ZAPATA
2do. Lugar  MARY FLOR RODRÍGUEZ BRAZARTE
3er Lugar    LAURA ZYANAYA

ENSAYO
1er Lugar   ANDRÉS SIMÓN MORENO ARRECHE

RELATO
1er Lugar  HEBERTH IGNASIO TORREALBA
2do Lugar GLORIA ESPINOSA ALZATE
3er Lugar CLARO EUGENIO RODRÍGUEZ
Y EL AGRADECIMIENTO OFICIAL DE PARTE DE LA ADMINISTRACIÓN GENERAL A 
ELOY GUZMÁN IGLESIAS 
JEABELLY
Ma ADIELA LONDOÑO DE COPETE 
POR SU INVALORABLE PARTICIPACIÓN EN EL CONCURSO.
CONFORMARON EL JURADO LOS DISTINGUIDOS ESCRITORES Y POETAS 
TERESA DEL VALLE DRUBE
WALTER BARRANTES 
Y
LÍLIAN VIACAVA, QUIEN EN NOMBRE DE LA REVISTA AGRADECE EL VALIOSO Y DÍFICIL TRABAJO EFECTUADO CON ESMERO DEDICACIÓN Y GUSTO POR LA COOPERACIÓN BRINDADA.

LÍLIAN VIACAVA
ADMINISTRACIÓN GENERAL



Y he aquí el texto que ha resultado premiado, que lleva por título "Oración navideña":

En las calles se eleva el canto unánime: ¡Es Navidad, ha nacido la esperanza, es forzoso propagar el sentimiento de amor y hermandad entre los humanos!

Y yo me pregunto: ¿qué me deja la Navidad?

Podrán colgar en los árboles farolillos de niebla y bolas de destellos, que yo veré la Navidad en los botones de la primavera, en las hojas manchadas del polvo estival, en el barro engendrado por la lluvia de otoño.

Los comercios se llenarán de parpadeo de luces y vistosos belenes, pero yo reconoceré la Navidad en las manos manchadas de yeso, en la masa del panadero y en la frente que suda repasando gruesos libros… Los pájaros de abril acudirán a mi ventana a cantarme el sentimiento navideño.

El buzón se llenará de felicitaciones y sobres coloridos, pero la Navidad estará en el corazón de quien me recuerda sin esperar que yo responda, en la sonrisa de quien antes conoció la tristeza y en la oración de quien confía en superar su dolor. ¿Qué más da? La Navidad resplandece cuando el filo de la segur del campesino roza el tallo de la espiga granada o cuando la sangre de las heridas sigue el camino de las lágrimas… Permíteme, Dios mío, ampliar mi calendario navideño a cualquier época del año.

El cuerno de la abundancia reventará en Navidad, saciando estómagos que no sienten hambre. Empero, que la Navidad llegue a la casa donde no alumbra el fuego y al techo que no está resguardado de la lluvia… ¿No es cierto, Señor, que es necesario comer y beber todos los días de la vida que nos has preparado bajo el sol? Pues que la Navidad no se haga esperar en esos rincones donde no alumbra la sonrisa de la juventud.

Ayúdame, Señor, a hacer de la Navidad la sombra de tu presencia, en cualquier lugar, en cualquier tiempo, en cualquier corazón que te conozca y aun en aquel que te repudie.

Es necesario sentirte nacer cada día, como lo es sentirte crecer y ver cómo de tu semilla nace un árbol inmenso, en cuyas ramas anidan las aves del cielo.

Resumiendo, haz de mi vida una Navidad perpetua.

Tu hijo que te ama.



Quede constancia de mi profunda gratitud a quienes me han animado a seguir adelante en este mundo de la literatura.
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).

sábado, 7 de enero de 2012

Cuentos urbanos: Lautaro vivía en las cuevas (y VII) - Lautaro encuentra su destino



La abuela Nila ya había emprendido el vuelo de la eternidad cuando subieron a verla a su alcoba. Había en su rostro una beatífica expresión de paz y serenidad. Y sus brazos tenían apretadas contra su corazón las siete figuras de pájaros.

Todos, a excepción de Lautaro, se quedaron atónitos al contemplar las valiosas figuras, del estilo de aquélla que diera a la familia el desahogo de la riqueza. Lautaro comprendió sus intenciones, y se apresuró a especificar:

-Se los regalé a la abuela Nila. Y ella dijo algo de aliviar el hambre y la necesidad de los pueblos de América del Sur.

-¡Estás loco! –le reprochó Manuel, su hermano mayor, el más egoísta de todos ellos-. Estos pájaros valen millones y contribuirían a consolidar la fortuna de la familia.

-La familia ya acumula bastante riqueza –se obstinó Lautaro-. Estos pájaros, como decía la abuela Nila, ayudarán a eliminar los efectos de la pobreza.

-Has estado tanto tiempo aislado del mundo, que has perdido la noción de lo real. Y no toleraré que con tus idealismos perjudiques a la familia. Yo me encargaré de llevar estas figuras a un sitio seguro: la cámara acorazada del banco. Allí permanecerán en tanto decidimos nuevas inversiones.

Uniendo la acción a la palabra, Manuel se aproximó junto al lecho de la abuela Nila, y, arrebatándoselas de sus brazos, depositó las sietes figuras en el interior de un maletín de cierres reforzados.

-Ahora debemos ir a dar las honras fúnebres a la abuela.

Lautaro se sentía tan conmocionado, que no se le pasó por las mientes seguir el enfrentamiento con su hermano.

A la mañana siguiente, toda la familia acudió al camposanto a acompañar los restos mortales de la abuela Nila hasta su definitivo pabellón de reposo. Los ojos de Lautaro estaban como abstraídos, fijándose al acaso en árboles, pájaros y rebaños de nubes. Los hombres podrían sufrir múltiples miserias, pero la Naturaleza sabía ostentar sus mejores galas. Lautaro quería vivir siempre en el amoroso abrazo de la Naturaleza.

De regreso a la casa familiar, halló ocasión para comunicar:

-No quiero quedarme aquí. A vosotros ya no os hago falta, y a mí no me hacen falta ni el dinero ni las riquezas. Haced lo que os plazca con las figuras de los pájaros. Es inútil odiar por causa del dinero.

Arlene se abalanzó a darle un apretado y sentido abrazo.

-¡Querido hermano!

-Hermanita, ¿recuerdas lo que dijo la abuela? Tú encontrarías al amor de tu vida, mientras que yo habría de seguir mi camino en soledad… Has de ser feliz, por ella y por mí… Mañana regreso a los bosques.

***
 
Al día siguiente, cuando ya Lautaro se había marchado de Concepción, Manuel acudió al banco de la familia para guardar el tesoro en la cámara acorazada. El director de la entidad le acompañó hasta ese lugar, haciendo gala de su más estudiado servilismo.

-Esto no se puede perder bajo ningún concepto –advertía Manuel, mientras abría los cierres del maletín reforzado.

-Pierda cuidado, señor.

Los dos hombres se abocaron a mirar al interior del maletín.

-¿Qué es esto? –preguntaron a coro, aguzados en su curiosidad.


-Un tesoro extraordinario –respondió Manuel-. Ahora mismo lo van a ver. Y les hago responsables de lo que le suceda entre los muros de esta casa.

-Puede estar tranquilo, señor –aseguró el director.

Manuel terminó de abrir el maletín.

-¿Qué esto? –preguntaron de nuevo los dos hombres del banco, dejando traslucir una sorpresa que escapa a todo intento de descripción.

El rostro de Manuel se pintó de intensa palidez. ¡Dentro del maletín no había ningún tesoro, sino siete hermosas plumas de ave!

¿Cómo era eso posible?, se preguntó Manuel. ¿Cómo no había notado la diferencia de peso en el ya de por sí pesado maletín? No podía concebirlo.

Un grito de furor atronó en la cámara acorazada del banco.

***

El tren lo conducía de regreso a sus bosques amados. Lautaro registraba los cielos a través de la ventanilla con complaciente mirada; aparecían animados por la luz de una hermosa mañana invernal.

-No volveré a la ciudad –susurró en medio del compartimento, aunque no hubiera nadie que pudiera escucharle-. Devolveré a la tierra todo lo que me dio.

A su lado, llevaba un morral en el cual se encontraban las siete controvertidas figuras de pájaros. Había sido asombrosamente fácil acceder al maletín de su hermano y efectuar el cambiazo. Siete hermosas plumas de un plumero de quitar el polvo por las siete figuras de pájaros.

-Esta fortuna no será utilizada para especular –prosiguió Lautaro su razonamiento-. Algún día será encontrada por alguien que la emplee para remediar las necesidades de los pueblos de Sudamérica, como la abuela Nila deseaba.

El tren dejó los llanos y empezó a internarse en los bosques. Lautaro volvió a dirigir su vista al cielo. Entonces una dulce sonrisa irradió de sus labios.

Vio siete hermosos pájaros descolgándose entre los resplandores de un hermoso sol de invierno.

FIN

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


domingo, 25 de diciembre de 2011

Mi particular felicitación navideña

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Nicolás de Bari (270-345) fue un obispo conocido por su caridad angelical, su probada generosidad, su amor por los niños... En definitiva, el más claro exponente del espíritu navideño. Con razón sirvió de inspiración a la figura de Santa Claus. 


 Invocando su ejemplo, deseo felicitar la Navidad a todos los que pasen en algún momento por este blog. Es bueno creer en algo que supera los límites de la comprensión. Por eso, Nicolás de Bari no dudó cuando hubo de interceder por los tres inocentes que aparecen en la imagen, evitando de esta forma su ejecución. 


 Feliz Navidad y paz en la Tierra a los hombres que ama el Señor (que son todos, realmente).


Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).

domingo, 18 de diciembre de 2011

Cuentos urbanos: Lautaro vivía en las cuevas (VI) - El adiós de la abuela Nila



Cinco días después, nadie hubiera pensado que Lautaro había pasado buena parte de su vida en las simas ocultas de la Tierra. El recibimiento que le tributó su familia fue clamoroso. Las lágrimas de emoción alternaban con las risas vehementes.

Lautaro encontró muchas diferencias en sus padres y sus hermanos; la riqueza y la opulencia les habían mudado la apariencia por completo. Sólo la abuela Nila conservaba su fisonomía de siempre, si bien lo profundo de sus arrugas y la nieve de sus cabellos delataban el inevitable paso del tiempo.

-¡Mi niño valeroso!... Por fin regresas a mi lado… Ahora ya puedo morirme tranquila.

A Lautaro se le formó un nudo en la garganta. No le gustó que su abuela, postrada en cama, pronunciara tales palabras. Sus emociones rebasaban la medida de lo que le era dable soportar. Verse rodeado de su familia, después de tan largo intervalo de separación, no tenía posible traslación al lenguaje hablado.

Pero al final los ánimos acabaron serenándose. Todos volvieron a sus quehaceres, y Lautaro habría de buscarle un sentido a su nueva existencia. Tras mucho sopesarlo, decidió irse a vivir con su hermana Arlene y la abuela Nila.

Ésta última se enfrentaba a las horas finales de su vida. Por más intentos que hiciera, no podía levantarse de la cama. Su voz se iba apagando gradualmente, lo mismo que sus fuerzas. Sus ojos suplían los requerimientos que sus labios no acertaban a pronunciar. Quería vivir para disfrutar más tiempo de la presencia de Lautaro, quien prácticamente no se movía de la cabecera de su cama.

Todos los demás de la familia estaban ocupados con sus tareas y otros azares de la vida; hasta la misma Arlene se veía absorbida por sus obligaciones en la universidad. Lautaro era el único que disponía de todo su tiempo para pasarlo al lado de la abuela Nila.

Y él la miraba y creía poder escuchar las palabras que a ella le hubiera gustado dedicarle. A veces el silencio se tornaba tan espeso, que se percibían cosas que escapaban al mundo tangible.

Escucha, Lautaro, presta atención a mis palabras.
Hoy estoy alegre como un pájaro,
cuando ayer lloraba como una bebita
por saber que no estabas a mi lado.

¿Qué hacías en las cuevas y barrancas,
si sabías que pendiente estaba mi vida
de una sola mirada tuya?
Quiero que me lo expliques.

Lautaro, querías vivir en soledad,
y era porque tus ojos tan profundos
eran incapaces de liberar las lágrimas
que por ti mis ojos han derramado.

Ya me estoy muriendo,
y será entonces cuando la soledad
te haga todo el daño
que a mí me produjo tu ausencia.

Lautaro, aprende a amar a las personas,
y entonces tu cueva
será la anchura entera del mundo.
No olvides mis palabras.


Lautaro se levantó de su asiento, besó la mano de arrugado nácar de su abuela y se acercó a la ventana. Sentía deseos de llorar.

En el exterior, los aires se poblaban con el revuelo otoñal de las hojas. El alma de Lautaro era como el pájaro solitario que, partiendo de los cielos grises, se adentraba en la lejanía buscando climas más apacibles.

La abuela Nila sonreía continuamente, pese a que sus fuerzas se iban consumiendo conforme los árboles se despojaban de sus hojas. Lautaro ocupaba sus manos en fabricar bellos obsequios para su abuela: un quetzal de suave madera de acacia, una rosa elaborada con papeles de colores, un espejo tallado en forma de luna en cuarto creciente, una litografía que representaba un risueño lago rodeado de vegetación frondosa… Los ojos del joven recordaban, y en esos recuerdos estaba presente la mirada amorosa de la abuela Nila.

Los padres de Lautaro acudían de visita con frecuencia, y siempre le preguntaban:

-¿Por qué no os venís a la casa grande? Allí os encontraríais más cómodos, y a la abuela no le faltarían cuidados.

En una de estas ocasiones, Lautaro oprimió los labios y respondió:

-Yo vivía en una gruta, y la habitación de la abuela, sombreada por los árboles de fuera de la ventana, me recuerda a mi antiguo hogar.

Una tarde lluviosa de mayo, la abuela Nila les dijo trabajosamente a sus nietos (Arlene y Lautaro):

-Me gustaría tener vuestras fuerzas y salir a bailar bajo la lluvia, como hacía de joven, cuando habitaba en una choza en el campo.

-¿Cómo te sientes, abuelita? –le preguntó Arlene, abocándose a su proximidad.

-Siento que me estoy elevando sobre los picos más altos de la cordillera, a punto de emprender el viaje más largo de mi existencia.

-Abuelita…

-No debes llorar, Arlene. Eres una joven bonita y pronto te casarás, pues estás a punto de encontrar al amor de tu vida.

-¡Oh, abuelita!

 -Lautaro, sin embargo, se quedará solitario para siempre. Sabe vivir sin la presencia de los humanos, y, cuando yo me vaya, descubrirá que no le hace falta vivir acompañado para encontrar la felicidad.

-¿Es eso cierto, abuelita? –preguntó Lautaro.

Las palabras de la abuela Nila ya eran pronunciadas desde un lugar muy distante. Lautaro sintió una pena profunda y corrosiva desenvolverse por toda su alma. Realmente, su abuela había manifestado su destino, el de Lautaro, con claridad meridiana; la gente empezaría a huir de su proximidad, y se quedaría solo para siempre. Cuando la abuela Nila se fuera para siempre, ya no tendría sentido su vida entre los humanos.

Una fresca mañana de junio, el cielo lucía despejado, sin una sola arruga de nubes que enturbiara su aparente uniformidad. La ventana permitía el paso de suaves resplandores dorados. La abuela Nila había pasado la noche, raro en ella, en un mismo sueño. Sus fuerzas se habían restaurado un tanto, y tenía el corazón lleno de optimismo. Sus ojos se fueron abriendo pausadamente, y recibieron la atropellada impresión de un milagro.

Sobre la repisa de la inmediata chimenea estaban alineadas siete fastuosas figuras de pájaros, todas ellas batidas en oro y guarnecidas de ricas pedrerías… Figuras como aquélla que fue el origen de la fortuna familiar.

-Abuelita, te las regalo todas –dijo Lautaro.

La abuela Nila hizo esfuerzos por hablar con nitidez.

-Mi niño, yo sabía que habías sido tú el que había traído esa figura a casa. La familia tiene todo que agradecerte. Y tú has sido el único que pudiendo vivir en la opulencia, te abrazaste a la humildad de la soledad.

-Estos pájaros son lo único que pude salvar del terremoto –explicó Lautaro-. Cada uno de ellos tiene el precio de un reino… Pero de nada le sirve un reino a quien no quiere gobernar ni ser gobernado.

-Lautaro, me queda muy poco tiempo en este mundo. Te comprendo muy bien, pero me gustaría que pasaras tu vida entre tu familia, codeándote con la gente. La soledad puede llegar a parecer un licor dulce al paladar; pero cuando vas sumando años, termina pesando como una losa, impidiendo el movimiento de tu alma.

Lautaro no ofreció ninguna respuesta. Tomó los pájaros de la repisa de la chimenea, y se los acercó a la abuela Nila para que pudiera admirarlos a su sabor.

-Estos pájaros acabarían con el hambre y la pobreza en la América Austral –dijo ella-; son los pájaros de las esperanzas cumplidas.

-Son los pájaros de la soledad –matizó Lautaro.

-Por eso mismo necesito que me dejes sola. Regresa al salón, al lado de tus padres y tus hermanos. Acompáñales y hazles comprender el amor que sientes por ellos. Te conozco, y sé que vas a pasar mucho tiempo sin verlos.

-Abuelita Nila…

-Yo estoy a punto de irme, querido mío. Pero no te entristezcas; mi amor se quedará contigo para siempre.

El silencio se aposentó en toda la alcoba, como si desde los aires se hubiese precipitado un pesado telón de boca. Lautaro hubo de realizar esfuerzos sobrehumanos para dejar a su abuela en soledad… Hay un instante en la vida en que la soledad es absolutamente necesaria.

Lautaro bajó las escaleras con el alma henchida de melancolía.

En el salón se encontraba reunida toda su familia. Las conversaciones se suspendieron, tan pronto fue perceptible el dolor que sus pupilas transparentaban.

-¿Cómo está la abuela? –preguntó Isis, su madre.

-Está comenzando el vuelo junto a los pájaros de la soledad –dijo Lautaro enigmáticamente.

-No entiendo las cosas que dices, hijo mío –dijo Esteban, su padre.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


martes, 29 de noviembre de 2011

Cuentos urbanos: Lautaro vivía en las cuevas (V) - En el interior de la Tierra



En un momento dado, recobró el uso de sus sentidos. Notaba el cuerpo sembrado de focos de dolor, y no pudo por menos de quejarse con sordos alaridos. Se encontraba tendida en un confortable jergón de pieles de animales.

Al principio, sus ojos no registraron más que una densa oscuridad, y cuando las pupilas se le adaptaron lo suficiente, observó que se encontraba en el interior de una caverna. Una débil fogata de troncos engullía la penumbra subterránea.

-¿Dónde estoy?

De repente, una silueta humana se definió entre las sombras.

Se trataba de un hombre joven, con las facciones encuadradas de larga cabellera negra y con el cuerpo embutido en un jubón de pieles heterogéneas. Su rostro se veía afeado por unas cuantas vedijas de barba polvorienta; sus ojos semejaban dos ascuas de carbón inflamadas.

-¿Quién eres? –le increpó Arlene, asustada por tan imprevista aparición.

-Soy… tu hermano.

¡Era Lautaro! Hablaba con torpeza, como quien lleva mucho tiempo privado del contacto humano.

Entre los dos hermanos se estableció una emoción difícil de precisar. Se abrazaron largo rato, recuperando todo aquello que ya se daba por irremisiblemente perdido.

Después, ambos se serenaron y se estuvieron contemplando varios minutos, hasta que Lautaro reunió valor para quebrar el silencio.

-Tuviste suerte de caer en una poza profunda y que yo anduviese cerca.

-Pues tengo el cuerpo todo dolorido –dijo Arlene-, como si hubiera caído sobre un lecho de esquistos.

-Mientras te encontrabas sin sentido, te estuve examinando. Sólo tienes algunos pequeños rasguños producidos cuando el peso de tu cuerpo hizo trizas los matorrales que ocultaban la boca del pozo.

-Te dábamos por muerto –desvió el tema Arlene-. Eso dijeron los soldados. Pero la abuela y yo conservábamos la certeza de que aún estabas en el mundo. ¿Cómo sobreviviste al terremoto?

-Fui yo quien lo provocó –explicó Lautaro, con la mirada ausente por efectos del recuerdo-. Cebé unos cartuchos de dinamita, y les coloqué una mecha muy larga. Yo ya tenía localizada una galería subterránea que se apartaba bastante de la gruta de la cascada. Corrí como alma que lleva el diablo, alumbrándome con una tea resinosa. Sabía que si no me alejaba lo suficiente, las paredes se hundirían sepultándome. Me salvé de milagro. El terremoto derrumbó toda la zona que yo conocía. Permanecí prisionero entre estas galerías, hasta que di con la comunicación a una mina abandonada, cuya entrada estaba muy retirada del lugar donde se encontraba nuestra antigua cabaña.

-¡Qué gran aventura! –alabó Arlene, tomándole la mano en cariñoso gesto.

-Cuando llegué a la cabaña –continuó Lautaro-, me encontré a Riki moribundo. Estaba desfallecido de hambre, y no duró muchos días. Entonces, sumido en el dolor, regresé a la bocamina y exploré todos los rincones de este maravilloso mundo subterráneo, encontrando conexiones que nunca hubiera imaginado que existiesen, y también lugares de increíble belleza. Sólo subía a la superficie a procurarme alimentos: recogía frutos de los árboles y preparaba trampas para capturar pequeñas presas… Aquí he vivido durante todo este tiempo. Ahora cuéntame tú de nuestra familia.

Su hermana le puso al corriente de todo. Mientras ella hablaba, Lautaro no abría la boca, como si encontrara especial deleite en las imágenes que se iban formando en su cerebro. Le emocionó sobremanera saber que la abuela Nila seguía viva…, y esperándole.

-Aunque ya casi todos te hayan dado por perdido, sería bueno que regresases con nosotros –aseveró Arlene-, con tu familia.

Lautaro inclinó pensativo la cabeza sobre el pecho.

-Necesito quedarme solo para pensar –dijo al cabo de unos segundos.

-No olvides, mi querido hermano, que por ti he organizado esta expedición.

Lautaro se pasó una mano por los ojos, hinchados de tanta emoción, y acto seguido enfiló una de las galerías que desembocaban en el sitio. El sonido de sus pasos se perdió en la lejanía.

Su hermana se admiraba de que no le hiciera falta luz para orientarse en la temible oscuridad de las cavernas; debía conocerlas muy bien para acometer semejante proeza.

¿Qué vida habría llevado él en semejantes soledades?, reflexionaba la joven. ¿Cómo era posible que se hubiera acostumbrado a la lejanía de sus seres queridos? ¿Qué era lo que funcionaba mal en su alma y en su corazón?

Arlene cerró los ojos, y sintió que en su interior se derramaba una inconmensurable compasión por su solitario hermano.

Este último regresó al cabo de unas horas. En su rostro llevaba impresa una decisión irrevocable.

-Me vuelvo contigo a Concepción.

El corazón de Arlene se estremeció de placentera felicidad.

-Ayúdame a salir de esta cueva –dijo arrojándose a los brazos de su hermano-. Lo demás es cosa mía.

CONTINUARÁ…

 Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).


domingo, 13 de noviembre de 2011

Cuentos urbanos: Lautaro vivía en las cuevas (IV) - Arlene en busca de su hermano


Los años fueron distanciando el dolor por la pérdida de Lautaro. Sus padres, ya aupados en la riqueza, acabaron por ponerle en el olvido; sus hermanos también, salvo la hermosa Arlene, que era quien más unida estaba a la abuela Nila.

-Arlene, escúchame con atención… ¡Lautaro no ha muerto! –se empecinaba la anciana con exaltada vehemencia-. Me lo asegura este viejo corazón que tantas desdichas ha padecido. Lautaro sigue donde lo dejamos, aunque nadie en esta casa me quiera hacer caso.

-Yo sí que te hago caso, abuela Nila.

La familia había prosperado bastante desde su regreso a Concepción. Sus negocios se habían multiplicado, y ahora eran poseedores de una de las mayores fortunas del país. Cuando se vive en la opulencia, los sentimientos propios de los años humildes se van atenuando sin saber cómo.

Arlene siguió estudios de ciencias forestales en la Universidad de Concepción. Cuando logró vida independiente, se llevó consigo a la abuela Nila, cuya cabeza ya parecía un nimbo de nieve; por su parte, Arlene se había transformado en una mujer bonita, esbelta como un junco de ribera, con un cutis fresco y sonrosado y unos ojos cuyo verdor resultaba cautivador.

Cada día que pasaba, la abuela Nila tenía más presente en el pensamiento a su nieto desaparecido, y lo exteriorizaba con su boca, produciendo el hastío en quienes la escuchaban, excepción hecha de la complaciente Arlene. Se puede comprender su sorpresa, cuando su solícita nieta le comunicó un buen día, de buenas a primeras:

-Con la excusa de un estudio forestal, voy a ir adonde teníamos la cabaña. Me ha dado como una corazonada. Cuento con la ayuda de tres estudiantes de la universidad.

La abuela Nila dibujó una bella sonrisa con sus encías desdentadas.

-Estaré viva cuando regreséis.

El resto de la familia calificó de locura el proyecto de Arlene, y le reprocharon que prestara oído a los incesantes quejidos de la abuela Nila. Lautaro formaba parte del pasado; a tenor de los informes del destacamento de soldados que marchara en su busca, había fallecido durante el terremoto. Lautaro había sido muy querido por toda la familia, pero al final no quedaba más remedio que plegarse a la evidencia y dejar descansar en paz a los difuntos.

Ninguno de los argumentos que le presentaron, logró disuadir de su propósito a la valerosa Arlene… Emprendió su viaje en la época más apacible del verano. La acompañaban, como dijera a la abuela Nila, tres estudiantes del último año de la carrera de ciencias forestales, interesados en hacer un estudio de campo de los efectos de un terremoto en una zona tan tupida de vegetación.

Ciertamente, Arlene apreció que los bosques de antaño habían acusado una transformación radical tras el seísmo en que desapareciera su hermano Lautaro; así se lo hizo notar a sus compañeros de expedición. Se apreciaban colinas que se habían desplazado de su ubicación originaria y multitud de árboles que habían perdido su asiento en tierra, y ahora se veían derribados y deslustrados por las sucias huellas del tiempo.

-Señora Arlene –la interpeló Alfredo, uno de los estudiantes-, ¿es posible que estos parajes solitarios hayan sido habitados alguna vez?

-A mi hermano Lautaro le cautivaban –dijo con un cierto poso de melancolía en su mirada.

La noche les sorprendió en mitad de esos despoblados. Como era verano y había mucho pasto seco, se cuidaron de encender fuego. El bosque estaba repleto de sonidos tenues e inidentificables en muchos casos. Arlene estuvo contemplando el fastuoso manto de estrellas, sumida en dulces evocaciones, hasta que el cansancio pesó en sus párpados y se entregó a un agradabilísimo reposo.

A la mañana siguiente, localizaron la cabaña de antaño. Arlene sintió que se deshacía el nudo de sus emociones. El estado de abandono era muy acusado allí; los maderos se habían desunido en varias partes, y la maleza lo invadía todo.

-Aquí es imposible que habite nadie –sentenció Héctor, otro de los estudiantes de la expedición.

-Lautaro paraba muy poco rato por la cabaña –rememoró Arlene-; se lo pasaba casi siempre en los bosques.

-¿Y no tendría un lugar preferido al que acudir? –sugirió Rubén, el tercero de los estudiantes. 

-Me parece recordar que le gustaba ir a las inmediaciones del lago que había cerca de aquí. Según informaron los soldados que vinieron en busca de mi hermano, el lago desapareció tragado por la tierra.

-Podríamos acercarnos a echar un vistazo –propuso Alfredo.

-Tal era mi intención –matizó Arlene con gesto sonriente.

Donde antes hubiera un lago, ahora no quedaba más que una cenagosa lengua de agua. Las vertientes del cajón formaban pendientes abruptas, tapizadas de todo género de arbustos leñosos.

-El bosque trata de hacerse con el espacio que antaño el lago le robara –comentó Arlene, repasando con su experta mirada los detalles del relieve geológico de en derredor. 

-Es impresionante –alabó Rubén.

-Me gustaría examinar más de cerca el cauce del río.

-Bajar ahí es punto menos que imposible –advirtió Héctor.

-Nada hay imposible –repuso Arlene-. Simplemente hay que saber buscar la ruta más practicable.

Nadie vencía a Arlene en cuanto a tenacidad. Organizaron, pues, la bajada por el escarpado desfiladero, valiéndose de cuerdas de fibra de vidrio y otros útiles de escalada. Ella quería ser la primera en ganar el álveo del río. Pero la espesura de la capa de matorral hacía del descenso un ejercicio penoso y extenuante. Los tres estudiantes atendían desde arriba a la tensión de la cuerda, cuidando que su compañera se descolgara en las más óptimas condiciones.

Estaría a la mitad del descenso, cuando de pronto uno de los ganchos que la aseguraban a la cuerda cedió y le hizo perder el equilibrio.

-¡Socorro! –gritó presa del pánico.

-¡Arlene, sujétate a la cuerda! –le advertían sus compañeros desde el mismo filo del abismo.

Pero ella sintió que con su caída el roce de la cuerda le abrasaba las manos, y el instinto le hizo soltarla. Entonces atravesó una leve capa de matorral, y se vio cayendo por un foso al que, en mitad de su pánico, no le estimó un final inmediato.

Fue afortunada al perder el sentido antes de que su cuerpo colisionara con el fondo.

CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).